Cartas comerciales

Siento, muchas veces, inexplicablemente, la hipnosis del patrón Vasques. ¿Qué es para mí ese hombre, salvo el obstáculo ocasional de ser dueño de mis horas, durante el tiempo diurno de mi vida?. Me trata bien, me habla con amabilidad, salvo en los momentos bruscos de preocupación desconocida en que no habla bien a alguien. Sí pero ¿por qué me preocupa? ¿Es un símbolo? ¿Es una razón? ¿Qué es?

Fernando Pessoa

 

Entre las cuatro paredes de esta pequeña oficina comercial, la realidad es poderosa : unas cuantas mesas de oficina antiguas y grandes, algunas lámparas de luz tenue ayudadas en su trabajo por flexos que enfocan lo que hay que ver, las máquinas de escribir Royal repiqueteando todas las horas de labor insistentemente y el alma que son los actores de la escena, siete u ocho oscuros oficinistas echados sobre sus artefactos de escribir o de cuando en vez, corrigiendo las frases mientras chupan el lápiz corrector. No está claro el número total de redactores de cartas pues al lado de la puerta de acceso, hay un empleado poeta que hace tiempo que reposa en vía muerta y el ingente flujo de comunicaciones comerciales sólo le afectan de forma tangencial estando él ocupado en tareas más engorrosas pero igualmente importantes para la firma comercial.

Mientras la labor empuja, no hay tiempo para otros menesteres porque además la puerta del apoderado, continuamente abierta, traslada la física experimental a la estancia donde trabajan, propiciando una continua ósmosis de las partículas de las conversaciones - generalmente a sotto voce – incluso aquellas que se pretenden más inaudibles.

Las bisagras de esa puerta únicamente se desperezan con la llegada de una visita, usualmente un ejemplar de la gran escuadra de viajantes, con su maletín ajado y el sombrero polvoriento, siempre a punto de confesar algún extremo sobre el nivel de ventas o algún concreto problema que impacta sobre ellas. El apoderado le da la mano en el quicio de la puerta, pasea su mirada por las coronillas de los mansuetos con una media sonrisa satisfecha y vuelve a su mesa no sin antes haber cerrado tras de sí la puerta.

Salvo estos no demasiado prolongados interregnos, el resto de las horas las emplea en el teléfono que nunca para de sonar. Son conversaciones con interlocutores desconocidos para los empleados. El largo riiiiing reta al repiqueteo de las mecanográficas que no paran ni un solo segundo su sinfonía monocorde. El tono de voz suave, sin embargo, con el rostro ladeado respecto al umbral de la puerta, se hace inaudible desde el exterior del cubículo. Por otro lado, bastante tienen los empleados con escribir largas cartas comerciales y corregirlas hasta que parezcan correctas y convincentes pero, sobre todo, que estén al gusto del apoderado, ese genio que siempre sugiere alguna corrección para que el tono de lo expresado sea adecuado a su criterio y sus intereses.

A la hora del café, sin salir de la estancia, los mecanógrafos cuchichean sus fastamagorías laborales entre los usuales comentarios de las noticias normales de los diarios. Lo hacen en un pequeño archivo al que se accede por una pequeña puerta. Aquello es una tregua al fragor mecánico de las pulsaciones contantes. De cualquier forma, hablan muy bajo no vaya a ser que las paredes escuchen y le susurren lo dicho al apoderado. Este es un hombre jovial aunque maduro que tapa sus venenos con la mejor de sus sonrisas; es una sonrisa manantial que raramente desaparece como aquél que se sabe con el mundo a sus pies de forma permanente. La montura de sus gafas, la calva incipiente y una leve cojera completan el cuadro que corona una extraña sonrisa.

El juego al que se entrega el gato antes de matar el ratón es sólo una de las debilidades que aplica a sus empleados. Hay otra más estimulante que se basa en largas charlas con ellos, charlas que persiguen varios fines : el principal y más estimulante es psicoanalizar a sus subordinados para ver qué llevan dentro; informaciones, pensamientos y mayormente descubrir de que pie cojean, en sentido figurado, claro. Sus miedos, sus puntos de vista y, en fin, cualquier detalle informativo que pueda enriquecer el caudal que el apoderado mantiene indeleble en su privilegiada cabeza.

No por ser mencionado en último lugar es el menos importante pues hay una auténtica pasión que le arrebata de tarde en tarde y se alimenta de pequeños marginalia que irrumpen en las conversaciones de forma insospechada pero calculada. Son como esos pequeños venenos que se derraman y que aspiran a llegar al centro del alma humana para allí germinar y engendrar ramificaciones igualmente venenosas y de poderoso efecto torturador (¿destructor?). Estos comentarios en apariencia inocentes que dice al albur no son sino potentes cargas de profundidad que buscan – y vaya si lo consiguen – crear una animadversión entre los propios empleados para que luego se devoren ahí fuera acuciados por la envidia, la falsedad y la maledicencia; o simplemente evite que unan sus fuerzas no vaya a ser que un motín trate de hundir la nave que los lleva a todos.

Son las diez y un oficinista se acerca a su puerta entreabierta, toca con los nudillos y enseña una nueva carta ya terminada; no obstante, pervive alguna duda que el apoderado debe exorcizar y tras la lectura pausada y conjunta del texto comercial, con una falsa amabilidad, tan falsa como poco amable, bosqueja algunos detalles sin titubear, como si fuera algo pensado y aprendido hace mucho tiempo y que estaba bajo su calvicie y ha echado a volar de súbito partiendo de su boca. No será tampoco un único comentario pues el pobrecito empleado debe ocupar su tiempo en bien del negocio y el apoderado debe demostrar que se las sabe todas; debe demostrar, en una palabra, que se gusta mucho a sí mismo pues así se lo han reconocido los truchimanes que han depositado tan gran responsabilidad sobre sus hombros, nada más y nada menos que regir la oficina comercial más grande de la empresa al norte del país.

El empleado, con la rutina sabida por tantas cartas y momentos pasados, vuelve a su máquina, introduce un papel en blanco, se pone las lentes para ver de cerca y trata de ejecutar el texto bajo las exactas y detalladas explicaciones del apoderado quien mientras, medio sonríe satisfecho en su despacho.

Al terminar la carta, saca el papel del rodillo con lentitud, y se acerca al despacho a entregar su mejor versión del texto comercial tras las correcciones propuestas. Se sienta enfrente de él y éste comienza a leer. Hay unos detalles sin importancia que también deben ser subsanados aunque la opinión del oficinista es que no cambian el sentido de la carta.

En la última entrega, el superior queda satisfecho y el empleado sale a grandes zancadas con alivio. La carta queda sola sobre el escritorio por unos momentos. El apoderado se pone sobre su máquina particular, mete la hoja suavemente moviendo el rodillo y prepara el papel para escribir al final del texto, sobre el margen inferior de la hoja. Entonces, con una sonrisa completa y una pasmosa e íntima seguridad, digita lentamente :

Sin más, se despide con un afectuoso saludo

Florencio Madina

y después se quita los lentes y firma con una ampulosa y rápida firma que tiene el valor de una bendición.