Verdes valles, colinas rojas


 

Foto de Bernardo Corral y Fernando Gómez

 


 

Esta obra singular y ambiciosa, a la que el escritor vasco Ramiro Pinilla ha dedicado casi veinte años de su vida, se propone ordenar el mundo que le rodea, el caótico mundo vasco, siempre persiguiendo su cuota de libertad. El intento le ha llevado a Pinilla a más de tres mil páginas de escritura, en las que a través de un viaje intergeneracional, se escenifica la confrontación entre la Vizcaya rural, nacionalista, esencialista, y la Vizcaya de la industrialización y de las luchas obreras. Aún sorprendido por la apuesta editorial, el novelista recibió a EL PAÍS en su vieja casona de Getxo, que bautizó, en 1958, Walden, en honor al escritor americano Henry Thoreau, amante de la naturaleza y anarquista liberal.

¿Cuál es la finalidad de esta obra tan voluminosa; y qué ha pretendido alcanzar con ella?

He querido ordenar el mundo que me rodeaba, que en este caso es el mundo vasco, que hoy por sí es muy caótico y del que presumimos.

¿Pero existía también el caos hace ciento y pico de años, cuando empieza su relato?

Pues sí, precisamente el comienzo del relato está bien elegido porque es el principio del caos, desde que empieza la industrialización, las huelgas en las minas y demás. Entonces verdaderamente empieza la conformación de las dos comunidades que tenemos y que padecemos ahora, con el enfrentamiento.

Sin embargo, cuando empieza su relato, ese mundo se divide de forma más clara. Es decir, lo que llama "el mundo del hierro" y "el mundo de la madera". ¿Ahora es mucho más complejo?

Sí, y podemos mencionar también a "los hombres del hierro", que no solamente son los mineros, por ejemplo, o los explotadores, los que traen la máquina. Y "los hombres de la madera", que son los campesinos, los que aman los árboles. Son los que podíamos llamar ecologistas, que tienen una ideología distinta, que quieren una vida simple, que rechazan los inventos, y que aquí están personificados en los Baskardos, que viven en un caserío estancados en el tiempo.

Sí, pero esa misma gente que llama de "tradición" ha representado también ideológicamente después lo más conservador de una sociedad que ha evolucionado hacia el siglo XXI.

Claro, por lo que he dicho puede parecer que identifico a los Baskardos de Sugartea y a los hombres de la madera con el PNV, por ejemplo, pero no es así tampoco, no es eso, porque mi idea está por encima de todas las ideologías y pueden tener semejanza, y al contrario. El socialismo con su industrialización, con la invasión maketa, podría representar a "los hombres del hierro" también. No, los hombres del hierro son los que traen los inventos, el obrero no tiene su inventiva, ni el minero, lo traen los de arriba, los que compran a los inventores, los altos hornos, y todo esto que hemos vivido aquí y que nos ha traído riqueza. Pero nos olvidamos de la palabra mágica que es "la libertad". ¿Quiénes traen la libertad?, ¿dónde hay más libertad? ¿En el hombre de hoy o en el hombre primitivo? A mí me gusta pensar que había más libertad en el hombre primitivo, aunque tenía al lado los dinosaurios.

Entonces su apuesta literal en ese sentido es mostrar la contradicción de la evolución hacia el progreso, entre comillas, con las luchas de dos comunidades en el caso de Euskadi, ¿la importancia de las dos orillas?

Sí, claro, aquí tenemos dibujados los dos mundos: el mundo digamos campesino, con Getxo, es decir, el nacionalista, y el otro, el mundo socialista, representado en las minas y su revolución digamos social de progreso, de evolución del hombre. El nacionalista que teme perder su identidad ante la invasión maketa lo paraliza. Es decir, el nacionalismo vasco ha sido un freno del progreso.

¿Cuál es el hombre más libre, el que está bajo tutela de viejas leyes como en su libro, o los hombres, como su personaje Asier, que pertenece a un sindicato que se siente o que puede ser libre?

Ésta es la ley natural, unos son nacionalistas, otros son socialistas. El secreto de la verdadera libertad de la que hablo en el libro está por encima de todo eso, está en el hombre primitivo. Ha sido una decadencia continua desde que se produjo el salto de la vida de la mar a la tierra, y eso ocurrió en la playa de Arrigunaga.. Aquellos seres vivos representaron el punto cero de la libertad.

¿De ahí su añoranza?

La añoranza en el Principio, como dice el maestro, con P mayúscula, es cuando no había apenas gente en la Tierra, la playa estaba vacía. Es una utopía, pero me gusta creer en ella, me sirve para formular toda esa trama.

El mundo que evoluciona al lado de los Baskardos llega a la conclusión también de que ha tenido un país idílico de libertad plena, que hoy en día lo han fastidiado los nuevos y los antiguos. Es decir, otra nueva mitificación de la historia vasca.

Sí, esa percepción es un mito.

Pero es un mito que utiliza el nacionalismo para reforzar sus propias creencias.

