El padre Jacinto

No recuerdo como se llamaba, acaso Nicol o Serena. Posaba en una playa de esas de arena blanca, imposible. Al fondo detrás de su magnífica persona, tan blanca como la arena, dos palmeras parecían combarse al viento reproducción impecable del movimiento lubrico de su cuerpo, en especial de su poderosa pareja. Era imposible, os lo juro, no dejar volar la imaginación con aquella diosa y con ella, la imaginación digo, otras partes más corpóreas.

Ocurría mas a menudo de lo que hubiera deseado. No soy capaz de recordar la frecuencia pero sí que aquella revista ilustrada estuvo en el revistero de casa una temporada más amplia de lo que le correspondía.

Yo me sentía vinculado por los compromisos adquiridos, sin ser consciente de ello y sin haberlo decidido intelectualmente pero nunca supe negar el deber.

Cuando “eso” ocurría, acudía en mi rescate el padre Jacinto, siempre de guardia. En la penumbra fresca de San Felicísimo, ver su luz representaba la tregua. Lo recuerdo gordo y tierno, envuelto en una sotana preconciliar con brillos en las haldas y con una voz ajada y suave que te serenaba. “Por qué tanta agitación, hijo?” Le refería mis cuitas discretamente. “No has de preocuparte tanto por ello, es una etapa que debes atravesar pero sin demonizarte, ni martirizarte en exceso. Tienes aspecto de buen chico y seguro que te irá muy bien en la vida, tanto la de este mundo como la que venga. Sosiégate”.

Aquello no duraba mas allá de diez minutos de los que el padre Jacinto utilizaba siete para desgranarme toda la relación de buenos propósitos ajenos al delito cometido que yo ya conocía bien pero que aun pudiendo no hubiera rechazado. Nunca mandaba penitencia y si lo hacía era delgada y siempre la cumplía antes llegar a mi portal, sereno, feliz, reconciliado conmigo y con la vida. ¡Qué más se puede pedir a un cura!

Al llegar a casa, siempre a la hora de cenar me preguntaba mi madre que de donde venia y yo le contestaba que de la calle de hacer mis cosas y ella, mi madre, seguía batiendo los huevos con aquel estribillo tan tierno.

Al fondo en la televisión un señor trajeado siempre relata el secuestro de tres físicos nucleares por parte de la dictadura de Videla. Un analista político expresa sus dudas sobre la legalidad de semejante hecho y avanza un desenlace fatal. Mi tortilla rodeada de un sinfín de patatas sobre un palto de duralex verde yacía sobre la mesa de formica de la cocina de mi casa a la izquierda del calentador otsein en el que titilaba una eterna llamita. “A cenar” llama mi madre, sin levantar la voz y yo acudo en una paz completa y ajena.

Joseba Molinero