Parte de una historia

Mañana, poco después de que amanezca, dejaré la isla.

Ignacio Aldecoa

 

Una buena amiga algo desencantada por mi escasa capacidad de análisis me repite con frecuencia que lo que es, es. Ya sé que no parece un axioma aristotélico pero creo entender lo que me quiere decir, las personas son como son y no van a cambiar por mucho que lo intentemos o disculpemos. Uno nace y durante la infancia afianza una manera de ser que ya se enquista por siempre jamás salvo que vuelva a nacer -lo que no resulta probable- o pase por esas experiencias que llamamos extremas, una enfermedad grave, una muerte inesperada e inabarcable, una guerra en la piel. Reconozco una cierta misantropía en mi carácter –al menos en sus capas más internas, mas nucleares-, un cierto desencanto e incomprensión ante mis congéneres que me empuja a desear la soledad de la que me aleja el yan de mi férreo sentido del deber, de lo que se debe hacer, no asociado a un sentimiento sino mas bien a un reflejo aprendido del que no puedo huir o al menos no sé hacerlo y al que se le adhiere como una callosidad deforme una pereza vocacional y renegada. Mi padre acaso tuviera un carácter similar al que acabo de describir, recuerdo me contaba que se bañaba de muy niño en una charca del Peñascal con un par de amigos que no pasaron de la adolescencia y nadaban horas interminables entre inmundicias, cascotes y escorias. Recuerdo que me confesaba que aquellos fueron los mejores momentos de su infancia aunque yo sabía que quería decir de su vida, lo adivinaba en su mirada brillante, chispeante nada que ver con la rabia que la frecuentaba cuando viajaba al interior de sus recuerdos. Descubrí pronto que para evitarla se valía de sus ocupaciones, siempre febriles, siempre completas, siempre importantes. La mayor parte comerciales, se ganaba la vida vendiendo artilugios industriales y a fe que lo hacía bien, a fondo a conciencia, convencía con su palabra grave y persuasiva, con su vuelo de las manos, que te hipnotizaba y seducía, con su sonrisa franca y profunda; otra parte se las inventaba, las creaba de la nada, chapuzas propias y ajenas, aficiones variopintas y aparatosas. Sabía hacer de todo, cualquier cosa y en general bien. Mudaba de amigos, amigotes, secretarios y conocidos con frecuencia, no recuerdo que tuviera aquello que en Bermeo llaman “el amigo” en singular y con mayúsculas, no quiso encontrar bocamanga para esos galones. Lo que es, es.
Yo no tengo ni una cuarta de la capacidad de mi padre para crear y seducir, pero si me he quedado con los suburbios de todo ello y en ese espejo me reconozco. Claro que el tuvo motivos para recurrir a los atajos y vías muertas. Yo creo que nunca supo saber de donde era, de donde procedía su sangre. Mi padre nació en Burgos en un pueblo del páramo y casi siendo un lactante se trasladó a Bilbao con mis abuelos. Bilbao era en aquel tiempo una ciudad hambrienta, entera, huidiza y vencida. Sin señales del orgullo de la capital liberal, laboriosa, generosa, nada, ni los rescoldos. Se rindió virgen, intacta con todo su acero y sus hornos complacientes preparados para adorar a un enemigo mortal. Bilbao no se toca, seguro que Mola lo entiende y nos concede los fueros.
Mi padre vio la luz oscura de ese Bilbao como un sospechoso, casi un renegado con antecedentes familiares de la UGT y un pasado campesino que no ayudaba nada a su reconversión en ciudadano ejemplar en la España de la cruzada. Miedo, se masticaba miedo, un miedo acre e inexplicable. Nunca fue un activista en contra del régimen (aunque siempre me contaba el chiste ese de Solis, que a pesar de mis esfuerzos nunca consigo recordar), se dejó llevar por la marea. Tenía guerras más que suficientes en las que pelear. Acaso por todo ello nunca tuvo una identidad explicable, regresaba a Burgos en las escapadas de vacacionales o los fines de semana y se vanagloriaba de votar nacionalista y de haberse cambiado el apellido por su traducción al euskera. Me costó tiempo entender sus razones y más cuando en las primeras elecciones me hizo prometerle un voto que no pude cumplir.
La verdad sea dicha también teníamos familiares adictos al movimiento, unos hermana de mi abuela que acogieron a mis padre primero y luego también a mi madre nada mas casarse. El, un funcionario municipal perezoso y meapilas no consiguió engendrar un hijo en su mujer y se prometió que el mundo lo pagaría. El mundo no pero mis padres si lo hicieron. Hasta que pudieron pagarse un pisito de alquiler, el funcionario y su mujer les recordaron cada día a sus sobrinos su condición de albergados por caridad. Recuerdo a ese individuo en mi casa cenando junto a su mujer tres o cuatro veces según lo íbamos haciendo nosotros. Pertenecía a la asociación seglar de la parroquia de San Eutimio y se pasaba todas las tardes allí ganándose el cielo, supongo que de una manera similar a como lo hicieron todos los que frecuentaban los palios en aquel triste tiempo. Obispos, sacerdotes y militares juntos como hermanos miembros de una iglesia, aun ahora sin firmar su divorcio definitivo.
Mi abuela era una mujer rotunda, guapa, redonda, risueña, daba gloria verla con sus labios bermellones y sus rizos negros en una piel blanca. Mi abuela fue antes que nada madre, madre de mi padre, siempre. A su llegada a Bilbao desde el páramo se puso a trabajar en una fábrica de bombillas, mi padre un bebe, un niño, un chaval y su madre trabajando fuera en casa, soportando a su hermana, la mujer del funcionario. “Tu marido es un hombrecito que no sabrá mantenerte, no tiene ni carrera, ni carácter, ni nada. Te equivocaste hermana”. Y esa mujer gris y seca fue por una vez en su vida premonitoria.
Mi padre regresaba a casa cargando un saco de carbón que había podido llenar rebuscando por los muelles. Se sentía contento, había comido un chusco que le dejo su madre, sus amigos le esperaban para ir a nadar, sería uno de esos escasos días buenos. Tenía once años y ya atisbaba en qué poco consistía su vida. Encontró a su madre en la cocina, mirando por la ventana que daba a un patio estrechísimo y mohoso. La fabrica había cerrado. Pero aun quedaba su padre que tenía un buen trabajo, representante de herrajes de portales. Mi padre conocía bien los catálogos, los había leído cientos de veces, se los sabía de memoria. Su padre se los explicaba algunos domingos.
Tres meses más tarde su madre, mi abuela se marchaba a Inglaterra a trabajar, su hijo, mi padre se quedaba solo en casa de su tía, la mujer del funcionario. “¿Y padre?”. “Está fuera, de trabajo, no puede estar contigo este tiempo”.
Ya no volvió a verle más, solo le quedaron sus catálogos que mi padre quemó, llorando de rabia cuando se enteró que vivía en Bilbao, no muy lejos de su casa con una dependienta rubia de Almacenes el Águila. Lo que es, es.

 Joseba Molinero