Acta diciembre 2005

OBRA: ADIÓS A SIDONIE
AUTOR: Erich Hackl

PONENTE: Jon Rosáenz

PRESENTACIÓN

“Erich Hackl, nacido en 1954 en Steyr (Austria), es un buen conocedor de la historia y la literatura de Alemania y España -estudió filología alemana y románica en Viena, Salzburgo y Málaga-, es especialmente sensible a los acontecimientos en torno a las cercanas dictaduras del recién acabado siglo. Sus narraciones son de la más pura extracción histórica; sus protagonistas, las víctimas olvidadas. Hackl rescata para la memoria aquellos momentos oscuros del pasado inmediato que han caído en el olvido interesado o no gozan suficientemente del recuerdo que merecen. Erich Hackl, que cultiva especialmente el relato corto, se adscribe con firmeza a una literatura comprometida que, conscientemente ajena a las modas y a fáciles tendencias de última hora, conoce el eterno valor de lo que es objetivamente necesario con independencia del número de voces que reclamen esta necesidad. Sus temas, casi siempre biografías reales situadas en los momentos más crueles de nuestra historia más reciente, son verdaderas crónicas políticas. Y sin embargo las narraciones de Hackl nada tienen que ver con la aridez que sugiere esta etiqueta. No es que se nos ofrezca el retrato de una época a través de los avatares de las vidas que Hackl nos narra, sino al revés: son las biografías de sus personajes las que transportan ineludible y dolorosamente la marca de su tiempo a pesar suyo. Las historias de Hackl se leen con la participación emocional y el interés que sólo suscita el relato de lo verdaderamente auténtico, de lo que nos concierne y nos implica. El recorrido vital de los héroes y heroínas de Erich Hackl, que transcurre en la geografía del horror y el sufrimiento, es la narración de una historia personal que, marcada profundamente por el signo de los tiempos, es a su vez la historia de otros tantos derrotados, de otras tantas víctimas. Pero Hackl no ejerce la denuncia dogmática; las vidas que narra no lo necesitan, son por sí mismas el testimonio más fehaciente: Aurora Rodríguez, la anarquista española que en su anhelo de emancipación choca con las convenciones sociales y busca en su hija la realización de su sueño de un mundo mejor (Auroras Anlaß, 1987); Sara, la madre que tras la caída de la dictadura en Uruguay y después de haber sufrido persecución, encarcelamiento y tortura, emprende la búsqueda desesperada y perseverante del hijo que le arrebataron (Sara und Simón. Eine endlose Geschichte, 1995, publicado en España por Galaxia Gutenberg); Herminia, la española que durante la guerra civil se enamora del brigadista austríaco Karl (Entwurf einer Liebe auf den ersten Blick, 1999) o Marga Ferrer y Rudi Friemel, la pareja cuyo amor se verá constantemente impedido por los acontecimientos políticos y que contraerá matrimonio en el campo de exterminio de Auschwitz, donde Rudi está interno y donde se permite a Marga la breve estancia de un día y una noche (Die Hochzeit von Auschwitz. Eine Begebenheit, 2002), todos ellos son un documento del dolor y la desesperación de hombres, mujeres y niños en los tiempos más negros del siglo veinte. Hackl trabaja básicamente a partir de una técnica narrativa que no fabula a partir de la realidad, sino que presta simplemente su pluma a hechos reales. ADEMÁS de la narrativa Hackl cultiva el ensayo periodístico, es autor de guiones de obras de teatro radiofónico, guiones de películas -entre ellas Adiós a Sidonie, 1991, dirigida por Karin Brandauer y que precedió a su relato- y es traductor literario del español al alemán. Es además editor y compilador de otros textos relacionados con la historia y la literatura sudamericana y española, entre ellos Geschichten aus der Geschichte des Spanischen Bürgerkriegs. Erzählungen und Berichte deutschsprachiger Autoren (Historias de la historia de la guerra civil española. Narraciones e informes de autores alemanoparlantes), editado por Luchterhand”. [Apuntes tomados de la revista “Quimera. Revista de literatura”, nº 227, marzo de 2003, páginas 73-75]

