Un pasado

—A mí me pones un sándwich vegetal sin mayonesa, con salsa de yogurt, ya sabes. Y una coca zero.- Pidió como siempre, sin respirar, sin mirar a la cara a Toño, el dueño del Palas. Y como siempre, éste se mordió una media sonrisa.

—Adela, déjate de vegetales y pide el especial de pollo que está mucho mejor.- Teresa no perdía ocasión de dejar en evidencia a su vecina. Toño detuvo en seco la comanda y dirigió una mirada curiosa a Adela.

—No, Toño, deja el vegetal.- Musitó sonrojándose.- Tere ya sabes que me privan los vegetales.- Adela se levantó para salir a fumar, Teresa enseñó unos dientes de porcelana.

—¿Angeles, nos has preparado una de esas tartas de las tuyas, tan buenas y preciosas que parecen de reposteros?- Maica se apresuró a cambiar de tercio, dirigiendo la mirada hacia una bolsa abultada que reposaba a la izquierda de su amiga.

—Eso lo sabréis al final con los gin tonics y los regalos.- Ninguna recordaba bien el primer amigo invisible que organizaron pero todas estaban de acuerdo que había sido un acierto hacerlo.

Durante la cena Toño intervenía en las conversaciones introduciendo comentarios algo subidos de tono que a Adela le sacaban de quicio mientras las demás los festejaban con risitas y palmas. Esta no fue una excepción, Raquel no pudo evitar describir a las demás el sujetador color limón que le había dejado el Olentzero, con sus encajes y todo.

—Le tuve que sacar el relleno porque si no no me entran.- Explicaba mientras les mostraba una foto en su móvil.

—¡Espectacular, difícilmente mejorable!- Alabó Toño mientras pescueceaba por encima de la cabeza de Raquel y retiraba las tazas del servicio de café.

—Mierda, Toño, siempre igual. Mira que eres.- Censuró Raquel alagada. Adela se levantó una vez más para fumar.

Comenzó la liturgia Sole.

—¡Cómo me gusta esta pañoleta! Además me combina que ni pintado con la chaqueta que me compré en Zara, la jaspeada. ¿Quién ha sido? Es de Revolver, seguro que ha costado más de los diez euritos.- Risas y aplausos servían de colofón a los discursos de agradecimiento.

Adela rasgó un papel con motivos navideños que cubría lo que parecía ser un sobre grande.

—Es una foto de todas cuando estuvimos en aquella casa rural de Barcena. Seguro ¿Os acordáis que bien…?-. El grito de Adela no permitió continuar el relato de las bondades de aquella excursión. Fue un grito ambiguo. De sorpresa, sí, pero acaso algo más oscura de lo que podría augurar el vinilo de un grupo rockabilly de los ochenta que surgió de entre las tiras del papel de regalo.

—¿Qué es Adela?- Alguna preguntó escandalosamente para tratar restaurar el ambiente festivo.

—E…es un vinilo de “No dejes que tu hijo sea un vaquero”, el primero, el original. Un EP.

—El grupo ese en el que cantabas de joven, ¿no?- Tres o cuatro se atrevieron a aplaudir tímidamente.

—Pero mira la portada. Que foto más bonita y tú qué mona estas, rubia con esos mini shorts y esas piernas tan largas ¡Una belleza!- Teresa exhibía el disco que acababa de robar a Adela que buscaba insistentemente el paquete de tabaco en su bolso.- ¡Como es el tiempo de injusto!

Media docena de cabezas se cerraron en torno al disco.

—Pero aquí dice Ada Castro, ¿Ada?

—Sí, ya sabes Marga, el nombre artístico. Luego ya cuando todo se acaba recuperas el tuyo, el de verdad.- Aclaró Teresa enfatizando los predicados.

—Es un bonito recuerdo, ¿no? Además Adela está muy guapa, es verdad. Parece increíble ¿verdad? Adela ¿Quién crees que habrá tenido la buena idea de regalártelo?- Pero Adela llevaba ya varios minutos fumando, en la calle, bajo la lluvia, junto a un caballete lleno de colillas.

