Acta octubre 2005

OBRA: MIENTRAS DAN LAS NUEVE
AUTOR: Leo Perutz

PONENTE: Carlos Fernández

PRESENTACIÓN

Leopold Perutz nace en Praga el 2 de noviembre de 1882. Su padre, Benedikt Perutz, es un importante comerciante textil de la ciudad, mientras su madre Emilie es de origen austriaco. La familia Perutz es de origen español pero instalada a unos sesenta kilómetros de la capital bohema desde mediados del siglo XVIII. Los Perutz son de fe hebraica, aunque no son activos practicantes, y desde hace tiempo puede decirse que son una familia secularizada.

El joven Leopold no es en absoluto un estudiante modelo. Frecuenta con escasos resultados la prestigiosa escuela del Padre Scolopi y el gimnasio estatal de Praga, del cual es expulsado por mala conducta. Inscrito en el liceo de Krummau, lo abandona antes de diplomarse. En 1901 la familia se traslada a Viena, y allí inicia una floreciente actividad comercial que permanecerá activa hasta la anexión de Austria por parte de la Alemania nazi. Leopold intenta de nuevo completar sus estudios superiores en la ciudad austriaca, pero vistos los escasos resultados, decide trabajar en la empresa paterna hasta 1903, cuando partirá como voluntario para cumplir el servicio militar en los bomberos de Praga, de donde volverá licenciado por motivos de salud en diciembre de 1904.

En los años siguientes permanece con toda seguridad nuevamente empleado en la empresa textil de la familia. A partir de 1905 frecuenta la facultad de Filosofía y de Matemática de la Universidad de Viena. Leo Perutz no posee los requisitos para ser admitido al curso, y sigue por tanto como simple oyente las lecciones de Matemáticas y Economía. En 1906 pasa al Politécnico de Viena, donde se dedica al cálculo de probabilidades, estadística, matemática actuarial y economía política. Algunos documentos personales encontrados después de su desaparición atestiguan una licenciatura en matemáticas actuariales, obtenida precisamente en Viena, aunque parece que el escritor jamás había conseguido el diploma de la escuela superior necesario para acceder a la formación universitaria.

Durante este período entra en contacto con el círculo literario denominado Freilicht, compuesto en su mayor parte por escritores principiantes. Estrecha su amistad con Richard A. Bermann, que más tarde se hará famoso con el pseudónimo de Arnold Höllriegel, antes su compañero de clase en el liceo de Viena., con Berthold Viertel y con Ernst Weib. Ciertamente sufre la influencia de Karl Krauss, del cual lee regularmente los artículos literarios publicados en la revista Die Fackel. En febrero de 1906 escribe en la revista Der Weg su primer cuento mientras en marzo de 1907 viene publicada en Sonntags-Zeit su primera novela: Der Tod del Mess Lorenzo Bardi, ambientada en la Italia renacentista.

A partir de octubre de 1907, Leo Perutz está en Trieste, empleado como matemático actuarial por la Assicurazioni Generali, la misma sociedad para la que trabajará Franz Kafka. Al trabajo ordinario le acompaña la publicación de críticas y cuentos. En 1908 deja Trieste por Viena, donde es empleado para la compañía de seguros Anker, empleo que conservará hasta 1923. Como matemático actuarial Leo Perutz dejará una importante contribución científica, ocupándose principalmente del cálculo de las tasas de mortalidad, publicando artículos en diversas revistas del sector y obteniendo la denominada fórmula de equivalencia Perutz, fórmula matemática que será utilizada desde entonces en el cálculo actuarial. Durante toda su vida el escritor se interesará por los problemas matemáticos y las matemáticas tendrán un papel clave en la construcción de su obra literaria.

En Viena Leo Perutz frecuenta numerosos cafés literarios como el Café Museum o el Café Central. A su círculo de amigos pertenecen personalidades importantes de la cultura en lengua alemana de aquellos años: Peter Altenberg, Hermann Bahr, Oskar Kokoschka y Alfred Polgar. En los años que Europa se encaminaba hacia al Primera Guerra Mundial, Leo Perutz participó activamente en la vida cultural de la capital austriaca, se dedicará mucho a los deportes, sobre todo al esquí, y realizará numerosos viajes que le llevarán a visitar diversos países de la cuenca mediterránea: Francia, Italia, España, el norte de África, Turquía, Líbano, Palestina y Egipto. Que el de Leo Perutz es un estilo de vida difícilmente sostenible con el salario de un empleado de seguros de aquellos años es la razón por la cual es fácil suponer que en este período el escritor disfruta de una contribución económica procedente de la familia.

