Los tirantes de don Manuel

En los viejos tiempos, la música formaba parte de los momentos de asueto de la gente sencilla. El piar de los pájaros en las tardes de verano al volver del trabajo; el canto de las niñas jugando a la comba en la hora del recreo o el mugir estropajoso de los borrachos las noches de los sábados estaban relacionados con la alegría de vivir y de compartir la vida con familiares y amigos.

En estos tiempos nuevos, la gente sencilla escucha música continuamente: trabajando, conduciendo, haciendo la compra o caminado por la calle, gracias a unos auriculares de diversos tamaños: bien minúsculos insertados en el oído interno bien mayúsculos que cubren completamente las orejas; conectados a un chirimbolo informático microscópico que puede almacenar billones de semicorcheas en un volumen menor a 0,2 cm3. La música ha perdido su valor social y lúdico para convertirse en el ruido de fondo de una vida anodina.

Lector abre tus oídos al mundo que te rodeas y quizás puedas escuchar las hazañas del más grande héroe que vieron los tiempos.

La mañana de enero, gris, húmeda y silenciosa, le anunciaba problemas a Casimiro cuando llegaba al ayuntamiento del Valle. Poco antes había recibido un recado de Don Euristeo que, como de costumbre, le convocaba para realizar un trabajo que le redimiera ante sus ojos y disipara cualquier duda de su lealtad a los Principios Fundamentales del Movimiento.

Casimiro llegó al despacho de Don Euristeo quien, al verle en al puerta, se levantó inmediatamente y se dirigió hacia él, hablando nerviosamente:

—Ha vuelto a ocurrir. El contubernio judeomasónico nos ha golpeado de nuevo, sin piedad, en lo más profundo de nuestro ser, ultrajando el más sacrosanto de nuestros símbolos.

Casimiro escuchaba en silencio tratando de encontrar, en la ensaladilla de palabras oficiales que estaba preparando el alcalde, información sobre lo que realmente había ocurrido y como no había manera de hacerlo se atrevió a preguntar:

—... ¿Y no puede presentar los hechos de forma más clara?

Don Casimiro detuvo su discurso y suspiró:

—¿De forma más clara? ¿En que mundo vives Casimiro? ¡Han desaparecido los tirantes del ministro! ¡Los tirantes de Don Manuel con la bandera española! ¿Pero no te has enterado que visitó ayer el Valle?
Era una ocasión importantísima para que esta comarca fuera incluida en el plan de desarrollo turístico que se pondrá en marcha el año próximo pero ahora... ¿qué turistas van a venir a un pueblo donde le roban los tirantes al ministro?. Es la ruina para el Valle y el final de mi carrera política... y han sido los rojos, que solo quieren mantener esta tierra sumida en el atraso y la mediocridad.

Casimiro, atónito, volvió a preguntar:

—Don Euristeo, no es por llevarle la contraria, pero un robo es un asunto exclusivo de la Guardia Civil entonces... ¿por qué no le encarga este asunto a Merino?.

—Casimiro, por amor de Dios... a Merino le conocemos todos. Es un hombre de acción, incapaz de encontrarse la bragueta antes de ir a mear y, en este caso, es necesario actuar con astucia y discreción... y con rapidez para evitar que se propague el rumor y yo acabe siendo el hazmerreir de todos los chupatintas de Madrid. Así que... ¡a trabajar!

El mozo, acorralado, ya solo pudo pedir más detalles:

—¿Y no puede decirme, al menos, qué es lo que hizo el ministro en el pueblo? ¿A donde fue? ¿Con quién habló?

Don Casimiro, más tranquilo, se dirigió a su escritorio, se sentó en el sillón, se puso las gafas de cerca y tomando un folio de la mesa, leyó:
 

10.00 Recepción en el ayuntamiento por la corporación municipal y fuerzas vivas.

11.30 Santa misa en la parroquia de San Pedro.

12.30 Actuación de la agrupación de coros y danzas de las sección femenina de F.E.T. J.O.N.S.

13.30 Almuerzo en Casa Agustina.

15.30 Despedida por la corporación municipal y fuerzas vivas.

—Fue a esta última hora cuando se dio cuenta de que no llevaba los tirantes y comenzó a farfullar muy alterado, metiéndose al coche casi sin despedirse y dejándome con un mal cuerpo que no te lo puedes imaginar.

