Trayectoria vital


 
Foto de Bernardo Corral y Fernando Gómez
 

 

Escritor silenciado por los mercados y la industria editorial desde los años setenta, conoció un espectacular reconocimiento de lectores y crítica a raíz de la reedición en la editorial Tusquets entre 2004 y 2006 de su trilogía Verdes valles, rojas colinas (parcialmente publicada en 1986 en su editorial Libropueblo de la que después hablaremos), un vasto e impresionante fresco de la sociedad vasca desde los comienzos de su industrialización hasta los años cincuenta del siglo XX y uno de los hitos fundamentales de la narrativa española de lo que va de siglo.

El éxito de esta trilogía se continuó en su siguiente novela, La higuera (libro esencial para quienes nos interesamos en el tema de la memoria histórica, ya que plantea que el reconocimiento de los hechos acaecidos a partir de 1936 y la asunción de las correspondientes responsabilidades constituyen un prerrequisito indispensable para que este país y sus gentes puedan, primero, perdonar; después, olvidar; y, por último, vivir en paz).

Al final de su carrera literaria, Ramiro Pinilla se volcó en un tipo de novela policíaca que no dejaba de indagar en las miserias y dificultades de las vida española de mediados de los años cincuenta del pasado siglo (centrada en su caso en el entorno de la ciudad de Getxo).

La buena acogida de todos estos títulos llevó a la editorial Tusquets a recuperar gran parte de su obra de los años sesenta y setenta, inencontrable ya en el mercado.

LOS COMIENZOS
 
Pero, ¿quién había sido este escritor, tardíamente reconocido, antes de su encumbramiento final? Poco sabemos (porque apenas él se ha referido a ello) de su vida familiar antes y durante la guerra civil. Sí nos ha dicho que su paraíso, su libertad, era la playa de Arrigunaga donde pasaba tres meses con sus padres y su hermano menor y que ese paraíso se trastocaba en cárcel cuando regresaba el primero de octubre al colegio Santiago Apóstol de Bilbao, aunque en ese colegio conociese a un fraile que le hizo amar la lectura.

Nos ha contado también cómo vivió los bombardeos de las tropas alemanas, italianas y franquistas de su ciudad natal: “Recuerdo el primer bombardeo de Bilbao por los trimotores alemanes. Yo desayunaba una tortilla francesa, que no acabé. Corrimos a la casa sólida del barrio, una de cemento de seis pisos. Nos amontonamos en el primero. Para protegernos mejor de las bombas, una mujer pidió que se bajaran las persianas de las ventanas. Hubo en la ciudad trescientos muertos. Los bombardeos siguieron hasta la entrada de Franco, el 19 de junio de 1937. Yo estaba en Getxo cuando los italianos acamparon frente a nuestro caserío”:

Pero parece que la guerra propiamente dicha no le afectó demasiado; al menos, no tanto como la posguerra de los años cuarenta con su miseria económica, las venganzas, las denuncias y, en general, el clima de miedo y silencio en que se vivía.

Adolescente retraído, en esa posguerra dura “leía para evadirme. Tenía 15 años y con los libros huía de mí mismo y de mi entorno. Escribir fue el paso inmediato”. Pero la lectura y, más, la escritura no estaban bien vistas ni en su entorno familiar ni entre sus amigos, que se burlaban de él. A pesar de esa oposición escribe una serie de novelas policíacas que él mismo repudia, aunque consigue en 1944 ver la publicación de una de ellas, Misterio de la pensión Florrie, firmada con el seudónimo de Romo P. Girca.

