Acta noviembre 2008

OBRA: SOLARIS
AUTOR: Stanislaw Lem
PONENTE: Roberto Sánchez

 

PRESENTACIÓN

Stanislaw Lem fue un escritor polaco de ciencia-ficción nacido en Lvov, ciudad de Ucrania que hasta 1939 perteneció a Polonia. Murió en Cracovia en 2006. De ascendencia judía, pero de formación católica, hijo de médico, él también comenzó a estudiar Medicina, estudios que interrumpió por la ocupación nazi de Polonia. Trabajó de mecánico, soldador y hasta traficó con armas para la resistencia polaca. En 1944 se trasladó junto a su familia a Cracovia. Allí reinició los estudios de Medicina, que no logró culminar por divergencias ideológicas con las autoridades académicas; emprendió estudios de Psicología. Fue un apasionado de la cibernética; y se interesó también por la Matemática y la Filosofía. Escribió novela de ciencia ficción y ensayo científico y filosófico. Alcanzó fama mundial por la adaptación cinematográfica de su obra “Solaris”, llevada a cabo por A. Tarkovski once años después de la publicación de la novela en 1961. Poco a poco se convirtió en uno de los referentes universales de la literatura fantástica del siglo XX. Su obra presenta un marcado cariz satírico y filosófico; y en ellas se trasluce un gran pesimismo respecto de la condición humana. Hay quien ha llegado a considerarle como un insólito exponente de la poesía de la Astrofísica. Entre sus obras de narrativa destacan:

Człowiek z Marsa (1946) / Hombre de Marte
Szpital przemienienia (1948) / El hospital de la transfiguración
Astronauci (1951) / Los astronautas
Obłok Magellana (1955) / La nebulosa de Magallanes
Sezam (1955) / Sésamo
Czas nieutracony (1955) / [Tiempo no derrochado o aprovechado]
Dialogi (1957) / [Diálogos]
Dzienniki gwiazdowe (1957) / Diarios de las estrellas
Inwazja z Aldebarana (1959) / [La invasión de Aldebarán]
Śledztwo (1959) / La investigación
Eden (1959) / Edén
Powrót z gwiazd (1961) / Retorno de las estrellas
Pamiętnik znaleziony w wannie (1961) / Memorias encontradas en una bañera
Solaris (1961)
Bajki robotow (1964) / Fábulas de robots
Summa Technologiae (1964)
Niezwyciężony (1964) / El invencible
Wysoki zamek (1966)
Cyberiada (1967) / Ciberiada
Głos pana (1968) / La voz de su amo
Doskonała Próżnia (1971) / Vacío perfecto
Ze wspomnień Ijona Tichego; Kongres futurologiczny (1971) / Congreso de futurología
Opowieści o pilocie Pirxie (1973) / Relatos del piloto Pirx
Wielkość urojona (1973) / Magnitud imaginaria
Rozprawy i szkice (1974)
Katar (1976) / La fiebre del heno
Wizja Lokalna
Provokationen (1982) / Provocación
Fiasko (1986) / Fiasco
Pokój na Ziemi (1987) / [Paz en la tierra]

Lem aúna en sus obras materias tan heterogéneas como la Estadística, la Lógica, la Cibernética, la Física, la Psicología, la Matemática y la Medicina. En todas ellas subyacen diferentes aspectos, perspectivas y planteamientos propios de la controversia ética - siempre en relación con las cuestiones que se traten en el transcurso de la narración- que les confieren un indudable trasfondo moral. Es así que estas obras presentan una marcada impronta filosófica, que se explicita en la obsesión especulativa del autor por elucubrar acerca del impacto de las nuevas tecnologías en la sociedad y en los hábitos y comportamientos de los individuos humanos, acerca de la naturaleza de la inteligencia y de los límites del conocimiento humano, acerca de las posibilidades comunicativas entre seres racionales y acerca del lugar del ser humano en el cosmos.
Todo ello queda de manifiesto en “Solaris”, donde Lem considera, en toda su crudeza y con un nivel extremo de dramatismo, las cuestiones de la eventualidad del conocimiento (humano o no humano), la de la contingencia de la comunicación entre seres racionales (humanos o no humanos) y la de la situación de radical soledad del universo y absoluto aislamiento y desamparo existencial de los individuos humanos.