—¡Casimiro! ¡Descubre al ladrón y tráeme esos tirantes! El futuro del Valle depende de ello. ¡Date prisa!

Don Euristeo bajó la cabeza y, tras sobarse el ojo derecho con la palma de la mano, le indicó a Casimiro que se me marchara con un inquieto mover el dorso de aquélla señalando hacia la puerta.

El mozo salió del ayuntamiento muy pensativo. Se decía que él no era un Shelorck Holmes, más bien todo lo contrario. Nunca acertaba quien era el asesino en las novelas de Hercules Poirot y siempre se sorprendía por los desenlaces de las aventuras de Marlowe.

Un vendaval de preguntas giraba en el interior de su cerebro: ¿Quién puede estar interesado en unos tirantes? ¿Cómo se los quitaron a Don Manuel? ¿Usarán los masones los tirantes en sus reuniones secretas? ¿No usaban mandiles? ¿Cómo puede permitir la Falange que Don Euristeo siga siendo el alcalde del Valle? ¿Qué tengo que hacer para encontrar los tirantes? ¿Por qué usaba Don Manuel tirantes?

Recordaba como él tuvo que usarlos mientras fue un niño y siempre pensó que eran muy incómodos. Los pantalones se le clavaban en la entrepierna y siempre tenía problemas para bajárselos. Si tenía puesto el jersey no se los podía sacar y tenía que soltar los botones que los ataban a los pantalones; si estaba en mangas de camisa y se los sacaba por los hombros, se le mojaban con el agua del río.

Sumido en estos pensamientos, se sentó en un banco de la plaza a fumar un cigarrillo, buscando un plan de actuación, que se le presentó ante los ojos a la segunda calada. Sí, reproduciría el plan de visita del ministro; interrogaría a las personas con las que estuvo y, sin duda alguna, aclararía el misterio de la desaparición de los dichosos tirantes.

Tirando el cigarrillo con ímpetu, se dirigió, a buen paso, hacia el cuartelillo a cuya puerta encontró a Merino metiéndole un paquete al número de guardia. El cabo cesó su reprimenda y se dirigió, alegre, al mozo:

—¡Casimiro, qué sorpresa! Es la primera vez que vienes por aquí por propia voluntad. ¿Qué tengo yo que mi amistad procuras?.

—¡Muy poético, Merino! Me asombra tanta ilustración, pero necesito tu ayuda para aclarar los sucedido con los tirantes del ministro.

—Acabáramos, otra vez la locura del alcalde. Sienta un poco y charlamos.

El guardia se sentó en el poyo y le ofreció un JEAN corto, que el joven tomó mientras se sentaba a su lado y le ofrecía fuego de su ZIPPO. Merino dio un par de caladas y prosiguió:

—Siguiendo las órdenes de Capitanía, formé a la tropa a las 9.00 de la mañana a la puerta del ayuntamiento. Antes habíamos llenado los calabozos con los rojos habituales, salvo tú, que ya solo tienes un color anaranjado por las muchas buenas labores hechas por la causa...

Casimiro puso cara de asombro y el cabo prosiguió divertido.

—Sí, sí... son palabras de Don Euristeo... En fin, después de limpiar el pueblo de posibles insurgentes, formamos en la plaza y esperamos una hora y pico con la corporación, el cura, el boticario, el maestro y Bosio y Martín, hasta que llegaron los coches. Cuando se bajó Don Manuel los piteros tocaron “Ya viene el pájaro”...

El mozo le interrumpió curioso:

—¿Y por qué no “El cara al sol”? La “Llamada de infantes” es de coronel para arriba, no para civiles... bueno, ya me entiendes...

—Sí, pero Bosio dijo que ni hablar, que él era como Franco, que “no se mete en política” y que solo toca jotas y pericotes... En fin, el ministro saludó a los niños con las banderitas y entró hasta el salón de actos donde él y el alcalde estuvieron dándose barniz durante casi dos horas, hasta que Don Quirón dijo que era hora de ir a misa y con las mismas, salimos deprisa hacia la iglesia.

—¿Viste algo anormal? ¿Alguien se acercó a Don Manuel?

—Casimiro, majo, nadie hizo nada raro y menos quitarle los tirantes al ministro. Nos habríamos dado cuenta, ¿no te parece?

—¡Ya! pero... en algún momento perdió o le quitaron los tirantes, Merino... Tengo que comprobarlo todo.