En 1915 ve la luz en Mónaco di Baviera la primera novela del escritor: Die dritte Kugel, y en 1916 una segunda novela, escrita en colaboración con Paul Frank: Das Mangobaumwunder. Ambas novelas obtuvieron un discreto éxito, particularmente Die dritte Kugel, que fue criticada en términos muy halagadores por Kurt Tucholsky. En un período en que el cine está apenas en sus inicios, con la compra repentina de los derechos cinematográficos de Das Mangobaumwunder, la novela será llevada a la pantalla en 1921 con el título “Das Abenteuer des Dr. Kircheisen”, bajo la dirección de Rudolph Biebrach.

Leo Perutz no se deja llevar del entusiasmo bélico e intervencionista que anima a varios escritores en aquel período. Inicialmente, a causa de la fuerte miopía que le había obligado a abandonar los bomberos en 1904, no fue llamado al frente, pero en agosto de 1915 fue movilizado y enviado a Budapest para un curso de adiestramiento al término del cual, en marzo de 1916 fue enviado directamente a combatir al frente oriental. En julio de ese mismo año resultó gravemente herido en el pulmón y, golpeado por la septicemia, se ve obligado a un largo internamiento en un hospital militar. Fue ascendido casi un año después al grado de teniente, y enviado a prestar servicio al cuartel general del ejército austriaco, donde recibirá principalmente encargos de tipo administrativo y de criptografía en el interior de la sección de cálculo. En marzo de 1918 se casa con IdaWeil, una muchacha 13 años más joven que había conocido en 1913.

En 1918 fue publicado su primer gran éxito editorial Zwischen neun und neun, una novela que será recibida con gran favor de la crítica oficial que, en algún caso, comparó a Perutz con Dostoievski. La novela fue comprada por una casa cinematográfica americana que, sin embargo, no hizo con ella ninguna película.

Es siempre desde Viena desde donde el escritor sigue con atención y participa en los importantes acontecimientos de los años a caballo entre 1918 y 1919. Se inscribe al Partido Socialdemócrata y participa en numerosas manifestaciones políticas, publica diversos artículos en los cuales ataca violentamente a la justicia militar austriaca y, de tanto en tanto, toma parte en el comité de empresa de la compañía para la que trabaja.

Los años 1918 y 1919 son también muy productivos desde el punto de vista literario. En este período Leo Perutz publica seis novelas que dejarán tras de sí mayor consideración del público y la crítica. Su producción no se detendrá en la novela, sino que se extenderá a los relatos cortos, a los cuentos e incluso al teatro. En 1918 ve la luz la novela Wohin rollst du, Äpfelchen..., publicado por entregas en el Berliner Illustrierten Zeitung, y el éxito obtenido hace famoso a Perutz en Alemania. Gracias a la fama obtenida se amplía considerablemente el círculo de intelectuales unidos al escritor incluso por simple relación epistolar: Bertolt Brecht, Theodor Kramer, Anton Kuh, Robert Musil, Friedrich Reck-Malleczewen, Alexander Roda, Josef Weinheber y Franz Werfel, solo por citar algunos; en particular la amistad con Bruno Brehm, el novelista austriaco que más tarde abrazará con entusiasmo la ideología y la causa nazi en Austria, dispensará al escritor de origen hebreo durísimas críticas. El punto de encuentro es el Café Herrenhof de Viena. En la trastienda del café, Perutz dispone siempre de una mesa, donde es usual jugar intensas y apasionadas partidas de cartas con sus amigos, dejándose llevar de vez en cuando a situaciones demasiado violentas. En este período Leo Perutz conoce a Alexander Lernet-Holenia, el novelista austriaco que se definió a si mismo discípulo y que se encargó de la publicación póstuma de la última novela perutziana: Der Judas der Leonardo.

La familia Perutz viaja mucho por Europa y a continuación de estos viajes el escritor publica diversos artículos en algunos diarios vieneses. Entre 1926 y 1927 es corresponsal en Rusia, y en el mismo período se ocupa también de la traducción del francés de algunas novelas de Víctor Hugo.

