Sueños rotos

La noche avanzaba. Sor Severina, presa del insomnio, evocaba segundo a segundo los instantes que pasó en compañía de sus exalumnas durante la sobremesa del último día que estuvieron juntas. Desgranaba los recuerdos con inusitada excitación. En ese momento rememoraba cómo miraba emocionada a las dieciséis jóvenes sentadas alrededor de la mesa que presidía.

Se recuperaba de la sorpresa que le habían dado sus expupilas presentándose en el comedor ataviadas con el uniforme del colegio del que era la directora. Apuraban la comida organizada para la segunda jornada del Encuentro Anual de exalumnas de Santa Úrsula. Se mostraban exultantes. Era la hora del postre.

Apreció signos de cansancio en los rostros de varias de ellas; el maquillaje con el que lo cubrían no lograba disimular del todo las huellas de una madrugada de juerga. Las chicas habían llegado la víspera. Según le contaron, la entrada en el hotel fue apoteósica.

–Tenía que habernos visto –le dijo la más dicharachera–, cargadas con mogollón de maletas y bolsas y con el equipamiento necesario para la práctica del esquí. Fue de traca. ¡No se imagina el guirigay que montamos en el vestíbulo! Casi no cabíamos en la recepción con todos nuestros bultos y trastos. Aunque madre, no se crea, enseguida controlamos la situación. Ya sabe… Lo hicimos todo en un pis pas: retiramos las tarjetas de las habitaciones, subimos y nos acomodamos; después… una ducha rápida, unos retoques aquí y allá, cambio de ropa, un tentempié y noche de marcha.

Saber saber…, era mucho decir, porque desconocía absolutamente lo que habían hecho; pero prefirió creer que todo había sucedido como ellas afirmaron. Se trataba de cosas de la juventud, en las que era mejor no hurgar demasiado.

No era un reproche, sino un brote de ternura que afloró de la íntima satisfacción que sentía al compartir aquel entrañable ágape con sus “niñas”, las flamantes universitarias que atacaban la tarta de chocolate, el bizcocho de nueces y pasas, los canutillos de crema y los mantecados elaborados por las hermanas de la Orden.

En sus ojos podía atisbarse un destello de melancolía. Y es que las conocía a todas, una a una, profunda y amorosamente, como una madre que las hubiera amamantado en su amplio y generoso pecho; y las albergaba en el corazón, en su desnudez infantil, en su inocencia de colegialas, en sus miserias y grandezas, en sus alegrías y fracasos y en sus anhelos e ilusiones. Jamás olvidaría aquella tarde.

Estuvo flanqueada, a la derecha, por Julia O. y, a la izquierda, por Carlota F. La primera, que de pequeña yaera una muchacha menuda de lágrima fácil y gesto rancio y mohíno que nunca hallaba consuelo en nada ni nadie, no parecía haber cambiado mucho, como revelaba su sonrisa lánguida de estudiante de cuarto curso de Ingeniería de Polímeros. Por su parte, Carlota F. lucía una extraordinaria cabellera de un rubio platino imposible; su cara de facciones perfectas y distantes le trajo a la memoria la imagen de la niña petulante y engreída que la evitaba por los pasillos del colegio con la indiferencia de una estatua de marfil. Cursaba primero de Arquitectura.

Enfrente se sentó Gabriela L., una estudiante de primero de Veterinaria; conservaba su figura espigada y su melena caoba, su cutis níveo, sus labios afresados y sus conspicuos ojos azules, que eran los rasgos más sobresalientes de una belleza singular que le cautivó desde que la vio por primera vez.

A su lado se puso Anastasia T., la niña de origen ucraniano que ingresó en el colegio a los doce años; la adoptó una familia pudiente; y allí estaba, impresionante, altísima, con su largo y espeso pelo trigueño, con sus increíbles ojos verdes de mirada miope y sus mejillas erubescentes. Estudiaba cuarto de Medicina.

Junto a ella se colocó Leonor B., a la que en su día llamaran “la niña de mazapán”, porque era dulce, amable y desprendida y jamás flaqueaba en el empeño de ayudar a los demás; viéndola, con su sonrisa franca, su mirada limpia, su cara redonda y su aspecto bonachón entraban ganas de darle un pellizco en el moflete. Hacía prácticas de Enfermería.

Laura M., Angelina J. y Beatriz U. ocuparon los asientos contiguos a la silla de Carlota F.; les apodaban “las mosqueteras”; y es que eran inseparables: pertenecían a la misma promoción, jugaban en el mismo equipo de baloncesto y llevaban adelante el tercer año de Psicología. No le dieron la impresión de ser las niñas pusilánimes, endebles y mediocres que hubo de soportar cuando les impartió la asignatura de Literatura.

Cerca de Julia O. se posicionó Ágata n., la alumna problemática que tantas veces recibió en su despacho porque había sido castigada debido a su mal comportamiento o expulsada de clase por su indisciplina; se había convertido en una mujer hermosa, una morenaza de piel broncínea, oscura pelambrera, ojos negros perfilados por unas cejas que se esfumaban en una tenue línea curva, nariz recta y angulada y labios carnosos que parapetaban una dentadura inmaculada; además mantenía intacta su voz meliflua y el desparpajo de “chica terrible”. Por lo que sabía, destacaba en la Facultad de Derecho.

A su diestra se situó Ruth K., la niña enfermiza que sufrió lo indecible en la adolescencia debido a su carácter veleidoso, depresivo y maniático; le motejaban “la varilla”, por su exagerada altura y extrema delgadez, y también “la tarumba”, porque desde que a los trece años le diagnosticaron una dolencia coronaria se había hecho una excéntrica, como lo probaba el aspecto de extraterrestre que presentaba con su maquillaje tono pistacho y el pelo cortado a cepillo teñido en color turquesa, a juego con la montura de unas gafas extravagantes que sólo tenían una función estética. Presumía de ser cosmopolita porque estudiaba arte dramático en el extranjero.

Cerraba el costado derecho de la mesa Regina E., la revoltosa e incorregible bromista que todos los días de Los Santos Inocentes” le colocaba a Sor Caridad un muñeco de papel en la espalda; su semblante era el mismo de siempre: pelirroja, pecosa, con ojos vivarachos y expresión picarona; tampoco había variado su apego a las travesuras, tal y como constató al sorprenderla escondiendo el móvil de Gabriela L. en un búcaro que reposaba en un aparador que tenía detrás. Iba aprobando los cursos en la Facultad de Bellas Artes a trancas y a barrancas…

Les sirvieron los cafés y los licores en un salón privado, ubicado en el piso superior. En el desplazamiento al mismo las chicas gritaron más de la cuenta. Hubo de contenerse para no reprenderlas por su falta de decoro. Al fin y al cabo, ella y la hermana Teresa eran las invitadas de las exalumnas, que habían tenido la deferencia de acordarse de su anciana tutora y de la que fue su profesora más joven. Las agasajaban con aquella comida y no era cuestión de ejercer de “madre vinagres”. Las observó con discreción, turbada por la jovialidad, la incontenible frescura, la prestancia y el donaire de los que hacían gala sus queridas “niñas”. Las repasó de arriba abajo.

La última del grupo era Sara Y.; había tenido la ocurrencia de hacerse dos trenzas, como cuando era párvula, época en la que las compañeras le burlaban llamándole “Pipi Calzaslargas”, por su escualidez, su estrafalaria forma de vestir los fines de semana y su tendencia a fantasear. Ya entonces le apasionaba leer, de modo que, estudiando como estudiaba Filología Inglesa, sin duda gozaría con la lectura de cuentos y novelas. Charlaba con Sor Teresa.

Un metro por delante avanzaban Alicia Z. y Renata W.; iban cogidas por el hombro y parecían muy amigas. Alicia Z. era una atractiva mujer de cabello serpenteante, ojos semirrasgados y labios sinuosos; de niña era una gran aficionada a la papiroflexia y unas navidades construyó un belén enteramente de papel; atesoraba el mérito de ser la única alumna de la Escuela de Ingeniería Naval. Renata W. ostentaba el título de vigente campeona estatal de vela y era estudiante de la Escuela de Náutica; con corte a lo “garçon”, tez tostada, complexión atlética y maneras espontáneas rezumaba una naturalidad no exenta del toque nostálgico de las gentes criadas en el barrio porteño.

A la par de éstas marchaban, ambas en silencio, Victoria A. y, algo más rezagada, Telma H.; en ese momento las vio frágiles y vulnerables, igual que cuando eran niñas de verdad y en sus confidencias se mostraban como barcas a la deriva en una mar de ofuscación e incertidumbre.

A Victoria A. le decían “La mística”, por su apariencia de sacerdotisa griega y porque alimentaba su espíritu con teorías esotéricas y especulaciones escatológicas; subía las escaleras que conducían al salón con un porte de vestal, que adquirió después de que viviera una experiencia traumática cuando cursaba quinto de Primaria: la familia sufrió un accidente de automóvil, a consecuencia del cual murió su hermana gemela; nunca lo superó y, quizá por esta razón, optó por indagar acerca del sentido de la existencia humana matriculándose en la especialidad de Filosofía Pura.

