Asesinato de Irene Castaño : apuntes de una investigación

Lo único humano de la vida nos impregna antes de los veinte años, después todo es retórica…Bella sentencia, algo literaria me temo hasta que explotó con toda su potencia durante el asunto del asesinato de la presidenta de la Diputación.

León es una tierra infantil, primigenia y como tal única. Su mismo origen la delata: lugar de asentamiento de la Legio VI, un campamento romano, un juego. Debemos entender, por tanto, que presente todas las virtudes y carencias de tal atributo y conviene asumirlo antes de conocerla. Yo no lo sabía.

Me cuesta mucho escribir y más aun cuando se trata de mis cosas. Me entra algo parecido a una ansiedad epiglótica, como un vómito vamos, una arcada emboscada. Si sumamos mi falta de talento para las redacciones con mi arraigada timidez obtenemos como resultado este zurullo. Siempre he sido retraído y tímido, misántropo diagnosticarían los psicólogos en una etapa adulta. No me gustan las gentes, así en general, ni contar mi vida a nadie. Pero me he propuesto, vaya usted a saber por qué, escribir el relato de esta ultima –como denominarla- “peripecia” mía, la de León, la del asesinato de la diputada… Habitualmente no escribo ninguna de mis otras “peripecias”, ni se me pasa por la cabeza. Ya se encarga el Moli de venir a pedirme sopitas para hacerlo. El Moli es un viejo compañero de colegio con el que he mantenido contacto. Era un friqui de esos que ahora se ven por la tele. No salía de casa ni para ir a los futbolines, siempre con sus coches y sus soldaditos, a todas horas cantando canciones de Karina y hablando de su abuela de Bélgica. Un friqui. Ahora, ya adulto, parece que ha encontrado otros como él y cada mes se reúnen para hablar de libros y cada seis para leer los cuentos que escriben, ¡manda rosas a Sandra! Así que cada poco me llama y me pide que le cuente mis “peripecias” y yo que aunque misántropo tengo debilidad por los friquis pues voy y se las cuento. También ayuda que me invite a comer en su casa un pollo al chilindrón que prepara con la receta de su abuela (la de Bélgica no, la otra) que sabe a gloria y unos apoteósicos canutillos de crema que no se de donde se ha sacado (el dice que es una receta de casa, pero yo creo que la ha copiado del canal cocina del que no pierde ripio). Por supuesto le he prohibido que me pase jamás esos cuentecillos infames…

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Todo comenzó una mañana en la que el teléfono, habitualmente silente, se puso a sonar con ese ritmo telegráfico que anuncia una llamada externa. Me estremecí un poco, desde que había aterrizado en Arkaute gracias a las habilidades de mi ex esposa y mi falta de dogmatismo jeltzale, solo ella utilizaba ese medio para acusarme de no estar al corriente del pago de no sé qué pensión alimenticia o de alguna otra patraña similar (se casó en segundas nupcias con un alborotador de la construcción que auguraba entonces un futuro de esplendor “como yo me merezco, ya basta de mediocres” pero entre el pinchazo de la burbuja y algunas irregularidades fiscales que un periódico sin escrúpulos sacó a la luz, el prometedor selfmade man se quedó en un sufléman y claro, mi encantadora “ex” pretendía que yo le reparase semejantes desconches económicos). En esos casos siempre acabas descolgando y yo hice lo propio.

- Buenos días ¿el señor Alberto Fernández, por favor?

- Si soy yo, ¿con quién hablo?

- Me llamo Joaquin Orive…Aunque mi nombre es lo de menos, le llamo a usted porque preciso de su ayuda en un asesinato.

- Entiendo…pero yo no me dedico a esos asuntos. En efecto pertenezco a la policía vasca pero al Departamento de Formación de nuevos policías, en concr..

- Sí, lo sé. Me han informado pero también sé que es usted muy hábil en investigaciones paralelas exitosas y ese es el motivo de mi llamada. Comprendo que se sienta usted desconcertado pero permítame que le cuente mi propósito y luego decide, ¿le parece bien?

Recuerdo la conversación con detalle, la serenidad que transmitía la voz de mi interlocutor invitaba a escuchar, a asentir, a dejarse llevar. Creí distinguir un acento del occidente. Acepté.

- Seguramente usted habrá oído hablar del asesinato de Irene Castaño…

- Pues no, francamente…

- Y si le digo que se trata de la presidenta de la Diputación de León, ¿le suena entonces?

- Sí, creo que leí algo en la prensa…

Irene Castaño, como decía presidenta de la Diputación de León, fue asesinada a tiros por Mercedes García, confesa y amiga mía, aunque ella no sea consciente de serlo.

- ¿No es consciente de que son amigos?

- En realidad no, somos compañeros de junta directiva de la Asociación Belenista de León y aficionados convictos. Le puedo asegurar a usted que la verdadera personalidad de cada cual solo aparece cuando participa en estas cosas sin ánimo de lucro, ni objeto de vanidad. Mercedes es una persona de una pieza, dulce, trabajadora, muy inteligente, alegre, generosa…

- Y por lo visto también asesina y perdone que sea tan brusco…

- No voy a negarlo pero de ahí mi proposición. No me puedo creer que Mercedes haya llegado a tal extremo por una venganza vulgar como la que cuentan los periódicos, no es posible.

- ¿A qué se refiere?

- La tesis más extendida se basa en una venganza ya que Irene Castaño despidió personalmente a la hija de Mercedes de un puesto en Diputación. Como decía una vulgaridad que no encaja con el carácter y principios de Mercedes.