Poco después del nacimiento del último hijo en 1928 muere su joven esposa Ida, y el trágico suceso arroja al escritor a una profunda desesperación que en algún momento llega a rozar su desequilibrio mental. Si bien fuertemente escéptico y reacio, Leo Perutz comienza a frecuentar mediums y ocultistas con la intención de establecer un contacto con el espíritu de la esposa muerta. La profunda crisis económica y financiera que turba al mundo a finales de los años veinte, golpea también a la editorial, reduciendo considerablemente los ingresos de la familia, así como de la floreciente empresa textil, de propiedad de su hermano Hans, cuyos beneficios se reducen sensiblemente.

Colabora desde el punto de vista literario con su gran amigo Alexander Lernet-Holenia en el intento de incrementar sus magros ingresos, Con Paul Frank y Hans Adler intenta dedicarse también del teatro, componiendo diversas obras que obtienen distinta fortuna. En 1933 escribe la novela St. Petri-Schnee, pero en Alemania el nazismo ocupa ya el poder, y el libro apenas es distribuido en las librerías; Leo Perutz no está todavía inscrito en las lista de los autores prohibidos por el régimen, pero su casa editorial, la Zsolnay, es propiedad de un impresor hebreo y por tanto enseguida queda prohibida la comercialización de la editorial en el Tercer Reich. Con la pérdida del mercado editorial alemán se reducen de forma dramática para el escritor bohemio los ingresos económicos.

En 1935 Leo Perutz se casa con su segunda mujer: Grete Humburger. En 1937 Perutz concluye la escritura de aquella que él considerará su novela preferida y mejor conseguida: Der schwedisch Reiter, en la cual había trabajado desde 1928. En marzo de 1938 Austria es anexionada a la Alemania nazi y el escritor es forzado a abandonar Viena con su familia. Al principio su destino es Italia, pasa una temporada muy breve en Venecia y otra más larga en Forte dei Marmi, en espera de un visado para Palestina. De la ciudad toscana el 10 de septiembre de 1938 la familia Perutz, cediendo a la presión de su hermano Hans, convencido sionista que había trasladado ya la industria textil a Tel Aviv, se embarca para Haifa. El escritor considera el destino en oriente medio un verdadero exilio. En realidad Leo Perutz habría preferido un destino europeo o norteamericano.

La experiencia en Palestina se revela para el escritor dura y difícil desde su inicio. Leo Perutz no alimenta particular entusiasmo por la causa sionista, además de sufrir la distancia de la cultura europea, con la cual estaba en contacto permanente.

Perutz es acogido calurosamente por la comunidad hebrea de Tel Aviv. En 1939 es elegido miembro del Pen-club de la ciudad y en 1940 obtiene la ciudadanía hebrea. A pesar de la integración y de la relativa tranquilidad económica que proviene del sostén familiar, vivirá siempre con una sensación de profunda incomodidad aquellos años, a causa del recuerdo de los amigos dejados en Europa.

Para el escritor no es imaginable contacto alguno con los ambientes culturales hebreo-palestino, no se ha relacionado verdaderamente con las diversas revistas y con las asociaciones que los exiliados han fundado. Perutz mantiene limitadas igualmente las relaciones con los otros miembros de lengua alemana de la comunidad hebrea en el exilio, incluso con Max Brod (el escritor praguense al cual se debe entre otras cosas haber salvado de la destrucción todos los manuscritos kafkianos) y Arnold Zweig, que también se encontraba en el Pen-club.

Perutz, que habla y escribe un hebreo descuidado, se obstina por el contrario en utilizar exclusivamente el alemán, el cual es considerado la lengua del enemigo, en un período de la guerra en el cual las tropas del eje italo-alemán parecen verdaderamente a punto de romper el frente en Egipto y de llegar hasta Palestina. La suya no es tanto una actitud provocadora de confrontación con la élite sionista de la colonia inglesa, sino una declaración de identidad cultural, la única identidad a la cual pertenece, la centroeuropea.

La moderna, caótica y sofocante Tel Aviv no agrada Perutz ni a su familia en los meses estivales, por lo que se mudan a Jerusalén, de la cual el escritor aprecia mucho la atmósfera y el clima más fresco. Es fácil encontrarle por las callejas de la ciudad vieja, vistiendo su inseparable corbata de estilo europeo y el extraño anillo grabado con un pez y la inscripción contra currentem.

