El último saludo

Se apoyó con cuidado para comprobar la resistencia de la silla. Estaba coja y su madera era toda una cacofonía de crujidos sincopados. Maldijo entre dientes porque no se le había ocurrido limpiar antes el asiento con el pañuelo; ahora tendría los pantalones pringados con la mugre de aquel sórdido hotelucho de paredes desconchadas adonde había ido a parar. Cerró los ojos un momento y trató de relajarse. Ya solo tenía que esperar a Heidrich y Jenna. Palmeó la colcha de color indefinido que cubría la cama. El polvo no se elevó como había imaginado, al contrario, como si fueran moscas en una tela de araña, las pequeñas motas quedaron atrapadas en la pegajosa superficie de tela. Cerró la mano un par de veces; los labios se le fruncieron en un rictus de asco al comprobar que los dedos se le adherían unos a otros. Antes de limpiarse, levantó el auricular del teléfono, giró el disco una vez y, sin aproximarse demasiado la baquelita a los labios, aguardó la contestación del recepcionista. Solicitó que le pusieran con el número que le habían dado unos días antes. La conexión fue rápida, varios chasquidos y una voz con acento extranjero saltaron la distancia desde el tubo perforado a su oreja. Él contestó su propio nombre y el número de habitación. Colgó. Solo entonces extrajo del bolsillo interior de la chaqueta un pañuelo bordado con sus iniciales, lo extendió con una sacudida seca y precisa de la muñeca y se frotó la mano con él. Después dispuso el lienzo sobre el cobertor, colocó encima el maletín y levantó la tapa.

Todo estaba preparado. Se acercó a la ventana. A través de sus cristales, algunos agrietados y casi todos desencajados de sus molduras, se filtraban gritos y olores, maldiciones y ofertas. El espectáculo era aún más deprimente visto desde allí; durante el trayecto en taxi había preferido esconder la cabeza entre los hombros y no enfrentar la mirada de ninguno de los degenerados que deambulaban por aquel barrio. Un poco más allá de la oscilante luz de una farola superviviente en aquel tramo de vía, un grupo de prostitutas fumaba y charlaba con animación antes de alquilar durante unas horas sus cuerpos ajados; algo más lejos, los proxenetas eran apenas unas sombras rojizas iluminadas por las brasas de sus cigarrillos. Al final de la calle, casi como continuación del río de charcos que salpicaban la calzada, las aguas del puerto abrían sus fauces negras dispuestas a tragarse toda aquella inmundicia.

Al menos le habían dado una habitación con cuarto de baño. Prefería no imaginar cómo sería el servicio común que atisbó al fondo del pasillo. Necesitaba asearse y no se imaginaba haciéndolo en un lugar de paredes sudadas y suelos donde sus pies se hundirían en una viscosidad fétida. En un pequeño compartimento del maletín guardaba el cepillo de dientes. Ése era otro de sus rituales, una componente más de su obsesión por la limpieza. La pureza era lo más importante. Era la única forma de mantener la cordura en un país que se había sumergido en la degeneración y en la ruina moral después de la derrota. Diez minutos de enérgica fricción hasta que el único sabor en su boca y el único olor en sus fosas nasales fuera el mentolado del dentífrico. Necesitaba enfrentarse a su misión inmaculado, manteniendo en su cuerpo y alma las esencias que el líder les inspiró con su ejemplo. Ésa fue la tarea que se había impuesto casi veinte años atrás, limpiar la mugre y devolver el brillo al espejo en que se miraba cada amanecer, el de la patria fenecida que él y otros como él habrían de resucitar.

Se inspeccionó las yemas de los dedos a conciencia; una vez hubo comprobado que estaban aceptablemente limpias, deslizó el puño izquierdo de la camisa hacia arriba y consultó la hora. Las nueve de la noche, aún faltaba casi media hora para su encuentro con aquellos dos. Guardó el cepillo en su compartimento y apagó la luz de la bombilla recubierta de cagadas de mosca que caía desde el techo del cuarto. Un cable medio pelado la descolgaba hasta casi rozarle la cabeza; por un instante se la figuró como una prostituta embarazada pendiendo de la horca, y un cálido hormigueo le acarició el vientre. Ya a oscuras regresó a la ventana y apartó las cortinas con un dedo. El contacto con cualquier sombra de suciedad tenía que ser mínimo a partir de ese momento.

¿Y si al final todo era cierto? ¿Y si ella fuese de verdad una de las putas que hormigueaban bajo la luz quebrada en la acera de enfrente? Aunque rehusaba aceptarlo, todas sus pesquisas apuntaban en ese sentido. Ya lo intuyó antes de acudir a este encuentro. Si al final tenía razón, sería una blasfemia y, ante la ofensa a lo sagrado, solo podría existir una salida. Negó con la cabeza mientras se apartaba del ventanal y volvió a sentarse. Se llevó la mano al cráneo y la deslizó de abajo a arriba; le gustaba sentir la caricia del pelo cortado a cepillo y podía dejar pasar muchos minutos repitiendo de forma mecánica ese movimiento, desde la nuca a la frente, hasta que perdía la sensibilidad en la piel de su palma.