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—Ama, tengo que hacer un trabajo sobre un poema de su padre de un tal Manrique, ¿le conoces?

—Algo me suena pero ya sabes que yo no soy de poemas. A ver enséñamelo.

Ane le tira un libro abarquillado y sucio mientras manipula ansiosamente su teléfono móvil. Adela consigue esquivarlo.

—Es desesperante, Ane. Antes de dejar ese maldito cacharro prefieres sacarme un ojo.- El lamento rutinario y gris de su madre no consigue, esta vez tampoco, que Ane levante la vista de la pantalla fluorescente.

Abre el libro y lee una estrofa al azar:

Cuan presto se va el placer,
como, después de acordado
da dolor;
como, a nuestro parecer,
cualquiera tiempo pasado
fue mejor.

Y ese último verso se le clava en el alma. Deja el libro sobre la mesa, se levanta y sale al balcón a fumar. Como por hechizo aparece dos balcones más allá su vecina, Teresa. Confirma que hoy no es su día, apaga el cigarro más que mediado y se precipita dentro.

El espejo le corrobora lo que ya sabía. Su tripa, sus caderas abiertas, sus brazos como papadas. Y la memoria, chismosa, se encargó de hacer lo contrario con sus recuerdos. Allí, delante de aquel trozo de cristal con azogue, Adela tomó una decisión irrenunciable.

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—¿Con quién hablas tan bajito, Adela? ¿Es algún novio secreto acaso?- Y tras la pregunta retorica una risita del mismo cariz.

—Y a ti que te importa. Sigue con tus mierdas y déjame vivir.- Adela tapa el auricular mientras su marido hace un gesto de hartazgo y sale de la cocina tras saquear la nevera.

—Perdona Roberto, era mi marido que no hay quien le aguante. Entonces nos vemos el sábado a las seis en el café ese en el que ensayábamos al principio, ¿cómo se llamaba?

—El Vos - contestó Roberto en un tono neutro.

—Eso, el Vos. Que tenía unas escaleras muy largas…¡Qué maravilla de sitio! ¿verdad?- La voz de Adela presagiaba una larga conversación.

—Mira Ada,- Roberto lo adivinó- tengo un poco de lio aquí. Ya hablamos el sábado, ¿vale?

—Vale, hasta el sábado pues, Roberto.- Adela tardó varios minutos en cerrar la pestaña del auricular.

Una tarde ventosa y el metro repleto de fanáticos futboleros no auguraban nada bueno pero Adela ignoró las señales y se retocó ligeramente el carmín antes de entrar en el templo de sus recuerdos. En el new Vos (que así se llamaba ahora el local) ni la decoración, ni la parroquia hipnotizada ante un nuevo partido de la máxima le evocaron nada, todo lo contrario que la imagen de un Roberto sentado sobre una banqueta, apurando un café, corpulento, pálido, elegante, tal y como lo recordaba. Sonrió, aspiró y caminó hacia su antiguo compañero.

—¿Qué tal Ada, cuánto tiempo?- La sonrisa sincera de su cita le invitó a callarse las mentiras protocolarias. Se besaron.

—Rober, estas estupendo. Se ve que la vida te trata bien no como al resto de los mortales.- Roberto interrumpió el caudal empalagoso del discurso de Adela centrándose en sus labores de anfitrión. Pidió voll damms como siempre.

Además de la murga futbolera, el New Vos pinchaba una música ratonera que obligaba a levantar la voz y a posponer las confidencias.

—Pues bien mirado aprovechando que te dedicas todavía a la música podríamos retomar el grupo. Estoy segura que aun tendríamos tirón, viendo el panorama de la música que escuchan mis hijos…- Se atrevió a proponer cuando se percató de que Roberto echaba dos rápidos vistazos a su reloj y empezaba a rebullirse sobre la banqueta.

