Acta febrero 2006

OBRA: LOS GIRASOLES CIEGOS
AUTOR: Alberto Méndez

PONENTE: Emilio Hidalgo

PRESENTACIÓN

Alberto Méndez nació en 1941 en Roma (Italia) y era hijo del poeta José Méndez Herrera, que, por aquel entonces, trabajaba para la FAO, aunque fue más conocido por su labor traductora para la Editorial Aguilar de autores tan excelentes como Dickens, Stevenson, Goldoni y Chesterton, entre otros, mérito que le fue reconocido en 1962 con el Premio Nacional de Traducción por su exquisita versión de las obras dramáticas de Shakespeare.

Su infancia transcurre en Roma, donde estudió el bachillerato. De regreso a España, Méndez se licencia en Filosofía y Letras en la Universidad Complutense de Madrid. Ideológicamente adscrito a la izquierda, desde joven fue militante del PCE y estuvo muy vinculado al campo editorial, particularmente a la Editorial Ciencia Nueva y Grijalbo. Méndez tuvo que batallar contra la censura, y no siempre con resultados satisfactorios; así, cabe decir que Manuel Fraga Iribarne, a la sazón ministro de Información y Turismo, le cerró la editorial Ciencia Nueva. Señalado como «rojo peligroso», Méndez fue expulsado de la universidad por encabezar las protestas contra el Régimen, que fueron también motivo de exclaustración de los profesores José Luis Aranguren, Agustín García Calvo y Enrique Tierno Galván.

Su creación literaria se reduce tan sólo a una obra, Los girasoles ciegos, y en el espacio que media entre la publicación (febrero de 2004) y el fallecimiento en diciembre del autor, ha merecido el aplauso de la crítica, el reconocimiento de los lectores y el prestigio de ganar tres galardones casi inmediatamente consecutivos, el Premio Setenil al mejor libro de cuentos del año (diciembre de 2004), el de la Crítica (abril de 2005), cuando todavía andaba el libro en su primera edición, y en octubre, el Nacional de Narrativa, logrando imponerse a autores de la talla de Javier Marías, Carlos Castilla del Pino y Luis Mateo Díez, entre otros de reconocido prestigio. Fallece en Madrid el 30 de diciembre de 2004, cuando contaba 63 años, dejando inconclusa la que podría ser su segunda obra, una novela cuyo argumento gira en torno al comisario franquista Yagüe, el mismo que, según palabras del autor, «tiró por la ventana a Julián Grimau y me torturó a mí».

Los girasoles ciegos es un libro que consta de cuatro relatos, cada cual con un valor propio e independiente del resto, pero que conforman una amalgama narrativa que trasciende la importancia intrínseca de cada relato y confiere a éstos un valor añadido de conjunto. Las cuatro narraciones se enmarcan cronológicamente entre los últimos momentos de la contienda de la guerra Civil española y los años inmediatamente posteriores a la implantación del nuevo orden impuesto por el general Franco. Méndez reúne cuatro historias, en las que por una razón u otra los protagonistas resultan ser perdedores políticos de diverso signo; aunque, eso sí, por el contrario, victoriosos en la dramática lucha que sostienen consigo mismos, lucha en la que triunfa la fidelidad a la ética y a la honestidad y la renuncia a la falsedad y la impostura. Se trata de una obra que pone de manifiesto la necesidad de la conservación de la memoria histórica, que se centra en algunos acontecimientos acaecidos en el periodo temporal que comienza el día después del fin del conflicto bélico español y termina con los primeros fracasos de los alemanes en la II Guerra Mundial.