Los socialistas y los demás, los liberales, los republicanos, atacan a los mitos para destruirlos, pero yo he procedido de otra forma. He creado unos mitos grandiosos, pero al mismo tiempo tan falsos que cualquier persona inteligente se da cuenta de que eso es imposible. Es decir, "queréis mitos, bueno, yo he inventado mejores mitos que los vuestros". Y son tan irreales que no valen para nada, pero están ahí. Yo se los regalo.

Mientras, perdura la propia infraestructura de la familia de caserío, el primogénito heredaba, los demás se hacían curas, o arrantzales (pescadores).

Iban a trabajar a las fábricas, pero luego, como en el caso de Roque, el personaje de la novela, les tira tanto la tierra, el caserío, que abandonan a la mujer y a la hija.

En su libro afirma que surge una resistencia, un caso muy aislado, que aparece ahí en las minas, de alguien que se enamora del personaje Isidora, que es un poco La Pasionaria de entonces. Mientras tanto, la margen derecha se resguarda muy bien de que no haya contactos, ¿por qué? No hay puentes entre las dos orillas, no hay paso, y eso se mantiene durante todo el franquismo. En Neguri y Algorta se protegen de una posible "contaminación". La ría históricamente es un muro, no es caudal de agua.

Exactamente.

También convierte un altar en barra de taberna. Como mito es igualmente sorprendente.

Quería dibujar la idiosincrasia del vasco. El vasco es un gran acusador, es un gran txikitero. Más que beber en solitario bebe en grupo. Yo quería inventar los posibles orígenes de esa cosa, porque el libro tiene mucho de pretensión de origen, de principio de los principios, de cómo empezó esto y lo otro... Entonces, cómo empezó el txikiteo, es decir, el mostrador. Pues ya está, qué más sacralización se puede dar a un mostrador que decir que es el auténtico altar de la basílica de San Pedro, que por accidente llego a la playa de Arrigunaga.

Una vez más, en esta sociedad vasca, como en su novela, las grandes protagonistas de la historia son las mujeres.

Nunca habría creído lo que decían algunos escritores que en el transcurso de una escritura, una narración, les llega a vencer la novela y es la novela la que se mueve sola; yo creía que esto era "esnobismo", pero he experimentado que no. En mi caso, la novela me ha mandado lo que había que hacer. Pero no he pretendido que las mujeres sean tan notorias, me han salido así. Claro, porque en términos generales también lo pienso. Creo que la mujer es superior al hombre, y las mujeres constituyen el centro del mundo.

No, lo digo por sus personajes, que son muy duras, pero de alguna forma les rinde también un homenaje.

El gran sentido común de la mujer libra a las familias de mil calamidades. Por naturaleza, la mujer da la talla en su función, y el hombre no la da. El hombre juega a casarse, juega a guerras, juega a machista, siempre está forzado a demostrar; la mujer no, está en su sitio, en su centro.

Y de la mujer pasemos al lenguaje. Cómo lo construye, puesto que el suyo, en esta su última obra, sorprende por un ritmo, que permanece a lo largo de cientos y cientos de páginas.

Primeramente, el tener el propósito de hacerlo así, luego el amar mis propias leyes, que se basan en que una narración, un lenguaje, tiene que ir siempre avanzando, tiene que tener movimiento y todo esto movido por una música interior, no hay que traicionar lo que estás contando. Si estás contando una cosa, simplemente cuéntala. Una sola palabra en un párrafo puede estropear todo el párrafo. Lo que yo he llegado a calificar de lenguaje invisible. Quiero hacer un lenguaje que el lector no se entere de que hay lenguaje.

Es un lenguaje sobrio, pero al mismo tiempo rico y con ritmo.

Porque se mueve siempre, no hay paralizaciones. No hay lo que a mí me gusta plantear como distensión, o sea, como un cable estirado que no se debe aflojar. Tiene que ser siempre tenso, y ¿cómo esta tenso?, moviéndolo, contando cosas nuevas, ideas nuevas.

Juega con una ventaja, no ha contado con presiones, no se ha puesto nunca límite ni extensión. Eso es una situación que pocos autores pueden alcanzar.

En este caso sí. Pero yo tengo novelas cortas. En ésta, me he lanzado a tumba abierta, sin medidas, sin presiones, ni de fuera ni de dentro, entendiendo que la vida no es vertical, sino horizontal. La vida funciona como un río moroso, sin prisa.

¿Está más cerca de la novela clásica del XIX, de grandes relatos, que de la literatura moderna?

Con la única diferencia de que mi novela, creo, tiene el ritmo y la velocidad de la literatura moderna. Sí, sé que soy un caso atípico, y me he arriesgado mucho. También, podía haber fracasado.

Al escribir, cuando avanza, ¿tiene momentos, como en toda creación literaria o artística, de duda o va como el río?

Va como el río, pero no de modo seguido. Hay días que me paso ahí y no escribo una línea, pero sé lo que tengo que hacer y sé lo que tengo que encontrar. Hasta que no encuentre la frase o la idea justa no avanzo.

En el segundo volumen aborda los años veinte y treinta, la transformación del país antes de la dictadura.