—En realidad tengo solo una agencia de representación artística, ya no compongo ni nada parecido.- Roberto miraba insistentemente hacia la camarera.-g En realidad Ada no creo que sea una buena idea. He perdió la pista de Javier y Miguel y a Oscar creo que le dio un infarto y el hombre no sale de casa. Hablo con el de vez en cuando porque tenemos un pequeño negocio de informática a medias… aunque ahora no se qué va a pasar...-Se quedo ensimismado, calculando. Cruzó la camarera y la paró.- Dígame que le debo…Y de Reyes lo que he oído no es agradable.

—¿Qué le pasa Reyes?- Roberto se guardaba la cartera ya de pie dirigiéndose hacia la puerta. Adela se apresuró a recoger su bolso y a seguirle.

—¿Qué pasa con Reyes?-, insistió.

—No sé si será verdad pero me dijeron que estaba enganchada a la coca y que andaba en una clínica de desintoxicación o algo así.- Adela se detuvo, se sentó en un banco ya en la calle, algo aturdida, aun tuvo tiempo de ver como Roberto se giraba, le gritaba algo y se despedía con un gesto lejano, displicente.

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—Sí, Reyes Amat habitación 245, segunda planta. Ruego que sea discreta en la visita. – La advertencia sonaba a rutinaria pero no puedo evitar una cierta angustia.

Reyes, famélica, la mirada perdida con un pijama rosa paseaba por el pasillo de la planta. Adela dudó pero se sobrepuso.

—Reyes, ¿sabes quién soy?-. Se plantó de frente a ella sin atreverse si quiera a tocarla. Reyes rompió su mirada y quiso reconocerla.- Soy Ada, del grupo, ¿recuerdas?

—Ah, sí -volvió-, ya me acuerdo, Ada, del grupo. ¿Qué haces aquí?-, musitó.

—He venido a verte, me dijo Roberto que estabas…mala y he venido.

—Ese mierda te lo dijo. Pues si aquí estoy superando el mono, viviendo de mis viejos después de haber quemado el dinero de tres herencias en un bar asqueroso que tuve que cerrar. Aquí me tienes ¿Qué quieres de mi?-, lo soltó todo de un tirón, como en un anuncio mil veces repetido. Adela se sintió egoísta, avergonzada pero lo intentó de nuevo.

—Reyes, todo el mundo decía que éramos muy buenas en aquellos coros que hacíamos, ¿te acuerdas? Sobre todo aquella canción del toro...

—Ada, hazme un favor, déjame en paz. Permíteme que guarde un buen recuerdo de ti y de nuestros malditos coros.- Y siguió caminado.

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—Señora, ¿por qué no prueba a apuntarse a las clases de música para adultos que se imparten en los centros de distrito? Son muy económicos y sencillos.- Adela negaba con la cabeza.

—Yo quiero aprender desde el principio, entender la música, dominarla. Es mi pasión. Nada de chapuzas o mediocridades. Yo fui cantante profesional sabe usted y quiero retomar mi vocación por eso he venido directamente al Conservatorio.-, proclamó satisfecha Adela tras las pruebas de ingreso.

—Entiendo, pero me temo que va a ser difícil que este curso pueda incorporarse. Hay muchas solicitudes y pocas plazas.

—Pero yo he hecho bi…en la prueba ¿no?-, tembló la voz.

—Me temo que no, señora. Lo siento.- Y se alejó.

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El pastel de Angeles tenía este año forma de corona de Melchor con los picos de chocolate y la base de bizcocho. A todas les pareció el mejor que había hecho y lo festejaron con un estribillo conocido.

—Teresa es tu turno, abre el regalo pesada.- Teresa siempre se hacía esperar, le gustaba oírlas.

Rasgo el papel verde y rojo de un paquete pequeño, una cajita alargada.

—¿Qué es, que es?-. Se hace el silencio, la protagonista abre la cajita y extrae una tarjeta de regalo en la que se lee “Vale por un fin de semana para dos personas en un convento”.- Unas tímidas palmas, alguna risita y un silencio tenso. Teresa se arranca tras un carraspeo de rabia contenida.

—Parece interesante. Un fin de semana en un convento siempre ayuda a alejarse de la rutina y a encontrase ¿no? Y más para una soltera, supongo.- Dirige una mirada seca a Adela mientras esta se levanta y sale a fumar.

Joseba Molinero