- Parece que usted la conoce muy bien ¿no?

- Sí, ya sé que resulta extraño tanto interés por una simple compañera belenista. Ya supongo que piensa usted que estoy enamorado de Mercedes. Es posible, no voy a negarlo pero no se trata solo de eso, necesito que se sepa la verdad por mi propia tranquilidad.

- ¿Y qué pretende de mí?

- Pues eso, que averigüe la verdadera razón que impulsó a Mercedes a asesinar a Irene Castaño.

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A las puertas del Juzgado de Instrucción numero 4 de León me esperaba un viejo compañero picapleitos que conocí durante una instrucción cuando aún era policía en activo (por lo que ahora me pagan no se puede considerar una actividad digna de ese nombre), se llama Luis Tomás Sánchez y como siempre me recibió con una sonrisa afable y una mirada un punto más que irónica.

- ¿Qué se le ha perdido a un bonvivant como tú por estas tierras tan aldeanas?-, ironizó con un gesto exagerado.

- ¿Has engordado o esperas familia, Luisito?-. Se le amohinó la cara mientras con un escorzo casi imperceptible atisbó su reflejo orondo en una puerta de metacrilato. No tenía ni tiempo ni ganas de aguantar los sarcasmos de un tenorio aficionado como ese.

- Bien…-carraspeó como un catedrático-, me dijiste que querías leer el sumario del caso Castaño. Ya sabes que es caso casi cerrado, culpables confesos y pruebas rotundas y sumariales.

- Sí, ya he leído todo eso, me interesa el caso desde un punto de vista…intelectual, casi psicológico. Ya sabes de mis rarezas.

- Tú sabrás, no puedo ni quiero entender que te trae por aquí aunque se me antoja escabroso. Sígueme y te acompaño a la dependencia de sumarios. Déjame que hable yo, ni te identifiques, ni pongas excusas, ni mentes que eres ertzaina, por lo que más quieras.

Después de interminables horas de lectura de un sumario puntilloso y excesivamente técnico solo tomé nota de una frase, “El móvil del crimen se inscribe en una venganza familiar tras el despido laboral por parte de la victima Doña Irene Castaño de la imputada e hija de la principal acusada Doña Macarena Marín. En efecto la citada imputada trabajó durante cuatro años y cinco meses como Ingeniera para la Diputación de León ejerciendo labores de asesoría y asistencia a los ayuntamientos leoneses en temas como redes, infraestructuras de telecomunicaciones, banda ancha, televisión Digital terrestre y otros. Tras ese periodo la víctima ejerciendo las funciones que su cargo le otorgaba despidió fulminantemente a la imputada Doña Macarena Marín”.

A quien le interesa un móvil cuando ya tienes una confesión y cientos de pruebas y testimonios acusatorios. Cuatro tiros alevosos a quemarropa por un despido a una hija, si lo dice el sumario será verdad.

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Tenía hambre y decidí caminar por el paseo que bordeaba el Bernesga, rio menor con canalización mayor como si la ciudad infantil aun necesitara un gran rio para volver a ser lo que fue, panteón de reyes. Todas las nuevas infraestructuras del León moderno se situaban a este lado del rio, en su ribera derecha, una zona inhóspita y sin tabernas que se precien de ese nombre, así que no tuve otra que colarme en el bar de la estación de Autobuses, plagado a esas horas de estudiantes y aldeanos encamisados para gestiones capitalinas. Atrincherado en un ciento de servilletas rastreras, di cuenta fugaz de un pepito de ternera con pimientos de Cacabelos y un chato de vino de mencía. Preferí no desaguar en semejante espacio insano y decidí dejar el alivio para la siguiente parada.

- Por favor, ¿me indicaría usted como llegar a la Escuela de Ingeniería Agraria de Leon?-, pregunté a un camarero con terno otrora blanco.

- Pues no le sabría decir con exactitud. No soy de aquí, sabe usted. Vine a trabajar desde Vitigudino hace poco más de un año y aun no me he hecho con la ciudad. Pero espere que llamo al cocinero que ese sí que es paisano y seguro que le indica. Espere usted, ¿quiere que le ponga otro chato mientras?

- No, muchas gracias, aun tengo el anterior atravesado.

Unos minutos y algunos alaridos ininteligibles precedieron a la llegada de un individuo grande y peludo, a la sazón leones y que justificaba el aspecto del local.

- Dígame ¿en qué puedo ayudarle?

- Le preguntaba a su compañero que como llegar a la Escuela de Ingeniería Agraria de León.

- Huí, eso queda lejos…Además es todo autovía, atravesando la avenida de Portugal. Mejor coge usted el autobús, el treinta y siete creo que pasa por allí.

- Gracias, muchas gracias.

El taxi me dejó en uno de esos campus asépticos y verdes que proliferan en las capitales de provincias tras la burbuja inmobiliaria. Fresco y sano parecía el edificio con frontispicio en ladrillo sesentero. Me dirigí a las oficinas del rectorado para entrevistarme con el titular.

- Pues si, como ya le dije a la policía la Señora Macarena Marín trabajaba aquí hasta que…bueno ya sabe hasta lo del asunto de la Diputada.

Me costó una buena dosis de paciencia y explicaciones algo barrocas conseguir que un hombrecillo enjuto y encogido accediera a entrevistarse conmigo y a contestar a mis ingenuas preguntas.

