El miura de Moncalián

En los viejos tiempos, la gente sencilla, cuando finalizaba su adolescencia, formaba una familia. Hombres y mujeres vivían en pareja, de distinto género y procreaban. Vivían en casas sin muchos muebles con sus hijos, dándoles: alimento, vestido, asistencia médica y educación, en la medida de sus posibilidades. Era común ver a una mujer paseando por la calle de la mano de su hijo mayor, que daba la mano al mediano y este al menor, apartándose los peatones gustosamente, para dejar paso a la alegre comitiva. A veces, estas familias tenían un perro para cuidado de la casa y distracción de los hijos.

En estos tiempos nuevos, la gente sencilla, cuando finaliza la adolescencia continúa en la adolescencia. Hombres y mujeres viven en pareja, o no, de distinto género, o no, y procrean, o no. Viven en casas con muchos muebles con sus perros, dándoles: alimento, vestido, asistencia veterinaria y educación. Es común ver a una mujer paseando por la calle con una retahíla de perros, apartándose los peatones aterrados para dejar paso a Ben-hur con su cuadriga.

Aquella mañana de verano, temprano, un número de la Guardia Civil acudió a casa de Casimiro para comunicarle que debía acompañarle, por orden de Don Euristeo, al cuartelillo, por un asunto de suma importancia.

Casimiro y el guardia caminaron en silencio, el uno imaginando qué nuevo trabajo le sería encomendado y el otro disfrutando del contraste del azul del cielo con el verde, un poco agostado, de los campos recién segados. Pronto llegaron al cuartelillo en cuya puerta, el guardia de cuartel le indico que pasara hasta el despacho del cabo Merino donde le esperaba Don Euristeo.

El mozo entró con desconfianza, encontrándose al alcalde en animada charla con el cabo quienes, callándose, le miraron con cara de preocupación.

- Casimiro – le abordó Don Euristeo – el Valle se encuentra en un gran peligro...

Casimiro suspiró profundamente pensando: “Lo que imaginaba”.

Don Euristeo prosiguió con su exposición.

- Elementos contrarios al Movimiento han puesto en libertad a una bestia, tan salvaje, que, echando fuego por las narices, está haciendo estragos por toda la comarca.

Haciendo una pausa, tomó un albarán del escritorio, se caló las gafas de cerca y comenzó a leer sentenciosamente:

- Correoso: de la ganadería de Don Eduardo Miura. Cinqueño. 54O Kg. Negro mulato, bragado y meano.

Casimiro se llevó una mano a la cabeza y, cerrando los ojos, reflexionó: “Leones, culebras, gamas, chones, ratoneros... y ahora un morlaco. Y me decía mi pobre madre que tuviera cuidado en África, que el Valle es muy tranquilo...” y comenzó a balbucear, con ánimo de escurrir el bulto.

- Pero, Don Euristeo, este es un asunto sin importancia. Puede cuidarse de ello la Benemérita, o mejor aún los pastores de la Mancomunidad.

Don Euristeo le obsequió con una sinfonía de dientes debajo de su bigote fino y le animó paternal:

- Vamos, vamos, Casimiro. ¡Qué no se diga! Además, esto, como ya he apuntado, es un caso de índole política. Con unas implicaciones gravísimas... El toro debe ser capturado sin un rasguño... ahora te lo explicarás todo. Meríno, léale el atestado completo.

El cabo Merino se sentó y cogió un legajo, que se encontraba cuidadosamente alineado junto a la máquina de escribir y, tras carraspear, empezó a informar:

- Federico Peña Lavín, vecino de Lora del Río, transportista autónomo, realizaba la tarde del ... un porte de animales vivos desde la susodicha localidad de Lora del Río a Bilbao, con objeto de entregar un toro de lidia como sobrero en la corrida del viernes ... día mayor de la Semana Grande bilbaína, cuando decidió, por lo avanzado de la hora, desviarse hasta el Valle para pasar la noche en casa de la Señora Josefita Lavín, a la sazón tía del declarante, quien de muy buen grado le dio cena y habitación.

