Acta enero 2006

OBRA: AMADO MUNDO PODRIDO
AUTOR: Julio Manegat

PONENTE: Jon Rosáenz

PRESENTACIÓN

Nota preliminar

El año pasado trabé una relación personal y privada con Julio Manegat que tuvo como fruto, entre otros, el regalo de un ejemplar del libro Amado mundo podrido. Me lo ofreció con una viva recomendación. Según me confesó, esta novela es la que más le satisface de todas las que ha escrito, incluidas, como así me consta, sus dos últimas novelas aún inéditas. El respeto y cariño que le profeso a D. Julio me obligan a hacer extensible dicha recomendación a mis compañeros en lides literarias de la Tertulia de La Granja. Con la propuesta de lectura de este libro pretendo, en primer lugar, paliar el desencanto que produjo en algunos contertulios de La Granja la lectura del libro La ciudad amarilla escrito por el mismo autor que hice en abril de 2005, y especialmente la frustración de nuestro querido Profesor Molinero, quien manifestó su pesar por la inexistencia de una auténtica recreación de la vida de la familia de Eugenio Bonastre, la cual aparecía en la obra sólo tangencialmente, como basamento de una trama cuyo único objetivo era presentar la urdimbre del destino, la muerte y Dios. Por ello espero que, ahora sí, aproveche la oportunidad que nos brinda Julio Manegat, y disfrute de los pasajes de la vida de esta familia formada por Agustín Linares, su esposa Teresa Tapias, su suegra Juana Viu Tordesillas y sus hijos Marián, Rafael, Manuel y la niña que nace y crece a lo largo de la obra, Pilar.

En segundo lugar, pretendo rehabilitar a este autor desconocido en el panorama literario actual, hasta el extremo de que su nombre no suena demasiado en nuestros días, ni sus libros se venden en las librerías, y además romper una lanza en su favor y reivindicar el lugar que le corresponde, por derecho propio, en la historia de la Literatura Contemporánea española, rescatándolo del injusto olvido e inmerecido ostracismo al que ha sido sometido; y en tercer lugar, homenajear al autor y dar difusión a sus obras, las ya publicadas y las inéditas. Quiera Dios que éstas últimas salgan pronto a la luz y engrosen su bibliografía, y que sirvan además para restituir la actualidad de un autor cuyos libros se pueden comprar hoy en día, a treinta años de la publicación de Amado mundo podrido, exclusivamente de segunda o tercera mano, eso sí, sin demasiada dificultad, lo mismo que las obras de su padre Luis Gonzaga Manegat, colega en tareas periodísticas y literarias.

Luis Ignacio Manegat de Urmeneta (texto enviado por email, el día 25 de mayo de 05), hijo de Julio Manegat, periodista y escritor, en los apuntes del libro que está preparando, sobre los personajes ilustres de la familia Manegat, presenta así a su padre: “Mi padre nació en Barcelona el 4 de enero de 1922. Hijo del periodista y escritor Luis Gonzaga Manegat Jiménez (2), se licenció en Filosofía y Letras y cursó los estudios profesionales de Periodismo. En su dilatada labor como periodista destacan los siguientes aspectos:

Colaborador en El Noticiero Universal desde 1946, y colaborador fijo, como crítico literario desde 1952. Redactor de dicho diario desde enero de 1953, articulista, crítico literario y teatral. Colaboró en numerosos diarios, revistas, emisoras radiofónicas y en Televisión Española.

Tiene más de 150 volúmenes de artículos publicados. Fue director de La Escuela Oficial de Periodismo de Barcelona desde su reinstauración en 1968 hasta su extinción diez años más tarde al crearse la Facultad de Periodismo.

En varias ocasiones ha sido miembro de la junta directiva de la Asociación de la Prensa de Barcelona, de la que durante cuatro años fue vicepresidente primero.

Entre los premios obtenidos destacan:

Premio “AHR” a la labor de crítica literaria, de carácter nacional; Premio Nacional de Teatro por la labor de crítico teatral; Premio “Manuel de Montoliu” por la labor de crítica literaria, y numerosos premios en concursos de artículos, cuya numeración sería muy prolija.

Obras teatrales y literarias: En su labor literaria destacan en teatro una veintena de obras escritas. Estrenadas las siguientes: El viaje desconocido, Todos los días, El silencio de Dios, Los fantasmas de mi cerebro (en colaboración con el escritor José María Gironella), Quirófano B, Antes, algo, alguien…. En novela, las obras: La ciudad amarilla, La feria vacía, Maíz para otras gallinas, El pan y los peces, Spanish Show, Cerco de sombra, Amado mundo podrido, etc. En narrativa, Historias de los otros y Ellos siguen pasando.

En poesía, Canción en la sangre; en ensayo, La función crítica de la prensa, y en teatro (publicado) Todos los días, El silencio de Dios, y Els nostres dies.

Premios obtenidos por su labor literaria:

“Ciudad de Barcelona”, con la obra La feria vacía;

“Selecciones Lengua Española”, con El pan y los peces;

“Ciudad de Gerona”, con Maíz para otras gallinas;

Nacional de Teatro de la Real Academia Pontificia de Lérida con la obra Antes, algo, alguien…; Pensionado de Literatura por la Fundación Juan March;

“Hucha de plata” y “Hucha de Oro” por la narración El coleccionista.

Sus novelas La ciudad amarilla e Spanish Show fueron finalistas, a un voto de distancia del ganador, del premio “Planeta”.

Julio Manegat fue durante cinco años secretario del Ateneo de Barcelona; fundador del Premio de la Crítica; miembro del jurado de innumerables concursos literarios y teatrales de carácter nacional; conferenciante en ateneos y cursos culturales de gran parte de España.

Algunos de sus libros han sido traducidos a varios idiomas. Ha prologado diversas obras de autores españoles y extranjeros.

En la actualidad, a sus 84 años sigue escribiendo prácticamente todos los días. Pluma y vieja máquina de escribir...”

El artículo titulado La sombra de un amigo, escrito por Juan Perucho en el periódico La Vanguardia el día 16 de diciembre de 2002, constituye un excelente documento que nos presenta la biografía y la obra de Julio Manegat de un modo ilustrativo y particular. Expone lo siguiente: ”Al salir del cine Verdi seguí calle abajo hasta llegar a una librería de lance, donde revisando sus estantes encontré la novela La ciudad amarilla, de Julio Manegat, editada por Planeta el año 1958. Era una de las pocas novelas de este autor que no conocía. Me parece que fue su primera novela.

Mantengo muy buenas relaciones con Julio Manegat [nacido en Barcelona en 1922]. Me refiero a relaciones humanas, no literarias, pues procedemos de distintos ámbitos ciudadanos de creación. A veces, me lo encuentro por la calle y departimos juntos aspectos de nuestra actual sociedad y de nuestra política. Es lo que se suele hacer.

