Acta septiembre 2006

OBRA: SPARKENBROKE
AUTOR:  Charles Morgan

PONENTE: Jon Rosáenz

PRESENTACIÓN

El escritor británico Charles Langbridge Morgan nació el 22 de enero de 1894, en Bromley, Kent. Murió en Londres, el 6 de febrero de 1958. Fue el autor de varios juegos, de once novelas, y de docenas de ensayos. Se casó con la escritora Hilda Vaughan (1892 - 1985) en 1923. Cuando contaba pocos años sus padres le alistaron como cadete en la Marina de Guerra Real. Entre 1911 y 1913 desempeñó servicios militares en el Atlántico y la China. Luego dimitió con el propósito de iniciar una carrera literaria. Sin embargo, al comienzo de la Primera Guerra Mundial se ofreció voluntariamente para el reingreso en la Marina de Guerra Real. Coordinó las fuerzas navales de la brigada en Amberes. En 1914 fue hecho prisionero en Holanda, en donde permanecería hasta 1917. Durante su internación Morgan comenzó a escribir su primera novela, Gunroom (1919). Una versión temprana del trabajo fue perdida cuando la nave que lo transportaba de vuelta a Inglaterra sufrió un ataque y fue hundida en plena travesía. Pero la reescribió antes del febrero de 1919. Sus críticas a la marina de guerra británica le valieron la desconfianza, cuando no la reprobación de los poderes, y aunque nunca fue suprimida oficialmente, la novela nunca tuvo buena acogida. Con todo, su posicionamiento crítico no evitó que se ofreciera de nuevo como voluntario para el servicio durante la Segunda Guerra Mundial. Así, llevó a cabo trabajos en el Ministerio de marina británico entre 1939 y 1944.

Después de la guerra, Morgan trabajó en la Universidad de Brasenose, Oxford, en donde llegó a ser el Presidente de la Sociedad Dramática de la Universidad. En 1921 fue a trabajar como crítico de teatro en “Los Tiempos” de Londres. Desde 1926 hasta 1939 ocupó el puesto de crítico de teatro principal en dicha publicación. . En vida gozó de un gran reconocimiento y consideración como hombre de letras. En los años 30 y los años 40, cuando el éxito de Morgan como escritor estaba en su cima, ganó tres premios literarios importantes: el Prix Fémina-Compite Heureuse para el retrato en un espejo (1929); el premio de Hawthornden para la fuente (1932); y el premio conmemorativo negro de James Tait para el viaje (1940). Como ensayista publicó el Epitaph, basado en una monografía de George Moore (1936) y dos colecciones de ensayos en arte, literatura, cultura, y políticas, reflexiones en un espejo, primero y segunda Series (1944, 1946). Morgan fue miembro de la Sociedad Real de la Literatura, Presidente Internacional de P.E.N. (1954 - 1956) y uno de los pocos extranjeros académicos del Instituto de Francia.

“Charles Morgan pertenece cronológicamente a la misma generación de David Garnett, Claude Hougton, Aldous Huxley, Richard Aldington, Osbert Sitwell y otros, a quienes se considera como los iniciadores de una nueva escuela de novelistas. “El rasgo esencial de esta escuela, que se califica como de renovadora, consiste en ofrecer al lector la crítica y el pretexto de la novela antes que la novela misma. Toda la acción del libro, el diálogo de los personajes y lo que éstos representan por sí, existen en función de una tesis a la cual se pretende dar demostración, o una diatriba que precisa de lanzamiento. Pero si por lo general la obra de los escritores pertenecientes a dicha escuela tiende hacia las tesis de tipo social, la obra de Morgan se reduce siempre estrictamente al espíritu del hombre, no como un componente de un conglomerado de individualidades sujetas a un común conflicto, sino como caja de resonancia de valores y realidades eternas. Si bien esta divergencia parece a simple vista insignificante, su importancia es tal que puede afirmarse que un abismo separa a Morgan de sus compañeros de generación. Ante todo, su estilo severo, académico, de una austeridad que no es obstáculo para el logro de la más fabulosa riqueza de matices, le otorga una filiación netamente clásica, de la cual se aparta la moderna escuela de escritores. Por otra parte, mientras ésta adopta un concepto realista, con fronteras bien definidas entre realidad e imaginación, Morgan no establece diferencia alguna entre experiencia vivida y experiencia imaginada. Realidad e irrealidad son para él una misma visión, experiencia y sueño forman parte de una sola vivencia. La unidad del espíritu humano queda establecida en su obra con un equilibrio tan riguroso que a veces rebasa el misticismo”. [Solapa de “Colección Gacela. Edición de José Janés de 1943”; 1er Tom].

