La vida es sueño

La alarma del móvil sonó bronca. El sueño de Nelson se rompió. La vida se detuvo. El estrépito lo azaró y un escalofrío sacudió su cuerpo. Se despertó bruscamente. Por inercia, alargó el brazo, insensible y laxo, para tocarla, pero la cama se había convertido en un témpano cuyo perímetro remarcaba la ausencia de quien ya jamás la compartiría con él. Comenzaba la vigilia, el tiempo de la muerte diaria.

Había sido una noche más, de esas en las que las horas transcurrían lentísimas, atascadas en una eternidad de ideas, ansias y pasiones comprimidas en alucinaciones y acrisoladas en escenas difusas; otra noche de desvarío en la que la vida hallaba acomodo en el paroxismo producido por el alcohol y huía de las sombras nocturnas buscando amparo en los sueños; otra noche de martirio, fobias, monstruos y espanto, que se desplegaba en pesadillas, en las perlas negras del rosario de las tinieblas que, una tras otra, caían al suelo en un goteo de cuentas de angustia; otra noche en la que el terremoto de la frustración lo iba destruyendo, el desasosiego de la distancia lo abismaba en sus caderas, la remembranza de sus caricias lo arrastraba a pedir misericordia y a cobijarse en la planta de sus pies, los rescoldos del abandono lo abrasaban por dentro y la lacra del desprecio le dolía como un estigma en la frente.

En esto consistía su vida desde que perdió a Harmonie, el resto era rutina, un ir de aquí para allá sin sentido, un trasiego de jornadas vacuas y anodinas que presagiaba un futuro desolador de miseria humana, brutal e irremisible. Y no albergaba muchas esperanzas de que alguien o algo pudiera cambiarlo. Después de todo, se consideraba una víctima, un ángel caído azotado por las circunstancias que se vio impelido a perpetrar el más horrendo de los crímenes.

No se arrepentía de lo que había hecho, no dudaba de que actuaría de igual manera si se volviera a dar el caso; no, no era eso. Él se sabía un títere en manos de la desgracia, ese hado fatal que movía sus hilos a ritmo de canto fúnebre: primero, amargándole la existencia uniéndolo a una compañera ingrata y veleidosa; luego, condenándolo a sufrir su traición; después, empujándolo a deshacerse de ella sin contemplaciones; y finalmente, sumiéndolo en la oscuridad de un túnel sin salida.

Desde fuera, a simple vista, nadie diría que pudiera estar padeciendo un calvario. Es más, todos los indicios apuntaban a que era un hombre con éxito, afortunado en muchos aspectos. Y ciertamente se exhibía de ese modo. Pero el mal que le aquejaba bullía en el rincón más sórdido de su mente y se expandía en el espacio íntimo de los sueños. No obedecía al remordimiento por su acción criminal, ni tampoco al miedo a que lo apresaran por ella. De uno y otro se sentía a recaudo. Bastante le había aguantado ya a un inspector que le rondaba desde hacía unas semanas, un fulano desagradable y contumaz en sus pesquisas que no cesaba de acosarlo con mil y una preguntas que sorteó sin gran dificultad.

Aquel sujeto se le antojaba un pájaro de mal agüero. Lo vio por primera vez en dos oportunidades la noche que llevó a cabo lo que él llamó “Misión cadáver exquisito”, que consistió básicamente en liquidar a su mujer y, de paso, a su amante: una, junto a las escalinatas que cierran el aparcamiento de la estación de Abando, mientras esperaba dentro del coche a que los tortolitos abandonaran el casino próximo a la misma; y la segunda, en el vestíbulo del hotel Meliá, el escenario de los acontecimientos. Era inconfundible: muy corpulento, ataviado siempre con una gabardina enorme y calzado con unos descomunales zapatones; aunque lo que más sorprendía de él era el contraste entre su mirada acerada y su exagerado amaneramiento.

