Un hombre honrado


 

Foto de Bernardo Corral y Fernando Gómez

 


 

Para definir a Ramiro Pinilla, para explicarlo ahora que se ha ido, la primer palabra que me viene a la cabeza es honradez. Ramiro Pinilla fue un hombre terriblemente honrado tanto en la literatura como en  la vida; tanto en su obra narrativa como en su relación consigo mismo y con los otros. Honrado sin concesiones y hasta el desabrimiento, honrado - como decían las abuelas de antes - a carta cabal. De ahí venía su aspereza en el trato y el propio distanciamiento de los circuitos comerciales del mundo editorial, que le perjudicó durante años hasta que el sello Tusquets logró hacerse con sus libros y proporcionarle el reconocimiento que merecía. Yo le recuerdo peleándose todos los años con Luciano Rincón en los debates del fallo de un premio literario - el del café Iruña - que duró hasta inicios de la década de los noventa. Le recuerdo heroicamente impermeable a las objeciones de los demás miembros del jurado y también diciéndole a un periodista que había cometido la temeridad de elogiarlo :"A mí no me intentes embaucar con tus coqueterías y tus encantos femeninos". Le recuerdo despotricando contra las sobremesas : "No hay que hacer sobremesas; todo lo importante se puede decir en una comida".  Y lo recuerdo también cuando le conocí, cuando Luis de Castresana nos lo presentó en un sarao municipal a María Eugenia Salaverri y a mí. Teníamos veinte años y Castresana, por simple amabilidad, dijo algo así como que éramos "dos promesas literarias", a lo que Pinilla respondió con un tono cortante que entonces me indignó y que hoy me parece divertido : " Si estás tratando de influirme, ya sabes, Luis, que a mí no me gustan esa clase de compadreos".
Ramiro Pinilla esa así, un hombre hosco pero también capaz de detalles de una ternura insólita y de una pureza de corazón que rozaba la santidad. Pureza moral que transformó en estilo formal y que está presente en toda su obra, incluso en "Las ciegas hormigas", la novela que obtuvo el Nadal en 1960, pese a que en ella mostrara una cruda realidad y una visión pesimista del ser humano a través de aquellas pobres gentes que trataban de recoger, para calentarse en un invierno de la posguerra, el carbón que un barco inglés, azotado por un temporal, había esparcido por los acantilados de La Galea.
Ramiro Pinilla supo regar como una delicada planta esa limpidez de alma y de estilo que se deja entrever curiosamente en su etapa más social, realista y descarnada impidiéndole caer en la negrura nihilista. Si en "Las ciegas hormigas" asomaban el trabajo y el coraje como valores frente a la España sórdida y hostil de la época, otro tanto sucede en "Antonio B. El rojo", la obra que publicó en 1977, una pionera y sólida incursión en la llamada "novela testimonial", que fusionaba el realismo menos complaciente con el periodismo documentado y que en esos años fue cultivada por autores latinoamericanos como elcubano Miguel Barnet o la mexicana Elena Poniatowska.
La narrativa americana siempre constituyó una referencia para Pinilla. Si el polo social se halla en uno de los extremos del eje de su producción novelesca, el otro polo, el opuesto y complementario es el faulkneriano, en el cual llegó a cosechar los momentos de mayor éxito en su trayectoria literaria. En ese polo se sitúa la trilogía agrupada bajo el título "Verde valles, colinas rojas", que se abre con "La tierra convulsa", continúa con "Los cuerpos desnudos" y se cierra con "Las cenizas de hierro". Con al primera de esas entregas obtuvo el Premio Euskadi en 2005. Con al tercera. el Premio de la Crítica y el Nacional de Narrativa en aquel mismo año. Como Garćia Márquez con su Macondo; como Rulfo con su Comala u Onetti con su Santa María, Pinilla con sus valles y colinas vizcaínas supo urdir todo un mundo propio y fundacional, una geografía mítica que encuentra el patrón referencial en el condado de Yoknapatawpha County, que William Faulkner imaginó al noroeste del Misisipí.
Y pivotando en torno a esos dos polos, al social - en el que se sitúan también sus recreaciones de de la Guerra Civil o de la posguerra - y el faulkneriano, que hace que lo territorial (el Getxo en el que vivió) aflore de manera recurrente, están los relatos de "Recuerda, oh , recuerda" o "Primeras historias de la guerra interminable" que Tusquets acaba de publicar este mismo año reunidos  bajo el título genérico de "Cuentos". Están todas esas novelas en las que Pinilla ha ido probando, siempre con solvencia técnica y con la honradez que le caracteriza, distintas temáticas y géneros. En "Quince años" (1990) se adentró en la novela de formación. En "La higuera" (2006) en el tema de la contienda del 36 y de la memoría histórica, que en él no fueron una moda y que supo tratar con verdadera sensibilidad, sin odio  ideológico. En "Aquellos años inolvidables"(2012), novela con la que volvió a obtener el Premio Euskadi, abordó el tema del fútbol. Y en "El cementerio vacío" (2013). la última obra inédita que publicó, retornó al género policíaco y a su detective getxotarra (Sancho Bordaberri o Samuel Esparta, según se mire) que se había detenido en las páginas de "Sólo un muerto más", publicada en 2009.
Ahora se ha ido el escritor honrado, el hombre al que su obstinación por decir siempre la verdad en la literatura y en la vida le llevó a perder grandes oportunidades, podemos decir que disfrutó realmente del éxito y también del amor en los últimos años de su existencia. Ramiro Pinilla finalmente encontró en este mundo algo de la justicia que le había negado aquella empresa de cromos en la que trabajaba antes de ser reconocido y que le despidió por ganar el Nadal; por el temor a que no rindiera como antes en su trabajo. Es obvio que no le conocían.

 

Iñaki Ezkerra

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