Nostalgia de Cañete

—Me voy fumar un puro que te cagas —proclamó en voz alta Mariano mientras se la sacudía en un vano intento de que la última gota terminara en el calzoncillo.

Ese iba a ser el premio a otra agotadora jornada de trabajo. Además se lo iba a fumar viendo a Julie Andrews cantando aquello de “supercalifragilísticoespialidoso”. Y es que aquella mujer le ponía, le ponía un montón. Le ponía verraco, que solía decirle su amigo Cañete cuando montaban aquellas francachelas después del Consejo de Ministros de los viernes. Por fortuna “la peque” se encargaba de las ruedas de prensa.

—Y qué labia tiene, la jodida… —reflexionó e nuevo en voz alta.

Se la imaginó cuando abandonaba la sala del Consejo a todo correr, contoneando su imponente trasero a la par que hacía equilibrios sobre los zapatos de tacón de aguja que se empeñaba en utilizar.

—Unos Blahnik, Mariano, valen una pasta… ¿Y a que me sientan bien? —le preguntaba cada cierto tiempo con un mohín travieso e incitante en los labios.

Mariano gruño y se acomodó la entrepierna, un tanto morcillona ya, que diría Cañete. Siempre le habían gustado así, pequeñas y pizpiretas. No como Lola “la Cospe”.

—Joder, ha sido pensar en ella y se me ha quedado hecha un gurruño. Cagüen… —le habló Mariano a sus manos sumergidas bajo el chorro de agua.

—A ver si no me salpico los pantalones, que me conozco al chorra de Montoro y alguna fresca me suelta.

“La Cospe” volvió a ocupar su mente; esta vez una sonrisilla malévola se le insinuó bajo la barba al recordar lo que solía decir de ella Cañete.

—Tienes que ser paciente, Mariano, muy paciente. A esta lo que le hace falta es que la desbraven, como a los toros. Que le metan varas…

¡Cómo echaba de menos las bromas del gordito! Era el único con sentido del humor en todo el Gobierno. Casi le dio la risa al recordar aquella ocasión en que le propuso que todos los ministros…

—Y ministras…

Que todos salieran en traje de baño en “Cosmopolitan”.

—Para demostrar que no tenemos nada que ocultar —le dio la razón Mariano.

—¡Qué va, Mariano! Para ver en biquini a la Soraya… ¡Oye, macho! ¿Por qué no haces ministras a “la Cospe” y a la Botella…

—Todo por la Patria, sí señor. Oye, tú… ¿Y qué dirá Aznar? Igual no le hace gracia que su parienta enseñe sus poderes…

—Tranquilo, Presi. De eso ya me encargo yo… Ese, por tener el morro metido aquí, vende a su mujer y a quien haga falta…

—¡Coño, Cañete! Mejor a la hija entonces… Esa si que está buena, ¿te acuerdas? Y tiene unas bufas…

Cañete le palmeó la espalda entre toses gorgoteantes y risotadas estentóreas.

—Tengo que dejar de fumar esos puros que me pasas, Mariano…

¡Ay, qué bien se lo pasaban juntos!

Pero el mojama de Gallardón le amenazó con dimitir.

—Escucha, Cañete —le explicaba al día siguiente al ministro gordito—, que va el tío y me dice que como se me ocurra proponer lo del “Cosmopolitan”, que él dimite. Yo creo que adivinó en el brillo de mis ojos que me importa un huevo que lo haga; mira tú, así me quito de encima el marrón del aborto. ¡Qué pelma!

—¡Ay, Mariano! Nunca serás buen jugador de mus.

—Ya. Es que después me amenazó con la excomunión, y eso acojona un poco, ¿no? Se lo conté a Montoro y me dijo que entonces no se me iba a levantar más.

—Pero mira que eres inocente, Mariano. Tú hazme caso a mí, que Montoro ya tiene bastante con hacer subir el pan cada vez que abre la bocota…

—¿Estas seguro, Cañete?

—Que sí, hombre. Mañana llamo a los de la revista; tú vete cesando a Gallardón y algún otro… No sé, a De Guindous, que es un pijo y medio maricón.

—¿Tú crees?

—Claro, Mariano. Cada vez que voy a mear se me pone en el meadero de al lado y me echa miraditas. El otro día va y me dice: oye Miguel, te la veo más gorda que otras veces… Será imbécil…

—Imbécil o maricón. ¿En qué quedamos?

—Las dos cosas. No son excluyentes.

—Cañete, no te me pongas estupendo que nos conocemos.

—Vale, Presi —se rió Cañete —. Te voy a dar una prueba irrefutable de que es maricón.

—A ver, ahora me vas a contar que te lo has encontrado encerrado en un retrete con el subsecretario de no sé qué, ese tan mono, ya sabes…

—Pues alguna cosa se ha oído, no te creas. Por cierto, dicen que es un recomendado de Aznar.

—No me extrañaría, siempre me pareció que tenía un ramalazo…

—¿Quién? ¿Aznar?

Las risotadas les hicieron saltar las lágrimas en aquella ocasión. Tanta fue la escandalera que se asomó uno de los escoltas por si era necesaria su ayuda.

—Nada chaval, asuntos de Estado —se disculpó entre carcajadas Mariano.

—Mire usted, Cañete, que se me dispersa. ¿Cuál es la prueba irrefutable esa que dices?

—Vale. ¿Sabes cómo le llama de Guindous al meadero?

—A ver…

—Él siempre dice que va al “min-gi-to-rio”

Nueva sesión de risotadas y nueva entrada del agente un tanto mosqueado.

—Nada, majo, nada. Vete a tomar un café, anda, y no te lo tomes tan en serio… —le despidió Mariano.

—Hay que ver cómo son estos de la secreta —siguió Mariano con tono socarrón —. Que serios, qué profesionales. Son incorruptibles. Hace poco le pedí al jefe que me hiciera unas fotos de Soraya recién salida de la ducha, aprovechando lo de los escraches, ya sabes. Le dije, pones unos de tus chicos por allí, ocultos en un árbol o con una gabardina o como lo hagáis y, ¡zas!, me traes unas fotos de “la peque” en bolas.

—¡No jodas! ¡Vaya huevos! ¿Y qué te contestó?

—Lo mismo que Gallardón. Oye, Cañete, ¿de dónde hemos sacado a esta banda…?

¡Ay, qué tiempos aquellos con Cañete! Ahora el muy cabrón ya era Comisario de Agricultura en Bruselas. Siempre le había contado que los puticlús en aquella ciudad eran de lo mejorcito de Europa.

—Y sé lo que me digo, Mariano. De agricultura no tengo ni puta idea, pero de plantar la cebolleta…

Mariano suspiró, se dirigió con paso cansino hacia su despacho y se dejó caer en su diván Roche de no sé qué leches. Se tumbó cuan largo era. Y sin quitarse los zapatos. Encendió el puro y exhaló una densa nube de humo gris hacia el techo. De reojo vio como un santo de Zurbarán que colgaba de la pared arrugaba la nariz.

—Te jodes, mamón.

Después, apretó el botón del “play” y la bella Julie Andrews apareció en la pantalla cantando sus espantosos ripios… Con aquella chaquetilla tan ajustada…, al busto…, a la cintura…, a las caderas… Una sonrisa se le dibujó a Mariano debajo de la barba; entre los labios ligeramente separados había comenzado a resbalársele una babilla amarillenta.

—¿Y si la hago ministra de Cultura…?

 

Roberto Sánchez