Souflé inflado. Relato para una tarde de lluvia tras el cristal

TARITA

DIEGO HIJO

DIEGO PADRE

JULIUS

 

 

 

TARITA

 

Siempre, bueno, desde hace bastante tiempo que me gusta escribir. ¿Y por qué? Me pregunto. Porque ¿me relaja? ¿por el deslizar de la pluma sobre el papel? – siempre escribo a mano - ¿por vanidad? No lo sé exactamente, pero sin duda me transforma.A lo que voy. Tres meses atrás, mi manuscrito casi de 200 páginas, donde hay un comienzo y un punto que señala “hasta aquí” “fin”, lo envié a una editorial relativamente importante, y lo envié a ésa y no a otra porque hace tiempo conocí al editor.

¡Sorpresa al canto! Me han contestado con día y hora de cita. ¡Qué subidón! Ya me veo escribiendo una segunda parte, luego una tercera ¿Quién sabe? Por fin alguien ha leído “mi novela”. Alguien está interesado en “mi trabajo”. He pensado en la cara que pondría mi profesora de lengua. Sí, que me suspendió tres cursos seguidos “Si te esfuerzas mucho quizá algún día llegues a escribir bien la lista de la compra”, me cantaba la muy urraca.

Necesito un agente urgentemente, porque los editores ¿con quién negocian los porcentajes de las ventas?! CON LOS AGENTES!. Esto de regatear me parece de miserables, vamos que no va conmigo. Aún recuerdo un viaje turístico a Estambul. ¡qué guía tan pesado! Insistía en que teníamos que regatear. ¡Qué pérdida de tiempo por Dios! Si ya me parecía una ganga aquellos pendientes de lapislázuli, pero no, él venga insistir, joder con el Mustafá – supongo que sería su nombre de guerra – “¡si no los vendedores se ofenderían!” Me habría dado tiempo a darme un baño turco, leer las mil y una noches y volver antes de que el último de nosotros comprase su souvenir.

¡Socorro! ¿Qué ropa me pongo? Porque nunca hay una segunda oportunidad para una primera impresión, solía decir mi tía. El color negro siempre está bien, se acierta con el negro, claro que “prohibido mañanas”. La cita era a las 12:30 ¡problema a la vista! Mi fondo de armario estaba más triste que el de una monja de clausura, esto también me lo decía.

No me lo podía creer ¡el gabinete técnico de lectura había decidido hablar conmigo!, al menos eso ponía en el correo. ¡Qué soledad la del escritor! ¡Siempre apostando por humo! Cómo me gustaría abrir la ventana y gritar para que todos supieran que me acababa de convertir en escritora.Primero organizaría bien mi primer cobro, 3.000? 10.000? 100.000 euros? ¡Uau! Justo cuando mi cuenta corriente estaba temblando y el frasco de colonia casi lleno de aire. Mañana es el gran día y sin pensármelo he ido al “salon de coiffure et de beauté”. Tanto ha insistido la chica que se ha salido con la suya y me ha pintado las uñas de un rabioso rojo cereza. Cuidado que le he repetido que a mí me gustan de color champán, pues erre que erre, ¡Que los escritores tienen que hacerse notar, pisar fuerte! ¡por favor! En fin, después de depilarme las cejas, me aplicó un masaje facial y me maquilló.

¡Aún tengo ganas de llorar! Cuando abrí los ojos vi a un travesti y con las uñas pintadas de rojo pasión. Me contuve para no ofenderla, pero en aquel mismísimo momento me hubiera enguantado las manos y enjabonado la cara.

Me acosté pensando en los viajes que tendría que hacer para promocionar la novela. Ya quería ponerme a escribir la secuela. ¡Pero no! Antes de nada debía presentarme como una escritora. Hay que tener confianza en uno mismo. Este es el principio de todo artista.

