Elogio del narrador


 

Foto de Bernardo Corral y Fernando Gómez

 


 

Había cumplido 60 años y, por motivos que no se entretuvo en contarme, de repente se vio libre de ciertas ataduras familiares. Tenía el resto de la vida por delante, toda para él. Además, había escrito un libro de relatos, ¡Recuerda, oh recuerda! (inencontrable hoy en día), que constituía todo un programa literario, el anuncio, el esbozo, de lo que quería hacer. Allí estaba el comienzo de Verdes prados, colinas rojas. El comienzo y el final.

El plan estaba trazado. Era 1980. En la soledad de su casita de Getxo, Ramiro Pinilla empezó a escribir, folio tras folio, a mano. En cierto modo, ya no paró. Hasta que llegó el día en que aquello que tenía que hacer ya estaba hecho. Eran 2.200 folios, una novela, y para escribirla había necesitado finalmente 20 años.

Pero ya estaba terminada. Se llamaba Verdes prados, colinas rojas. Es la gran saga de los vascos y sus mitos, un libro repleto de humor y de acidez, una epopeya literaria, y, además, una proeza humana descomunal: el fruto de un esfuerzo inmenso, de un tesón inigualable.

Pinilla había ganado el Premio Nadal con Las ciegas hormigas allá por 1960, y unos años más tarde fue finalista del Premio Planeta con Seno (1971). Luego, se peleó con el mundo, empezando por la editorial, y pasó una temporada autoeditándose, y vendiendo un centenar de ejemplares de sus libros de aquel entonces a través de una escasa distribución local.

No hay soledad comparable a la del escritor. Porque además de estar solo a la manera en que lo pueda estar cualquier otra persona, se ve abandonado a sus propios recursos a la hora de juzgar lo que escribe, y esa situación es muy peligrosa, conduce fácilmente al delirio de grandeza ("esto es genial, estoy escribiendo una obra importante") y, una vez en esas alturas vertiginosas, no hay nada más fácil que desplomarse hasta las simas de la depresión ("esto es una mierda, tendrías que retirarte"). Así que de sólo imaginar lo que Ramiro Pinilla vivió en su casita durante todos esos años, a uno le entran todos los estremecimientos.

El día en que terminó la novela sintió mucha amargura. Sin darse cuenta, durante 20 años había vivido con aquella criatura y, de repente, la criatura se había desprendido de él, le había dejado sumido en otra clase de soledad. De la que supo salir sacando un nuevo folio en blanco del cajón, y escribiendo la primera frase de La higuera, la novela que Tusquets le publica este otoño.

Pero antes de eso hubo de repente una idea nueva, que había dejado de practicar hacía más de treinta años cuando mandó su novela al Planeta. Se le ocurrió que había que buscar algún lector para esos 2.200 folios. Y se acordó del mundo editorial. Pensó que tal vez, si él había sido lo bastante loco como para dedicar 20 años de su vida a escribir todos esos folios, a lo mejor había alguien lo bastante loco como para publicarlos.

Pinilla pensó en Fernando Aramburu, narrador también, y profesor de literatura, que había escrito elogiosamente acerca de aquella novela olvidada por todos y que en su momento ganó el Nadal. Le puso una nota en la que le decía: "Sólo te pido una cosa, diles a Tusquets que hay un señor que tiene una novela larga y que le gustaría que la leyeran".

Aramburu inmediatamente llamó a su editora, Beatriz de Moura, para recomendar la lectura de aquella obra. La historia siguió con la valiente decisión editorial. Luego llegaron las críticas entusiastas, las reediciones, y un par de premios especialmente difíciles. Ganó el Premio Euskadi de Novela, cuyo jurado dio muestras de ecuanimidad al premiar un libro que tomaba el pelo a los vascos, lo vasco y la invención de lo vasco con una sutileza no inferior al cariño y a la chirigota con la que se tomaba los mitos raciales y patrios. Y después obtuvo el premio más independiente de la escena literaria española, el de la Crítica. Ahora le han concedido el nacional, y con todo merecimiento.