El guardia civil sonrió un poco, bajo su bigote fino, y tiró la colilla lejos. Se levantó y se despidió:

—¡Muy bien Plinio!. Te aseguro que hasta la hora de la misa, Don Manuel tuvo sus tirantes sosteniendo los pantalones. Espero que tengas suerte en tus pesquisas.

Casimiro marchó hacia la iglesia pensando que Merino tenía razón. No habría sido posible que nadie se acercara al ministro y le quitara los tirantes a la vista de todos. En algún momento se habría quedado solo y esa habría sido la ocasión aprovechada por el ladrón para sustraérselos... pero Don Manuel se habría dado cuenta... Era realmente un misterio difícil de resolver.

Sumido en estas reflexiones, el joven llegó entró en la parroquia donde se oía un gran alboroto en la sacristía. Al entrar en ésta encontró a Don Quirón agarrando por la oreja a uno de los monaguillos que lloraba mientras el cura le reñía muy enfadado:

—¡Tomás: eres de la piel del diablo! Estas cosas que haces te van a llevar al infierno de cabeza y esto no será nada cuando se lo cuente a tu padre: te va a dar más órdigas que al tambor de la Legión.

Casimiro se rió al recordar el historial castrense del párroco y, adelantando su mano derecha, salió en defensa del chaval:

—¡Buenas tardes, Don Quirón! Tampoco será para tanto ¿no?

El sacerdote miró al mozo y se vio obligado a soltar la oreja de Tomás para estrecharle la mano, después se relajó un poco y le explicó:

—¡Hola Casimiro! En buen momento llegas... acabo de coger con las manos en la masa, bueno... mejor con los morros en el gollete... a este pilluelo. En el tiempo que le tengo de monaguillo se ha bebido el mar de los Sargazos de vino de misa.

El acólito quiso defenderse con la inocencia de la niñez.

—Pero Don Quirón, si ésta ha sido la segunda vez que bebo un traguito.

El cura y el mozo se miraron sonrientes y Don Quirón amenazó al niño como que le daba un sopapo del revés y enseguida se dirigió al joven:

—Y qué te trae por aquí... ¿vienes a confesar tus múltiples pecados? Si es así no se si acabaremos para la hora de comer.

—No, Don Quirón. Estoy investigando la desaparición de los tirantes del ministro y como sé que tuvieron ayer misa... me gustaría que me comentara si observó alguna cosa rara.

Don Quirón puso cara de asombro y satisfacción y comentó.

—¡Como el Padre Brown! Muy bien, hijo mío, muy bien. Pero siento no poder ayudarte. Durante la misa, estoy completamente inmerso en el oficio y no presto atención a nada más.

En esto, Tomás le tiró de la sotana y dijo:

—Yo me fijé que los tenía.

El cura y Casimiro le miraron con interés y el niño prosiguió:

—Cuando vino a comulgar tenía la chaqueta abierta y vi que los llevaba: tenían los colores de la bandera española y se ataban a los pantalones con botones.

El mozo le pasó la mano por la cabeza y dijo:

—Muy bien Tomás. Me has ayudado mucho...

y dirigiéndose al cura:

—...y con esto, Don Quirón, le perdonará ese problemilla de antes ¿no?

El sacerdote respondió orgulloso:

—No sé, no sé... No robarás es uno de los diez mandamientos... es un pecado mortal... en fin. Tendrás que confesarte, Tomás...

A lo que el chaval, preguntó:

—¿Y no le dirá nada a mi padre?

A lo que el cura le respondió con un capón, diciéndole:

—¡Satanás, Belcebú, Lucifer! Vamos al confesionario. ¡Que vas a tener agujetas en las rodillas por todos los padrenuestros que vas a rezar! ¡Adios, Casimiro!

Casimiro volvió a la plaza, en dirección a los bajos del ayuntamiento donde, en un salón del fondo, ensayaban las pandereteras de la Sección Femenina a las órdenes de Doña Hipólita.

Doña Hipólita era una señora de mediana edad pero de muy buen ver, de mediana estatura, un poco pelirroja, con el pelo ondulado recogido en un moño bajo, de forma que aquél que la miraba encontraba fácilmente sus ojos verdonchos rodeados de una cara blancota de facciones suaves, adornada con una eterna sonrisa de dientes pequeñitos.