Por consejo de su hermano, empieza a trabajar en un manual de Bridge con la única intención de mejorar sus condiciones financieras. El manual será publicado de forma anónima en los Estados Unidos.

En 1941, gracias al interés de algunos amigos emigrados en Argentina y a la ayuda de Jorge Luis Borges que se convertirá a continuación en uno de sus máximos admiradores y promotores algunos libros fueron traducidos y publicados en español. En este período Perutz escribe poquísimo y se dedica esencialmente a buscar historias.

Ya en 1945 Perutz intenta volver a entrar en Austria con toda la familia, pero la confusión general que reina en Europa a finales de la segunda guerra mundial hace imposible el intento.

En 1947 la fundación del estado de Israel no es acogida por el escritor, convencido adversario de cualquier forma de nacionalismo, con gran entusiasmo. En el nacimiento de un estado con fuerte identidad religiosa, Perutz adivina el fin de una ilusión personal como es la de vivir en un lugar, en una nueva patria a caballo entre dos culturas, entre dos mundos: el occidental que identifica su procedencia y el oriental fascinante y arcaico que representa por el contrario una confirmación de su vocación.

Le desagrada la nueva realidad y se lamenta por el destino de la misma Jerusalén, una ciudad que dividida pierde toda su magia y su atmósfera. Además, la expulsión de los árabes es vivida por Perutz con profunda desaprobación, e incrementa en el escritor el sentido de disgusto. En 1948 escribe a algún amigo: Palestina está cambiada... Los árabes casi han desaparecido de la zona que nos pertenece. No me gusta el nacionalismo ni tampoco el patriotismo, ambos son culpables de todas las desgracias. El intenta repetidamente regresar a Europa, pero la guerra que entretanto a estallado entre Israel y los países árabes colindantes impone severas restricciones a eso que intenta llevar a cabo. Solo en 1950, después de diversas tentativas, Perutz obtiene por primera vez permiso para entrar en Austria. En 1951 los Perutz obtienen nuevamente la ciudadanía austriaca y comienza para el escritor un trasiego entre medio oriente y Austria que lo acompañará hasta la muerte.

Una vez de regreso a Viena, el escritor vuelve al trabajo, pero debe atravesar de nuevo un difícil momento. A pesar de la notoriedad, no vuelve a encontrar ningún editor dispuesto a publicar su historia. La causa, a juicio de las mismas casas editoriales, reside precisamente en la identidad hebrea de Perutz, madurada en los años del exilio, juzgada por algunos casi excesiva o no apta a las demandas del mercado. Paradójicamente por consiguiente precisamente el propio antisemitismo que había obligado al escritor a abandonar su patria adoptiva, lo acoge en el momento del regreso, de aquel regreso deseado y buscado con tanta convicción. Esta serie de experiencias negativas contribuyen a acentuar en Perutz el sentido de no pertenencia, de marginalidad que había venido madurando desde su juventud.

En 1953 acaba finalmente la que es considerada la obra maestra del escritor bohemio: Nachts unter der steinernen Brücke. El libro obtiene críticas muy halagadoras, pero apenas es distribuido en las librerías a causa de la bancarrota que golpea a la editorial poco después de su publicación.

Golpeado por un edema pulmonar, Leo Perutz muere el 25 de agosto de 1957 en Bad Ischl, en la región de Salzburgo, en el límite entre Austria y Baviera, donde acostumbraba a pasar con su familia el período estival.

La obra maestra Der Judas des Leonardo, ambientado otra vez en la Italia del Renacimiento será publicada póstumamente gracias al interés de su amigo-discípulo Alexander Lernet-Holenia.

Como recuerda Beatrice Talamo en el prólogo a La nascita dell’Anticristo (Leo Perutz-Edizioni Studio Tesi, 1995), a partir de la muerte de Leo Perutz, sus novelas sufrirán un progresivo olvido. Hans Harald Mueller, uno de los máximos conocedores de la novela praguesa, atribuirá parte de la responsabilidad de este olvido a la misma personalidad de Perutz: esquiva, extremadamente reservada, siempre encerrada en una especie de actitud elitista, una absoluta autonomía de juicio, una aristocrática y casi desdeñosa indiferencia en la confrontación con la crítica literaria, del público germano e incluso de sus compatriotas con los cuales compartió la dura experiencia del exilio.