Sparkenbroke está considerada como la obra maestra de Charles Morgan. “La aparición de este libro en Inglaterra fue celebrada en toda Europa como uno de los acontecimientos literarios del siglo. Conocidas mundialmente las dos obras anteriores de Charles Morgan, “La Fuente” y “Retrato en un espejo”, brillantes precursores de Sparkenbroke, esta novela confirmó los comentarios de aquellos que, a la publicación de dichos dos libros, saludaron en su autor a uno de los mejores novelistas de nuestro tiempo y al indiscutiblemente mejor estilista en lengua inglesa. No hubieran sido necesarios tales precedentes para acreditar al autor de Sparkenbroke como, en efecto, el más notable de la promoción de narradores ingleses que hoy ostentan las máximas jerarquías mundiales del género novelístico. Girando alrededor del triple tema del amor, la poesía y la muerte, y enfrentándose con la misión que su propia condición de escritor entraña, que vemos reflejada en la figura del principal personaje, Charles Morgan nos ofrece en Sparkenbroke las páginas más bellas de la prosa moderna inglesa. Su pensamiento de artista, desarrollado hasta sus últimas consecuencias, pone ante todo de manifiesto una profunda identificación con los postulados del platonismo, al trazar una estrecha analogía entre el amor, la poesía y la muerte, como síntesis y quintaesencia de un mismo éxtasis vital. El contraste ente amor sensual y amor espiritual ― tema que Charles Morgan ha cultivado con reiterada predilección ― se ve sometido en las páginas de Sparkenbroke a análisis tan rigurosos y definitivos que ya no admiten ulterior revisión. Se ha querido hallar en Charles Morgan un cierto paralelismo estético con Gabrielle d’Annunzio, pero, a diferencia del gran retórico italiano, Charles Morgan construye su credo espiritual., no a través de medios con que justificar sus propios fines, sino indagando la medida en que lo eterno está contenido en lo temporal. No puede por menos de ser apasionante, en consecuencia, la figura de Lord Sparkenbroke, poeta y novelista, de alma y temperamento byronianos, cuya doble personalidad de escritor y de hombre de mundo le impide hallar la paz de espíritu que anhela por encima de todo. A su lado, las figuras de Mary y George adquieren un relieve intenso y dramático que hace más absorbente, si cabe, el interés de esta suprema obra de arte…” [Solapa de “Colección Gacela. Edición de José Janés de 1943”; 2º Tomo]

VALORACIÓN

El escritor catalán Julio Manegat (En conversación privada. Esta obra es su libro de cabecera) entiende acertadamente que esta obra es un ejercicio paradigmático de ensamblaje y síntesis de lo que es toda experiencia vital humana, en la que invariable e irremisiblemente concurren el amor, la poesía (ésta asumida de modo prosaico inconscientemente como tendencia natural a la belleza) y la muerte (o anhelo de eternidad).

EL AMOR:

Charles Morgan presenta un triángulo masculino compuesto por tres hombres que representan otros tantos arquetipos que rodean a la bella Mary Leward: Uno, Peter, hombre joven y apuesto que al comienzo de la novela es el prometido de Mary, bella mujer que se verá atribulada hasta el final por sus tres elecciones. Peter es el estilo de hombre moderno nada interesado en el arte y lejano al mundo del espíritu. Es jugador de críquet y no aporta nada más que la pura pasión por Mary Leward. De hecho, se enfada porque ella no accede a acostarse con él. Otro, Piers Sparkenbroke, poeta y personaje ejemplar que persigue la excelencia en su vida. Es protagonista de un incidente que Morgan presenta en el sobrecogedor comienzo de la obra, cuando el pequeño Piers participa en la tradicional procesión al Panteón el día de cumpleaños del heredero, para celebrar allí la misa anual de difuntos. El niño queda encerrado accidentalmente en la cripta familiar, hecho que resulta ser el primer éxtasis del futuro poeta y que le marcará para toda la vida. Morgan describe así a Lord Sparkenbroke: “...vio frente a sí a un hombre, ni joven, porque pertenecía a la generación que había sido joven durante la guerra, ni resueltamente maduro como lo era el doctor Hardy, sino de una edad indefinible, separada de la suya, pero no totalmente desconectada. Era menos moreno de lo que había supuesto, porque aunque el cabello, que dejaba toda la frente al descubierto, era tan intensamente negro que el color ambarino de la luz de la ventana resaltaba distintamente sin que sus reflejos se difuminaran, el rostro no tenía ninguna de las espesa sombras que a veces emborronan los rasgos de los hombres muy morenos. Las cejas eran de líneas atrevidas y delicadas, finamente esfumadas, siguiendo los ojos; la nariz y la parte alta de las mejillas eran, en medio del tinte cálido de la piel, de una palidez excepcional, acaso porque la piel parecía estrechamente pegada a los huesos; la sinuosidad ásperamente esculpida del labio superior, la sombra del inferior, la compacta movilidad de la boca y, sobre todo, el fulgor de los ojos, profundamente excavados bajo el arco de las cejas, daban a la faz aquel singular carácter de nobleza contradictoria, de belleza frustrada en el exterior, pero ardiente en el interior, que a veces aparece en los jóvenes, a la vez espirituales y disolutos, cuya vitalidad desciende luminosamente de las telas del siglo diecisiete”.[ “Sparkenbroke” Edición de Janés, Col. Gacela, Barcelona, 1943, p. 131.]. Y el tercero, George Ardí, médico hijo del párroco y hermano de Helen, maestra en la infancia de Mary. Es el hombre maduro, culto, comprensivo y con sensibilidad espiritual cuya prometida murió antes del matrimonio y que representa para Mary la tranquilidad en medio de sus peripecias de ruptura con Peter, los encuentros con Piers y el posterior fallecimiento de su padre. Amigo de Lord Sparkenbroke, hace que éste huya a Italia antes de consumar su unión carnal con Mary en el cottage del bosque de Derry. Es cautivado por la belleza de la mujer, como nunca hubiera imaginado. El premio a su proximidad en los momentos de angustia de la amada, a sus desvelos durante su estancia en Chelmouth es el matrimonio.

