Amarga agonía

 

En el cielo aparecieron,
Y ya no tuvimos vida.
Hoy seguimos sin saber,
Desde qué lugar venían,
Los pocos que aún penamos
En esta tierra baldía.

Aún oscurecen el cielo,
Con su negrura maldita.
Condenados a la sombra,
Privados de la luz misma,
Morimos poco a poco.
Y yo más muero, mi vida,
Para siempre en la bruma,
Con un lamento entre ruinas.

¿Para qué nos dejaron vivos,
Detrás de las celosías,
De un miedo que nunca acaba?

Algunos, amada mía,
Moramos en cuevas sin sol,
Lloramos la luz perdida,
Escribimos en las rocas,
De cada gruta sombría,
Los tristes lamentos, negros,
Porque nuestro no es el día.
Ya no tenemos mañana,
Ni nubes blancas, floridas.
La tarde escapó, desnuda.
La noche, desvaporida,
Es lo que solo nos queda.

Dijeron que eran ángeles,
Ángeles con alas frías,
Que cubrieron de hielo el mundo,
Y nuestras almas de acíbar.
Dijeron que eran demonios,
De su maldad advertida,
Mirada de mucilago,
Que del cielo descendía.
Dijeron que Dios era,
En su gloria infinita,
Cansado otra vez del Hombre,
Siempre de su felonía.

Si ángeles o si demonios,
Si Dios cargado con ira,
Ya da igual, ya nada importa,
Desalojado de la cima,
El Hombre en la fosa yace,
Y mientras, este hombre grita,
Y escribe y maldice y escribe,
Al verte desfallecida,
En el herido recuerdo,
De mi memoria marchita.

No tuvieron nuestros labios,
Un instante de despedida.
Hoy solo me queda de ti,
Una imagen desvaída.
Por esa imagen sagrada,
Que no sea solo una estría,
Una marca en mi pasado,
Lucho porque no sea extinta,
La sombra de tu memoria,
Lucho con versos sin dicha.

Ellos te llevaron, viles,
En batalla genocida.
Es la verdad que como a ti,
Por millones, sin huída,
Como ganado, carnaza.
Y al resto, en la agonía,
Dejáronnos en derrota,
Siempre con eterna inquina.

Pero no será consuelo,
La magnitud de la sangría,
Tú eras del todo la única,
Que daba forma a mi vida,
Ahora una vasija rota,
De toda mi alma vacía.
Y en la oscura gruta eterna,
Nadando en la gris neblina,
Al cielo de piedra grito,
Y elevo mi postrer ira.

¡Malditos, malditos seáis!
Seres con alma podrida,
Que como niños crueles,
Con una saña indigna,
Destruisteis nuestras ciudades,
De la Tierra maravilla.

¡Malditos, malditos seáis!
Ya no deseo luchar más,
Mi cabeza en una sima,
Hundirla profundo deseo,
Y que siempre tus sonrisas,
Sean la luz de tu presencia,
En mi mente ya perdida,
En la cercana locura,
De un mundo que se termina,
Sumido en la oscuridad.
¡Acógeme, amarga agonía!

Roberto Sánchez