Lo acechaba sin cuartel. Era lógico, por cuanto fue considerado el principal sospechoso en primera instancia y en él pusieron el foco de atención la prensa y la policía. Algo previsible, teniendo en cuenta su relación con la fallecida. Pero, por mucho que lo atosigaran, no contaban con prueba alguna que pudiera incriminarlo, porque cuidó al máximo los pormenores de la operación: se caracterizó físicamente hasta transformarse por completo, compró unos billetes de avión a Madrid con fecha de ida tres días antes al de autos y de vuelta dos días más tarde, se inscribió en un curso intensivo de análisis de recursos financieros y gestión de capitales, concertó varias citas formales con amigos y colegas y reservó mesa en diferentes restaurantes, así como entradas para el teatro. Precisamente el día y a la hora de los homicidios, él (bueno… alguien en su lugar) asistía oficialmente al teatro Calderón donde se representaba la obra “La vida es sueño” del autor que da nombre al mismo. Claro que, en realidad, estuvo en Bilbao, a donde llegó en un coche prestado a media tarde, para regresar a Madrid nada más terminar el “trabajo” que había venido a realizar.

Así que estaba tranquilo sobre el particular. El inspector grandullón podía machacarlo a preguntas, pero no rascaría ninguna pista. Eso sí, debía andar con tiento, porque las cosas parecían complicarse por momentos. El hecho de que el suceso se produjera en un entorno tan selecto y que el desenlace tuviera auténticos tintes cinematográficos contribuyó a que adquiriera un gran eco mediático y un inusitado interés social. Un congreso de medicina rural y de asistencia Primaria interrumpido en la gala de apertura, una suicida que se estampa desnuda contra el piano de cola blanco del grupo de jazz que la amenizaba y el descubrimiento del cadáver de un personaje conocido en la villa eran argumentos suficientes para que se dispararan todo tipo de hipótesis y variables sobre las causas y la autoría de semejante barbaridad y para que no lo dejaran en paz.

Desde el principio dio por descontado que esta sería la coyuntura en la que habría de manejarse. Por el contrario, lo que jamás hubiera imaginado era que iba a sufrir aquella experiencia dolorosa de una desazón inmensa, insoslayable y letal, cuyo origen residía justamente en el malogro de Harmonie. Entendía que se trataba de una burla cruel del destino contra la que no cabía hacer nada. Era desesperante y descorazonadora. No merecía la pena malvivir así, desvanecido en un pozo profundo, negro, muy negro, en un mundo carente de color, con el pobre consuelo de recrear en sueños el fulgor violáceo del último rayo de sol que anidaba en las pupilas de la mujer que aún amaba, las alas celestes de una mariposa que se posaba en su cabellera, la tela escocesa de la minifalda que le regaló por su cumpleaños o el lazo púrpura que adornaba el ramo de flores que depositó en la lápida de su tumba el día que la enterraron.

La situación resultaba insoportable. Ya no podía más, cuanto antes tenía que librarse de la rémora que sobrellevaba a duras penas en soledad, definitivamente debía arrancarse la daga hundida en su corazón desde su desaparición. Apreciaba que el diablo ganaba terreno en su fuero interno y que, de continuar así, lo abocaría a la autodestrucción. El veneno de la rabia, los aguijonazos del vacío y una náusea perenne lo estaban matando. ¿Cuánto tiempo podría resistir? No demasiado. Necesitaba pues un desahogo, romper su silencio, soltar el lastre que suponía la comisión de un doble asesinato. Y qué mejor para este propósito que descargar la podredumbre de su alma a un sacerdote. No corría riesgo alguno, porque este debería respetar el secreto de confesión, y podría explayarse a placer. Sin duda que obtendría muchos beneficios espirituales que le reportarían la serenidad que anhelaba. Quizá ese ínfimo resquicio de fe que todavía atesoraba lograba redimirlo.

