Greel tenía miedo

Greel tenía miedo.
Las miradas de los soldados estaban pendientes de los dos hombres del altozano; espiaban sus gestos; trataban de adivinar en el movimiento de sus labios cuál sería su estrategia, cuándo llegaría el momento del ataque. El más alto extendió su brazo y señaló hacia la ciudad. Los corazones de todos perdieron un latido, el momento de la batalla se cernía en la punta de los dedos de aquel hombre.

Vadik tenía miedo.
Desde su atalaya miraron un breve instante hacia la masa de soldados, lo suficiente para percibir sus alientos contenidos, para oler su terror.
Uno de los hombres del altozano, el que parecía adoptar una actitud subordinada, mantuvo sus ojos algo más de tiempo sobre las tropas. El color gris informe de las cotas de malla y armaduras se fue perfilando en pechos, en brazos, en cuellos, en rostros anhelantes y de entre todos su atención se vio capturada por uno. Esa mirada detenida sobre la suya, cruzándose en su camino como una espada que quisiera atajar un golpe. Su señor hizo un gesto de impaciencia, pero él demoró unos momentos atender a su muda orden. Antes quiso memorizar la posición exacta de aquel guerrero en el mar ceniciento de soldados, próximo al límite del ala este, algo al norte del pequeño bosque de castaños.

Greel tenía miedo.
Una leve brisa agitó los penachos en los cascos de los capitanes a caballo. Galopaban arriba y abajo intentando mantener la formación, la cuadrícula que pronto se abalanzaría sobre las murallas para tomarlas o morir. Ese era su destino, lo sabía mientras sus intestinos se sublevaban con el pánico que se los encrespaba cada vez que un brazo o una mano se movían en la colina. Fue solo un momento, pero estuvo seguro de que el Mayordomo del Senescal le había mirado a él, no a otro sino a él. Y en ese fugaz instante solo pudo pensar en que no deseaba morir, ni tomar aquella ciudad desconocida, ni saquearla, ni violar a sus mujeres, ni siquiera a las vírgenes del templo que les habían prometido. Tampoco anhelaba la gloria, ni que los trovadores cantaran sus hazañas. Lo único que deseaba era regresar con su mujer y su hija, hacerse viejo y morir junto a ellas, no en ese lugar, al pie de aquellos muros malolientes por los que pronto habría de escalar sin saber el porqué.

Vadik tenía miedo.
Regresó a su posición tras cumplir la orden del Senescal. Buscó de nuevo al soldado, sus ojos, y a pesar de la distancia leyó en ellos su miedo. Era un cobarde, pero no más que él mismo porque tampoco él quería morir esa mañana. Aquella jornada cabalgaría al lado de su señor, formaría parte de su compañía de honor a la cabeza del ejército. El habría de protegerlo, interponer su cuerpo para que las lanzas y las flechas no lo atravesaran. Sin embargo, podía ser tan sencillo… Un corte con su daga envenenada, leve, casi inapreciable, como la picadura de un mosquito, y el gran hombre que ahora oteaba el futuro de su gloria se tambalearía y estaría muerto antes de que sus espuelas se clavasen en la tierra. Entonces el ejército daría media vuelta y volvería a sus fronteras. Los dedos del noble volvieron a acariciar la empuñadura de la daga mientras miraba al soldado.

Greel tenía miedo.
Vio como el Mayordomo daba unos pasos hacia el Senescal; de pronto se detenía y apoyaba su mano derecha en el arma que sobresalía de su cintura. Sí, él también tenía miedo, también deseaba regresar con su mujer. Estaba tan cerca, le sería tan fácil salvarle, salvarse, salvar a los miles que temblaban a su alrededor. ¿Por qué no lo hacía? Mátalo y todos viviremos. Deja de mirarme, ya sabes lo que estoy pensando. Libéranos a todos del dolor y de la muerte. El soldado enderezó la espalda para que su cabeza sobresaliera por encima del mar de yelmos. Varios capitanes llegaron al galope a lo alto de la colina y escucharon atentos las indicaciones del Senescal. Al poco se alejaron uno hacia cada compañía. La tierra tembló cuando los cascos del caballo de su capitán se aproximaron a donde él estaba. El Mayordomo siguió mirándolo hasta que un lacayo se acercó a su montura.

Vadik tenía miedo.
Acarició el flanco del caballo, lo palmeó tranquilizándolo y tiró de las riendas para encarar la compañía del soldado. El capitán ya había llegado y gritaba sus órdenes. La compañía comenzó a avanzar a la cabeza del ejército hacia la fortaleza.

Greel tenía miedo.

 Roberto Sánchez