Nos vemos ahí arriba

 

La noche del 4 de noviembre de 2013 Pierre Lemaitre estaba nervioso. Bebía whisky con el estómago vacío en Le Rosseau, la brasserie de la rue du Cherche-Midi de París que él frecuenta –y donde degustar la docena de mejillones gratinados cuesta 11,80 euros–, cuando le sonó el celular. Lo llamaban desde otro restaurante de París, el Drouant, famoso por sus ostras frescas, por comensales ilustres como Renoir, Rodin y Camille Pissarro y porque, desde 1914, los diez miembros de la Academia Goncourt se reúnen en el salón oval de su segundo piso para deliberar a quién otorgar la distinción literaria más importante de Francia. Lo llamaban para contarle que recién en la duodécima votación el jurado se había puesto de acuerdo y que él, Pierre Lemaitre, acababa de obtener el Premio Goncout 2013 por su novela Au revoir là-haut . La edición en español, Nos vemos allá arriba (Salamandra), estará en las librerías a partir de julio. “Soy la encarnación de que la suerte existe. Salgo de la nada y, después de varias décadas enseñando literatura a bibliotecarios, me convertí en escritor a los 50 y ahora me traducen a 30 idiomas”, ironizó Lemaitre cuando se enteró.

 

–Escribió su primer libro a los 56. ¿Por qué esperó tanto?

–Es la vida. Provengo de una familia en la que la literatura importa mucho. Cuando has leído de joven a Tolstoi, a Dumas, a Pavese es difícil tener la arrogancia de escribir un libro. No la he tenido hasta que cumplí 56 años.

Antes de Nos vemos allá arriba , su carrera literaria estaba marcada por el noir , género con el que también había cosechado premios y buenas críticas. Ambientada en los años posteriores a la Primera Guerra Mundial, la novela comienza en los días previos al armisticio de 1918 y acompaña el itinerario amargo, ingrato y hostil de dos sobrevivientes que, al volver a casa, no logran hallar un lugar en el mundo. La novela no ahorra detalles sobre la crueldad de la vida en la trinchera ni los negocios turbios en torno a los cuerpos de los caídos y las falsas exhumaciones.

Lemaitre asegura que el aniversario del centenario del inicio de la Gran Guerra y los 70 años del desembarco de Normandía –que aquí, en París, reunió a 19 jefes de Estado y a mil veteranos de la batalla que significó el comienzo del fin de la Segunda Guerra– son una mera coincidencia con la salida de su novela en otros idiomas. Dirá que es una idea sobre la que trabajaba en 2008 y que retomó en 2011: “Debió haber sido mi tercera novela, pero mi editor me aconsejó esperar un poco ya que recién me empezaban a conocer como autor de novela policial y salir con una obra costumbrista con trasfondo histórico podría confundir a los lectores”.

 

–Si le iba bien con la novela negra, ¿para qué cambiar la fórmula?

–Cuando voy a escribir no me planteo qué tipo de novela será. Yo me centro en contar la historia y en los personajes, que es lo que me interesa realmente. Sin embargo no soy ingenuo y sé que el policial tiene reglas que intento respetar, pero cuando escribo una novela tengo mis propias herramientas y las aplico al contexto que sea, muy modestamente. Era consciente de que este libro no era como los otros. Pero es una manera de militar por una concepción de la literatura que no esté encerrada en los géneros literarios. Aquí en Francia, y seguro que también en Argentina, tenemos la costumbre de clasificar las novelas, ponerles rótulo. Para mí todo es literatura. Por ejemplo, considero a Simenon un gran escritor aunque algunos de sus noirs no sean grandes novelas policiales ya que no siempre responden a los criterios de la novela negra. En cualquier caso es un escritor formidable, con estilo, que crea sus propios personajes y sus atmósferas con gran humanidad.

 

–Su novela refleja lo mal que Francia trató a sus veteranos. En 1982, la Argentina perdió la Guerra de Malvinas contra Gran Bretaña y muchos de nuestros veteranos corren aún ese destino. Su libro también habla de la desaparición de cuerpos, un tema muy sensible para los argentinos después de la última dictadura militar. ¿Pensó en los ecos que su novela podía tener al ser traducida a otros idiomas?

–Hay dos momentos en mi modo de afrontar mis libros y éste en particular. Un primer momento en el que reflexiono sobre cuál va a ser el libro, qué va a contar y para qué sirve contar esta historia. En ese momento me he dado cuenta de que hay algo muy universal: los que van a la guerra no son bien recibidos cuando vuelven. En ese sentido pensé que el mensaje de mi libro podía ser universal. Luego encaro el segundo momento, el tiempo del novelista: cómo voy a contar esa historia. En ese momento ya no me preocupa a quién le va a interesar o no, sino que el libro esté bien hecho en cuanto a los personajes, la trama, la aventura. Hay un trabajo de escritor y luego de novelista.

 

–¿Puede la literatura hacer algo por la injusticia social?

–No. Hay pocos ejemplos de libros que han cambiado el mundo. Y los libros que han cambiado el mundo son, a menudo, problemáticos como, por ejemplo, la Biblia . A los libros que cambian el mundo no les creo mucho. En cambio sí creo en movimientos sociales de los que participa la literatura. La literatura puede contribuir a que cambie el ángulo de visión de los lectores sobre algunos temas. Pero no es algo diferente de lo que puede hacer el periodismo, el cine o cualquier disciplina que tenga que ver con la comunicación que, de algún modo, siempre trata de cambiar, aunque ligeramente, la percepción de algún aspecto de la realidad.

 

–¿Su literatura es de denuncia?