- Y exactamente ¿a qué se dedicaba la Señora Marín en la Escuela y qué tipo de contrato le ligaba con ustedes?

- Bueno, era profesora auxiliar de Automatización y Procesos y no tenia plaza fija, cada año íbamos renovándole el contrato.

- ¿Cuántos años llevaba en la Escuela?-. El funcionario se restringía a mis preguntas, inexpresivo, inalcanzable.

- Tres, que yo recuerde.

- ¿Pretendían mantenerle en contrato en cursos futuros?

- Bueno eso lo decide el Consejo cada año…

- Pero usted tendrá una idea de cuales son más o menos las intenciones para el futuro y si estaban contentos con ella y si había más gente capacitada para ese puesto, en fin una idea del futuro profesional de la Señora Marín en esta institución seguro que tiene ¿no?-. Traté de impedir que aflorara la impaciencia pero se me hacía difícil y los pimientos no ayudaban precisamente.

- Bueno…creo que podría afirmar con todas las reservas necesarias que, teniendo en cuenta su formación especializada y su desempeño, contábamos con ella para todo el plan trianual puesto en marcha por este equipo rectoral.

- Y para terminar ¿qué sueldo tiene una profesora auxiliar? Si no es indiscreción.

- Para nada, aparece en el BOE así que es de dominio público, unos tres mil euros al mes.

Ya con el espíritu calmo y el cuerpo restablecido a base de cecina y solomillo de Riaño, meditaba sentado en un banco de piedra a las puertas del Hostal de San Marcos sobre las magras alforjas que la jornada me había deparado. La luces ultimas del día llenaban toda la fachada de aquel viejo convento y hospital de peregrinos de misterio cuando milagrosamente me vinieron a la mente aquellos versos de Gil de Biedma, “estábamos tranquilos los mayores/y tú vienes a herirnos, reviviendo/los más temibles sueños imposibles, /tú vienes para hurgarnos las imaginaciones”. Dormí plácidamente en mi celda con las rimas velando mi sueño.

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No había química entre nosotros, debo reconocerlo. Nunca compartimos cama y me alejó de mi hija desde el principio. Mi trabajo en Astorga no ayudó nada, claro está. Pero eso que se ha dicho que yo era amante de Irene Castaño era una calumnia, jamás engañé a mi esposa con Irene. Además apenas la conocía…

El marido de Mercedes García resultó tener un verbo fácil y desbocado. No calló en toda nuestra entrevista que para quitar hierro había concertado en la barra del bar La Bicha tras una ración de morcilla leonesa antológica y unas rebanadas de pan de hogaza untadas con mantequilla de la montaña. Llevaba Pedro Luis Marín –que a si se llamaba el interfecto- ya cuatro vasos de un mencía de esos de carácter para aplacar todo el condimento de la morcilla desmenuzada cuando rompió a sollozar con hipidos ahogados mientras soltaba una retahíla de frases inconexas.

- Tranquilo Pedro, tranquilízate - decidí tutearle-. Estoy seguro que tú no tienes la culpa de nada...

- No me lo puedo creer. No era cariñosa pero era una buena mujer, muy inteligente y responsable y generosa. ¡No puede ser!-. Se había calmado un poco pero aun costaba entender lo que balbuceaba y no ayudaba que aun tuviera en la boca un trozo de pan a medio masticar que le animé a que escupiera antes de seguir hablando.

- Pedro, estoy seguro que las dos te querían mucho y que en los motivos que tuvieran para hacer esa barbaridad tú no tienes nada que ver. Además aunque las relaciones con tu esposa no hayan sido fluidas, una hija es una hija…-. Se había calmado y apuraba el quinto vaso.

- Bueno siendo honestos tampoco es mi hija…-. Noté como un sentimiento de culpa en su voz, ya bajo los efectos de la congoja y el mencía.

- ¿Ah, no?-, pregunté asépticamente.

- No, en realidad era fruto de una relación anterior de mi mujer que jamás me reveló. Alegaba que era un episodio que quería olvidar y del que no deseaba que nadie tuviera recuerdo alguno. Parece ser que el padre natural se abrió cuando supo lo que venía, o eso al menos creo yo…Al poco llegué yo y le di mi apellido.

La imagen octubrina del porquero cebando al cerdo a base de bellotas del calendario agrícola de san Isidoro se me quedó incrustada el resto de la tarde. Tanto es así que del paseo por lo alto de las vidrieras de la magnífica catedral gótica y del cuchifrito que me espabilé no recuerdo apenas nada.

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La estación de vía estrecha de San Feliz de Torio no es poca cosa. Mantiene una casona de dos pisos con estructura ferroviaria y con fábrica de palacio. Uno aborda el pueblo con otro talante, luego la presa y un par de casas blasonadas de pasadas hidalguías lo reafirman, el talante digo. Maria Concepción Lorenzo me estaba esperando a la puerta de su casa, paciente, reclinada contra la pared en una banqueta de enea. Me sonrió e invitó a que pasara. La umbría fresca de la casa me saludó y yo agradecí la bienvenida porque la mañana ya era pesada. Encima de una mesa de roble de una pieza descansaban una cafetera humeante, un cántaro con leche tibia y una fuente preñada de mantecadas que daba gloria verlas. Me invitó a sentarme y hacer uso de todo aquel banquete y yo no dudé.

- Así que usted es la prima de Irene ¿no?-, pregunté tras engullir la tercera mantecada bien bañada en un café de puchero con su nube de leche y sus natas y su todo…

- Pues sí, así es- su voz ayudaba a desayunar.

