Fue así, ¿no?

El gobernador apoyó las manos en la balaustrada e inclinó el cuerpo hacia adelante como si quisiera saltar sobre la multitud. Durante unos segundos un silencio expectante se solidificó en la plaza, todos los allí presentes contuvieron el aliento mientras rezaban para que saltara de verdad. Justo debajo del balcón los dos reos elevaron la vista en espera de las palabras del romano. A un lado el tal Jesús, quien se proclamaba rey de los judíos. Al otro un ladrón cubierto de harapos, suciedad y costras, indiferenciables unos y otras. El romano levantó los brazos y ordenó silencio de una manera innecesaria porque todos seguían aguardando su brinco. Les explicó que el tal Jesús no había hecho nada, que ignoraba las razones de la acusación del Sanedrín; sin embargo, el otro era un redomado sinvergüenza conocido en Jerulaén y Judea entera. Les ofreció que eligieran quién debía sufrir el suplicio de la cruz.

— ¿A quién he de soltar, a Jesús o a Barrabás? —gritó el gobernador poniéndose colorado.

Durante unos segundos todos se miraron sin comprender mientras aguardaban a que alguno de los sacerdotes tradujera del latín las palabras del romano. No hizo falta. En una esquina de la plaza un grupo de hombres comenzó a gritar el nombre de Jesús. El grito fue creciendo hasta que se transformó en una ola que batía los muros del palacio una y otra vez. El gobernador se golpeó el puño con el pecho y extendió el brazo con la palma de la mano hacia el suelo.

—¡Habéis decidido, judíos! ¡Que suelten a Jesús de Nazaret!

Abajo, el mencionado se mesaba los cabellos. A su alrededor, todos le palmeaban hombros y espalda a modo de felicitación. Aquí y allá sonaban vítores hacia el romano que de pronto se interrumpían en un ahogado gemido de dolor. Dos mujeres se fueron aproximando entre la multitud hasta llegar a Jesús. La mayor de las dos le dio un manotazo en la cabeza y le preguntó con los dientes apretados:

—¿Se puede saber qué ha pasado?

La más joven se descubrió la cabeza. Una fosforescente cabellera anaranjada refulgió bajo el sol iluminando el rostro de Jesús.

—Tus amigotes. Tus amigotes la han cagado. Como siempre.

—Pero ellos no… —balbuceó Jesús.

La más joven palmeó en el aire y disolvió las palabras del otro. La mayor murmuraba una única pregunta que comenzaba a sonar como una letanía.

—¿Y ahora qué? ¿Y ahora qué? —levantó los ojos hacia el balcón ya vacío—. ¿Y ahora qué, Magdalena? ¿Qué vamos a hacer para que se cumplan las profecías?

La tal Magdalena se giró hacia Jesús.

—Vamos a ver, atontado. ¿Tú les explicaste bien lo que tenían que hacer?

Jesús trató de ocultar la cabeza entre los hombros temeroso de la tormenta que adivinaba después de su contestación.

—Yo…, yo…, yo solo hablé con Pedro…

—¡Ya está! —gritó la otra levantando las manos hacia el cielo e implorando a Yahvé que le sirviera de testigo—. Ya está, ahora lo entiendo. ¿Cuántas veces no te habré dicho que el tal Pedro era un corto mental? Y tú, que no, que no, que era un tío como no hay otro y muy espabilado. Pues mira ahora. No, si ya sabía yo que esos pescadores del Tiberiades son todos medio bobos. Solo a un bobo se le ocurriría lanzar sus redes allá…

Y le soltó un bofetón a Jesús que lo arrojó al suelo. Éste comenzó a lloriquear pidiendo perdón, que él lo arreglaría todo, que no se preocuparan.

—¿Cómo no me voy a preocupar? Idiota —dijo Magdalena empleando el insulto preferido de los romanos.

Lo agarró de la túnica y le obligó a ponerse en pie. A empujones lo fue llevando hacia las puertas del palacio. El gentío ya se disolvía; algo más tarde se iba a celebrar la crucifixión de Barrabás y se encaminaban hacia el Gólgota, lugar habitual de las ejecuciones de los romanos.

—Tira, tira. Como me llamo Esther que tú acabas hoy crucificado… —dijo la pelirroja.

—Pero…, pero si tú te llamas Magdalena… —gimoteó el otro.

Magdalena, o Esther, elevó su rostro hacia el cielo implorando paciencia al Dios de Moisés y Abraham.

—A ver, ¿tú te crees que las putas usamos nuestros nombres auténticos?

Jesús se la quedó mirando con los ojos y la boca muy abiertos. No se atrevió a preguntar lo obvio. Se levantó la túnica y se tapó la cara con ella.

En aquel momento les alcanzó Pedro al mando de la tropa de apóstoles vocingleros. Se plantó delante de las dos mujeres y su maestro con una sonrisa triunfante asomando entre las barbas.