Telma H. era más superficial; aquella sirena con una mata de mar peinada en tirabuzones creció obsesionada por su imagen; en su mochila siempre llevaba un álbum de fotos que renovaba periódicamente. “¿Le parezco guapa, madre Severina? Solía preguntarle con frecuencia en sus conversaciones tutoriales. E invariablemente ella le contestaba “Divina hija mía, divina”. En la actualidad era modelo de una prestigiosa agencia internacional.

Las demás chicas fueron desapareciendo tras la puerta que se abría en el descansillo de la primera planta y no tuvo opción de fijarse en ellas.

Llegó la última al salón Azul del hotel. Sus “niñas” habían tomado asiento en los sillones y sofás que abundaban en la amplia habitación de arquitectura y diseño clásicos. Era cálida y acogedora, a pesar de sus grandes dimensiones. Destacaban el alto techo revestido con placas de escayola modeladas en bajorrelieves en los bordes y rematado en su perímetro con molduras barrocas, las dos formidables lámparas de araña con sus lágrimas centelleantes, las paredes enlucidas con estuco de color amarillo pálido, los grandes ventanales cubiertos con visillos de color crema claro y cortinones en tonos azul y ocre y el suelo de madera abrillantado y crujiente vestido con alfombras orientales. Tenía forma rectangular y el espacio estaba dividido en varios ambientes. Según se entraba, a la derecha un biombo semiabierto dejaba entrever un mostrador sobre el que descansaban tres pantallas de ordenador. Ninguno se hallaba encendido. Enfrente, la única superficie de pared libre que dejaban las ventanas acogía un lienzo enorme que reproducía escenas de caza. Debajo de la pintura sobresalía una consola de mármol con patas de madera labrada flanqueada por sendos butacones de cuero azul. Servía de base a dos candelabros y una ensaladera de plata. Juzgó que aquel detalle decorativo le daba empaque a la estancia, pero que le restaba utilidad a la zona. A la izquierda el espacio se abría en dos tabiques: uno largo adornado con un espejo de proporciones exageradas y varios cuadros; y otro, el del fondo, sobre el que se apoyaban una pequeña biblioteca acristalada y un mueble bar con puertas de marquetería policromada. El ángulo que formaban ambas paredes recibía una chimenea de mármol de la misma tonalidad pastel que la consola del otro lado del salón. Era magnífica, con el frontal cincelado en rosetones y dibujos geométricos y los laterales esculpidos en cariátides. En esa esquina se distinguían un tresillo y dos butacas de estilo victoriano tapizadas con tela beige con motivos de flor de lis azules y con posabrazos y patas de caoba, un revistero del mismo material y una mesita de cristal biselado. Era el rincón más solicitado. En él, al arrullo del fuego crepitante, se habían acomodado Sor Teresa y algunas de las chicas. El resto de la sala lo llenaban una treintena de sofás y sillones en tejidos sintéticos teñidos en azul distribuidos en conjuntos de a seis en torno a varias mesas centro. Ocupó uno situado más o menos en medio de la pieza. Unas cuantas chicas se le acercaron y se arrellanaron en los sillones adyacentes. Bromearon y charlaron distendidas.

El olor a café recién hecho se expandió por todo el recinto y previno a las mujeres de la presencia de las camareras. Arrastraban un artístico carro bandeja en el que portaban el servicio de café y un carrito paquetero cargado con dos bolsas de tela que lucían el escudo de Santa Úrsula cuyo contenido era un misterio. Al verlas, suavizaron el tono de voz, pero siguieron conversando en grupitos. Las camareras los recorrieron uno a uno y sirvieron el café al gusto de cada cuál. Les pusieron además al corriente de los licores y bebidas que podrían encontrar en el mueble bar y les facilitaron las copas y vasos necesarios; luego se marcharon.

Una vez que tomaron los cafés y prepararon las copas y los combinados, pidió a Carlota F., Gabriela L. y a Regina E., las chicas que tenía más cerca, que se pasasen por los corrillos de compañeras y les dijeran que cogiesen sus consumiciones y se arrimaran al grupo mayoritario. Así lo hicieron. Nadie se opuso. Y las excolegialas de Santa Úrsula se arremolinaron a su alrededor en medio de un alboroto mayúsculo.

–¡Chicas! ¡Chicas! A ver. A ver. ¡Un poco de calma! ¿Por qué no adosáis varias mesas, desplazáis algunos sofás y los colocáis de manera que podamos estar todas juntas? –les indicó para restablecer el orden en aquel revuelo de mujeres, voces y risas.

Y propuesto y hecho: Unas retiraron las tazas vacías y las depositaron en el carrito bandeja; otras habilitaron tres mesas, que rápidamente colmaron de vasos, copas y nuevas tazas de café; y las demás movieron sillones y sofás, disponiéndolos en forma de círculo. Seguidamente tomaron asiento. Sor Teresa y Ágata N. sirvieron más café.

–Bien, bien. Así estamos mucho mejor. ¿Porque hemos venido a compartir este rato en mutua compañía, no? –afirmó pomposamente.

–Claro que sí, madre –le apoyó Beatriz U.

–¡Perfecto! Así que no voy a desaprovechar esta inmejorable coyuntura y, antes de dar inicio a esta sobremesa, os ruego que guardéis un rato de silencio, porque quiero deciros unas palabras.

Sus niñas obedecieron y callaron. Y aprovechó para propinarles con la exposición de un discurso muy emotivo. Formulariamente les mostró su agradecimiento por haber asistido a aquel Encuentro de exalumnas; y después procedió a hablar de los valores que conformaban el espíritu del ideario de Santa Úrsula, del proyecto educativo y vital del que habían sido y de alguna manera todavía seguían siendo partícipes, de la historia, vicisitudes vividas y éxitos habidos en el colegio y de alguna que otra anécdota graciosa. Sus últimas palabras fueron estas: “Tenedlo siempre presente, hijas. Vosotras hacéis Santa Úrsula; vosotras sois el futuro”.

Cuando finalizó la perorata, sintió un calor en las mejillas que reflejaba la felicidad que la henchía. Las chicas, algo exaltadas, parloteaban y bebían. Estimó entonces que era el momento idóneo para desvelar el contenido de las bolsas de tela que permanecían en el carrito paquetero.

–¡Atended chicas! –les pidió, elevando el tono de voz y cortando así las conversaciones de las jóvenes–. La hermana Teresa y yo tenemos una sorpresa para vosotras. Además de los dulces y los pasteles, os hemos traído unas dádivas. Están en esas bolsas que veis ahí…

Para cuando quiso darse cuenta, las “tres mosqueteras” ya se habían levantado de sus asientos y se hacían cargo de las mismas. Las portaron al centro del corro y las depositaron a sus pies. Las abrió sin miramientos. “vamos a ver… Vamos a ver…”, decía para despertar la curiosidad de las chicas, mientras sacaba de las bolsas dieciséis estuches de piel y otras tantas cajitas de cartón con el logotipo del colegio impreso en la tapa y los distribuía. Los estuches contenían una estilográfica de plata y las cajitas un pañuelo de seda con el escudo de Santa Úrsula bordado con hilo de oro.

Le congratuló la buena aceptación que tuvieron los obsequios.

–Lo mejor viene ahora –manifestó satisfecha, al tiempo que le entregaba un álbum de fotos a cada chica.

El álbum era todo un recordatorio fotográfico del paso por el colegio de las distintas promociones de alumnas. Lo llenaban un sinfín de instantáneas de viajes y excursiones, fotos de comienzos de curso y de profesoras y orlas de diferentes grupos. Lo repasaron hoja por hoja y, entre risas y alguna que otra lágrima provocada por la nostalgia, desempolvaron infinidad de recuerdos.

El ambiente era inmejorable. Algunas chicas se sirvieron más café o se prepararon otra copa. Reían con gran alborozo y bromeaban entre ellas. Le satisfacíaverlas tan felices, aunque esta vez no pudo reprimir la tentación de soltarles una breve filípica.

–Que os dure, que os dure –les dijo–. Porque yo os deseo lo mejor. Pero comediros, considerad que sois embajadoras del colegio en el mundo. Que ya os conozco: a la mínima oportunidad, ¡venga!... de cabezas locas por ahí. No sé ya ni la de veces que os he tenido que prevenir de que, hasta en la alegría, debéis guardar la compostura. Esto os ayudará a llevar con dignidad los lances aciagos de la vida. No se me escapa que en las vuestras no todo ha sido un camino de rosas. ¡La de veces que os he tenido que consolar! ¿Lo habéis olvidado?

–¡Vamos, madre! No sea “cortarrollos”. No se ponga tremebunda –le suplicó Angelina J.–. Vale…, tiene toda la razón. Somos un atajo de cabezas locas. Pasamos de todo. Solo nos interesa la jarana y damos carpetazo a las vivencias desagradables. Pero, ¿qué quiere? Si ahora no podemos divertirnos, usted dirá…

–¡Pues claro! Hay que vivir el presente, morder los minutos. Siempre a tope. ¿Eh chicas? –jaleó Alicia Z.