Cada relato hace referencia a un año concreto de esta época, año que figura en el título, como un código numérico por sí mismo significativo, como el estigma cifrado de cuatro sangrantes derrotas de diferente naturaleza. El primer relato, titulado “Primera derrota: 1939 o si el corazón pensara dejaría de latir”, narra la historia de un oficial franquista que, sabedor d que Madrid va a rendirse, se entrega al adversario renunciando a participar en la victoria: no desea «conquistar un cementerio». El segundo relato, titulado “Segunda derrota: 1940 o manuscrito encontrado en el olvido”, versa sobre un poeta adolescente que huye con su novia embarazada -que muere en el parto- y que, escondido en el monte, va anotando en un cuaderno sus reflexiones, mientras se debate entre dejar morir a su vástago -hijo de una huida- y la supervivencia. El tercer relato, “Tercera derrota: 1941 o el idioma de los muertos”, cuenta la historia de un preso que conoció casualmente al descendiente fusilado del juez que analiza su caso. Este preso se aprovecha inicialmente del estado anímico de la madre del finado y esposa del juez para prolongar el plazo de emisión de su sentencia, engañándola con la invención de supuestas heroicidades protagonizadas por el hijo muerto, para posteriormente renunciar a la farsa y así arrebatar al verdugo el consuelo de la autocomplacencia y el orgullo falaz. Y el cuarto relato, “Cuarta derrota: 1942 o los girasoles ciegos”, presenta el caso de un escolar cuyo padre vive escondido en un armario y cuya madre, en su intento de proteger a un ser que se ha rendido, se ve asediada sexualmente por un diácono lujurioso.

El propio Alberto Méndez afirmó el día de la presentación del libro que lo que en él hallaremos “No son historias ciertas, pero sé que son verdad; son historias oídas a sus protagonistas, derrotados que las narraron siempre con sordina y sin poder vencer jamás a sus miedos”. Y añadió que «Nuestra generación ha vivido en la memoria de nuestros padres, quienes vivieron en el silencio; yo sé ahora que mis hijos sabrán mejor quién soy, quiénes somos; he escrito este libro con el ruido de la memoria, sin que me importaran tanto las historias como su olor o su calor». Así que Los girasoles ciegos no es el libro de un autor traumatizado por una transición que abortó la revancha de los perdedores de una guerra, una vez establecido el orden democrático, ni el exponente tardío de una venganza frustrada. Ciertamente los cuatro relatos que componen la obra versan sobre la Guerra Civil y sus consecuencias políticas en la sociedad española de posguerra, pero son también cuatro historias que propagan desconsuelo y desolación, y bajo las que subyace la horrenda idea de que, en una guerra civil, nadie vence, y pierde todo el pueblo que la ha sufrido.

Los girasoles ciegos es, por todo, un libro de duelo flagrante que invita a asumir la historia sin ambages, a no olvidar pasados horrores para evitar repetirlos en el futuro. Es una obra sencilla, realista y a la vez cargada de simbolismos sobre la memoria, sobre una memoria colectiva que debe tener definitivamente su asentamiento en el lugar que le corresponde. Porque superar la tragedia de aquella España de represión, marchas militares y ruido de sables, exige, como se dice en la cita inicial del libro escrita por Carlos Piera, asumir, no pasar página o echar en el olvido.

VALORACIÓN

Las cuatro narraciones que constituyen Los girasoles ciegos no son sino cuatro historias de otras tantas soledades, protagonizadas por unos personajes derrotados social y políticamente; pero que, paradójicamente, se erigen en los auténticos vencedores de la contienda civil, por cuanto todos y cada uno eligen su propio destino, algunos muriendo y otros viviendo una existencia triste, eso sí, de una u otra manera, atesorando todos ellos una coherencia de principios y actitud moral que les faculta a vivir o morir con la dignidad de quien se sabe un ser humano íntegro y honesto.

El primer relato, o primera derrota, nos habla del capitán Alegría. Oficial del ejército fascista, Carlos Alegría se rinde a los republicanos cuando las tropas golpistas están entrando en Madrid. Postura que, lógicamente, no es entendida por ninguno de los dos bandos, pero que el oficial explica que toma, entre otras muchas razones aparentemente arbitrarias, porque sus correligionarios no querían ganar la guerra, sino matar al enemigo. Su entrega le acallará la mala conciencia de haber sido miembro de un ejército que, para vencer, ha tenido que cometer tantas atrocidades y crímenes Como dice Ramón Pedregal a propósito de una reseña sobre el libro: “El capitán Alegría es un Bartleby que cuestiona la norma de aquellos con los que vive y no puede abandonar su visión de lo que ocurre”.