Evidentemente el drama de la novela es la elección de la persona a la que amar. Piers tiene una esposa y un hijo y existe la evidencia, además, de que viene estando envuelto en innumerables amoríos. Es un genio y su obsesión es la creación. Nada que la disturbe puede ser aceptado por su alma, su psique. Mary significa para Piers no sólo una mujer hermosa sino una persona intuitiva e imaginativa que conecta con él de una forma mística. Por otro lado, Mary presupone la vida en plenitud a la que podría aspirar con un genio literario como el de Piers. Y aunque reconoce la perfección del amor que podrían compartir, su educación y sus principios morales pueden más y duda una y otra vez, porque sabe que George es el amor más calmo que le posibilitará una vida agradable en el lugar paradisíaco que es la Parroquia. No obstante, y con el contrapunto de la muerte, ella va al encuentro de Sparkenbroke. Y en su desesperación, probablemente motivada por la conciencia de culpabilidad por su acción, intenta suicidarse colgándose de un árbol. Al mismo tiempo Lord Sparkenbroke, cuando parecía que iba a hacer un sitio en su nueva vida para Mary, es sorprendido por un ataque cardiaco. Ya había sufrido varios. George, que no sabe certeramente nada, lee la carta de despedida que le había dejado su mujer y padece una profunda angustia al darse cuenta que ha estado a punto de perderla. No grita porque tiene un control sobre sí mismo; pero propicia la frase final, que no es sino una mezcla de humorada y moraleja trágica: “... porque George era un hombre que siempre sabía cuándo era menester tener la boca cerrada.”

LA POESÍA:

La poesía, vivida como éxtasis espiritual, es un tema remanente en la novela. La particular atmósfera que se crea entre Mary y Piers cuando hablan sobre la creación literaria del segundo es un buen ejemplo de ello. Podría decirse que se trata de la vivencia de una intuición compartida. Ambos se necesitan, se complementan, se presienten y se aman, como quien ama un ideal o el corazón mismo de la belleza, en un esfuerzo desesperado por hallar la completitud individual. La poesía es la esencia de ese rapto vital. Y el paroxismo poético es la constatación de la trascendencia del espíritu humano, así como la concreción íntima de la eternidad. Quizá por esta razón la lectura de la obra produce la sensación de que el hilo narrativo se desenvuelve en un espacio intemporal, en una pequeña eternidad. El tiempo no es una magnitud importante, y salvo algunos detalles (coches, alguna fecha, etc.) parece que esta historia pudiera haber sucedido en pleno siglo XIX cuando en verdad tiene lugar en el período de entreguerras del siglo XX. Y todo porque a Morgan le interesa narrar el acontecer íntimo de la vida en el ámbito de la realidad espiritual del ser humano. Por eso. Obvia los espacios concretos y priman las reflexiones filosófico-teológico-estéticas y los diálogos entre personas exentos de referencias a objetos puramente materiales.

Por otra parte, los comentarios y la crítica que Morgan realiza respecto de algunos escritores Y varias obras clásicas son excelentes. Destacan el diálogo entre Piers, el Párroco y George en la parroquia, cuando hablan de Swift, Keats, Tácito y Cátulo, y sobre todo los magníficos poemas que Piers va creando en el transcurso del tiempo de la novela y con el desarrollo de las dos grandes obras que está gestando: Un largo sobre el amor de Tristán e Iseo y la novela que cuenta la peripecia de la santa faz de Cristo que, tras ser tallada por Nicodemo, viaja hasta el puerto de Lucca en una nave fantasma desde Palestina.

LA MUERTE:

La muerte, está constantemente presente en la novela. De ella opina Sparkenbroke lo siguiente: “… todo aquel que es admitido en la muerte, entra en un reino. (…) En su camino hacia la iglesia, se puede oír a muchos de los visitantes, especialmente los procedentes de la ciudad, discutir humorísticamente con frecuencia, sobre la sinceridad de dicho sentimiento, pues, según ellos, que creen que no existe más tierra que el suelo que pisan, parece que de la muerte, lo mismo que de la poesía y del amor, no se puede hablar más que empleando la máscara de esa risita que se ha convertido en substitutivo nervioso del miedo. Incapaces, o demasiado tercos, para comprender la positiva visión de Sparkenbroke sobre la muerte, como de una reincorporación a una realidad perenne, de la cual el nacimiento y la existencia material, leen, en sus palabras, un pesimismo apenas digno de crédito.”[“Sparkenbroke” Edición de Janés, Col. Gacela, Barcelona, 1943, p. 14.]

La muerte ronda inexorable a los protagonistas: El Panteón, lugar de los antepasados de Sparkenbroke, es el telón de fondo del comienzo de la novela. Su hermano mayor y heredero de título y bienes, Stephen, muere en la primera gran guerra. Tras la obertura de encuentros de Mary y Piers se precipita la trama al morir el padre de la primera. Hay una vuelta al Paraíso y lugar de confrontación de sentimientos, anhelos e intereses de los personajes que conforman el nudo de la trama. El viaje a Italia de George y Mary acompañados de Helen, se enreda con la relación entre Piers y su amada ideal, mientras en un segundo plano la vida de Helen va apagándose pareja al creciente éxtasis que Mary y Piers descubren cada uno en la presencia del otro. Y finalmente la muerte casi abraza a Mary y acaba cobrando su pieza en su amante, Lord Sparkenbroke, cuando éste ya había sacrificado su matrimonio y la fortuna que le permitía vivir de forma desahogada, después de desestimar el ofrecimiento de su mujer, Etty Kaid, quien rendida de amor le propone tener un nuevo hijo.