Estudia Náutica en Bilbao y durante un par de años trabaja de marino mercante: como maquinista naval recorre los mares del mundo, pero ese no era su mundo: “Aquello no lo había elegido yo, sino las circunstancias, el hambre y la posguerra. Pero yo quería escribir, y vivir, como dicen los marinos, “donde pisa el buey”. Cuando comunica a su familia que renuncia a ese trabajo solo encuentra reproches e incomprensión. Él quiere ser escritor, pero en su entorno esa no es ninguna profesión decente; bueno, ni decente ni indecente, no es ni un oficio ni, mucho menos, una profesión. Consciente de esas dificultades, aumentadas por las obligaciones de un matrimonio y dos hijos, durante el día trabaja en una fábrica de gas, por las tardes en una editorial donde compone los textos para álbumes de cromos infantiles y, en los escasos ratos libres, sigue escribiendo en secreto. No era muy sociable y eso le ayudó con la escritura: “Yo he sido afortunadamente un retraído en tertulias desde niño, en el chiqueteo, todo eso no lo he frecuentado. Soy solitario o me han hecho solitario y por eso escribo. Porque si hubiera sido un gran conversador, me habría agotado en las tertulias como tantos otros. Escribo porque hablo poco".

En 1957 obtiene el Premio Mensajero por su relato El ídolo. Ese mismo año toma una decisión que resultará transcendental en su vida: influido por la lectura de Thoreau decide retirarse a un caserío de Getxo, que él mismo irá construyendo y que llamará Walden, en homenaje al libro del filósofo y naturista americano. Hasta su muerte. Walden será el refugio de ese peculiar lobo estepario: “Surgió mi vena silvestre, aborrecí la civilización de la ciudad, de la sociedad de consumo. Abandoné Bilbao y me vine a Getxo. Vine a aislarme, a aislarme de todo; a aislarme de la gente. En ese momento yo no era nada solidario; trataba de resolver mi problema personal, mi problema vital. Me identificaba con las ideas de Thoreau; la vida en el campo y con poco esfuerzo; aunque yo siempre he tenido que hacer esfuerzos".

RECONOCIMIENTO LITERARIO
 
En su vieja máquina Underwood, robando el tiempo al sueño y al descanso, va redactando la novela que le dará a conocer en el mundo literario, Las ciegas hormigas, Premio Nadal de 1960. La novela se basa en un suceso real que le contaron de niño: en 1929 un barco inglés embarrancó junto a la costa de La Galea, en Getxo, y los habitantes de los pueblos vecinos iban por la noche, a escondidas de la guardia civil, a coger el carbón del carguero.
Escritor silenciado por los mercados y la industria editorial desde los años setenta, conoció un espectacular reconocimiento de lectores y crítica a raíz de la reedición en la editorial Tusquets entre 2004 y 2006 de su trilogía Verdes valles, rojas colinas

Ese hecho real Ramiro Pinilla lo transforma en una novela testimonial, llena de crudeza, que revela la miseria en la que vivían los campesinos de aquellos años y la entereza para sobreponerse a todas las adversidades: en búsqueda de la subsistencia, sus personajes actúan como “ciegas hormigas” que transportan en filas interminables el fruto de sus afanes (“No es humano; nada de lo que hemos hecho esta noche es humano”, dirá un personaje de la novela). Las ciegas hormigas se lee aún hoy como un grito de rabia, de protesta, pero también, como dice su autor, como “una explosión de libertad, una explosión de la libertad de expresión en un país injusto, intolerante, explotador…”.

Esta novela es deudora de la segunda gran influencia americana de Pinilla: William Faulkner cuya literatura conoció en los años cincuenta cuando se abrió en Bilbao la Casa Americana, dotada de una amplia biblioteca de autores norteamericanos. Nunca ocultó esa influencia: incluso llegó a decir que por aquella época, antes de ponerse a escribir, leía al menos una página de Faulkner para empaparse de su escritura y de su mundo: “Faulkner me dio las muletas que necesitaba, me ayudó a descubrir el tono personal imprescindible para contar lo que quiero como quiero. La técnica “perspectivista” adoptada por el novelista vasco (los hechos vistos a través de personajes distintos) enriquece no solo la vida interior de los distintos personajes sino que ilumina al lector en el descubrimiento de realidades complejas, veladas a un autor objetivo u omnisciente. Finalmente, y aunque entonces no lo pudiéramos saber, la novela nos sumerge en un mundo mítico, que encontrará su más lograda expresión en la trilogía Verdes prados, colinas rojas; y digo esto porque el Ismael del último volumen de la trilogía no es sino el niño de catorce años que en Las ciegas hormigas va a sufrir una transformación esencial en su vida por las circunstancia que la pobreza le hacen vivir esa trágica semana.