El hombre está muy emocionado. Tanto como solo estuvo durante tantísimos años. Olvidado por todos (menos por el generoso Aramburu), desaparecida e inédita su obra, mal comprendido por algunos miembros de su familia, por sus conciudadanos. Lo que más le emociona a Pinilla no es el honor literario, sin embargo, sino la esperanza fundada de la reconciliación personal. Porque ahora está convencido de que sus hijos, todos ellos, van por fin a entender, a perdonar. Cuando habla de eso queda sólo la emoción. Pinilla habla despacio, en parte por la edad, las fuerzas escasas; en parte también porque no le gusta decir tonterías y piensa mucho lo que va diciendo. Pero ahora las pausas tienen otro significado. A este hombre dotado de un sentido del humor singular y extraordinario, se le acaban las ganas de bromear cuando habla como el padre que no ha sabido conquistar la comprensión de todos los suyos.

Ahora tiene el homenaje de un país entero. Vista en su conjunto, la narrativa de Ramiro Pinilla es una demostración más de que la gran literatura puede ser, al tiempo que amena, divertida, el mayor entretenimiento del mundo, una pieza clave en la construcción y comprensión del universo en el que vivimos. Lejos de ser localista, la obra de Pinilla posee la universalidad de lo literario. La gran proeza de Pinilla es la magnitud artística y narrativa de su obra, y lo que hace esa obra con la "realidad" tal como nos viene dada. La operación es compleja, y basa su fuerza en la ironía, virtud inusual en países como el nuestro. Vivimos confundidos por los tópicos y las leyendas, nos dice Pinilla, y buena parte del dolor que nos produce la existencia, buena parte de la crueldad que somos capaces de alimentar y lanzar luego contra nuestro prójimo, deriva de esa confusión, de esa mentira que se ha establecido entre nosotros como verdad.

Para desmontar la mentira, Pinilla recurre a un procedimiento hilarante y riquísimo de matices. En lugar de discutir con el mito, en lugar de hacer como un ensayista, que trata de demostrar su falsedad, lo que hace Pinilla es inventar otros mitos, mucho más hiperbólicos que los mitos comunes, mucho más disparatados. Y por esta simple operación pone distancia, permite el análisis, y hace reír sin tasa a sus lectores que, aliviados, descubren que tal vez habían comulgado demasiado tiempo con ruedas de molino.

El maestro de Pinilla fue sobre todo William Faulkner. Mediados los años cincuenta, llegó a una biblioteca pública de Bilbao un montón de libros de los grandes narradores de la que se llamó "generación perdida". Pinilla leyó a Dos Passos, a Steinbeck y sobre todo a Faulkner, y lo leyó con provecho extremo. Comprendió enseguida que la llamada "novela" española carecía de interés, al menos para alguien interesado como él en el arte de la narración. Narrar no es decir lo que le pasa a un personaje, sino contarlo. Y la novela española estaba atiborrada de "decidores" de historias, finos estilistas, eso sí, pero incapaces de narrar.

Narrar, esa otra cosa, es lo que aprendió Pinilla leyendo a aquel grupo de escritores que, con provecho semejante, y en lugares lejanos, también leyeron en esos años Juan Benet y Mario Vargas Llosa y Gabo García Márquez.

Pinilla es un narrador en el sentido pleno de la expresión. Y en el pleno dominio de ese don narrativo, en la soledad adicional que suponía saber que él no escribía como se suele escribir en España, que era sólo un contador de historias, en esa situación que era condena y privilegio, tuvo el ánimo y los arrestos para no desfallecer. Ahora ya no está solo. Los premios le acercarán a los lectores, y para un escritor de pura cepa como él, no hay mejor compañía.

Enrique Murillo, escritor y editor.

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