Making a Good Thing Better

Aquella noche, yo era el chaval más feliz del mundo. Paseando junto a mi padre por la Gran Vía madrileña, no dejaba de pensar en la suerte que tenía. Mientras que al día siguiente mis compañeros de colegio tendrían que soportar otra aburrida jornada escolar con los Jesuitas de Pamplona, yo disfrutaría de un día de vacación en la capital.

Los setenta agonizaban. Tenía 15 años, y unos días antes, inesperadamente, mi padre había sugerido la posibilidad de que le acompañara en uno de sus viajes de trabajo a Madrid. Mi madre, una mujer respetuosa de la ley de Dios y de los hombres, se opuso. Aquella invitación suponía perder un día de clase, lo cual, además de una tragedia, estaba prohibido. Algo impensable. Ni hablar. Como ocurría siempre, fue mi padre quien atacó la negativa aportando munición inteligente. Yo sacaba buenas notas y un día en Madrid aportaría más a mi educación que un anodino día de colegio a varios meses de los exámenes. Me encantaba cuando mi padre hacía algo que a mi madre le parecía pecado, como dejarme ver una película de dos rombos o criticar el comportamiento de algún cura, maestro o guardia civil, seres infalibles en el universo mitológico que ella compartía con mi abuela. Lo hacía siempre con criterio, con argumentos que, por alguna razón, a mí siempre me parecían inapelables. Con el mismo estrépito con el que inicialmente se había opuesto, mi madre se rindió. “Haced lo que os dé la gana”. Y eso era precisamente lo que íbamos a hacer.

El plan era perfecto: ver conducir a mi padre hasta Madrid, rápido y preciso por las sinuosas carreteras de Soria, escuchando las cintas de Frank Chacksfield que siempre llevaba en el coche. Cenar con él en alguno de sus restaurantes favoritos. Intercambiar una sonrisa cómplice cuando incomodara a algún camarero rogándole que dejara de llamarle “señor” y, sobre todo, disfrutar después de una buena película en alguno de los cines de la Gran Vía, compartiendo una bolsa de bombones. El cine nos apasionaba y a mí, en sesión nocturna, aún más. Pero la cosa no acababa ahí. Al día siguiente, mientras mi padre estuviera trabajando, yo pasaría la mañana con un tío de mi madre, un hombre sabio, bueno y paciente, con el que tenía una complicidad especial. Iríamos al Prado y, como siempre que le visitaba, me llevaría a la Casa del Libro, donde me regalaría uno de aquellos ejemplares sobre temas bélicos de Editorial San Martín, que aún conservo entre algodones después de tanto uso, marchitos y desgastados como mi propia vista.

Cenamos y nos decidimos por una película de Sam Peckinpah. Mientras caminábamos hacia el cine, mi padre me explicaba qué tipo de película nos íbamos a encontrar y la manera en que ese director utilizaba la violencia como un recurso estético, convirtiéndola en algo casi atractivo, lo que escandalizaba a muchos. Aquello también sonaba transgresor y, por tanto, fascinante.

Y ahí estaba yo, saboreando cada instante de aquel tiempo probablemente irrepetible, preguntándome qué podía haber mejor cuando, de pronto, al pasar frente al escaparate de una tienda de discos de esas que ya no existen, una imagen me atrapó, provocando en mí una sensación tan nueva como reconocible. El rostro sonriente y gozosamente feliz de una mujer hermosa, angelical, posando con un vestido de florecillas que dejaba ver sus hombros desnudos, aparecía en la portada de un LP novedad en el mercado. Su título, “Making a Good Thing Better” parecía predestinado a describir aquel momento.

Permanecí un buen rato en silencio, con la cara apoyada sobre el cristal del escaparate, mirando el disco ensimismado como sólo un chaval provinciano de 15 años podía hacerlo. Después, con el tiempo, otros discos, otras películas y otros libros me hicieron entender por qué, en ese momento, aquella noche se hizo inolvidable.

Juan  Pedro Urdiroz


 

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