El universo de Ramiro Pinilla

 


 

Foto de Bernardo Corral y Fernando Gómez

 


 

Hay dos Getxos: el administrativo, que linda al norte con Sopelana y Berango, al este con Leioa, y el resto es mar o ría; y ese otro Getxo, de ficción, que se asoma en cada página de la extensa obra de Ramiro Pinilla (Bilbao, 1923). También hay dos Ramiros: el creador constante, de voluntad inquebrantable, capaz de escribir dos mil y pico páginas de una obra -'Verdes valles, colinas rojas'- sin saber qué haría con ella, sin tener editor, ni las habilidades imprescindibles para moverse en el mercado editorial; y ese otro Ramiro de vida pública que gana premios -el Nadal y el de la Crítica a principios de los sesenta por 'Las ciegas hormigas'- y prácticamente desaparece del panorama literario durante más de cuarenta años.
Cuando en 2004 la editorial Tusquets se hace cargo de 'Verdes valles…' para editarla en tres volúmenes, Pinilla sale de sus sombras, de su casa en el Getxo rural, y paradójicamente se deslumbran quienes siempre habían estado bajo los focos de la atención mediática y literaria. En dos años, obtiene el premio Euskadi de novela, el de la Crítica (ambos en 2005) y el Nacional de Narrativa. Desde entonces, alterna la publicación de nuevas obras con la reedición de las primeras. El año pasado, coincidiendo con el cincuenta aniversario de su publicación, 'Las ciegas hormigas' volvió a los escaparates. Y con ella los paisajes por los que el escritor pasea cada mañana. No es que Getxo sea el centro del universo, es su origen, según Pinilla. Y quizá vuelva y vuelva a estos paisajes -la ruta completa suma 5,5 kilómetros- porque en ellos encontró la libertad. En 'Quince años' (Pérgola, 1990) a modo de prefacio escribe: «Hay una edad perfecta. Donde la encuentres, presérvala».

La playa de Arrigunaga

Era Pinilla un bebé cuando sus padres comenzaron a veranear en el caserío Arrune de Getxo. Fueron trece años, hasta que estalló la guerra: «La libertad es la infancia y yo la descubrí en la playa de Arrigunaga». Donde todo comienza. En 'Las andanzas de Txiki Baskardo' (Libropueblo, 1980) se narra la génesis: «Una madrugada, en el instante más bajo de una bajamar, abandonaron el Océano y pisaron la arena de la playa de Arrigunaga cuarenta y ocho bichitos verdes […] que inauguraban la Vida sobre la tierra». Este arenal, el más septentrional de cuantos se encuentran en el Abra, es constante en su obra: a su orilla llega el catafalco en torno al cual se reúnen los vecinos para beber y apostar, en ella conciben y paren sus gentes, se aman Roque e Isidora, en ella violan y matan, viven de lo que arrastra la marea y anhelan pescar un pez mítico que nada en sus aguas. En Arrigunaga se inventa el fútbol.

La Galea

Esa playa también es el lugar en que vive, malvive, la familia Jáuregui ('Las ciegas hormigas'). Una noche lluviosa y fría llega la noticia de que ha embarrancado un mercante inglés en la Galea y la carga de carbón se ha desperdigado por las peñas. Sabas, el aita, se lleva a sus hijos al acantilado y en un frenesí consiguen, mediante poleas y cestas, cargar un carro antes del amanecer. El carbón les asegura un invierno de menores penurias. Pinilla sitúa la faena en un punto (el de la foto) entre lo que hoy es el molino de Aixerrota y el viejo fuerte. Esa misma zona del acantilado es el lugar en que habitan los Baskardos de Sugarkea, una tribu de viejos vascos presentes en muchas de sus obras.

La iglesia de San Baskardo

En el Getxo real, se trata de la iglesia de Andra Mari, origen del núcleo rural. En los años setenta, y coincidiendo con el levantamiento del cementerio cercano, fue objeto de una reforma. En su fachada trasera se construyó un osario y se tallaron en la piedra los nombres de los caseríos del pueblo. La mayor parte de ellos, desaparecidos, quedan en el recuerdo de algunas calles. Pinilla concibe su Getxo sobre 48 caseríos, como 48 son los bichitos verdes que conquistan la playa. En ninguna de sus obras se adentra en el interior de la parroquia, pero el edificio aparece, con exactitud de cartógrafo, «en un alto, a la izquierda del camino que conduce a la playa de Azkorri».

El cruce de Venancio

En el Getxo real, la calle Maidagan desemboca en Sarrikobaso, en 'el cruce de Venancio'. Hace 40 años hubo en ese punto una tienda modesta, propiedad de Venancio Fano, de quien el cruce tomó el nombre. En el Getxo de Pinilla, el cruce se llama de Laparkobaso. En esta encrucijada, donde hoy juegan los niños entre palmeras, se sitúa la mansión de los Oiandia, de los marqueses. Ahí arranca la trilogía. Después, el personaje llamado 'Ella', la sirvienta, la advenediza, hizo construir al otro lado de la carretera, «frente por frente del caserón de los marqueses», un palacio árabe de dudoso gusto. Ella y los suyos lo habitan hasta 1919.

El Galeón

Ese mismo año, «Ella abandonó su amazacotada casona de Getxo y se trasladó, con todos los suyos, al Palacio Galeón, sin estrenar», cuenta Pinilla en 'Las cenizas del hierro', tercer volumen de la trilogía. Lo describe como «una masa ciclópea a espaldas de la playa de Ereaga, en la curva de la carretera hacia Neguri». En el Getxo de hoy, el solar está ocupado por la urbanización Punta Begoña. Los muros de contención de la finca, levantados en la primera década del XX, hoy cercados por su deterioro, están en litigio: en 2007 una cadena se propuso la apertura de un hotel que, por ciertas desavenencias, no ha llegado a construirse. Escribe Pinilla: «El Galeón es como un trasatlántico encallado».

El Puerto Viejo

En el barrio pesquero vive Benito Muro, el alcalde franquista de 'La higuera' (Tusquets, 2006). Es un viejo conocido porque en la trilogía es quien filtra los planos del Cinturón de Hierro a los sublevados. Esta traición sigue provocando la risa en el escritor. También aquí vive Koldobike, la sexy secretaria de Sancho Bordaberri, el investigador de 'Solo un muerto más' (Tusquets, 2009).

La ermita del Ángel

Es una pequeña edificación, que se encuentra a la espalda de La venta, en la confluencia de Maidagan con la avenida del Ángel. Es su nombre real. Según la trilogía, es «la ermita, aquel cajón, poco más que un cobertizo, construido al pie del gran roble en cuyas ramas Totacoxe, soltera, dijo que veía al Ángel». Esta pequeña edificación es también el lugar en que una hija de la marquesa es sorprendida yaciendo con un hombre, 'el Roto'. A través de sus cristales puede verse que el altar está fechado en el siglo XVII.

La Venta

Es el lugar del abandonado catafalco, un trozo de madera maciza de dimensiones considerables parecido a un altar. Su propiedad está en liza: ¿De quién son las cosas que la marea arroja a la playa, de quien las encuentra o de quien se las lleva? Comienzan las apuestas, que heredan las familias de generación en generación. El madero se transforma con el tiempo en lugar de reunión. Hasta que un vecino salta a uno de los lados y comienza a cobrar por el vino que sirve. Un día a Ermo le brillan los «ojitos» con «fulgor singular» y levanta las paredes. La casa de comidas es ya en 'Verdes valles…' la Venta, el centro neurálgico de reunión y vida. Todo pasa por la Venta.
 

Lucía Martínez Odriozola

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