Y he aquí otra interesante reflexión de Morgan acerca de la muerte que nos recuerda la concepción cristiana de tal suceso. La muerte es descrita no como un final de la existencia, sino como un paso más en la misma: “También la muerte, en su significado creador, es imposible mientras esté asociada con ideas de cesación y terror; es imposible también la poesía cuando no se la separa de la idea de efecto. Mas si todo aquel que se acerca a la muerte le es concedida la facultad de anular la idea de decaimiento de su cuerpo, y, separándose de la circunstancia física de la muerte, puede avanzar en el conocimiento...” [o. c., página 398]

INTERVENCIONES

Nicolás Zimarro:

La obra es, por decirlo así, una recreación literaria de la concepción socrática del amor desarrollada en los Diálogos platónicos « El Fedro » y « El banquete», al mismo tiempo que una denostación de la teoría del amor que aventura Sthendal en su ensayo « rojo y negro ». En « El Fedro » Platón reproduce el diálogo que sostienen Fedro de Mirrinunte y Sócrates a propósito de la teoría del amor que defendía Lisias, un afamado orador, maestro de Retórica y escritor de discursos por encargo de la época, quien le había preparado a Fedro uno al efecto. Fedro, al parecer, era un irredento teórico del amor, que también aparece en otro Diálogo platónico, « El banquete, junto a Sócrates y otros amigos gestando loas al amor en casa de Agatón, el jóven poeta al que agasajan por su éxito en los últimos Juegos Florales de Atenas. Platón establece una división entre diferentes tipos de amor. Por un lado, el amor «reproductivo » o animal, instinto o tendencia natural a la conservación de la especie. Carece de toda afección pasional o virtud espiritual. Por otro lado, el amor pasional, o amor carnal, la atracción física intrínsecamente unida a la querencia ordenada o no del apetito sexual. El amante propende a la posesión carnal del ser amado movido por una pasión irracional. En tercer lugar, el amor ideal, la tenencia natural al conocimiento y contemplación de la esencia del amor. Sólo es posible por medio de la vía de la razón. Presupone la superación de los dos estadios anteriores del amor. Y por último, el amor armónico o idea suprema del Bien, que da sentido a la realidad. Dicho de otra manera, Platón distingue entre el amor del instinto, el amor de los sentidos y los sentimientos, el amor racional y el amor supremo. Cada tipo de amor se corresponde con un estadio del proceso de perfección que ha de superar el alma humana en su trasmigración por el mundo sensible. Piers Sparkenbroke hace este recorrido por el itinerario del amor: Vive con su esposa un amor desarraigado y meramente coyuntural, encaminado a la consecución de la prole. Vive el amor pasional y hedonista en sus mil y uno devaneos carnales con toda suerte de mujeres. Vive el amor ideal, que es precisamente el asunto principal del argumento de la novela, en su relación con Mary, quien representa el ideal puro del amor, la esencia del amor virtuoso. Y vive también la experiencia del amor supremo, que se concreta en su delirio de eternidad a través de la creación artística, explicitada en su caso en la pretensión de un acercamiento a la belleza, la verdad y el bien desde la poesía. Este deambular por los eriales pedregosos y las ciénagas del amor en busca de la perfección individual o de la primigenia y auténtica naturaleza de su particular entidad humana no es sino una personificación en Piers Sparkenbroke del significado del Mito del Andrógino, que Platón recoge en « El Banquete ». Es éste:

«En otro tiempo la naturaleza humana era muy diferente de lo que es hoy Primero había tres clases de hombres: los dos sexos que hoy existen, y uno tercero compuesto de estos dos, el cual ha desaparecido conservándose sólo el nombre. Este animal formaba una especie particular, y se llamaba andrógino, porque reunía el sexo masculino y el femenino; pero ya no existe y su nombre está en descrédito. En segundo lugar, todos los hombres tenían formas redondas, la espalda y los costados colocados en círculo, cuatro brazos, cuatro piernas, dos fisonomías, unidas a un cuello circular y perfectamente semejantes, una sola cabeza, que reunía estos dos semblantes opuestos entre sí, dos orejas, dos órganos de la generación, y todo lo demás en esta misma proporción. Marchaban rectos como nosotros, y sin tener necesidad de volverse para tomar el camino que querían. Cuando deseaban caminar ligeros, se apoyaban sucesivamente sobre sus ocho miembros, y avanzaban con rapidez mediante un movimiento circular, como los que hacen la rueda con los pies al aire. La diferencia, que se encuentra entre estas tres especies de hombres, nace de la que hay entre sus principios. El sol produce el sexo masculino, la tierra el femenino, y la luna el compuesto de ambos, que participa de la tierra y del sol. De estos principios recibieron su forma y su manera de moverse, que es esférica. Los cuerpos eran robustos y vigorosos y de corazón animoso, y por esto concibieron la atrevida idea de escalar el cielo, y combatir con los dioses, como dice Homero de Efialtes y de Oto {11}. Júpiter examinó con los dioses el partido que debía tomarse. El negocio no carecía de dificultad; los dioses no querían anonadar a los hombres, [321] como en otro tiempo a los gigantes, fulminando contra ellos sus rayos, porque entonces desaparecerían el culto y los sacrificios que los hombres les ofrecían; pero, por otra parte, no podían sufrir semejante insolencia. En fin, después de largas reflexiones, Júpiter se expresó en estos términos: Creo haber encontrado un medio de conservar los hombres y hacerlos más circunspectos, y consiste en disminuir sus fuerzas. Los separaré en dos; así se harán débiles y tendremos otra ventaja, que será la de aumentar el número de los que nos sirvan; marcharán rectos sosteniéndose en dos piernas sólo, y si después de este castigo conservan su impía audacia y no quieren permanecer en reposo, los dividiré de nuevo, y se verán precisados a marchar sobre un solo pié, como los que bailan sobre odres en la fiesta de Caco.

