Acta julio 2006

OBRA: LA BATALLA DE TEBAS
AUTOR: Naguib Mahfuz

PONENTE: Nicolás Zimarro

PRESENTACIÓN

“Escritor egipcio, nacido en El Cairo el 11 de diciembre de 1911, y uno de los novelistas árabes más conocidos tanto en el Mundo Árabe como fuera de él, esto último sobre todo por haber obtenido el Premio Nobel de Literatura en 1988.
Nació en El Cairo, siendo el menor de los siete hijos de un funcionario de bajo rango. Creció en el barrio de Al-Gamaliyya, en la zona antigua de la ciudad. Mientras aún era estudiante de bachillerato adquirió un profundo conocimiento de la literatura árabe medieval. Una vez en la universidad, donde estudió Filosofía, comenzó a escribir artículos para revistas especializadas. Con el fin de perfeccionar su inglés, tradujo al árabe la obra de James Baikie El antiguo Egipto en 1932.
Al terminar sus estudios, se dedicó a escribir ficción y publicó más de ochenta relatos durante los seis años siguientes. Mientras trabajaba como funcionario en el Ministerio de Asuntos Religiosos (1939-1954) publicó tres volúmenes de una proyectada serie de 40 novelas históricas ambientadas en el periodo faraónico que nunca llegó a concluir :La maldición de Ra (1939), Radophis la cortesana (1943) y La batalla de Tebas (1944). Posteriormente abandonó este proyecto y se dedicó a escribir novelas sobre temas sociales, al tiempo que escribía varios guiones para la industria cinematográfica de su país.

En el clima de cambio político que siguió al derrocamiento de la monarquía egipcia en 1952, su Trilogía de El Cairo (1956-1957) obtuvo un gran éxito.
Hijos de nuestro barrio fue apareciendo por entregas en un periódico semioficial del régimen egipcio, y solo llegó a publicarse como libro en Beirut en 1967. Hoy en día este libro sigue prohibido en Egipto.Considerado el padre de la prosa árabe contemporánea, en 1972 recibió el prestigioso Premio Nacional de las Letras Egipcias y se le otorgó el Collar de la República, el más alto honor de su nación.
En 1988 se le concedió el Premio Nobel de Literatura. Seis años después Naguib Mahfuz recibió dos puñaladas en el cuello y en el vientre por parte de un fanático islamista que pensaba que sus libros eran “blasfemos”. Desde entonces estuvo prácticamente ciego y sordo, y vivió retirado en su casa muy mermado físicamente a causa de la edad y de las secuelas del ataque”. [Apuntes sacados de : Naguib Mahfuz. Wikipedia] Murió en El Cairo a principios de septiembre de 2006.

Fue un personaje muy querido en Egipto. Así lo señala Beatriz Oberländer [Beatriz Oberländer. Dos nobel para una cultura plural. En Babelia-El País.es Naguib Mahfuz. Sábado 20 de octubre de 2001] en estos dos fragmentos: “El destacado escritor y periodista egipcio Mohamed Salmaui, nos cuenta que “una de las numerosas razones por las cuales el integrismo fue derrotado en Egipto, aun cuando no ha desaparecido, está relacionada con el hecho de que uno de sus seguidores atacara a Mahfuz. Los egipcios sintieron que si los integristas atacaban a Mahfuz, a quien consideran como su símbolo, su portavoz y su conciencia nacional, no podían tener razón”, “Cuando surge un problema o hay una crisis, los egipcios quieren saber qué opina Mahfuz. La gente en Egipto no sólo lo admira, un sentimiento que suele crear distancia, sino que lo quiere como a alguien próximo. Hasan Aboutaleb, un empleado del hotel Marriot de El Cairo nacido hace 42 años en Luxor, en el alto Egipto, nos dice que “Mahfuz es original, verdadero, muy bello y sabio, y a la vez sencillo; todo el que lo lee lo puede entender”. Salmaui, fundador y director de Al-Ahram Hebdo, el semanario que publica en francés ese diario, el más importante de Egipto, cuenta que cuando le entregaron el Premio Nobel y el equipo de la televisión alemana lo esperaba en un estudio para entrevistarlo, Mahfuz iba con él por la calle y, al pasar por una casa, el portero se dio cuenta de quién se trataba, y lo saludó. “¿Cómo está usted, señor Mahfuz?”, preguntó el portero. Y Mahfuz volvió sobre sus pasos, le estrechó la mano y se puso a hablar con él. Entonces Salmaui -un hombre elegante y culto que nos acompaña en la entrevista, le grita al oído nuestras preguntas y nos traduce del árabe al inglés o al francés- le recordó que tenían una cita con la televisión para hablar del Nobel, a lo que el escritor repuso: “Es esta gente la que me ha dado el Premio Nobel. Es porque la gente de mi país me leía y yo le interesaba que supieron de mí en el extranjero. Si esta gente no hubiera tenido interés en mí, nadie en el mundo habría oído hablar de Naguib Mahfuz. Yo les debo a ellos el Nobel”.