“Adiós a Sidonie es un libro que no debería haberse escrito nunca. Porque es un libro que reniega de su propia existencia, que maldice su razón de ser. Porque es un libro que encierra el pálpito del corazón humano y que nos recuerda nuestras propias debilidades, un libro que recoge el drama que sufren los hombres y mujeres que combaten por la justicia y por la protección de sus seres queridos en un mundo que se derrumba, cuando surge el atributo humano más infeliz, que es el miedo, esa cobardía triste –más triste aún porque resulta posible comprenderla– que transforma a las personas en algo parecido a mala gente.
Y Erich Hackl, consciente de que no cualquier causa justifica un relato, comienza por escoger el mejor de los motivos para ponerse manos a la obra: dar voz a los que no la tienen. En un mundo que se viene rigiendo por los principios del “arte por el arte”, que tantas veces sirven para justificar lo banal creado por los poderosos, la historia de una niña gitana desfavorecida, sobre la que se va cerrando el cerco de la mala fortuna y de la pesadumbre, es una apuesta valiente porque obliga a su autor a construir un libro necesario, en el sentido en que son necesarias las emociones, y un libro sincero, pues se ve obligado a transformar en creíble la siempre inverosímil realidad. Para ello Hackl ha escrito una obra a caballo entre la crónica y la novela breve; en Adiós a Sidonie conviven la historia de Steyr, una pequeña y pobre población austríaca sobre la que cae como una sombra la época de la Segunda Guerra Mundial, con la vida de una familia que adopta a una niña gitana en un acto de heroicidad sencillo, en una demostración de que el acto épico más meritorio es mantener la dignidad frente al desaliento. Así, al tiempo que se nos relata el acoso y derribo al que se va sometiendo a los débiles, y se despliega frente a nosotros una época de desgracias en la que cualquier clase de amor o de fracaso es posible, conocemos a unos personajes sencillos, definidos con rasgos básicos y por tanto bien reconocibles, que no son dueños de su destino: la vida irá decidiendo por ellos, y cada vez que lo haga lo hará en su contra. El gran mérito de Hackl es conseguir que estos dos registros, los recursos periodísticos y los narrativos propios de la ficción, se desplieguen con naturalidad, convivan sin que se noten las costuras.
Con todo, no se trata de un libro cuya utilidad es enviarnos a la cama con una nueva forma de depresión. Hackl lo evita recurriendo a una dosificación de sucesos que nos hace digerible la historia y, sobre todo, con un lenguaje escueto, funcional, que nos ayuda a mantener la entereza durante la lectura, aunque una vez cerrado el libro nos damos cuenta de que esa falta de expresividad nos ha dejado sordos”. [Ricardo Martínez Llorca, en “Estantería”, nº 102, junio de 2003. Ver: www.ellateraled.es]

