Acta mayo 2006

 

OBRA: FOE
AUTOR: J.M. Coetzee

PONENTE: Carlos Fernández

PRESENTACIÓN

 

El libro está formalmente dividido en cuatro partes diferenciadas. Las dos primeras partes constituyen un claro ejemplo de intertextualidad, eso que Ángel Romera define así: “Relación de copresencia que un texto mantiene con otro. Según un grado decreciente de literalidad y explicitidad, puede ser cita, alusión o plagio.” (Ángel Romera - Manual de retórica y recursos estilísticos.); o que Joaquín Mª Aguirre Romero explica de la siguiente manera: “La idea de intertextualidad tiene una implicación evidente: ningún sujeto puede producir un texto autónomo. Al decir “autónomo” nos referimos a un texto en el que no existieran vínculos con otros textos, un texto que surgiera límpido, impoluto de la mente del sujeto que lo produjera. Esto implica que los sujetos producen sus textos desde una necesaria, obligada, vinculación con otros textos. El sujeto, pues, no es una entidad autónoma, sino un cruce, una intersección discursiva, un “diálogo”, en última instancia”.

VALORACIÓN

La novela está basada en la obra de Daniel Defoe Robinson Crusoe, publicada en 1719. Dice el crítico literario Javier Ágreda: “Cuando en 1719 el inglés Daniel Defoe publicó, tras un largo peregrinaje editorial, su novela Las aventuras de Robinson Crusoe dio origen a un vigoroso y complejo mito en el que se reunían la religiosidad y el colonialismo de la época con el elogio del individualismo y la capacidad de trabajo. Como todo mito, el de Robinson ha sido interpretado y actualizado por las siguientes generaciones de escritores, intelectuales y filósofos, incluyendo al propio Marx”. Obviamente Coetzee toma prestada la obra de Defoe para construir la suya, sin intención alguna de disimularlo. Así, aparece Cruso en lugar de Crusoe y Defoe con su verdadero apellido hasta que antepuso el “De” alrededor del año 1700. También aparece Viernes con su propio nombre, el barco del naufragio, la isla deshabitada,... Pero todo esto sólo son los materiales con que escribir otra cosa. El primer elemento perturbador es la introducción del autor en la novela.

Recordemos brevemente los argumentos de ambas obras: Defoe nos cuenta las peripecias de un hombre que, atraído por la llamada del mar, embarca y tras diversas peripecias, se establece en Brasil donde se convierte en hacendado. En un viaje marítimo sufre un naufragio, encuentra una isla desierta en la que refugiarse y lucha por la supervivencia, salva de la muerte a un indígena al que llama Viernes y pone a su servicio, hasta que finalmente es rescatado y se reencuentra con lo que queda de su familia y su fortuna. La de Coetzee nos cuenta la historia de una mujer que va a Brasil en busca de su hija y que en el viaje de regreso es abandonada tras un motín en el barco. Encuentra una isla habitada por Cruso y Viernes y tras un año de estancia en ella son rescatados y embarcados de vuelta a Inglaterra. Allí se establece primero en una pensión y luego en la casa deshabitada de Foe, acompañada de Viernes, y debe vencer numerosas peripecias para sobrevivir, hasta que se encuentra con Foe. Termina de un modo tan hermoso como desconcertante.

La estructura de ambas obras es similar, a pesar de lo que pudiera parecer a primera vista: Podemos compararlas de forma esquemática de la siguiente manera: primera parte, período anterior al naufragio y el propio naufragio (Defoe), período en la isla y regreso a Londres (Coetzee), segunda parte, supervivencia en la isla y esperanza por que un barco le rescate (Defoe), supervivencia en Londres y esperanza por que Foe les saque de su situación (Coetzee) y tercera parte reencuentro con su vida anterior (Defoe) y reencuentro con quien habrá de salvarla dando vida a su historia (Coetzee).