Esa misma tarde se presentó en la iglesia del Sagrado Corazón de Jesús, no por un motivo especial, sino porque era la que le quedaba más cerca de la oficina. Aquel edificio neogótico de aristas de piedra de sillería blanca y fachada de ladrillo caravista siempre le había atraído. No era practicante y no acostumbraba a visitar los templos, excepto para asistir a los funerales de conocidos y allegados. Pero allí estaba, en la zona de los confesionarios leyendo el nombre de los titulares y el horario en el que atendían a los parroquianos. Eligió uno al azar, que rezaba: “P. Apodaka R. Lunes a viernes, de 18:30 a 19:30 h.”. Aún faltaba un rato para la hora de inicio de las sesiones y se distrajo fisgando las agujas labradas que coronaban el confesionario, así como los cartelitos de aluminio que informaban de la posibilidad de usar el reclinatorio o una sillita en la práctica del sacramento.

Quien debía ser el Padre Apodaka apareció pronto. Portaba un Kempis de tapas negras y sobadas. Pasó por delante, altivo e indiferente. Hubo de esperar hasta que fuera la hora estipulada para que lo atendiera. Tras la salutación protocolaria y, sin ningún preámbulo, dijo:

–Soy un asesino.

El cura no respondió. Permaneció quieto, ensimismado, con la mirada perdida en la rejilla que separaba sus caras, como si en los agujeros romboides de la misma se abriera el horizonte inescrutable de un misterio nunca concebido por él. Se sintió incómodo y ridículo en aquel lance tan embarazoso para los dos: el padre Apodaka, mudo e inmóvil y disipado en la penumbra de aquel cajón de santidad, dando muestras de estupefacción; y él arrostrando aquella penitencia anticipada postrado de rodillas en el reclinatorio, confiando en no sabía bien qué, si un docto consejo, un bálsamo bendito en forma de palabras de comprensión o, sin más, el perdón de su pecado mortal.

Nada de esto ocurrió. Al contrario, recibió un jarro de agua helada, cuando el padre Apodaka se sobrepuso y, como si despertara de un sueño perturbador, hincó en él su mirada. Su expresión era de incredulidad y de asco, como si tuviera ante sí un repugnante sapo y no un hombre apesadumbrado.

–No quiero conocer el tema. No es aquí donde debes venir, ni a mí a quien has de recurrir. Vete con Dios, que yo no voy a darte la absolución –afirmó con voz firme y tajante, al tiempo que corría la cortina que cerraba la rejilla.

La resolución del confesor lo desconcertó. Se mantuvo de hinojos durante unos minutos, al cabo de los cuales se incorporó y abandonó el lugar, cabizbajo por la humillación recibida y encendido de ira por el desdén de aquel ministro del Señor arrogante y poco piadoso que lo había despachado como a un perro. Ya en la calle, recobró la calma y reflexionó sobre lo sucedido. El padre Apodaka tenía la obligación de escucharlo. Su reacción era impropia en un sacerdote. Tal vez actuó de ese modo escamado por la rotundidad de su confesión. Aun así, suponía un atropello que no estaba dispuesto a tolerar. Volvería al Sagrado Corazón de Jesús y no se andaría con chiquitas. Aquel déspota se las iba a oír, ¡vaya que sí!

Al día siguiente acudió de nuevo a la iglesia y a las 19:00 h. en punto estaba plantado delante del confesionario del padre Apodaka. Para variar había optado por la sillita, por si iba para largo. Y, al igual que la víspera, tras el “Ave María Purísima/ Sin pecado concebida” formulario le soltó:

–Soy un asesino.

En esta ocasión el cura mostró un talante más acorde con su ministerio, aunque su perorata le sonó a fingida y destinada a desembarazarse de él por la vía rápida.

–Hijo mío, ¿por qué vienes a confesarte? ¿No crees que necesitas otro tipo de ayuda, distinta a la que pueda darte un sacerdote? Quizá un psicólogo, un abogado, un periodista, o la policía…

–Todos buscan lo mismo, ganarse la vida con las calamidades ajenas y dormirse pensando que han ayudado al prójimo –le repuso.

–Eso son milongas. Tú verás… Ya te advertí ayer de que te has equivocado de persona. Aquí no haces nada, solo molestarme. Vete con el cuento a otra parte. Y deja que pasen los que aguardan contritos su turno –le echó sin indulgencia, volviéndole a cerrar violentamente la cortina de la rejilla.