Sara I. salió al paso.

–¿Sabe madre? Tengo una idea. ¿Por qué no rememoramos algún episodio doloroso de nuestra niñez? Sí, que cada una narre su experiencia infantil más triste –sugirió–. ¿No estáis de acuerdo? –incitó a sus compañeras–. ¡Venga, no seáis plomos y enrollaros! Si total, en la calle hace un frío que pela. Y además hasta la noche no pensábamos salir. Así que contamos con toda la tarde para disfrutar con nuestras historias.

Todas asintieron y mostraron su conformidad aplaudiendo la propuesta.

–Ya ve, madre, somos dignas alumnas de Santa Úrsula y estamos dispuestas a hurgar en el baúl de los recuerdos para destapar algún suceso desgraciado del pasado, sin que por ello perdamos el buen humor –concluyó Sara I., que anunció que ella misma abriría la caja de los truenos con su relato…

La cadena de las remembranzas sacudía su mente; el buril del dolor las había grabado en su memoria y no pocas veces se le desbordaban en imágenes, voces lejanas y lágrimas incontrolables, que la sumían en una especie de estado cataléptico del que le costaba muchísimo reponerse. Tenía miedo de que le ocurriera también esa madrugada. Los primeros síntomas ya afloraban. Sintió la lengua pastosa y un premonitorio tic tendinoso en el párpado del ojo izquierdo. “¡Virgen Santa! ¡Será posible!”, exclamó; y comenzó a rezar el rosario. Era un acto espontáneo que en alguna ocasión le había ayudado a descargar la tensión nerviosa. No se derrumbaría. esa mañana no. No estaba dispuesta a permitirlo. Sería terrible no poder asistir a la Misa Solemne en recuerdo de sus amadas “niñas” y a la posterior gala de conmemoración del primer aniversario de su desaparición.

Un año atrás, a esas horas atendía a la teniente de la policía, que recababa datos de las chicas que habían participado en el último Encuentro de exalumnas de Santa Úrsula. “algo rutinario”, dijo. Y lo era. Porque ¿qué podía aportar ella más que sus fichas de matriculación, actas de notas y los cuadernos que contenían los informes tutoriales de las muchachas? Nada. Por lo tanto, le dio a la teniente la documentación que guardaba en los archivos de la secretaría y se despidió de ella.

Trabajo no le faltó. Desde que cerca de la medianoche la despertara el machacón “ring ring” del teléfono móvil al que se desviaban las llamadas nocturnas realizadas al colegio no había tenido un segundo de respiro. Por la hora que era, el asunto debía ser importante. Nadie en su sano juicio la molestaría a medianoche, a no ser que fuera absolutamente necesario o, lo que es lo mismo, a no ser que fuera para comunicar alguna desgracia. Abrió la tapa del celular, alarmada y ansiosa. La intuición no le falló. Al otro lado del aparato la madre de Ágata N. le interrogaba acerca del paradero de su hija, que no había llegado a casa.

–¿Sabe usted por qué se han retrasado? –le interpeló–. Debía estar en casa para las diez de la noche y aún no ha aparecido.

Obviamente no tenía respuesta.

–No lo sé. Es la primera noticia que tengo. Lo averiguaré y, cuando sepa algo, me pondré en contacto con usted inmediatamente –le respondió para calmarla.

-No fue tarea fácil realizar alguna indagación, porque las llamadas se sucedieron una tras otra. Una, dos, tres… Y así hasta catorce. A todas las personas interesadas les despachó con el mismo “Lo averiguaré y, cuando sepa algo, me pondré en contacto con usted inmediatamente”. Inmediatamente significó la una de la madrugada del día siguiente.

Previamente intentó localizar a la chófer telefoneando al móvil que le había facilitado la compañía de autobuses para casos de necesidad. No cogió nadie. Preguntó en el hotel de la estación de esquí en el que el día anterior había compartido tantas horas con las exalumnas. “Han abandonado el hotel a eso de las siete de la tarde”, le informó la encargada de recepción. Preguntó en las comisarías centrales de policía de los diferentes territorios por los que discurría la carretera que debía recorrer el autobús que las transportaba para llegar a la ciudad interesándose por los partes de siniestros. “No nos consta ninguna incidencia reseñable”, le aseguraron en todas. Preguntó en los hospitales de la zona. “No se ha registrado ningún ingreso en urgencias por causa de accidente en las últimas cuatro horas”, fue lo que le dijeron.

Quedó confusa. ¿Cómo podía ser que nadie tuviera ni idea del lugar en el que se hallaban las jóvenes? “¡Ni que se las hubiera tragado la tierra!”, protestó para sí misma. “En alguna parte tienen que estar. Pero, Virgen santa, ¿dónde?, ¿dónde?, ¿dónde?”, se repetía una y otra vez. Por momentos creyó que iba a enloquecer. No se le ocurría qué hacer. ¿Quién podía ayudarle, si ni la policía ni en la compañía de autobuses ni en los hospitales fueron capaces de aclararle nada? “Alguien las ha tenido que ver. Seguro que sí”, se autoconsoló. Y resuelta marcó el número de teléfono de la comisaría local para formalizar la denuncia de la desaparición de las exalumnas y llamó a dos emisoras de radio para notificarles la infortunada circunstancia. Más tarde, cumplió su palabra, y puso al corriente de sus gestiones a los familiares de las chicas.

Acordaron reunirse en el colegio. Estimaron que sería lo mejor. Y a eso de las dos y media de la madrugada más de cuarenta personas abarrotaban el vestíbulo de la nave principal de Santa Úrsula. Inquietas, sufriendo, todas hablando a la vez y todas preguntándose lo mismo: “¿Dónde están? ¿Dónde están?”. Algunas no paraban de llorar; otras, histéricas, voceaban exigiendo no se sabe a quien la respuesta que anhelaban; y otras, con los rostros demacrados, parecían estar a punto de desfallecer víctimas de un síncope.

Con la ayuda de Sor Teresa y Sor Tomasa trató de poner orden en aquel caos de personas, monólogos, preguntas al aire, sollozos y ansiedad que imperaba en el ambiente. Las monjas condujeron a los familiares congregados en el recibidor al salón de actos. Allí estarían más cómodos, podrían escuchar los informativos, consultar en Internet y atender igualmente los avisos recogidos en la centralita de la portería.

La noche fue eterna, toda una angustiosa e interminable pesadilla, un calvario de incertidumbre e impotencia. Todavía se acordaba del sonido metálico de la voz de la locutora del noticiario de las cuatro y de las cinco de la madrugada que reiteró indiferente: “Continúan las labores de búsqueda de las dieciséis universitarias desaparecidas. Regresaban a casa, después de una jornada de esquí. Al parecer se habían congregado para celebrar el encuentro anual de exalumnas de su colegio. Las vieron por última vez en el aparcamiento del hotel en el que se habían alojado el fin de semana alrededor de las seis de la tarde. Esto es todo por el momento. Seguiremos informando”. Era un decir, porque se sucedieron las horas y en los posteriores boletines de noticias no agregaron ni un detalle novedoso. En realidad no lo había, como así se lo confirmó la teniente de la policía cuando se marchó de su despacho a las cuatro y media de la madrugada con los documentos que le había proporcionado. No entendían qué había podido ocurrir.

–Tendremos que esperar a que amanezca, para realizar el trayecto que el autobús debía recorrer desde la estación de esquí a la ciudad. Solo de esta forma podremos desentrañar el misterio –le reveló la teniente en su despedida.

A ella no le restó otra que comunicar a los parientes de las exalumnas el estado de las investigaciones.

–No hay ninguna novedad. No han descubierto el autobús –les confesó visiblemente desmoralizada–. Con la luz del día, la policiía emprenderá una búsqueda exhaustiva. Mañana, bueno… luego, se aclarará todo. Les aconsejo que vuelvan a sus hogares. Aquí no hacemos nada.

“Luego” había vaticinado en su afán de dar esperanzas a los derrotados familiares. Pero el hecho fue que “luego” tardó en llegar hasta el martes al mediodía. Fueron treinta horas de creciente desasosiego, treinta mazazos de expectativas rotas, treinta hitos de íntima zozobra. A ella le avisó del hallazgo la teniente.

–Ya las han encontrado. Por causas que se desconocen el autobús en el que viajaban se salió de la carretera y fue a parar a las aguas del embalse de Is. Por eso han tardado tanto en localizarlo –fue lo que le dijo.
 

Definitivamente se desmoronó. Los augurios más pesimistas se habían cumplido: sus “niñas” habían perecido en un accidente de tráfico.

Después vinieron las reuniones con los afectados, las entrevistas con periodistas, la organización de los funerales en la iglesia del colegio y, lo peor de todo, el día del entierro, aquel encuentro de seres abatidos con los corazones quebrados. Tres palabras bastan para describir lo que se vivió aquellos días: desolación e infinito vacío.

