Su dueño

Es una lluvia extraña la que ese atardecer cae sobre la ciudad; densa y oscura como la sotana del padre Damián. Una mezcla de olores a putrefacción salada y humedad dulzona, a desechos ancestrales y sudores recientes trepa hasta la balconada desde donde Leonor contempla las dársenas. Una pestilencia muy parecida a la de las sentinas de su galeón, la nave que ahora debería haber estado ante sus ojos. A causa de ello la había visitado por primera vez aquel clérigo de sotana raída, cráneo pelado y reciedumbre aún palpable bajo los pliegues se su vestimenta. A buen seguro enviado por algún tenebroso funcionario de la Casa de Indias, el mensajero de un desastre: el naufragio de su barco cerca de las costas de La Española. Y de la muerte de su esposo, ya en la gloria del Señor.

En esa primera ocasión, el religioso pareció conmovido ante las lágrimas de la mujer, aunque las manos ansiosas palmeándole la espalda, las mejillas de barba áspera envueltas en olor a verduras cocidas aproximándose a su rostro húmedo solo hablaban de lujuria apenas contenida. Y aquellos ojos, clavados en las cuencas como negras cabezas de alfiler, decían todo lo que los labios callaban cuando no se enredaban en oraciones y rogativas a la bondad de Dios. Y ahora, mientras ve cómo la lluvia humedece la madera de las barcazas y amortigua las voces de los porteadores, Leonor se lleva las manos a la boca y contiene el vómito que los espasmos de su estómago le arrojan entre los dientes apretados. Porque recuerda el instante en que los brazos del sacerdote atenazados por el ansia la abrazaron más fuerte y más cerca, tanto que dejó de ser un hombre de Dios y se convirtió solo en un hombre. Porque también recuerda que en el intento de rechazar su proximidad apoyó la mano sobre la tela de la sotana y percibió bajo ella los músculos tensos y poderosos de un hombre, y le repugna el calor que le inundó el vientre.

La posición del sol le cuenta a Leonor que el padre Damián pronto regresará para consolarla del dolor que la aflige. La de hoy es la tercera visita. Durante la segunda, el consuelo que debía acompañar a las palabras del sacerdote se diluía en la fiebre que le orlaba las pupilas, que afloraba de ellas como la corrupción de un pozo cegado siglos atrás. Cuando partió aquella tarde y ella se inclinó para besarle la mano, la sotana onduló sobre la excitación del hombre y a ella un ardor se le extendió por toda la piel hasta dejarla jadeante. Y hoy, hoy regresa; el arrebato y el asco por ello se le mezclan con el recuerdo de su esposo ahogado, el recuerdo de Hernando. La mujer se esfuerza por revivir la última noche que pasó con él, y a pesar del odio que renace en su interior, sonríe cuando piensa que jamás volverá a sentir la nariz inundada con olor a viejo, ni en los pechos los dedos ofensivos y las babas fétidas de aquel cadáver que sustituía su decrepitud con los miembros prestados de sus dos esclavos africanos. Claro que había llorado al enterarse de su muerte, al imaginar sus ojos, los que brillaban rebosantes de vicio cuando uno tras otro los dos hombres negros la sometían a todas las vejaciones que él les ordenaba, envueltos por las tinieblas eternas del abismo. Sus lágrimas habían estado repletas de felicidad, de agradecimiento al ser misterioso que la había liberado de su dueño, de su amo absoluto, de aquel a quien fue incapaz de oponerse durante los años en que fue suya.

La mirada de Leonor se pierde en los celajes del cielo más allá del puerto. No puede, no desea, no soportará volver a experimentar esa mezcla de deseo y aborrecimiento que durante casi ocho años la condicionó y sometió a Hernando. Siempre, en la penumbra del salón, cuando contemplaba su hermosa imagen poseída por los dos esclavos, el placer terminaba por inundarla y eso era lo que mayor dolor le causaba. Los ojos de Leonor se cierran unos instantes al recordar las intensas oleadas de goce que la hacían olvidarse de sí misma y sumergirse en el mero disfrute de su cuerpo. Y después el asco infinito, la náusea que le retorcía las entrañas hasta enfermarla. El anhelo de la muerte.

Un llanto repentino la hace regresar al atardecer de este día; la vergüenza fluye a borbotones entre las grietas de la humillación, y el miedo a su propia debilidad empaña los pedazos que aún conserva de su destrozado orgullo. Porque en poco tiempo estará de nuevo a su lado el padre Damián, dispuesto a protegerla de las tentaciones del mundo y de la carne, le dirá mientras sus dedos se le engarfian en la cintura, demasiado cerca del nacimiento de su pechos. El padre Damián, presto a ofrecerle toda la ayuda que ella no le ha solicitado y que él poco a poco se empeña en derramarle encima.

Leonor atraviesa la gran sala y se asoma al balcón que se abre hacia la calle por donde pronto llegará el tonsurado. Aún está desierta. Entonces vuelve a penetrar en el crepúsculo de la habitación y se contempla en el enorme espejo de azogue nublado que ocupaba la pared lateral. Veneciano, musitaba siempre con reverencia Hernando cuando ella se arrodillaba desnuda delante de él antes de que aparecieran en la escena los dos esclavos. El espejo que duplicaba la vesania de su esposo. Leonor contempla su reflejo por primera vez sin la presencia excitada del difunto y comprueba su hermosura. Se deleita en la languidez de sus gestos mientras se deshace el tocado y agita la cabeza de forma que sus largos cabellos flotan como una nube oscura sobre la imagen que ahora la mira con una sonrisa inquietante. Una a una, cada prenda que oculta su cuerpo esbelto y armónico van deslizándose sobre su piel hasta que asoma la imagen de un hermoso y pálido fantasma. Sus manos acarician el vientre blanco, los pechos erguidos y duros, las piernas firmes y torneadas. Sus dedos se deslizan entre la trama que oscurece el origen de todos los pecados. Cierra los ojos y deja que penetren en su carne húmeda.

Y así la encuentran los murmullos y las toses que en la planta baja anuncian la llegada del religioso, de su nuevo carcelero. Se mira a los ojos, los de la hermosa mujer que la contempla desde el espejo, alarga el brazo y tira de un cordón al lado del espléndido marco dorado. En breve el tapiz que cubre la pared se agitará y por la puerta que oculta entrarán los dos esclavos negros. La hallarán desnuda, como siempre, y como siempre atenderán sus órdenes, como antes, cuando ella les decía cómo tenían que humillarla, someterla, herirla, siempre de la forma deseada por su marido. Pero Hernando no existe ya. Esta vez las órdenes serán las suyas realmente, y ellos la obedecerán. Como siempre. Y cuando el padre Damián penetre en la sala, las poderosas manos de los esclavos le permitirán escapar para siempre.

 

Roberto Sánchez