Los lobos no comen hierba

Alicia trasteaba en la librería del aula 5C de Primaria. Hacía tiempo mientras aguardaba a que concluyera la reunión de padres del curso que desde media hora antes se celebraba en la clase de al lado. Seis compañeras más compartían el mismo espacio y similar hastío. Cada cual llevaba la espera a su manera: unas, adelantando los deberes para casa; otras, jugando con los “smartphones”; y ella, ojeando las portadas de los ejemplares de una colección de cuentos que abarcaba un anaquel completo de los siete con los que contaba la estantería.

Entre tanto libro, uno llamó poderosísimamente su atención. En su impactante primera plana se apreciaban unas figuras blancas de formas imprecisas insertas en un fondo con una gama cromática de verdes, que identificó como ovejitas, y destacaban las grandes letras rojas ordenadas en tres renglones en escalera del título, que rezaba: Los lobos no comen hierba. Abrió el volumen con curiosidad y comenzó a leer:

“Era de noche y hacía mucho frío. El invierno estaba resultando especialmente crudo en el pueblo montañés, cubierto con un manto de nieve desde semanas atrás y afectado severamente por las inclemencias aparejadas a esta estación. Los lugareños y los animales domésticos sorteaban el temporal resguardándose la mayor parte de la jornada unos en sus hogares y otros en las cuadras y los rediles. Este era el caso de Pedro, el pastor más joven de la comarca, que llevaba varios días sin salir de casa nada más que para atender al rebaño de ovejas que se recogía en un aprisco anejo a la vivienda. La faena consistía básicamente en limpiar el suelo de excrementos, renovar las camas de helechos y paja, abastecer los pesebres con hierba seca y atender a los numerosos corderillos nacidos en fechas recientes. Todo cotidiano y rutinario… Aunque aquella noche…“

Interrumpió bruscamente la lectura porque la azoró la atronadora voz de su tutor, que retumbó al otro lado de la pared. “Queridos padres, tengan ustedes plena confianza en la dirección, los responsables y profesores del centro. Se lo digo desde mi más firme convencimiento. En ningún sitio van a disponer de mejores servicios, óptima formación, inigualable atención personalizada y absoluta seguridad. Aquí tratamos a los alumnos y alumnas como si fuesen nuestros propios hijos. La experiencia y los certificados de calidad que poseemos avalan mi afirmación. ¿Acaso esto no es suficiente garantía de un trabajo bien hecho?”, exclamó pomposo.

El tono y el contenido del discurso que acababa de escuchar la dejaron perpleja. No es que entendiera mucho de lo expuesto, pero sí que conocía el significado de palabras como “confianza”, “atención”, “seguridad” y “Garantía”. Y estas brillaban por su ausencia en el colegio. Bien lo sabían ella y varias de sus mejores amigas. Sintió rabia y vergüenza. Y para tranquilizarse, retomó el cuento. En ese momento solo se distinguía un leve murmullo producido por las conversaciones de los asistentes a la reunión de padres, y pudo proseguir sin dificultades:

“…un acontecimiento extraordinario alteró el orden de costumbre. Pedro cenaba cuando ocurrió. De pronto, oyó cómo un balido rasgado y persistente rompía el silencio. A este le sucedió otro de iguales características. Y otro. Y otro. Y a estos todo un coro de balidos histéricos del hato. No lo dudó. A pesar de lo desapacible del ambiente externo, se abrigó y se acercó a la majada. Allí descubrió a todas las ovejas apelotonadas en una esquina balitando de pánico junto al comedero; a todas, menos a una, enorme y de aspecto singular, que miraba fijamente a un ternasco tembloroso que había cercado en el rincón opuesto…

…La aparición del pastor excitó sobremanera al ganado en un principio, pero bastaron cuatro instrucciones y algunos golpes de cayado al aire para que se impusiera la calma y las reses, una a una, se arremolinaran en torno a él. Únicamente la oveja acosadora y su víctima permanecieron en su posición: la primera se mostraba algo nerviosa; la segunda, asustada, tiritaba visiblemente. ¿Qué hacían separadas de las demás, lejos del cajón de la comida repleto de hierba, como era lo habitual? Esta conducta tan extraña hizo que Pedro maliciara y se interesara por lo que sucedía.

La visibilidad que proporcionaba la bombilla que pendía del techo era escasa y encendió una linterna. Enfocó el haz de luz en dirección al ángulo donde se encontraban. Casi le da un síncope cuando comprobó consternado que la piel de la agresora presentaba imperfecciones en la parte superior de la cabeza. Se parecía más a una badana con costuras que a un manto natural de lana. Aquello era insólito. Decidió pues aproximarse. Y al hacerlo, percibió un gruñido. Se preguntaba cómo podía ser que un ovino gruñera, cuando la bestia se revolvió en actitud amenazante, revelándose como un lobo camuflado en la grey.

Al instante comprendió que la presencia del intruso fue la razón del alboroto de aquellas criaturas indefensas que le alertaron de la situación con sus berridos y, también, por qué se abstenía este de comer hierba y atacaba a su frágil presa. No se explicaba cómo había logrado colarse en la cabaña, quizá se metió por alguno de los ventanucos que desatrancó por la mañana para orearla, pero lo cierto era que lo tenía enfrente, expectante y retador…

…El peligro era patente y debía reaccionar con rapidez. No titubeó. Volvió sobre sus pasos y abrió la puerta de par en par para facilitarle la escapatoria. Tenía claro que enfrentarse a él en un espacio cerrado era poco menos que un suicidio, de manera que lo rodeó para obligarle a enfilar hacia la calle, a la vez que arremetía a garrotazos contra el suelo para que huyera. El bicho no se hizo de rogar y, rezongando, partió como alma que llevaba el diablo.

…Pedro sonrió feliz. Había librado al corderillo de una muerte cierta. Este ya no se agitaba. Lo cogió en sus brazos y lo posó junto a su madre. Ambas balaron de alegría. Y todas las ovejas se pusieron a comer hierba con ánimo renovado.”

Alicia contemplaba impresionada el dibujo que ilustraba al cánido humillado y corriendo precipitadamente con el disfraz de borrego a rastras. Inmediatamente le vino a la mente la imagen de su tutor. Él también era un lobo enmascarado de cordero. Si no, que se lo dijeran a las niñas que sufrían sus abusos. Ella era la última de la lista. Aquella misma mañana padeció un grave exceso. Uno más. El tutor la reclamó en su seminario a la hora del recreo. La excusa fue que debía aclarar con ella algunas cuestiones planteadas por el profesor de religión referentes a su actitud negativa con respecto a la asignatura. “Docilidad, Alicia, sumisión, ese es el camino de la salvación”, le dijo al despedirse, al tiempo que le metía la mano por debajo de la falda.

En el despacho del tutor no tuvo arrestos para rebelarse, ni para chillar de asco, ni para nada. Pero la historia que acababa de conocer le dio alas y pensó que semejante atropello no podía permanecer impune. Aquel cochino merecía un escarmiento y ella sería quien diera la voz de alarma. Haría lo que el corderillo acorralado, gritaría, gritaría hasta quedarse muda. El monstruo que iba de santo era un miserable que no tenía cabida en un centro escolar. Lo denunciaría. Para empezar, esa tarde se lo contaría todo a su madre.

Nicolás Zimarro