Nos conocimos en la universidad, donde él cursó la carrera de Filosofía y Letras mientras yo hacía la de Derecho. Compartíamos tertulias en el patio de Lletres con Carmen Laforet, Néstor Luján, Antonio Vilanova y el poeta Salvá Miquel. Era el momento en que velábamos nuestros sueños junto con Julio Garcés, Juan Eduardo Cirlot, Manuel Sagalá y Ramón Eugenio de Goicoechea, estos últimos aglutinados en Barca Nueva, de la Editorial Berenguer, hacia 1943.

Cuando ingresé en el semanario Destino para ejercer la crítica de arte (la sección la titulé Invención y Criterio de las Artes), Julio Manegat ingresó de redactor en El Noticiero Universal y llegó con el tiempo a ser subdirector. Fue comentarista, crítico literario y teatral en el mismo periódico, funciones compartidas con el poeta Enrique Badosa. Escribió, pues, teatro, poesía y, finalmente, novelas. Su actividad ha sido reseñada en Quién es quién de las letras españolas (1969), Diccionario de las Letras Españolas (Revista de Occidente, 1972), Autores de la Literarura Española e Hispano-Americana, de Alianza Editorial (1993).

(...) Se trata, pues de una personalidad de relieve, muy conocida por los lectores y público en general. Sin embargo, me doy cuenta de que su nombre no es demasiado conocido en nuestros días ni aparecen libros suyos. Estos días están dominados por míticas mafias literarias que impiden la libertad editorial y provocan la repugnancia y el desinterés de determinados autores. Esto viene de lejos. Me acuerdo ahora de Melcior Font, poeta catalán extraordinario, olvidado hace años, o no participante, pues no se conoce si no es por sus Nous poemes del Montseny, nº 6 de Quaderns de Poesia (136), y de Gerard Vergés, aristocráticamente apartado del éxito vulgar. En castellano no se mencionan, por ejemplo, determinadas personalidades por razones políticas : Julián Ayesta, Eugenio Montes, Rafael Sánchez-Mazas, Pedro Mourlane-Michelena, etcétera.

¿Le ocurre esto también a Julio Manegat? ¿Por qué? Su literatura está inmersa en la realidad más profunda. Dicen sus editores que los hechos cotidianos están proyectados hasta sus últimas consecuencias y “esto concede una directa universalidad al tema tratado por el autor”. Recuerdo unos versos escritos por Enrique Badosa, su compañero de otros tiempos:

Yo iré olvidando noches y cuartillas

Y tintas de esperanza tan inciertas.

Y en el frío de los espejos rotos,

No volveré a escribir palabras viejas.

¿Quién sabe? Los dioses de Horacio y Virgilio, omnipresentes, soplaban más allá de sus labios hacia las nubes de antaño. La realidad aparecía entonces prístina y actual, más hondamente humana. Las de este autor son unas novelas ferozmente realistas, pero ha conseguido algo que no es fácil conjugar : el realismo con una dimensión humana y poética palpitante y mágica. Los hechos cotidianos, por otra parte, están proyectados hasta en sus últimas consecuencias y esto concede una directa universalidad al tema tratado desde la calle, desde la sencillez, y alcanza unas profundas y patéticas dimensiones, ya que, tras la anécdota visual, podríamos decir, late una preocupación por temas tan importantes y apasionantes como la intuición de la muerte y el encadenamiento de pequeñas causas que, en un momento, obligan a que un hecho se produzca. Son novelas modernas, tanto en la técnica como en la expresión, y no sólo interesan al lector sino que le hacen vivir en una emocionante tensión desde las primeras páginas hasta su desenlace”.

Amado mundo podrido es un libro cuyo título tiene resonancias poéticas, como todos o casi todos los que el autor emplea en su bibliografía: La ciudad amarilla, La feria vacía, Cerco desombra, Maíz para otras gallina Historias de los otro”... Es una novela que despide amargura (el propio autor lo reconoce así, y no duda en calificar sus obras como “amargas”), si bien en ella se entrevé también cierta esperanza, esperanza que se descubre como la luz que ilumina la salida del túnel de la existencia humana, esperanza que se sustenta en este principio vital básico: en la vida debemos elegir entre el absurdo y el misterio. Julio Manegat parece haber optado por el segundo camino existencial, lo cual no le exime de padecer en su propio espíritu la parte amarga, profundamente amarga, de la existencia humana. Es lo que podríamos denominar “optimismo trágico”, que consiste en el reconocimiento de la vida como un amargo cáliz, y al mismo tiempo como un bien cuya posesión y disfrute nos proporciona una inmensa dicha. Viktor Frankl [“El hombre doliente. Fundamentos antropológicos de la Psicoterapia”, Víctor E. Frankl, Editorial Hérder, Barcelona 1987, p. 63] en su obra El hombre doliente, abunda en esta idea, y asevera que: (…) “Ninguno de nosotros puede evitar el sufrimiento ineludible, con la culpa inexcusable y con la muerte inevadible. La pregunta que debemos formularnos es: ¿cómo podemos decir sí a la vida a pesar de todo este su aspecto trágico? Una pregunta que lleva a esta otra: ¿la vida, a pesar de todos sus aspectos negativos, puede tener sentido, mantener el sentido en todas sus condiciones y circunstancias? Lo primero de todo, hay que abordar la vida como es, según leemos en una carta de Rilke a la condesa Sizzo: “El que no acepta de una vez con resolución, incluso con alegría, la dimensión terrible de la vida, nunca disfrutará de los poderes inefables de nuestra existencia, quedará marginado y, a la hora de la verdad no estará vivo ni muerto”. Este mismo sentimiento trágico de la vida, de corte esencialmente unamuniano, informa la obra que nos ocupa. El escritor, atormentado por sus fantasmas interiores, “mezcla de lo diurno y lo nocturno, esperanza y angustia” como diría Ernesto Sábato, nos muestra las diversas afecciones de este sentimiento trágico, así como su inabarcable dimensión, que en la novela se concreta en la presentación de los avatares y vivencias de una familia típica barcelonesa de los años sesenta-setenta, que necesita un baño dominguero para calmar el calor estival y emprende un viaje a la playa, que le llevará lejos, mucho más lejos de lo que nunca hubieran imaginado sus miembros. En su periplo, no encuentran en ningún pueblo playero del litoral barcelonés lugar para aparcar su Seat «124» blanco, coche que es uno de los protagonistas de la obra, que existió y fue el utilitario del autor en aquellos años.

Amado mundo podrido es una obra de madurez, obra llena de pesimismo que, según confiesa el autor, escribió “con amor, sufrimiento y bastantes gotas de amargo humor negro”. Se gestó cuando Manegat contaba con 52 años, después de una larga carrera literaria que comienza con un libro de poemas en el año 1947 y culmina con ésta, que es la última que conoció el tórculo. La obra estuvo a punto de ser llevada al cine, tal como ocurrió con “Spanish show”, aunque el proyecto no se materializó por el alto presupuesto que requería su filmación. Con todo, Amado mundo podrido es su novela más ambiciosa, oscura y quizá la más completa. En ella el autor hace gala de un perfecto dominio del oficio de escribir, y vierte todo su genio en la creación de un alegato de la miseria de la condición humana y de la mezquindad de la historia de nuestra civilización. No se salva nada ni nadie de la crítica, ni siquiera los credos religiosos, o por lo menos las actitudes de sus profesantes.