Y por si todo ello no fuera suficiente, a estos problemas se sumó el embrollo de la desaparición de Ruth K. No hallaron su cuerpo en el interior del autobús junto a los cadáveres de las demás chicas, ni tampoco en las inmediaciones del mismo en el fondo del pantano. Tras varios días de intensa búsqueda, los buzos dieron por finalizado su infructuoso trabajo.

El hecho consternó a los integrantes de la comunidad de Santa Úrsula, en especial a su madre y a los allegados de la familia, agravando aun más la angustia que vivían. La difusión que tuvo en los medios de comunicación le confirió una dimensión social que en nada ayudó a restañar la profunda herida abierta en sus corazones.

Todo el mundo se preguntaba dónde estaba la joven; pero en la mayoría de los casos el interés no era auténtico, sino el resultado de una curiosidad morbosa. De esta manera, la madre de Ruth K. asistió desvalida a un infame espectáculo mediático de “reality shows” y hubo de soportar tal acoso periodístico que antes de que la policía lograra dar con la hija se abismó en una crisis psicótica, de forma que precisó de tratamiento en un centro psiquiátrico.

Una y cien veces repitió a la policía y a los medios de información que desconocía el paradero de su hija y que la última vez que la vio fue cuando se despidió de ella antes de que acudiera a la cita con algunas excompañeras de Santa Úrsula con las que debía encontrarse en la estación de autobuses. Nadie le creyó.

La opinión generalizada era que mentía para ocultar algún asunto turbio o vergonzoso relacionado con su díscola “niñita”. Parecía inverosímil, cuando no imposible, que si no viajaba en el autobús siniestrado, una vez de tener noticias del trágico accidente de quienes compartieron con ella los últimos retazos de sus vidas, no se hubiera puesto en contacto con la madre para dar razón de su situación y de las circunstancias por las cuales no se subió al autobús con las compañeras de viaje.

No obstante, quienes así la juzgaban erraban en su apreciación. ¡Qué poco sabían del infierno en el que se había convertido su existencia desde que enviudara hacía tres años! Ella se sumió en un estado depresivo casi permanente que no conseguía superar. Ruth K., por su parte, encajó mal y a la tremenda la debacle familiar y se enclaustró en la caverna de una especie de autismo. Abandonó el domicilio materno al acabar el bachillerato y se marchó a estudiar a Alemania. A partir de entonces el vínculo que las unía se limitaba prácticamente a la discusión periódica de los gastos de la hija; la comunicación entre ambas era precaria y el único trato que mantenían consistía en alguna llamada telefónica esporádica y en la celebración conjunta de las fiestas de navidad. Desgraciadamente, era cierto que ignoraba por completo qué había sido de su hija. Se enteró, como el resto de la gente, de que la habían localizado en Frankfurt, en el apartamento que compartía con otras estudiantes, una semana más tarde de que se produjera el siniestro del autobús

Iba por la sexta avemaría del cuarto misterio glorioso cuando sonaron los maitines. Dejó de rezar el rosario. Le alivió comprobar que había vencido la desazón y se incorporó. Sentada sobre la cama, se desperezó para desentumecer el cuello y la espalda y agitó varias veces la cabeza, como si quisiera librarse del lastre con el que le había cargado las sienes la noche que acababa de pasar en blanco. Al fin se levantó y cogió el devocionario de encima del escritorio, se retiró a la esquina de la celda en la que acostumbraba a orar, se arrodilló ante el crucifijo que la adornaba e inició sus plegarias.

Duraron veinte minutos, tras los cuales volvió al secreter. Reparó en el libro de tapas relucientes que destacaba en el centro de la mesa. Estaba recién sacado de la imprenta. Se lo habían traído la víspera. No era un libro cualquiera; se trataba de su obra más querida y, también, más sufrida. La había escrito ese año en honor a sus “niñas” fallecidas. Se lo debía a ellas, se lo debía a los familiares que horas más tarde lo conocerían en su presentación oficial y se lo debía a sí misma. En el libro recogía los relatos que las malogradas exalumnas hubieron contado la tarde de tertulia en el hotel de la estación de esquí. En sus páginas había vertido mares de amor y derrochado grandes dosis de ternura.

Tomó el libro en las manos. Lo acarició. Y leyó el título en voz alta: “Por qué lloran las niñas”. Se emocionó vivamente y en ese instante decidió leerlo. En aquellas historias que iba a publicar en el acto de celebración del primer aniversario de la muerte de las exalumnas latían los corazones de sus “niñas” y sus sueños y frustraciones gorgoteaban en el receptáculo de las palabras que las componían. Escribirlo había sido el saldo de la deuda que contrajo con su conciencia y leerlo ahora sería su particular y especial homenaje a las chicas”. De modo que lo abrió y emprendió la lectura.

“A esas quince flores que conocieron la primavera eterna, a esos quince corazones que palpitan en mis recuerdos”.

Le complacía la dedicatoria. “Es excelente… Al menos es sincera”, reflexionó. Y prosiguió.

“El cielo añilado de la última hora de la tarde se desangraba en un arrebol magnífico y poco a poco se disipaba en la palidez del crepúsculo que irrumpía ya en el horizonte. Pronto la noche pintaría de negro con trazo grueso el paisaje que se divisaba desde las ventanillas del microbús que transitaba por la tortuosa carretera que llevaba a la ciudad. La vía bordeaba el pantano que se extendía a la derecha por toda la superficie que abarcaba la vista. De las aguas de la presa emergía una bruma densa y cenicienta como una calima extemporánea. A la izquierda se columbraban un valle arbolado y unos montes boscosos. Por encima de las copas de los abetos que tupían la vaguada planeaba un ave de gran tamaño. La chófer se distrajo admirando su majestuoso vuelo. Y bastaron esos dos segundos de descuido para que perdiera el control del vehículo y éste se precipitara al embalse.”

Nunca sabría nadie qué eventualidad originó el accidente del autobús siniestrado, pero ella se lo figuró así. Quizá se dejó llevar por la fantasía y le había conferido al texto un lirismo exagerado. Quizá… Aunque ahora, al leerlo, se le antojó la mar de sugerente. Avanzó, pues, en la lectura.

La primera historia era el relato de Sara I., que se explayó con un acontecimiento terrorífico que vivió en el jardín de su casa. Recordó cómo les impactó a sus atónitas compañeras. Les había removido las entrañas. En los ojos de algunas se apreciaba un lagrimeo incipiente y ninguna se atrevió a romper aquellos momentos de catarsis. Fue Gabriela L. quien se hizo cargo de la situación, narrando una experiencia que tuvo con un jilguero.

A Gabriela L. siempre le habían atraído los animales. No en vano había comenzado a estudiar Veterinaria. Tenía debilidad por ellos y, en más de una ocasión, su pasión le había acarreado algún que otro problema. Como cuando tuvo la ocurrencia de llevar a clase sus dos ratoncitos blancos y se le escaparon de la casita de aluminio en la que los guardaba corriendo por el pasillo principal de la planta de Primaria, con tan mala fortuna que se los encontró Sor Caridad. Le daban pánico los ratones y, al verlos, fue tal el escándalo que montó que todas las profesoras y no pocas alumnas de Primaria salieron al pasillo a enterarse de lo que sucedía. ¡Menuda la que se organizó! Necesitaron Dios y ayuda para capturar a los roedores y, entre una cosa y otra, las alumnas perdieron una hora de clase. O cuando quiso dar una sorpresa a Sor Clara - la titular de la asignatura de Ciencias Naturales- y trajo un recipiente lleno de tritones. Los escondió en un cajón de la mesa de las enseñantes. El caso fue que los descubrió la profesora de Educación Plástica al ir a coger del cajón un paquete de tizas de colores. Metió incauta la mano en el recipiente, tocando el lomo crestado y viscoso de dos de los pequeños anfibios. El horror y el asco que le produjeron fue mayúsculo. Sufrió un ataque de histeria y hubo que atenderla en el dispensario del centro. En ambas ocasiones recibió un castigo ejemplar.

Recordaba que después de una de las reprimendas que le dio concluyó diciéndole: “¡Tú y tus animalitos! No sé qué va a ser de ti”. Algo similar le achacó tras contar la historia trágica del jilguero cantor del alba. Ahora se arrepentía profundamente de ello.

Despachó rápido los tres siguientes relatos. Al concluir la lectura del quinto, revivió la trifulca que suscitó la narración de Agata N., que se largó con una aventura que protagonizó con un hilo negro mágico que formaba palabras por sí mismo, una tarde que le expulsaron de clase.

–Caramba Ágata, qué bien cuentas lo que te interesa. Flipas con un hilo que, caiga donde caiga y como caiga, se pliega en palabras de ocho letras que unidas entre sí transmiten mensajes. ¡Y nos lo cuentas como si nada! Lo de ese hilo mágico no se lo traga nadie. Te hiciste una película y tú misma te la has creído. Y todo para justificar una expulsión del aula. Cualquiera diría que ésta que tan minuciosamente has descrito fue la única de tu estancia en Santa Úrsula. Si la mayoría de los días te solíamos ver sentada en horas de clase en los bancos que había en los pasillos de Primaria o esperando a que te recibiese la directora –le echó en cara Carlota F.

