συγχώρεση

Habían transcurrido ya más de tres meses desde el robo —un tiempo durante el que la tristeza se había amortiguado tanto como su vergüenza aumentado—, cuando Matías recibió una extraña carta. Estuvo varios días con ella oculta entre los pliegues de su sotana, temeroso de que alguien pudiera verla, sin atreverse él mismo a abrirla. Había algo misterioso, algo que le decía que su obligación era quemarla y olvidarse de todo de una vez. Olvidarse de Constantinopla, del Emperador y de sus fantasías infantiles. Porque el remite que aparecía en el sobre estaba escrito en griego, y solo podía ser una broma cruel y humillante. Porque según aquellas palabras, quien el enviaba aquel mensaje era βασιλεύς Κωνσταντή, el Basileo Constantino desde su capital, desde Κωνσταντινούπολη, Constantinopla; debajo de su nombre y título, el águila bicéfala ocupaba la parte inferior del sobre. Como siempre a lo largo de su vida, Matías se veía dividido entre dos impulsos, el que identificaba como correcto y el otro, el que estaba cargado de curiosidad por conocer el contenido del mensaje, y del placer dulce, sensual y un tanto morboso que experimentaba cuando acariciaba el nombre del remitente, un placer pecaminoso del que jamás llegaría a confesarse.

Tres días tardó en rasgar el sobre y decidirse a saber qué se ocultaba en los pliegos de papel. La misma letra, el mismo idioma, la misma firma. Alguien que decía ser Constantino se disculpaba por el robo y le aseguraba que se había hecho justicia con el ladrón; en su ciudad, decía, el delito jamás quedaba impune. A continuación le citaba para la tarde del día siguiente en el pequeño jardín junto a la parroquia de San Pedro, bajo la estatua de Garcilaso, donde le restituiría los objetos sustraídos. Matías estuvo mucho tiempo mirando incrédulo la carta, soprendido por el momento de la cita. Por unos segundos pensó emocionado que por fin iba a conocer al mismísimo Constantino. Luego cerró los ojos y se insultó en silencio muchas veces por su estupidez e inocencia, por haberse creído aquella broma ridícula siquiera por un instante. Sin embargo, la firma era tan creíble, tan parecida a la de algunos documentos que había podido ver en los museos de Estambul que de pronto olvidaba sus anteriores reflexiones y se veía estrechando la mano de su héroe. Después regresaban los remordimientos porque no podía ser que un sacerdote admirara más a aquel griego que a su Señor Jesucristo.

Siempre pensó que fue en el aeropuerto de Estambul donde le abrieron el equipaje y le sustrajeron la cámara fotográfica, casi todo su dinero y los papeles que llevaba, entre ellos el diario que había escrito a escondidas durante tantos años donde solo hablaba de Constantino y de su admiración por él y del deseo de visitar su ciudad. Y de conocerlo, de estrechar su mano, de arrodillarse ante él en un blasfemo gesto de adoración. Un día desdichado, así lo recordaba Matías, porque además alguien había conseguido robarle también toda la documentación. Por fortuna le dejaron el DNI y gracias a ello pudo regresar primero a Madrid, y más tarde —después de varias horas en la comisaría de la terminal denunciando lo que le había sucedido— a su ciudad. Aquella noche durmió mal, atormentado por la culpa y los remordimientos, acusándose de vanidad y orgullo; él no era más que un humilde sacerdote, párroco auxiliar en la iglesia del convento de las Trinitarias. Había estado diez años ahorrando, apartando pequeñas cantidades de su magro sueldo hasta que consiguió lo suficiente para costearse el viaje que había finalizado de manera tan desastrosa. Siempre lo imaginó como una aventura, y en eso se convirtió, aunque no en el sentido un tanto infantil de magia y maravilla que él le había dado. Sin embargo, él solo se debía al Señor y con aquel deseo había incurrido en varios pecados capitales. Durante las semanas y meses posteriores a su regreso se mezclaban en su interior varias emociones, en ocasiones contrapuestas: la nostalgia que aderezaba los recuerdos de aquella semana; la pena por la pérdida de todas las fotografías que habrían debido acompañarle en el futuro tras ese primer, y casi seguro, último viaje; la vergüenza por las faltas cometidas, reales o ficticias, daba igual. Para él eran tan tangibles como el misal que cada día acariciaba antes de guardarlo en la sacristía.

