Hipermercado de latón y terciopelo

Me pasan cosas raras. Mi novia dice que soy yo, que lo voy buscando, pero os juro que yo no hago nada extraño, nada que me coloque en situaciones estúpidas, absurdas y del todo surrealistas. Hace unos pocos días estuve haciendo mis compras quincenales, empujando arriba y abajo por los pasillos de una gran superficie un carrito con el árbol de dirección defectuoso. Escoraba a estribor. Adquirí esto y aquello, aquí y allí, esquivando carros en doble fila y compradores con pocos escrúpulos viales o directamente sin permiso de conducción. A pesar de todo, como siempre voy al mismo centro comercial suelo realizar la tarea con relativa eficiencia. Llega entonces el momento crítico de elegir la caja, asunto que no es baladí, como explicaré. Antes de la crisis, el gremio de las cajeras era nutrido, el tiempo del cliente tenía una cierta importancia y las esperas solían ser breves. Ahora la mayor parte de los puestos aparecen vacíos y oscuros; por fortuna siempre tenemos a mano un Smartphone que nos ameniza la larga cola hasta llegar a esa amable cajera que a medida que va pasando los productos por el lector nos los arroja con desdén sobre la superficie de recogida. Esto es algo que me molesta en especial porque cuando dejo mis compras en la banda de entrada, lo hago con esmero y las agrupo por productos y tamaños homogéneos. Me encanta jugar al Tetris. Da igual, la amable señorita impone el caos. Sinceramente pienso que este puesto de trabajo debería ser ocupado por hombres. Mi propuesta se basa en el efecto “bolso de mujer”. Imagino que no es necesario que explique lo que es un bolso de señora, todos lo hemos experimentado en alguna ocasión. Bolsillos, cremalleras, huecos para organizar el contenido son arcanos ignotos para ellas. Nosotros, los hombres, cuando usamos cartera de mano (o esas ridículas bolsitas que suelen quedar encajadas encima del michelín), siempre lo tenemos todo perfectamente clasificado. Estoy seguro de que si las cadenas de supermercados emplearan solo humanos de género masculino en las cajas de cobro, la productividad se incrementaría sobremanera. Si, además, se incentivara por ley que las compras las realizaran siempre los hombres, el mundo sería mucho más ágil y feliz.
Pero las cosas no son así. No, no lo son. Como decía, empecé a otear el frente de combate. Tres cajas abiertas de una quincena más una caja rápida. Opté por la que me caía más cerca, decisión óptima puesto que todas las colas tenían similar longitud. No bien me instalé, extraje mi teléfono del bolsillo y activé la aplicación de juegos. Sí, tenía tiempo de echar varias partidas al Tetris, aunque antes era imprescindible guasapear con mi chica para que se sintiera presente en mis pensamientos y por si se me había olvidado algo, improbable con toda seguridad, pero por si acaso. Hubo suerte. Como soy un gran conocedor de la naturaleza humana femenina, había planificado una serie de ataques preventivos para cubrir cualquier tipo de incursión enemiga; es decir, había comprado una bolsa de sobaos pasiegos y una caja de donuts de chocolate y sin agujero, artículos que no estaban en la lista original. ¡Ay, cariño! No, no, quita, que se va todo ahí donde más te gusta agarrar, me explicó antes de salir de casa. Bueno, silbó el guasap ya en la cola, compra una bolsita de esto y lo otro. Lo que yo decía. En fin, dejadlo, no queráis saber más.
Apenas había comenzado mi partidita cuando me percaté de que algo raro sucedía. Murmullos, baile de pies, miradas al techo, toses… La tensión era notoria y creciente. Abandoné por un instante mi concentración y un tetrimino encajó donde no debía. Mierda. Poco a poco los ojos de todos se iban dirigiendo hacia la cajera, una chica joven de pelo liso oscuro y bastante agraciada. Muy mona, en realidad. La belleza de la cobradora es un factor importante para elegir el puesto de pago: te mantiene entretenido. Otro criterio suele ser algún culo bien puesto entre las clientas. También entretiene mucho. Un escote generoso influye asimismo en la decisión, pero es más difícil de detectar al acercarse ya que la gente suele estar de espaldas. Esto implica que durante el proceso de compra debe mantenerse la atención y detectar estos especímenes de forma que con un rápido vistazo identifiquemos la cola en la que anida la hembra seleccionada. El atractivo está en la insana inclinación a la que se obliga cuando introduce sus compras en el carrito. Tened en cuenta que cuanto más alta la hembra, mayor la inclinación y más amplia la perspectiva de sus encantos gemelos.
