Nadie recordaba su nombre

Nadie recordaba su nombre. Durante treinta años había dejado de existir, y ahora ni siquiera era una imagen fugaz y pasajera en la memoria de las personas que paseaban despreocupadas por la ancha alameda frente al que una vez fue su hogar. Sin embargo, él sí reconoció a la mujer de Jonás, uno de sus vecinos de entonces; a Federico, el maestro que le enseñó lo poco que sabía de matemáticas; a Fidel, el hijo del carbonero Eugenio. Todos ya ancianos, más arrugados y encorvados, pero aún reconocibles. Todos los nombres permanecían grabados sobre la madera carcomida de su memoria, y el peso estaba a punto de quebrarla. Los nombres y las frases que susurraron, escupieron, gritaron, siempre cargadas de envidias y rencores, nunca de razones y comprensión. Una carga enorme que había arrastrado durante tanto tiempo que a él acabó por romperle, y a ella por aplastarla.

Hurgó en el bolsillo del gabán y acarició el manojo de llaves que le había entregado el notario la tarde anterior, después de leer el testamento. Caminó hacia el portalón que se abría al zaguán, la amplia entrada que conducía a su antiguo hogar. Las hojas de madera clavadas al suelo por unas oxidadas fallebas eran de un color marrón renegrido; el color dorado del nogal en donde tallaron sus nombres se había sumido en la suciedad de los años. Solo sus dos nombres, nada más. Solo sus dos nombres cargados de inocencia, cuando eran niños aún y no sabían que lo que experimentaban el uno por el otro se transformaría en una tormenta. Con unas pocas zancadas premiosas se acercó hasta las puertas; mientras acariciaba el nombre de ella, casi oculto entre la mugre que lo cubría, observó sus dedos arrugados y retorcidos como sarmientos por la enfermedad, apenas unos huesos vestidos con restos de piel amarillenta y áspera. Siguió esos tentáculos que palpaban la superficie buscando su propio nombre, pero solo halló unas profundas cicatrices labradas por el formón empuñado por la mano hipócrita de Gerardo, aquel que se convirtió en un extraño, que dejó de ser su padre cuando esas mismas manos le abofetearon al enterarse de que Carmen y él se amaban. Solo por eso, por haber mantenido el nombre de ella, quizá ahora le odiase un poco menos.

No quiso llorar, nadie tenía derecho a que se humillara, y ella, si estuviese allí, se lo hubiese recriminado con dulzura y con aquella ironía que siempre era capaz de hacerle olvidar todo el amargor al que les habían lanzado la intolerancia y los prejuicios. Avanzó por el zaguán hasta el patio interior; a la izquierda, unas escaleras llevaban a la galería sobre la que asomaban varias puertas. Evitó mirar hacia allá, aún no. Prefirió hacerlo a su alrededor, hacia el patio porticado adornado con macetas, flores y setos de boj. Algunas hierbas rebeldes crecían entre las piedras del suelo; aquí y allá los tallos resecos de viejas trepadoras escribían fragmentos de antiguas oraciones en un idioma que ya nadie era capaz de leer. Al fondo del rectángulo, sentado sobre una silla de anea, un hombre de aproximadamente su edad levantó la cara hacia el pedazo de cielo azul que cubría el patio. ¿Quién anda ahí?, preguntó. Y a continuación pronunció un nombre que, por supuesto, no era el suyo. Rodrigo, el novio destinado para Carmen, su futuro esposo, el elegido de Gerardo, se había convertido en un trasto viejo arrumbado en una esquina, en un pobre ciego que desgranaba las horas en aquel lugar aguardando la nada. Quiso espiarle desde el silencio de la oscuridad que envolvía sus ojos, recrearse en su ruina, en el fondo tan similar a la suya. Él podía ver, pero hacía mucho que su corazón no palpitaba. No pudo prestarle su compasión, tampoco odiarlo. Rodrigo no tuvo la culpa de nada, siempre fue una pieza pasiva en aquel juego que acabó tanto tiempo atrás. No mató a Carmen; al contrario, sabe que la amó. Si acaso le envidia porque pudo estar a su lado para bajarle los párpados cuando ella dejó su último aliento suspendido en el mismo aire que dentro de poco iba a profanar. Cerró los ojos unos segundos hasta que la imagen del ciego se disolvió; agachó la cabeza y contempló los desgastados escalones que ascendían hacia su destino.

Peldaño a peldaño, pisando con pesadez, como si su cuerpo hubiese adquirido de repente una masa infinita, llegó hasta el corredor que rodeaba el patio y fue arrastrando los pies hacia la puerta del que fue su hogar, la casa de donde Carmen y él salieron un día y la que jamás regresó hasta hoy. Su padre había muerto apenas dos años antes, de viejo, podrido por el rencor, de eso estaba seguro. Sin haberle perdonado, eso también lo sabía. Lo había borrado de la vida de todos ellos, lo habían convertido en alguien cuyo nombre fue escrito en el agua. Pero la simple circunstancia de querer borrarle les había hecho tenerle mucho más presente, sobre todo cuando Carmen decidió regresar. Al final pudieron sobre ella más los lazos que Gerardo había atado alrededor de su cuello que el amor que ambos sentían. Apoyó la frente sobre la madera fría, la golpeó un par de veces, despacio, como si deseara conjurar todos aquellos años, como si fuese posible que al abrir la puerta de nuevo el tiempo no hubiese transcurrido. Entonces no se habría encontrado una casa vacía, con los muebles cubiertos de polvo y las habitaciones oliendo a moho, a oscuridad, a pena. Entre aquellas paredes Carmen se había consumido de dolor, sometida al castigo perpetuo que merecía su atrevimiento, su pecado, la vergüenza que les había acarreado. Introdujo la llave en la cerradura y la giró; con un graznido, los goznes le permitieron penetrar en un sitio al que jamás pensó que regresaría. Ni él mismo sabía por qué lo estaba haciendo ahora, después de saber que Gerardo le había dejado la casa en herencia. No deseaba poseer aquel lugar, menos aún volver a vivir allí. Pero algo parecido a la perversidad le había llevado a aquel umbral otra vez. Acaso solo fuera el rumor de su propia muerte, ya no demasiado lejana. ¡Qué más daba!