Federico Peña Lavín, se acostó pronto, pues tenía intención de llegar antes de comer a su destino y se durmió rápidamente, fruto del cansancio producido por tan largo viaje, pero pasada la medianoche se despertó sobresaltado al oír ruidos de gran volumen en la calle. Preocupado por lo pudiera haber ocurrido con su negocio, se encontró con la caja de su camión abierta y sin la carga que transportaba y a un hombre desmayado junto al vehículo. Acto seguido se personó en el cuartel de la Guardia Civil para denunciar los hechos.

La Autoridad llegó al lugar del suceso y tras confirmar la declaración del testigo trasladó al sospechoso a las dependencias del instituto armado, donde recuperó la consciencia inmediatamente...

Casimiró sonrió para sí: “Donde le disteis una buena somanta de ostias”.

- ... procediendo a realizar, de forma voluntaria,..

Casimiro sonrió para sí, otra vez: “No, donde le disteis dos buenas somantas de ostias”.

- ... la siguiente declaración:

Vladimiro García Rebollos, vecino de Cabezón de la Sal, declara que en la noche del ... se acercó hasta el municipio del Valle con la intención de liberar al toro Correoso de su injusta condena a muerte y justifica esta acción por seguir las consignas de MONCALIAN...

Casimiro interrumpió a Merino.

- Pero no habías dicho que es de Cabezón? Moncalián es una aldea, muy bonita, cercana a Gama. Pasé por allí hace poco tiempo.

Merino prosiguió sin inmutarse.

- .... MO.N.CA.LI.AN: el Movimiento Nacional Cabuérnigo de Liberación Animal...

Casimiro dio un respingo y un grito:

- ¡¿el qué?!

Don Euristeo afirmó satisfecho:

- Lo que has oído: los Rojos, sin duda alguna, los Rojos. ¿Te das cuenta ahora de la importancia de controlar esta acciones terroristas?

Merino continuó su informe:

- ... que busca la democracia, la independencia de Cabuerniga (fuera del yugo opresor de Santander) y la igualdad de derechos de los animales ya que todos ellos son criaturas de Dios...

Casimiro ya no pudo escuchar más, absorto en una tormenta mental: “Estoy rodeado de locos y tengo que coger un toro bravo sin herirlo, sin ayuda y solo con las explicaciones que da Matías Prats por la radio. Pero, que coño, si llevo toda la vida entre ganado. Solo tengo que tratarlo como a un macho más, con cuidado, eso sí... y con un poco de diversión...”

Merino aún seguía informando y, mientras, Don Euristeo soñaba con su alto cargo en la estructura del Movimiento, ganado a pulso por su lucha sin tregua contra los demonios comunistas.

Casimiro dió un manotazo sobre la mesa, interrumpiéndoles en sus divagaciones y dijo:

- ¿Donde está el toro? Vamos a cogerle.

Merino le miró sorprendido y contestó:

- Está en el prado de detrás de la iglesia, tan tranquilo.

- Entonces, vamos a por él. Necesito un capote de guardia y que mandes a un número a recoger la capa del Ecce Homo de la parroquia, sin que se entere Don Quirón...

- ¡Casimiro! Que si se entera nos va a cortar los huevos.

- Merino, no seas mariconaza. Seguro que hiciste cosas más arriesgadas en el Tercio. Venga... ¡ah! Coge también tu capa y que hagan lo mismo otros dos números. Tendréis que echarme un capote si fuera necesario...

- ¿Qué? Pero si las capas son verdes... y nosotros...

- Merino, ¡joder!, ¡que no puedo estar llamándote maricón todo el puto día... y que el camionero aparque el camión a la entrada del prado. Vamos..

Y dirigiéndose a Don Euristeo:

- Yo, Don Euristeo, antes de informar de algo relacionado con este asunto, hablaría con el alcalde de Cabezón, para saber de qué manicomio se ha escapado el rojo, por que me parece que el pobre está de camisa de fuerza y duchas de agua fría. Ya sabe, si por casualidad es un loco, podría salirle a Vd. el tiro por la culata...

Don Euristeo experimentó un escalofrío de terror y salió inmediatamente del despacho, sin despedirse.

Casimiro y Merino se miraron y estallaron en sonoras carcajadas, dirigiéndose hacia la iglesia del Valle.