Quien refiere los hechos son Robinson Crusoe en una obra y Susan Barton en la otra. Observemos también como se presentan al lector en ambas obras:

“Nací en el año 1632 en la ciudad e York, de una buena familia, aunque no del país, pues mi padre era un extranjero, oriundo de Bremen, que se había radicado inicialmente en Hull. Gracias al comercio, poseía un considerable patrimonio, y, al abandonar los negocios, vino a vivir a York, donde casó con mi madre, que pertenecía a una distinguida familia de la región, de nombre Robinson, razón por la cual yo fui llamado Robinson Kreutznaer. Sin embargo, en virtud de la usual adulteración de las palabras en Inglaterra, ahora se nos llama, más aún, nosotros nos damos el nombre y firmamos Crusoe, y así me han llamado siempre mis compañeros.” (Robinson Crusoe, pág. 1)

“Me llamo Susan Barton, y soy una mujer sola. Mi padre era francés y huyó a Inglaterra para escapar a las persecuciones de Flandes. Su verdadero apellido era Berton, pero, como tantas veces ocurre, se corrompió en boca de extranjeros. Mi madre era inglesa.”, (Foe, pág. 12)

Comparemos también la oposición del padre de Crusoe al deseo de su hijo de embarcar con los siguientes pasajes en la obra de Coetze:

“Antes de partir a sus quehaceres isleños, Cruso me dio su cuchillo y me advirtió que no me aventurase fuera de su castillo; pues los monos, añadió, tal vez no fueran tan precavidos con una mujer como lo eran con él y con Viernes” (Pág. 17). “La advertencia de Cruso respecto a los monos hizo que me lo pensara dos veces antes de salir del campamento. No obstante, al tercer día de mi llegada a la isla, después de que Cruso y Viernes se fueran a sus tareas, decidí aventurarme al exterior...” (...) “Cuando Cruso regresó, se dio cuenta enseguida de que había salido a explorar, y estalló en un arrebato de cólera.
–¡Mientras usted viva bajo mi techo hará lo que yo le ordene!- me gritó...” (Pág. 21).

Finalmente Susan, tras varias excusas por parte de Cruso para no hacerlo, confecciona sus propios zapatos, es decir, adquiere la libertad de movimientos que reclamaba, tal como hiciera Crusoe respecto a sus anhelos marítimos.

Se dan otros paralelismos ciertamente explícitos, como los primeros días en la isla escritos en forma de diario en la obra de Defoe y los primeros días en Londres escritos en forma de cartas fechadas en la de Coetzee, con lo que parece necesario concluir que Robinson Crusoe y Susan Barton juegan respectivamente el mismo papel en cada una de las historias.

La obra de Coetzee es, respecto a la de Defoe, una actualización del mito del hombre sólo y su capacidad de superación, en donde las referencias a la obra anterior son guiños con los que guiarnos en esta interpretación. Traigamos a colación un par de pasajes:

“Me abordó en la puerta cuando ya me iba y empezó a hablarme de la Armada, de tantos hombres como han consumido su vida en ella, repudiados por sus propias familias, verdaderos náufragos en el corazón de la ciudad.” (Pág. 61-62)

“A veces al despertar ni siquiera sé dónde me hallo. “El mundo está lleno de islas”, dijo Cruso en cierta ocasión. Cada día que pasa sus palabras suenan con mayor acento de verdad.” (Pág. 70).

La tercera parte de la obra de Coetzee es un ejercicio de metaliteratura, esa literatura que se escribe para hablar acerca de aspectos inherentes a la propia literatura y de los aspectos relativos al oficio de escribir. En este caso, predominan las reflexiones y referencias a la dificultad de este oficio, explícitamente en las conversaciones que mantienen De Foe y Susan Barton, e implícitamente simbolizadas en los esfuerzos de ambos para conseguir comunicarse con Viernes y que éste les relate su historia. Sólo lo logra la mujer en una ocasión:

“Mientras Foe y yo hablábamos Viernes se había instalado en su estera con la pizarra. Miré por encima de su hombro y vi que la estaba llenando con algo que parecían ser dibujos de hojas y flores. Pero al mirar más de cerca me di cuenta de que lo que había tomado por hojas eran ojos, ojos bien abiertos, cada uno sobre un pie humano: hileras e hileras de ojos montados sobre pies: filas de ojos andantes.” (Pág. 142)

Este pasaje está relacionado con otros anteriores:

“-Usted escribió que su criado Viernes había ido remando en un bote hasta los bancos de algas. Esos grandes bancos de algas marinas son la guarida de una bestia a la que los marineros llaman el kraken, ¿ha oído hablar de él?, con brazos tan gruesos como los muslos de un hombre y de una longitud de muchas yardas, y un pico como el de las águilas. Me imagino al kraken tendido en el fondo del mar mirando fijamente al cielo por entre las enmarañadas frondas de algas, con sus múltiples brazos arrollados a su cuerpo, siempre al acecho. Es hacia esa órbita terrible adonde Viernes conduce su frágil embarcación.” (Pág 135).

Y más adelante:

“-En toda la historia siempre hay, en mi opinión, algún silencio, alguna mirada oculta, una palabra que se calla. Hasta que no hayamos dado expresión a lo inefable no habremos llegado al corazón de la historia.” (...) “-He dicho el corazón de la historia –prosiguió Foe-, pero debería mejor haber dicho el ojo, el ojo de la historia. Viernes surca remando en su madero la oscura pupila, o la cuenca vacía, de un ojo que le mira fijamente desde el fondo del mar. La surca a golpe de remo y sale ileso de la prueba. Y es a nosotros a quienes deja la tarea de descender al interior de ese ojo.” (Pág. 136-137).

¿Qué pretende Viernes con sus dibujos? ¿Decir que él conoce el “ojo de la historia” pero es incapaz de expresarlo? ¿Es una alusión a la dificultad del oficio de escritor?

El libro es riquísimo en referencias simbólicas de este tipo. Por ejemplo, la distinta descripción que del pelo de Viernes hacen ambos autores: “Su pelo era largo y negro, no crespo como la lana” en Robinson Crusoe, frente a “...un negro con una cabeza de pelo ensortijado y lanoso...”, (...) “Le tiro suavemente del pelo. No cabe duda de que es como de oveja”, (...) “Tiro de ese pelo suyo tan parecido a la lana”, en diferentes pasajes de Foe, o el dispar criterio de Cruso y Susan a la hora de proteger a Viernes, evitando su contacto con la civilización el primero y mediante su manumisión y tutela la segunda.

El capítulo final del libro, y última parte del mismo, es de una expresividad magnífica. Rosa Falcón, en su extenso análisis de la obra, afirma que: “...finaliza la historia en seis páginas de forma precipitada. Las palabras ya no tienen sentido, todo es arrastrado por la corriente. (...) Han muerto todos, cuenta esa voz anónima, sólo Viernes parece sobrevivir en el tiempo y, como una extraña en Adrián Arza: ergía, parece devolver todo aquello que quedó en la isla. (...) Viernes conserva intacta y viva en su interior la propia naturaleza salvaje y libre de la isla”. En efecto, el narrador (¿tal vez la propia Susan?), partiendo del último punto de la historia, esto es, el refugio de Foe, regresa a la casa de Londres y más atrás aún al barco del naufragio. En todos ellos encuentra a Viernes, que es el único que parece tener un resto de vida. Y es a Viernes a quien el narrador, tanto en el refugio como en el barco, quiere separar los dientes, en un último intento por comprenderle.