Desde otro punto de vista, la lectura de Las ciegas hormigas nos permite hoy ensanchar el panorama de lo que era hasta entonces la vida literaria del País Vasco, dominada por escritores de corte fascista. Eran los años en que, por ejemplo, escribían Julián Ayerra (Helena o el mar, 1952) o Rafael Sánchez Mazas (La vida de Pedrito de Andía, 1951), novelas en las que todo pasaba en un mundo idílico y acomodado, sin ecos de la vida real. Las ciegas hormigas es la réplica o la antítesis de toda esa novela escapista de los triunfadores de la contienda civil. Porque no nos olvidemos de que en el País Vasco, al igual que en Cataluña, muchos (los poderosos de siempre) podían asentir a la frase con la que Esther Tusquets tituló uno de sus libros de memorias: Habíamos ganado la guerra.

A pesar de la notoriedad que entonces otorgaba el Premio Nadal y de que la novela consiguiese, al año siguiente, el Premio de la Crítica, la carrera literaria de Ramiro Pinilla no acababa de despegar: apenas un par de novelas en una década, editadas sin pena ni gloria. En 1971, parecía que la fortuna se acercaba de nuevo al novelista vasco: recibe la invitación para asistir a la entrega de los Premios Planeta ya que el jurado ha declarado ganadora del mismo a su novela Seno. Pinilla, que no se había desplazado a Barcelona con ocasión del Premio Nadal, lo hará en esta ocasión… para enterarse de que, a última hora y por presión de Lara, deseoso de presentar como ganador a un autor “de prestigio” y comercial, el jurado había cambiado de criterio y otorgaba el premio a la novela Condenados a vivir, del entonces exitoso autor de la casa José María Gironella. ¿Cómo comparar al novelista más comercial en España de aquellos años con un personaje con tan poco “glamour” como Ramiro Pinilla, de quien se cuenta (no sé si la anécdota es cierta) que un afamado periodista de la época había dicho al conocer que había ganado el Nadal: “¿Quién cojones es ese Pinilla de Getxo?”

EL PARTIDO COMUNISTA Y LA AVENTURA DE LIBROPUEBLO
 
La experiencia del mundo literario no había podido resultar peor para Ramiro Pinilla: en Destino lo engañaron haciéndole firmar un contrato en el que renunciaba a sus derechos en las reediciones de Las ciegas hormigas y, además, asignaba a la editorial los derechos exclusivos de la novela por cincuenta años; más aún, la editorial llegó a firmar, a espaldas del interesado, un contrato con una productora alemana para que hiciera una película sobre la novela. (El autor tuvo la primera noticia de todo ello cuando en su casa se presentaros los productores buscando los escenarios naturales para el rodaje). La experiencia de Planeta no fue mejor por lo ya contado (y por otras derivaciones que harían el relato interminable).

Estamos, pues, a comienzos de los años setenta. El relativo fracaso de su carrera literaria como escritor, la evolución de la sociedad española en general y la vasca en particular, su propia maduración personal, todo ello se conjuga para que la vida de Ramiro Pinilla encuentre un nuevo rumbo. Político, primero: “Entonces, en medio de aquella insolidaridad, resolví mi vida y, cuando lo logré –de forma humilde, por supuesto, ya que mis apetencias materiales son muy reducidas- , me di cuenta de que eso no bastaba. Yo, que creía ser un ser solitario, tomé conciencia de que no lo era del todo. Este pequeño descubrimiento me empujó a incorporarme al mundo. Participé en movimientos como la Asamblea Democrática de Vizcaya y decidí ingresar en el Partido Comunista”.

