Elegiacas

 

Apuntes del diario de un emigrante.

1. “El árbol del cementerio”

Todo está muerto en el pueblo,
desde que no hay mes de mayo, 
ni presente ni futuro
ni, tan siquiera, un pasado. 
En aquellos tristes lares 
los días se suceden tardos, 
vacíos en un horizonte
cautivo en su propio ocaso. 
La soledad y el silencio
Se enseñorean en los campos  
convertidos en eriales 
de tormos, zarzas y fango.
Las casas de piedra y adobe,
enjalbegadas antaño, 
ahora son trazos de sombras
que enmohecen en su letargo.
La torre del campanario, 
frágil gigante de barro, 
con el transcurso del tiempo 
se ha venido sola abajo. 
En aquel páramo lúgubre 
nada más perdura un árbol 
que en pose de eternidad
despunta en el camposanto. 
Es el guardián del recuerdo
de aquellos seres humanos 
que poblaron esas tierras, 
y hoy yacen en suelo calmo.
Sus últimos moradores 
un día las abandonaron
y se llevaron con ellos 
planas de una historia en blanco.
Nadie sabe adonde fueron, 
ni detrás de qué reclamo.
Únicamente un ciprés  
los llama de vez en cuando. 
Cuentan los vientos la pena 
que siente el árbol del pago, 
cuando ya es la primavera 
y nada crece en los pastos. 
Allí todo sigue muerto. 
Allí no habrá mes de mayo. 
Porque nadie volverá 
a habitar ese poblacho.

2. “El borriquillo”

Un manto de soledad 
cubría los campos de trigo
que un burrito atravesaba,
en silencio y con sigilo,
para que nadie supiera 
que él era un burrito vivo, 
con un corazón que late, 
con un corazón de niño. 

Apuntando sus orejas 
a las nubes de un destino
ahogado en escarcha y niebla, 
caminaba el borriquillo
por un camino muy largo,
serpiente de tierra y grijo,
que todos los días andaba 
para ir a la venta del río.

Nunca faltaba a la cita. 
Nunca se quedó dormido.
Y así, con la luz del alba, 
comenzaba su periplo, 
llevando la carga a cuestas,
con gracia y porte muy digno. 
¡Que era un jumento sin tacha!
¡Que era un notable borrico!

Ni el calor de la meseta, 
ni el frío viento de los riscos 
horadaban su pétreo ánimo. 
Porque siempre era lo mismo:
Caminar y caminar 
sin salir del laberinto, 
pasar, y sólo pasar,
por la vida sin ser visto. 

Pero un triste día de invierno, 
un desgraciado domingo, 
a la llamada de su amo 
correspondió con gemidos.
Y no era fingido llanto, 
ni ganas de amor o mimos, 
sino el dolor de quien moría 
ahogado en su propio grito. 

Sin más pasaron las horas, 
hasta el instante preciso
en que el beso de la muerte
lo llevó a la paz del limbo. 
¡Se fue el jumento sin tacha!
¡Se fue el notable borrico! 
Y la historia de una vida 
terminó en un cobertizo.


3. “La hiel del destierro”

¡Nunca olvides aquellos días, 
hijos difuntos del tiempo!
¡No olvides la primavera 
que aquel traicionero invierno
asesinó por la espalda, 
a golpe de nieve y de hielo. 
¡No olvides la desventura 
que en el lejano destierro
sufrieron aquellos hombres 
forjados en hierro y fuego, 
cuando un témpano de hiel 
enterró todos sus sueños! 
¡Nunca olvides lo que viste
esos días de horror y miedo!
¡Recuerda la luz del alba 
y la ilusión del comienzo, 
que la escarcha rota en sangre 
anegó de desaliento!
¡Recuerda los corazones 
perdidos en el desierto
de aquel cementerio blanco, 
en donde yacen los cuerpos 
de aquellos seres humanos 
que siempre estuvieron muertos.

4. “No soy nada”

El pasado no es pasado,
ni el presente es el momento,
en el mundo imaginario
que el crisol de los recuerdos
crea abonando de futuro
la semilla de los vientos.
Sólo así puedo ser libre,
libre del paso del tiempo.
Sólo así puedo ser mar,
nube, ola, aire, tierra y fuego;
si no, no soy un ser humano,
no soy ni siquiera siendo.
Por eso, busco en mi entraña
a aquel niño dulce y tierno
que, en medio de la tormenta
de lluvia, rayos y truenos
de una tarde de verano,
en su bicicleta de hierro,
recorría el camino a casa
mirando feliz al cielo,
anhelando las estrellas
del paraíso de los sueños
que guardaba en los bolsillos
de su corazón abierto.
Por eso, busco a aquel niño,
quijotesco justiciero,
libertador de princesas,
que a los malos de los cuentos,
con una pistola de agua,
empapaba de escarmiento.
Pero, cuando quiero hallarlo,
mis ojos parecen ciegos.
Miro y miro, mas nada veo,
en ningún lugar lo encuentro,
y lo vacío de la historia
queda al fin de manifiesto.

Nicolás Zimarro