INTERVENCIONES

Nicolás Zimarro:

Esta obra representa un extraordinario ejemplo de texto metaliterario. En ella Coetzee critica abiertamente el modo de hacer literatura de ficción, en lo que toca a la novela de aventuras. Y para ello, paradójicamente escribe nada menos que una novela de este género, en la que pone en entredicho la veracidad o verosimilitud de las historias de aventuras, por cuanto se erigen en obras de literatura no por la descripción de los acontecimientos que narran, sino por la relación de sucesos fantásticos que recrean. destacan cuatro personajes: dos protagonistas recurrentes, Cruso y Viernes (a su vez también protagonistas de la obra de Daniel Defoe Las aventuras de Robinson Crusoe, con el nombre de Crusoe el primero y con el mismo nombre el segundo), un tercer protagonista, Susan Barton, quien participa de un modo directo en la historia que se relata y presuntamente se constituye en la narradora de la misma, y finalmente un cuarto protagonista, Foe, escritor de numerosas novelas de aventuras y autor de la obra objeto de análisis en este libro. Estos dos últimos soportan la carga en profundidad de la discusión acerca del arte de escribir historias de aventuras. Una es precisamente la narradora participante y concernida en la propia aventura que pretende contar con ruda objetividad, y el otro el narrador o escritor distante que intenta hacer literatura de ficción. El desencuentro se concreta en la cuestión primordial acerca de la posibilidad de escribir una historia que recoja exclusivamente los sucesos tal y como acontecieron, sin aditamentos estéticos o estilísticos, y que esa historia resulte interesante desde el punto de vista literario. Ésta es la cuestión fundamental que procura solventar el ejercicio narrativo coetzeeano con su propuesta estética de un nuevo realismo, caracterizado por un estilo formal diáfano, lacónico en la expresión y básicamente descriptivo.

El problema radica en que el corazón y la esencia de lo auténticamente natural es inefable y, mucho menos, descriptible objetivamente. Y por tanto, como no se puede decir o expresar en términos de verdad positiva, sólo nos resta la posibilidad de acercarnos a esa realidad natural auténtica a través de figuras literarias, metáforas o recreaciones fantásticas, esto es, a través de la literatura. Por eso, en la novela Coetzee considera la labor y la función del escritor, la posibilidad o imposibilidad de escribir historias verdaderas y también el dilema de la necesidad o innecesidad de un aprendizaje del ejercicio de la narrativa, eso que podríamos denominar “pigmalionismo” creativo. La conclusión que se desprende del enfrentamiento entre los distintos modos de concebir la escritura de historias de aventuras es que todo ejercicio literario resulta ser pura y simplemente una expresión de lo inefable, de tal suerte que el máximo acercamiento a esa inefabilidad constituye el logro del buen escritor. La metáfora coetzeana de la imposibilidad radical de un descubrimiento de la verdad natural de la realidad, en un sentido preciso y unívoco, es el personaje tótem Viernes. Viernes es el expositor de la esencia de lo natural auténtico, que siempre se manifiesta en silencio. Es la realidad deslenguada. Representa la inefabilidad en potencia, o sea, la pura potencialidad de lo que no se puede decir positivamente con palabras y de lo que supuestamente escribe quien pretende escribir literatura, que no es otra cosa que de la autenticidad de la vida, los sentimientos, los deseos, los sueños, temores, pasiones, etc…, es decir, la vivencia íntima e intransferible de la realidad, que solamente es expresable en lenguaje metafórico. El ejemplo más fehaciente de ello es el último capítulo de la novela. Nada de lo que en él se narra puede ocurrir en la realidad, pero esa inmersión en el fondo marino que se relata, ese desbordamiento de la realidad que atraviesa y sobrepasa a Viernes y fluye luego de su boca abierta, cuando descubre el auténtico contenido del interior del barco hundido en el fondo marino, no son sino decididos intentos de acercamiento a la realidad oculta de la naturaleza humana. Ésta es la grandeza de la literatura.