Pero hay más evolución de los personajes que de historia social. La guerra la vive Roque, y la cuenta en primera persona. En esa evolución de los personajes aparece también ese hijo que se ve frustrado, que vuelve de Ceilán, donde ha vivido una vida muy pagana, ha practicado el sexo, es bisexual y vive con unas ideas revolucionarias en aspecto de costumbre, de sexo y demás, que escandaliza a Cristina, y su entorno. Aquello es un escándalo, la propia existencia de un caserío donde viven un grupo de varias personas, y que se traen algunas de fuera, bien sean homosexuales o putas...

¿Y la taberna de la Venta y su dueña siguen igual?

La Venta sigue igual, y ella es la cumbre, digamos, de la maldad y del egoísmo.

Y la margen izquierda, las minas, ¿van evolucionando?

Bueno, a Roque le queda la mala conciencia, y ¿cómo quiere reparar su mala conciencia?, haciéndole honor a Isidora, emprendiendo acciones que le puedan gustar, crea un sindicato en Getxo y arrastra a unos cuantos vecinos.

Pero el sindicato tiene muy poco éxito.

Luego lo logra.

¿Y vuelve a abordar el mundo del proletariado de la margen izquierda en la posguerra?

Sí, con Asier, que ha tenido contacto con un anarquista que le ha inculcado sus ideas. Pero el anarquista es fusilado y éste continúa con su ideología, y participa, digamos, en las primeras huelgas contra Franco. Ahora, no ocurre sólo en las minas, sino en toda la margen izquierda.

Mientras tanto, Getxo sigue dominado por los curas y la Iglesia.

Ninguna apertura a las ideas nuevas. Es un pueblo estancado, cerrado; sólo traen nuevos inventos, sólo lo que produce dinero. Franco es una continuación del nacionalismo vasco.

¿Con cuál de sus personajes se identifica mejor?

En términos de libertad, con los Baskardos de Zugartea. Para mí, son los que han pretendido conseguir la Gran Libertad, que es la individual, sin cadenas, ni ideologías. Viven fuera del mundo vasco, del mundo total. Y luego, ideológicamente con Asier, que es anarquista, y Manuel, que simboliza el vasco noble, que no puede dejar de ser nacionalista, pero que reconoce sus errores, y ésa es su tragedia.

Es también la tragedia de muchos nacionalistas hoy en día.

Unamuno, que es la personificación de la integridad, de la libertad de pensamiento, no podía sobrepasar la barrera de la libertad. Lo imagino pensando, queriendo lanzar sus pensamientos lejos, pero la fe y la religión no le dejaban. A Unamuno le veo también muy atormentado, y a éstos les pasa igual, las fes son peligrosas para emplearlas. Por valientes que parezcan muchos militantes tanto del nacionalismo como de ETA, en realidad, no son valientes. La valentía se demuestra con la soledad, evidentemente, aguantando la soledad. Lo demás es que te acoja un grupo, una religión, o un partido.

¿Para el compromiso como individuo, como ciudadano, también se necesita la soledad?

Para hacer las cosas necesitas al grupo. La soledad es para cuando ya te has habituado a estar solo, entonces te conviertes en un auténtico solitario.

También lo haces por un desengaño, o por cierta edad...

Yo creo en el hombre y no creo. Hoy ya no me fiaría de un líder.

¿Eso puede llevar a una pérdida de valores y de creencias?

No, eso no. Yo no entenderé una revolución. Todas las religiones han fracasado, y generalmente han fracasado por los ídolos. Por los seres, por eso yo me quedo sólo con las ideas nobles.

A pesar de los dos mundos enfrentados y de las épocas durísimas que relata en su libro, en él no se refleja esa amargura que provoca siempre la violencia.

En cierto modo, yo he tratado un comportamiento del hombre; por ejemplo, en las minas no hubo violencia, hubo huelgas, diez mil hombres en pie de guerra, pero no llevaban armas, eso no es invento mío, es histórico.

No son en sí los hechos, sino el relato, percibes que puede haber violencia, enfrentamiento, pero no te crispa.

Hay una contención. Sin embargo, luego viene la violencia, la violencia del franquismo, la guerra fundamentalmente, para llegar, claro, a la violencia actual de estos últimos años, que es tremenda también. Para mí, la violencia es una cosa pueblerina, localista y pequeña, que no significa gran cosa, no tiene trascendencia. El gran tema de la novela para mí es la libertad. Qué tipo de libertad tenemos hoy; incluso en la novela no aparece esa violencia todavía.

¿En qué medida esta obra puede ser su culminación literaria, o tiene más proyectos?

Nada de culminación. He llevado preparando esta novela, no con apuntes, sino con auténticos escritos, durante 30 años, hasta desembocar en esto. Después de esto, estoy haciendo otras cosas derivadas de esta obra. Precisamente escribiendo y planteando el problema siguiente: ¿dónde están aquellos cabrones falangistas que mataban en las cunetas? Algunos todavía vivirán. Muchos han muerto, pero otros no. De eso estoy escribiendo.

Ander Landaburu

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