Las potrancas de Tudanca

En los viejos tiempos, la gente sencilla, después del trabajo, se cambiaba la ropa de ordeñar por la de paseo y salía a la calle a pasear o a ver cómo crecían las habas en la huerta del vecino, produciéndose de continuo la oportunidad de hablar con familiares y vecinos sobre las cosas acontecidas o por venir. Hombres y mujeres se miraban a la cara y escuchaban la voz de sus semejantes, hablando del tiempo, del ganado o de las hazañas de los héroes de otros tiempos y, cuando volvían a casa, llamaban con dos silbidos a su perro que acudía dando ladridos de alegría.

En estos tiempos nuevos, la gente sencilla antes, durante o después del trabajo, sin salir de casa o saliendo de esta, envía mensajes cortos a familiares, amigos, conocidos y desconocidos por medio de un dispositivo llamado esmorfon que funciona con una aplicación informática llamada guasa, concentrando toda su mirada y atención en los escasos seis centímetros cuadrados de la pantalla del aparato. Es posible ver a parejas de hombres y mujeres que, sentados uno junto a otro, se hablan sin mirarse ni escucharse merced a sus esmórfones... Cuando suenan los dos silbidos de llamada del aparato, nadie puede abstenerse de consultar su chirimbolo para optar a la suerte de estar comunicado con el mundo en tiempo real pero solo hay un afortunado, que es fácilmente reconocible por los mohines de alegría que le hace a su pantalluca.

Lector: apaga tu esmorfon y presta atención a las aventuras del más grande héroe que vieron los siglos.

La carretera a Tudanca parecía tener más curvas bajo la lluvia del principio del otoño, haciendo que el camión de ganado sufriera para superar cada kilómetro. Casimiro y Jacinto, indiferentes a las tribulaciones de la máquina, charlaban animadamente en la cabina.

- Así que a D. Euristeo le ha vuelto a dar la ventolera, ¿eh? Casimiro.

- Y cada vez peor. Ayer a la noche vino en pijama a aporrearme la puerta muy muy muy nervioso. Le pasé a la cocina y le dí un poco de orujo que le templó un poco y, entonces, me contó como en la feria de Octubre de La Lastra una recua de jacas caníbales se había liado a mordiscos con los ganaderos y curiosos de manera que todo el mundo espantó la braga en un minuto...

- ¿Caníbales?

- Lo que oyes... bueno,,, él dijo antropófagas, que viene a ser lo mismo pero más selecto... ya sabes que se prepara para cuando los del Movimiento lo lleven a Madrid,,, y enseguida empezó a hablar de rojos y masones pagados por la KGB con el oro de Moscú... que van a volver los maquis... en fin, lo de siempre.

- Será lo de siempre, pero nadie le para los pies por que, esta mañana, el director de la central lechera me ha mandado que te recogiera y que te llevara a Tudanca cagando ostias y que no volviera al Valle sin las putas yeguas... y mira que es un chaval ilustrado, que hizo ingeniero agrónomo y estuvo en Holanda aprendido de frisonas...

- ¡Ya! pero aquí, el que quiere medrar tiene que hacerse de las JONS y si no puede darse por puteado de por vida. Si lo sabré yo.

- ¡Tranquilo hombre! Llegará un momento en que D. Euristeo deje de tocarte los cojones.

- ¡Seguro! pero mientras el pasto crece el burro padece.

- ¡Oye Casimiro! Estamos llegando, ¿donde tenemos que parar?

- Para en cuanto veas a un paisano, tenemos que preguntar por un tal Diomedes que es el amo de las yeguas.

Al cruzar el camión sobre el Nansa, Casimiro y Jacinto escucharon, como lo hiciera Unamuno, el canto del río, y como a él, les brizó el sueño de la vida, del que les despertó el mugir asustado de un rebaño de holandesas rojas que marchaban a pastar después del ordeño, seguidas por un ganadero viejo que se protegía de la lluvia con un saco de arpillera como capuchón y de las pozas con albarcas. Jacinto paró a lado de la pista y Casimiro bajó a charlar con el anciano, que le esperó apoyando la barbilla sobre los dorsos de las manos que sujetaban la picaya de avellano.

- Buenos días.

- Nos dé Dios.

Casimiro sacó la petaca y se la ofreció al pastor, que por toda respuesta sacó dos CELTAS CORTOS presentándoselos a Casimiro, que tomó uno y sacó el ZIPPO mientras el viejo se llevaba el otro a la boca. Tras encender los cigarrillos, Casimiro señaló al ganado y comentó:

- Dicen que las coloradas son mejores que las negras, que dan más leche.