- Pues, siento lo ocurrido por lo que le toca- dije tan educadamente como supe y pude.

- No se preocupe, mi prima y yo no hacíamos precisamente buenas migas.

- Entiendo. No quisiera molestarla mucho pero me sería de gran utilidad si usted me diera unas pinceladas de cómo era su prima, me ayudaría en la investigación-. Asintió solicita y sin dejar de sonreír.

- ¿Conocía bien a Irene?

- Es difícil de decir… pero creo que suficientemente bien. Mientras vivió en el pueblo con sus padres nos veíamos de continuo y luego cuando se fue a León también coincidíamos los veranos.

- ¿Y cómo era?

- Sus padres tenían coche, uno muy grande antiguo, un “peyó” le decían, ella se sacó el carnet muy pronto y yo fui detrás. Me dejaba practicar con su coche –bueno, el de sus padres- por el barbecho para luego cobrarme la gasolina sin que sus padres supieran nada…Así, más o menos, era mi prima.

- ¿Egoísta?

- Egoísta, espabilada, oportunista, mandona…se creía elegida para grandes cosas. En fiestas, si el mozo más guapo del pueblo no la sacaba a bailar ya se encargaba ella de sacarle los ojos a la que él hubiera elegido. Cuando su madre volvió al pueblo ya muy mayor y se demenció, yo misma la telefoneé para avisarle de lo que pasaba y me mandó dinero para que la metiera en una Residencia. Me escribió una nota donde me explicaba que no tenía tiempo para “estas cosas”-. Seguía sonriendo a pesar de todo, una sonrisa tenaz de una mujer rotunda.

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Un camión de reparto me depositó en la entrada del restaurante La Encomienda en Hospital de Órbigo donde debía realizar mi siguiente diligencia.

- Buenas, ¿es tarde para comer? - frisaban casi las cuatro cuando traspuse la puerta de un salón fresco y luminoso, decorado como un patio de una casa de labranza.

- No, aquí nunca lo es. ¿Le apetece un escabeche y una trucha laureada?-, preguntó conociendo de antemano la respuesta.

- No hay más que hablar, y ¿de beber?

- Pues solo puede ser un Prieto Picudo bien fresco.

- Pues será.

Nunca una trucha ofreció más, ni un ser humano estuvo más agradecido a tan modesto pez. Apuraba las peces de la última copa de aquel bálsamo rosado que como el de Fierabrás curaba de todos los males cuando se acercó Antonio, que así se llamaba el jefe de aquel edén, socarroneando.

- Que, ¿cómo estaba la trucha?

- Descomunal- grité. Rió para adentro y me ofreció postre y café. Pedí un poco de queso de Valdeón y un cortado y me atreví a preguntar.

- ¿Conoce usted la Agencia de Promoción Turística del pueblo?-. Me miró receloso, le cambió el gesto y me espetó.

- Sí, claro… ¿viene usted a lo del morbo del asesinato?-. Tuve que improvisar.

- No, en realidad quiero reservar plaza para la próximas Justas, del Passo Honrosso creo que les dicen.

- Pues llega usted tarde. Fueron el mes pasado-, contestó desconcertado.

- Sí lo vi por la tele y me entro tal comezón que en cuanto he tenido un rato he venido a conocer el pueblo y a reservar plaza para el año próximo-. Mentí bien, sin azorarme y parece que Antonio tomo el anzuelo, como las truchas que prepara.

- Perdone usted. Es que estamos ya hasta el gorro en el pueblo de que la gente venga a husmear tan solo porque aquí trabajaba la asesina de la diputada esa de León. Ya habrá oído o leído.

- Sí, ahora que lo dice, algo me suena- respiré. Mantenía la sana intención de poder volver, libre de pecado, a degustar las truchas.

Atravesé el puente medieval, largo, casi eterno. Y al otro lado un pequeño local en chaflán con un cartel en letras góticas anunciaba mi destino.

- Buenas tardes.

- Hola- me saludó afable un hombre con ropa de marca.- ¿Qué se le ofrece?

- ¿Qué largo el puente para tan poco río, no?

- Bueno en su tiempo, antes de los embalses, el rio Órbigo era un rio con mucho caudal. El puente tiene nada menos que diecinueve arcos con tajamares y todo y…

Empezó a contarme orgulloso las maravillas del pueblo, sus monumentos y sus justas, gesticulando sin parar, declamando las más de las veces. Le di carrete y cuando ya lo tenía encelado le interrumpí.

- ¿Conocía usted a Mercedes García?

- ¡Acabáramos! Ya me parecía raro tanto interés así sin…

Tuve que darle explicaciones, razones y argumentos para convencerle de que me hablara de Mercedes. Resultó ser extremadamente desconfiado, tanto como relamido. Me confesó que fueron compañeros durante dos años y que Mercedes era una mujer normal, trabajadora y eficiente pero muy normal. Y terminó:

- En realidad a mí nunca me simpatizó. Era muy, como decirlo, sí, hombruna. Aseguraba que los hombres somos una raza inferior… ¿como decía? ¡ah, sí, ya recuerdo! “peneadictos” nos llamaba. Una histérica.- Hablaba mirando al infinito y antes de que bajara de la nube para volver conmigo yo ya estaba cruzando el puente de vuelta.

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Otro atardecer en el mismo banco, con las alforjas otra vez vacías y nuevamente que aparece Gil de Biedma: “tú vienes para hurgarnos las imaginaciones”.