(2) Texto enviado por email, el día 25 de mayo de 05.

Luis G. Manegat Giménez (nº061) nació en Barcelona el 13 de diciembre de 1888, fue escritor y periodista.

Luis G. Manegat empezó a publicar sus primeros cuentos en 1912 en “El Noticiero Universal” y en “La Vanguardia”. En 1926 ingresó en la Redacción del diario vespertino y en 1952 fue nombrado Director de “El Noticiero Universal” hasta su jubilación en 1960.

Escribió y publicó una treintena de libros, más de 200 cuentos y varios millares de artículos en la prensa diaria y en revistas.

Fue condecorado con la Cruz de Oficial del Mérito Civil en 1954.

Fue nombrado Periodista de Honor en 1956.

Biografía que escribió mi padre de mi abuelo, en enero de 1996

Desde niño sintió la vocación de las letras y del periodismo.

Luis G. Manegat, siendo ya muy joven ganó el primer concurso de cuentos a los 14 años. Comenzó a colaborar en “La Vanguardia” y en otros diarios y revistas. Sería en 1912 cuando comenzó a escribir en el popular “Ciero”, primer diario de la tarde de España, que gracias al impulso y al talento de su fundador y primer director, obtuvo enseguida el favor de los lectores barceloneses y, posteriormente, del resto de Cataluña y también, en sus mejores tiempos, entre lectores de Madrid.

Después de muchos años de colaborar en el Ciero entró ya como redactor de plantilla en 1926. En 1939, terminada la guerra civil española, fue nombrado Subdirector, y Director en 1952, cargo que desempeñó hasta 1966, pocos años, pues, antes de su muerte, en junio de 1971.

En 1956 le fue otorgado el título, que muy pocos periodistas han recibido, de Periodista de Honor.

Asimismo, pocos meses antes de su fallecimiento, los periodistas barceloneses le otorgaron el Premio Francisco Peris Mencheta.

Por otra parte fue nombrado Socio de Honor de la Asociación de la Prensa de Barcelona y Socio de Honor de la Asociación de Amigos de la Ciudad.

Estuvo casado con Antonia Pérez y tuvo dos hijos: Alegría y Julio, siendo éste, asimismo, periodista y escritor, como lo es el nieto Luis Ignacio Manegat de Urmeneta. Alegría Manegat fue licenciada en Historia y la única directora del Museo dedicado al escultor Josep Clará.

Puede decirse sin lugar a dudas que, aparte de las imposiciones diarias de la profesión y de su periódico, la obra periodística de Luis G. Manegat Giménez, que también fue director de diversas revistas como la infantil “Alegría”, en la que dibujaba el gran pintor uruguayo Rafael Barradas y que Manegat redactaba con el poeta Juan Gutiérrez Gili, de las revistas, entre otras, “Cristo Rey” y “Mundo Católico”, dirección ésta que, en los primeros meses de la guerra civil española, estuvo a punto de costarle la vida.

La obra periodística de Manegat, como articulista que publicó miles de artículos a lo largo de su vida, se centraba en la fe y esperanza en Dios, en su amadísima Barcelona y en los seres más desheredados y sufrientes. En este sentido, Luis G. Manegat realizó una obra ejemplar, como bien se demuestra en su obra póstuma “Al filo de la vida”, título de una sección que firmaba en “El Noticiero Universal” y que reúne un puñado de artículos de dicha sección. El escritor y editor Tomás Salvador (muerto años después), la noche en que velábamos a mi padre, decidió publicar un libro de artículos de Manegat Giménez. Luis G. Manegat obtuvo la Cruz de la Orden del Mérito Civil por su labor periodística”.

Obras escritas por Luis Gonzaga Manegat

“Aunque los escritores--sigue escribiendo Julio Manegat Pérez--, bien sabemos cómo esclaviza laboralmente la profesión, Luis G. Manegat realizó una seria labor como escritor robándole horas al sueño y a la fiesta. He aquí la simple enumeración de sus obras”:

Novela: Estelas del corazón, Cautiverio de almas (1931), El juglar (su primera novela), Barracas (novela esta de absoluta denuncia social y publicada en 1955), Hoguera de pasión (1944-novela muy extensa de la Barcelona del romanticismo), Kaddur el loco (1947), Luna roja en Marrakech, Niña de plata, ¡Uno más!. Los primeros cuentos se publicaron en Hojas selectas, La Actualidad, La Ilustración Artística y La Ilustración hispanoamericana. Algunas de estas obras están ilustradas por el pintor Segrelles.

Obras de evocación barcelonesa: Hombres y cosas de la vieja Barcelona (1944) y La Barcelona de Cervantes (1964).

Teatro: Cuento de lobos, La isla dorada, Santa María del Mar, Hay fuego en el Rabal, La conversión de Antón Martín.

De divulgación artística: Las iglesias de Toledo, Las iglesias de Sevilla, La Alhambra (en colaboración con el arqueólogo Macario Golferich). Algunas de sus novelas fueron traducidas a varios idiomas. Manegat Giménez también tradujo novelas como La Divina Comedia.

Conferenciante: Como periodista y escritor pronunció numerosas conferencias en centros culturales de Barcelona, Madrid y otras poblaciones españolas.

Reproducción de carátulas de todos sus libros

El Ateneíllo de Hospitalet en los años 1920

“Rafael Barradas, pintor uruguayo antes aludido, -sigue escribiendo Julio Manegat de la biografía de su padre (mi abuelo), -que vivió lo mejor de su vida en España, particularmente en Barcelona, se creó aquí grandes amistades entre las que destacan las del poeta Juan Gutiérrez Gili y la de Luis G. Manegat. Barradas, que vivió pobremente en un pisito de Hospitalet, junto con su mujer, Pilar, (que no se llamaba Pilar, pero que él conoció en un pueblo aragonés cuando, ya tuberculoso, se fue a pie a Madrid) y con su hermana Carmen, creó el llamado Ateneillo de Hospitalet por el que desfilaron las más importantes figuras de los años veinte (1920) hasta que Barradas, en 1928, regresó al Uruguay para morir.

Allí, en el Ateneillo, se reunían los domingos por la mañana o por la tarde y allí figuraron asiduos, además de Gutiérrez Gili y Manegat, García-Lorca, Dalí, Segrelles, Casona, Sebastián Gasch, José María de Sucre, Luis Monteyá, Guillermo Díaz -Plaja, Luis Góngora, Regino Saenz de la Maza, Mario Verdaguer, J.V.Foix, Sebastián Sánchez Juan, Juan Alsamora,...etc.

El Ateneillo fue una llama importante en el arte y en la literatura en la década de los años veinte en Barcelona y no hubo figura que de paso por la Ciudad Condal no fuese al Ateneillo de Barradas. La presencia en él de Manegat era constante dada la fraternal amistad que le unió al pintor y a Gutiérrez Gili”.

Pies fotos óbito Luis G. Manegat

El 15 de junio de 1971 fallecía mi abuelo paterno, Luis G. Manegat Jiménez”.