Respecto a la influencia de su militancia comunista en su obra de escritor, Pinilla se expresaba así: “También hay mucha gente que me pregunta sobre la influencia de mi partido en las tareas creativas. Y yo suelo contestar que si hubiera escrito ahora Las ciegas hormigas, es decir, después de mi ingreso en el Partico Comunista, todo el mundo diría que la idea había surgido de la política, porque el libro es mucho más radical y ostensiblemente ateo que otras cosas que he hechos más tarde. Con esto trato de señalar que mi partido no está influyendo en mi trayectoria literaria. Cuando se habla de compromiso, suele entenderse como vinculación de un escritor a un partido, aun cuando la idea del compromiso es mucho más amplia. Este es un problema tangible; pero, en mi caso, no sé si por lucidez o por incapacidad, el partido no intenta imponerme ningún modelo cultural.

Pienso que esta militancia, junto a los ya descritos avatares editoriales, le llevan a otro cambio radical como escritor: decide romper con el mundo editorial convencional y junto con otro escritor, J. J. Rapha Bilbao funda una editorial sin ánimo de lucro, en la que todo funciona de modo artesanal, hasta la propia venta de los productos, Así nació Libropueblo, que respondía a una idea de resonancias casi anarquistas, que el autor tenía muy clara: “el estado natural del escritor es publicar sus propios libros sin ataduras a editores comerciales".

La filosofía de esa empresa se describe en el manifiesto de la editorial, redactado por sus dos creadores, manifiesto del que extraigo algunos fragmentos:

Libropueblo es un intento, de tratar al libro y a la cultura desde un enfoque distinto. Son dos nuestras metas: alcanzar un mayor estrechamiento entre el artista y el pueblo, en bien de la popularización de la cultura; y ofrecer a este pueblo libros no a precio de negocio, sino a precio de costo. Entendemos, pues, que la cultura no debe ser comerciable.

Libropueblo es la respuesta ideal al problema de la socialización del libro. No es más que un intento de denuncia. Sin dinero, sin medios, sin organización, tratamos de demostrar que los libros no tienen por qué ser tan caros. Todos sabemos que si el libro, en imprenta, cuesta cien pesetas, cuando llega al público ya se ha puesto en cuatrocientas. Con el valor de las trescientas pesetas de diferencia no se ha producido nada, pues en nada se ha mejorado el libro.

Quisiéramos dejar bien claro que no estamos denunciando a editores, distribuidores o libreros, sino denunciando un sistema social de mercado que permite una mercantilización tan abusiva de un producto cultural.

Todo escritor tiene legítimo derecho a cobrar y vivir de sus libros. Pero también, a exigir que estos libros se hallen al alcance del lector, de todos los lectores. Se trata de convertir la cultura en algo familiar. Y no sólo los libros, sino también los que los hacen. Más que profesión, el escribir debe ser comunicación. Y a los precios actuales, el libro deja de ser comunicación.

En Libropueblo cada autor pagaba de su bolsillo la edición de su obra, se la llevaba a casa y después la vendía en la calle, en las fiestas de los pueblos y en las fábricas. En el interior de las contraportadas figuraban las cuentas de Libropueblo, una suma donde no tenían cabida el beneficio del editor, del distribuidor y del propio escritor.

El primero de los dos textos que ofrezco a continuación es uno publicitario que explicaba la filosofía de la incipiente editorial. El segundo, una justificación económica aparecida al final de una novela de Ramiro Pinilla aparecida en 1978.

Libropueblo. Las cuentas claras en cada ejemplar

Aunque Libropueblo se distribuía principalmente en Vizcaya, recuerdo una visita que hicieron en a Madrid en mayo de 1979 donde a lo largo de una semana por calles y plazas (empezando por El Rastro y con una pausa en la librería Ámbito) explicaron el proyecto y vendieron sus libros.