»Después de esta declaración, el dios hizo la separación que acababa de resolver, y la hizo lo mismo que cuando se cortan huevos para salarlos, o como cuando con un cabello se los divide en dos partes iguales. En seguida mandó a Apolo que curase las heridas y colocase el semblante y la mitad del cuello del lado donde se había hecho la separación, a fin de que la vista de este castigo los hiciese más modestos. Apolo puso el semblante del lado indicado, y reuniendo los cortes de la piel sobre lo que hoy se llama vientre, los cosió a manera de una bolsa que se cierra, no dejando más que una abertura en el centro, que se llama ombligo. En cuanto a los otros pliegues, que eran numerosos, los pulió, y arregló el pecho con un instrumento semejante a aquel de que se sirven los zapateros para suavizar la piel de los zapatos sobre la horma, y sólo dejó algunos pliegues sobre el vientre y el ombligo, como en recuerdo del antiguo castigo. Hecha esta división, cada mitad hacia esfuerzos para encontrar la otra mitad de que había sido separada; y cuando se encontraban ambas, se abrazaban y se unían, llevadas [322] del deseo de entrar en su antigua unidad, con un ardor tal, que abrazadas perecían de hambre e inacción, no queriendo hacer nada la una sin la otra. Cuando la una de las dos mitades perecía, la que sobrevivía buscaba otra, a la que se unía de nuevo, ya fuese la mitad de una mujer entera, lo que ahora llamamos una mujer, ya fuese una mitad de hombre; y de esta manera la raza iba extinguiéndose. Júpiter, movido a compasión, imagina otro expediente: pone delante los órganos de la generación, por que antes estaban detrás, y se concebía y se derramaba el semen, no el uno en el otro, sino en tierra como las cigarras. Júpiter puso los órganos en la parte anterior y de esta manera la concepción se hace mediante la unión del varón y la hembra. Entonces, si se verificaba la unión del hombre y la mujer, el fruto de la misma eran los hijos; y si el varón se unía al varón, la saciedad los separaba bien pronto y los restituía a sus trabajos y demás cuidados de la vida. De aquí procede el amor que tenemos naturalmente los unos a los otros; el nos recuerda nuestra naturaleza primitiva y hace esfuerzos para reunir las dos mitades y para restablecernos en nuestra antigua perfección. Cada uno de nosotros no es más que una mitad de hombre, que ha sido separada de su todo, como se divide una hoja en dos. Estas mitades buscan siempre sus mitades. Los hombres que provienen de la separación de estos seres compuestos, que se llaman andróginos, aman las mujeres; y la mayor parte de los adúlteros pertenecen a esta especie, así como también las mujeres que aman a los hombres y violan las leyes del himeneo. Pero a las mujeres, que provienen de la separación de las mujeres primitivas, no llaman la atención los hombres y se inclinan más a las mujeres; a esta especie pertenecen las tribactes. Del mismo modo los hombres, que provienen de la separación de los hombres primitivos, buscan el sexo masculino. Mientras son jóvenes aman a los hombres; se complacen en dormir con ellos [323] y estar en sus brazos; son los primeros entre los adolescentes y los adultos, como que son de una naturaleza mucho más varonil ». [El Banquete, Platón, versión digital, de Patricio de Azcárate, Obras Completas de Platón, Madrid 1871, Tomo V, pp. 297-366.]

Ciertamente Piers Sparkenbroke es un ser errante que vaga por el mundo en pos del amor perfecto, tras la propia plenitud, pero tal logro sólo es privilegio de algunos pocos elegidos, y él fracasa estrepitosamente en el empeño. Y no es de extrañar, porque la práctica totalidad de los seres humanos estamos abocados a fallar en el intento de encontrar nuestra otra mitad extraviada en el abismo del tiempo. Esta es la tragedia que ha de vivir todo ser humano por el carácter limitado e imperfecto de su naturaleza. La perfección se hace realidad únicamente en el mundo de las ideas o el mundo inteligible, que se contrapone al mundo material o sensible. Ambos son reales, aunque el segundo lo sea en cuanto que participa del primero, a la manera en que lo hace una copia respecto de su modelo original. El mundo de las ideas, auténtico, real y paradigmático está habitado por las esencias de las cosas, y el mundo material, que es una copia imperfecta de este mundo de las ideas, por su parte, está habitado por los objetos sensibles. Si tuviéramos que hacer un organigrama de ambos mundos tendríamos que: Hay cuatro niveles de realidad, dos en cada mundo. En el mundo sensible, el de las apariencias y el de los objetos materiales; y en el mundo inteligible, el de las ideas y el de la idea suprema de Bien. Pues bien, según Platón, la realidad humana es también dual: por un lado está la realidad material humana, el cuerpo; y por otro la realidad esencial y auténtica, el alma. Las almas son inmortales y originarias del mundo de las ideas. En él conocieron las esencias de las cosas, los arquetipos de la realidad material, así como las ideas supremas de Verdad, Belleza y Bien. El caso es que, por razones que no vienen a cuento, algunas almas advienen al mundo material y se encarnan en lo que denominamos seres humanos. Éstos disponen de la capacidad del conocimiento. Y conocer no es más que recordar, recordar el alma lo que preconoció en el mundo de las ideas, lo cual se produce cuando ésta contempla la realidad material plagada de objetos-copia, de plasmaciones imperfectas de las ideas en cosas. Y es esto lo que le ocurre a Piers Sparkenbroke cuando se encuentra inopinadamente con Mary: que reconoce la idea de belleza. Ante la visión de la hermosa e inteligente Mary los sentidos se apocan y se despliega poderosa y trascendente la fuerza de la reminiscencia, que le permite ir más allá de la presencia material de la mujer y contemplar la Belleza en sí, que es el objetivo primordial de todo poeta. ASí, su interés por ella se sustenta en la necesidad de participar plenamente de la Belleza, algo que sólo es posible tras la superación de la realidad material de Mary, y no en la pretensión de una relación amorosa pasional. Por este motivo, como ya se ha apuntado anteriormente, esta concepción del amor choca frontalmente con la teoría del amor sthendaliana, que preconiza la autenticidad del amor pasional, ese que es pura y dura pasión que ha de liberarse en carnalidad, todo lo contrario al auténtico amor platónico (en este caso sparkenbrokiano) que es idealidad o búsqueda racional de los ideales de belleza, perfección y trascendencia. Curiosamente éste es también el objetivo del arte poética. Y no es ninguna casualidad. No. La intencionalidad estética de Sparkenbroke se aventa en el presupuesto de que la poesía sólo es tal si cumple el anhelo humano de plasmar en palabras la belleza armónica de la realidad supramaterial, aunque sea por simple aproximación, ya que ésta se le presenta al poeta como un incesante y sucesivo acontecer de lo imposible, que le obliga a indagar en la causa de la irrupción en la realidad de lo no existente. En este punto, amor, poesía y muerte devienen en una y la misma eventualidad. Y al poeta no le queda otro remedio que esmerarse en reflejar la esencia de lo sublime y trascendente, como pudiera ser la excelencia del fulgor de la luz del alba proyectada en el zarzal y la hierba, y no caer en la ingenuidad de plasmar la materialidad de las cosas, como pudiera ser el olor del relente de la mañana o la frescura de la hierba mojada por el rocío.