La segunda derrota, quizá el relato más logrado y sobrecogedor de los cuatro, nos cuenta el breve periplo de un joven poeta que huye de los vencedores hacia las montañas asturianas en compañía de su mujer embarazada. En medio de la soledad y el frío la muchacha da a luz a un niño y muere tras el parto. A través de un diario íntimo, donde el adolescente deja escrito su miedo, se nos va poniendo en antecedentes de la vana lucha que emprende el joven padre para salvar la vida de su hijo.

El tercer relato, o tercera derrota, gira alrededor del soldado republicano Juan Serna. Cuando el presidente del tribunal que debe juzgarle y su mujer se enteran de que el soldado enemigo conoció y vio morir a su hijo (un ser abyecto que fue fusilado por sus múltiples delitos) le conminan a que hable y hable sobre ese hijo. Intentando arañar unos días más a la existencia, convierte al joven traidor en el héroe que quieren los padres. Mas la impostura pronto le asquea y cuenta la verdad. Verdad que indefectiblemente le llevará a la muerte.

La historia, o la cuarta derrota, que cierra el libro transcurre en la opresiva vida cotidiana del nuevo régimen. En ella se habla de Ricardo. Un “topo” al que toda la familia protege entre miedos y silencios. Desde el armario en el que vive encerrado contempla impotente y horrorizado el acoso libinidoso que sufre su mujer por parte de un diácono, profesor del hijo del matrimonio. El final es dramático y desolador.

INTERVENCIONES

Joseba Molinero:

Un Girasol Ciego es un absurdo de la naturaleza. Algo que no sirve, que no puede vivir, que no puede sentir el sol. Y eso son los personajes de esta novela en cuatro entregas, son girasoles ciegos. Seres absurdos, seres que no pueden seguir viviendo, seres que no pueden sentir el sol y eligen la sombra de la muerte, una muerte deseada. Su muerte y con ella -egoístamente-, la de sus seres queridos. El Capitán Alegría es un vencedor rendido. Un soldado que renuncia a sus creencias y estatus justificando su actitud con argumentos éticos, como que \"No quisimos entonces ganar la guerra,... queríamos matarlos\", que si bien resulta un argumento literario impactante y probablemente reflexivo, también se hace difícil de admitir. El poeta principiante, marido de Elena, es un vencido que se cree vencedor de la muerte y por ello se deja morir y lo que resulta aun más absurdo, deja morir a su hijo, al que por lo visto nunca deseó. El soldado republicano Juan Serna es un vencido que, como San Pablo, es iluminado al ver morir a su amigo el eternamente piojado. Se escabulle de la muerte con mil y una tretas y, finalmente, se deja suicidar por una injusticia.

Ricardo Mazo, intelectual y dirigente republicano vencido doblemente por el fascio y por un fraile desequilibrado. En fin, los cuatro personajes son hombres suicidados antes de nacer, girasoles ciegos en la sombra.

La técnica de Alberto Méndez es perfecta. maneja personajes, ambientes y texturas con maestría. Cambia de estilo de narración con soltura, creando un clímax y una intriga difícilmente mejorables. Escribe a la manera de un informe de intendencia en el primero. Reproduciendo un diario de un escritor primerizo y balbuciente, en el segundo. Desde varios puntos de vista, intercalando diferentes planos de acción, en el tercero. Y poniéndose en el lugar del fraile esquizofrénico y reprimido, de Lorenzo (un niño sin infancia), de Ricardo Mazo y su esposa Elena, en el cuarto. Maneja con soltura los discursos militares, religiosos, infantiles, poéticos, dotando al texto de una extraordinaria riqueza literaria. Los cuatro relatos aparecen salpicados con continuas referencias a poetas clásicos: Una cita de Garcilaso, Miguel Hernández (\"...para que de las cuencas de mis ojos nazcan flores...\"), Machado ( \"Nieva. Nieva. Nieva.\") y Juan de la Cruz (Quedéme y olvidéme/el rostro recliné sobre el amado;/cesó todo, y dejéme/dejando mi cuidado/entre las azucenas olvidado).

Méndez muestra obsesión por el uso de determinadas palabras cantarinas: usura, inane, melifluo, enteco..., así como de reiteraciones poéticas, como las referidas al abrigo de Astracán o al ascensor de la casa del último relato.

Los personajes se entrecruzan en los relatos, dos a dos, dando al libro una solidez mayor que la que tendría una recopilación de relatos de un mismo autor.