—Señor, hemos actuado según nos ordenaste. Ahora eres libre para seguir predicando la palabra de Yahvé y su mensaje de paz y amor…

Pedro no vio de dónde le llegaba el puñetazo. Solo supo que su discurso había acabado en el suelo envuelto en polvo y aderezado con uno de sus colmillos. Magdalena dio un paso atrás mientras se frotaba los nudillos, agarró a Jesús por el cuello y acercó su hermoso semblante al del otro.

—¿Qué es lo que ha querido decir este mastuerzo? A ver, ¿es bobo o de verdad le dijiste que gritaran tu nombre?

—Pues verás, Magdalena, en verdad te digo que es más fácil que un mentiroso entre en el reino del Señor que…

La pelirroja levantó la mano amenazante y el otro interrumpió su discurso.

—Bueno, sí, ¿qué quieres? No tenía ganas de que me crucificaran. A mí la libertad de Judea me trae al pairo. Yo estaba muy a gusto en la carpintería con mi padre y con mis amigos, pescando en verano en el Tiberiades; lo único que habéis hecho tú y mi madre es liarme. Llevo tres años diciendo chorradas… Amaos los unos a los otros… Pon la otra mejilla…

Y en efecto, la mano de Magdalena aterrizó sobre la mejilla de Jesús interrumpiendo sus recriminaciones.

—Tú eres el Hijo de Dios, ¿o es que no te das cuenta, idiota? Las profecías aseguran que tú nos llevaras a la libertad y que…

—Mi padre era un centurión romano, que lo sé, que me lo decían los niños en la sinagoga de pequeño. ¿Te crees que soy tonto? Los ángeles no bajan del Cielo a echar un polvo. Además, entonces sería hijo del arcángel, ¿no?

—¡Calla, mal hijo! ¡Blasfemo! —gritó la madre mientras trataba de clavarle las uñas en los ojos—. ¡Desgraciado!

Magdalena contuvo la ira de María y se encaró de nuevo con Jesús.

—¡Nenaza! —le gritó a la cara—. Que en tres años no me has puesto la mano encima. Esto me lo tenía que haber imaginado… Claro, ahora lo veo todo claro, tú y Pedro… A ti lo que te pasa es que eres un… Pero hoy aquí crucifican a alguien… Y no va a ser a Barrabás, te lo aseguro.

Se giró hacia la cuadrilla de apóstoles.

—A ver, vosotros dos: Mateo y Juan. Seguidme y escribid lo que vais a ver. Os voy a demostrar lo que es ser una auténtica patriota.

Dicho lo cual se cubrió la cabeza y salió a la carrera en pos de la muchedumbre que ya llegaba al monte Calvario. Se abrió paso a empellones hasta llegar al cordón de legionarios que custodiaban la cima. Los romanos ya habían plantado dos cruces y en aquel momento estaban tumbando a Barrabás sobre los maderos.

—¡Dejadle, crucificadme a mí! ¡Malnacidos!

Los romanos se la quedaron mirando sin entender muy bien qué quería decir esa mujer. Uno de ellos iba a darle un empujón y sacarla de allí cuando ella se rasgó las vestiduras. Su espléndido cuerpo desnudo quedó expuesto a las lúbricas miradas de los soldados. Nerviosos, comenzaron a hacerse gestos unos a otros y hacia su centurión a la espera de alguna orden. Entretanto Magdalena se llevó una mano a la cabeza y se arrancó el pañuelo de forma que su roja cabellera se desparramó sobre sus hombros, pecho y espalda como si fuese un amanecer sobre las colinas de Jerusalén.

—Señor, sería una lástima, ¿no cree? —le susurró uno de los soldados al centurión.

Éste se frotó la cara y se preguntó quién le mandaba alistarse. El solo quería una parcelita en Etruria, no andar en el culo del mundo crucificando busconas. Se encogió de hombros.

—Yo me lavo las manos. Si quiere que la crucifiquemos, la crucificamos. Sus leyes permiten que sustituya al reo si ella quiere… Estos judíos están locos…

Los legionarios la sujetaron a la cruz no sin desaprovechar la ocasión para dar unos tientos a sus trémulas carnes. Unos cuantos martillazos y en unos minutos la tercera cruz estaba plantada.

La multitud boquiabierta tardó unos momentos en reaccionar, pero a los pocos instantes aplaudían y gritaban loas a los romanos. De pronto, la cuadrilla de Pedro comenzó a vociferar:

—¡Salve, Magdalena, Hija de Dios, Reina de los judíos!

Los romanos no consiguieron atrapar a ninguno de los alborotadores. Arriba, en la cruz, uno de los condenados no le quitaba ojo a Magdalena.

—Oye, ¿y tú qué has hecho?

Ella lo miró atravesada.

—¿Tú qué crees, idiota?

El otro reflexionó en silencio que aquello de morir crucificado era muy jodido, más aún al lado de una mujer tan hermosa como Magdalena.

Roberto Sánchez