Con todo, ha escrito más de treinta novelas y más de cien relatos medios y cortos. Su obra se desarrolla en cinco etapas creativas diferenciadas, aunque algunos críticos distinguen un sexto y último periodo productivo. La primera etapa abarca desde el comienzo de la carrera literaria de Mahfuz hasta 1944. Durante esta etapa, el autor publica fundamentalmente novelas históricas ambientadas en el Egipto faraónico, así como artículos filosóficos y literarios.

La segunda fase se extiende desde 1945, con la publicación de la novela Jan al-Jalili, hasta 1957. Abandonando el tema histórico, el autor se centra en la realidad contemporánea. Son novelas con nombres de calles y barrios de El Cairo y presentan a los habitantes de la ciudad, desde las clases más populares hasta la pequeña burguesía. La obra más destacada de esta época es El callejón de los milagros, publicada en 1947.
Son estas novelas las que consagraron a su autor como el mejor novelista árabe.

La tercera etapa acabará con la Trilogía de El Cairo integrada por los títulos Entre dos palacios, Palacio del deseo y La azucarera, publicados entre 1956 y 1957. Hijos de nuestro barrio, aunque fue publicada en 1959 anuncia ya la tercera fase en la producción de Mahfuz. La novela está también ambientada en El Cairo aunque fuera de la “Pentalogía realista” ya que es mucho más espiritual y religiosa. La tercera fase abarca desde 1961 hasta 1967. Esta etapa se abre con El ladrón y los perros. En esta literatura la Revolución va perdiendo progresivamente sus metas y los héroes novelescos se convierten en antihéroes solitarios e incomprendidos.

La cuarta etapa es la corriente del absurdo y abarca desde 1968 hasta 1972. en esta etapa sólo escribirá cuentos surrealistas y oníricos. La narración desaparecerá para dar paso al diálogo como medio de comunicación. En esta etapa los personajes expresan el ambiente de pesimismo general que se vive tras la gran derrota árabe de 1967 frente a Israel. La obra más representativa de esta etapa es La taberna del gato negro.

Desde 1972 hasta 1998 Naguib Mahfuz entrará en una quinta etapa en la que sus obras serán fruto de la utilización de todas las corrientes literarias que había expuesto hasta el momento.

Finalmente, lo que algunos consideran su postrera etapa creativa está constituida por los relatos breves, al estilo de los haikus japoneses, que ha escrito los últimos cinco años. Beatriz Oberländer [Beatriz Oberländer. Dos nobel para una cultura plural. En Babelia-El País.es Naguib Mahfuz. Sábado 20 de octubre de 2001] nos lo explica así:”Desde que fue apuñalado en 1994, Mahfuz no puede utilizar bien su mano derecha, por lo comenzó a hacer fisioterapia y ejercicios de rehabilitación, y el médico le dijo que tenía que escribir media hora al día. Él lo intentó, pero al principio su escritura era ilegible. Salmaui comenta que “cuando uno ha recibido el Premio Nobel de Literatura por escribir es difícil, a los 83 años de edad, aprender a escribir como si fuera un niño”. Pero Mahfuz lo hizo con toda humildad, y todos los días hacía ejercicios de escritura. Un día, le dijo contento a Salmaui: “Mira, ¿no ves algo nuevo en el cuaderno?”. Y a la pregunta de qué se trataba, repuso: “Ahora no me salgo de las rayas”. A Salmaui casi se le saltaron las lágrimas.

Ahora, al cabo de varios años, Mahfuz ha hecho progresos, y ya se le entiende la letra. Pero puesto que no puede escribir más que media hora al día, inventa relatos muy breves. Son como haikus japoneses. Una poesía muy breve, y llena de símbolos y significados. Esos breves relatos, algunos de los cuales él publica una vez al mes y titula Sueños de convalecencia, aún no se han traducido del árabe a otros idiomas. Ven la luz en la revista egipcia de información general Misfildunia (La mitad del mundo), que publica el diario oficial Al-Ahram”.

En palabras de Beatriz Oberländer, en sus obras Mahfuz “habla de lugares, de personas, de historias, pero también profundiza en los sentimientos. En el amor, el mal, la bondad y la justicia”. Javier Valenzuela [Javier Valenzuela: Cuando los perros ladran. En Babelia-El País.es Naguib Mahfuz. Sábado 20 de octubre de 2001] añade que “Mahfuz es un hombre honesto y reconoce que sin la brecha abierta por el delicioso escritor egipcio Taufiq Al Jáquim él no hubiera podido hacer lo que ha hecho: fundar todo un género narrativo en árabe. En la lengua del Corán, perfecta para la poesía y la oratoria, no existía la novela hasta que Mahfuz, hijo de funcionario y funcionario él mismo hasta que pudo vivir de su pluma, empezó a escribir obras…,que hablan de las respuestas individuales y colectivas a la adversidad. Como no podía ser menos tratándose del universo árabe y musulmán, la obra de Mahfuz tiene como protagonista el destino, la vorágine de acontecimientos que se abaten sobre la vida de las personas y frente a la que sus protagonistas intentan mantener la memoria, la dignidad y el amor”.