–Pues quien ha ido a hablar. ¿Quién? La más pija de Santa Úrsula. Eras repelente. Una niña mimada, arisca y antipática. Las de tu curso te apodaban “morrotorcido”. ¿No es cierto? Por algo sería. Y si no, le preguntamos a la madre Severina, que seguro que tiene mucha lana que desmadejar al respecto – aguijoneó molesta Ágata N.

–¡Chicas, chicas! Sin enfadarnos, ¿eh? Amor y concordia. ¿O acaso habéis olvidado el lema de la bandera de Santa Úrsula? –intervino finalmente ella atemperando los ímpetus.

Precisamente, atacaba ahora el relato de Carlota F., una historia de una amistad desvanecida. No pudo sustraerse al placer de releer los últimos párrafos. Le resultaban tan entrañables…

“Aquella misma tarde se despidieron. Fue el adiós más triste que nadie jamás haya podido presenciar. Ambas se miraban y lloraban en silencio. Temblaban. Se asían de una mano y con la otra sujetaban sus respectivas pamelas arco iris. No dijeron nada, acaso porque no podían articular palabra alguna; simplemente se soltaron y se dejaron arrastrar por la mano de sus madres. Se fueron alejando en direcciones opuestas, cada una con su pamela arco iris, cada una a su suerte. Y entre las dos surgió un infranqueable agujero negro. Ahí acabó todo. El cuerno de colores celeste se había roto fatalmente y cada niña se llevaba la parte que le tocó en desgracia…

…Al llegar a casa, tiró la pamela en el jardín. Fue una reacción histérica, un desahogo momentáneo a la frustración que sentía, como si de este modo pudiera sacudirse el enojo que le produjo la pérdida de Ingrid, como si con tal acción fuera posible sublimar el arco iris del cielo, en señal de protesta porque su alegría se volatilizó en el vacío abisal surgido tras la separación forzosa de la amiga. El verano siguiente ningún sombrero cubrió su cabeza.” Compró uno, de tono crisantemo, luctuoso y anodino, como unas vacaciones sin Ingrid y sin los colores del arco iris, que acabó sin estrenar en la esquina más umbría del pénsil.”

El melodrama agradó al auditorio. Su fuerza residía en el realismo del simbolismo cotidiano, en la intimidad de la impotencia. Todas las presentes se vieron de alguna manera reflejadas en la angustia de Carlota N., como ocurrió también con los relatos de Julia O. y Alicia Z., dos alegorías del sentimiento trágico de la vida, que acababan así:

“Y la gota, las culebrillas vítreas y los hilos de agua quedaron ocultos detrás de sus pliegues. Aunque sabía que cuando lloviera de nuevo volverían a caer lágrimas a los cristales de las ventanas, siempre las mismas lágrimas, siempre el mismo dolor repetido, condensado en una gota de lluvia.”

"¿Por qué se hunden los barcos de papel? ¿Por qué se rompen los sueños? ¿Por qué tienen que llorar las niñas?”...

…Nadie le respondió. Si bien el espejo del cuarto de baño le devolvió una mirada llorosa. Y las paredes lloraban en silencio con un llanto vertido en gotas que se escurrían por las baldosas. Ella también comenzó a llorar. Y en la mar llovió un aguacero de lágrimas.”

El recuerdo de sus rostros compungidos y de las caras pálidas de aflicción le conmovió. Quizá estuvo de sobra la parrafada que les endilgó, aprovechando la coyuntura, pero ya no tenía remedio.

–¡Ay mis niñas, mis niñas! Qué duro y decepcionante es el primer tropiezo serio con la piedra de las miserias humanas. ¡Qué digo el primero! Y el segundo, el tercero y todos… Basta que os deis una vuelta por el cementerio de los sueños rotos y allí encontrareis a innumerables niñas poniendo velas en la tumba de los suyos. Ese camposanto se halla en vuestros corazones. Removed las entrañas y descubriréis que todos los epitafios inscritos en las lápidas de esas tumbas se resumen en uno: “Aquí yace una ilusión difunta”. Y es eso lo que se trasluce del fondo de vuestras historias, la quiebra de la fantasía que invariablemente sucumbe ante la cruda realidad. Todas lloráis el deceso de algún sueño y reivindicáis la necesidad de ensoñar –les sermoneó.

Angelina J. rompió la tensión del momento.

–¡Fiesta! ¡Fiesta! Que aunque estemos abriendo nuestros corazones para compartir algunas anécdotas de nuestra niñez, no olvidemos que esto es una fiesta. ¡Venga, vamos a servirnos otra copa! Que veo que casi todos los vasos están vacíos.

Un clamor de síes atronó en el salón azul. Las chicas se relajaron; y las que no habían terminado la bebida agotaron su consumición. Laura M., Angelina J. y Beatriz U., las “mosqueteras”, se ofrecieron a hacer de camareras. Se levantaron y se dirigieron al mueble bar. Angelina J. se contoneó ostensiblemente, moviendo su trasero de modo aparatoso y ridículo.

Conservaba la imagen de la escena nítida en su mente. La estaba viendo ahora bamboleando el pompis. “¡Será payasa!”, comentó Sor Teresa, dejando caer las palabras en medio del jadeo entrecortado de una risa contenida. Las chicas no guardaron las formas y se carcajearon abiertamente de la gracia. Las camareras circunstanciales atendieron las peticiones de sus compañeras y pronto tuvieron todas llenos los vasos y las copas. Bebieron y chacharearon durante unos minutos, tiempo que algunas aprovecharon para ir al baño.

En sus rostros se apreciaban síntomas de cansancio y somnolencia: ojos empequeñecidos y brillantes, algunos bostezos y miradas perdidas en la alfombra. Tenían los mofletes rojos, probablemente debido al excesivo calor que hacía en el salón desde que una hora antes encendieran la calefacción. La mayoría se había desprovisto del jersey. Además el ambiente estaba muy cargado. El olor a leño quemado de las brasas mortecinas de la chimenea y el humo de los cigarrillos contribuyeron a ello. Menos mal que entró en la estancia una camarera, que se dirigió al rincón del hogar para atizar el fuego con el fuelle. Consiguió reavivarlo en unas tímidas llamas y distribuyó un haz de troncos sobre las brasas. Después volvió a aventar la lumbre con el soplillo hasta que prendieron. Luego se aproximó al grupo y anunció que durante unos minutos orearían el salón y que dentro de media hora les servirían un refrigerio.

El jolgorio que montaron cuando las camareras trajeron los prometidos piscolabis fue de campeonato. Se atiborraron a patatas fritas, canapés, pastelitos salados, frutos secos, aceitunas y embutidos. Algunas quisieron servirse la tercera consumición de licores, pero ella les reconvino. Otras propusieron encender los ordenadores y navegar en Internet. A estas les recordó que no podían perder demasiado tiempo, pero no logró que desistieran. Algunas tuvieron la ocurrencia de ponerse a bailar frente a la chimenea. Varios teléfonos móviles hicieron las veces de aparatos de música. ¡Y vaya música! En su opinión era espantosa.

Pasaron los minutos y las chicas se fueron tranquilizando. Les convenció para que volvieran a formar el corro, como antes. Y cuando hubieron tomado los asientos les animó a reanudar la narración de esas historias íntimas que ensombrecieron algún sueño de su infancia. Ruth K. inició la ronda. Se enfrascó en su relato.

“¡Qué horror!” ¡Por Dios! ¡Qué final más espeluznante!”, dijo para sí. Y eso que lo había escrito ella misma. Había intentado reproducir fielmente la historia que Ruth K. contó aquella tarde memorable. Finalizaba con la protagonista cayendo de bruces a pie de una reproducción del Sagrado Corazón de Jesús que adornaba un panteón.

Su narración tuvo tintes teatrales. La chica sería una lunática, pero no se le podían negar sus dotes para la interpretación. Era evidente que en la escuela de Arte Dramático había adquirido oficio de actriz. La gesticulación, las poses, los movimientos, la apariencia de alienígena que le proporcionaban el contraste entre el color verde de su cara y el azul de su cabello y las gafas de diseño futurista que se había plantado, todo… parecía estudiado y efectista.

Aunque, sin ninguna duda, lo que más tocó la fibra de las espectadoras de aquella tragedia en la que devino su relato fue cómo declamó la inscripción del frontispicio y el epigrama de la fachada del cementerio en el que se desarrolló la acción. Escucharon aterradas sus palabras. Las dejó resbalar por la boca para que brotaran de los labios con una sonoridad espectral.

“nooooo haaaaaayyyyy… cieeeeencia…, aaaaarte… ni maaaaña

que del fiiiilo de la guaaaaadaña

eximiiir a nadie pueeeda.

Aquííííí vendréis a paraaaaar.

Viiivosssss, elegiiid lugaaar.”

Fue una puesta escénica de primer orden que tuvo su colofón en la descripción casi cinematográfica de lo que resultó ser un aneurisma de aorta y la consiguiente pérdida de sentido con la que concluyó la aventura infantil que narró. Las chicas se quedaron sin habla, como tocadas por el maldito filo de la guadaña que la compañera había mencionado, como si hubiesen vislumbrado su hoja cortante y apreciado en su piel el frío de la muerte.