(por Luis Ignacio Manegat de Urmeneta)

VALORACIÓN

La novela está escrita con un estilo muy personal, ágil, redondo, sin abrupteces, con trazo homogéneo, poderoso y efectivo, profusión verbal y con una impronta que denota convicción y seguridad en el propósito, formalidad y materialización de la novela. Alterna sabiamente diálogos que van dibujando la vida e incertidumbres de los personajes con pura narración, en este caso menos poética que en otras novelas. Hay un enorme derroche de información que se le trasmite al lector, tanto histórica como metaliteraria, como si Manegat aspirara a crear una pátina de amargura conformada con el sustrato de todas las circunstancias desafortunadas, situaciones desgraciadas, actitudes miserables y todos los males habidos y por haber que enumera y describe, y que irremediablemente han dilapidado la felicidad de los seres humanos a lo largo de la historia, y como si aspirara también a dejar entrever sus múltiples lecturas de “lletraferit” y saberes vitales de búsqueda nunca satisfecha, abordando el misterio de la vida con disposición paciente, a la espera de una revelación.

En Amado mundo podrido el tiempo de la narración no es lineal. No hay una sucesión cronológica de los acontecimientos ni continuidad inmediata en el hilo de la trama. Esta distorsión temporal y argumental se lleva a efecto por medio de la inserción en el relato de los diversos listados de sucesos y personajes históricos, los roles descriptivos de circunstancias y eventualidades variadas y las múltiples enumeraciones de individuos relacionados en una especie, de objetos referidos a un mismo fenómeno y accidentes identificados en una categoría determinada que componen los textos de carácter informativo anteriormente mencionados, por una parte, y la inserción de textos con referencias explícitas de algunas lecturas del autor en clave de intertextualidad, por otra, entremezclados todos ellos con textos que cuentan la vida pasada y futura de los integrantes de la familia en el decurso de la aventura dominguera que se narra. Este juego temporal aparece ya en “Maíz para otras gallinas”, su anterior novela. En ella desgrana las vidas de los participantes en un banquete de empresa (“Mundiplast”), proyectándolas en el presente continuo del banquete y desarrollándolas en su contextura antero-posterior, haciendo coincidir cada plato de la comida con cada uno de los tiempos (pretérito y futuro) enumerados aparte del mero presente, el cual se hace visible a lo largo de la novela en el transcurrir del propio banquete. Manegat presenta una totalización o balance de la vida de los personajes, que se resuelve en una síntesis de la misma por cada personaje, incluso llegando en algún caso a la ancianidad. Se trata de un resumen de la vida, de ese instante de eternidad que tenemos el privilegio de disfrutar, algo así como la visión que Dios tendría de la biografía de cada ser humano desde un momento concreto del presente, al modo que dicen se muestra a uno su propia vida en el lance de la muerte. De esta manera, parece que Manegat quiere poner al lector sobreaviso del sentido de su vida, presentándole el resultado de la indagación del misterio de vidas ajenas, y obligándole a extraer conclusiones acerca de su propia vida, a partir del conocimiento de una o varias peripecias vitales. Este intento de ilustración o ejercicio pedagógico responde a la necesidad que siente el autor de formular una respuesta a la preocupación característica del ser humano contemporáneo, cautivo en el légamo del nihilismo y necesitado de una salida de emergencia a su zozobra existencial, preocupación que en los siglos anteriores sobrevenía sólo en la antesala de la muerte y no como en la actualidad, que se ha convertido en una obsesión. Así nos lo recuerda Ernst Bloch [“El hombre doliente. Fundamentos antropológicos de la Psicoterapia”, Víktor E. Frankl, Editorial Hérder, Barcelona 1987, p. 15] cuando dice: “Los hombres reciben el obsequio de aquellas preocupaciones que sólo se solían tener en la hora de la muerte”. En Amado mundo podrido el autor utiliza un recurso similar al de la obra Maíz para otras gallinas.. Así, el viaje a la playa introduce a la familia Linares en un apocalipsis existencial portentosamente doloroso, en el que una aventura dominguera deviene en el periplo vital de los miembros de la familia, jalonado por los hechos que concurren en la experiencia vital individual de cada uno de sus integrantes, principalmente los relacionados con el futuro; aunque también se explicitan algunas regresiones temporales, como las referidas a las vivencias protagonizadas por la anciana Juana Viu Tordesillas. Esta intertextualidad que, bien es cierto, provoca una distorsión en la sucesión temporal de los hechos, al mismo tiempo facilita una explicación de la identidad de éstos en las coordenadas de la unidad que presupone toda trayectoria vital y posibilita la indagación en el misterio de la existencia humana y en su envés, envés que en este caso sería la constatación de lo absurdo de todo proyecto de vida. En la novela el tiempo, en cuanto división designativa de la realidad, se ejecuta en una doble vertiente: La primera es la que comprende el transcurso del domingo eterno en el que acontecen los hechos más extraordinarios de la narración (el coche que cobra total autonomía, visita a lugares insólitos, irrupción en el habitáculo del automóvil de personajes anacrónicos y finalmente la muerte de todos los miembros de la familia Linares). Este tiempo se desarrolla en una continuidad inexorable y pasa vertiginosamente, lo cual explica que los chavales de la familia se vayan haciendo mayores y la anciana tienda a desaparecer, de suerte que acaba siendo algo indefinido, transparente y casi etéreo adherido al cristal de una ventanilla trasera del coche. La segunda, por su parte, es la que se manifiesta en digresiones y progresiones temporales que se concretan en los saltos al pretérito y al futuro de los personajes. Este tiempo también corre de forma rápida en lapsus temporales o retazos de vida, en apuntes escenográficos que reconstruyen las historias particulares de éstos en un todo discontinuo que contempla los diferentes estadios de sus vidas, así la juventud de Juana Viu de Tordesillas y la adultez de los hijos de Agustín y Teresa, con los problemas que deben, debieron o deberían encarar en sus existencias. La simultaneidad de ambos tiempos en el transcurso de la narración es patente en estos dos fragmentos: En la página 279, una amante de Marián, la hija díscola de Agustín y Teresa, hace mención a las imaginaciones de la mujer, y dice:
“Hablabas de mapas medievales que volaban, de manos cercenadas, de ciudades llenas de soldados, de valles de suicidas, de torturas, de palomas de picassos en el pico y de una tipa inglesa que se acostaba con Shakespeare”. Y en la página 122 Teresa Tapias comenta a su marido lo siguiente: “Porque ellos, y tienes que darte cuenta, hombre, no sólo hablan con nosotros, sino con otras voces que no son las nuestras, Agustín; voces que no nos pertenecen, o nos pertenecieron algún día, como la de María Castellet Dalmau, que se casó o se casará con nuestro Rafael”. Esta interrelación de los dos tiempos que concurren en el devenir de los acontecimientos prefigura la vida de los integrantes de la familia, vida que no conocemos si llegará a materializarse, a ser real. Además, la entrevisión de los dos hilos del tiempo en la novela, el del pasado y el futuro y el del presente de la pesadilla apocalíptica, es recíproca. Manegat utiliza esta técnica para hablar de la Vida, los problemas cotidianos y las cuestiones de calado existencial, sus amarguras y sus reveses, a través de los personajes que recrea, bien sean éstos los integrantes de la familia Linares, bien los personajes remanentes y arquetípicos en todas sus novelas, v. g. el sacerdote y el médico, o bien los pertenecientes a la galería de protagonistas absurdos y fuera de tiempo y lugar que acompañan a los Linares en su viaje fantástico, como son: Teobaldo “El Cojo”, cruzado cristiano que luchó en la toma de Jerusalén; Ramoncito y su señor, el coleccionista de víctimas; la niña eternamente violada, que seduce irremediablemente a agustín; Shanti “El Bonzo”, monje budista que intenta transmitir algo de paz a sus acompañantes; Elisabeth Brampton, actriz inglesa que participó en la compañía de Shakespeare; Sátiro, el sobón que magrea a Marian en el coche; el señorito inútil, etc… De este modo, los diferentes momentos cronológicos se entremezclan y se superponen para dar idea de una eternidad o continuidad temporal que no hace distingos entre las diversas estaciones de una vida, aunque tampoco perpetúa la supervivencia de la familia Linares más allá de su aventura dominguera, posibilidad que queda claramente desechada al final de la novela, cuando en la última página el narrador afirma que: “Agustín, entonces, con una íntima, acompañante y dolorida serenidad, supo que no se sorprendería lo más mínimo cuando al mirarse en el espejo retrovisor contemplase la imagen de su propia, vacía, amarillenta y resquebrajada calavera”.