Resolví engominar mi pelo cortado a lo garçon. Nada de baratijas colgadas. Un anillo solamente, conspicuo eso sí. La hora antes de salir me la pasé yendo de casa al ascensor, pues éste tiene un espejo hasta el suelo y es la única forma de verme de cuerpo entero: demasiadas apreturas, el vaquero no me cierra el último botón. La chaqueta que mejor combina tiene un lamparón en la solapa, Dios! Se hacía tarde. Como solo dispongo de sota, caballo y rey me monté un par de piezas ¡de asco la verdad! Dudé entre el jersey de topos, como si fuera a cazar alces al Canadá o la camisa morada de rayón. Opté por una camiseta blanca por encima de los vaqueros y mi único blasier. Demasiado fino para el mes de marzo, pero no había más.

Colón de Larreátegui nº 2. Editorial López de Haro y Sucesores. ¡Ala, todo el edificio para ellos! Inspiré, espiré y ahí que pregunto por el Sr. López de Haro. A todas luces la recepcionista me atendió con el entusiasmo de una babosa. En fin. Tal como me indicó subí al tercer piso y me encontré con otra recepcionista. Tanto control me puso nerviosa, y ésta, repitiendo mi apellido como quien pronunciaría el nombre de alguna enfermedad repugnante, me dejó en el despacho del Sr. López, pues eso ponía en la placa junto a la puerta.

No había nadie. Me senté a esperar. Al instante descrucé las piernas como un resorte, “las piernas deben permanecer juntas y el bolso se deja a un costado” recordaba lo dicho por mi tía. Ella sabía mucho de estas cosas. Había hecho un curso de protocolo en Madrid, hacía casi un siglo, pues en un momento de su vida quiso hacerse diplomático y vivir en Tombuctú.

Alargué el cuello y me fijé en algunas fotos, que las había por docenas (enmarcadas en plata, enmarcadas en caoba, en acero, en piel..)!cuánta familia!. Me acerqué a leer alguno de los títulos que forraban una de las paredes. Cuando alguien tarda en recibirte, bien puede estar observando. ¡Qué bobadas!, eso también lo decía mi tía. Y yo con aquellas uñas como semáforos, ¡qué horror!.

Antes de darme cuenta, unos pasos fuertes se convirtieron en silueta. Se abrió la puerta de cristal. Cuando le vi, deseé no haber comido las últimas cien pizzas ¡Dios! Fue como si Brad Pitt hiciera de mi ginecólogo. Me tendió la mano con naturalidad y se la estreché mientras el corazón me bombeaba los oídos. Me serené y conté hasta tres, como lo hubiera hecho cualquier personaje de novela en la misma situación. Me confesó que se sentía obligado a recibirme en nombre de su padre, quien por cierto había fallecido hacía un año. Aquí creo que exclamé algo como “oh, lo siento”. No quería perderme nada de lo que me decía así que miraba embobada aquella cara que parecía tener escrito “hecho para triunfar”. No sé cuánto tiempo mantuve la boca fruncida como un cero, “hay que ser ridícula”.

Se aventuró a preguntarme si me gustaba escribir. ¡Por favor! ¿Hay algún escritor que lo haga porque le fastidie? Le respondí algo así como que me gustaba porque me obligaba a usar otros sectores de mi cerebro. Ahora que lo pienso es una respuesta cojonuda. Empezó con un “sin ánimo de ofender”, ¡ya está! Eso se dice antes de ponerle a uno a parir. ¡Será cretino! ¿Pues no me dice que insulto sistemáticamente al antagonista? Le recordé que era un marido idiota, alguien con quien no se podía hablar, ¡porque no se habla con las cosas! Después de carraspear siguió con una retahíla de impertinencias. En definitiva ¡que lo encontraba cursi! Le interrogué enarcando las cejas, y él echando mano de sus múltiples post-its dijo: página 49, párrafo 2º “…al darse cuenta de que había olvidado las llaves, llamó tímidamente al timbre” ¿Y? objeté. “Al timbre se llama o no se llama, no hay timidez que valga”. Si eso es todo puedo cambiarlo por “Ave María, hay posada?”, claro que solo lo pensé. Continuó rebuscando en sus cursilerías: “Allí donde Cordelia iba, sus recuerdos paseaban a su lado”. Tosió educadamente y saltó hacia la mitad del manuscrito. “Como la yedra, todos nos apoyamos en alguien”. ¡Con lo que me había costado ponerlo en palabras! ¡Que sabrá este bobalicón! ¡Qué esperaba, ¿una disertación sobre las cadenas moleculares?. Se retrepó en su silla, mientras yo me sentía como en un reclinatorio, recibiendo hostias.