Libropueblo editó unos quince libros entre 1978 y 1986 con una tirada media de tres mil ejemplares, de los cuales algunos conocieron una doble edición. Algunos libros llevaban el texto bilingüe, en castellano y en euskera. Uno de los últimos libros publicados fue el primer volumen de la trilogía Verdes valles, rojas colinas. El final de esa aventura lo han contado así sus dos protagonistas:

“Fue un momento muy bonito y lo pasamos muy bien, pero no tenía futuro”. (Ramiro Pinilla)

“Ramiro Pinilla y yo nos íbamos con dos cañas de pescar y con una pancarta que decía: “Socialicemos el libro. El libro no es un negocio”. Entonces ya éramos muy conocidos. Pinilla era Premio Nadal. Pero era demasiado trabajo, no compensaba. El fracaso de Libropueblo fue que no se sumaron más escritores”. (Rapha Bilbao).

LA ESCRITURA CONTINÚA
 
Entre 1971 (año en el que su novela Seno quedó finalista del Premio Planeta) y 2004 (cuando Tusquets comenzó la reedición de Verdes valles, colinas rojas) Ramiro Pinilla publicó ocho novelas, tres libros de relatos y una docena de biografías divulgativas para la editorial Asuri, de Bilbao, que luego después se reeditaron en otras editoriales. Fueron éstas obras de encargo, que el autor aceptó para seguir sobreviviendo como escritor. El enunciado de los personajes biografiados nos revela claramente ese carácter de libro pane lucrando: Carlomagno, Isabel de Inglaterra, César Borgia, Goya, Pasteur, Madame Curie, Lawrence de Arabia, Churchill, Einstein y el Che Guevara fueron los protagonistas de estas biografías.

De sus novelas de esta época, la que me parece más interesante por diversos conceptos es la que se publicó en 1977 bajo el título de Antonio B, el rojo, ciudadano de tercera, escrita en 1972 y que pasó cinco años en espera de la autorización de la censura. (Cuando en el año 2007 Tusquets reeditó la novela apareció con el título original censurado: Antonio B, el Ruso, ciudadano de tercera).

Un día, un amigo de Pinilla le cuenta que ha conocido a un individuo que ha llevado una vida muy azarosa y que anda buscando a alguien que se la escriba. Se llamaba Antonio Bayo y durante más de un mes estuvo yendo a Walden a contar su historia al novelista.

El personaje real y el personaje de la novela nacieron en un pueblo miserable de León y desde pequeño vivieron al margen de la ley por culpa del hambre (una anécdota que el novelista rescata es la del día en que fue a comulgar hasta siete veces pues la hostia había sido lo único que ese día comería). Antonio fue un rebelde desde pequeño y conoció el hambre, el abandono de la familia, las palizas en los cuarteles de la guardia civil, las cárceles (en algunas de las cuales Antonio llevará una vida “estable”, con amigos y comida asegurada) y hasta el manicomio. Pinilla escribió esa crónica de una forma objetiva, como un amanuense que va transcribiendo lo que el personaje le va contando de su vida: “Yo no invento nada. Me retiro y le dejo al otro que lo cuente. Es el lenguaje invisible. Es la ausencia premeditada del escritor. El libro se explica por sí mismo y el autor desaparece”. Al dar voz al personaje, Pinilla extrema la sencillez compositiva y del lenguaje, a través de una narración lineal que va siguiendo al personaje desde su nacimiento hasta el momento de la narración.

Esta técnica narrativa seminal recuerda no poco la de García Márquez en su Relato de un náufrago. La diferencia es que Antonio no es un náufrago de diez días, sino de toda una vida. Y si a García Márquez lo movió a escribir aquella historia por lo que tenía de insólita, a Pinilla lo empujó el carácter testimonial y de denuncia que conllevaba la historia de Antonio. Pinilla dijo que escribió la novela como protesta contra la eterna España miserable: “La razón fue la denuncia social. Por si alguien, algún español, no sabía cómo era esa España. Esa España de siempre, de siglos pasados y de este siglo, con la que algunos se llenan la boca ahora; con un pueblo humillado, aplastado por las instituciones, la Iglesia, la policía, los jueces, el militarismo. Eso es lo que yo quería reflejar

Santos Sanz Villanueva termina así la crítica a la reedición de la novela: “Con la historia del Ruso, Pinilla pinta un estremecedor fresco de la injusticia que debe leerse aunque uno salga de esta crónica del espanto que causa nuestra especie con el corazón en un puño”

Como colofón maldito a su vida, años después de publicarse la novela Antonio Bayo moriría violentamente en Galicia a los 45 años en una riña familiar, traspasado por un tridente de recoger la hierba.