Leo Perutz es considerado el mayor exponente de un particular género de novela, el histórico-fantástico, que a caballo de los dos conflictos mundiales, obtiene un gran éxito editorial en los países de lengua alemana, consolidándose como género mas bien difuso y popular.

En un análisis más profundo sin embargo, la narrativa del escritor bohemio resulta hilvanada por una metafísica muy compleja, que vuelve demasiado reduccionista definir a Perutz como pura literatura de entretenimiento como había dicho, tal vez demasiado precipitadamente, Bertolt Brecht.

En las novelas de Perutz la componente fantástica no se expresa en la simple distorsión de la realidad, del hecho, del lugar o de la relación temporal entre los diversos momentos de la narración, sino que se insinúa lentamente y con eficacia en el relato tradicional de la cotidianidad de los protagonistas, desquiciándoles, produciendo a menudo la despersonalización en un incremento de variaciones que implica totalmente al lector y lo suspende en una atmósfera de profundo misterio y de agradable desorientación onírica.
La novela de Leo Perutz es una novela histórica, de sabia y detallada reconstrucción que Theodor Adorno, en su teoría estética no vaciló en definir de absoluto valor artístico y que más tarde fascinó e influenció a numerosos escritores y cineastas, que se inspiraron en la obra del escritor que intentaron llevar a la gran pantalla.

La imagen que probablemente mejor define la trampa narrativa de Perutz es aquella de un laberinto tridimensional en el cual el espacio ocupa una sola dimensión, dejando la segunda a la distorsión psicológica de los protagonistas y la tercera a la reconstrucción histórica; moverse en la novela del escritor praguense significa perderse en esta pluralidad de sugestiones.

Autor plenamente vienés, Leo Perutz se nutre de la atmósfera decadente y fien de siecle en boga en los círculos literarios de la capital austro-húngara, pero al mismo tiempo autor praguense, de aquella Praga que marca el destino de tantos autores centroeuropeos
y que permanece tallada en la imagen del ghetto, de las callejas y de las casas demolidas, en la memoria hebrea del escritor.

Aunque fuertemente caracterizados desde el punto de vista histórico, los personajes de Leo Perutz son marginales respecto del momento histórico que están viviendo, son hombres afectados por una forma distinta de defecto, defecto que les impide poseer un sentido común de la realidad o bien de mantenerlo, de no perderlo.

Falta en el autor cualquier finalidad política y el Perutz de los grandes sucesos es básicamente un nihilista, se interesa por los procesos sociales que se desarrollaron en Europa tras la segunda guerra y los vive personalmente de forma conflictiva, pero no profesa un compromiso, se limita a la denuncia de los peligros que ve y profetiza, como por ejemplo con la manipulación de la conciencia o con la decadencia de la política, de la sociedad, de la cultura.

El Perutz matemático y estadístico aflora en la construcción lógica del elemento surrealista. El surrealismo se desarrolla a menudo alrededor de un suceso casual que, dejado caer en lo cotidiano, trunca la cruda y anónima rutina del protagonista, anticipando así el esquema kafkiano posterior.

El exterior real, históricamente delineado, preciso y el surreal interior de los personajes perutzianos entran en contacto produciendo un cortocircuito, un relámpago cegador del cual el lector emerge escogiendo su perspectiva personal, una interpretación individual de cuanto ha sido narrado. [Traducción de “de.wikipedia.org/wiki/Leo_Perutz”]

Precisamente muchas biografías de Perutz hacen hincapié en su condición de matemático para explicar la estructura lógica que subyace en la construcción de todas sus obras. Un buen ejemplo de ello es Mientras dan las nueve, novela en la que el autor nos presenta el drama humano de un joven, Stanislaus Demba, que por conseguir dinero para satisfacer los caprichos de su amiga Sonja Hartmann, mujer de doble filo que no le ama y de la que él cree estar profundamente enamorado, es capaz de llevar a cabo cualquier barbaridad. La necesidad de conseguir dinero se convierte en una obsesión que conduce al protagonista a las más absurdas situaciones. Stanislaus Demba se halla solo, radicalmente desamparado, y cautivo de su obsesión, que nunca superará, y de unas esposas que atan sus manos, de las que no logrará liberarse jamás. Una única persona, Steffi Prokop, será su verdadera amiga. En ella encontrará Stanislaus amor, lealtad y comprensión, aunque él no sea capaz de valorarlos en su justo término. Al final, el joven Demba no logra el objetivo de obtener los favores de Sonja Hartmann, y todo acaba cuando es perseguido por la policía por robar unos libros de la Biblioteca de la Universidad, y en su huída se arroja por la ventana de una buhardilla.

