Nadie llora delante de un hipopótamo

La primera vez que Simón visitó un zoológico tendría cuatro o cinco años. Su único recuerdo de aquel día era la boca del hipopótamo, enorme, roja y gorgoteante. Desde muy arriba, una voz le amenazaba con ser devorado por ella. Unos años más tarde, mientras paseaba de la mano de su padre entre las jaulas de los animales del circo Atlas, después de la función, le pareció que en su cerebro se rompía un dique; los recuerdos que no sabía que allí habitaban se abalanzaron sobre él hasta el punto de que aquella noche, cuando se fue a la cama, comenzaron a confundirse en su cabeza las fieras del zoológico con los lastimosos y famélicos animales del circo. Se dio cuenta de que esa era en realidad la principal emoción que había experimentado aquella lejana mañana en el zoo, no el miedo ante las fauces del hipopótamo, sino la pena y la compasión por aquellos animales encerrados entre rejas y barrotes. Había llorado delante del hipopótamo, pero no de miedo como pensó quien fuera que le acompañaba ese día, había llorado de tristeza porque estaba seguro de que la pobre fiera no le amenazaba; solo bostezaba a causa de su desdicha y aburrimiento. Las miradas lánguidas de los camellos, el oso y la pareja de leones que dormitaban entre el estiércol de las jaulas del circo fueron una revelación que marcaría su vida.
Aquella tarde se quedó mirando mucho rato a los tres monos que participaban en el número de los payasos Tonetti. La alegría saltarina, los cómicos brincos, las risas y chillidos se habían transformado en una muda súplica. Los monos estaban llorando, así recordaba habérselo dicho a su padre. Solo consiguió de él una sonrisa tan apenada como los ojos del oso Lampeduso. Eso le pareció a Simón. Su padre mostraba esa expresión desde que su madre murió un año atrás. Él siempre le decía que ahora ella era libre y feliz, pero Simón lo dudaba. Esa tarde, mientras su padre se quedaba ensimismado mirando el interior vacío de la carpa del circo, él se escabullo hacia la jaula de los monos y abrió la portezuela. Los tres animales gritaron de contento y salieron haciendo acrobacias para desaparecer a continuación en un bosquecillo cercano. Supo entonces que su padre estaba en lo cierto. Libertad y felicidad eran lo mismo.
Esa idea iluminaría el resto de su existencia. A partir de aquella visita al circo, cuando a Simón le preguntaban qué deseaba ser de mayor, siempre contestaba lo mismo con gesto serio y trascendente: voy a ser veterinario y a trabajar en muchos zoológicos… La frase siempre finalizaba en unos puntos suspensivos imaginarios, como si se estuviese reservando la parte más importante de su respuesta.
A los veintiún años, Simón vio cumplido el primero de sus objetivos. Una desapacible tarde de comienzos de verano se celebró la entrega de títulos. El mismísimo alcalde de la villa asistió a la graduación y le entregó su diploma: S.M. Don Juan Carlos I, etc, etc, otorga a Don Simón Bolivar el título de Licenciado en Veterinaria. Esa noche, los tres doberman que solían guardar el edificio del Rectorado de la Complutense durante la madrugada se escaparon del recinto y atacaron a varios mendigos que dormían en la cercana boca del metro de Noviciado.
Simón comenzó la segunda fase de su proyecto vital. Se dio la circunstancia de que dos meses más tarde, uno de los puestos de veterinario en el zoo de la Casa de Campo quedó vacante. No hubo opositor capaz de obstaculizar su carrera. Él fue el número uno. Una semana después, desde su despacho, contempló todo el continente que se disponía a liberar. Libertad y felicidad. Lo primero que hizo fue visitar el estanque de los hipopótamos. Habían pasado ya más de quince años, pero allí seguía, viejo, arrugado, triste, mustio y aburrido. Se miraron a los ojos, y Simón lloró como entonces. En sus lágrimas se mezclaban la alegría y la pena. Quienes le vieron en aquel trance no entendieron lo que le estaba sucediendo. Nadie llora delante de un hipopótamo.
A la mañana siguiente, la ciudad apareció quedó paralizada. Los diarios tiraron edición tras edición hablando de las extraordinarias circunstancias que habían conseguido detener la marcha de la capital. Todos los animales del zoo de Madrid se habían escapado de sus jaulas durante la noche. A muchos, la estampa de los camellos corriendo por la M-30 les recordó a El Cairo. Sin embargo, los rinocerontes embistiendo los autobuses de la EMT causaron pavor. Los hipopótamo acamparon en el estanque de El Retiro; las hienas arrasaron con todos los cubos de basura de las calles adyacentes a la Gran Vía hasta que, ahítas, se tumbaron a dormitar en los soportales de la Plaza Mayor. Los osos anduvieron merodeando por la Puerta del Sol hasta que, en un descuido, uno de ellos se comió el tricornio del Guardia Civil que custodiaba la entrada de la sede del Gobierno de la Comunidad. Por alguna extraña razón todos los reptiles se arrastraron hasta el barrio de Salamanca, lo cual fue jocosamente celebrado por la prensa de izquierdas. Los cocodrilos del Nilo acabaron con todos los caniches de la zona y con una de sus propietarias, única víctima mortal durante aquellos sucesos. Los grandes felinos terminaron acechando el barrio de Chueca, donde la carne era más tierna, se burló la prensa de derechas. Ante la rechifla de todo el mundo —mundo en su sentido más amplio, pues la fotografía fue portada de decenas de periódicos en Europa y América—, los avestruces se plantaron en los jardines del Palacio de la Moncloa hasta que fueron abatidos por los GEO. En realidad nadie recordaba ya que existieran aquellos superpolicías.
Nunca se pudo demostrar, pero las circunstancias en que fue hallado Simón siempre apuntaron hacia él como causante de aquel caos. Su brazo izquierdo, roído hasta los huesos, fue hallado en las proximidades de la jaula de los leones. En uno de los paneles anunciadores a la entrada del recinto había escrito algo así como: yo os libero. Sed felices. Lo hizo con su propia sangre. A pesar de lo trágico de la escena, los medios no dejaron de burlarse de Simón Bolívar, el Libertador.
Simón sobrevivió a su aventura. Desde entonces permanece ingresado en un sanatorio psiquiátrico de la sierra de Madrid. Según los médicos es completamente inofensivo, aunque confiesan que solo le permiten ocuparse de las plantas del invernadero.

 Roberto Sánchez