Perdón por la digresión. El asunto es que la joven cajera daba más vueltas de las debidas a los productos antes de situarlos frente al lector, cada poco llamaba por teléfono a alguna etérea supervisora, las tarjetas de pago no pasaban… En fin, aquello no iba bien. Para acabar, la última promoción del hipermercado ofrecía un número de cuponcitos según el montante de la compra. Y la joven los contaba diría que incluso con fruición. Los murmullos fueron creciendo en volumen y grosería. Los humanos somos así, intolerantes con los defectos ajenos, ciegos si son los nuestros; avaros con el tiempo de nuestra propiedad, alegres con el de los otros. Además se daba la circunstancia de que la chica se llamaba Noely, nombre que se adaptaba a la perfección a sus rasgos ligeramente aindiados. No pretendo ser racista, al contrario, compro mucho en el chino de mi barrio; simplemente quiero decir que, según algunos energúmenos, su filiación étnico-cultural tenía algo que ver con su ineficiencia o torpeza. Me consta que esto no es así. Los georgianos que entraron a robar en mi casa hace tres años demostraron ser mucho más hábiles que los policías que asaltaron mi hogar cuando presenté la denuncia, pero esa es otra historia.
Poco a poco algunos de los clientes delante de mí en la cola fueron abandonándola y dirigiéndose a una de las otras dos. Aspavientos y bufidos parecían ser obligatorios. Esto es algo que tampoco entiendo, esa perenne necesidad que tienen algunos ibéricos de poner en común su indignación, de hacernos partícipes a todos de su enfado y de las razones que lo motivan, en general ridículas y forzadas, más ligadas a su propia estupidez que a algún hecho objetivo. La señora que me antecedía me miró un par de veces con el claro objetivo de entablar conversación. En un descuido atrapó mi mirada y me soltó toda su bilis xenófoba. Que si los panchitos de mierda, que si los parados de aquí, que si vaya inútil la tía esa… Cuando quiso explicarme algo relacionado con la prostitución simulé responder una llamada de teléfono. Muy indignada y muy digna, haciendo un gesto despectivo con la cabeza, no sé muy bien si dirigido a mí o a la dependienta, puso rumbo hacia otra caja.
De pronto me hallaba apenas a dos posiciones del objetivo. Reconozco que por un instante estuve tentado de hacer lo mismo, pero noté en mi interior un ramalazo de responsabilidad cívica, de solidaridad con aquella humilde inmigrante, a buen seguro explotada por los propietarios del lugar. Era cierto que la pobre parecía una perfecta inútil, pero ponía interés y no abandonaba en ningún momento su sonrisa azteca, o inca, o de donde fuera. Y era razonablemente atractiva, como he dicho antes, aunque sé que muchos y muchas me tratarán de machista por hacer este comentario. Sé que lo de su atractivo no viene a cuento, pero su forma de fruncir los labios mientras daba vueltas a los productos una y otra vez antes de aproximarlos al lector de códigos de barras me parecía muy sugerente. Y cuando colocaba con movimientos mesurados la mercancía, haciendo un leve gesto amanerado con la muñeca al retirar la mano, entonces pensaba que podría haber estado muchas horas contemplándola. No obstante, al parecer aquella sensación de levedad en mi cabeza no la compartían los dos energúmenos que me antecedían, y que de pronto, cagándose en varios santos y vírgenes, me cedieron la primera posición.