VALORACIÓN

La batalla de Tebas es un claro ejemplo de novela histórica nacionalista, que tiene como objetivo no la exposición de los acontecimientos históricos que en ella supuestamente se presentan, sino el ensalzamiento y glorificación de los valores nacionales egipcios. El sentimiento nacionalista que recorre las venas y arterias de Mahfuz es el sustento de la flor de la esperanza, quien sabe si negra, que perdura siempre viva e inmarchitada desde que germinó en su corazón en su más tierna infancia. Así nos lo recuerda el profesor Jorge Roberto Ogdon en estos pasajes [J.R.Ogdon. El antiguo Egipto en la literatura de Naguib Mafuz. En Revista de Egiptología-Isis 8 (2002)]:

“Su padre, Mahfuz Abdul Aziz, era, por ese entonces, un funcionario del Ministerio de Educación, musulmán fervoroso y admirador del nacionalismo naciente. Al igual que muchos de sus contemporáneos, ensalzaba a hombres como Mustafá Kamil, Saad Zaglul o Mohamed Farid, quienes bregaban por liberar a Egipto del dominio británico. Su madre, Fátima Mustafá, era analfabeta, pero contribuyó mucho a la educación de su pequeño hijo: lo sacaba en largos paseos por las pirámides de Guiza y las grandes mezquitas de su barrio. (...) Según ha confesado él mismo, poco es lo que recuerda de aquellos días tempranos de su niñez, fuera de la impresión que le provocó la revolución de 1919 contra los ingleses. Tenía siete años cuando recé una oración por la revolución. Una mañana me dirigía a la escuela primaria, acompañado por la criada. Andaba como si me llevaran a la cárcel. Llevaba en la mano un cuaderno, en los ojos una mirada de desánimo y en el corazón un ansia de anarquía. El aire frío me picaba en las piernas, descubiertas por debajo de los pantalones cortos. Encontramos la escuela cerrada, y al bedel diciendo en voz alta: “Debido a las manifestaciones, hoy tampoco habrá clase”.

Una ola de alegría me invadió, trasladándome a las playas de la felicidad. Desde lo más profundo de mi corazón le pedí a Allah que la revolución durara por siempre. (...) Ya en su adolescencia se volvió un inveterado lector de novelas policiales occidentales vertidas al árabe, y se hizo un cinéfilo consuetudinario por las películas “de aventuras”, fascinándose especialmente por aquellas en las que los “héroes” y quienes luchan contra viento y marea por acceder a sus aspiraciones lo consiguen luego de denodadas vicisitudes. (...) En 1930 entró a la universidad Rey Fuad I – ahora llamada Universidad de El Cairo -, cursando la carrera de Filosofía, se afilió al Partido Wafd – socialista -, y publicó artículos políticos y literarios en varias revistas, pero su literatura más pretensiosa era rechazada por los editores en forma sistemática. Para él, en esos días, la filosofía era más importante que la literatura, considerando que tenía un mayor fundamento: la búsqueda de la Verdad. La obra literaria de ficción, según decía entonces, sólo era entretenimiento, no una herramienta adecuada a tal búsqueda. Uno de los filósofos occidentales que más influyó en su conciencia fue Henri Bergson y su concepto de que el Universo y el ser humano están en movimiento perpetuo y cambio. Esto hizo que renaciera dentro de sí aquellas impresiones tempranas de un Egipto en lucha por la independencia, a la que identificó como la lucha interna del hombre por su propia liberación”.

Este sentimiento nacionalista es el motor que impulsa a Mahfuz a la creación de decenas de relatos y de las tres novelas históricas ambientadas en el antiguo Egipto que conforman la producción literaria de su primera etapa creativa. Según el profesor Ogdon [J.R.Ogdon. El antiguo Egipto en la literatura de Naguib Mafuz. En Revista de Egiptología-Isis 8 (2002)], “el laureado escritor egipcio cumple 95 años este 2006, y su extensa y prolífica obra ha sido ponderada por muchos especialistas de diversos ramos, pero no todos han subrayado el valor e importancia de sus primeras novelas, todas ellas ambientadas en los tiempos de los faraones”. Él hace este análisis de las mismas en estos términos:

“La opera impresa de Mahfuz empieza con una novela llamada Abaz al-Adqar, que significa Ironía del destino (también traducida como Destinos absurdos); en español, su nombre ha sido transformado en La Maldición de Ra. Keops y la Gran Pirámide, intentando avisar al probable lector acerca de su argumento.