Evocó su imagen. La estaba viendo como si la acompañara en la celda, con sus ademanes de diva, el rostro artificialmente cetrino y la expresión hierática. La recordaba de esta guisa, tal y como se caracterizó la última vez que estuvo con ella un año atrás, como también recordaba lo que les refirió en respuesta a la exigencia de que explicara cómo se desvaneció y cómo la sacaron del camposanto.

Según dijo, treinta y cinco minutos más tarde de su desfallecimiento la atendían en el interior de una ambulancia medicalizada, mientras la trasladaban al hospital comarcal. La reanimaban del colapso que la había fulminado e intentaban recuperarla de la angina de pecho que había sufrido. Mónica G., la amiga que la acompañó hasta los aledaños del fosal, dio la voz de alarma. Desde que Ruth K. partiera a culminar su desafío de entrar sola a las 12:00 de la noche en el cementerio del pueblo, como prueba de su valentía, y se la tragara la oscuridad, aguantó a la intemperie en la línea divisoria entre la luz y las tinieblas marcada por la sombra que la torre de la iglesia colindante al camposanto proyectaba en el asfalto. Fue media hora larga de preocupación e impaciencia, no exenta de atisbos de culpabilidad por haberla dejado sola ante el peligro. Ella misma sintió miedo. El silencio reinante la amedreentó, el frío le escarchó la sangre y la noche le enlutó el ánimo. Vivió aquel tiempo de espera no como un margen razonable para que la aventurera temeraria consumara el allanamiento del cementerio, sino como una insoportable y descorazonadora demora. Por eso, cuando transcurrieron unos pocos minutos después de que la campana de la torre diera el toque de las “y cuarto”, no pudo resistir más y marcó el número del móvil de la amiga. Esta no contestó. Insistió llamándola hasta siete veces; pero no obtuvo resultado. Y entonces sí que se arredró de verdad. Aquello no era normal. Estaba segura de que había sucedido algo malo. Y no lo dudó, llamó a casa con la intención de pedir auxilio. Cogió el teléfono su madre. A ella le dio cuentas de la ocurrencia que había tenido Ruth K. de entrar a medianoche en el camposanto para acallar las bromitas de quienes la consideraban una cobarde. Le explicó el plan que habían dispuesto - según el cual ambas ya deberían haberse reunido- y que el caso era que la compinche no daba señales de vida ni tampoco atendía sus llamadas. La madre se hizo cargo de la situación y le aseguró que en diez minutos se encontrarían. Y cumplió su palabra. Previamente debió organizarlo todo, porque tras ella llegaron varios automóviles: el que conducía la madre de la ausente, una patrulla de la policía municipal y una ambulancia. A partir de ese momento las asistencias se ocuparon del salvamento de la accidentada.

“¿Dónde estará ahora la pobre?”, se preguntó. Desde que supo que la habían localizado en Frankfurt al cabo de una semana del siniestro del autobús en el que perecieron las que habían sido sus colegas en el último encuentro de exalumnas de Santa Úrsula, no había tenido oportunidad de hablar con ella.

Se rumoreó entonces que confesó a la policía que no tomó ese autobús porque aceptó la invitación que le hizo una amiga con quien coincidió en la estación de esquí para quedarse unos días más esquiando, que estuvo en su apartamento hasta el miércoles y que regresó a Frankfurt sin pasar por casa de la madre. Aunque las habladurías apuntaron otras versiones de los hechos muy variadas y distintas, todas ellas maliciosas, cuando no insidiosas.

A la gente no le pareció de recibo que la joven se esfumara de la escena de los acontecimientos como si lo ocurrido no fuera con ella. ¿Qué clase de persona había que ser para actuar de esa manera? Solamente reaccionaría así una desalmada o una loca. Ésta fue la opinión más extendida. Nadie admitió que pudiera ser que no se hubiera enterado de lo sucedido. Un accidente tan grave y, encima, en el que estaban implicadas esquiadoras, no podía desconocerse en la estación de esquí. En la televisión, en la radio, en un periódico, en las pistas, en cualquier bar…, tenía que haber leído u oído algún comentario. Y en la improbable hipótesis de que no hubiera sido de esta forma, tal y como dijeron que declaró la concernida, en qué burbuja se evadió del mundo, dónde estuvo realmente y haciendo qué.

Estas eran las preguntas que los incrédulos y los malpensados lanzaron al aire. En medio de este ambiente los chismes, las suposiciones, las sospechas y la maledicencia se dispararon por doquier. Ella nunca dio por buenas las hablillas de unos y otros; las consideró burdas conjeturas o, peor aun, meras calumnias. Tenía la certidumbre de que su exalumna se sabía víctima de tanto infundio y que por esto se había cerrado en banda y desestimado todas las intentonas que había realizado para entablar contacto entre las dos. Además supo que perdió la razón y se dejó llevar por las nubes que pululaban en el espacio singular de un universo ilusorio creado a su medida. Su madre lo reconoció en más de una ocasión. La psiquiatra que trataba a la hija le había confirmado que ésta padecía graves trastornos psíquicos de índole esquizofrénica y que su vida era como una representación de farándula en la que ella protagonizaba el papel principal. Su existencia era una ficción en la que el futuro era un ensueño, el presente una alucinación y el pasado simplemente algo que no había tenido lugar.

Quizá aquel era el modo que la infeliz tenía de quitarse de encima tanto dolor y desgracia; y también tal vez fuera ese el motivo por el que no quería saber nada de su extutora. La comprendía, la exculpaba y, ante todo, se solidarizaba con ella. “¡Ay mi querida “niña”! Si pudiera… me abrazaría a ti, anudaría mi tormento al tuyo y seguro que nos consolaríamos mutuamente”, se lamentó afectada. Y suplicó: “Virgen Santa, atiende mi ruego y guarda mi “niña”, ese ángel abatido, en tu manto protector de bondad y amor”.

La invocación a la Virgen fue milagrosa; surtió un efecto positivo en su ánimo, debilitado y en precario de tanto reverdecer los hitos del pasado, de tanto abonar inútilmente las semillas de unas vidas inexistentes. La liberó de su minicrisis de melancolía. Y relajada puso la atención en las frases del siguiente relato.

Nada más dar cuenta de él, sintió una punzada en el costado izquierdo y, a continuación, la sacudida de un calambre en el brazo del mismo lado. Duraron muy poco tiempo, pero fueron agudas. Las achacó a la mala postura en la que estaba sentada ante el escritorio y a que, desde que cogió el libro que leía, lo sujetaba con la mano izquierda. Por un momento dejó el libro sobre la mesa y se puso en pie. Estiró las piernas, agitó los brazos y abrió y cerró la mano unas cuantas veces para reactivar la circulación de la sangre. “Ya está. Casi no me duele. ¡Pufff! Menudo alivio”, se dijo. Y volvió a acomodarse en la silla del secreter. De nuevo con el libro en la mano, retomó la lectura.

Pronto se arrepintió de haberlo hecho, porque no conseguía quitarse de la cabeza un párrafo del mismo:

“Solo hay un camino: vivir la muerte y morir la vida. En su caso, ese camino terminaba en el muro que tenía delante, porque las mariposas con las alas rotas no pueden volar más allá de la tapia. Este era su rol en el orfelinato y, por ende, en la tierra. Era su inapelable sino. Y descorazonada y vencida, en un lamento callado y desbordado por la tristeza, se desvaneció en las tinieblas y el silencio de la noche, que ya se enseñoreaba en el patio, los pabellones y la casa central de Santa Felicísima.”

Afortunadamente los pronósticos pesimistas de Anastasia T., la protagonista de la historia, quedaron en agua de borrajas. No tuvo que permanecer emparedada para siempre en la inclusa. Así se lo rebañaron sus compañeras.

–¡Nastia, tía! Seguro que las pasaste canutas en tu larga estancia en el hospicio, pero podías hacer de una vez por todas borrón y cuenta nueva, ¿no? ¡Qué! ¿No te va todo de película, o qué? –le recriminó Gabriela L. Un tanto airada.

–¿Y quién lo niega?” Ya sé que ahora lo tengo todo: una familia que me quiere, buenas notas en los estudios, amigas, ilusiones y dinero. ¡Y qué! Tan ciertos como esto son los recuerdos de mi infancia… Y que te quede claro: para mí son sólo eso: recuerdos y nada más. No pretendo obtener la compasión de nadie ni mucho menos sacar algún partido de ello. Yo lo sufrí tal y como os lo he contado. Gracias a Dios, hoy es pasado –se defendió Anastasia T.

Tenía los ojos lacrimosos. Debía ser porque estaba a punto de llorar, aunque bien pudiera deberse a la irritación que le producían las lentillas. No sería extraño, después de no haber dormido más de tres horas y de soportar toda la noche el humo de los bares y por la tarde el del salón azul del hotel. Gabriela L. también se percató de este detalle.