VALORACIÓN

Mientras dan las nueve podría subtitularse “el libro de la culpa”, ya que es esa la idea que configura la arquitectura de toda la novela. Culpa en el sentido de momento concreto en el proceso de las acciones humanas que se desarrolla conforme a la secuencia tentación-pecado-castigo-culpa, propio de la concepción cristiana de la praxis moral, si bien lo que le confiere originalidad al relato es el orden dislocado de esta secuencia y el final sorprendente que nos depara. De este modo, la mujer que Stanislaus desea reconquistar (Sonja Hartmann) simboliza el deseo, el robo y venta del libro el pecado, y su detención por la policía y amenaza de encarcelamiento el castigo, un castigo del que puede librarse, no así de la culpa por el mismo, representada por unas esposas de las que no puede desprenderse. Tampoco falta la confesión, acto necesario para la redención de la culpa, según la teoría moral cristiana, que en este caso, se concreta en la revelación que el pecador Stanislaus Demba realiza a Steffi Prokop en los capítulos 8 al 10, y de forma más concreta en la página 105 correspondiente al capítulo 9:
“ - Bien- dijo Demba. Tengo una doble misión. En primer lugar tengo que conseguir doscientas coronas. Para eso no te necesito, Steffi, puedo hacerlo solo. Pero tengo que librarme de las esposas y en eso me puedes ayudar.

Steffi Prokop calló y caviló.
-Te lo he contado todo, Steffi. Solo a ti te lo he dicho. Puedes decidir si soy culpable o inocente. Te lo he contado todo. Los motivos, todo. ¿Me absuelves?
Steffi Prokop sacudió la cabeza-
-No.”.

Estos tres capítulos marcan un antes y un después en el transcurso del relato, por dos motivos. El primero de ellos es estructural: en los ocho primeros capítulos el interés del lector se centra en conocer porqué el protagonista esconde las manos, mientras que a partir del undécimo se traslada a saber si logrará librarse de las esposas y escapar de la justicia. Y el segundo es que la explicación de lo que nos será revelado en la última página está en la página 98, cuando dice a su confesor:

“Y ahora estaba atrapado, era un delincuente, aquellos pasos que daba en la reducida buhardilla, en medio de todos aquellos trastos, eran mis últimos pasos en libertad. Me sentía desfallecer, los oídos me gritaban: ¡libertad, libertad, libertad! ¡Aunque sólo fuera un día más de libertad, tan sólo doce horas de libertad! ¡Doce horas!”

Efectivamente, es en los últimos párrafos de la novela donde convergen y hallan explicación las historias que se narran a lo largo de la obra -algunas entrelazadas y otras en paralelo. El lector finalmente conoce que el contenido de la narración es el relato de un sueño: el anhelo cumplido del protagonista, que deseó doce horas más de libertad, cuando se vio acorralado por la policía después de robar en la Biblioteca Pública. Sin embargo ese deseo se ve cumplido a medias: por un lado, porque esas doce horas se comprimen en unos segundos, los que median entre el golpe y la muerte, y que sólo se expanden en la imaginación del protagonista; y por otro, porque sus ansias de libertad se ven limitadas por la presencia de las esposas, de las que no puede escapar ni en el ámbito de lo onírico.

INTERVENCIONES

Emilio Hidalgo:

El libro está estructurado en un entramado de círculos concéntricos, en el que cada capítulo es un círculo, o sea, constituye en sí mismo un relato, y en el que todos los capítulos unidos conforman el círculo mayor que envuelve a todos los demás, esto es, una historia completa. En cada capítulo Perutz presenta un elenco de personajes, a los que da vida gracias a su portentosa capacidad para la caracterización de los mismos y la contextualización de su entorno. Muchos de estos personajes sólo participan en alguna historia suelta que aparece en un capítulo cualquiera y se agotan en esa historia. Otros, por el contrario, Stanislaus, Sonja y steffi por ejemplo, perduran a lo largo de la obra y le confieren continuidad y significación. De igual manera, Perutz presenta en la novela diversas anécdotas cuya narración comienza en un capítulo determinado y queda inconclusa o sin resolver en el mismo, para recuperarla en otro capítulo posterior, dando solución a las diferentes situaciones creadas.