El ambiente en que fue situada la acción es el Egipto de la época del faraón Quéope, aunque no tiene mucho que ver con su pirámide, como sugiere el título así vertido. Este recurso no era ninguna novedad para los tiempos en que el libro salió de la imprenta; por el contrario, estaba en consonancia con un género entonces muy en boga y al que la crítica considera inscrito en la “tendencia realista” que emplearon ciertos autores egipcios en los años ‘20 y ’30 del siglo XX. La primera novela que recurría al antiguo Egipto como marco de argumentación fue escrita en 1933 por Tawfik el-Hakim, bajo el nombre de Awdat er-Rush, “El retorno del espíritu”, que, en español, fue traducido como El despertar de un pueblo por Federico Corriente. Tanto el título como las frases que introducen sus dos partes están inspirados en el Libro de los Muertos, referidas al mito de Osiris, su desmembramiento por Set, y su reunión y renacimiento por Isis y Neftys. En verdad, el mensaje a los lectores era muy claro:

Osiris era Egipto e Isis y su hermana el espíritu nacionalista que expulsaría al malévolo Set, quien representaba a los ignominiosos extranjeros, y restauraría el honor egipcio. El relato gira en torno a una familia media hacia el final de la Primera Guerra Mundial, pero en ningún momento se mencionan las circunstancias políticas ni la puja por la liberación que se estaba desenvolviendo paralelamente. Es más, la revolución de 1919 sólo está referida hacia el final del relato, pero despojada de toda connotación.

Sin embargo, Naguib Mahfuz fue el primer escritor egipcio que usó de lleno el recurso del “escenario faraónico” para hacer críticas o dar apoyo a la situación socio-política imperante en su país en aquellos difíciles días. Un año antes de la aparición de su novela, había traducido al árabe el libro de James Baikie, Ancient Egypt, con el nombre de Misr al-Qadimah, lo que le permitió familiarizarse profundamente con la larga historia faraónica, siendo el resultado de su paso por la universidad, en la cual se había fundado la Facultad de Egiptología hacia los años ’20, y a la que había concurrido llevado por un genuino interés por el pasado de su tierra. Yo seguía asiduamente los cursos de la Facultad de Arqueología, y estudiaba todo lo relacionado con el período faraónico: la vida cotidiana, los métodos guerreros, la religión (…)

Paralelamente, el prestigioso diario Al-Ahram (“Las pirámides”), fundado en 1857, dedicaba con frecuencia su suplemento cultural a aspectos del Egipto de los faraones, por lo que el interés por esa etapa de la historia nacional se fue extendiendo en el seno de la sociedad egipcia, pues avivaba el latente patriotismo al mostrarle a sus lectores los esplendores que otrora había tenido la nación.

En este período, Egipto conocía un nacionalismo exacerbado, y se oían por todas partes las llamadas a la restauración de los fastos faraónicos. Yo disponía de obras sobre la historia egipcia – se encontraban muchas excelentes obras en la época -, y decidí consagrar mi vida a una historia novelada de Egipto. Esa determinación de dedicarle su vida a la creación de una literatura egipcia faraónica no se vio cumplida en la realidad, pero cristalizó en casi cuarenta títulos destinados a novelar el pasado de su país, siempre con la perspectiva del encubrimiento, bajo la máscara de la antigüedad, de las realidades nacionales y de los temas que más le atraían de su sociedad. En este sentido, Ramón Sánchez Lizarralde ha comentado: Mahfuz busca en el pasado un espejo en que puedan mirarse sus contemporáneos, naturalmente, un espejo deformante, no con la pretensión de ser fiel a la realidad de hace milenios, sino de buscar en aquella historia conflictos, virtudes y lacras que ayuden a interpretar el presente. (De su prólogo a La batalla de Tebas, ii).

Su relato fue publicado en un número extraordinario de la revista de Mussa, luego de ser rechazado por tres veces consecutivas, cuando aún llevaba el título de Hikma Jufu o “La sabiduría de Quéope”, que el editor se encargó de modificar por el de Abaz al-Aqdar. El famoso periodista Ahmed Haikal dijo de ella: [Ironía del Destino es] el auténtico comienzo de la novela histórica nacionalista. No enseña historia, sino que tiende a glorificarla. Su objetivo es profundizar en el sentimiento de gloria del pasado faraónico. (En el-Adab el-qisasi wa l-masrahi fi Misr, 256).

En tiempos de sus estudios secundarios, Mahfuz ya había tenido ocasión de familiarizarse con el Ivanhoe de Walter Scott, libro que dejaría una profunda huella en su espíritu y modelo de inspiración para esta producción del intelecto. Al igual que él, buscaba recrear una visión épica de su terruño. Pero llegó más lejos que aquel, pues su impacto fue descomunal en un momento en que sus lectores no podían evitar darse cuenta del mensaje subliminal que impregnaba el argumento.
Abaz al-Adqar o “Ironía del Destino” (“La maldición de Ra”)

La trama está ubicada en la época del rey Quéope, quien gobernó a comienzos de la Dinastía IV, en el Reino Antiguo, la era más deslumbrante y menos conocida de la historia faraónica. El argumento gira en torno al personaje de Radedef (el histórico Dyedefra), hijo del sumo sacerdote de Ra – que no lo era, sino que fue hermano o medio hermano de Quéope, cuando no su hijo -, desde su nacimiento hasta su ascensión al trono – lo que realmente ocurrió -. El relato está basado, indudablemente, en un antiguo cuento egipcio conocido como “El cuento de Quéope y los magos”, conservado en el Papiro Westcar (papiro Museo de Berlín 3033), que está datado en el siglo XII a.C. Es muy seguro que Naguib haya conocido la anécdota allí narrada y se haya inspirado en ella, ya que poco antes había traducido el libro de James Baikie.