–No te pongas mustia, ¡eh Nastia! Tienes todo el derecho del mundo a dar rienda suelta a tus recuerdos. Lo que ocurre es que a mí la movida de los orfanatos me da mal rollo –se disculpó.

–Sí claro, ¿y a quién no? Pero están ahí. Existen; y en ellos han de sobrevivir miles de menores dejadas a la mano de la desgracia. Y pocas alcanzan la felicidad. Sí, Gabriela, mis impresiones y convicciones de la infancia son el pan de cada día para la mayoría de esas menores –arguyó Anastasia T. Para que me creas, te voy a contar el caso de una niña que conocí en Santa Felicísima. Se llamaba Olga. Su tragedia nos afectó mogollón a todas las niñas del centro; incluso le sacaron una canción.

El infortunio de Olga caló en los corazones de las chicas, que se vieron embargadas por su dramático destino. Desazonadas, miraban al vacío. Algunas moqueaban; otras dejaban fluir las lágrimas; y todas compartían silenciosas parecida angustia. El clímax de aquel rapto emocional llegó cuando Anastasia T., con voz lloriqueante y entrecortada, entonó la canción del “Paraíso imposible”.

Así la llamó. Se acordaba perfectamente, porque al oír nombrar este título se indispuso. Le impactó de tal manera que se le revolvió el estómago y casi se mareó. Las chicas no debieron percatarse de su estado, tal vez porque tenían bastante con contener el propio llanto o, tal vez, porque se enajenaron en el ritmo catártico de los versos de la canción:

Era Olga una niña,

Una niña de las de antaño:

Noble, angelical

Y ajena a cualquier apaño.

 

Era Olga una niña,

Natural como el castaño

Y libre como un colibrí,

Una niña sin reglas, orden ni tamaño.

 

Era Olga una niña,

una niña sin engaño.

¡Ay! Que una niña que no es niña

¡vaya ser más extraño!

Era Olga una niña,

Una niña que sufrió mucho daño.

Y su dulzura y su bondad

Tornaron en un carácter huraño.

 

Era Olga una niña,

Una niña sin escaño

ni suerte ni amor en la vida,

un corderillo sin rebaño.

 

Era Olga una niña,

Una niña sin hora, ni día ni año

Una mariposa que se ahogó

En la fiebre de un baño.”

Escuchó la mayor parte de la canción con los ojos cerrados. Conforme avanzaba la letra, fue restableciéndose y, cuando Anastasia T. repitió la última estrofa para rematar la interpretación, dominaba ya la situación. Las chicas necesitaron realizar grandes esfuerzos para no estallar en una rapsodia de plañideras.

Cuántas veces habría meditado a lo largo del año acerca de los significados de aquel título y de los últimos versos de la canción. El “paraíso imposible” era el cementerio de las mariposas que se estampaban en los muros de los orfanatos, la ciénaga en la que perecieron quince primaveras, la tierra yerma donde se agostó la esperanza de quienes perdieron a sus hijas, los músculos de su propio corazón quejumbroso, etc… Era tantas cosas que, solo de pensarlas, le producían vértigo.

Desde que su difunta exalumna pronunciara estas palabras se sintió terriblemente incómoda. Tenía fe en la excelencia del Dios que adoraba, no cuestionaba la bondad y el espíritu amoroso de las personas y creía en la promesa de un paraíso de felicidad eterna. Sin embargo, cómo podía ser que unas niñas, unas pobres e inocentes niñas, estuvieran expulsadas de ese paraíso; cómo se entendía que para alcanzarlo debieran quitarse la vida. ¿acaso el umbral de dicho paraíso no era la vida terrenal? Asímismo, cómo se explicaba que sus niñas, aquellas bellas y delicadas “mariposas”, al igual que le sucediera a Olga, hubieran de sucumbir en un fatal siniestro, reproduciéndose la “fiebre del baño” que ahogó a ésta en la salida de calzada del microbús que fue a parar al fondo de las aguas de la presa de Is.

Planteado de este modo, nada tenía sentido y la suerte de cada cual parecía depender del azar en sus infinitas manifestaciones, como si la vida fuera una tómbola en la que todas las personas están obligadas a probar fortuna, un juego macabro en el que algunas nunca poseerán un boleto premiado. Esta idea era absurda. Cómo iba a admitir que la vida fuera propiamente un “valle de lágrimas” –tal y como preconizaba Julia O.–

o que Dios hiciera distingos entre sus criaturas, concediéndoles a unas la gracia de la felicidad y negándosela a otras. No, sería un error. La vida era un maravilloso don divino, no exento de adversidades y a veces de sufrimiento y decepciones; pero en todo caso siempre motivo de alegría y agradecimiento a Dios, por mucho que no comprendiéramos los dictados de su voluntad.

No se le escapaba que ofrecer este consuelo a quienes se hallaban atorados en un dolor extremo por la pérdida de sus hijas era poco menos que liquidarlos en la zozobra, lo mismo que echar la definitiva palada de tierra sobre el féretro de sus esperanzas muertas. Entendía esta reacción- por otra parte tan típicamente humana- y sabía que el que afrontaran los hechos desde la perspectiva gratificante de la fe en Dios era sólo cuestión de tiempo. En este empeño perseveró los meses posteriores al accidente del microbús, hablando ininterrumpidamente con los familiares de sus niñas, participándoles su inmenso amor y transmitiéndoles el mensaje de la esperanza en la felicidad celestial.

En aquellos últimos compases de la tarde tampoco hubo lugar para el júbilo. Los tenía muy presentes. Las responsables de que el ambiente se volviera a enlutar y de que las sombras de la tristeza nuevamente velaran los corazones de las chicas fueron Renata W. y Victoria A., que se explayaron contando sendos desgarradores relatos. Todas, salvo ella y Sor Teresa, lloraron y lloraron hasta vaciar la pesadumbre de sus espíritus y sentirse renovadas, purificadas por el bálsamo de la paz interior. Fueron momentos muy especiales…

Cuando “sus niñas” vencieron a los monstruos del dolor y la muerte y los arrojaron al abismo del pasado, debieron sentir que les esperaba toda una vida plena y placentera por delante y se despacharon a gusto a risotadas y carcajadas, degustando de antemano las mieles de la farra nocturna que empezaron a planear entusiasmadas. Se las prometían felices.

Las chicas recogieron las tazas, platos, cubiertos y vasos que habían utilizado en la maratónica sobremesa que habían compartido y los depositaron en los carritos de servicio en que los trajeron. No permitieron que ni ella ni Sor Teresa hicieran nada. Luego reordenaron más o menos las mesas y sillones y abandonaron el salón azul del hotel. Las acompañaron al aparcamiento.

–Dios dispondrá… A Él os encomendaremos. Vosotras andaos con mil ojos… Vale chicas, pues nada… sólo nos resta agradeceros del alma la maravillosa tarde que nos habéis hecho disfrutar. Jamás la olvidaremos –asintió ella conmovida a modo de despedida.

¡Y por Cristo crucificado que no lo había olvidado! Todavía rememoraba los besos, los abrazos, los adioses y las lágrimas con las que finalizó el acto más reseñable de aquel Encuentro anual de exalumnas de Santa Úrsula. Constituían, junto a cada instante que gozó en compañía de sus niñas aquella tarde, su prenda emocional más intima y estimada. Por eso custodió esos preciados tesoros en el relicario de su corazón y anhelaba descubrirlos en forma de libro al mundo entero dentro de unas cuantas horas.

Aunque, a decir verdad, en ese momento se sentía extrañamente agotada, casi desganada. De nuevo se le repitieron los calambres en el brazo izquierdo y la contracción, no tan virulenta como la precedente, que al igual que aquella le comprimía el pecho. Y lo mismo que hiciera antes, atribuyó las dolencias a la prolongada sesión de lectura que estaba llevando a cabo prácticamente sin cambiar de postura, así como a las emociones que estaba viviendo con la evocación de los pormenores que adornaron el relato de las historias que reprodujo en el libro que estaba repasando. “No faltan más que dos…, sólo dos… No puedo tirar la toalla. Ahora no. Tengo que leerlas”, se convenció, mientras estiraba los brazos y ponía recta la espalda. Se mantuvo así durante un corto espacio de tiempo. Y cuando se encontró mejor, retomó la lectura allá donde la había dejado.

Duró poco, porque sonó el teléfono. La sobresaltó y dio un brinco en el asiento. Dejó el libro sobre el escritorio y lo cogió. Llamaban de la centralita del colegio. Al otro lado de la línea la alcaldesa de la ciudad se interesaba por ciertos asuntos de la organización y del programa de actos dispuestos para el día. Satisfizo sus demandas y le aclaró las dudas. Cuando cortó la llamada se quedó en blanco. Le cosquilleaba levemente el antebrazo izquierdo. No sabía qué hacer. Deseaba continuar con su aventura como lectora, pero comprendió que se le había hecho muy tarde y que debía atender sus obligaciones. “Si me espabilo, seguro que antes de la misa tengo tiempo de terminar el libro”, se consoló. Y sin más, se frotó el brazo que le molestaba, y lo cerró

La Misa Solemne comenzó a las once en punto. Intentaba no distraerse y deleitarse con las notas de la “Tocata y fuga en Re menor de Bach que Sor Cecilia interpretaba al órgano. Su previsión no se había cumplido y, desde que abandonara la celda, no había parado de hacer cosas. Siempre decía que los últimos detalles, “esos retoques definitivos” eran los que más tiempo llevaban. Y así se hizo patente esa mañana, en la que no le sobró ni un segundo para sí misma.