Estuvo en un tris de montar una gorda, pero se contuvo. No era cosa de perder la cordura en un recinto sagrado y poner a la feligresía en su contra. Un escándalo público no le favorecía de ninguna manera. Le sobraban arrestos para eso y más, pero prefirió plegar velas y largarse. La estrategia que debía seguir ofrecía una única alternativa: visitar un día sí y otro también al padre Apodaka, hasta minar su resistencia y doblegar su voluntad.

Por tercer día consecutivo se personó en su confesionario y repitió el mantra de las tardes anteriores: “Soy un asesino”, si bien esa vez le enseñó al confesor una carpeta, rogándole que revisara los papeles que había clasificado. El asombrado cura tiró el pestillo de la rejilla, la abrió, tomó el portafolios, prendió una luz tenue y blanca y se puso a examinar el dossier. Según adelantaba en la lectura, evidenciaba una creciente repugnancia. Probablemente por esto le dedicó unos pocos minutos al análisis de las fotografías y los textos que obraban en su poder.

–¡Fuera esta porquería! –exclamó exasperado, estirando el brazo con un movimiento torpe y repentino, de tal suerte que derribó el devocionario que reposaba en la repisa que le servía de mesa, así como la perilla de la luz del flexo que había utilizado para alumbrar el habitáculo donde se hallaba.

Cogió triunfante los recortes de periódico y fotocopias de noticias que le devolvió el escandalizado sacerdote, quien clausuró la rejilla al enajenarse de ellos, como si de esa forma se viera eximido de cualquier responsabilidad respecto de su ignominiosa maldad. Estaba convencido de que por fin le había tocado la fibra y de que en adelante lo auxiliaría sin reticencias.

–Padre… –musitó.

–¡calla, desgraciado! Ya sabes lo que has hecho… Hablaremos de ello en otro momento… Y en donde yo te diga… Nada de vernos en la iglesia… Quedaremos para pasado mañana en los vestuarios de los “boinas rojas” de San Mamés, en la zona de tribuna este, a las ocho de la tarde –le recriminó.

La proposición del padre Apodaka resultaba atípica; pero, tal y como se había desarrollado el último episodio de la incipiente relación entre ambos, intuyó que lo mejor sería aceptarla sin reparos.

–De acuerdo, allí estaré –le aseguró, y se marchó sin despedirse.

Y sí… Dos días después estaba en el sitio convenido. El viento arremolinaba algunas hojas de periódico en el vértice de la calle en la que esperaba al padre Apodaka. La colosal arquitectura de San Mamés a su espalda lo cohibía. No transitaba nadie por la zona. Era noche cerrada. En su reloj restaban cinco minutos para las ocho. El asfalto refulgía por la llovizna persistente. El ruido del aire al azotar las farolas constituía el único sonido del entorno, hasta que un taxi apareció al fondo y se paró junto a un contenedor de basura. De él descendió el cura. Lo reconoció de lejos, a pesar de ir vestido de seglar. Avanzó a grandes zancadas, protegiéndose del frío enfundado en un gabán oscuro, con las solapas desplegadas y las manos metidas en los bolsillos. Apenas se detuvo al llegar a su lado, solo hizo un gesto con la cabeza y reanudó la marcha. Le siguió obediente. Ninguno de los dos se percató de que un gigantón vestido con una gabardina ocre que se ocultaba detrás de las columnas de la entrada de un portal los observaba. Pronto alcanzaron una puerta metálica en un lateral del estadio. El padre Apodaka la golpeó con los nudillos y en breve se abrió la hoja. Tras ella emergió un hombretón con la cara abotagada, levemente esbozada por la claridad que llegaba del interior. Enseguida se apartó y les franqueó el paso. Ingresaron a un pasillo que a unos cuatro metros se curvaba hacia la izquierda. En una de sus paredes se perfilaba la abertura de donde procedía la luz. Caminaron los tres en fila en dirección a la estancia iluminada. Entraron en ella y el portero extrajo del cajón de un escritorio un manojo de llaves, escogió una y le ofreció el conjunto al padre Apodaka. Salieron y progresaron por el corredor en semipenumbra. Al término de este había una cancela. El cura manipuló la cerradura y accedieron a un espacio repleto de taquillas. Unos bancos remataban en ángulo dos paredes llenas de perchas. A la derecha se distinguían un baño y el umbral de una galería. La atravesaron y llegaron a un pequeño cuarto atestado de sillas. El padre Apodaka escogió un par y las colocó enfrentadas en el centro. Se sentó en una y le invitó a hacer lo mismo en la otra. Una vez situados, con los abrigos todavía puestos, le inquirió con agresividad:

–¿Qué quieres de mí? ¿Por qué has venido a buscarme?

El interrogado miró a su interlocutor a los ojos, mientras crecía en él la sensación de estar en desventaja y trató de aparentar aplomo:

–¿Está usted en este acto sometido al secreto de confesión?

–¡Déjate de gilipolleces! –bramó el padre Apodaka.

El exabrupto lo pilló desprevenido. No sabía si representaba una respuesta afirmativa o negativa; pero, en todo caso, evidenciaba un nerviosismo insólito. Malició que tal agitación podría deberse a que la muerte de los amantes del hotel Meliá le afectara por algún motivo y que por ello se había implicado de aquella manera en el asunto. Decidió provocarlo. Sacó de la faltriquera del abrigo un sobre y se lo ofreció. El sacerdote dudó unos segundos y finalmente lo aceptó con cierto temor. Leyó el contenido y al terminar rugió:

–¿Qué significa esto?

En tono guasón le recitó de memoria:

–“El pecado de ellos se ha agravado en extremo”, Génesis 18, 20. I.M.C. in memoriam. Descansen en paz.

Los globos oculares inyectados en sangre del padre Apodaka rezumaban odio. Él simuló despreocupación y paseó la vista por la media docena de calendarios Pirelli con fotografías de chicas desnudas, que por su estado llevarían años marchitándose sobre los tabiques mugrientos del local. Lo alertó la tos del cura, que se puso en pie, se sacudió el gabán y dio una vuelta en torno a la silla. Andaba atribulado, rumiando alguna frase, como si estuviese meditando qué replicar. Él también se levantó, estiró el cuello y se ajustó la corbata. Encendió luego un pitillo, exhaló el humo hacia el techo en un suspiro que quería reflejar su enfado y le retó:

–¿Qué? ¿No conoce este pasaje de la destrucción de Sodoma?

Dio una calada al cigarrillo y miró al cura. Esperaba que se prodigara, sin embargo permaneció con los labios apretados.

–Vamos a ver, padre… Usted dirá qué pinta en esta historia, porque algo pinta… Si no, ¿por qué se ha tomado todas estas molestias? –insistió amenazador.

–¡Calla, imbécil! ¿Cómo te atreves a venirme con estas? ¿Acaso no eres consciente del brete en el que te encuentras? –le chilló con acritud el cura.

Arrojó la colilla al suelo y la pisó. Se giró y se encaminó hacia la salida, despacio, concediéndole margen para que escupiera las palabras que llevaba un buen rato masticando en la boca. Y el padre Apodaka le ladró colérico:

–¡Tú eres bobo! ¡Bobo! No te enteras de la misa la media.

–Pero… ¿qué coño dice? Ahora mismo voy a… –empezó a protestar y se abalanzó sobre él puño en alto con la intención de atacarlo.

Entonces, alertados por los alaridos del cura, penetraron en la pieza tres individuos imponentes, como fabricados por encargo, con similares dimensiones de talla y pectorales. Y un minuto más tarde el agresor estaba sentado nuevamente, con las manos atadas a la espalda y con dos zarpas desmesuradas que lo empujaban hacia abajo y hacían que sus nalgas se clavaran en los afilados listones de la silla cervecera sobre la que lo habían depositado.