Por la mañana durante el desayuno mientras daba cuenta del yogur con mermelada de moras y miel, me volvió el poema y supe como planificar una jornada que la tarde anterior se presentaba en blanco.

Subí a mi celda y descolgué el teléfono y marqué un número de Carrizo de la Ribera.

- ¿Sí, dígame?- una voz femenina, triste, lejana me apremiaba.

- Hola, buenas ¿es usted la madre de Mercedes García, Doña María Luisa Conde? Me llamo Alberto Fernández, soy policía y Joaquin Orive, a quien creo que conoce, me dijo que le llamara para hacerle unas preguntas.

- Discúlpeme no me encuentro con ganas de hablar, ya sabrá usted perdone…- interrumpí, no podía dejar que me colgara.

- ¡No, no me cuelgue por favor! El señor Orive cree que su hija no es como dicen que es y me ha pedido que lo demuestre y para ello necesito su ayuda, por favor no me cuelgue…-. Un largo silencio al otro lado pero de momento la línea permanecía abierta. Me dejé llevar y esperé pacientemente.

- Dígame- balbuceó.

- Sólo quiero hacerle tres preguntas, ¿me permite?

- Bien, hágalas.

- ¿Cómo es Mercedes?

- Una chica maravillosa, hacia dentro pero maravillosa. Es generosa, inteligente. No ha tenido suerte, desde muy pequeña la tristeza le rondaba…no ha tenido suerte-, la voz se perdía en una emoción contenida, seca ya de lagrimas.- No entiendo nada…

- ¿Me podría decir el nombre de algún compañero o amigo de la infancia o juventud?

- No, sólo tenía amigas, desconfiaba de los hombres. Yo intentaba que se echara novio pero no hubo manera. Tengo mala memoria y no sabría recordar el nombre de ninguna fuera de las del pueblo que la conocieron poco…

- Entiendo, ¿en qué colegio estudió?

- Aquí en las escuelas, en León en el Colegio de la Asunción. Era la tercera pregunta con su correspondiente respuesta y María Luisa Conde cerró la conversación sin despedida posible.

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- Madre, necesitaría consultar el anuario o álbum o como le llamen del curso del setenta y cuatro o setenta y cinco, ¿es posible?

- Pide usted cosas muy raras, buen hombre y más no siendo familiar de alumna alguna, porque ¿así es, no?-. Era una monja de azul de las de toda la vida, con cara de esas redondas de toda la vida, con sonrisa de desconfianza como de toda la vida. Le conté una milonga policiaca aportando mi documentación en un visto y no visto, como los timadores profesionales. Vaciló pero me dejo curiosear y con la tremenda fortuna de que llamaron a la portería y tuvo que bajar un ciento de escaleras -aquel colegio era inmenso- y ya no volvió por allí.

Descendía de aquella mole neoclásica con hornacinas, tímpano y torre con una media sonrisa en la cara, efectivamente en el curso del setenta y cuatro Irene y Mercedes habían coincidido en este colegio y en la misma clase, solo ese curso. Ya en el siguiente solo aparece Irene. Y como premio llevaba bajo el brazo el anuario de aquel año que erróneamente las monjitas llamaban Memorándum.

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Pasé la tarde en mi celda pegado al teléfono, encargué cerveza, tostas de cecina con alcaparras, empanada de patata y unos almendrados y me puse a ello. Primero llamé a Arkaute a un colega de fiar y le pedí que me encontrara unos números de teléfono correspondientes a unos nombres que le proporcioné. En menos de una hora tenía ya la respuesta al otro lado del auricular, no completa pero muy cumplidita.

Al cuarto intento, éxito. Teresa Maniero, ama de casa y con voz de rubia teñida recordaba a Mercedes y a Irene. Aseguraba que Irene se comportaba como una tirana y que necesitaba ser delegada pero que Mercedes acababa triunfando en las votaciones “aquellos fueron los primeros cursos en qué votamos para delegada, ¿sabes? Fue muy emocionante y nos lo tomamos muy en serio.” Atribuía a Mercedes dotes de líder natural “como Zapatero, ¿sabes?” Creía recordar que a mitad de curso Irene y Mercedes se hicieron muy amigas lo que sorprendió mucho a la cátedra, “pero quien lo sabe bien es Vega, llámala, es muy maja”.

Lo hice. Vega Sampedro, divorciada y ansiosa, confirmó punto por punto toda la tesis de su compañera “es una maruja pero legal. Solemos tomar café y le invito a que venga al club de separados pero dice que le da corte que ella está felizmente casada. ¡Ja!, le digo, no existe ninguna mujer felizmente casada”. Añade que hacia el final de curso Irene y Mercedes dejaron de aparecer juntas y que el curso siguiente Mercedes dejó el Colegio sin razón aparente.

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Ya era noche cerrada y el Bernesga languidecía oscuro y mutilado. Era la cuarta vez que repasaba el anuario, mis notas y los teléfonos y seguía sin entender por qué se fue Mercedes del Colegio, por qué se convirtieron en amigas intimas dos personas tan diferentes, la fiera corrupia de Irene y un espíritu libertario como el de Mercedes, algo se me escapaba por entre los dedos, algo que casi asía, algo viscoso.

Ya por la mañana encargué café y suizos. La camarera que llamó a la puerta con la comanda me recordó instintivamente a la monja portera del Colegio de la Asunción. Aquello no sé por qué extraña asociación de ideas me divirtió y le largué una generosa propina.