Matías se enamoró de Estambul, o de Constantinopla, como siempre la nombraba, durante la infancia. Sus padres le habían comprado una obra donde se relataban algunos de los momentos claves de la historia de la Humanidad. Una fecha, el 29 de mayo de 1453, se grabó en su memoria ya para siempre. Leyó una vez, otra, otra y otra hasta saberse memoria el texto, el relato de la caída de la ciudad en manos del los turcos. La epopeya de unos pocos valientes defendiendo hasta el final las nunca antes conquistadas murallas de la gran urbe le arrebató la imaginación. Años más tarde, mientras cursaba estudios en el seminario de la ciudad, leyó cuanto cayó en sus manos acerca del fenecido imperio, desde el esplendor y el boato de sus ceremonias —que él veía reflejado en el misterio de la misa sagrada—, hasta las salvajes mutilaciones de narices, orejas y ojos como castigo de traidores, ladrones y, en muchas ocasiones, de emperadores destronados. Civilización y brutalidad envueltas en clámides y túnicas de seda, brocados de oro y púrpura, y calzados con imperiales botas de color rojo. Aprendió griego clásico solo para poder llegar a expresarse en una lengua parecida a la de aquellos héroes, en especial el último Basileo, Constantino XI. En sus oraciones al Señor se entremezclaban las que dicen fueron sus palabras finales: ¿No hay un solo cristiano aquí dispuesto a perder la cabeza? Su mente dejaba a un lado las pías plegarias y se extraviaba en la maraña del combate, al lado del Emperador, protegiéndolo de las curvas espadas de los otomanos hasta que el Emperador arrojaba desdeñoso la capa púrpura a un lado, despejaba su frente de la ya inútil corona y se lanzaba en el último combate sobre los jenízaros del sultán. En su imaginación, antes de que las cimitarras acabaran con la vida del monarca griego, siempre surgía un destello dorado de una espada alzada por encima de las cabezas de todos los combatientes, la espada de Constantino, y Matías lloraba pensando que aquel fulgor era una lágrima de Dios. El llanto era interpretado por sus superiores en el seminario como si fuese fruto de la ferviente devoción del joven, y así, gracias a la caída de la capital bizantina y la muerte de su último gobernante, Matías ganó fama de místico. Sin embargo, él solo quería viajar a las murallas de Constantinopla, a la puerta de San Romano, y arrodillarse en el lugar donde pereció aquel gran héroe de la Cristiandad. Y cuando por fin lo había conseguido, cuando por fin había logrado hacer acopio de recuerdos y fotografías que le permitirían suspirar de emoción cada vez que las volviera a ver, entonces le alcanzó el fatal robo.

La noche antes de la cita en San Pedro apenas durmió; la misa de primera hora la cantó de forma mecánica, sin pensar en otra cosa que en la cita que le aguardaba unas horas más tarde. Porque había decidido acudir a conocer a su burlador y perdonarle su cruel farsa. Debía perdonarle ya que sabía que era el justo castigo por su orgullo y falta de devoción. Si hubiese abierto la carta unos días más tarde, toda aquella situación no hubiese tenido lugar, y a pesar de ello los desvaríos se enmadejaban en su mente cuando pensaba que no fue casualidad el momento en que leyó el mensaje. A la hora convenida Matías se detuvo a los pies del poeta y aguardó a su mensajero. Un calor absurdo le subió desde el estómago cuando vio recortada a contraluz una figura que parecía flotar a unas docenas de pasos de él. Al principio solo fue una sombra rodeada de un extraño nimbo dorado. No fue capaz de discernir si era la sombra la que aumentó de tamaño o si, en cambio, la imagen tan solo se estaba aproximando. Su duda se disolvió cuando una nube ocultó el sol; entonces, delante de sus ojos se concretaron los rasgos de un hombre alto, de unos cincuenta años, con barba entrecana y de pelo negro que le llegaba por debajo de la nuca. Vestía una túnica de color claro, con una banda ancha dorada enrollada sobre los hombros y torso y que le caía desde la cintura hasta las rodillas. Una capa oscura ocultaba la parte derecha de su cuerpo. Matías vio que calzaba unas botas de tono rojo subido, casi violáceo. Cuando estuvo a su altura, el hombre le miró a los ojos durante unos segundos; Matías dio un paso atrás e inclinó la cabeza a punto de llorar. Con un leve gesto de la mano el visitante le obligó a levantar su rostro; sin variar su semblante inclinó el mentón a modo de saludo y pronunció una única palabra en griego: συγχώρεση. Perdón. Solo eso, le pidió perdón y desde la oscuridad de su capa le alargó una bolsa de tela de color púrpura.

Matías dejó el macuto sobre un banco y lo abrió. Allí estaban su cámara y sus papeles, incluido el diario. Pasó unas cuantas hojas y leyó aquí y allá al azar. Suspiró y lo volvió a dejar en la bolsa. Fue en ese momento cuando vio que había algo más en el interior. Un bulto de tela de un palmo y medio de diámetro aproximadamente anudada en un extremo. Con dedos trémulos deshizo el nudo y bajó la tela hasta que unas cuencas vacías anidadas en una cabeza sin orejas ni nariz le miraron.

Roberto Sánchez