- ¡Buah! Lo que “pas'es qu'ay” menos. Al final, si sumas el pasto “yel” pienso te quedas tal cual.

- Pero tienen más precio en la feria.

- “Puaypuay” - contestó el viejo, haciendo girar la mano derecha, con los dedos abiertos – y menos ayer con todo el lío que hubo.

- ¿Para tanto fue? Nos han mandado venir a recoger a las potras para llevarlas a Santander, por si están rabiosas.

- ¿Qué, rabiosas? Llevo sesenta años trajinando con ganado y esas jacas no eran animales: ¡eran demonios!. Si parecía que le obedecían al cabrón ese. Daban “bocaus” y mordejones como si “serían” lobas.

- ¿Y qué ha sido de ellas?

- Se las llevó a la Casona, que dicen que “l'alquiló” por cuatro perras... ¡cuanto mejor estábamos con D. José Mª!, pero se va a pasar el invierno a Madrid y este año apareció “esti” galnazas de Diomedes y ya se sabe, por “ahucharse'l” salario del guarda... ¡Bah! La Guerra ha “mandaú” “to'o” a tomar “po'l” culo.

El anciano tiró la colilla con un gesto de hastío y comenzó a andar tras su rebaño.

- ¿Y donde encontramos la Casona?

- No “tié” pérdida: arriba de la cuesta...- señaló con la vilorta- y mejor que dejen el camión aquí, que no molesta... “que's” pindia “yel” “encondonau” tollecido. ¡”Cuidaú” con los “tariscus”! ¡Con Dios!

- ¡Marche con El!

Jacinto bajó del camión y preguntó que hacer levantando la barbilla. Casimiro contestó torciendo la cabeza hacia el camino y ambos comenzaron a subir la cuesta hasta que dieron con una gran fachada enfoscada, con portón y escudo, que permitía que el camino la atravesara, a su izquierda, bajo un gran arco de dintel plano. Sobre el tejado a dos aguas, se veía la espadaña de la ermita que, transversal a la planta de la casa, formaba parte de ella y la unía a una torre, con tejado a cuatro aguas, que aparecía sobre el arco y le daba a la casa el aspecto de un castillo.

- ¡De verdad que no exageraba el abuelo! ¡Hace honor a su nombre! ... y ¿ahora qué Casimiro?

- Vamos por el portón y callanduco.

Los dos amigos entraron en un estragal amplio con una portilla a la derecha detrás de la cual oyeron un extraño cántico:

- ¡Yog sothoth kia zub nigurat! ¡Tog sozot!.

Cautelosamente, espiaron el interior por la puerta entreabierta, asistiendo a un espectáculo extrañísimo: un hombre de mediana estatura cubierto con una túnica de seda negra, bordada en oro con retorcidos símbolos arcanos, oficiaba una especie de misa; tras un altar improvisado por una vieja mesa de cocina sobre la que había un libro abierto, una barra de pan y medio queso picón; para una extraña feligresía: cuatro jacas bayas, que meneaban la cabeza y relinchaban siguiendo el hipnótico cantar del ocasional sacerdote quien fue identificado por Casimiro como el ínclito Diomedes.

El hombre cesó su cántico; cortó una rebanada de pan, con un cuchillín que sacó de los pliegues de su túnica; la untó con un trozo de queso y la consagró en una especie de farsa del sacramento de la comunión.

Las potrancas guardaron un respetuoso silencio y humillaron las cabezas cuando Diomedes alzó aquella hostia demoníaca. Tras un murmullo, se comió el pan y empezó a relinchar haciendo que las cuatro yeguas danzaran sincronizadamente, dando giros, levantando los cuartos delanteros, haciendo cabriolas, cambiando las figuras cada vez que su amo variaba el relinchido.

Casimiro y Jacinto presenciaban boquiabiertos las evoluciones de los animales sin explicarse la razón de su ciega obediencia al fantoche de la túnica, hasta que Casimiro arrastró a su amigo hacia el fondo del pasillo al ver que las bestias se dirigían en fila india a la puerta de la cuadra.

Diomedes y sus yeguas salieron de la casa sin percatarse de la presencia de los dos amigos que aprovecharon para entrar en la caballeriza y examinar el lugar.

- ¡Joder, Casimiro! Esto ha sido mejor que el número de la “ecuyere” del circo Atlas.