 
VALORACIÓN

Solaris es un gigantesco océano conformado con substancias químicas disueltas en un planeta de un sistema binario de soles. Tiene vida propia y posee inteligencia no humana. Este extraño planeta-océano-meramente es todo un misterio. Fue descubierto unos ciento cincuenta años atrás de los hechos que constituyen la historia que se narra en la novela. El enigma “Solaris” motivó la producción de una ciencia de la Solarística, que en el momento en el que tienen lugar los acontecimientos se hallaba en franco declive, por cuanto la comunidad científica había desechado cualquier probabilidad de encontrar la razón de tan extraordinario fenómeno ni de establecer contacto con él. De hecho, los presupuestos para la investigación solariana se reducían al mantenimiento de una única estación espacial de observación solariana en la que trabajaban tres científicos.
La historia comienza con el viaje del protagonista Kris Kelvin a dicha estación. Se trata de un psicólogo cuyo objetivo es clarificar el comportamiento anómalo de los tripulantes de la plataforma espacial solariana. El panorama con el que se encuentra a su llegada a la misma es ciertamente patético: en las instalaciones impera el caos (suciedad, desorden y abandono) y una suerte de vesania colectiva parece embargar a los científicos de la misión solariana. Así, los dos supervivientes, Snaut y Sartorius, presentan una conducta insólita y extravagante, mientras que el tercer ocupante de la estación, Gibarian, parece haberse suicidado unos días antes. Además, Kelvin es testigo de cómo ciertas personas, cuya presencia en la plataforma espacial era simplemente imposible, campean a sus anchas y de forma extemporánea por los compartimentos de la estación. Sorprendido y horrorizado busca una explicación a aquella situación tan irregular como absurda. Sus esfuerzos resultan baldíos y el terror alcanza cotas insospechadas cuando al día siguiente de su llegada al centro de observación solariana despierta con la compañía de quien fuera su esposa, Hari. Ésta se había suicidado unos cuantos años atrás, por lo que su presencia física en el cubículo dormitorio en el que descansaba era un notorio desatino. Su primera reacción fue deshacerse de ella; pero, por mucho que la enlatase en un cohete y la enviara al espacio, comprobó que Hari era indestructible. Sobre todo, cuando la propia Hari intentó suicidarse nuevamente y renació de su propio cadáver. Evidentemente, Hari no era un ser humano. ¿Qué era entonces? Pues una creación de Solaris, que se mostraba capaz de conocer la mente de los individuos humanos y reproducir luego aquellos seres vivientes que en su día impactaron de manera especial, por una razón u otra, en la psique de los concernidos. Kelvin comprendió que los individuos que pululaban por la plataforma espacial eran otras tantas reproducciones solarianas que correspondían a vivencias pretéritas de sus compañeros de fatigas, lo cual no dejaba de ser algo totalmente novedoso, porque en los anales de la tradición científica solariana nadie había recogido jamás semejantes manifestaciones del inefable océano. Abundaban, eso sí, notas sobre distintas estructuras solarianas, tales como las “Simetríadas” y las “Asimetríadas” (formaciones marinas que evolucionan sobre la superficie oceánica para terminar disolviéndose en las aguas), los “Mimoides” (réplicas miméticas de formas terrestres que produce el océano) y los “Fungoides” (formas solarianas singulares que crecen y se entreveran como si de tejidos vivos se tratara). Pero de lo que allí estaba sucediendo, nada de nada… En consecuencia, decide solventar aquel estado de cosas mediante la puesta en marcha de un plan de choque que concebirían y llevarían a término Snaut, Sartorius y él mismo. Determinaron que la presencia de sus “visitantes”, que es como denominaban a sus reflejos psíquicos corporeizados, no era sino la macabra respuesta de Solaris a los experimentos que habían iniciado hacía algún tiempo para conocer las profundidades solarianas, experimentos que consistían básicamente en la aplicación de cargas radioactivas de variada intensidad sobre la superficie oceánica. Concluyeron que contrarrestarían la reacción de Solaris, si lograban hacer desaparecer a los “visitantes”. Por su parte, Hari se hace cargo de su situación y asimila que es de otra naturaleza que la de su amado Kris Kelvin, quien nuevamente se había enamorado de la mujer, y resuelve acabar con su entidad bipartita y esquizofrénica - por un lado, su mente es prácticamente humana; y por otro, su realidad física es propiamente solariana-. Tiene claro que la solución a este despropósito es su desaparición del escenario y, por ello, se ofrece de cobaya a los científicos. Finalmente Snaut y Sartorius consiguen volatilizar a Hari, para desesperación de Kelvin, quien opta por quedarse para siempre en el planeta Solaris.