 

–No, no es una literatura que deje mensaje. Como buen escritor, soy arrogante. Uno no se hace escritor para ser modesto, ¿eh? Pero no tengo tanta arrogancia como para imaginar que debo dejar un mensaje al mundo como Jesucristo. Como contrapartida, escribo con lo que soy, con mi percepción del mundo, mi sensibilidad. Pienso que el rol de los escritores es también trasladar sus valores. No hay un mensaje, yo no soy un crítico de la sociedad. Soy muy crítico como ciudadano e inevitablemente la manera en la que veo el mundo se traslada a mis novelas. Pero no hay una voluntad pedagógica. Yo soy un privilegiado, ante todo porque tengo un oficio del cual poca gente vive, y, después del Gouncourt, yo vivo bien. En Francia, por ejemplo, ocho millones de personas viven bajo la línea de pobreza. Yo soy un hombre próspero y la forma de respetar mis valores es hacer algo con ese privilegio. De alguna manera yo pago la deuda de ese privilegio en un mundo de injusticia. Hablar de un mundo social es una manera de pagar mi deuda. 

 

–¿Su novela es literatura popular?

–La cuestión sería definir qué es la literatura popular. Para mí la literatura popular es aquella que se dirige a todo el mundo, pero no necesariamente a un mismo nivel. Un primer círculo de lectores, por ejemplo, pueden ser los adolescentes, que leen mi libro de un modo muy textual, como si fuera un libro de aventuras. Un segundo círculo de lectores es el de gente más experimentada, más sabia, que va a interesarse por el aspecto político y social del libro. Luego hay un tercer círculo, aquellos que van a reconocer en algún capítulo la palabra de Marcel Proust o alguna otra alusión literaria a Victor Hugo, por ejemplo. La literatura popular es una literatura que se dirige a todo ese público, pero cada uno a su nivel. Es popular porque le gusta a todo el mundo, pero al mismo tiempo, cada uno puede, en función de  su experiencia, de sus expectativas, de su cultura, encontrar aquello que tiene de interés en la literatura. Esa es mi definición de la literatura popular, y yo espero que mi libro se corresponda con esa definición. Lo importante es que ningún lector excluya al otro.

 

–Trascendió que escribió veintidós veces el inicio de su novela…
–Es cierto. Así fue.

 

–¿Es más importante lo que se cuenta o cómo se lo cuenta?

–Es mas importante el modo de contar. Un escritor es un estilo. Soy bastante posmoderno en mi concepción de la literatura. Tengo la impresión de que todas las historias ya han sido contadas. Si ante mí mismo tuviera toda la biblioteca del mundo encontraría en uno o dos libros la historia que yo cuento en mis novelas. No quiero decir que la historia del libro no es importante. Lo es. Pero lo que verdaderamente marca la particularidad de ese libro es la forma en la que esa historia está contada. Esto es importante porque según mi concepción, la literatura es el arte de emocionar. El novelista es un fabricante de emociones. Y la emoción no viene de la historia sino del estilo. Si contás la historia de forma muy anodina, por más que sea una historia apasionante, no transmite emoción. Y esto lo veo mucho con mi hija de cuatro años. Cuando le cuento un cuento y estoy cansado o no me apasiona, a ella no le interesa nada. Pero cuando interpreto a los personajes, está emocionada y sigue la historia.

 

–Volviendo sobre la idea de que todas las historias han sido contadas, usted cita al final de sus libros a los autores que lo han inspirado. ¿Es un modo de atajarse para que no lo acusen de estar tomando de otros escritores?

–¿De plagio? Para nada.

 

–¿Lo hace como homenaje?

–Efectivamente. Le quiero explicar cómo lo hago y por qué lo hago. Cuando escribo, a veces me viene una idea, una cita, una palabra y me llega de un sitio, de un libro, de una película. El azar de la memoria hace que recuerde dónde lo he visto o lo he leído y mi modo de formar parte de la literatura es citar a quien me ha soplado esa idea. La primera frase de mi primer libro es una cita de Roland Barthes: “Lo que el escritor hace es citar a alguien quitando las comillas”. En cierta forma, el escritor es el receptor del trabajo de la vida y en cierta forma no hace más que reciclar lo viejo para producir algo nuevo. Para mí, el plagio es robar un texto íntegro de un autor sin citarlo y yo no hago plagio porque nombro a los autores: quito las comillas, como decía Barthes, y cito al autor.

 

–De todo ese universo de autores que menciona al final de sus libros, ¿alguna vez citó a un autor argentino?

–Tengo un gran problema con la cuestión de los autores extranjeros. Detesto que me lo pregunten. No me acuerdo de ninguno y cuando me voy a mi casa, me vienen en mente los nombres. Me pone un poco incómodo. Parece que no leyera literatura extranjera pero leo tanto como literatura francesa. Preferiría que usted me cite algún autor argentino y yo le digo si lo conozco o no.

 

–Le nombro a Jorge Luis Borges.

–Tiene un valor especial para mí. Estoy casado con una bibliotecaria. Toda la temática de Borges sobre la biblioteca siempre me ha interesado mucho por motivos literarios y familiares.

 

–¿Y si le digo Julio Cortázar?

–No es que me guste menos pero me ha emocionado menos. Nunca sé por qué un libro me emociona. Puedo leer un libro que me deja indiferente y volver a leerlo ocho días después y quedar sorprendido. Creo que no leí a Cortázar en el buen momento. No es culpa de Cortázar. Además, en la lista de citas del final de mis libros no necesariamente figuran mis autores favoritos. Es sólo una lista. Le digo más, algunos de los que figuran allí no sólo no son mis preferidos sino que los detesto. Sólo nombro a los que me han traído una idea o me han inspirado algo. Incluso si en la lista hubiera un autor argentino, no quería decir que es de mi agrado.

Marina Artusa

Crítica en ABC

Crítica en El país

 

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