Se sentía fatigada, más bien pesada, como si su cuerpo se rigiera por una fuerza de gravedad triplemente intensa que de ordinario. Un hormigueo constante le recorría el brazo izquierdo y había logrado desconcentrarla. “Ahora no es por estar sujetando largo rato el libro”, pensó un tanto preocupada. “Será por todo el trajín que he tenido…”, se autojustificó, mientras movía los dedos de la mano recogiéndolos y estirándolos para paliar aquella especie de claqueteo de alfileres. No lo consiguió. Y peor aun, hubo de padecer durante unos minutos un fortísimo dolor en el pecho que le obligó a tomar asiento.

–Hermana, hermana… –musitó Sor Caridad, que se hallaba a su derecha y a la que no le pasó inadvertido el suceso.

No le dejó acabar la frase y le señaló que guardara silencio llevándose el dedo índice a los labios; y Sor Caridad no insistió más.

Con todo, la misa avanzaba. Los asistentes, que atestaban la iglesia de Santa Úrsula, escuchaban sentados la lectura de la Segunda Carta de San Pablo a Timoteo correspondiente a ese domingo, segundo de Cuaresma. “Gracias a Dios…, ya no aguantaba más…”, se dijo, algo reconfortada. Pero el alivio fue efímero. Al incorporarse en el acto previo a la lectura del Evangelio para hacer la señal de la Santa Cruz, por poco se cae al suelo. Las piernas le fallaron y hubo de agarrarse al respaldo del banco de delante. Como pudo aguantó de pie hasta la conclusión del texto sagrado.

Cuando se sentó de nuevo, creyó levitar. Se inició la homilía, aunque ella sólo oía un irreconocible eco remoto que se apocaba sin remedio. El cuerpo no le respondía… Se le iba, se le iba…, como se le fue también la mente. Y desfalleció. Su tronco se escoró hacia la izquierda y pegó con la cabeza el hombro de Sor Teresa, quien al percatarse de la situación de la hermana la sujetó evitando que se desplomara. Sor Caridad la cogió por la cintura. Y entre ambas se la llevaron del templo. Casi nadie se enteró de lo sucedido, porque las hermanas de Santa Úrsula habitualmente ocupaban los últimos bancos de la iglesia y la sacaron rápidamente por la puerta de atrás. Así que la misa discurrió con normalidad.

Recibió los primeros cuidados en el botiquín del colegio. La examinó Sor Teresa, que poseía el título de Doctora en Medicina. Una simple auscultación le bastó para diagnosticar la afección que sufría. Se trataba del corazón, que latía a duras penas. Le practicó un masaje cardiaco y consiguió reanimarla por unos minutos. La enferma los aprovechó para reclamar que le trajeran su “libro”. Atendieron su insólita petición sin demora. Y cuando lo tuvo en sus manos, como si eso fuera lo único que le importara en la vida, se desmayó nuevamente.

Sor Teresa, que no ignoraba la gravedad de su dolencia, solicitó una ambulancia para trasladarla a un centro hospitalario. Ingresó inconsciente en la Unidad de Vigilancia Intensiva de la Clínica Diocesana. Su estado era crítico. Había sufrido una lesión coronaria derivada de una “obliteración arterial por causa de embolia”, según confirmó la doctora que la atendió.

Tardó setenta y dos horas en recobrar el conocimiento. Para entonces ya la habían pasado a una habitación particular en planta común. Las hermanas de la Orden la velaron en todo momento. Aquella mañana le tocaba el turno a Sor Caridad. Estaba de enhorabuena, pues tenía una visita muy especial.

Cuando la paciente abrió los ojos, no reconoció a nadie. No distinguió más que dos bultos enfrente de la cama. Le cegaban los rayos de sol que penetraban a través del ventanal que ocupaba la mitad de la parte derecha de la habitación. Instintivamente quiso protegerse con la mano y, al intentar levantar el brazo, descubrió que algo se lo impedía. Lo tenía saeteado con varias agujas unidas a tubos conectados a una enorme máquina repleta de monitores y relojes que controlaban sus constantes vitales y actividad orgánica. Por mor de su movimiento reflejo las custodias circunstanciales se percataron de que la postrada en cama recuperaba la sensibilidad.

–¡Hermana, hermana! Ha vuelto en sí… ¡Gracias Virgen Santa, gracias, gracias!

La aludida murmuró algo incomprensible.

–Hermana… ¿qué quiere decirme?

–El li… bro…, el li… bro… –balbució la encamada..

–¡Ah! El libro… ¿No se referirá al que Usted debía presentar el domingo en el colegio, verdad? Porque si es así…, quédese tranquila, que el acto se ha retrasado hasta que se ponga bien –le explicó Sor Caridad.

–¡No, no!... Quie…ro… que… me… lo… lea –acertó a decir la enferma con gran dificultad.

–Enseguida lo cojo… No se preocupe, está encima de la mesilla –le prometió. Y preguntó de modo retórico, convencida de que la interesada no le iba a prestar atención: “¿Quiere que se lo lea la visitante tan especial que ha venido a saludarla?”

Se trataba de Ruth K., que estaba sentada a su lado y la miraba sin pestañear. Lloraba en silencio y lagrimeaba sin parar, por lo que no estaba en disposición de leer nada, aun en el supuesto de que se lo hubiera pedido su extutora. Por este motivo, ella tomó la iniciativa y poco tiempo más tarde se afanaba en la lectura del libro. Se figuró que debía comenzar por la página que marcaba la estampilla de San José María Escrivá de Balaguer que encontró al abrirlo, que correspondía a la tercera del penúltimo relato.

Sor Caridad no daba crédito a lo que leía. ¿¿Qué cuentos eran aquellos? ¿De qué hablaron las protagonistas de los mismos con la madre Severina? ¿Era cierto lo que esta narraba? “Cómo todas las historias que hay aquí sean de este tenor, vamos apañadas”, pensó. La que leyó terminaba de esta forma tan macabra:

“Las dos permanecieron calladas durante un rato, inundándose en su llanto. Luego, la madre, más atemperada, le pasó el brazo por el hombro y ambas se encaminaron a casa. La pequeña adosó la caracola a la oreja. No percibió sonido alguno en su interior. Y el silencio de la caracola la desoló. Llegaron exhaustas al portal. Y al franquear la puerta oyeron cómo las campanas de la torre de la iglesia tocaban a muerto.”

Preocupada por el silencio de la ingresada, alzó la vista del libro. Parecía que ésta estaba traspuesta.
–Hermana, ¿duerme?

La concernida no contestó. Se limitó a mover ligeramente los párpados.

–¿Quiere que continúe leyendo? –insistió.

Tampoco ahora obtuvo respuesta, solamente un doble abrir y cerrar de ojos. Eso fue todo.

Interpretó su gesto como una respuesta afirmativa. E iba a acometer la lectura del último relato, cuando le sorprendió un gemido de la paciente que pronunciaba el nombre de Ruth K. En un susurro que bien pudiera ser un lamento apagado dijo: “Ruuuuuth”.

Al oírla, esta, desecha en un caudal de lágrimas, se acercó a la anciana profesora, se puso de rodillas al pie de la cama, le cogió la mano, se la llevó a la mejilla derecha y la rebañó. Luego barbotó: “¿Se… acuerda…, madre? El… filo… de… la… guadaña”. Dicho lo cual calló y no se movió del pie de la cama ni varió de postura.

No entendió aquel mensaje cifrado, pero las palabras de Ruth K. le estrujaron las entrañas. No era amiga de puestas en escena teatreras ni de aquellas manifestaciones sensibleras, así que tuvo que hacer de tripas corazón para avanzar en la lectura. Y su voz eufónica de campanilla tintineó en la habitación:

“La joven excursionista se hallaba a unos 500metros de la cabaña 5A, ubicada en el extremo de poniente del lago Limbo sobre una pequeña explanada de firme rocoso. Caminaba con paso renqueante…“

El final del relato estaba en sintonía con el anterior. Es más, Sor Caridad consideró que podría ser su colorario. “Ella soñaría a su vez que deambulaba por un camino solitario, polvoriento e infinito, en medio de vastos campos de trigo, en compañía de un ángel”, decía.

Resultó premonitorio, porque cuando cerró el libro y dirigió la mirada al frente, constató horrorizada que las agujas de los relojes y los medidores de los gráficos de la máquina a la que estaba enganchada la enferma se habían detenido. Se estremeció… Prorrumpió en gemidos y la llamó desesperada.

–¡Hermana, hermana, hermana!

 

Nicolás Zimarro