 

Jon Rosáenz:

La cita inicial pone al lector sobreaviso del objetivo de la obra, al mismo tiempo que abre una cierta postura o visión primigenia de las cuatro historias que la componen: “Superar exige asumir, no pasar página o echar en el olvido. En el caso de una tragedia requiere, inexcusablemente, la labor del duelo, que es del todo independiente de que haya o no reconciliación y perdón. En España no se ha cumplido con el duelo.[...] El duelo no es ni siquiera cuestión de recuerdo: no corresponde al momento en que uno recuerda a un muerto, un recuerdo que puede ser doloroso o consolador, sino a aquel en que se patentiza su ausencia definitiva. Es hacer nuestra la existencia de un vacío”.

Son cuatro historias sobre la muerte y más concretamente sobre la muerte indigna en la guerra; no la muerte en combate sino la propiciada por los pelotones de fusilamiento, muerte que se ve llegar pero tarda en hacerse presente. En la primera historia, un desertor extraño del bando insurgente, abandona su puesto casi en el momento en el que su ejército se declara vencedor en el asedio a Madrid en las postrimerías de la guerra. Por medio de las cartas (a su novia Inés, a su profesor de Derecho Natural), además de la inestimable información que facilita el narrador, conocemos lo que el protagonista piensa. Son textos brillantes y con enjundia:

“Aunque todas las guerras se pagan con los muertos, hace tiempo que luchamos por usura. Tendremos que elegir entre ganar una guerra o conquistar un cementerio”.

En la página 15 se precisa lo siguiente: “En una confidencia inoportuna que días más tarde utilizaría el fiscal militar para pedir su muerte con ignominia, Alegría confesó a un suboficial intachable que los defensores de la República hubieran humillado más al al ejército de Franco rindiéndose el primer día de la guerra que resistiendo tenazmente, porque cada muerto de esa guerra, fuera del bando que fuera, había servido sólo para glorificar al que mataba. Sin muertos, dijo, no habría gloria, y sin gloria, sólo habría derrotados”.

El autor quiere explorar el paradigma de un hombre que no acaba de morir; un título apropiado hubiera sido quizá: “Muerte y resurrección del capitán Alegría”. En toda la huida tras la salida de la fosa de fusilamiento explora esta condición de ser entre dos mundos: entre la vida y la muerte, y también entre los vencedores y los vencidos. Así, cuando el capitán alegría cruza Somosierra, el narrador comentará: “Esas montañas surgen allí para partir España en dos mitades y ahora se nos antoja que el esfuerzo brutal de atravesarlas fue otra forma de ignorar lo que separa, de querer estar siempre en los dos lados”. Y en otro pasaje anterior el protagonista le escribe a su novia y “describe crípticamente su situación como la de “una mónada de Leibniz”. Es la perplejidad del hombre que no acierta a ver su sitio en el mundo. Un hombre que pone al descubierto la entidad contradictoria de todo ser humano, por un lado; y por otro, denuncia el sinsentido de la contienda de toda guerra, de todo fratricidio, como lo demuestran las palabras encontradas en el bolsillo del capitán tras su suicidio: “¿Son estos soldados que veo lánguidos y hastiados los que han ganado la guerra ? No, ellos quieren regresar a sus hogares adonde no llegarán como militares victoriosos sino como extraños de la vida, como ausentes…, y se convertirán, poco a poco, en carne de vencidos. Se amalgamarán con quienes han sido derrotados, de los que sólo se diferenciarán por el estigma de sus rencores contrapuestos. Terminarán temiendo, como el vencido, al vencedor real, que venció al ejército enemigo y al propio. Sólo algunos muertos serán considerados protagonistas de la guerra” [página 36]

En el segundo relato, el que espera la muerte es un joven poeta que ha huido de la guerra. Ve morir a su novia y al recién nacido fruto de su amor. La situación narrada es desesperante y cualquier hombre se hubiera suicidado o hubiera enloquecido. Pero el protagonista, con lucidez, escribe un diario que recoge los acontecimientos que tienen lugar desde la muerte de su novia Elena hasta la suya propia, o sea, la tragedia que representa la lucha desesperada del poeta por salvar la vida de su hijo neonato. Hay elementos de un tremendo lirismo: un poema de Garcilaso, una invocación de Miguel Hernández y una lapidaria frase final que pone el broche al relato: “Infame turba de nocturnas aves”.