“Verá Sta.” Se paró, buscó en la última hoja donde pone “firmado: Tarita Bertránd” “, Sta. Bertrand, seré directo, en toda esta historia no existe un ápice de pasión.” ¡Ahora sí que me había matado! ¡Como una piedra en un pozo, así me sentía, en caída libre! Le insinué que pretendía ser coherente. Debe ser deprimente follar con alguien (me refiero al marido), que posee la hondura emocional de un charco. Me pareció que sonreía, pero sólo me lo pareció. Me indicó que no se refería al sexo, sino a la pasión que uno espera encontrar en una lectura. A estas alturas, ya tenía yo ganas de marcharme. Sus siguientes observaciones estaban plagadas de “peros” y “sin embargos”.

¿Qué era aquello? ¿La antesala de los aquelarres?. Trataba de asimilar lo que el editor hijo puntualizaba. Las críticas a veces ayudan, o ¡te hunden! !me cago en ellas! Así que le pregunté para qué me había llamado, y me soltó un rollo, sobre que lo hacía por respeto a su padre, ya que el manuscrito iba dirigido a él. En aquel punto di por terminado el encuentro, le agradecí que me recibiera y me levanté para marchar. Me acompañó hasta la salida del edificio, y por si me interesaba me facilitó la dirección de un taller de escritura creativa. En el recorrido, las miradas se volvían hacia él como girasoles hacia el sol. ¿Era siempre así? Pensé en lo incómodo que resultaría salir con un tipo como él.

Fui derecha a casa y me repanchingué en el sofá como una ballena varada. Permanecí atontecida hasta no sé cuándo, que tuve que incorporarme para contestar el insistente teléfono.

 

DIEGO HIJO

 

Para ser viernes, el San Gotardo estaba tranquilo. Gorka mostró una generosa sonrisa en cuanto vio acercarse a Diego. Al verle, la camarera trajo los vermuts.

¿Qué tal la mañana Gorka?

-¡Bah! Mejor que no te cuente! Mi jefe se toma una semana de vacaciones, así que de momento no tengo que pensar en cómo asesinarle el lunes.

-¡No digas tonterías!

-¿Tú defiendes a ese capullo? ¡Es un explotador!

- ¿No estás exagerando?

Como de costumbre pidieron el menú del día, y mientras Gorka se entretenía con la aceituna del cock-tail, Diego le soltó que había conocido a una diosa. Gorka dejó lo que estaba haciendo y le miró fijamente.

-“¡Sí, no me mires así!, hoy he hablado con… digamos: una mujer extraordinaria”

-Querrás decir ¡un tipazo con dos tetas de mareo y que se ha abierto de piernas al verte!

-“¡Bah tío! Eres un obseso. La verdad: no sé cómo te aguanta Paloma”. Tras lo cual, Diego se rió por lo bajinis, al tiempo que sirvieron la menestra. “Bueno, lo primero sí” añadió Diego.

-¡Serás Cabrón! Espetó Gorka divertido.

-¿No te ha pasado que conoces a alguien especial, algo de tu cerebro se idiotiza y te portas como un impresentable?

-¡Dímelo a mí!- contestó Gorka. ¿Te acuerdas cuando conocí a Paloma? Me preocupé tanto por impresionarla que no era yo. Y ahora, Diego, estoy castrado. Si se me ocurriera mirar a otra, ¡directamente me corta las pelotas!

-¡Me siento como un gusano! Se lamentó Diego.

-No será para tanto ¡toma!! Prueba este vino, está de miedo!

Llegaron los chipirones en su tinta y entre dos sorbos de rioja Diego reconoció que al verla había sentido un pálpito, convencido de tener delante a la mujer de su vida.

-¿La conozco?

- No sé, yo la he conocido esta misma mañana.