En el prado de la iglesia se había improvisado una romería. El toro pastaba en el centro del campo, ajeno a que, a lo largo de la mañana, la gente de la comarca se hubiera ido acercando para verle, aunque manteniéndose a una distancia respetuosa. Junto a los curiosos habían llegado los vendedores de rosquillas y los piteros: Bosio y Martín.

¿Cómo se organizaban estos hermanos para estar presentes en todas las romerías y desfiles? Nadie lo sabía, pero allí estaban una vez más. Bosio con el requinto y Martín con la caja. El uno bajo y cargado de hombros, el otro un poquito más alto y tullido de la pierna derecha; los dos narigudos y cejones; ambos bien afeitados. Habían llegado al Valle con su uniforme reglamentario de piteros: boina negra, un poco de medio lado; camisa blanca con pañuelo rojo al cuello; faja roja sobre el pantalón de mahón azul con las perneras metidas en los calcetines de lana blanca; y chirucas; para alegrar la espera de la concurrencia con jotas y pericotes.

Cuando llegó Casimiro, envuelto en la capa aceituna y seguido por Merino y los dos números, cuyos tricornios brillaban cegadoramente, el público estalló en vítores y aplausos, lo que hizo al toro levantar la cabeza.

Casimiro y Correoso se estudiaron mutuamente.

Casimiro se fijó en el hierro de Miura, que le pareció una A mayúscula con orejas; observó detenidamente su cornamenta, cuyo cuerno derecho estaba escobillado, lo que le hizo pensar: “Derrota por el pitón derecho. Tendré cuidado”; y comenzó a acercarse a Correoso, protegido tras el capote aceituna, rodeado por un silencio expectante.

Correoso se arrancó y el diestro le recibió con una verónica por el pitón izquierdo, que arrancó olés del público. Correoso se volvió y desarmó a Casimiro con un gañafón del pitón derecho, que produjo un grito histérico de cien gargantas de mujer.

Aprovechando que Correoso se entretenía dando tornillazos al capote, Casimiro cogió la capa del Ecce Homo e hizo con ella una muleta, colocándola sobre una vara de avellano y, sin miedo, volvió al ruedo, despacio, lo que provocó un griterío general:

- ¡Música! ¡Música!

A lo que contestaron, Bosio y Martín, con una jota que, aún no siendo muy torera, era muy alegre.

Correoso se lanzó, galopón, al engaño y Casimiro le recibió con un pase natural por el pitón izquierdo, que el toro tomó obediente. Casimiro se animó y ligó otra serie de tres naturales que fueron acercando al astado al transporte, hasta dejarlo de espaldas a la caja del camión.

Toro y torero se plantaron cara a cara. La música cesó y el público enmudeció. Era, según hubiera dicho Matías Prats, el momento de la verdad. Casimiro adelantó la muleta y Correoso, obediente al toque, se desplazó y galopó, ¡virtudes del Miura!, saliendo suelto de la suerte y volviéndose para alinearse con el torero y el camión; y cargar de nuevo contra Casimiro que lo evitó con un pase de pecho, haciendo que el animal subiera hasta la rampa del camión, donde se paró indeciso. Casimiro resolvió todas las dudas de Correoso con un vilortazo de avellano en el rabín que le hizo adentrarse en el camión mugiendo de dolor.

El camionero aprovechó para cerrar la portilla, subir a la carlinga y marchar, como alma que se lleva el diablo, llevándose a Correoso hacia una muerte segura y dejando el prado de la iglesia inundado de un jolgorio atronador.

Todos querían felicitar a Casimiro que, modesto, rechazó que lo llevaran a hombros a casa ya que, sigiloso, entró a la parroquia y vistió al Cristo con su muleta. Entonces salió de la sacristía Don Quirón, que le interpeló amistosamente.

- ¡Caramba, Casimiro! ¿Cómo tu por aquí?

- A darle las gracias a un amigo, Don Quirón.

- ¡Menudo alboroto que hay en el patio! ¿Sabes tú lo que pasa?

- Nada... están los piteros y la gente quiere divertirse.

Afuera, Martín le preguntaba a su hermano.

- ¿Qué tocamos, Bosio?

- La misma pero más fuerte.

 

 Miguel San José