Joseba Molinero:

La obra es ante todo un impulso, una reflexión elaborada acerca de la vida. Su contenido es sombrío, oscuro, kafkiano, doloroso y extremadamente pesimista. Se trata en definitiva de un análisis derrotista de la esencia de la especie humana y de su evolución, eso sí, en el caso que nos ocupa, circunscrito al momento histórico y la situación coyuntural de expansión colonialista que vivió la Inglaterra de principios del siglo XVIII. Plantea una clara crítica de este proceso de colonialización, en el que priman la hegemonía del hombre blanco sobre el hombre negro, del hombre sobre la mujer, la defensa de la esclavitud y los intereses de la burguesía. Al respecto, resulta interesante comprobar cómo se explicita esta crítica en la novela. Así, el “Crusoe” de Defoe es el paradigma de la apología del individualismo, un canto a las excelencias del potencial tecnológico del imperio británico, una exhortación a la utilización de esta tecnología como medio de autosuperación personal y progreso social, una justificación de la esclavitud y la primacía de la raza blanca sobre la negra por razón de superioridad en la capacidad intelectual por parte del hombre blanco sobre el hombre negro y un ninguneo o soslayamiento absoluto de la mujer, como realidad personal individual y social. Por el contrario, el “Cruso” de Coetzee es el símbolo del absurdo, las limitaciones y la ineficacia del individualismo, un exponente de la arcaización de los recursos materiales de producción (él no utiliza ningún tipo de tecnología. Se limita a construir a mano unas terrazas de tierra) y del desinterés por el progreso (Cruso nunca llegó a cultivar las terrazas que construyó, por falta de semillas para hacerlo. Jamás se preocupó tampoco de buscarlas. Él sólo quería acabar sus días en aquella isla inhóspita, en aquel peñasco estrecho, anguloso y sin playas, en el que constantemente soplaba un viento insoportable, el tiempo meteorológico era pésimo, había unas molestas pulgas, algas que plagaban las aguas y ejércitos de macacos pendencieros y la comida era escasa y siempre la misma. Y probablemente quería que fuera de esta manera, porque básicamente se sentía libre y puede que incluso fuera feliz). En la obra de Coetzee los personajes centrales, Cruso, Viernes y Susan, actúan conforme a unos roles predeterminados por ellos mismos, y cada uno tiene su propio papel en la microsociedad que comparten. Nadie es más que nadie, por su condición racial o de género. Comen lo mismo, habitan la misma casa y se respetan como personas, siendo como son tan diferentes entre sí, ya que ni sueñan o sienten lo mismo, ni piensan de igual forma respecto de su situación y futuro en la isla (Cruso no desea abandonarla, Susan no tiene otro pensamiento que dejar la isla y a Viernes no le importa ni una cosa ni la otra).

Pero la novela es también una reflexión sobre la naturaleza de lo sublime y lo poético, o sea, sobre lo inabordable. Y, por ello, resulta extraña y claustrofóbica. Está estructurada en tres partes relacionadas entre sí por la figura de Viernes. En la primera parte, que recoge los sucesos que tienen lugar en el barco en el que viajaba Susan hacia Brasil, su llegada a la isla habitada por Cruso y Viernes, la vida de éstos en la isla y el abandono de la isla y el viaje a Inglaterra, Coetzee hace gala de una fina y delicada ironía, presentando a una mujer como la heroína de una novela de aventuras. Es como si quisiera mofarse del arquetipo aventuresco del hombre valeroso, osado, intrépido y dechado de habilidades y virtudes, modelo al que se ajusta plenamente el Robinson Crusoe de Defoe. En la segunda parte de la novela, que corresponde a la estancia de Susan y Viernes en Inglaterra y la relación de ésta con el escritor Foe, los personajes se deforman, se diluyen en una nebulosa fantástica, como si deambularan en busca de un autor que los escriba, y al final se convierten en algo así como unos fantasmas ridículos, esperpénticos e imposibles (Viernes se convierte en una sombra de sí mismo, Susan cae en una especie de locura obsesiva paranoide que la lleva a realizar las más absurdas acciones para encontrar a Foe, y éste último pasa por ser poco menos que un sueño, una imagen ilusoria o una nube que se desdibuja en el cielo de Susan, al tiempo que descarga lluvia de literatura). Y en la tercera parte, que discurre en un hipotético fondo marino, todo es desconcierto, ilimitación y fantasía, todo parece espectral (hay una serie de fantasmas, hay una misteriosa y enigmática carta que Foe ha escrito, aparece la figura de unos ojos que simbolizan lo que Viernes no puede decir y está, por supuesto Viernes, con sus creencias y visiones, castrado y con la lengua mutilada, atravesado por una voz en forma de corriente, que da un sentido definitivo a lo que éste quiere contar, y no cuenta). Y justamente este sentido se corresponde con el fin último de la novela, que no es otro que escribir acerca de lo que no se puede hablar, decir o escribir.