EL ATENTADO A LA REVISTA DE GALEA
 
Paralelamente a su labor de creación y, tras el final de la aventura de Libropueblo, Ramiro Pinilla alienta en Getxo una tertulia y un taller literarios en los que participarán jóvenes que luego descollarán en la literatura como Willy Uribe o Unain Elorriaga. Además, es el mentor de una publicación periódica cultural de ámbito local, La Revista de Galea. En el crispado ambiente político de Euzkadi de aquellos años, la postura antinacionalista de Pinilla (“yo pretendo ser vasco de varias piezas: ser vasco y, al mismo tiempo, de pensamiento universal” afirmó en más de una ocasión) le granjeó la hostilidad del PNV y del mundo abertzale. Por ejemplo, Pinilla cuenta cómo el mundo nacionalista reaccionó indignado cuando publicó en versión bilingüe el libro de relatos Andanzas de Txiki Baskardo (1979): “Este libro, que es bastante desmitificador y que algunos tendrán por irreverente, intenta contar el mundo vasco desde otros puntos de vista. Durante mucho tiempo, mucha gente se ha dedicado a imponerme su visión del mundo. Ahora creo que tengo derecho a dar mi propia visión. Y si hasta ahora nadie se había escandalizado porque hubiera gente encargada de explicar la religión, la política y muchas otras cosas, creo que ahora nadie se deba escandalizar porque hablando de Euzkadi diga, por ejemplo, que Jesucristo fue maketo”
Hoy comprendemos muy bien las dificultades entre las que tuvo que moverse alguien que se sentía naturalmente vasco a la vez que universalista y que, además, se proclamaba comunista

A esto se añadió la polémica de si sólo deberían considerarse escritores vascos quienes lo hicieran en euskera (¡qué viejo, cansino y estéril nos sigue sonando esto ahora por más de que en algunos sitios sigan con la misma estrechez de miras e idéntico pueblerinismo!). La postura de Ramiro Pinilla en esta cuestión no pudo ser más lúcida (y machadiana): “En el fondo nunca me ha preocupado esa polémica. Si algunos dicen que por escribir en castellano no soy escritor vasco…, pues bueno; no estoy dispuesto a pelearme por ello. Y los que dicen que soy escritor vasco aunque escriba en castellano, pues muy bien. Yo me siento escritor vasco de una manera normal, sin estridencias, porque estoy aquí, porque hablo del mundo vasco y porque yo bien me sé quién soy. Si viviera entre esquimales, trataría de contar lo mismo que cuento en Euskadi, porque creo que las diferencias entre los pueblos son accidentales, epidérmicas. El hombre vasco, antes que vasco, es hombre”.

Hoy comprendemos muy bien las dificultades entre las que tuvo que moverse alguien que se sentía naturalmente vasco a la vez que universalista y que, además, se proclamaba comunista. Por eso, no sé hasta qué punto le sorprendería lo que pasó en octubre del año 2000 cuando ETA voló la sede de la revista Galea, de la que él era responsable y amenazó por carta a cuantos trabajaban en ese empeño cultural. Quizás le sorprendiera menos la hipócrita reacción del Ayuntamiento de Getxo, en manos del PNV, que se limitó a una condena genérica del atentado, según refería El País de 17 de octubre: La alcaldía de Getxo hizo ayer público un comunicado de condena ante el ataque contra el local de la revista Galea, cometido el sábado pasado. La nota califica los hechos como “un claro atentado a la libertad de expresión de una minoría que no tiene más argumento que el de la imposición violenta de sus pareceres”. El Ayuntamiento de la localidad vizcaína exigió en la nota el “respeto de la voluntad democrática y de convivencia reiteradamente expresada por todos los getxotarras”.