VALORACIÓN

“Adiós a Sidonie es quizá uno de los ejemplos más genuinos de este modo de trabajar literariamente la realidad: Erich Hackl nos narra en este relato corto la vida de la niña gitana Sidonie Adlersburg que, venida al mundo en 1933 en la región de Steyr, es abandonada recién nacida a las puertas del hospital de esta pequeña localidad con una nota que reza “Busco padres”. En el año nefasto de 1933 empieza la vida de esta criatura ensombrecida por la amenaza de un trágico final que hubiera podido ser evitado. Esta pequeña población -también ciudad natal del autor- será el escenario donde, en la actuación de personas e instituciones, se refleje la historia de Austria desde la subida de Hitler al poder en Alemania hasta 1947, dos años después del final de la guerra: El Departamento de Protección de Menores de Steyr se hace cargo de la tutoría de la pequeña y se ocupa de indagar la identidad de los padres biológicos sin conseguirlo. En la región la pobreza se ha hecho extrema, el paro es elevado y muchos niños mueren por desnutrición. La madre de Sidonie llama dos veces por teléfono anunciando que irá a recogerla cuando haya mejorado su situación. Pero esto no sucede. Es entonces cuando las autoridades buscan una familia que se haga cargo de la niña. La buena disposición de Amalia Dorflinger se ve frustrada cuando su marido la echa de casa por racismo y ella se ve ante una alternativa radical. Finalmente será la familia Breirather la que se responsabilizará de la enfermiza Sidonie, la acogerá en el seno familiar y la tratará como a una hija. También el hijo biológico de la pareja, Manfred, ve en la pequeña a una hermana. Los Breirather son gente trabajadora, social y políticamente comprometida. Hans Breirather, que ha conocido directamente la Primera Guerra Mundial, es un socialdemócrata convencido y miembro activo del partido. Cuando el canciller Dollfuß instaura una dictadura y la revuelta obrera de febrero de 1934 es sofocada, cae sobre Hans una condena de dieciocho meses de prisión, de los que cumplirá cinco. Su mujer, Josefa, tendrá que sufrir humillaciones y burlas por parte de algunos vecinos y el cura presionará a la pareja para que legalice una unión que no había recibido la bendición de la Iglesia. Hans y Josefa se ven obligados a casarse y la ceremonia se celebra en la prisión. Cuando Hans regresa a casa, Josefa Breirather ha acogido a otra niña, Hilde que se educará y crecerá junto a los otros dos hermanos. El cambio progresivamente más amenazador en los acontecimientos políticos y sociales se ve gradual y sensiblemente reflejado en la actitud y la actuación de los individuos que, por convicción, oportunismo o llevados por la diligencia y el fervor que anima un falso sentido del cumplimiento del deber y del servicio a la patria, se ponen a disposición del poder y contribuyen, activamente o por omisión, a la deportación y la muerte de Sidonie: Entretanto se ha puesto en marcha la Central Internacional para la Lucha contra la Gitanidad y se obliga a los gitanos a concentrarse mientras crecen las denuncias y las agresiones. El Departamento de Protección del Menor, en su intento de librarse de la carga económica que le supone la tutoría de la niña, persevera en la busca de los padres biológicos de Sidonie utilizando para ello las nuevas instituciones nacionalsocialistas y desoyendo una y otra vez los repetidos ruegos de la familia de acogida, incluso cuando ésta se muestra dispuesta a renunciar a la subvención que recibe para su manutención. Todos los que hubieran podido influir de algún modo en la adopción definitiva de la pequeña por parte de los Breirather: la señora Korn, directora del Departamento del Menor; Cäcilia Grimm, la asistenta social; el alcalde, la maestra y el director de la escuela o el campesino que rechaza la petición de Hans de que esconda a la niña en su casa, contribuyen a la entrega de Sidonie a sus familia biológica ante la impotencia y la desesperación de Hans y Josefa Breirather. La deportación no se hace esperar. Sidonie muere en Auschwitz no de tifus, según la información oficial que recibe Hans Breirather una vez acabada la guerra, sino de inanición: se deja morir de tristeza, como informa al narrador en 1988 el hermano biológico de Sidonie, Joseph Adlersburg, que ha sobrevivido a los horrores