El tema principal se centra en la fuerza ineludible del Destino, sin importar cuán poderoso sea o se considere el ser humano; el meollo de la cuestión es el enfrentamiento entre el Hombre y su Sino. Toda la obra es un llamado a encarar aquello que está predeterminado de antemano y que, ineludiblemente, debe cumplirse, no importa cuán grandes sean las fuerzas, esperanzas o empeños que se dediquen a evitarlo, ni los giros y desvíos que tomen los hechos. Quéope, en la cima de su gloria y poderío, reina firmemente sobre las Dos Tierras de Egipto, y como un memorial a su grandeza manda erigir la Gran Pirámide de Guiza. Pero por intermedio de un adivino de la corte, se entera que le sucederá en el trono, no un hijo de él, sino el del Sumo Sacerdote de Ra. Al estilo del Herodes del Nuevo Testamento, el rey manda matar al niño, pero con la asistencia de una servidora, éste consigue eludir su asesinato y su salvadora le cría como si fuera su propia madre. Con el transcurrir del tiempo, el ya crecido Radedef reclamará el trono que le pertenece por derecho divino. Quéope, finalmente se rendirá ante la omnipotencia del Destino, falleciendo en el momento mismo de su aceptación, dándose cuenta de que así se cumplirá el “destino de grandeza manifiesto” de su país, coincidentemente con la necesidad de expresar un pensamiento compartido por muchos de los compatriotas contemporáneos de Mahfuz, en una suerte de recordatorio de los tiempos en que el rey egipcio no era sino una marioneta de los poderes extranjeros.

Un análisis estrictamente estilístico pronto llevará al lector a reconocer que no se trata de una de sus obras más depuradas, pero sí a reconocer su importancia como primicia de un frondoso árbol intelectual que pretendía reverdecer la conciencia nacional, así como un anticipo acabado de un estilo propio en el desenvolvimiento de la argumentación: fluído, intimista, pero, al mismo tiempo, avasallador, que ya hacía hincapié en los temas que luego serían característicos de la producción mahfuziana, como ser el patriotismo, los desequilibrios y amargas realidades sociales y el tratamiento patológico de los personajes, entre otros, Radophis

Cuatro años más tarde, en 1943, cuando la Segunda Guerra Mundial estaba en su apogeo, Naguib publica su segunda novela histórica, continuando con su plan original, que le valió, en su país, el recibimiento del premio literario Qut el-Qulub, que resultó ser un verdadero espaldarazo a su carrera de escritor reconocido. Nuevamente, aquí recurre a bien conocidas anécdotas de la historia faraónica para introducir, en forma sutil, una crítica a determinados aspectos de las vicisitudes contemporáneas que vivían los egipcios por ese entonces.

La trama se reduce, aparentemente, a una historia de amor entre el soberano “Mernaré II” – que posiblemente sea Pepi II, cuyo largo reinado condujo a la caída del Reino Antiguo -, recién llegado al trono junto a su hermana “Nitocris” – bien conocida reina reinante de dicho período, pero no contemporánea de Pepi II, sino ligeramente posterior -, y la bella e irresistible cortesana “Rhadopis”, cuyo nombre griego significa “Aquella de las rosadas mejillas”, quien es mencionada por Heródoto en su Libro II (Euterpe), que hábilmente le enreda con sus artes y encantos. Pero por su lado, los sacerdotes planean apartar al monarca del poder ante sus incesantes devaneos y desvaríos amorosos y la insaciable ambición de riquezas y prestigio de su amante, que ponen en peligro a la integridad del país. El desenlace del relato no puede ser sino trágico para la pareja, y hasta se ha caracterizado al joven rey como una “figura shakesperiana”.

Si bien se ha catalogado al tema central del argumento como el Amor y su enfrentamiento con el destino, a diferencia del libro anterior, en esta oportunidad, el último no es una fuerza externa que manipula a los actores como marionetas, sino que se presenta como un incontrolable impulso interior de los mismos. Por otra parte, y vista en perspectiva, la trama se ha revelado como un increíble anticipo del verdadero destino que tendría, en 1952, el rey Faruk, hijo del rey Fuad, quien, a causa de su gran debilidad y servilismo político, y a su tren de vida de mujeriego y jugador impenitente, perdería la corona al ser derrocado y exilado a Europa por el advenimiento de los Oficiales Jóvenes liderados por Abdel Nasser, luego de ocurrido el “Sábado Negro” (26 de enero de 1952), durante el cual estallaron imparables revueltas populares que arrasaron gran parte de El Cairo, incluyendo tiendas, bares y salas nocturnas extranjeras, el Hotel Shephard y el Turf Club, que desaparecieron consumidos por las llamas de los incendios premeditados. Es cierto que el mismo autor ha negado la posibilidad de relacionar su obra con esos eventos futuros, pero las coincidencias son tan significativas
que no puede dejar de pensarse si no será verdad aquello que habla de la capacidad premonitoria del inconsciente humano.