En el tercer relato hay un presentimiento de muerte, que está ambientado en una cárcel o “checa” de finales de la Guerra Civil, en donde lo ordinario es que cada día haya juicios y llamadas al pelotón de fusilamiento. La palpitación del final está en todos los presos. El protagonista del relato es un hombre que (al igual que Sherezade en “Las mil y una noches”) miente para ganar tiempo o, quién sabe, quizá para salvarse, elogiando al hijo muerto de un coronel, un ser miserable al que su madre llora y añora desesperadamente.

En la cuarta derrota hay varias voces narradoras que se van acercando a un suceso final de la trama, que precipita el suicidio del padre de familia que estaba escondido en el falso fondo de una habitación (escena que recuerda las historias narradas por Manuel Leguineche en un best-seller antiguo : “Los topos”). El hombre escondido es un comunista que huye de las posibles represalias de los vencedores, como estaba claro que iba a suceder. Quizá sea el más fantástico de los relatos, no porque no pudiera existir un cura rijoso que es capaz de delatar a una persona, sino porque crea un magnífico relato, partiendo del hecho simple del fanatismo de un fraile y un niño. De cualquier forma, la indagación en el comportamiento fanático y obsesivo de este hombre es magistral. El cura, de apariencia espiritual, cristiana por demás, es arrastrado por el deseo, por la pasión y la carne. La reacción exorbitada del religioso cuando descubre al marido de Elena pudiera parecer extemporánea e inverosímil; pero, muy al contrario, está ajustada al discurso narrativo, dado que se corresponde perfectamente con la gravedad del desequilibrio psíquico que padece el sacerdote.

Lo que se puede colegir de las cuatro historias es el valor de la dignidad de los hombres en peligro de muerte. Así, los protagonistas tienen en común que son cultos y escriben, son poetas o gentes con una alta conciencia ética y social. Los textos que el autor introduce, en forma de reflexiones, cartas a familiares o simples diarios, como en el caso del segundo relato, proporcionan un valor añadido y un brillo especial a la obra, y la revisten con un toque trascendente que corona el ámbito de la muerte con un halo peculiar y supera la espera de cualquier ser humano corriente.

Méndez redondea el libro confiriéndole un carácter de obra completa, mediante un recurso sencillo que le proporciona unos resultados formidables: entremezclando en los relatos alguna parte de las historias, alguna aclaración o el desenlace de las mismas. De modo que primero uno lee la prodigiosa historia del capitán de intendencia Carlos Alegría (“Soy un rendido”) y después en la tercera historia uno presencia, porque en verdad presencia, el suicidio del capitán en la checa sin poder aguantar la espera y precipitando por segunda vez su muerte; ha estado muerto y enterrado en una fosa común y sólo un milagro ha hecho que se salve. De la misma manera, en la cuarta historia, la protagonista, madre de Lorenzo y mujer de Ricardo Mazo, el hombre escondido, uno llega a saber por los datos del narrador, que el matrimonio tiene otra hija que se marchó con un joven poeta, precisamente la que muere de parto en “la segunda derrota.

 

Roberto Sánchez:

“Los girasoles ciegos” es un libro que trata un tema muy manido, trillado e incluso recurrente, como es el de la guerra Civil española. Pero, Alberto Méndez lo presenta de un modo original y con una voz muy particular y distinta a la de todos aquellos que han narrado historias sobre la contienda bélica o relativas a la situación de la España de la posguerra. Es principalmente un libro que transmite tristeza, oscuridad, soledad, derrota, desesperanza, impotencia, sufrimiento, angustia, agonía y, sobre todo, muerte. Muerte que es la protagonista de los cuatro relatos de que consta la obra. En todos ellos los personajes principales mueren, v. g.: el capitán Alegría, que pudiendo vivir decide suicidarse; el poeta, su novia y el hijo de ambos; Juan Senra, que teniendo en su mano la salvación opta por morir con dignidad; y Ricardo Mazo ,que no quiere entregarse a los vencedores y acaba suicidándose.