Joseba Molinero:

«Sparkenbroke» es una novela escrita con pura pasión, en la que Charles Morgan vierte todo lo que siente, sin tapujos ni pudor, y lo explica explícitamente. El texto denota una extraordinaria intensidad interior. Está escrito con una minuciosidad extrema. Describe los paisajes, a los personajes y la vida interior de éstos de manera magistral, hasta el punto de que el lector queda cautivado por los tres protagonistas principales : Mary, la bella muchacha objeto del amor de George y Piers, caprichosa, alocada y un tanto inocente, pero absolutamente deliciosa ; Lord Sparkenbroke, un ser desnaturalizado, pagado de sí mismo y egoísta, pero capaz de poseer sentimientos nobles y considerar problemas de hondo calado filosófico ; y George, un cartesiano convencido que al final descubre el sentimiento del amor. Los párrafos son muy extensos, están construidos por medio de la concatenación de numerosas oraciones subordinadas y terminan al cabo de varias páginas de escritura. Pero al final Morgan lo deja todo atado, y explica por qué un personaje ha actuado de una manera, por qué ha hecho un gesto, por qué piensa lo que piensa y por qué siente lo que siente, estableciendo una relación entre las circunstancias y los aspectos comentados y las consecuencias colegidas, lo cual habla de su inigualable sentido de la observación y de su capacidad de interiorización. Morgan plantea un tema recurrente en la literatura y en la filosofía, como es el de la relación sustancial entre el amor, la muerte y la poesía, Eros y Tánatos frente a frente ante la mirada perpleja del poeta. Y concluye que sólamente éste, con su amor y su imaginación, puede llegar a vislumbrar el más allá de la vida y trascender así la muerte, haciendo de la vida y la muerte algo bello y eterno. Y quizá esta ambivalencia de ambos estados de la existencia humana justifique de alguna forma la aureola de ser etéreo y espectral que rodea a Piers Sparkenbroke y la sensación de intemporalidad que se trasluce a lo largo del relato, en el que se distinguen dos partes: Una que comprende el primer capítulo y en la que se narran hechos relativamente normales, hechos que culminan con el encierro del pequeño Piers en el panteón familiar y su posterior liberación. Y otra que comprende el resto de la novela, que es la que produce un gran desconcierto en el lector, por cuanto las apariciones y desapariciones de Lord Sparkenbroke en diferentes escenarios de la narración son impropias de una persona ordinaria y se asemejan más a las escenas hierofánicas bíblicas, y no obedecen a las incidencias de un discurso narrativo al uso.

Miguel San José:

«Sparkenbroke» es una novela larga, prolija y difícil que ofrece cosas muy interesantes a un lector paciente. Es una novela formal y temáticamente victoriana, con todos los ingredientes propios de esa época: muchacha joven y bella, apasionada de la poesía, prometida de forma arreglada por su padre con un jugador de críquet, que se enamora del poeta calavera, quien resulta ser un aristócrata opulento, romántico y erudito, y que al final se casa con el médico del pueblo, el amigo de la infancia que la ama en secreto. Pero es una novela victoriana trasnochada, escrita fuera de tiempo. Es el último coletazo de una literatura en decadencia, fiel reflejo del final de una forma de vida, que representa el ocaso del imperio británico que está al caer ante la inminencia de la Segunda Guerra Mundial. Charles Morgan pone de manifiesto el declive de la aristocracia y el incipiente cambio en la sociedad inglesa: el modo de vida aristocrático carece de sentido (Es sintomático que Lord Sparkenbroke prefiera refugiarse en el cottage de su mansión, cálido y acogedor, que habitar en ésta, fría como el mármol que reviste sus suelos, superficial como sus inmensos salones y desangelada como su gran estragal de fantasmagóricas columnas), Lord Sparkenbroke es un cero a la izquierda en materia social, una nulidad en la gestión económica de sus bienes patrimoniales (que son administrados por su esposa), emerge una nueva clase social, la burguesía, en la que triunfan y preponderan las profesiones liberales (George, un médico, aparece como el prototipo del hombre íntegro, ecuánime, hogareño y trabajador, y es quien alcanza el éxito).