La obra despierta distintas sensaciones en el lector, que van desde la curiosidad inicial, pasando luego por la intriga que genera la ocultación de las manos de Stanislaus y, más tarde, por la irritación que produce la actuación de éste una vez descubierta la razón del ocultamiento de sus manos, para concluir finalmente en la rabia y el enfado que suscita el recurso fácil y manido a una solución argumental que circunscribe toda la trama al flash de un sueño, dilapidando así gran parte de la originalidad que transmiten las variadas situaciones que expone a lo largo del libro. Ahora bien, Es innegable que Perutz logra cautivar a los lectores, convirtiéndolos en inopinados sufridores de los padecimientos, angustia, impotencia y sensación claustrofóbica de la experiencia que vive Stanislaus, encerrado entre las cuatro paredes de una buhardilla y atado de manos por unas esposas que le impiden realizar multitud de acciones. Aunque en realidad lo que verdaderamente convierte en prisionero a Stanislaus no es la limitación espacial y de movimientos a la que se ve sometido, sino su capacidad de autoengaño, la soberbia y la obcecación en la consecución de un deseo sustentado en un falso sentimiento de amor, es decir, es prisionero de sí mismo, de su propio orgullo y estupidez, hecho que contraviene cualquier sentimiento de culpa que se le quiera adjudicar. Así lo corroboran las palabras del propio Stanislaus, cuando en el capítulo VIII revela a Steffi: “En el fondo me da igual que me tengas por un delincuente o no. No admito otro juez de mis actos que yo mismo”.

Joseba Molinero:

Con esta obra Perutz pone de manifiesto su gran maestría en el arte de la escritura, así como su extraordinario dominio del lenguaje dramático, que por momentos recuerda al teatro del absurdo de Mihura, tanto en el estilo como en la caracterización de los personajes, todos ellos grotescos, absurdos, miserables y de muy baja calaña (ambiciosos, egoístas, aviesos y sectarios). La novela se desarrolla de acuerdo a los parámetros de una composición teatral. Así, se estructura en dos planos perfectamente delimitados: Uno se explicita en los cuadros o escenas que representan situaciones concretas e independientes entre sí, cuadros que van cerrándose cada vez que narra una historia, y que reflejan situaciones que el autor resuelve cuadro a cuadro de un modo ciertamente habilidoso y divertido; el otro es el cuadro general o trama argumental conformada por la unión de todos los cuadros, que se hilvana por medio de la intriga, primero, y luego por la intensa emoción que provoca en el lector el desencadenamiento de los diversos sucesos que acontecen, y halla su remate final en la revelación de que todo ha sido un sueño, siendo así que cada cuadro, uno a uno, y todos los cuadros en conjunto adquieren sentido, bien como momentos particulares de ese sueño, bien como el todo continuo de una vivencia onírica.

Miguel San José:

El libro es exasperante por su falta de lógica discursiva. Presenta un cúmulo de situaciones y de historias que carecen del más mínimo sentido argumental. Así ocurre, por ejemplo, con la serie de acontecimientos que vive Stanislaus movido por su afán de ocultar las manos, como si esta circunstancia justificara por sí misma los diversos avatares que protagonizan los diferentes personajes. Y a pesar de que en la página 105 se aclara el misterio del por qué de la ocultación de las manos, no por ello se vence la exasperación, y menos aún si se considera que el posterior decurso de la narración (adornada con ambientaciones excelentemente recreadas, repleta de situaciones absurdas e historias imposibles, eso sí, magníficamente relatadas, y salpicada también de personajes maravillosamente caracterizados) se cierra de una manera si no inverosímil, sí un tanto fraudulenta, claro está, literariamente hablando-. Quizá el autor pretenda mover al lector a este sentimiento de exasperación. Si es así, en mi caso lo ha conseguido.