Las disquisiciones sobre la vida, la muerte y el Más Allá pueden resultar naturales en boca de los antiguos egipcios, pero, en este caso, reflejan los sentimientos profundos de una sociedad contemporánea herida, “asesinada”, en lo más profundo de su “ser nacional” por el oprobio soportado bajo el gobierno extranjerizante y pusilánime del rey Faruk. La figura de Rhadopis juega el papel simbólico de los atractivos ofrecidos por una “extraña”, una “extranjera”, que no pertenece a la “familia real de Egipto”, quien busca solamente enriquecerse a costa del deslumbrado y descontrolado monarca. La humillación de su comportamiento “antipatriótico” se refleja en la imagen de la hermana de Mernaré II, Nitocris, quien sufre estoicamente ante la situación, pero conserva el temple necesario como para darse cuenta de los errores fatales que comete aquel y que le llevarán a la ruina personal, preferible antes que la del reino.

Kifah Tiba o La batalla de Tebas.

Al año siguiente, en 1944, en el momento más álgido de la gran conflagración mundial, Mahfuz publica la tercera y última de sus obras ambientada en el antiguo Egipto, antes de iniciar su época “realista”, si bien su redacción había tenido lugar entre 1937 y 1938. Esta novela le valió el galardón del Premio de Literatura del Ministerio de Educación egipcio, y su definitivo reconocimiento como un gran escritor nacional. El impacto que este relato produjo en sus lectores queda evidenciado en la primera crítica que tuvo, aparecida el 18 de septiembre del mismo año en que vio la luz de la imprenta, en el diario Al-Risalah:

En tanto que trato de contenerme en alabar esta novela, me veo preso por un desbordante sentimiento de entusiasmo y alegría, algo que me siento obligado a confesar al lector con la esperanza de que tal confesión me permita considerar la novela
tan sobria y objetivamente como cabe a un crítico.

El comentarista no era otro que Sayed Qutub, el líder de la agrupación político-religiosa – ahora en la clandestinidad por subversiva – “Los Hemanos Musulmanes”, quien, en 1966, fue sentenciado a muerte y ahorcado por el gobierno de Nasser, tras atentar contra la vida del “Líder del Pueblo”.

El argumento ocurre en tiempos de los Hicsos o “Gobernantes de países extrajeros”, durante el cual dominaron el país de las pirámides, hacia el siglo XVI a.C., y se divide en tres partes: en la primera, Egipto es invadido y conquistado por los extranjeros de origen asiático, humillando al faraón con su derrota; en la segunda, se produce el retorno de Nubia, quitar ‘a’ donde se había refugiado diez años antes, de Ahmose a Tebas, cuyo fin es el de organizar un ejército para enfrentar al invasor y vengar la muerte de su padre, Sekenenre – quien, aunque Naguib no identifica directamente, es sin duda Seqenenra Tao II, cuya destrozada momia yace actualmente en el Museo Egipcio de El Cairo -; por último, la parte final comienza con la entrada de los tebanos en el Alto Egipto y la liberación de las ciudades y sus habitantes. Como bien ya lo ha remarcado Sánchez Lizarralde:
La batalla de Tebas difiere claramente de sus dos antecesoras principalmente en el hecho de que, pese a la aparición de unos personajes bien precisos con sus correspondientes pasiones y conflictos, el verdadero protagonista es el pueblo egipcio, o más bien los hechos históricos mismos, algunos hechos históricos, siendo las personas individuales meros accidentes del devenir …* (*) En su prólogo a La batalla de Tebas, citado ut supra.

Un giro dramático, y, al mismo tiempo, sentimental, lo da el hecho de que Ahmose se enamora de la hija del odiado rey Apofis, pero esta nota melodramática, propia de una novela rosa, no afecta en lo más mínimo el nudo del argumento, que, claramente, refiere una vez más, a la lucha nacionalista egipcia por desembarazarse de sus patrones ingleses, instalados desde 1892 en su país. Tan irrelevante le ha sonado esa historia de amor a los críticos, que Nuria Nuin y María L. Prieto, en su extensa introducción a la edición española de la novela Al-Maraya (“Espejos”, 48) no han dudado en afirmar que “incluso se puede suprimir sin que ello afecte a la estructura de la novela”, punto en el que, sin embargo, no podemos coincidir. Tal como ocurre en Rhadopis, nos hallamos ante la “fascinación perniciosa” que ejerce la “extranjera” sobre el conductor de los destinos del pueblo egipcio, y, de nuevo, nos encontramos con que el Amor – siempre unilateral del líder por La Otra – no es un poder suficientemente deseable o beneficioso para quien lo profesa: ese “amor mahfuziano”, en realidad, no es sino el preámbulo de la ruina y desgracia de Egipto. En este caso, Mahfuz no hace hincapié en la fuerza del destino – ni interior ni exterior -, como el que determina los acontecimientos, sino que centra su anécdota en la capacidad de lucha del pueblo egipcio por alcanzar su “destino manifiesto”. Algo que la Historia se encargaría de demostrar palmariamente con el ascenso de Abdel Nasser al gobierno de la nación egipcia en 1952. El mismo Naguib lo confirma en una de las entrevistas reunidas por Gamal el-Gitani: Para mis novelas Rhadopis e Ironía del Destino me había inspirado en leyendas egipcias. La batalla de Tebas reflejaba la situación que atravesaba Egipto en este período. Prestaba más atención al valor simbólico de los acontecimientos que a la exactitud histórica”. [J.R.Ogdon. El antiguo Egipto en la literatura de Naguib Mafuz. En Revista de Egiptología-Isis 8 (2002)]