Efectivamente, es así como concluye la aventura dominguera que protagoniza la familia Linares, aventura que consiste en una peregrinación en automóvil por un mundo extraño y alegórico, que lleva a dicha familia a su propio ocaso. La secuencia de los lugares que los Linares visitan despliega el rol temático que explicita el contenido ideológico y ético que el autor quiere transmitir. Los lugares que se describen, los hechos que en ellos acaecen y las consideraciones que se expresan tienen un trasfondo de crítica y de valor simbólico. La mayor parte de las situaciones que presenta son de la más portentosa actualidad, a pesar de tratarse de un texto escrito hace ya 30 años, por lo que además hay que reconocer el carácter profético de sus previsiones. Así, por ejemplo: el tráfico de órganos; las guerras injustas que asolan el planeta en nuestros días; las pretendidas cumbres de paz, que no son sino un chalaneo entre poderosos; el consumismo rampante de nuestro tiempo, en el que se vende hasta la dignidad de las personas; las plagas de la Humanidad, como el Hambre, la proliferación de cultos religiosos, la insolidaridad, las abismales diferencias sociales, económicas y culturales, el sometimiento a las ideologías, etc… Curiosamente, los lugares que visita la familia Linares se escriben con letras mayúsculas y son denominados con nombres grandilocuentes, que a la postre pretenden significar, uno a uno los ancestrales problemas que asolan a la Humanidad y preocupan al autor. Serían éstos: La Ciudad de los Soldados, que es una alegoría en la que Manegat denuncia la guerra, las guerras y la condición belicosa del ser humano, y en la que nos ofrece informaciones sobre el NAPAL, en clara referencia a su poder mortífero y a su empleo concreto en la guerra del Vietnam. La Residencia del Coleccionista de Víctimas, que es una alegoría del enajenamiento, la cosificación y deshumanización a los que se ve sometido el ser humano por parte de los poderes fácticos. La Ciudad del Gran Mercado, que contiene una crítica despiadada al capitalismo y al consumismo de la sociedad actual. En este lugar mítico se venden órganos humanos, armamentos y cargos políticos. Aquí da a luz Teresa Tapias a Pilar y se produce la detención de la familia. El Castillo y Alto Tribunal de los Hábiles Interrogatorios, que pone de manifiesto la arbitrariedad e impunidad con que los mandatarios ejercen el abuso de poder sobre los ciudadanos sospechosos de ser enemigos del sistema, que en la obra se plasma en la tortura inopinada a todos los miembros de la familia Linares, lo cual anticipa en pocas páginas la muerte de sus componentes. El Dulce Valle de los Suicidas, que simboliza una salida al sufrimiento y angustia de esta vida. Se nombran uno a uno todos los suicidas egregios que han existido en la historia. La Gran Avenida, ese lugar donde se agolpan las multitudes en interminables manifestaciones, que representa la escenificación millones de veces repetida de la rabia y la frustración por las exigencias no satisfechas. La Conferencia de Paz, que desvela el engaño que tilda de fraudes todas las cumbres de paz. El Museo Internacional del Hambre, que expone en toda su crudeza el gran problema de la canina en el mundo, imperdonable y acuciante hoy en día. Y finalmente La Ciudad de la Confraternización Universal, que presupone el último gran sueño de la civilización humana. Se trata de una ciudad de cartón-piedra con templos de todas las religiones y cultos del mundo. Sirve de decorado cuasiespiritual para el desenlace de la novela.

Paralelamente a la presentación y descripción de estos lugares, en la obra hay una rica amalgama de referencias que la fortalecen, y hacen de “Amado mundo podrido” una novela total y completa que abarca todos los órdenes de la vida, del espíritu y el arte. Se distinguen: las menciones musicales de compositores clásicos y alguna de sus composiciones, como Bach, Beethoven, Haendel, Corelli, Mozart, y enumeración de autores contemporáneos, como Beatles, Edith Piaf , …; las menciones a escritores y poetas, como : Pío Baroja y Rainer Maria Rilke, Federico García Lorca, Antonio Machado, Dámaso Alonso, Rafael Alberti …; las menciones cinematográficas, como : “El séptimo sello” (1956) de Ingmar Bergman, “Corpo d’amore” (1972) de Fabio Carpi; las menciones arbitrarias a hechos históricos del pasado próximo y lejano que son mostrados como boletines radiofónicos; y las menciones a hechos de la época, como el declive de Franco, lances políticos, etc… Por otra parte, también hay enumeraciones largas de elementos pertenecientes a una misma categoría, la mayoría de ellas llenas de imaginación y de humor negro. Quizá sea en estos interminables listados donde más evidente sea la ironía y ese matiz de humorada amarga que presenta al mundo como ya augura el título, en su completa y floreciente podredumbre, situación que no tiene ningún remedio o cataplasma mágica que pueda curarla o exorcizarla. Así lo entiende Agustín, quien al final de su trágica historia reconoce que sólo le queda el alivio del drenaje del amor arraigado en la pequeña comunidad familiar. Ocurre después de constatar que su familia duerme el sueño de la muerte en el SEAT 124 y tras un intento fallido de lograr la materialización de ese anhelo atávico de la Humanidad de una Confraternización Universal, cuando se topa con un hombre harapiento y desconsolado, un hombre al que está a punto de hacer culpable de sus desdichas y a quien va a increpar sin contemplaciones por la existencia de tanto sufrimiento en el mundo, un hombre con el rostro lloroso y doliente, un hombre anónimo que simboliza la angustia consustancial a todo ser humano, un hombre, en fin, al que acaba interpelando únicamente “¿puedo hacer algo por usted?” El hombre no responde, y entonces se da cuenta de que su vida se acaba y quizá lo único bueno que ha realizado haya sido haber amado entrañablemente a su prole, a su mujer y a sus hijos. En ese instante fatídico, Agustín siente en sus propias carnes el desgarro de la vida en forma de angustia existencial, esa vivencia lacerante de la realidad que afecta a todo ser humano y se agrava ante la constatación del fenómeno de la muerte como una estación necesaria e inapelable de la vida. En este trance el individuo humano, por lo general, se plantea los interrogantes acerca del sentido de sus acciones y de la esperanza en alguna suerte de salvación. Y verdaderamente, para no pocos esta salvación se convierte en la meta de la existencia humana, objetivo que es posible alcanzar, como creen, siguiendo la angosta senda de la fe, fe en las personas y, sobre todo, en Dios.