En esta novela, Lem, fundamentalmente, pretende hablar de la posibilidad de la comunicación entre seres inteligentes de diferente naturaleza racional. Pero, aunque éste sea el eje central de la obra, lo cierto es que también realiza un minucioso análisis de la psique humana, así como de la laia de las relaciones afectivas entre los individuos humanos. De este modo, escribe sobre la dificultad que tenemos para conocernos a nosotros mismos, seres extraños que somos capaces de aventurarnos a realizar periplos espaciales y a publicar bibliotecas enteras sobre realidades extraordinarias; pero que, paradójicamente, adolecemos de un conocimiento exhaustivo de nuestra realidad sustancial. También escribe sobre cómo nos enfrentamos a nuestros propios miedos. Precisamente, los “visitantes” representan los traumas, los remordimientos y las “vergüenzas” íntimas de los protagonistas. En el caso del difunto Gibarian, su “visitante” es una mujer, voluminosa, de piel negra y de aspecto tribal, que pasea semidesnuda por la estación solariana o descansa junto al fiambre de Gibarian en la cámara frigorífica donde éste reposa. El lector no conoce nada más que esto. Y en lo que toca a los “visitantes” de Snaut y Sartorius, aun menos. Lem sólo deja entrever que ambos personajes viven una pesadilla de sometimiento y pánico a sus respectivos “visitantes”. Por el contrario, Lem se explaya en la narración de los detalles de la relación entre Kelvin y Hari, su “visitante”. Y, ahora sí, queda al descubierto el pasado sórdido de unas relaciones matrimoniales que culminaron en el suicidio de Hari; suicidio que se materializó como un reproche o una venganza hacia él, lo cual llena su corazón de amargura y emponzoña su alma con un dolor insoportable de remordimiento de conciencia. Lem, sin duda, plantea estas cuestiones con la intención de desgranar una reflexión acerca de la esencia del ser humano, que, al parecer, él concibe como el sujeto natural de inteligencia, voluntad y sentimientos, tal y como se deduce de los sendos procesos psicológicos que experimentan Kelvin y Hari en su reencuentro solariano. Por un lado, el primero ha de atemperar el ánimo y aperturarse, superando no pocos prejuicios morales y otros tantos apriorismos epistemológicos, para alcanzar a comprender el status óptico de Hari, aquella recreación solariana que no sabe cómo definir: si como un entretenimiento sádico, como un regalo de bienvenida, como un satélite espía o si como una mera manifestación comunicativa de Solaris. Por otro lado, Hari vive un proceso de humanización progresiva que le conducirá a su muerte definitiva. En un pricipio, ella ignoraba si era un ser humano o una creatura solariana, carecía de memoria y se presentaba como un estigma en el corazón de Kelvin; luego, toma conciencia de su inhumanidad y entra en una crisis identitaria; más tarde, en correspondencia al amor que Kelvin le profesa, va desarrollando paulatinamente toda una suerte de sentimientos constitutivos de la naturaleza humana; y finalmente toma la decisión de autoaniquilarse, cuando asume que nunca pasará de ser un instrumento sujeto a la voluntad caprichosa de su creador que jamás será libre, puesto que es absolutamente dependiente de Kelvin, de quien no puede separarse físicamente so pena de sufrir una monstruosa metamorfosis, y ni tan siquiera puede elegir morir, porque Solaris la ha concebido inmortal.
Con todo, una vez concluida la lectura de la novela, al lector le queda la impresión de que Lem quiere contar algo más de lo que explícitamente escribe en sus páginas. Y, en este sentido, no resulta descabellado proponer que lo que en realidad quiere expresar, cuando escribe acerca de la incomunicación entre inteligencias diferentes, es una crítica o denuncia de la situación que vivía la sociedad de la órbita rusa bajo el mandato stalinista. Así, Solaris representa el estado de la desaparecida URSS, inaprensible, arbitrario, distante e inhumano, ese estado desconocido y represor, que no se sabe ni cómo ni por qué actúa, ese estado que hace aflorar lo peor de las personas (sus miserias, odios, traumas, etc.), lo mismo que Solaris en todas sus manifestaciones.
 