Por otra parte, en lo que se refiere a los aspectos propiamente literarios, sorprende el tratamiento de los personajes, a todas luces desequilibrado y discriminatorio. Porque, así como los protagonistas principales son descritos física y psicológicamente al detalle y con profusión, los personajes secundarios aparecen desdibujados, indefinidos y de alguna forma ninguneados o eliminados. Por ejemplo: La señora Sparkenbroke es una mera comparsa que Morgan utiliza para definir la insatisfacción sexual y amorosa de Lord Sparkenbroke, Richard (el hijo de Sparkenbroke) no está para nada más que mostrar al lector que su padre es un ser sin entrañas que únicamente piensa en sus poemas y en la historia de Nicodemo y no se preocupa de sus obligaciones familiares, el padre de Piers Sparkenbroke y su hermano primogénito Stefan desaparecen de la escena brusca y precipitadamente, y todo ello para justificar el status de heredero y el derecho al título de « Lord» en la persona de Piers, y Helen, Peter, el padre de Mary, etc.…, todos ellos personajes-marioneta, anodinos, impersonales e inconclusos.

Roberto Sánchez:

Charles Morgan murió hace casi cincuenta años y desde entonces se puede decir que se ha sumergido en el olvido, al menos en nuestro país. Sin embargo fue este un autor que gozó en vida de prestigio, reconocimiento y de una inmensa reputación hasta tal punto que algunas de sus novelas fueron llevadas al cine. La misma obra que nos ocupa ocupó los puestos más altos en las listas de ventas de la época en los Estados Unidos. ¿A qué se debe esa desaparición del mundo literario del autor y su obra? Parece que Morgan fue criticado por “la excesiva seriedad de sus obras” y que a raíz de esa seriedad hoy en día sus novelas y obras de teatro están relegadas al ostracismo. Él mismo declaró en alguna ocasión que “el sentido del humor que nos gobierna oscurece la emoción y la visión y la grandeza del espíritu de igual manera que las nubes oscurecen el sol. Ha banalizado la tragedia de nuestro teatro, la elocuencia de nuestros debates, la gloria de nuestros años de paz, el esplendor de nuestras guerras…” La obra que nos ocupa no escapa a esta forma de ver la vida de Morgan. “Sparkenbroke” es una obra mortalmente seria en la que el humor nos ciega con el brillo de su ausencia.

Sparkenbroke, el héroe solar de esta obra, es un muchacho extraño e inusual que de adulto busca una revelación, una revelación de la que ya tuvo algún atisbo en su infancia durante la noche que permaneció en el panteón de su familia. Es su propio hermano el que le encierra allí. Morgan le hace pagar este desliz y lo elimina en los siguientes capítulos, oportunamente caído en las trincheras de la Gran Guerra. Piers busca una cierta clase de revelación referida a la naturaleza verdadera de las cosas. Trata de revisitar la visión que tuvo la noche en el mausoleo familiar a través del arte, de las mujeres, de actividades peligrosas… George Hardy es el oportuno, sólido, racional y sanchopanzesco contrapunto del quijotesco Sparkenbroke. María aparece y desde la primera línea sabemos que está predestinada a sufrir con este hombre imposible que busca en la muerte el sentido de la vida.

Sparkenbroke cree que la imaginación es la esencia divina. El arte o la muerte la liberan. La muerte es soñar y soñar es imaginar. Esta es la idea central en torno a la cual el autor desarrolla su obra. Una idea sugerente y atractiva que engancha y obliga al lector a desbrozar el terreno, a nadar en medio de una prosa densa, que a veces se vuelve absorbente y en otras ocasiones refractaria. Morgan no lo pone fácil y para llegar al final de este libro hay que ser un nadador resistente, aunque es cierto que las ganas de saber qué le sucede a cada personaje son tablas y salvavidas que ayudan a sobrellevar la navegación. Por desgracia su prosa está pasada de moda, es ampulosa y a menudo pedante. Morgan escribe maravillosamente, es cierto, pero lo hace de una manera “unfashionable” hoy en día.

La historia, la hermosa teoría en torno a la cual Morgan teje la danza de sus personajes, es un ejercicio introspectivo del autor mediante el que trata de convencerse a sí mismo (no trata de hacerlo con los demás, no hace proselitismo) de la trascendencia del ser humano. Morgan es un creyente que tiene miedo a la muerte, que tiene miedo a no creer en un más allá o directamente a que no exista. Y como tiene miedo se inventa lo que él desearía que fuera lo que sea que halla después de la muerte, se lo inventa por boca y acción de sus personajes como ejercicio catártico. La muerte es soñar y soñar es imaginar. Eso es lo que Dios nos ha dado, esa es nuestra alma. ¿Quién puede temer a una muerte como esta? Sparkenbroke, no. Charles Morgan seguramente tampoco.

