1440 minutos

El olor a cadáver es inconfundible, dicen los que sin remedio han velado muertos de cuerpo presente.

La criada, de un riguroso luto como los cuervos, a quien el inmaculado blanco de su cofia y sus puños conferían dimensión humana, salió apresuradamente de la oscura estancia de su señora, para dirigirse al teléfono del rellano junto al dormitorio. Ni siquiera le temblaba la mano al marcar aquel número, aprendido los últimos meses, ni tampoco la voz cuando anunció al médico al otro lado del auricular:

"Apenas respira doctor, venga cuanto antes y por favor recoja al señor cura de camino, le estará esperando", que más que a súplica sonó a orden. Una vez en la mansión y casi a tientas, su doctor de toda la vida, se dejó conducir hasta la moribunda, aunque podía haberlo conseguido aun con los ojos cerrados.

"Hola vieja amiga" susurró el doctor inclinándose hacia Doña Bernarda.

"me ha llegado la hora, Guido" escuchó el doctor, a golpe de exhalaciones.

" tengo rabia, miedo no" la lucidez con que hablaba Bernarda no le sorprendió, pues él ya sabía que la adrenalina se confabula y anestesia al viajero en su último tránsito.

"Bernarda, no gastes energías, estás muy débil" dijo Guido, aunque seguidamente se arrepintió por lo obvio que le sonaron sus propias palabras. La anciana lentamente giró su cara hacia el doctor quien se acercó aún más, y ella con un pausado y apenas audible hilo de voz dijo:

"me voy virgen".

Él retiró su cara como un resorte y ella asintió. Había oído bien. Mientras él posaba suavemente su mano sobre la colcha, ella cerró los ojos, aprovechándolo él para hacer una seña al cura. La anciana estaba en su fin, pero no sorda. Entendió perfectamente que aquél siseo entre el doctor y el cura trataba sobre su última confesión. El doctor salió de la estancia llevando del brazo a la criada, para que el señor cura tomara el relevo.

"Doña Bernarda ¿está segura? porque eso se podría arreglar", le insinuó el cura mientras se colocaba el amito para oficiar la extrema unción.

"Si no me llamo Bernarda Alejandra de Behorlegui, única hija del difunto Marqués de Behorlegui, de 98 años y hoy no es 15 de noviembre de 1943, entonces ya no estoy tan segura" dijo con voz tan firme como la de un capitán de marina.

¿Hasta dónde estaría dispuesta a llegar? preguntó el cura.

"Vendería mi alma al diablo" contestó la anciana volviendo a cerrar los ojos, cansada ya de fijar la vista entre tanta tiniebla.

"Está bien: dispondrá de 24 horas, tiempo suficiente para que se cumpla su deseo, pero no ignore, ni olvide, que tras ese lapso de tiempo su alma pasará a pertenecer al mismísimo Lucifer"-

"El Gato Negro", rezaba el anuncio sobre el cristal diamantino del escaparate, donde una pedazo de hembra se veía reflejada. Sin duda se estaba recreando en su propia visión, y sacando una cálida barra de carmín de su diminuto bolso, procedió a retocarse sus labios perfectos. Se atusó la falda con un suave gesto de su mano

enguantada, no sin sonreír.

"!Por los clavos de Cristo que soy yo!, ¿dónde estoy? No siento la temperatura, ¿hace frío, o hace calor? ¿en qué fecha estoy? La gente es de buen ver, está bien alimentada, me mira, si supiera cuánto la envidio, con toda una vida por vivir, yo sin embargo... 1440 minutos".

Aturdida pero consciente, Bernarda se acercó a un quiosco de periódicos. Había cola, instintivamente miró su reloj de pulsera, un Universal Geneve plano, precioso, más bien masculino, pero eso era lo que menos llamaba su atención. Marcaba las nueve y diez minutos. La Gaceta del Norte, 2 reales, Bilbao 15 de noviembre de 1943; leyó

en el diario que tomó instintivamente. Buscó en su bolso 2 reales, 2 reales...¡por todos los santos! no tenía ni una sola moneda, ni siquiera billetero, devolvió el periódico; ella! Bernarda de Behorlegui, la mayor fortuna de Salamanca y esta humillación!. Se dedicó a pasear por la Villa que nunca antes había visitado. Recorrió las siete calles, la Gran Vía, bajó por las rampas de Uribitarte, la campa de los ingleses, por el ensanche, el tiempo pasaba, y mientras, nada ocurría. Necesitaba pensar, no olvidaba que vivía de prestado y el tiempo apremiaba. Se dirigió por la zona oeste de Bilbao hasta Basurto, suplicando que no lloviera. Pasó por delante de una cervecera. De frente, el grandioso Circo Ruso, y fuera por el hambre que tenía o por lo desorientada que se encontraba, se adentró hacia el convoy de caravanas, cada cual más lastimosa. Preguntó por el jefe, negándose a dar explicación