INTERVENCIONES

Jon Rosáenz :

La novela es dura, angustiosa; es un auténtico agujero negro de pesadumbre. Porque cualquiera que se pusiera en la piel de Kelvin padecería el mismo espanto, tremendo y anonadante. Con este libro, Lem nos invita a realizar una incursión por la naturaleza del ser humano. Así, nos hallamos ante una propuesta metafísica en toda regla y, cómo no, ante un estudio epistemológico que aborda la cuestión de los límites del conocimiento humano. Pero “Solaris” es algo más; es, como dice Lorenzo Silva (*2) “una historia de amor”: … “trata de unos astronautas que viajan hacia un planeta para estudiarlo. Una vez en su órbita, empiezan a suceder cosas extrañas. Los astronautas reciben la visita de unas criaturas que los perturban profundamente, pero no por serles desconocidas, sino justamente por todo lo contrario. En el caso del protagonista, se trata de su joven esposa, muerta años atrás. No es un espectro: puede tocarla, besarla, hablar con ella. Y ella le responde, aunque parece un poco ida. No se trata, pese a lo que pueda parecer, de una historia de ciencia ficción. O sí, pero los elementos de ficción científica resultan accesorios. Por encima de todo, Solaris, de Stanislaw Lem, es una de las más sobrecogedoras historias de amor jamás escritas. Y una de las que más hondamente reflexiona sobre ese misterioso mecanismo que nos lleva a poner aspectos cruciales de nuestra existencia en manos de otros, incluida nuestra misma ilusión de vivir. Es, también, una cruda alegoría sobre lo limitado del conocimiento. humano. Los astronautas, que creen investigar el planeta Solaris, son en realidad las cobayas humanas con las que el planeta, dotado de inteligencia, está experimentando. Solaris se ha metido en sus sueños, sus añoranzas, sus miedos. Y los ha materializado a su lado para ponerlos a prueba. El protagonista acaba comprendiendo, desolado, que esa mujer a la que abraza no es su esposa. Y sin embargo, elige seguir creyéndolo. Y es que, viene a decirnos Lem, la fe es más necesaria que la verdad”.

Carlos Fernández :