Con todo, y a pesar de que en la sinopsis del libro La Batalla de Tebas en la edición de Edasa se diga que “Naguib Mahfuz narra una apasionante historia en la que se cruzan la humillación del oprimido, la prepotencia del invasor, la sed de venganza , el anhelo de libertad y el amor apasionado, y que Mahfuz no se plantea la reconstrucción de la rebelión y guerra de los egipcios contra los hicsos con un espíritu arqueológico, sino situando en un primer plano a sus protagonistas, mostrando sus sentimientos y el ambiente espiritual de una época, y probablemente sea este enfoque el que ha convertido la batalla de Tebas en una de las novelas históricas más logradas e intensas del siglo XX”, el libro es una flojísima novela impregnada de un descarado nacionalismo maniqueísta, en el que los malos (por supuesto los hicsos) son muy malos y los buenos (cómo no, los egipcios) son muy buenos. Parece un guión escrito para una superproducción de Hollywood con su historia de amor imposible, con sus combates y traiciones, escenas de intriga y final agridulce. Y en cualquier caso, si desechamos la idea de que se parece a un guión cinematográfico, la obra no pasa de ser un cuento narrado con una dimensión y extensión de novela épica.

INTERVENCIONES

Emilio Hidalgo:

He aquí algunos apuntes geográficos y algunas referencias históricas que pueden ayudarnos a comprender mejor la novela:

El único relato antiguo detallado acerca de los Hicsos es un pasaje escrito por el historiador judío del siglo I Flavio Josefo. El término “Hicso” en su acepción genuina significa “gobernante extranjero”. Al parecer eran pastores nómadas de procedencia semita, probablemente originarios de Siria y Palestina. También se les denomina los “reyes pastores”. Conquistaron Egipto allá por el siglo XVIII a. C., y fundaron la Quinta y la Dieciseisava Dinastías. La conquista se inició con la captura de la ciudad de Menfis, tras la cual exigieron tributo al resto del país. Les resultó fácil someter a los moradores de aquellos pagos, porque disponían de equipos militares avanzados para la época (carros tirados por caballos), que les proporcionaban una ventaja en la estrategia y los movimientos, insuperable para los infantes egipcios. Se asentaron en Avarís, en la frontera noreste del delta del Nilo, donde se hicieron fuertes. Los egipcios, autóctonos en aquellas tierras, iniciaron una revuelta nacionalista, que bajo el mandato de Amosis I, fundador de la XVIII Dinastía, (el protagonista de la novela) que gobernó Egipto entre los años 1570 y 1547 a. C., se consumó con la expulsión de los gobernantes extranjeros, hecho que se recoge en este libro.

Tebas fue una ciudad antigua, durante muchos siglos capital del Antiguo Egipto, situada en ambas márgenes del río Nilo, a unos 700 Km. Del actual El Cairo, lo que hoy en día conocemos como las ciudades de Carnak y Lucsor. Fue tomada por los griegos y, posteriormente incendiada por los romanos el siglo I a. C. Entre sus monumentos destacan: Las tumbas de los Faraones (en el Valle de los Reyes), los Colosos de Neumón, el Ramseus de RamsésII y el templo de Ramsés III. En 1979 Tebas y su antigua Necrópolis fueron declaradas Patrimonio de la Humanidad.

“La batalla de Tebas” es un relato en el que religión y destino aparecen intrínsecamente unidos. En él se ofrece una visión cosmogónica de la realidad, en la que los hechos son obra de los dioses y la voluntad humana un dictado de éstos.

En la obra se pueden distinguir dos partes: una, que correspondería al capítulo de “Sekemendre”; y otra, que abarcaría los capítulos de “Diez años después” y “La batalla de Tebas”. La primera parte es una narración épica con tintes históricos, en la que los personajes son los protagonistas de una encarnizada batalla por la hegemonía en Egipto. Todos ellos están bien descritos y caracterizados y resultan verosímiles, a pesar de ser presentados bajo una aureola de superhombres, así por ejemplo el rey Sekemendre y su comandante Pipí. En esta parte de la novela están continuamente presentes los valores clásicos del honor, la lealtad y la valentía, y los sucesos que se narran aparecen revestidos con un marcado realismo. La segunda parte, en cambio, resulta absolutamente decepcionante. Se podría calificar de novela de aventuras descafeinada, repleta de anécdotas irrelevantes e innecesarias, cuando no rocambolescas y ridículas, que hacen que la obra desmerezca por completo.