El padre Apodaka lo escudriñaba con semblante compungido, como si sintiera una pena infinita, un embargo que no era tanto por el panorama que tenía ante sí, sino por la estupidez de quien iba de tipo duro y no pasaba de ser un “tuercebotas” chiflado. Y así se lo hizo ver:

–Decididamente, eres un idiota. ¿Por qué crees que fijé este sitio para nuestra cita? Con la encomienda que venías, la verdad, me sorprendí de que condescendieras en reunirte aquí.

–Déjese de intrigas. No sé de qué va esto –se quejó débilmente el cautivo.

El cura levantó la vista hacia los gorilas y al momento una cuerda atrapó su torso y lo estrechó contra el respaldo de la silla. Rebullió unos segundos, pero un pescozón le dejó claro que sería mejor no oponer resistencia.

–¿Qué cojones va a hacer? –vociferó encorajinado.

–Es por tu bien… Piensa en las llamas del infierno –le anunció, acompañando aquel singular ejercicio de tutela espiritual con una palmada en la mejilla.

–¡Puto loco! Cuando me… –le vituperó, pero no pudo concluir la locución, porque un bofetón le arrancó de la boca las palabras.

–Vaya si eres corto… ¡Basta de cautelas! Contigo es malgastar el tiempo. Atiéndeme bien… Este que te tiene amarrado a la silla es mi sobrino, estamos en el marco ideal para disponer de ti a nuestro antojo y puedes estar seguro de que no vamos a escatimar medios para que casques. Ya ves, todo depende de ti –le presionó el cura.

–Pero… ¡No me joda! O sea, que el señor quiere parlotear. ¿De qué? ¿Acaso no sabe todo lo que le importa? Ya se lo he confesado: soy un asesino. Además, conoce los detalles de mi obra maestra. El material que le presenté la ilustraba –le recordó , algo envalentonado por el rostro patético de quien se había revelado como un inocente aprendiz de inquisidor.

–Dime, ¿por qué mataste a la pareja? –percutió el padre Apodaka.

–Que por qué maté a la perra de mi exmujer y al panoli de quien se la follaba? Se lo diré: porque eran dos hijos de puta que no merecían vivir felices a costa de mi ruina. Aunque… a usted ni le va ni le viene… De modo que desista de jugar a ser Torquemada y acabemos con esta mierda rocambolesca –clamó exaltado.

La respuesta del padre Apodaka fue un puñetazo en todo el morro. Después le llovieron varios ganchos a la mandíbula y otros tantos directos a los pómulos que su sobrino le propinó exacerbado, mientras voceaba bañado en lágrimas:

–¡Era mi padre! ¡Era mi padre! ¡Era mi padre!

En ese instante, una voz imperiosa atronó en la improvisada sala de tortura: “¡Quietos! ¡Todos al suelo! ¡policía!”

La irrupción del inspector, pistola en mano y con cara de pocos amigos, sorprendió a los hombres. El tono seco y enérgico de su orden dejó paralizados a los matones, que lo contemplaban con un rictus de estupor. El padre Apodaka, que se había retirado a una esquina para llorar el recuerdo de su hermano asesinado, instintivamente alzó los brazos. Estaba lívido, con la faz desencajada y los ojos fuera de las órbitas. Por su parte, el asesino procuraba sobreponerse a las consecuencias inmediatas de la paliza que había encajado: al resquemor que le producía la herida abierta en sus labios, a la sensación de asfixia que le causaba la fuerte hemorragia nasal que sufría y que le impedía respirar con normalidad y al escozor que sentía en los ojos, bañados por las gotas que afluían a ellos en hilos de sudor y sangre. A él se dirigió el inspector:

–¡Vaya vaya, señor Godoy! ¡Qué he oído! ¿No me había jurado que el día catorce de octubre estuvo en el teatro Calderón viendo “La vida es sueño”? Es usted un mentiroso. ¿Dónde están su altanería y su supuesta dignidad ultrajada cuando le interrogaba acerca de esta cuestión? ¡Menudo papo que tiene! No me extraña que lo hayan hostiado… Le han puesto fino… Aunque se merecía eso y mucho más… No está, no, para ir al teatro… Pero, no se preocupe, a partir de ahora podrá ensoñar cuanto quiera en el talego.

Nicolás Zimarro