El primer relato es el más llamativo e impactante. En él, un capitán de los nacionales se entrega los militares del bando contrario, los republicanos, justo el mismo día en que éstos se rinden. Según él mismo confiesa lo hace por convicciones morales, porque no está de acuerdo en como se llevó a cabo la victoria, y no por cuestiones ideológicas. El segundo relato, por otra parte poseedor del premio Max Aub, es reposado, estático y un tanto melodramático. El tercero se ajusta al tópico de la vida de los presos políticos y los juicios sumarísimos de aquella época. Y el cuarto relato es el más elaborado de todos. En él, Méndez refleja a la perfección la extraordinaria batalla que libra un fraile contra sus propios impulsos sexuales y la vida en la sombra de un topo prófugo de la justicia de los vencedores.

 

Miguel San José:

En Los girasoles ciegos Alberto Méndez narra diferentes historias que, seguramente, son ciertas y con una base en hechos reales, como los cambios de bando, los huidos, los topos, los episodios dramáticos y las escenas dantescas. También presenta muchas situaciones que, a pesar de que resulten extrañas o extravagantes, son perfectamente creíbles: así, el tiro en la nuca que no llega a su sitio, la vida dentro de un armario, el embarazo de las mujeres por las bráñigas del Cantábrico, el día a día en las perreras franquistas, etc… No obstante, los cuatro relatos, en cuanto tales, carecen de verosimilitud, porque en realidad narran únicamente lo que el autor quiere creer, esto es, una versión de los hechos en correspondencia con sus prejuicios morales e ideológicos, como son el anhelo de que el ejército de los nacionales se hubiera rendido a los republicanos, el deseo de que el topo Ricardo Mazo hubiera salido del armario en que vivía y agarrase por el cuello al cura que asediaba a su esposa o a cualquier otra persona, la ilusión de que el republicano preso en una cárcel franquista hubiera reivindicado sus convicciones y la opción a morir por ser un hombre honrado, o la idea de que los curas son unos pervertidos sexuales. Pero, ni la Guerra Civil española fue así, ni la vida es así. No. Un capitán de Intendencia de los nacionales haría cualquier cosa, menos rendirse a los republicanos el día 1 de abril de 1939, tal y como hace el capitán Alegría. Lo más razonable es que el vencedor goce de los privilegios que le otorga la victoria, sobre todo si éste es un mando. Y lo más socorrido es que los dirigentes del bando perdedor huyan miserablemente al extranjero, como hizo la mayoría de los gobernantes republicanos, por mucho que le pese al autor y pretenda obviarlo. De la misma manera, el padre que es testigo de la agonía de su hijo hace de todo, menos escribir un diario, como hace el poeta adolescente protagonista del segundo relato. Ambas historias son inverosímiles. Y en conclusión, lo que Méndez pretende plantear como una novela realista no es más que una novela de ficción, que se salda con cuatro relatos escritos con maestría, de los cuales sólo uno resulta relativamente creíble, el tercero, que consiste en una sobrecogedora y desgarradora narración de la vida en una cárcel franquista.

Carlos Fernández:

La historia que se narra arranca en las horas previas a la caída de Madrid en manos de las fuerzas nacionales y continúa en los tres años posteriores. El libro, que consta de cuatro relatos distintos entre sí, cuenta esta historia: la tragedia de los vencidos en los años inmediatamente siguientes al final de la guerra Civil española. Los historiadores narran las guerras a través de la concreción de los acontecimientos en fechas o eventos (batallas, tratados, etc..), reseñando en último caso los miles de muertos que se produjeron en las mismas y en nombre de los protagonistas principales que participaron en ellas. Sin embargo, en este libro Méndez pone nombre y apellido a las víctimas anónimas que sufrieron las terribles consecuencias de la guerra civil española.

El primer relato resulta de todo punto inverosímil, lo cual no significa que no pueda ser cierto. Los otros tres presentan episodios medianamente conocidos de la guerra: la huída de los perdedores, los maquis, los topos, los juicios sumarísimos y los fusilamientos al amanecer.

El libro está escrito con virtuosismo y eficacia, en un estilo que más que poético pude calificarse como afectivo porque consigue provocar una corriente de compasión por todos los derrotados.