Gorka se le quedó mirando fijamente, dejando de masticar

-Mi padre me habló de ella.- añadió Diego

-¿Conocía a tu viejo?

- Sí, debió ser un encuentro casual. Sé que a mi padre le impresionó mucho, porque la recordó durante bastante tiempo.

-¿Y cómo es? ¿una madurita cachonda?

Se rieron a la vez que Diego movía la cabeza.

-No creo que haya cumplido los 30,! listillo!

-“Diego, deja de joderme, si quieres no me lo cuentes.- dijo Gorka señalándole a la cara con el cuchillo mientras hablaba.- “pero deberías acabar lo que sea que has empezado tu solito, y ¡come algo por favor!

-El caso es que nos llegó un manuscrito a la editorial, dirigido a mi padre .- prosiguió Diego .- Ya conoces la rutina: la comisión de lectura lo lee y me lo pasa con anotaciones al margen, como siempre, así justifican su desaprobación, “no se adecúa a nuestra línea editorial” etc. Etc.,. Mientras Diego mareaba la cuajada con la cucharilla, miró a Gorka sin decir nada.

-¿Y? inquirió Gorka

-¿Y? repitió Diego.- “Joder Gorka, solo me ha faltado escupirla”

-¡Bah, no me lo creo!

- Pues esta vez tendrás que hacerlo porque prácticamente le he dicho que su trabajo era una mierda. Es una pelirroja preciosa, con temperamento pero sensible !por Dios Gorka! ¡Creo que me he enamorado nada más verla!.

- ¿Y la vas a llamar?

-“Ahora mismo”

 

DIEGO PADRE

 

 

Las mañanas de febrero son destempladas en Bilbao y ésta no es una excepción. De mis hermanos ya soy el último y sólo me queda un primo nonagenario. Siento cómo nos vamos marchando. Hoy despido a mi amigo Julius Bertrand, mi pareja de mus. Del 35, como yo. Una bella persona. No está de cuerpo presente pues aquí hace años que no se permite misa y muerto juntos. Cada vez me afecta más el duelo y toda esa chanfaina, además es probable que el siguiente sea yo. Ahora estás, y mañana ¡zas! Ya no estás. No han expuesto su cadáver en el tanatorio. ¡Menos mal! Creo que ya he dicho en casa que yo tampoco quiero que me exhiban, ahí yaciente de un blanco cerúleo ¡bah! ¡es morboso!

También un funeral es un hecho morboso, pero vengo porque quiero dar el pésame a la familia.

- ¡Agur, querido amigo!

Conocí a su mujer hará unos 30 años más o menos. Entonces yo ya estaba casado y teníamos a Dieguito. Recuerdo que era sábado. Los socios del txoko habíamos decidido que de una vez por todas podrían entrar nuestras mujeres. Hasta entonces reservada la entrada para el sexo masculino, al estilo club inglés. No solo cenábamos de categoría, Julius era un excelente cocinero, sino que acabábamos con una interminable partida al mus.

Aquel sábado noche, Ana mi mujer, por alguna razón que no recuerdo claramente, no pudo venir. Todos los socios íbamos resignados a quedarnos sin partida, por deferencia a las sras. Naturalmente. Debió ser poco antes de media noche, cuando Julius comenzó a encontrarse mal. ¡Todo un contratiempo! No era la primera vez que le daba un ataque de lumbago. Me ofrecí a llevarle a casa, pues en su estado no podría conducir; así que casi sin despedirnos nos llevamos a Julius a duras penas sostenido entre el brazo de su mujer y el mío. Le acostamos. Recuerdo a Tara, su mujer aplicándole un antiinflamatorio y enfajándole que sumado a dos calmantes le hizo un efecto anestesiante inmediato. Me sentí aliviado por mi amigo, aunque los ojos de su mujer aún reflejaban cierta preocupación.