Dios es el gran “leiv-motiv” de sus obras, su tema preferido y recurrente. El autor en más de una ocasión ha admitido que se considera un hombre acorralado por Dios, y sometido irremisiblemente a los dictados de su imperio. Quizá por eso Manegat no duda en otorgarle un protagonismo relevante en todos sus libros. Basta recordar el broche con el que cierra la novela “La ciudad amarilla”, el auxilio espiritual labrado en una propuesta de esperanza y fe en dios que recibe la familia Bonastre como consuelo a su aflicción por la pérdida del padre; o también estos pasajes de la obra “Spanish show”: El primero lo protagonizan un sacerdote, un joven vicario que ha relevado a un párroco anciano y enfermo a quien visita en su casa, y el propio cura jubilado. Ambos departen, y en un momento de la conversación el joven sacerdote suplica al anciano una confirmación en la verdad de la fe. Es éste: “Se vuelve hacia la ventana y busca con la mirada el muro de la iglesia. – Pero la piedra, la piedra de Dios, permanece, ¿verdad, padre? El párroco, haciendo un esfuerzo, fatigado ya, responde : - Permanecer a pesar de todo, a pesar del río. Y nosotros, yo mismo, con este cuerpo enfermo, con este espíritu que pronto emprenderá la partida, ayudamos a afirmar la permanencia. Estamos en el centro de la corriente y debemos navegar con sabiduría y, sobre todo, con paz. No la pierda usted, hijo. Si nosotros perdiéramos la paz, ¿cómo podríamos dársela a aquellos que gritan creyendo que así se salvan del miedo?” [”Spanish Show”, Julio Manegat, Editorial Círculo de Lectores, Barcelona 1965, pp. 246-247]. El segundo recoge una reflexión del joven vicario:

“Jadeando , sudoroso, doliéndole sus anchos pies dentro de las gruesas botas de cuero, el vicario llega hasta la iglesia y recuesta su espalda contra el muro. Trémulo, presintiéndose también al borde del abismo, murmura : Pero la piedra, la piedra de Dios, permanece. Y se angustia. Porque no sabe si sus palabras son una pregunta o una afirmación” [“Spanish show”, Julio Manegat, Editorial Círculo de Lectores, Barcelona 1965, p. 318].

La angustia existencial y la incertidumbre por la salvación también hacen mella en agustín Linares, quien resuelve superar su agónica situación buscando a Dios, lo mismo que Max von Sidow, el protagonista de la película de Bergman “El séptimo sello”, que encarna al Caballero que juega al ajedrez con la Muerte y, mientras juega, busca algo a lo que aferrarse para no perecer de angustia. Este caballero afirma lo siguiente: “La fe es dolorosa. Es como amar algo que está lejos, oculto en la noche, y que jamás hace acto de presencia por mucho que se la llame. A veces creo que los que estamos fuera, en la noche, esperando inútilmente, somos nosotros. Porque lo peor es esto: que es inútil esperar” [“Spanish show”, Julio Manegat, Editorial Círculo de Lectores, Barcelona 1965, p. 233]. Agustín Linares hace suyo este pensamiento, y se refiere al abandono en que Dios ha dejado al ser humano en estos términos: “Porque no es que no creyese, definitivamente, en Dios, sino que empezaba a temer que a Dios no le importamos nada, como la individualidad, la vida personal de los virus, no nos preocupa a nosotros lo más mínimo en cuanto a su responsabilidad, culpa, inocencia y destino más allá de sí mismos”. (p. 212) Sin embargo, al final de la novela, esta apreciación pesimista de la realidad del ser humano, en completa soledad y desamparo, se desvanece en el fulgor de los destellos de la verdad del amor humano, la misericordia divina y la esperanza en la salvación. “Y sin saber qué impulso, qué fuerza le obligaba a ello, sacó la cabeza por la ventanilla y le gritó, con la alegría de la desesperación, que en algún sitio, por escondido que estuviese, habría hierba fresca, y piedra de Dios auténtica, y besos en los caminos”. (p. 340)

¿Dónde se hallará este lugar? ¿Quién lo conoce? Probablemente nadie. Porque no se encuentra en nuestro planeta, nuestro amado mundo podrido, ni en ningún otro lugar del universo. Es el Paraíso, la verdad oculta detrás del espejo de la vida terrenal, espejo en el que se refleja la podredumbre del mundo, al igual que en el retrovisor del SEAT 124 se proyecta la imagen de la calavera del infortunado Agustín Linares. Hay que trascender, por tanto, los límites del espejo, y mirar con los ojos limpios de la esperanza más allá de nuestro amado mundo podrido, porque allí, y sólo allí, reina la Verdad, como nos recuerda San Pablo en la Primera Epístola a los Corintios: “Ahora vemos por medio del espejo en enigma; pero después, cara a cara”. Manegat, a su manera, nos ha ayudado a afrontarlo y a desentrañarlo con su obra Amado mundo podrido.

INTERVENCIONES

Roberto Sánchez:

Al principio, tras la lectura de algunas decenas de páginas, el lector tiene la impresión de que el texto que está leyendo presenta un desarrollo surrealista; pero, a medida que avanza la lectura, comprende que de esto no hay nada, y que la aparente composición de índole surrealista de la obra no obedece a una convicción estética, sino más bien a una mera artimaña estilística del autor que lo único que pretende es utilizar un vehículo formal simbólico para hablar de las ideas, pensamientos, preocupaciones y obsesiones que llenan su propio mundo personal, a la vez que transmitirnos su particular visión del mundo. Con la disculpa de una excursión dominguera a la playa protagonizada por una típica familia española de clase media de los años 70, el autor aprovecha para narrar un viaje fantástico por distintas ciudades figuradas, que representan los más variados y sórdidos aspectos de toda existencia individual humana y las lacras que históricamente condicionan y determinan la vida en sociedad. En cada ciudad ficticia aparece plasmado lo que sucede en la cotidianeidad de nuestro mundo, de modo alegórico. Es como si Manegat hubiera querido relatar dos narraciones diferentes interpuestas: una que cuenta la historia particular de la familia Linares, y otra que trata los temas tópicos en el universo del discurso ideológico del autor, a través de un viaje onírico o imaginario. Ambas narraciones se contraponen constantemente a lo largo de la obra, de tal forma que por una parte la historia de la Humanidad derivada a la situación social, económica, ideológica, cultural y política de la época en que fue escrito el libro queda nítidamente explicitada, mientras que la otra, la historia particular de los Linares, resulta ser un desarrollo posible de sus vidas, una recreación de la evolución futura de la familia, y no una biografía de sus integrantes en sentido estricto, vidas que son desgranadas en retazos diacrónicos que conforman un puzzle compuesto de trayectorias vitales hipotéticas o, quién sabe, puede que solamente de los pensamientos de Agustín Linares en los últimos instantes de su vida, en ese rapto de omnisciencia previo a la propia muerte asumida, que en este caso justificaría el crecimiento acelerado de los personajes, del cual parece que únicamente es consciente Agustín.