- Muchas gracias caballero, no era necesario- se sonrojó en un tono agranado.

- No se preocupe. Considérelo mi agradecimiento por un reposo tras una noche espartana. Por cierto, ¿no tendrá usted una tía monja o algo así, verdad?

- No,…no…no creo, ¿por qué lo dice? Sí, ya sé que tengo cara antigua pero es que no me gusta maquillarme porque me seca la cara y me salen granos y marcas y…

- Olvídelo, son cosas de un sonámbulo. Y no se preocupe es usted guapa, se lo aseguro-. En ese momento me vino a la mente una posibilidad y me lancé como un poseso a por el anuario. La camarera huyó, supongo, escandalizada de que se alojen semejantes especímenes en lugares tan civilizados.

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El monasterio y el colegio presentaban la misma advocación pero esa era la única coincidencia. Llegué de nuevo a Carrizo de de la Ribera bien entrada la mañana, un pueblo abierto, con un rio fogoso y cantarín y una piedra caliza que invita a quedarse una buena temporada. Lo mismo ocurría con el Monasterio –que compartía dos órdenes la del Cister y la trapense y que compartía asimismo sexos-, un edificio sencillo, según las estrictas reglas de construcción del Cister, pero al mismo tiempo conmovedor.

- Buenos días, hermana, necesito hablar con Ana María Sánchez Abril que creo profesa en este Monasterio-. Se hizo un silencio monacal en aquel cuartito que hacía las veces de puesto de entrada, de venta de miel y pastas y de comienzo de visita turística.

- Esto es irregular, sabe usted. Las visitas a los monjes o monjas precisan una cita previa. En fin hablaré con la Madre Superiora por si lo aprueba-. Le llevo varios e interminables minutos pensar esta parrafada burocrática y solo unos pocos segundos soltarla en una especie de gregoriano farragoso.

- Eso, hable, hable, hermana. Dios se lo agradecerá, se lo aseguro.

Partió presta hacia las dependencias del Monasterio y yo me quedé allí solo rodeado de libros santos, de postales litúrgicas, de cajitas de dulces y de tarros de miel de milflores. Abrí un libro, “La regla de San Benito” se titulaba y comencé a ojearlo. Ya iba por el capitulo setenta y dos, que establece el buen Celo que deben tener los monjes “Nadie buscará lo que juzgue útil para sí, sino, más bien, para los otros” cuando regresó mi mensajera con las nuevas de dentro.

- La madre accede pero la hermana Ana María no. Dice que no tiene nada que hablar con usted. Lo siento. Había previsto este contratiempo y llevaba preparada una nota para la hermana donde explicaba el caso y mi misión en un tono melodramático.

- Entiendo. En todo caso, ¿podría pasarle esta nota a la hermana Ana María? En ella le explico las razones por las que necesito entrevistarme con ella. Désela por favor es muy importante-. Forcé el gesto y timbré la voz tanto como supe para tratar de conmover a la monja, creo que lo conseguí a juzgar por el pañuelito que saco de un saquito que colgaba de la correa de cuero.

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Regresé a León, compré provisiones para varios días. Conocía de tiempos pasados una pequeña librería de barrio en la plaza de Santo Domingo y descubrí con satisfacción que aun sobrevivía. Recordaba al dueño, un tipo con criterio y palabras precisas.

-Disculpe, por diversas circunstancias tengo que afrontar una larga espera, ¿me podría recomendar alguna lectura para amenizarla?- Me miró franco, aguzó el gesto, subió unas escaleras estrechas y oscuras que daban a una especie de almacén abuhardillado y regresó al cabo con cuatro tomos gruesos encuadernados en azul y con aspecto de haber sido usados.

- Tenga usted. Ha tenido suerte. Las obras completas de García Pavón. Las acabo de recibir. Son setenta euros-. Sonreímos los dos en un gesto cómplice, pagué y me fui.

Ya en mi celda me dispuse a esperar.

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Si yo tuviese talento para ello, me gustaría hacer de Plinio, no un exclusivo investigador de crímenes, robos y secuestros, sino de sucesos humanos no codificados, cuyo fruto, en lo bueno y en lo malo, conforma la convivencia humana…” Leía el tercer tomo de las obras completas de Pavón y por fin sonó el teléfono. Descolgué con precaución, casi con miedo.

- Soy Alberto Fernández, ¿Con quién hablo?- me identifiqué de antemano para aligerar el terreno.

- Hola, soy Ana María Sánchez del Monasterio de Carrizo. He leído su nota y voy a contarle la historia.

- Bien si quiere me puedo acercar y….

- No, nada de visitas, se lo voy a soltar todo por teléfono y ahora, así que tome nota porque no voy a repetir nada. ¡Ah! y no me interrumpa, si quiere al final me puede hacer alguna pregunta-. Hablaba apresurada como si tuviera una carga insoportable que le oprimiera por dentro.

- Acepto.

Y habló durante más de media hora y me contó la historia de Irene y Mercedes con más detalles de los que yo hubiera podido suponer. Me contó que Irene odiaba compulsivamente a Mercedes. Me contó que Mercedes era con mucho la más inteligente del curso y era patente y notorio. Me contó que Mercedes organizaba clases paralelas por las tardes para todas las que quisieran y explicaba las dificultades de las asignaturas, especialmente las científicas. Me contó que Mercedes que ya conocía la filosofía clásica la incorporaba a las clases con mucho éxito. Me contó que ella misma asistió y que era muy divertido e intenso y todas estaban encantadas. Me contó que Irene jamás asistió y que por eso odiaba a Mercedes. Me contó el episodio de la elección de delegadas confirmando la versión de Teresa Maniero. Me contó que Irene ideó un plan para “cargarse” a Mercedes.