No se había equivocado; por desgracia, su investigación le había llevado al lugar correcto. Hubiese deseado que no fuera así. Allí abajo, al otro lado de la calle una pareja miraba hacia el edificio del hotel. Efectivamente, la mujer iba vestida como una de las prostitutas de aquella zona portuaria. Él era su chulo, Heinrich. El rechinar de sus dientes rebotó en las paredes desconchadas de la habitación. Heinrich no era alemán, su acento cuando contestó al teléfono denotaba su origen. Era uno de aquellos eslavos que habían ganado la guerra. Sí, ellos habían ganado y, después de su victoria, la raza inferior había corrompido a las mujeres arias, a Jenna entre otras muchas. Pero Jenna podía ser diferente, especial. A eso había ido allí. Deseaba aferrarse a una última hebra de esperanza en medio de toda esa sordidez. Las dos figuras desaparecieron bajo la marquesina y a los pocos minutos unos nudillos golpearon la puerta. Se giró con agilidad hacia la cama, dispuso el maletín de forma que no se pudiera ver su interior y volvió a sentarse en la silla pringosa. Elevó la voz con una orden: ¡Adelante!

No hubo ningún cruce de palabras, todo fue muy fácil. Empuñó la pistola con silenciador que ocultaba en la valija y con un rápido movimiento apuntó al corazón de Heinrich. Un leve estallido, y la figura se desplomó. Con dos zancadas se aproximó y lo volteó boca arriba para que el breve hilo de sangre que había manado de su pecho no manchara las baldosas. Un disparo en la cabeza hubiese sido más sencillo y seguro pero mucho menos discreto y limpio. La sangre de aquel engendro no podía mancillar suelo alemán. Jenna, entretanto, no se había movido. Sumergida sin duda en el sopor de las drogas, parecía ajena a la muerte que había tomado posesión del lugar. Solo cuando él le arrancó el bolso que sujetaba, ella dio un respingo y dirigió los ojos hacia el cadáver a sus pies para luego observar sus manos vacías. Entonces su cara se volvió hacia él. Tuvo pocas dudas. Según sus cálculos, la joven tendría unos veintidós años aunque aparentaba bastantes más. Sus rasgos, todavía hermosos, mostraban la misma devastación que la abyecta época en que vivían. La mujer era como su Alemania: antes, hermosa y plena; hoy, dividida y ultrajada. Sin embargo, los ojos grandes, azules y profundos que le miraban con un estupor velado de indiferencia eran los del líder; el brillo poderoso de su mirada flotaba bajo aquella superficie fangosa; el leve fruncimiento del entrecejo era el mismo que tantas veces había contemplado años atrás, cuando él les arengaba y señalaba el camino hacia la gloria. Su piel blanca era un lienzo sobre el que se proyectaba la luz amarillenta del exterior y le daba un aspecto mortecino; a pesar de ello, bajo la pátina enfermiza, la elasticidad de una tez joven lograba imponerse a la sensación de abandono y dejadez que transmitía toda su apariencia. La pureza de su origen pugnaba por rasgar el manto de indignidad que la cubría.

Sin dejar de apuntarla buscó la documentación en el bolso. En la cartera, unas decenas de marcos, la tarifa que habría abonado su último cliente, unos preservativos y un carné con su foto y nombre. El mismo que le facilitaron unos meses atrás, el nombre secreto de la hija del líder. Sí, era su hija, el parecido era incuestionable. Y ahora era una puta. Rechazó la brizna de compasión que le asaltaba y arrojó el bolso encima del cadáver. La mirada de ella se movió hacia el contenido desparramado sobre el pecho de Heinrich y regresó de nuevo a su cara. La comprensión asomó por fin en sus pupilas dilatadas; el horror ante la idea cierta que reptaba desde su mente embarrada se fue adueñando de su voluntad y deformando sus rasgos. En unos segundos, el miedo se transformó en rabia, delirio y asco. Él sujetó el arma con firmeza y respiró muy hondo; el pulso se le estaba acelerando porque ante sí parecía estar de nuevo el líder. Meneó la cabeza fascinado por la transformación. La vida no debió de resultarle fácil a aquella desgraciada, pero era una puta y aquello no tendría que saberse jamás. Sería un deshonor para la causa y la historia de la nación. Se acarició el cráneo, atrás y adelante, y apretó el gatillo. La bala arrojó el cuerpo de la mujer hacia la puerta; las piernas se le fueron doblando hasta quedar de rodillas. Por fin, el torso se inclinó hacia la derecha y la cabeza se recostó con suavidad sobre el suelo grasiento, como si no hubiese muerto, como si solo tuviese un cansancio insuperable. Observó el rostro una vez más mientras la tendía horizontalmente. Su semblante, ya libre de la tensión de una existencia infame, se había relajado; en los labios entreabiertos se le dibujaba un beso final.

Recordó a la madre de Jenna cuando la sacaron de la Cancillería antes de arrojar su cadáver a las llamas. Se permitió un segundo de sorpresa al comprobar que la muerte había igualado los rasgos de ambas. Una cierta dulzura se había posado en sus mejillas y parecía rellenarlas como si la joven durmiese ahora confiada en los brazos de su padre. Era como si el amor incondicional que una vez tuvo la madre por el líder se hubiera transmitido al fluido brillante que aún manaba del pecho sin vida de Jenna. Sin que ya pudiera llegar a saberlo jamás, acababa de rendirle a la patria el mayor servicio posible con su holocausto. Se pasó la mano por el cráneo. Había cumplido la misión, eso era lo único que importaba. Se colocó a los pies de la mujer y se cuadró dando un taconazo. Miró al frente y su brazo derecho se extendió impulsado por una masa de músculos y tendones, la palma extendida, los dedos unidos y rígidos. Sus labios musitaron dos palabras prohibidas: Heil, Hitler! Se merecía aquel breve homenaje, un último saludo a la sangre del líder.

El hombre guardó la pistola en el maletín y, a continuación, se dirigió al baño. Se lavó las manos. Había demasiada suciedad en la habitación. Después se cepilló los dientes de nuevo. El sabor de la muerte nunca era agradable.

Roberto Sánchez