Con el paso de las páginas, la novela se vuelve espesa y tremendamente aburrida. La acción se ralentiza y el texto se estanca en descripciones exageradamente minuciosas e interminables enumeraciones de toda suerte de elementos, objetos y tipologías, que para el objetivo que el autor pretende, reflejar la podredumbre del mundo, se presumen innecesarias, y parecen más un alarde de sabiduría enciclopédica que otra cosa. El resultado es un texto que presenta un estilo recargado, digresivo, ampuloso y artificial. Por ejemplo, cuando para definir la situación de Juana Viu Tordesillas dice que “era sólo gemido”, “o acaso estertor”, “o únicamente afectación profunda”, o “tal vez gloriosa entrega”; y cuando para referirse a las caricias que el monje budista hacía a la pequeña de los Linares dice que “de sus dedos brotaban unas finísimas partículas, que difícilmente hubiera podido afirmarse que fuesen de mineral sustancia o de vegetal constitución”. Esta artificialidad se observa también en el modo de expresarse que tienen en general los personajes, que a fin de cuentas adolecen de vida propia y son meras marionetas, ecos de la única y exclusiva voz del narrador, por mucho que el autor les dote de un perfil psicológico y forma de ser propios. Así, Manolito justifica a su madre su intención de hacerse sacerdote utilizando un discurso impropio de un quinceañero, y alegará que alguien tiene que “procurar interioridad, amor y dignidad religiosa” a quienes son víctimas de la crueldad del mundo; y Marian, su hermana díscola, usará expresiones infantiles como “ostras” o “jolín”, que no se corresponden para nada con el lenguaje que se le supone a una mujer que actúa y piensa como ella.

 

Emilio Hidalgo:

El libro despierta sentimientos contradictorios. Por un lado, sorprende de modo positivo por el derroche de imaginación del que hace gala el autor y por su estructura narrativa; y por otro, defrauda por el fracaso en el tratamiento de los personajes y por las exigencias formales a las que le obliga la reconstrucción de la vida de éstos.

Sí, la catarata de imaginación que Manegat vierte en esta novela confiere al texto una originalidad digna de mención. Es original la clasificación de los tópicos temáticos de todos los tiempos en un organigrama con nombres de Ciudades. Es original la descripción de estas Ciudades. Es original la presentación de los diferentes saltos generacionales de los personajes, que representan los distintos modos de vivir, divertirse y relacionarse de la generación que sufrió la Guerra Civil Española (Juana Viu Tordesillas), la generación de la posguerra (Agustín y su esposa Teresa) y la generación de finales del siglo XX (Marian, Rafael, Manolito y pilar). Y es original la estructura narrativa de la novela. Ésta se forja en la confluencia de dos líneas argumentales, una que recrea la aventura de la familia Linares en su periplo por un mundo imaginario, y otra que relata las biografías reales de los miembros de la familia. Ambas líneas narrativas se unen de tal manera que la realidad y la ficción acaban por significar la misma circunstancia o eventualidad vital. Así la coincidencia de la palidez de Rafael niño que viaja en el asiento trasero del SEAT 124 y el ataque al corazón que sufre Rafael adulto en la vida real, o la coincidencia de la invitación a salir del coche para quedarse en el Valle de los Suicidas que hace E. Brampton a Manolo niño y la cercanía del suicidio de Manolo adulto en la realidad. Precisamente la historia que recoge la trayectoria vital de este último y su relación con Nuria, su esposa infiel, es la más humana y entrañable y la menos rocambolesca. En ella se entrecruzan diversidad de sentimientos, entre los que destacan estos tres que constituyen los tres grandes temas de la obra: el pesimismo, la resignación y la nostalgia. En uno de los momentos más dramáticos de la relación de la pareja, cuando Nuria vuelve al hogar familiar después de abandonar a su amante, Manolito se expresa así: “Me he echado a llorar, Nuria, como si me hubiese quitado la vida y llorado por mí mismo delante de mi propio cadáver. Porque esta no es la primera vez, y tengo miedo de que algún día ella sea más fuerte que yo. Sobre todo, desde que tú has vuelto derrotada y triste, como todos los que se atreven a regresar”.

Los aspectos negativos de la novela son básicamente: uno, la artificiosidad en el tratamiento de los personajes, que siempre están confeccionados a la medida del autor, de sus filias, fobias, ideología y prejuicios, y nunca a la medida de lo que cada uno de ellos representa; y dos, el desacierto en la exposición de la información necesaria para orientar al lector acerca del estadio concreto en la historia de cada personaje en todo momento de la narración. Manegat se ve obligado a dar esta información (fechas, edades, profesiones y demás de los personajes) en constante recordatorio al lector, debido a que la historia de la vida de los protagonistas, por un lado, se desarrolla en una discontiuidad y asincronía temporal y, por otro, está dispersa en fragmentos a lo largo de la novela.

 

Joseba Molinero:

Dicen que antes de morir se despliega el rol de los instantes más significativos de la vida del casi ya finado, en una sucesión de imágenes inconexas y asincrónicas que más o menos resumen el ejercicio vital del infortunado casi ya cadáver. En esta novela Manegat ejerce de notario de una suerte de muerte colectiva de la familia Linares, y cuenta lo que sus miembros ven en el instante postrero de la vida, aprovechando la ocasión para hablar de sus obsesiones: La muerte, la trascendencia humana, la injusticia social y el paso de la vida y su sentido; e introduciendo de paso en el relato lo que él entiende que es el mundo de su tiempo: muerte, violencia, injusticia, tortura, sufrimiento, mercadería, etc…

Amado mundo podrido” es un proyecto ambicioso que pretende contar todo lo que es el mundo y reflexionar acerca del sentido de la existencia humana y de la muerte, a través de un viaje fantástico que la familia Linares realiza por distintas ciudades simbólicas. Pero la empresa acaba siendo un intento fallido. Porque Manegat dice mucho, reconstruye las biografías de los integrantes de la familia Linares, describe al detalle las ciudades por las que los protagonistas pasan, así como lo que en ellas encuentran; mas no transmite sensaciones, esto es, lo explica todo de modo explícito, con una admirable capacidad enciclopédica, pero no hay nada implícito, no hay pálpito ni vida latente en el fondo de sus palabras. Y todo queda en un artificioso canto a la desesperanza.