Tara y yo nos gustamos al instante. Era una hembra pelirroja de ojos verdes. Sólo con aquella mirada hubiera podido hacer de mí su esclavo. Fue entonces que supe el porqué de mi existencia. Sentí que la vida merecía la pena. Como si hubiera futuro. Estaba maravillosamente proporcionada, y aquellas dos piernas como autovías hacia el cielo, que habían vuelto loco a mi amigo Julius antes que a mí. Él era el ganador. Él tenía el poder que da la anticipación. En mi caso, hubiera abandonado todo mi mundo por pasar el resto de mi vida con ella, de habérmelo pedido.

La llevé a recoger el coche. En el trayecto apenas hablamos. Sentía una ligera sensación de flotación, como un chiquillo enamorado. No quería que se acabara el viaje y paré a fumar un cigarrillo en un alto, desde donde se divisaba la refinería de Somorrostro al otro lado. Nos apoyamos en el capó del coche hipnotizados ante aquella tarta con mil velas. Tara se recotó junto a mí y la rodeé con mi brazo. Recuerdo que me buscó la boca y cerró los ojos. Abrazándola la llevé hacia el coche. Comenzando por sus labios, besé con glotonería hasta el último centímetro de su cuerpo, y mientras todo su ser, casi etéreo, irradiaba calidez y confianza, nos fundimos en un éxtasis más allá de lo imaginable. Así es como creo haberlo vivido.

Nos prometimos no vernos más. Era evidente que nos atraíamos mucho y no hizo falta verbalizar lo que los dos sabíamos. A lo largo de los siguientes treinta años, no encontré nunca el valor suficiente para romper el curso de los acontecimientos, más si cabe, los acepté con naturalidad.

En el funeral de Julius, recordando todo esto, me sentí agradecido, pues jamás en su mirada encontré un ápice de sospecha. Ningún reproche en sus palabras. Julius fue un hombre puro, y para Tara sin duda, el mejor compañero.

Esperé sentado en el banco hasta casi vaciarse la iglesia. Ella me encontró a mí. Nos besamos en la mejilla y pude aprecias unas suaves medias lunas bajo sus ojos. Se agarró a mi brazo y apoyándose levemente salimos hacia el pórtico al encuentro del resto de la familia. Me presentó a una joven pelirroja. Bellísima. Claramente había dominado la genética irlandesa de la madre. Presenté mis condolencias y me ofrecí para lo que pudieran necesitar. Comenzaba a chispear. Tara me pidió que las acompañara al coche, pues tenía algo guardado para mí. Sacó de la guantera una carta de Julius, con mi nombre.

-“Una carta de despedida, me figuro. Te apreciaba mucho” añadió Tara

-“Siempre tan sentimental este hombre” ¿Qué haréis ahora? ¿Seguiréis en Lejona?, pregunté mientras guardaba la carta en el bolsillo de la chaqueta.

-“No Diego, en cuanto recojamos todo nos vamos a Londres con mi familia. A Tarita le vendrá bien un cambio de aires” Pero dime ¿Tú, cómo te encuentras?- me preguntó, mientras yo me perdía en el verde ya gris de sus ojos.

Se me hizo un nudo en la garganta y la abracé. Las lágrimas me vinieron hasta la boca. La hubiera dicho que la necesitaba más que nunca, que siempre envidié a Julius por tenerla tan cerca. No pude contestarla y allí mismo me despedí.

Aquélla, fue la última vez que nos vimos.

 

JULIUS

CARTA A DIEGO PADRE

 

En Bilbao a 17 de enero de 2013

Querido Diego:

Si lees esta carta, entonces es que ya no estoy, y ciertamente Tara no la ha leído, tal como se lo pedí.

He disfrutado jugando al mus contigo, pero reconoce que he sido mejor muslari que tú.

Nunca te reproché que me robaras a mi preciosa mujer, aunque fuera por un instante. Ella guardó siempre el secreto. Callándome hasta hoy lo que ahora vas a conocer evité de algún modo que el rumbo de nuestras vidas cambiara. Eso jamás lo sabremos. Me quedé con lo que tanto ansiabas y nunca pudiste tener. Sí Diego, he sido estéril toda la vida y tú me regalaste a Tarita, una hija maravillosa. Ya ves, yo mismo guardé también mi secreto.

Agur amigo

Ahora estamos en paz.

 

Julius Bertrand

Ana de Larrínaga

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