Había llegado desde Madrid al Valle al casarse con el secretario quien la había prometido que podría practicar la equitación todo lo que quisiese por las colinas y vaguadas que abundaban en aquella comarca y así lo hizo hasta convertirse en la reina de las amazonas para todos los lugareños, que admiraban su melena en llamas durante sus paseos veraniegos.

Sin embargo, el invierno es duro en el Valle y por ello, doña Hipólita se entretenía dirigiendo el grupo de coros y danzas de la Sección Femenina del Valle, lo que hacía que Doña Antímaca, esposa de Don Euristeo, sintiera celos de élla por que veía amenazada su posición de mujer principal, pero esta es otra historia.

Casimiro entró en el salón, lo que produjo un coro de risitas de las pandereteras y que Doña Hipólita fijara su atención en él:

—¡Hola Casimiro! ¿Cómo tu por aquí? ¿Tienes alguna amiga en el coro?.

El mozo enrojeció como un tomate y, después, como un pimiento cuando arreciaron las risas de las muchachas pero encontró fuerzas para explicarse:

—No, Doña Hipólita. Estoy investigando la desaparición de los tirantes de don Manuel y sé que los tuvo toda la mañana hasta que, después de misa, presenció la actuación del coro. Así que le ruego que me diga si ocurrió algo anormal durante la actuación o si se fijó que el ministro los tenía al acabar...

—¡Qué emocionante! ¡Como en los relatos de la Srta. Marple! ... Tranquilo, Casimiro que contarás con toda mi ayuda.
Sobre el mediodía llegó don Manuel con todas las autoridades. Me saludó amabilísimo y se interesó por el repertorio, que fue:
Una copla de saludo – y dirigiéndose a las niñas - ... ¿por qué no se la cantáis a nuestro amigo.

Y las mozas, ¡como no!, se arrancaron alegres:

Que tenga muy buenos días
la señora Presidencia
se los debemos de dar
con toda nuestra prudencia.

Casimiro, paciente, aplaudió un poquito y añadió:

—¡Bravo, bravo! Pero... y sobre los tirantes.

La amazona imperturbable continuó con su historia:

—Al ministro también le encantó la copla y aplaudió a rabiar y más aún cuando seguimos con el “Romance del conde de Lara”... vamos jovencitas:

Aquel día en Normandía
en la muy noble ciudad
nombran al conde de Lara
capitán general.

Casimiro esperó, vitoreó, aplaudió e insistió.

—¿Y los tirantes?

—¿Los tirantes?... ¡Ah sí! Sí, sí los llevaba, me di cuenta que cuando interpretamos las últimas coplas a lo ligero, don Manuel se abrió la americana para aplaudir mejor y los llevaba... rojo y amarillo... muy nacionales...

El joven no esperó a oír un panderetazo más y salió a toda velocidad, dejando a Doña Hipólita y su coro un poco decepcionadas, camino del mesón de Agustina donde llegó resollando y pensando que era el último cartucho, que allí debía haberse producido la desaparición de los dichosos tirantes, cuando se encontró a Agustina barriendo la puerta de la casa, que le saludó:

—¡Buenos días, Casimiro! ¡Cuánta prisa tienes hoy!

—¡Buenos días, Sra. Agustina! Vengo a preguntarle alguna cosa sobre la comida de ayer.

Agustina, una mujer ya anciana, pequeñuca, canosa con moño, delantal y toquilla, le miró un poco desconfiada.

—¡Ah! ¿si?

—Sí señora, estoy investigando la desaparición de los tirantes del ministro que, según me han informado, comió aquí como un rey, ayer mismo.

La cocinera halagada por la grasa que le había dado el mozo, dejó la escoba y comenzó a charlar.

—Fíjate... investigando... ¡como Alberto Fernández! ...

—¿Quien es ese?...

—...¿Quien va a ser? Mi yerno.

—...¿el marido de Tinuca?...

—...El mismo. Ya sabes que está en los Miñones de Álava...

—...¡Ah! Esos que llevan boina roja como los requetés...

—Sí, pero él es como detective, ya sabes...

—Sí, bueno, me puede contar como fue la comida ayer...

—¡Estupendamente! Preparé cocido montañés con morcilla, chorizo y relleno...

—... ¡con relleno! ¡Joder que suerte! Yo no lo como desde que falleció mi madre... ¡que en paz descanse!... y ¿como lo hace usted?

—Mira... primero desmenuzas la carne de la costilla con la que has hecho el cocido y la dejas sobre la chapa para que no se enfríe...