Joseba Molinero:

“La batalla de Tebas” es, a simple vista, una novela de aspecto agradable y ligero; pero el verdadero propósito de Mahfuz es escribir una novela elegíaca, un cantar de gesta, una leyenda o un poema épico que se constituya en la representación simbólica del inconsciente colectivo de un país, una raza y un pueblo. Esta misma intencionalidad tienen “El poema del Mío Cid” o Las Luisiadas”. En “La batalla de Tebas”, una epopeya en toda regla, la acción se personaliza, el héroe es alguien reconocible, descrito y preciso, una efigie viviente que es la piedra angular de la construcción de la identidad del pueblo egipcio y que representa su dignidad y nobleza. El pueblo egipcio es el legítimo poseedor de las tierras del Nilo y sus faraones los guías justos y nobles. El derecho a la tierra proviene de la sangre del pueblo “elegido”. Un pueblo invasor, con gobernantes crápulas y corruptos, con militares desalmados y borrachos y con gente vaga y sucia, invade ese pueblo “elegido”, que con honor y dignidad se resistirá a ser sometido, en primera instancia reorganizándose en el exilio, y luego levantándose en armas y erigiéndose en el valedor de la justicia, la libertad y las virtudes propiamente egipcias. En la confrontación los hicsos se muestran orgullosos y valientes, lo cual aquilata aún más el valor del triunfo final de los egipcios “auténticos” en la batalla de Tebas. El héroe conduce a su pueblo a esta gran victoria, superando tribulaciones, venciendo los encantos de un amor imposible personificado en la hija del rey de los hicsos y cumpliendo los designios divinos. Él es el elegido para llevar a cabo la reconquista de las tierras del Nilo y salvar a sus habitantes primigenios del yugo de la opresión del invasor hicso, instaurando definitivamente el reino que el dios Amón determinó para sus hijos los egipcios, portadores de la sangre del pueblo “elegido”. Cómo recuerda todo esto a la misión heroica de Rodrigo Díaz de Vivar en el “Poema del Mío Cid”. Véase si no este pasaje en el que “el hombre de la barba velluda” anuncia este pregón: “Quien quiere ir conmigo/ çercar a Valençia
Todos vengan de grado,/ ninguno non ha premia,
Tres días le sperare/ en Canal de Çelfa.” [Poema de Mio Cid. Edición de Colin Smith. Editorial Cátedra 1977. Pág.183]

Miguel San José:

Este libro no aporta nada a la literatura. Quien busque en él una novela histórica no la va a encontrar. No hay ninguna descripción de cuáles son los lugares donde se producen los acontecimientos, ni de las formas de vida, ni de la organización de la sociedad, ni de la estructura militar, ni nada de nada. El lector se hace cargo de que la acción transcurre en Egipto por los patronímicos de los personajes y algunos toponímicos que se mencionan. Quien busque una novela de amor no la va a encontrar. A lo sumo, leerá una historia ñoña en la que dos jóvenes parece que se gustan, pero que son víctimas de un destino adverso. Quien busque una novela de aventuras no la va a encontrar. Sólo hallará un incidentario presentado como una sucesión de contingencias ciertamente inverosímiles. Quien busque una novela costumbrista no la va a encontrar. Porque la reconstrucción del periodo histórico que se lleva a cabo es artificiosa, subjetiva y se cimienta en un demagógico fondo nacionalista. Y, en fin, quien busque una novela preciosista o un texto con apuntes estéticos tampoco lo va a encontrar. Porque “La batalla de Tebas” es una novela plana, monótona e insulsa, impropia de un Nobel de Literatura.

Roberto Sánchez:

El libro es un mero bosquejo literario, en el que la trama argumental es insufriblemente patética, por descuidada, inverosímil y carente de rigor literario. Su escritura sólo halla justificación en un propósito pedagógico destinado al adocenamiento nacionalista de la población egipcia. El objetivo de Mahfuz es realizar un panegírico del nacionalismo egipcio, que nada tiene que ver con el quehacer de un literato. En este sentido, cabe preguntarse hasta qué punto es legítimo considerar algo así como literatura. Y peor aún, en el caso de considerar la obra desde la perspectiva de su dimensión pedagógica, resulta incoherente y demagógica, si no hipócrita y tendenciosa, por cuanto las creencias religiosas y los principios éticos, políticos y sociales que regían la sociedad egipcia de la época faraónica nada tienen que ver con los que prevalecían en la sociedad egipcia de mediados del siglo XX, que es cuando se publicó el libro.

Jon Rosáenz:

Esta obra es un folletín de opereta, simple y vulgar. Por decirlo así, es una de egipcios que, por cierto, se presenta diametralmente opuesta a su última novela sobre egipcios, escrita a finales de los 80 y titulada “Akenatón”, en la que desarrolla una trama argumental sólida de índole policíaca, en torno a las experiencias y vicisitudes de la vida del protagonista (el faraón Akenatón), y hace gala de su maestría en el arte de la escritura de la novela histórica.