de Auschwitz. La historia que narra Hackl no termina con la muerte de Sidonie, sino que muestra aún el desarrollo de los acontecimientos después de la guerra, concluido el proceso de desnacificación y restablecida la democracia: Hans Breirather, que por su pasado impecable está fuera de toda sospecha y es nombrado alcalde de Sierning, depone su cargo cuando se ve obligado a elegir entre éste y su adscripción política. El único que se disculpa por su comportamiento es el cura. Los esfuerzos de la familia Breirather por conseguir en Sierning una placa conmemorativa de aquellos sucesos resultan vanos. Hans Breirather muere en 1980 y Josefa nueve años más tarde sin haberse recuperado nunca de aquella pérdida. No obstante, a pesar del dramatismo de los acontecimientos narrados, la violencia nunca está presente directamente y más bien predomina la ternura, o la angustia en los momentos más amenazadores. Hackl hace gala de excepcional maestría cuando convierte la historia en literatura sin aludir en ningún momento directamente a consignas, agrupaciones ni partidos políticos más que lo estrictamente necesario cuando la biografía de uno de sus personajes reclama este dato. Y aun así Hackel es un verdadero historiador que se atiene fielmente a sus fuentes y prefiere dejar sólo apuntado lo que no considera lícito fabular cuando los datos de que dispone no se lo permiten. Hackl ejerce de cronista objetivo. Sólo al final, interviniendo ahora sí personalmente en el relato, el autor dedica las últimas páginas a fantasear sobre cómo hubiera terminado esta historia si la actuación de sus protagonistas hubiese sido otra. Pero no hay reproche en esta reflexión, sino la firme convicción de que el final de otra Sidonie puede ser muy distinto en el futuro porque quien escribe confía en el ser humano y en la solidaridad. Y, de hecho, tampoco esta versión imaginada es en realidad tan fantástica, pues no lejos de Steyr, en Pölfing-Brunn, otra niña gitana, Margit, cuya vida transcurrió paralela a la de Sidonie, tiene ahora 55 años gracias al comportamiento solidario de sus vecinos. ESTE relato corto de Erich Hackl viene a llenar el vacío de aquella placa conmemorativa ausente, restituye el recuerdo de Sidonie y de la persecución y el genocidio racista del nacionalsocialismo contra los gitanos que la comunidad de Sierning le ha negado, constituye un monumento a las víctimas olvidadas. Pero el mérito de Hackl no se agota aquí; su método de trabajo es el del investigador de campo que recupera para la memoria colectiva una historia no escrita que está a punto de perderse. A través de conversaciones, fotografías, cartas familiares, de amigos o allegados y de la consulta de archivos reúne la valiosa información que convertirá después en crónica. Porque Hackl narra en el más puro estilo del cronista y, distanciándose de la reciente literatura austríaca más aclamada, se reconoce, en el talante insobornable de su narrativa, agradecido discípulo de Anna Seghers, Bertolt Brecht y Heinrich von Kleist cuyo sensible, preciso y elegante laconismo sabe guardar magistralmente la distancia objetiva hacia los hechos que describe (La marquesa de O., Michael Kohlhaas) sin que por ello adolezca de participación emocional y que tanto recuerda el lenguaje que Hackl ha acuñado como suyo. Este esforzado y valioso método de trabajo del autor austríaco tiene una doble compensación en tanto que, en el caso de Adiós a Sidonie, ha permitido a la editorial suiza Diogenes publicar otro libro paralelo de materiales (Abschied von Sidonie von Erich Hackl. Materialien zu einem Buch und seiner Geschichte, edición a cargo de Ursula Baumhauer, Zürich, 2000) que, al recoger todas las actas oficiales que hacen referencia al seguimiento de la tutela pública de Sidonie Adlersburg, acerca al lector interesado o al estudioso a la realidad burocrática austríaca del nacionalsocialismo de los años anteriores a 1938 y permite el acceso a las informaciones y los datos recabados como materia prima para reconstruir la crónica. Así este libro constituye otro documento, no literario, de la historia de la marginación, la persecución y el asesinato masivo de los gitanos en los años de dominio nacionalsocialista”. [Apuntes tomados de la revista “Quimera. Revista de literatura”, nº 227, marzo de 2003, páginas 73-75]