Carlos Fernández:

Si hubiera que resumir en una palabra la impresión que causa el libro al leerlo, ésta sería “falso”. Por debajo del curso del relato, asoma permanentemente una especie de pretensión de ensayo, que utiliza a los personajes para ponerse de manifiesto. Los protagonistas no aparecen pues como seres autónomos, sino como esos muñecos que utilizan los ventrílocuos para hablar con el público sin que se note. El libro avanza a trompicones: tras unas líneas de tipo narrativo que adolece casi por completo de acción, el autor nos introduce en laberintos minuciosamente descriptivos de las emociones o pensamientos de los personajes: “Es preciso”, pensó, “creer en la facultad que tiene la vida para transformar nuestras necesidades de igual modo que nos transforma a nosotros mismos, y, sobre todo, en esa facultad de transmudar de tal suerte la apariencia de las cosas –e incluso la índole de ellas en su relación con nosotros -, que lo que visto de lejos parece bello (y es bello) como una proeza, una posesión o un goce asequible, se vuelve bello, al ser mirado retrospectivamente, porque no ha sido conquistado ni gozado.” (...) “En este sentido”, pensó, “la libertad nace de la pureza de espíritu, y la pureza de espíritu nace de la irrevocabilidad de decisión. El ánimo del renunciación debe ser sellado por la acción, pues de otro modo nadie tiene valor para sostenerse.” [“Sparkenbroke”, Ediciones Janés, Col. Gacela, Barcelona, 1943, p. 361.]

También expone indisimuladamente reflexiones del propio autor: “Hay en la animosidad de la lujuria y la risible monotonía de sus manifestaciones, una droga contra la imaginación de cualesquiera que sean sus formas, excepto la carnal.” [o.c. p. 221]. “Así como dentro de las palabras el pensamiento se conserva mudo, así existe en el fondo del pensamiento una actividad más profunda que aún el pensamiento no alcanza a traducir, y, en el fondo de esta actividad, existe a su vez un silencio en el cual no cabe acción, ni palabra, ni pensamiento, porque todo está en él ya hecho y pensado. El ciclo de la causa queda completado; el anillo se cierra; el ser reasume su esencia.” [o.c. p. 376]. Estas reflexiones y divagaciones, tomadas aquí al azar, y que pueblan la obra por todas partes, resultan en el contexto de la novela una impostura. Y lo mismo sucede con los propios personajes, dependientes, descafeinados y uniformes, que utilizan un único registro lingüístico y se expresan en términos similares. Morgan hace con ellos una “tabla rasa intelectual” en la que ninguno destaca sobre otro. Esto es especialmente llamativo en Mary, a la que el autor presenta como una ingenua muchacha de dieciocho años, y sin embargo es capaz de elucubrar acerca de cuestiones complejas de índole metafísica y estética. Con todo, los diálogos que mantienen los diferentes personajes son en muchos casos impropios e inverosímiles. Por ejemplo éste de George con lady Sparkenbroke:

- Como usted sabe – contestó George -, soy un escéptico... en sentido teológico. Conozco bastante los hechos para adivinar que, a menudo, no sirven más que para extraviarse. (...) Luego su voz decayó lentamente; en voz baja dijo: “He aquí el efecto del arte, el efecto del arte sobre el mundo, por el cual preguntabas, George. Y mucho más que esto... su estrecho parentesco con la moral, o, más bien, su eterna diferenciación de la moral. (...) Después de esto, el río fluye otra vez, reanuda su curso, divino o diabólico.
- ¿O diabólico? – interpuso Lady Sparkenbroke.
- Ese fue mi error – respondió George -, porque cuando él dijo eso, yo le interrumpí lo mismo que usted acaba de interrumpirme. Y de ahí parte la raíz de la idea de Piers. La esencia divina del hombre, que el arte o la muerte liberan, no es necesariamente “buena”; tiene dos aspectos, uno divino y otro diabólico, y su lucha es el drama del espíritu. (...)
- Continúe – dijo ella, apartando los ojos de la cúspide del panteón y arrodillándose en la hierba a poca distancia de él -. Continúe, ahora empiezo a comprender.
- No puedo continuar – contestó -. Aquí es donde tengo que pararme. Acepto la idea de él porque creo en él”. [o.c. p. 61]

O este otro de George con el párroco y Mary, respecto a cierta traducción:

- Jocundo e infinito ¡Haz, Dios, que sea cierto!- dijo Mary.
- Él estaba muy orgulloso de este verso. Pero ¿“amorosa constancia”?... Claro, Santa amicitae es más seco... “Su corazón hable al decirlo” es una síntesis muy hábil, pero ¿no queda un poco fría? ¿Qué te parece, George?” [o.c. p. 207].

O éste del párroco con Mary:

- ¿No ha notado alguna vez – preguntó, parándose bruscamente a su lado -, cuán a menudo una doctrina metafísica, particularmente de aquéllas que tienen una doble raíz en la razón y en la experiencia mística, puede expresarse en términos de más de un sistema religioso? Yo he expresado mi pensamiento, y mi experiencia, en términos de la personalidad de Jesús, y sin embargo, la raíz está en la moraleja de Heráclito” (...)[o.c. p. 235.]

En fin, la obra produce una decepción progresiva. El libro primero, especialmente su primer capítulo, es excelente. Es en el segundo libro (el bosque de Derry), concretamente a partir de la conversación indicada anteriormente, donde empieza a decaer. A partir de ahí se alternan pasajes que recogen consideraciones de carácter filosófico-ético-estético con otros de laia propiamente literaria (la crisis de Mary con su novio, su hospedaje en casa del párroco, etc.…). Esta yuxtaposición de textos de distinta naturaleza provoca que el libro, de por sí largo, se vaya extendiendo, hasta que por momentos se antoja interminable.