Conectó las luces y avanzó por el pasillo; al fondo, una ventana daba a la alameda, justo encima de la entrada al zaguán. La abrió y permitió que el aire y la luz disolvieran algo de la amargura que se había condensado entre aquellos muros. También el aliento moribundo de Carmen.

El mobiliario había cambiado poco, los cuadros, las cortinas, la disposición de los enseres, una fotografía con sus padres el día de su boda, y otra más en la que aparecía Gerardo con él en brazos, sin un ápice de alegría o calor en sus ojos después de la muerte de su esposa tras el nacimiento… Sobre la cómoda del salón, como si fuese el retablo de un altar pagano, un único retrato, el que esperaba no volver a ver, pero que ahora arrasaba cualquier pensamiento que tratara de formarse en su interior. Allí estaba Carmen, casi igual que el día en que se besaron por primera vez, apenas más joven que el día que huyeron. Feliz, muchísimo más feliz que durante los meses que compartieron. Como en un alud, su mirada se cubrió de blanco para sumergirse en la oscuridad a continuación. Sobre su cabeza de derrumbaban todas las preguntas que se hicieron en aquel tiempo, preguntas que se resumían en una sola que jamás consiguió derrotar unas convenciones sociales imbatibles. No, nunca supieron responderla, nunca supieron si el amor que se tenían desde siempre justificaba lo que habían hecho. Todos y cada uno de los días se lo plantearon, y esa duda infinita fue destilando un licor que acabó por empapar sus sentidos hasta que terminó por ahogarles.

Sus dedos trazaron un surco sobre el polvo que cubría la fotografía y los rasgos de ella asomaron a la luz. A su lado, hierático, distante, ajeno aún a todo lo que ya hervía a su alrededor, estaba Gerardo, oculto para siempre por un velo de cenizas y suciedad, sumido en la grisura de la ignorancia. Y al otro lado de Carmen él mismo. Siguió moviendo los dedos por la superficie hasta que asomaron por completo los cuerpos de ellos dos. Él tan alto como su padre, ella algo más baja, sonriente, con el rostro girado en un leve escorzo, mirándole. El llanto quiso ahogarle cuando adivinó sus manos cogidas tras la falda de ella, transgresoras e inocentes a la vez. Dio unos pasos hacia atrás y se dejó caer en uno de los sillones de la habitación con la fotografía abrazada contra su pecho, sin reprimir ya las lágrimas. Una gota salpicó la imagen allí donde el rostro de su padre continuaba empañado, asomándolo a la luz, ofreciéndole el gesto amargado que siempre le afeó. Era la única imagen donde aparecían juntos, la única evocación en el mundo donde mostraba el reflejo de lo que fueron y que por alguna razón Gerardo no había destruido. Acaso fue ella quien se lo impidió. Ya nunca lo sabría.

Las grapas oxidadas del marco se le resistieron unos segundos, sus manos temblaban de ansia por extraer la fotografía del marco y leer la dedicatoria, por leer la letra de Carmen otra vez. La misma letra con que se despidió de él en aquella postrera carta. Para siempre, le dijo. Y fue cierto. Fue lo último y lo único que le quedó de ella, unas frases cargadas de razones que ninguno de los dos entendía, pero que consiguieron adherirse a sus pieles y sofocar sus deseos. Y al final de esa carta que siempre llevaba consigo, dos palabras que, como ella le decía tan a menudo cuando aún ocultaban su amor, su pecado, no había que dar nunca tontamente por supuestas. Así se despidió, con un incongruente y doloroso “te quiero”. Odio, incomprensión y asco, esos sentimientos fueron los que se mezclaron en su estómago porque supo que jamás volvería a ver esa declaración en sus labios y que esos labios nunca volverían a ser suyos. Hasta que tres años después de casarse con Rodrigo, murió. Entonces el odio se disolvió en la negrura, y él se quedó allí, solo, agazapado, temeroso de saber por qué había muerto y sabiéndolo en realidad. De la humillación y la vergüenza que se negó a compartir con ella.

Por fin se atrevió a sacar la fotografía del cuadro y posar su mirada en la dedicatoria, una frase que ocultaba mucho pero que no pretendió ningún doblez. Supo en ese instante que él también estaba muerto porque no sintió nada ante la última y mezquina venganza de su padre. Para los dos hombres de mi vida, decía la dedicatoria, mis dos amores: Gerardo, padre y amigo… Y después, nada, apenas unas virutas de papel raspado donde una vez estuvo su propio nombre.

 

Roberto Sánchez