Casimiro, sin prestarle atención, se acercó a la mesa y examinó el queso y el pan. El queso era picón y olía estupendamente. El pan era redondo, de trigo y poco horneado. Ambos eran de una exquisita calidad artesana. Mientras tanto, Jacinto silabeaba las primeras palabras de la página por la que estaba abierto el falso misal.

- In-vo-ca-ti-o co-mmu-ni-ca-re o-mnem a-ni-mam. Parece latín ¿qué querrá decir?

Casimiro le contestó despreocupadamente:

- Invocación para comunicarse con todos los seres... más o menos...

- ¡Cojones! No sabía que supieras latín.

- Y no sé una palabra, pero Diomedes se preocupó de traducir el capítulo. ¡Mira!

Jacinto cogió la hoja de papel que le daba su amigo le daba y la leyó por encima, tirándola sobre la mesa enseguida.

- ¡Qué chorradas! ¿No te irás a creer que comiéndote un trozo de queso y gritando yosogorozot vas a poder controlar al animal que tengas delante? ¡Por Dios, Mirín!

Casimiro le enseñó el libro diciendo.

- Es el Necronomicón. En Ceuta todo el mundo lo conocía, pero nadie lo había visto. Los viejos moros decían, entre dientes, que quien lo poseyera sería el Señor de la Magia Negra. Confiere un gran poder pero utilizarlo es abrir la puerta para entrar en el infierno.

Y, sacando al navaja, comenzó a untar un poco de queso en un trozo de pan, haciendo que apareciera una expresión de asco en la cara de Jacinto.

- ¡No lo hagas Casimiro! Que tiene gusanos.

A lo que su amigo le contestó con la boca llena:

- Mejor, más proteínas. Lástima que Diomedes no haya traído vino. ¡Es un queso excelente!.

Casimiro plegó la navaja y tomó el pan, el queso y el libro, guardándolo todo en su zurrón. Después se encaminó, sin mediar palabra hacia la puerta, escuchando a su espalda a Jacinto.

- Sí, hombre, ya te espero aquí, ve tranquilo,.. ¡Oye! ¿como me has dicho eso sin abrir la boca! ¿qué dices de telepatía?... ¡Ostia. Sal de mi cabeza Casimiro!... ¡claro que me aquí! No iría detrás de esas yeguas ni por todo el oro del mundo... y menos con un cabuérnigo loco que unta los gusanos del queso...

Jacinto salió al portal de la Casona y oyó un potentísimo y agudo relincho, que entendió como lanzado por su amigo.

Pasados unos minutos, al oír el ruido de cascos sobre el empedrado, reunió el valor suficiente para cruzar el arco y ver lo que sucedía en la parte de atrás de la finca.

Allí se encontró a Casimiro que acariciaba suavemente los cuartos traseros de las yeguas mientras sostenía bajo el brazo la túnica desgarrada de Diomedes. Cuando los ojos de su amigo se fijaron en él sintió la orden de acercarse, sabiendo que las jacas se habían vuelto mansas.

- Casimiro, ¡hablame!. ¿Qué coño ha pasado?.

- Nada. Les he dicho a las potrancas que vinieran conmigo y Diomedes las ha ordenado que se quedaran con él.

Tragando saliva y mirando la túnica desgarrada y ensangrentada, se atrevió a preguntar, balbuceando:

- Y... ¿Diomedes?

- Les he ordenado a las jacas que se lo comieran y así lo han hecho. No han dejado ni los pelos... Ahora son buenas chicas. No temas... vamos a llevárselas a Don Euristeo.

El camionero temblaba pero su curiosidad era mayor que su miedo.

- Y... ¿qué vas a hacer con el libro y... con el queso? Se los darás a Don Euristeo.

Casimiro sacó la petaca y el papel y, parsimoniosamente, se lió un cigarrillo de caldo. El abrir y cerrar de la tapa del mechero sonó como el cerrar de un cepo lobero. Después de echar el humo de la primera calada sonrió a Jacinto.

- En Regulares aprendí que las órdenes deben ser cumplidas estrictamente: ni haciendo de más ni haciendo de menos. El no dijo nada de quesos y libros. Solo pidió que lleváramos las yeguas.

Además... ¿te imaginas hasta donde llegaría nuestro alcalde si poseyera el queso?... ¿y el libro?...

Jacinto sintió un escalofrío entre las paletillas y sin contestar, cogió una vara de avellano, caída sobre el poyo de la casa, para azuzar a las potrancas, que bajaron la cuesta con un alegre trotecillo.

 

Miguel San José