- Irene era muy intuitiva, en seguida era capaz de identificar los puntos débiles del enemigo, como un general en el campo de batalla. Y descubrió en Mercedes una homosexualidad incipiente y se lanzó a por la presa. La sedujo y consiguió que se enamorara perdidamente de ella. Irene no era guapa pero sabia como utilizar sus discretos encantos. Salieron varios meses, consiguió que Mercedes renunciara a sus clases paralelas y que dimitiera como delegada –vacante que Irene consiguió inmediatamente y por aclamación-. Una vez conseguidos sus pacatos objetivos se cansó de ella. Irene no era lesbiana aunque este asunto nunca lo he tenido muy claro. Cuando Irene se dejaba llevar por el sentimentalismo su mirada hacia Mercedes se llenaba de una luz que expresaba algo más que interés, pero esto es una opinión muy mía y que no concierne a la historia. Para deshacerse de ella se valió de métodos despreciables. Obligó a Mercedes a besarse con una prostituta y la fotografió en secreto. Al poco de esto quedó con ella le dijo que no quería volverla a ver, la tachó de tortillera, de viciosa que solo quería aprovecharse de ella y no sé que otras porquerías mas. Obviamente Mercedes se deprimió, más que por desamor por incomprensión. Dejó de asistir a clases y luego abandonó el colegio. Y como broche Irene le amenazó con enviar la fotografía de marras a sus padres y amigos en caso de que Mercedes pretendiera defenderse públicamente- .Soltó todo este discurso de una sola vez y como si lo tuviese previamente memorizado. Después solo se escuchó un suspiro pequeño.

- Gracias por su sinceridad Ana María, ¿puedo hacerle unas preguntas ahora? Serán pocas, se lo prometo.

- De acuerdo, hágalas.

- ¿Cómo conoce usted esta historia tan en detalle?

- Yo era la mejor amiga de Irene, vaya usted a saber por qué pero a los dieciséis años quién es coherente. Y me la contó entera. Me hizo jurar por Dios que no se la revelaría a nadie, yo entonces ya era muy religiosa y ella, como no, lo sabía.

- Supongo que una mujer del carácter de Irene no podía pasar sin contar su “hazaña” a alguien y le eligió a usted por razones obvias.

- Sí, así fue.

- ¿Por qué me la está contando ahora quebrantando su juramento?

- Leí su nota. No sabía lo del asesinato de Irene y me sentí en la obligación de atenuar la culpa de Mercedes que a pesar de todo siempre me pareció una mujer cabal.

- ¿Sabe que ha sido de la foto?

- Va camino de su hotel en un sobre con su nombre.

- Y colgó.

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- Señor Fernández, ha llegado un sobre para usted- me comunicó solícito el recepcionista de las mañana que llevaba ya varios días pretendiendo pelar la pava conmigo con un éxito escaso.

- Gracias- contesté escueto y huí del mostrador hacia mi celda.

Coincidí con la hermana Ana María en que la imagen causaba repulsión. Una jovencísima Mercedes se besaba mirando a cámara con una mujer mucho mayor que ella y con los labios enmarañados en rojo. Las dos caras resultaban como se podría esperar, una forzada, la otra profesional. En el caso de la segunda la lengua asomaba por la comisura.

No era suficiente, no era aquello, seguro. Era algo pero no todo. Y Gil de Biedma volvió a resucitar. “Que aunque el gusto nunca más/ vuelve a ser el mismo, / en la vida los olvidos/ no suelen durar.” Y volví a la fotografía y observé otras imágenes de las dos mujeres ya adultas y de la hija de Mercedes. Irene tenía unos ojos como de miel, duros, acerados. Los de Mercedes sin embargo eran oscuros, muy oscuros y tristes. Y Macarena tenía los mismos ojos que su madre. Los mismos.

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Un amable funcionario catastral me acababa de confirmar que Macarena era hija natural de Mercedes Garcáa y adoptiva del matrimonio Garcia-Marín tal y como yo sabía por el marido de Mercedes. Caminaba ligero y en ayunas hacia el domicilio del médico de cabecera de Mercedes, sin saber aun como abordarle.

- ¿Doctor Ibáñez? ¿Es usted el médico de cabecera de Mercedes García?

- Sí y sí. Ya me interrogó la policía de aquí no se que tiene que ver la policía vasca en este asunto.

- Ya le he explicado que he venido a título personal y represento los intereses de Mercedes de una manera indirecta. Entiendo que se pueda sentir un poco confuso pero le ruego que confíe en mi discreción y profesionalidad.

Dudó unos minutos y me pasó el informe médico de Mercedes. Entre varias enfermedades pasajeras sin importancia el informe revelaba que Mercedes padecía anovulación permanente desde muy joven.

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Mi amigo el picapleitos me consiguió un contacto seguro en el registro del Hospital de la Virgen Blanca de León, en el área de Maternidad (Neonatos le dicen ahora). Tuve que invitarle a comer un botillo completo en el Prada a Tope y regárselo con dos botellas de un Carraovejas (no quería Mencía, el sibarita) que me salió por un pico.

- ¿Es usted Consuelo Hernández Conde?