—... después poner unas migas a remojo en leche y vas batiendo un par de huevos, a los que debes echar una pizca de sal y un poquito de perejil...

—... en seguida, se escurre la leche que sobre y haces una masa con las migas y el huevo, mezclándola mucho y aplanándola bien; entonces envuelves la carne de la costilla con la masa haciendo como un panecillo.

—Por último rebozas el panecillo en harina y le das una freída... y a comer.

—¡Cojonudo! ¿qué les pareció?...

—¡Se lo comieron todo! Fíjate que había preparado estofado de ciervo y no lo quisieron aunque aceptaron el arroz con leche, que se lo saqué en plato sopero. Después saqué café de puchero y parece que, al ministro, le entraron ganas de hacer del cuerpo pues preguntó por el retrete y allí fue...

—¿Y le pasó alguna cosa rara?

—No sé... si hablas de ruido... le oímos tocar “El sitio de Zaragoza” desde la cocina pero nada más...

—No, hablaba de los tirantes, los tenía cuando salió del retrete...

—No, no llevaba tirantes... salió con la chaqueta debajo del brazo... un poco sudoroso pero muy alegre... y más cuando le saqué una botella de orujo... Empezó a decir que en su pueblo es más fuerte y que también lo tienen amarillo y de café... y después se marcharon todos... dejando una propina muy buena... que ya tendría que aprender más de un alcalde de por aquí.

—Agustina y ¿los tirantes? ¿llevaba los tirantes?

—¡Que no! Casimiro, que no llevaba los tirantes.

—Oiga puedo ver el retrete.

—¡Anda! ¿tu también tienes ganas de cagar?

—No, es para ver si están allí los tirantes.

—¡Ya estás pesado con los tirantes! Vamos...

Agustina entró en el local seguida de Casimiro y le mostró el retrete que consistía en una taza turca con un ventanuco junto a la cisterna. En la puerta había un gancho y un pestillo. El joven observó todo con decepción.

—Es de “a pulsete”. Seguro que se quitó la americana y la colgó en el gancho y cuando se bajó los pantalones se dio cuenta de que los iba a arrastrar por el suelo, así que se los quitó y los colgó también en el gancho, dejándoselos olvidados pero... no están. Agustina... ¿no los ha visto?...

—¡Jesús! No los he visto muchacho.

Casimiro se vio caer en un pozo de desesperación, pensaba que don Euristeo tenía razón: alguien había cogido los tirantes... pero ¿quién? y ¿por qué?... era aún un misterio y él no sabía por donde continuar.

Acongojado salió hasta la puerta del mesón donde encontró a un chaval de unos ocho años andando en una bicicleta de mujer, haciendo esfuerzos por llegar a los pedales y, de repente, toda su atención se centró en la parrilla de la bici, que tenía un pulpo rojo y amarillo y suspiró con satisfacción.

—Sra. Agustina, ¿puede venir un momento? ¿quién es este niño?

La vieja salió a la calle y le dijo:

—Es Albertuco, el hijo de Tinuca, que me lo dejan hasta Reyes.

—Pues me parece que nos va a ayudar a resolver el misterio de los tirantes, ¿le puede llamar?

—¡Claro, hombre! ... ¡Tuco! ¡Ven majo!

El niño llego derrapando y paró junto a la pareja, diciendo.

—¡Hola abuela! ¿qué quieres?

—Este señor te va a preguntar algo.

Casimiro sonriente, le preguntó:

—¿De donde sacaste el pulpo?

—Son unos tirantes. Los encontré esta mañana en el retrete y pensé que harían muy bien de pulpo.

—Pues has resuelto un misterio muy importante. Son del ministro de información y turismo. ¿Me los das para que se los lleve?

El niño miró a su abuela asombrado y feliz.

—¿Es verdad, abuela? ¿se lo puedo contar a aita?

—¡Claro hijo claro!

Mientras el niño soltaba los tirantes para dárselos a Casimiro, éste le preguntaba, por bajines, a la vieja.

—¿Quién es aita?

—Es su padre... así es como lo dicen los vascos...

—Sí, estará orgulloso de tí. ¿Serás policía tú también?

El niño calló un momento y dijo:

—Me gustaría mucho, pero también me gustaría ser cocinero como mi abuela.

El joven cogió los tirantes y se despidió.

—Estoy seguro de que harás bien cualquiera de las dos cosas.

Miguel San José