 

Roberto Sánchez:

En esta novela Coetzee nos habla sobre el sentido de la vida. Y lo hace por medio de un relato que comienza con una historia de más o menos tintes realistas (una mujer es abandonada a su suerte en altamar y llega casualmente a una isla, la isla donde viven dos náufragos con los que convive hasta que un día los salva un barco, luego escribe su aventura y quiere que se la corrijan y la publiquen), posteriormente continúa con el desarrollo de varias situaciones extrañas y absurdas y finalmente todo acaba siendo una mar de esquizofrenia y confusión. La elucubración coetzeana acerca del sentido de la vida se plasma en la presentación del periplo vital de los distintos personajes, a partir de la aparición de Susan Barton en la isla, periplo que se desarrolla en varios estadios. Se inicia en la isla, una especie de limbo o de lugar en ninguna parte, en el que Susan Barton, Cruso y Viernes viven de forma simple y rudimentaria, sin demasiadas complicaciones y hasta cierto punto acondicionados a su situación. Luego sigue la salvación de los tres, cuando son hallados por los tripulantes de un barco que llega a la isla, la estancia en el barco y la vuelta a Inglaterra. Este barco es el útero donde germina la incipiente vida que tendrá lugar con el nacimiento a la civilización. Aquí todo es absurdo: Susan vive encerrada en la casa abandonada de Foe, a quien constantemente escribe cartas, Foe que no aparece, la relación desesperante y frustrante entre Susan Barton y Viernes, el viaje ridículo que realizan para llegar al puerto de Bristol y embarcar a Viernes con destino a África, la irrupción en escena de un personaje fantasma que dice ser la hija de Susan, etc… Después viene la visita de Susan Barton al lugar donde Foe se oculta del mundo. En esta residencia casi ilusoria el transcurso de los acontecimientos se torna absoluto absurdo y todo deviene en irrealidad. Y finalmente el periplo vital de los personajes acaba sumergido en el piélago de la confusión, en la informidad de las aguas del fondo marino. Es el perfecto cúlmen de la vida, y la referencia que da sentido a la obra, que no es otro que comunicar al lector que la vida no tiene sentido. Y Viernes es el símbolo de este sin sentido de la vida, porque desde su presentación en el limbo, hasta el final de la narración simplemente se muestra, y nunca se manifiesta, a pesar de ser él quien parece tener la clave de lo que pudiera ser un acercamiento a la comprensión del sentido de la vida.

La idea de que la vida no tiene sentido también aparece en la última obra de Coetzee publicada en castellano y titulada “Un hombre lento”, en la que el autor divaga y recrea la vida del más allá, después de la muerte. La estructura de esta novela es similar a la de “Foe”: Comienza con unos hechos de índole realista (el atropello por parte de un automóvil que sufre el protagonista, que pierde una pierna, la consiguiente crisis anímica que padece y el reacondicionamiento a su nueva situación), para terminar en una suerte de locura y catalepsis generalizada, con la irrupción en escena del que podría ser el trasunto de Foe en el libro que nos ocupa, Elisabete Costelo, en la que la vida en la vida y la vida en la muerte se acrisolan en una misma experiencia existencial. En fin, todo parece indicar que para Coetzee el sentido profundo de la vida y de la muerte es precisamente la ausencia de un sentido o propósito natural último, algo así como lo que podríamos entender como un nihilismo “sui géneris”.