Y alllí estaba yo, dispuesto a experimentar un calvario aunque aún no lo sabía. Lo primero que hice fue saludarla amablemente, como si no me hubiese percatado de la ola de malos modales que había levantado. Noely ensanchó aún más su perenne sonrisa y me iluminó con una magnífica dentadura digna de una diosa precolombina, si se me excusa la pedantería. No me pasó desapercibida la mirada, por no decir repaso, que me lanzó la conflictiva cajera. Y es que, pesar de que me esté mal el decirlo, su un tipo atractivo para las mujeres. Esto es algo que siempre he sabido y de lo que en múltiples ocasiones he hecho uso. Mi metro ochenta, mi pelo bien peinado y entrecano, esta barba que Dios me ha dado de aspecto decimonónico, mis chaquetas de pata de gallo entalladas (porque me puedo permitir que sean entalladas), mis nalgas perceptiblemente duras y respingonas. No deseo humillaros, desocupados lectores, pero para ser un cincuentón me conservo estupendamente, y las mujeres saben apreciarlo. Como iba diciendo, Noely empezó a pasar los productos de mi carrito por la cesta mientras yo me dedicaba a otear su incipiente escote y un vientre plano y terso, y a buen seguro muy durito, un poco más abajo. De vez en cuando, tras varios lánguidos movimientos de muñeca ante el rayito rojo, terminaba tecleando el código de barras. Nada grave, pensé, hasta que conté la séptima vez. Me estaban empezando a dar sudores fríos, así que tanteé con los ojos sus piernas y traté de imaginar sus nalgas. Aquella chica iba a un gimnasio, estaba convencido de ello. Con el ceño fruncido en un canalillo que volvía su atezada piel plegada algo más oscura, delicioso pliegue que disparó mi imaginación, me cantó el montante de la compra con las sonoras eses de más allá del océano. Son siento sincuenta y sinco con dose euros, señor. Me pareció que susurraba la última palabra. Metí barriga y me desabroché el abrigo para coger la cartera. La cosa no había sido tan terrible después de todo. Concluí el proceso de pago con éxito y recogí la larga nota. Siempre tiene un efecto curioso en mí la nota, cuando la tengo en mis manos antes de arrugarla en algún bolsillo, toda la fascinación que las clientas y cajeras pudieran haber despertado en mí se disuelve como el olor de la salsa de tomate al salir de una pizzería. Nunca lo hago, pero ese día, y vistos los precedentes, decidí repasar la factura. Todo fue bien hasta la última línea: al lado del epígrafe “Repuesto” figuraba la ostentosa cifra de veintisiete euros, ornada con dos hermosos ceros en el lugar de los céntimos. Con un ligero temblor en la voz me giré hacia Noely y le sugerí que tal vez hubiese un fallo en la nota. Le señalé la cifra, le expliqué lo obvio, que no llevaba ningún repuesto más allá de dos frasquitos de Nivea para la afeitadora eléctrica, y le solicité que lo revisara. Lo hizo y me contestó que estaba bien. Yo respiré hondo, muy hasta lo más profundo de mis pulmones, y se lo volví a explicar. Frunció de nuevo el entrecejo, pero esta vez no me sugirió nada. Habló con su supervisora y me explicó que tenía que puntear todos los productos. Con total parsimonia comenzó a vaciarme el carrito e ir marcando con un bolígrafo cada línea de la factura hasta comprobar que en efecto allí había algo raro, pero que no me podía ayudar, que me fuera a zona de Atención al Cliente. En otras circunstancias me hubiese permitido aquilatar sus estupendos gluteos, pero en esos momentos Noely acababa de perder todos sus encantos. Lo siento mucho, señor, se disculpó mientras me palmeaba la espalda a la altura de la cintura quizá con algo más de ardor del esperado dada nuestra breve amistad. Reprimí un gruñido porque no quería asimilarme a los animales que antes habían abandonado la espera, y me encaminé hacia el lugar sugerido por ella. Eso después de colocar por segunda vez toda mi compra en el carrito escorado.
Expliqué de nuevo mi problema a otra señorita, no tan rotunda como la anterior. Antes de proceder a chequear nada, su respuesta fue inmediata: no puede ser. Supongo que esta es una característica del país, la negación como primera línea de defensa. Sostenella y no enmendalla, que decía el clásico. Pues ahí sigue. La tipa (acababa de perder la categoría de señorita) me sostuvo la mirada indiferente a mi mano tendida con el cadáver de la factura que había pagado unos momentos antes. Amagué con entregárselo dos veces hasta que con un suspiro bajó los ojos y me la arrancó de los dedos. Pues tengo que puntear toda la compra, vaya sacándola del carro. Ya empezaba a estar arrepentido de haberme dado cuenta de la metedura de pata de Noely. Tenía tres opciones: plegarme a la orden de aquella impertinente; decirle lo que pensaba (que era una maleducada y una incompetente); o alegar una herida de metralla en la espalda que me impedía inclinarme. Por fortuna apareció