En las obras de ciencia ficción se entreveran dos niveles: el superficial, propio de una aventura futurista; y el profundo, en el que el autor, aprovechando la flexibilidad y la persimividad del género, propone, resuelve, sugiere o filosofa sobre variados aspectos de la condición humana.
En este caso, Lem relata el viaje a un lejano planeta, en donde existe una forma de vida ciertamente singular: un océano de plasma que parece tener conciencia de sí mismo y que consigue comunicarse con sus visitantes penetrando en su inconsciente y ofreciéndoles una reproducción viva de lo que encuentra en dicho inconsciente. No se sabe cual es el fin de esta comunicación unidireccional, ya que los habitantes de la estación no consiguen hacer otro tanto con esa materia inteligente, por lo que el resultado de esta comunicación es el espanto en sus destinatarios.
Lem parece hablar en esta obra sobre el miedo a los propios deseos, como queda demostrado en los siguientes párrafos:
“¿Qué es un hombre normal? ¿Aquel que nunca cometió algo abominable? Bueno… ¿Pero no tuvo nunca pensamientos desornados? Imagínate que ahora, en pleno dí, vuelve a encontrarse ese pensamiento encarnado… indestructible. ¿Quién no ha tenido alguna vez algún sueño despierto? ¿Quién no ha traspasado alguna locura?” (pp 86-87) (*1)
Estos deseos se materializan durante el sueño; y son finalmente bombardeados mediante rayos X. Quizá sea éste el mensaje nuclear de la obra: la preponderancia de la voluntad sobre los deseos… Aunque ¡quién sabe! Porque en la novela contrastan las explicaciones, tan minuciosas como innecesarias, que conforman el contenido de la ciencia solarística con vaguedades o sobrentendidos como por qué ningún miembro de la expedición, a excepción de Kelvin, es capaz de mostrar a sus “visitantes”, o la causa de por qué son tan terribles como para llevarles al suicidio, como es el caso de Gibarian.
Sorprende y se agradece el final, en el que, pese a haber derrotado al océano impidiendo la reaparición de los seres que le servían, el lector comprende la frustración de los personajes que siguen sin avanzar en el conocimiento de Solaris.

Joseba Molinero :

La clave de la novela es el océano. Omnipresente, omnímodo, multicolor e intrigante… el océano se despliega en todos los órdenes del espacio solariano. Lem desarrolla, fundamentalmente, dos ámbitos peculiares de la afección oceánica en los individuos humanos: uno, que incide en el plano interior, en forma de terrores, vicios, mancillas, tormentos, dudas, traumas y dilemas morales, todos ellos encarnados en unos seres fantasmagóricos replicados de aquellas personas que, por una razón u otra, habitan los corazones de los protagonistas; y otro, que se concreta en el plano de la reflexión metafísica, en el que se plantea el problema de los límites del conocimiento científico y una especie de Teodicea del “dios imperfecto”. Lem elucubra acerca de la factualidad de una explicación matemática de la realidad material, subrayando el antropocentrismo epistemológico en el que incurren los individuos humanos, casi de modo enfermizo; y especula, asimismo, sobre la probabilidad metafísica de la realidad de Solaris, en tanto que dios deficiente y torpón que crea seres de índole diversa y que actúa sin orden ni concierto, sin ningún propósito cabal ni control de sus acciones.

Miguel San José :

La novela resulta tediosa. Supuestamente, es una novela de ciencia ficción; pero si separamos la parte propia de este género, que constituye el núcleo de la obra, como es todo lo relacionado con ese ser extraterrestre llamado Solaris y lo que los protagonistas denominan “corpus de la ciencia solarística”, el resto del texto se resume en una aburrida historia de fantasmas.
Sin embargo, el libro presenta dos cuestiones interesantes: una, la relativa los límites del conocimiento humano; y otra, la relativa al problema de la incomunicación entre seres inteligentes.
Lem aborda la primera cuestión mostrando la ignorancia más absoluta de lo que pudiera ser Solaris de que dan pruebas los investigadores solarianos, tras cientos de años de trabajo científico. Ignorancia que se hace patente cuando éstos consideran que aquello que definen como “plasma cerebral” es un ser vivo y, además, inteligente. Entienden que es un ser vivo, sin tener constancia de si Solaris cumple los presupuestos esenciales para tal designación, como son el nacer, el crecer, el reproducirse y el morir. Y entienden que es un ser inteligente por el mero hecho de que Solaris reproduce, utilizando su propia masa, las afecciones psíquicas de los seres humanos que la investigan y de que realiza espectaculares exhibiciones estéticas, recreando formas extrañas de inconmesurable belleza. Y todo… porque desconocen la verdadera naturaleza solariana.
La segunda cuestión, el asunto de la imposibilidad de la comunicación entre seres de inteligencia diversa, se salda con una frustración atávica, que debería llevarnos a replantearnos nuestra relación con el resto de los seres inteligentes, tal como son, p. e., los animales. No basta con despachar nuestra incapacidad para comunicarnos con ellos aduciendo que solamente poseen instinto, que no inteligencia. Como si únicamente hubieran de ser considerados inteligentes los seres dotados de capacidad de raciocinio. Sería un éxito, sin duda, que una máquina humana pudiera comportarse como una hormiga; pero se nos llena la boca de expresiones como “inteligencia artificial”, para referirnos a ciertas creaciones científicas, mientras pisoteamos sin rubor alguno ejércitos de hormigas en nuestro jardín. ¡Toda una proeza de los individuos humanos, esos cráneos privilegiados… allá donde los haya!