 

Carlos Fernández:

El libro de Manegat tiene un protagonista fundamental: el “SEAT 124” matrícula B-626057. La suma de la marca, modelo y matrícula convierte a este automóvil singular en trasunto simbólico no ya de una familia típica española de los años 70, sino de la familia Linares-Tapias, y se constituye en la “unidad fundamental” que les aísla y ampara del mundo exterior y que proporciona cohesión y sentido a la aventura que protagonizan los Linares, a la cual se van incorporando paulatinamente personajes anacrónicos y extravagantes que les arrastran a los peores lugares del alma humana. Las horas que pasan viajando representan el transcurso vital de la familia Linares-Tapias: la abuela fallece y se convierte en recuerdo, los hijos crecen y toman sus propios caminos, Agustín, el padre de familia-conductor enviuda a causa de la enfermedad que lleva a su mujer a la muerte, y finalmente todos acaban desapareciendo de la escena o muriendo. Pero la aventura dominguera que protagonizan los Linares representa algo más que su periplo vital, es una odisea colectiva que tiene lugar en el laberinto de los pecados capitales. La soberbia, la avaricia, la lujuria, la ira, la codicia, etc… son los escollos que jalonan las paredes de ese laberinto. Manegat narra esta odisea recreando un viaje onírico por un mundo fantástico, en una visión desbordante de pesimismo no ya sobre el hombre de su tiempo sino sobre la propia condición humana, puesta de manifiesto en la pluralidad de generaciones con que se encuentran en cada lugar al que llegan los infaustos Linares.

 

Miguel San José:

Corre el año 1975. El Caudillo, el general Franco, se está muriendo. Y Julio Manegat aprovecha esta circunstancia para escribir un libro en el que quiere plasmar todo aquello que la represión de la dictadura franquista le ha impedido expresar los últimos cuarenta años. De esta manera, el libro presenta una estructura dual. Por una parte, hay una historia novelada, la que narra las vidas de los componentes de la familia Linares, que no es sino una representación del “modus vivendi” de las familias españolas en los años 70; y por otra, una puesta en escena simbólica de todos los temas, las situaciones y problemas relativos al orden socioeconómico e ideológico-político mundial, que se lleva a término por medio de un viaje imaginario que recorre todos los aspectos de este orden, y lo describen de forma minuciosa y con apariencia enciclopédica.

 

Nicolás Zimarro:

Amado mundo podrido es fundamentalmente una reflexión sobre la poquedad del individuo humano y su radical e insalvable soledad existencial, ambas personificadas principalmente en un mismo personaje, Agustín Linares, quien a bordo de un SEAT 124 medita acerca del sentido de su existencia individual, al igual que hacía Eugenio Bonastre, el taxista protagonista de La ciudad amarilla, encerrado en el micromundo del habitáculo de su Renault Gordini. Desde esta perspectiva, la historia fantástica de un viaje simbólico por diferentes ciudades temáticas es simplemente una alegoría de la secuenciación de la incertidumbre en la búsqueda del sentido de la existencia que concierne a todo individuo humano, de modo que cada ciudad representa una situación concreta, un estadio en esa búsqueda de sentido existencial referido a una o varias cuestiones determinadas, como pueden ser: las necesidades fisiológicas y su satisfacción, las ideologías, los credos religiosos, las relaciones humanas (las guerras, la mercadería, el poder, etc…) y las múltiples soluciones individuales de superación de la soledad existencial (la vida díscola, la vida fútil, la vida espiritual, el nihilismo, el suicidio, etc…). En definitiva, este viaje fantástico representa un descenso a los infiernos del alma humana, una introspección en la esencia de nuestra entidad individual. Se trata de una experiencia íntima e intransferible, de una aventura que cada individuo humano ha de vivir en soledad y que concluye con el reencuentro de uno consigo mismo. No vale enmascararse en las ideologías, enajenarse en un credo religioso, abandonarse al materialismo o parapetarse en las relaciones de poder. No, porque la auténtica realidad individual se halla en uno mismo, en la propia entidad personal, y no en la realidad exterior, los otros y lo otro. Los “otros” conforman la sociedad, y los acontecimientos que viven, así como su evolución en el tiempo constituyen su historia. Es lo que se puede denominar los “otros lejanos”, en contraposición a los “otros cercanos”, cuyo exponente más genuino es la familia. Pues bien, en “Amado mundo podrido”, Manegat viene a decirnos que ni la Historia ni la familia son en sí mismas suficientes para satisfacer plenamente nuestro anhelo de sentido existencial. La historia de las sociedades se plasma en el viaje fabuloso que realizan los Linares por diversas ciudades imaginarias. Al final del mismo, Agustín Linares se halla solo, desconsolado e inerme, en un absoluto desamparo, al igual que todos y cada uno de los individuos humanos en su deambular por los caminos de la Historia, caminos repletos de acontecimientos, avatares y pormenores en el tiempo que pueden quizá justificar una existencia o colmarla en apariencia; pero que en verdad no son significativos para el reencuentro de uno consigo mismo. Algo parecido ocurre cuando el individuo humano pretende descubrir su verdad interior proyectando sus frustraciones y sentido existencial en los “otros” cercanos, sobre todo en la familia. Agustín Linares se aferra al clavo ardiente de la familia, como último refugio y salida de su angustia existencial; no obstante, cuando intenta proyectar en ella su sentido vital, lo único que encuentra es la incomunicación más absoluta, forjada ésta por la barrera insalvable de la incomprensión intergeneracional y la perentoriedad del tiempo particular propio de cada componente de la familia, ese “tempos fugit” que los convierte en individuos en continuo cambio, relativos e irreconocibles. Por su parte, lo “otro” nos remite al mundo material, a la realidad concreta y la interactuación de ésta y el individuo humano. En la novela, lo “otro” se manifiesta en la información que Manegat ofrece al lector, bien en forma de noticiario radiofónico, artículo de revista, referencia cultural, o bien en forma de saber enciclopédico. Es lo que llamamos “conocimiento”. El ejercicio expositivo de este conocimiento, a través de descripciones detalladas, enumeraciones interminables y consideraciones diversas, no responde a ninguna intención de ingerencia del autor en el relato ni tampoco de ostentación de su erudición, sino que obedece a un propósito ilustrativo, que quiere demostrar la insolvencia del conocimiento de lo “otro”en la búsqueda de la entidad personal de los individuos humanos. Con todo, Agustín Linares finalmente se abraza a sí mismo en un reencuentro patético, y lo que palpa es la soledad descarnada de un hombre lloriqueante, náufrago en su propia zozobra, y la poquedad de su lustrosa calavera reflejada en el retrovisor del SEAT 124. Es el comienzo del fin. La vida seguirá su curso, lo mismo que la muerte. Y, como le ocurrió a Juana Viu Tordesillas, pasará de ser un gemido a ser un estertor, una sombra arrinconada, una soledad inerte, una caricatura, un sello en el cristal de la ventanilla de un coche cualquiera, una trasparencia y definitivamente nada.