una nueva empleada preguntando qué sucedía. Después de las explicaciones oportunas, ella misma procedió a sacar los productos del carro mientras la otra elaboraba crispantes garabatos a modo de marcas en la cuenta. Eso era trabajar en equipo, sí señor, y una palpable demostración de por qué el país se cae a pedazos. Con un gesto de triunfo, la recién llegada enarboló uno de los frascos de nivea ante mi cara y me dijo que no me lo habían cobrado, que no figuraba en la lista. Y que eran siete euros los que tenía que abonar en caja. Suelo guasapear muy a menudo con mi pareja y me gusta optimizar la longitud de los mensajes con el uso de emoticonos. Hay uno que se adapta a la perfección a mi estado de ánimo en aquel momento, ese que nos nos muestra la carita amarilla con los ojos muy abiertos por el pasmo y la incomprensión. Esa debía ser mi expresión, aunque con tez bronceada, barba y pelo en el cráneo. Procedí a renovar mi explicación y obtuve la consabida respuesta: no puede ser. Por un instante valoré la opción de pagar los siete euros y largarme de allí, pero surgió una tercera señorita. La dotación de recursos humanos de aquel centro comercial parecía inagotable. Para entonces, Noely ya estaría con unas apretadas mallas reforzando la dureza de sus carnes. Había transcurrido más de media hora. La nueva se llevó el producto supuestamente no cobrado al lector y con un grito de triunfo exclamó: ¡este producto no existe! Se giró hacia mí y trató de darme una estocada con él. Claro, quizá era yo quien no existía, acaso me estuviera disolviendo y no fuese más que una mala creación de un escritor mediocre aburrido de su historia. Me palpé el abrigo y me reafirmé en mi corporeidad, aunque incluso esa solidez podía seguir siendo fruto de la mente malévola de mi creador. Me imaginé a mi mismo explotando en una nubecilla de humo ante los ojos atónitos de las tres empleadas. Pero no sucedió. Una vez algo más convencido de que sí existía, pensé que me acusarían de haber introducido aquel producto en el centro comercial a saber con qué aviesas intenciones. Supuse que ya estarían llamando a alguien de seguridad, muy probablemente un individuo con menos coeficiente intelectual que la tasa de alcoholemia de un abstemio. Solo me quedaba una opción, y era llamar a la policía antes de que llegara uno de aquellos orangutanes vestidos de marrón. Si el autor de este relato no fuese un malnacido, en aquel punto hubiera regresado la inefable Noely con la solución a todo aquel entuerto, muy sencilla por otra parte. El tercer frasco de Nivea tenía un error en el código de barras, el lector no fue capaz de interpretarlo y al teclearlo la cajera se había confundido de manera que en la lista aparecía como “Repuesto”. Fácil, ¿no? Después de eso, Noely me hubiera acompañado hasta el coche para ayudarme a meter mi compra en él. Quién sabe, quizá le hubiese preguntado a qué gimnasio acudía. Si embargo, he llegado a la conclusión de que quien esto escribe es un miserable que me odia y se solaza haciéndome pasar un rato digno de una película de los hermanos Marx (ya le gustaría a él, claro. Esto no deja de eser una risión absurda y ridícula).
El argumento mencionado no lo llegó a exponer Noely, lo planteé yo mismo, porque aquellas tres tipas seguían haciéndome gestos con sus manos de dedos engarabitados y toda la estúpida anécdota duraba ya una hora. Se me quedaron mirando las tres, con cara de emoticono, hasta que una de ellas, la menos imbécil, se fue hasta el ordenador y tecleó el código del misterioso repuesto. Debía ser algo relacionado con filtros de aspiradora, me explicó. Era evidente que aquel producto no aparecía en mi compra. Leves sonrisas comenzaron a distender sus gestos amenazadores, iniciaron un nuevo parloteo entre ellas y llegaron a algún tipo de consenso que terminó por absolverme de mi delito. Me devolvieron el importe correspondiente y me desearon una feliz tarde. Acto seguido fueron ellas las que se disolvieron con un leve sonido amortiguado, como el descorchar de una botella de vino. Miré a mi alrededor, la gente iba y venía ajena a mí y a mi peripecia; me miré en un espejo, estaba algo turbio, pero no tanto como para que no fuera capaz de discernir en su confusión de colores mi rostro estupefacto. Agité la muñeca hasta que asomó el reloj por debajo de la manga del abrigo y estuve unos segundos contemplando el avance del segundero; su movimiento pausado y continuo era un débil engarce con aquella realidad que me abrumaba con su absurdez. ¿Por qué me tenía que pasar a mí aquello? Terminé por encogerme de hombros y salir al exterior empujando mi carrito escorado. Ya era de noche, se había levantado una niebla extraña y repentina; más allá de las puertas todo era gris. Suspiré y me sumergí en la bruma con la esperanza de no disolverme para siempre.

 Roberto Sánchez