INTERVENCIONES

Miguel San José:

Esta obra no puede ser considerada una novela, en el sentido genuino del término, porque formalmente presenta las características propias del género de la Crónica periodística, de modo que difícilmente llama la atención por sus excelencias literarias. Además, como buen texto periodístico que es, hace gala de un medido oportunismo informativo, y se inscribe dentro de la actual corriente de pensamiento instalada en las sociedades modernas, sensible a la problemática de las minorías sociales, proclive a la defensa de los marginados por razón de género, raza, etnia, cultura, religión o situación económica, y tendente al olvido o postergación de las cuestiones relacionadas con nuestra condición de ciudadanos medios europeos. No obstante, la obra resulta ciertamente interesante por lo que en ella se cuenta, en concreto todo lo referente a la situación sociopolítica de Austria en los años precedentes a la Segunda Guerra Mundial. Así, Erich Hackl nos muestra cómo la sociedad austriaca de los años treinta es una sociedad moderna, normalizada políticamente y desarrollada socialmente, en la que la disputa por el poder político y la mejora de las condiciones socioeconómicas se dirimía en la confrontación democrática de los proyectos de los diferentes partidos políticos y en la lucha de clases, una sociedad que disponía ya para entonces de un sistema de asistencia social muy avanzado, el cual contaba, entre otras muchas prestaciones sociales, con un departamento de protección del menor, dotado de considerables recursos materiales y humanos. Esta infraestructura social hace posible la adopción por la familia Breirather de la pequeña Sidonie en régimen de acogida. Aunque desgraciadamente esta situación de normalidad política y de bienestar social varía de manera drástica con la nueva coyuntura sociopolítica imperante tras la imposición del régimen nazi en Austria. Algunas de las consecuencias trágicas del nuevo “status” sociopolítico son el cambio de mentalidad de la población respecto de las relaciones sociales, la aceptación por parte de la misma de los principios éticos defendidos por los nazis en sus proclamas de carácter xenófobo y racista, la burocratización de la Administración Pública General y, en concreto, de los Servicios Sociales y también, como no, la instauración del miedo como elemento catalizador del orden social impuesto, miedo que se sustenta en la inconveniencia de contravenir los preceptos de la ideología nazi y las disposiciones legales o de cualquier otra naturaleza promulgadas por los gobernantes colaboracionistas con el Régimen Nazi, miedo a las represalias económicas, miedo a ser delatado, miedo a ser detenido, miedo a morir. Así, ni el propio Hans Breirather, padre adoptivo de Sidonie, logrará vencer la barrera del miedo generalizado, a pesar de su liderazgo en el Partido Socialista de la región, liderazgo que tiene por objetivo el cambio social, y que ejerce desde la clandestinidad, eso sí, con vehemencia fanática y un voluntarismo trasnochado. Todas estas circunstancias concurrentes, junto a un cúmulo de casualidades fatales, configuran el dramático desenlace de Sidonie, que muere de pena en el campo de concentración de Auschwitz, hecho que concita la rabia del autor del libro y, por qué no, de los lectores, rabia que en el caso del primero se convierte en sed de denuncia, denuncia que es el motivo central de la obra, y que en los segundos se torna en inconmensurable ternura hacia la niña malograda y en un cierto consuelo, porque su microcósmica desaparición, su muerte ínfima, será ya para siempre un hito en la historia de la miseria humana y un holocausto universal.

Roberto Sánchez:

Erich Hackl desarrolla en este libro fundamentalmente dos temas: uno, la persecución de que fueron objeto los gitanos por parte de los nazis; y dos, la actuación de la sociedad austriaca ante la arbitrariedad de tal persecución y ante los desmanes, tropelías y toda suerte de despropósitos consumados por los nazis. Respecto de la primera cuestión, Hackl pone de manifiesto que la metodología, los procesos, el objetivo y los mecanismos de persecución, represión y eliminación que padecieron los gitanos de centro Europa en los albores de la Segunda Guerra mundial no difieren en nada de la praxis de exterminio llevada a cabo con el pueblo judío. DE esta forma, el lector se hace perfecta idea y toma conciencia de la gravedad de los hechos que aquí se citan, no por que éstos aparezcan descritos en sus detalles o pormenorizados en su concreción, sino más bien porque constituyen un episodio repetido millones de veces en la archiconocida historia de la locura genocida de la Alemania nazi y sus satélites colaboracionistas. Respecto de la segunda cuestión, destaca, por una parte, la crítica que el autor hace de la población austriaca de aquella época que, no lo olvidemos, procuró una excelente acogida a los alemanes nazis cuando ocuparon Austria, fue connivente con la idiosincrasia nazi y participó activamente en los planes de ejecución del proyecto sociopolítico, cultural y militar de los alemanes; y, por otra, la crítica que vierte a sus conciudadanos por su indolencia frente a la realidad de un pasado deshonroso, por la ausencia de autocrítica ante la actuación de la mayoría de la población austriaca en los acontecimientos que tuvieron lugar en la Segunda Guerra mundial, indiferencia y falta de revisión histórica que han derivado en un enajenamiento de la propia responsabilidad del pueblo austriaco en el discurso de tales sucesos y a la persistencia de la ideología nazi, muy enraizada en la sociedad austriaca, que en la actualidad tiene su reflejo en la conformación del partido político de ultraderecha más potente y pujante de Europa. Precisamente, Hackl nos muestra la actitud de los ciudadanos en la Austria ocupada por los alemanes. Esta actitud en ningún caso se proyecta en odio a los diferentes por razón de raza, etnia o cultura, sino que simplemente se trasluce en autojustificación, hipocresía, impavidez, diligencia operativa autoexculpatoria, deshumanización en el cumplimiento de órdenes, frialdad burocrática, desinterés y desidia. Así, las personas que mantienen relaciones con la pequeña Sidonie y con su familia adoptiva actúan del modo que lo hacen no porque tengan animadversión a la niña, ni tan siquiera a los gitanos, sino más bien porque son cautivas de alguno, de varios o de todos los atributos de la miseria humana enumerados unas pocas líneas arriba. Un ejemplo esclarecedor de la índole y el talante que subyace en la actitud de estas personas nos lo ofrece Roberto Bolaño en su obra “2666”, cuando relata esta anécdota: En cierta ocasión, a una pequeña ciudad de Polonia llegó un tren repleto de judíos griegos. Obviamente se trataba de un error burocrático, porque el tren debía ir a Auswitz. El caso es que el gobernador alemán de la ciudad, al comprobar el pésimo y lamentable aspecto que presentaban los inesperados visitantes (famélicos, enfermos y con síntomas de hipotermia) no dudó en ordenar su alojamiento a buen recaudo y la provisión de mantas y alimentos, sin importarle su procedencia, raza o filiación política o religiosa. No adoptó estas medidas por razones humanitarias, sino porque era lo establecido en el protocolo de actuación para estos casos. Pues bien, del mismo modo protocolario y con igual racionalidad administrativa cumplió las órdenes del mando alemán que le requirió la ejecución de los casi mil judíos griegos, una vez que se percató de la equivocación del envío del tren. Esto mismo ocurre en Steir, donde la dejación de los más elementales principios éticos de humanidad por parte de las personas que gobiernan la tutela de Sidonie desencadena las actuaciones administrativas que conducirán a la niña a su trágico destino, al campo de concentración de Auschwitz, y finalmente a la muerte. A una muerte por pena al verse separada de su familia, a una muerte por agravio, a una muerte perfectamente evitable, tal y como se demuestra con el caso real de otra niña gitana que vivía en parecidas condiciones a las que le tocó vivir a Sidonie, no muy lejos de Steir, pero que tuvo mejor fortuna. ¡Lástima! A los vecinos de Steir les faltó coraje y dignidad.

Carlos Fernández:

Cuando los familiares de las víctimas de las dictaduras latinoamericanas sacaban a las calles retratos de sus allegados desaparecidos, los ciudadanos que los veían, mientras paseaban tranquilamente, debían sentir que su conciencia se removía. Tal vez algún rasgo facial les resultaba familiar. Tal vez escuchaban desde el fondo de aquellos ojos estáticos en blanco y negro un grito de auxilio. En cualquier caso, y eso era lo que se pretendía, una víctima había salido del anonimato, había escapado de esa cifra de desaparecidos que abarcaba a todos y olvidaba a cada uno en su individualidad. Aquel rostro no tenía discusión posible, era una presencia flagrante. La estremecedora obra “Adiós a Sidonie” produce el mismo efecto. Erich Hackl nos presenta a una niña gitana que fue abandonada el 18 de agosto de 1933 en el hospital de Steir. Lo demuestran los escritos de la Sección de Tutelas de Oficio del Ayuntamiento, un recorte de periódico, el informe del Ayuntamiento al Boletín Oficial de la Policía de Viena, la carta de la Policía Judicial de Innsbruck, el informe del Asistente Social y el informe del Alcalde. En definitiva, Hackl reconstruye con los mimbres de toda la papelería oficial los hechos tal y como ocurrieron. Y, con todo, pese a que no oculta sus sentimientos, propicia que el lector sea quien extraiga sus propias conclusiones. Resulta llamativo, y en esto radica la originalidad de la obra, que Hackl apenas se ocupe de la jerarquía nazi y centre su denuncia en aquellos colaboradores civiles, sin los cuales la amplitud de la represión nazi no hubiera sido posible, circunstancia que también denuncia Danile J. Goldhagen en su obra “Los verdugos voluntarios de Hitler”. El capítulo 12 de”Adiós a Sidonie” es un auténtico epílogo, donde el autor deja entrever la labor de investigación llevada a cabo para documentar el libro. Él mismo se autodenomina “el cronista”, cuando recoge la declaración del hermano de Sidonie, quien le refiere las últimas horas de la niña: su viaje al campo de concentración, la frialdad gratuita del soldado que regocijado promete a los prisioneros que les van a dar mucha tierra, la desaprensión del soldado que pisa a propósito la cabeza de su muñeca, etc... y al final su muerte. Una muerte pequeña, como ella misma. Una muerte por sufrimiento, abrazada al último vestigio de su vida pasada. Y, a pesar de que Hackl quiera ser el cronista de esta tragedia, y no otra cosa, no puede evitar mostrar su rabia por el desenlace de los acontecimientos, ni tampoco soslayar la actitud de los vecinos de Sidonie, a quienes denuncia por su modo de proceder. Por esta razón, aunque no pretenda representar otro papel que el de cronista, es indudable que su trabajo trasciende tal intención, y su denuncia sirve para sacar a Sidonie Adlersburg del anonimato, de forma que hoy en día no sigue siendo una perfecta desconocida. Y no sólo eso. En estos tiempos en los que se discute si el alcance de la destrucción material y el balance de la pérdida de vidas humanas habidas en el holocausto de la Segunda Guerra Mundial se corresponden con los datos de las cifras oficiales, o no son más que guarismos para la demagogia, Erich Hackl nos hace sentir que la sola muerte de una niña es ya demasiado, que es por si misma una tragedia de proporción universal.

Emilio Hidalgo:

El libro es mucho más que un relato periodístico. Y, si bien se cimienta en una detallada documentación que verifica los hechos que se narran, lo cierto es que el despliegue narrativo que presenta supera la mera crónica periodística, para instalarse en el género literario de la Novela. Hackl, con una prosa sencilla, concisa, breve en las descripciones, huérfana de adornos estilísticos y de artificios retóricos, carente de alardes sintácticos y gramaticales, y parca en diálogos, proporciona al lector los datos necesarios y suficientes para ponerlo en situación, a la vez que dota a los personajes de una humanidad evidente y excepcional. Y todo ello para narrar sin ambages ni paños calientes la dramática historia de una niña, de un pequeño pueblo y de una nación entera, que no es sino una excusa para dar forma literaria a la denuncia de la naturaleza miserable de los seres humanos. Esta historia tridimensional protagonizada por una niña gitana afronta la cuestión del racismo latente, ese que permanece soterrado en la oscuridad de la hipocresía o en el discurso mentiroso de lo socialmente correcto, y que aflora siempre que en las relaciones humanas entre diferentes se ven afectados los intereses individuales o colectivos de quienes se consideran ciudadanos y seres humanos de primera, rompiendo los bulos y desentrañando la falsedad de los prejuicios que generalmente se tienen sobre los gitanos, hasta el punto que logra despertar los sentimientos del lector, e inevitablemente éste se ve invadido por la desazón, la frustración y la impotencia ante la actitud indigna y deplorable de las personas que inciden en el fatal desenlace de Sidonie; pero también por la ternura, el amor y la esperanza ante el comportamiento heroico de quienes lo dan todo en la defensa de aquello que creen y en la preservación de aquello que aman.