- Sí, ¿quién pregunta por mi?-, me miraba por encima de unas gafas de presbicia una señora entradita en carnes que frisaba los sesenta y muchos.

- Me llamo Alberto Fernandez y ven…

- Ya, ya sé. Me llamaron esta mañana- contestó mientras se levantaba, abandonaba su silla, su ordenador y su mesita y se dirigía hacia una puerta que daba acceso al Registro de la Maternidad. La seguí.

- Aquí tiene usted todo lo que tenemos. Revise lo que quiera y si necesita algo me avisa, estaré fuera lo que queda de turno de tarde.

Encontré el año ochenta y uno y el expediente del parto de Mercedes García. Hija Macarena García, sin padre declarado. Sin fotos.

- Disculpe Consuelo…

- Tutéeme, me hace sentirme mayor…

- De acuerdo. Tengo entendido que a veces en las maternidades se sacan fotos para recuerdos, así particulares, ¿sabes si hay algo de eso aquí?

- Algo hay, pero está desordenado y sucio.

- No me importa, ¿me lo enseñas por favor?

Me pasó a un cuartillejo anexo al Registro con todo tipo de cachivaches inservibles, papeles y carpetas.

- Es la zona de la nostalgia, como yo la llamo. No lo hemos tirado porque aun quedamos tres románticas como yo.

- ¿Puedo echar un vistazo?

- Claro, adelante. Pero te vas a poner perdido, espera y te paso una bata.

Permanecí casi dos horas en aquel espacio indefinido y encontré una foto de una madre de ojos de miel y su hija en brazos. Por detrás alguien había escrito “Febrero 1981”.

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Llegué a Astorga en el tren de la tarde, a eso de las tres y media en medio de un bochorno espantoso. La catedral, el palacio episcopal de Gaudí, el silencio y la falta de actividad propia de esas horas conferían a la capital del Maestrazgo un aspecto fantasmal, casi cinematográfico. Pedro Luis Marín me recibió en su domicilio con una amabilidad que yo no esperaba.

- Aquí tienes las cosas de Mercedes. Es muy ordenada, obsesivamente ordenada, lo conservaba todo. No tendrás problema en encontrar lo que buscas sea esto lo que sea-. Estaba mucho más sereno que la última vez que nos encontramos y más sobrio, debería decir.

Se disponía a dejarme solo con la tarea, pero le corte la salida y pregunté.

- Pedro, ¿Cómo es Macarena? Quiero decir ¿era tan ambiciosa como se dice, tanto que le quiso disputar el agua a Irene?

- Sí, lo era. Por eso se creó todo aquel conflicto de intereses en el partido que desembocó en el despido injustificado de Macarena y que ha creado todo el revuelo sobre las causas del asesinato-. Ahora sí me abandonó sin permitirme ninguna otra interrupción.

Efectivamente aquel secreter personal era un canto al orden y al criterio y pude hallar sin problemas las facturas del bautizo y guardería de Macarena fechadas en el año mil novecientos ochenta y uno y dos más de un hotel de Potes del año mil novecientos ochenta. Como anunció su triste marido, Mercedes era metódica y guardona.

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El bocadillo de solomillo de cerdo con cebolla caramelizada y brotes de alfalfa me estaba sabiendo a gloria y ni siquiera el hecho de que la Guardería de Macarena ya no existiera podría arruinármelo. Apuré la caña y me dirigí al estudio fotográfico que, este sí, aun frecuentaba el numero 9 de la calle Suero de Quiñones –sonreí y recordé aquella antológica trucha-, donde me recibió el que parecía el dueño o algo así.

- Hola, buenas tardes, ¿en qué puedo ayudarle?-. Era un hombre calvo, alto y con mirada inteligente. Me animó esto último a ser directo.

- Estoy interesado en recuperar las fotos del bautizo de Macarena García o quizá Macarena Marín que debió ser durante mil novecientos ochenta y uno. Aquí tengo su factura-. La miró con atención y construyó un gesto de extrañeza.

- Es un poco antiguo, ¿no cree?

- Sí pero es importante, créame- yo también me empeñé en componer la cara más persuasiva y rigurosa que supe.

- No hay muchos Estudios Fotográficos que conserven negativos tan antiguos, ha tenido usted suerte caballero de estar en uno de ellos- manifestó ufano y ya relajado.

- Luísa, atiende tú que me voy a un recado arriba- gritó mirando hacia la trastienda. Sígame por favor

Salimos a la calle y entramos en el portal contiguo, subimos dos tramos de escalera y abrió la puerta consagrada al Sagrado Corazón de un edificio de aluvión cincuentero.

- Aquí tiene los clichés de aquella época, ¿cómo dice que se llama la homenajeada?

- Macarena Marín o García, puede constar de las dos maneras.

- Aquí aparece una Macarena en el ochenta y uno, efectivamente, en Marzo en concreto.

Me acerco varios negativos de fotos de grupo, de la niña en un moisés, de la ceremonia del agua y los oleos y entre ellas, como fuera de lugar, una foto con dos mujeres y un bebe entre ellas. Pedí a mi acompañante que la positivara y lo hizo de inmediato al advertir mi ansiedad.

Salí del local y a la luz de la tarde leonesa vi claramente en una foto de estudio un bebe envuelto en una mantilla blanca escoltado por dos mujeres sonrientes, una de tristes ojos oscuros y la otra acerados, color miel.

 

FIN

 

Joseba Molinero