 

Emilio Hidalgo:

El libro despierta sentimientos contradictorios. Es a la vez sencillo y complejo. Sencillo, por cuanto resulta fácil para leer por su lenguaje diáfano, carente de retórica, conciso y directo. Y complejo, por cuanto propone un sinfín de temas objeto de reflexión. En él se observan dos partes claramente diferenciadas. En ambas se habla de todo. Sin embargo, en la primera los temas se van desgranando a partir de las situaciones, circunstancias y vivencias de los personajes; mientras que en la segunda son los propios personajes los que cuentan sus reflexiones sobre la vida. Y es en este punto donde alguno de éstos pierde credibilidad. Por ejemplo, Susan Barton, que formula continuamente una serie de reflexiones abstractas, impropias de una persona que por lo que parece no posee un nivel cultural elevado. El tema fundamental de la obra es la radical soledad del ser humano, que no es más que un náufrago en el lago de la individualidad y un náufrago también en el piélago de la sociedad y, en general, del mundo, ese mundo que pretendemos conocer, pero que indefectiblemente nos escupe a la cara la bilis de la soledad. Otros temas destacables son los siguientes: el sentimiento de pérdida de las vivencias pasadas, o sea, el desconsuelo inherente a la remembranza de las experiencias pretéritas, tal y como le sucede a Susan Barton que, ya en Inglaterra, vive el presente instalada en el azogue donde perdura el reflejo de su estancia en la isla; la naturaleza de la libertad (“¿Quién de nosotros podría decir qué es exactamente la libertad? Tal vez, efectivamente, nadie sepa lo que es la libertad exactamente, pero en cambio todo el mundo sabe lo que es exactamente la pérdida de libertad”); el lenguaje o la necesidad de la comunicación, la comunicación sin palabras (Viernes se comunica con los demás a través de la música, con una melodía monotónica y repetitiva, que parece significar la imposibilidad de la expresión de lo inefable), la religión y algunos rituales, el valor del deber y la responsabilidad (En muchas ocasiones Susan parece odiar a Viernes, y a pesar de ello no se siente capaz de traicionarle, debido a su sentido de la responsabilidad), el debate acerca del sentido de las novelas de aventuras y la función del narrador, y finalmente el choque entre diferentes culturas.

Miguel San José:

El libro es un contundente puñetazo, una provocación literaria absolutamente medida y deliberada. El autor comienza, desde la primera página, desvirtuando, distorsionando y haciendo tambalear el conocimiento que los lectores tienen de la obra clásica y universalmente famosa de Defoe, cambiando y poniendo en entredicho la historia que este narró, recreando unas historias absurdas y contradictorias y escribiendo un epílogo misterioso e insólito. El problema es que la provocación se sustenta en la inaudita y extrema crueldad con que trata a sus personajes. Cruso es eliminado de la escena para que no hable, Susan es caracterizada como una obsesiva paranoide y Viernes doblemente mutilado. Concretamente la mutilación de que es objeto este personaje es la mayor aberración que un autor puede cometer con un personaje.

Jon Rosáenz:

Sin incurrir en el manido tópico de “novela fallida”, lo cierto es que esta obra de Coetzee resulta exageradamente artificiosa. Y aunque evidentemente se trate de un artificio intelectual, cuyo objetivo primordial es llevar a término un acercamiento a lo inefable, salvo el último capítulo, que es exquisitamente literario y de una gran belleza estética, el resto del libro es un ejercicio intolerable de intromisión en la obra Robinson Crusoe de Defoe. Intromisión que se concreta en la irrupción en las vidas de Crusoe y Viernes de una mujer insufriblemente impertinente, la cual se considera más importante e inteligente que éstos y cuestiona, en todo momento, sus hábitos, costumbres y expectativas.