Nicolás Zimarro :

“Solaris”, esta novela que se supone del género de ciencia ficción se salda, simplemente, en una alegoría de la naturaleza del ser humano; y hay que entenderla no como una peripecia o experiencia galáctica vivida en la atmósfera de un planeta inteligente, sino como una inmersión en el laberinto racional y psíquico de los individuos humanos. Así, Solaris, ese dios alocado, impetuoso, oscuro, multiforme y exhibicionista, no es sino una metáfora de la mente humana, una traslación a un planeta ficticio del universo personal de los individuos humanos, una transmutación en plasma oceánico de la masa encefálica de éstos. Toda la actividad solariana pues se reduce a una representación simbólica de la praxis humana. Nosotros, los individuos humanos, elaboramos contructos lógicos, desarrollamos teorías de todo tipo, producimos artefactos, modelamos la realidad material, proyectamos sueños, recreamos vivencias, nos dimensionamos con las creaciones artísticas, etc.… El océano que se hace presente de mil y una maneras, que ostenta un inusitado potencial entitario y que se enmascara en la envoltura de un misterio aparentemente irresoluble es una transcripción psicoanalítica de lo que somos cada uno de nosotros.
Somos nosotros ese dios limitado que crea el universo y cree poder dominarlo; nosotros… quienes anhelamos construir cosmos alternativos, tal que Solaris, representando aquello que no alcanzamos a comprender en una especie de teatro del mundo; nosotros… quienes enarbolamos mareas de relatos metafísicos y vertemos cataratas de silogismos y leyes científico-positivas con el fin de interpretar la realidad, al igual que hicieran generaciones sucesivas de investigadores humanos, en su afán de acercarse a la inconmensurable conciencia de Solaris; nosotros… quienes engullimos – como un océano perplejo- nuestros propios constructos metafísicos, los sentimientos, los teoremas y toda la realidad psíquica para hiperdimensionarnos, para actualizar nuestra potencialidad de dioses reinventando el universo, recreándolo a través de formas inauditas: forjando sueños, produciendo arte y haciendo literatura, por ejemplo; nosotros… quienes, en fin, persistimos en nuestro autismo intelectual, de idéntico modo al que procede Solaris, incapaces de reconocer la hipótesis de la existencia de una diversidad de inteligencias y, por lo tanto, cerrándonos en banda a la posibilidad de comunicación con cualquier realidad que vislumbremos más allá de nuestra conciencia; nosotros, sí,… quienes, ejerciendo de dioses ínfimos y ridículos, negamos incluso la evidencia de la realidad de cualquier otro individuo humano cuyo discurso existencial no se corresponda con nuestros presupuestos ideológicos y quienes, por desgracia, nos parapetamos en toda suerte de mecanismos de defensa que salvaguarden nuestro “ego”.

(*1) “Solaris”, Stanislaw Lem, Ediciones Minotauro, Barcelona, 2007.
(*2) “Artículo: “Javier Reverte, Vicente Verdú, Juan Bonilla y Lorenzo Silva nos revelan sus lecturas de verano”. Publicado el 24 de julio de 2008 en www.elcultural.es.