Pinilla llevaba muchos años dándole vueltas a un proyecto literario que abordase el mundo vasco en toda su complejidad, tanto histórica, como social y política. Aunque, con la excepción ya señalada de Antonio B, el Ruso, todas sus historias habían estado centradas en Euskadi (y casi se podría decir que en Getxo y sus alrededores), creía que debería confrontar de forma global los mitos milenarios de la cultura y de la tradición vascas con los hechos históricos reales. Pensaba Pinilla que en el País Vasco había dominado, al menos desde el siglo XIX, un “relato” oficial excluyente, poblado de caseríos, de procesiones y de romerías, habitado en exclusiva por poseedores de rancios apellidos vascos, que vivían en un país idílico y armonioso; y que ese relato había silenciado el mundo de la explotación obrera por parte del mundo nacionalista y capitalista. En todo momento tenía muy presente el desfile que en las madrugadas de su infancia había visto de los trabajadores, “maketos” o “coreanos” en su mayoría, con sus cestas de comida, esperando a la puerta de las fábricas y las minas. Y en ese desprecio común al de fuera (bueno, a los humildes y desheredados de fuera, que a los ricos con apellidos ingleses bien que los recibían) extrañamente confluían los clericales nacionalistas de derechas y los llamados a sí mismos revolucionarios abertzales. Por eso quiso denunciar el influjo de la religión patriarcal, el conservadurismo esencial de las clases pudientes agrarias y su rechazo a la modernización económica que suponía la industrialización con la consiguiente llegada de los de fuera, los eternos marginados contaminadores de la pureza del pueblo vasco. “Me he metido –decía ya en 1980- en una novela sobre el mundo vasco y, en particular, sobre la comunidad nacionalista, desde dentro y humanizándola, justificando sus actitudes y enfrentándola a una nueva sociedad que viene, sobre todo, de mano de la juventud. Hay en la comunidad nacionalista una añoranza del tiempo pasado, de la utopía vasca, que yo abordo con gran respeto. Ahí sitúo a mis personajes, en los que llevo pensando desde hace unos veinte años".

La trilogía se remonta, ya lo señalábamos al principio de este artículo, al último tercio del siglo XIX y se detiene en los primeros años de la década de los cincuenta. La guerra civil, tal como se vivió en aquellas tierras, ocupa gran parte del tomo segundo.

Ese vasto empeño tiene su primera expresión literaria en 1986 cuando publica en Libropueblo la primera parte de lo que será su obra magna. Los acontecimientos que ya hemos relatado (especialmente la bomba de ETA a la revista Galea), la necesidad de abrirse a un público más extenso que el de su entorno, la creencia de que quizás lo sucedido en los años sesenta con las grandes editoriales no volvería a repetirse, el consejo de sus amigos, todo ello hace que Pinilla intente salir de su círculo y ofrecer su obra a un editor nacional. Su primer intento cerca de la editorial Espasa se salda con la devolución del manuscrito, sin indicio alguno de que siquiera hubiese sido leído. Finalmente, por mediación de su amigo Fernando Aramburu, autor de la editorial Tusquets, consigue que esta editorial asuma la publicación de los miles de páginas de su obra, repartiéndola en tres tomos que irían apareciendo entre 2004 y 2005.

A diferencia de lo que había ocurrido hasta entonces con la obra de Ramiro Pinilla, la trilogía obtiene el respaldo unánime de los lectores (que la leen), de la crítica (que la premia) y de las instituciones (que la consagran). El primer tomo gana el Premio Euskadi de Literatura en castellano. El tercero, el Premio Nacional de Narrativa y el de la Crítica. Posteriormente, en 2012 el autor recibirá el Premio Lan Onari (el más importante del País Vasco) a su trayectoria literaria; y al año siguiente repetirá el Premio Euskadi de Literatura castellana por su novela Aquella edad inolvidable. Ese mismo lo premia también el Gremio de Libreros Vascos por su trayectoria como escritor. Bien se puede decir que estos premios (más el reconocimiento de los lectores) han supuesto en el caso de Ramiro Pinilla todavía en vida una justicia poética que casi siempre llega (cuando lo hace) a título póstumo.