alguna a un curioso por más que insistiese en que él era el zar de Rusia. El dueño, un hombre en sus cuarenta, se identificó con el nombre de Sergei, quien abrumado por tanta belleza decidió no desperdiciar aquella escultura; ya pensaría en qué podía serle útil, al fin y al cabo ella sólo pedía manutención y cobijo. Bernarda pensaba lo diferente que veía el mundo ahora que vivía contra reloj, en otro tiempo si un titiritero hubiera insinuado saludarla, seguramente le hubiera escupido.

"Así que se llama Carmen Bilbao, muy interesante! ¿sabe hacer algo?" preguntó Sergei con acento extranjero.

"Canto coplas" improvisó Bernarda.

¿Y eso qué es? siguió preguntando Sergei, levantando las cejas con asombro.

"Son poesías cantadas, muy populares y son famosas también en América" contestó Bernarda con rotundidad.

¿Me cantaría una? le dijo Sergei echándose hacia atrás en la silla.

" Si no le importa señor estoy desfallecida, no he comido desde ayer" dijo Bernarda.

"Lo siento, eso se soluciona ahora mismo, conozco el sitio perfecto, lo de cantar que espere hasta mañana" se disculpó Sergei.

"Mañana”, qué bien sonaba, un futuro, una esperanza, mañana era lo que ella no tenía, podía haberle dicho que además de cantar volaba, total, ella ya no estaría allí para demostrarlo" sus pensamientos se irrumpieron cuando el taxista les anunció la llegada al restaurante de moda, en el barrio San Francisco, que además tenía pan blanco de extraperlo.

"El restaurante, con un farolillo rojo en cada mesa impresionaba, como debía impresionar la complicidad de entrar en una casa de putas" seguía ensimismada Bernarda en sus pensamientos, mientras se convencía de que ese saltimbanqui que la tomaba del brazo sólo podría desvirgarla a la fuerza. Estaban a punto de comenzar con el bacalao cuando entró "él", una figura larga velada por el excesivo humo del ambiente, que al verlos se echó a los brazos de Sergei." Te presento a Francois, ésta es Carmen, viene a trabajar conmigo. Únete a nosotros y así seremos tres artistas en una misma mesa" dijo Sergei mostrando orgullosamente dos brillantes dientes de oro.

Resultó que Francois era pintor. Como una pulsación, sintió Bernarda que aquel cuerpo tan delicado sería perfecto para su cometido.

Aquella comida acabó cuando ya anochecía, y viendo Sergei que entre esos dos pipiolos saltaban chispas, se dejó acompañar hasta La Casilla donde se despidió :"Mañana a las ocho te quiero en mi camerino, nos espera un día duro", dijo Sergei dirigiéndose a "Carmen" en tono condescendiente.

Bernarda (Carmen) y Francois pasearon bajo un siri miri manso y tristón, hasta la pensión donde él vivía. Ella quería saber todo de él, descubrirle, disfrutarle, bebérselo. Sin duda, hay noches que no son para dormir y aquélla era una de ellas. Bernarda se dejó guiar en todos los juegos amorosos y sintió lo que significaba querer a una persona, fundirse con y en ella. Por primera vez en toda su "existencia " fué acariciada, se acostó acompañada, amó y se dejó amar. Francois dormía a su lado. Con la cabeza en su hombro seguía el ritmo de su respiración; a Bernarda se le escaparon dos lágrimas, pero no de autocompasión sino de gratitud. Se dio cuenta de que uno sólo se lleva lo que ha vivido, pues nada de lo que le rodea le pertenece. A modo de despedida le abrazó suavemente para no despertarle, y él la atrajo hacia sí, envuelto en el dulce olor de su cuerpo. Cuando la luz del día comenzó a filtrarse a través de las cortinas, ella cerró los ojos por última vez.

Guido tomó el pulso a la anciana, seguidamente, levantó acta en su cuaderno de exitus: "16 de noviembre de 1943, fallecimiento de doña Bernarda Alejandra de Behorlegui, 98 años, muerte natural".

Ana de Larrínaga

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