ÚLTIMA ETAPA
 
El éxito de la trilogía no pareció afectar la trayectoria del escritor en cuanto a su exigencia y compromiso, aunque hubiera cambiado su situación en la sociedad literaria

En 2006 aparece su nueva novela La higuera, que parece un episodio desgarrado de la trilogía que adquiere entidad por sí mismo. El tema fundamental es el de la culpa y la expiación por un asesinato cometido por los falangistas contra el maestro y su hijo al entrar las tropas rebeldes en el pueblo. Ya me he referido a la importancia de este relato, uno de los que deben figurar en una hipotética selección de sus Obras Escogidas.

Al final de su carrera literaria, Ramiro Pinilla se volcó en un tipo de novela policíaca que no dejaba de indagar en las miserias y dificultades de las vida española de mediados de los años cincuenta del pasado siglo

En 2009 se publica el primer volumen de una serie detectivesca de la que se publicarán dos muestras más, en 2013 y 2014. Los títulos de la trilogía son Sólo un muerto más, El cementerio vacío y Cadáveres en la playa.

Las tres novelas tienen como protagonista a un librero, Sancho Bordaberri, frustrado escritor de novelas policíacas que se convierte en investigador privado (bajo el hammettiano seudónimo de Samuel Esparta) para resarcirse de su fracaso como novelista. La crítica y el propio autor han señalado que con estas obras retoma su también frustrada vocación juvenil de escritor de novelas policiacas. No he leído, en cambio, que nadie las haya relacionado con otra novela suya de 1969, En el tiempo de los tallos verdes, no reeditada después, y en la que hay también un crimen en los años cincuenta en una pueblecito vasco que será investigado por un adolescente recluido en una silla de ruedas.

Sólo un muerto más retoma el hilo de un crimen no resuelto en una de las entregas de Verdes valles…, diez años atrás, justo antes de la guerra civil. Ello le da ocasión para volver a la España de los años cuarenta: “No es una novela tan extensamente dedicada a la represión, pero uno de los protagonistas es un falangista que funciona, se mueve, que sabemos lo que hace. En lo sucesivo-añade- siempre que escriba sobre esa época franquista procuraré aportar puntuales anotaciones, o recordatorios. Nunca lo soslayaré. El trasfondo político de la historia no entorpece el desarrollo ágil y progresivo de la historia que se va desvelando equilibradamente entre notas de humor, intriga y crítica política.

No he leído las dos últimas novelas de la serie. De hecho, creo que la tercera aún no está en las librerías. Precisamente su presentación oficial estaba prevista para el día 23 de octubre, el día de su fallecimiento. De ahí que, para ir concluyendo este homenaje a Ramiro Pinilla, lo haga con sus palabras, referidas a la segunda novela de la serie:

“En esta nueva novela trato del maketismo (los de fuera) en Euskadi, en donde un emigrante es acusado de un crimen y encarcelado. Esta vez le def1ienden dos chavales vascos, amigos suyos, que contratan a Samuel y le piden ayuda. Tengo la obsesión por haber vivido esa época, y por el desconocimiento que se tiene hoy de todo ello (…) Siguieron [a la guerra] siete años de genocidio sistemático. Eso lo tengo que contar en algún lado. Doscientos mil muertos, todos con la sentencia firmada por Franco a la hora del café. Eso no se sabe hoy, y por ello cuando vea al juez Garzón le daré un abrazo. ¡Joder! Es que este hombre está empeñado en sacar a la luz aquel genocidio, y no puede. Pero saldrá y se sabrá, porque hay que denunciarlo, recordarlo y hacer justicia con las víctimas”.

Ya tenía en marcha una nueva novela. Se titularía Los inmaduros y no pertenecía al ciclo de Samuel Esparta. No parece que la tuviera muy avanzada, aunque afirmaba haber dado ya con el desenlace.

José Manuel Pérez Carrera

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