Jon Rosáenz:

La novela produce perplejidad, sobre todo en la lectura de los primeros diez capítulos, hasta el punto de que el lector no sabe a qué atenerse. Después, a partir del capítulo undécimo, produce desazón, sensación que es aliviada con la lectura del epílogo, magnífico y muy esclarecedor, en el que el autor hace mención al relato Un suceso en el puente del río Owl de Ambrose Bierce y apunta las claves para entender el libro, subrayando la dimensión intrigante que sustenta la estructura de la novela, que es presentada como un sueño que vive Stanislaus Demba antes de su muerte real por salto al vacío desde una buhardilla, o como una auténtica vigilia de los episodios contados en su deambular por las calles de Viena. Con todo, la novela no pertenece al género policiaco (la policía sólo aparece al final de la obra y, según confiesa Stanislaus a Steffi, supuestamente en algún momento puntual del comienzo). Es más bien un sainete metafísico. Sainete, porque muchas de las situaciones que se plantean en la obra son propias de este género teatral, caracterizado por su corta extensión, tono jocoso y carácter popular. Y, sin duda, el texto cumple con creces estos presupuestos: trama de enredo e intriga desarrollada en pasajes concisos e historias cortas, proliferación de escenas humorísticas (por ejemplo: Las que tienen lugar en la oficina donde trabaja Sonja, un verdadero nido de vagos, el encuentro del protagonista con los dos profesores sabios en el parque, la partida de dominó, etc) y la puesta en escena de personajes ridículos y absurdos, casi caricaturescos (así, el propio Stanislaus Denba resulta un ser extraño que actúa de una forma sorprendente e insólita. Es una persona culta, como queda de manifiesto en la escena del café, donde Demba está consultando unos libros, en las constantes alusiones a las traducciones que realiza, etc-; y al mismo tiempo, zafio y soez. La imagen que de él se forja el lector, la de un individuo grandullón, con una poblada barba, seguramente obeso, sucio y desmadejado, perdura hasta el final de la lectura, a pesar de que Perutz lo describa como un joven alto y con bigote pelirrojo). Y metafísico, porque trata la cuestión metafísica de la esencia humana, referida en este caso a la imposibilidad de realizarse en plenitud como ser humano, intrínseca a todo individuo humano, imposibilidad que queda reflejada en el texto en las esposas que atan las manos de Stanislaus, quien no quiere enseñarlas bajo ningún pretexto, ni siquiera para tomar alimentos, quizá por pudor o miedo. En este sentido, la policía y el robo de los libros en la Biblioteca Pública son meras incidencias argumentales que el autor utiliza para justificar que el protagonista esté maniatado todo el tiempo. Éste pretende plasmar fundamentalmente lo ilusorio de muchos de nuestros deseos e impresiones, pretensión que se materializa en el libro en la avidez del protagonista por conseguir dinero para realizar un viaje con la mujer que cree amar, avidez que bien podría ser una obsesión inconsciente, si la historia que se narra no fuera un sueño. En este contexto, Perutz desgrana dos temas clásicos de la literatura. El primero es el tema romántico de la relación entre el caballero y la dama, que en la novela queda resuelto en que Stanislaus ama a la mujer equivocada, Sonja, una joven vulgar y materialista, y no a Steffi, la chica que le ayuda, le comprende y le quiere, pero que a fin de cuentas para él es sólo una muchacha de dieciséis años con una cicatriz en la mejilla. Representa el autoengaño hipócrita del hombre culto en la elección de su pareja. El enfoque romántico del personaje queda claro en la página 89, cuando afirma: “Una mujer no debería ir a una cafetería. Un hombre, para poder ver a una mujer, debería tener que subir cuatro pisos, y tocar el timbre de la puerta con el corazón desbocado”. Esta afirmación está más cerca del ideal caballeresco, póngase como ejemplo a Alonso Quijano, que de otro tipo de relación sentimental más moderna. El segundo tema es el del artista pobre que sucumbe a la tentación de alcanzar la felicidad mediante la ganancia u obtención de dinero y que explota en la avidez por conseguirlo, olvidándose de su idealismo y plegándose al materialismo salvaje característico de la sociedad actual. Es lo que le ocurre a Stanislaus Demba, quien no logra su propósito, y protagoniza un final de la historia ciertamente trágico. Acaba muriendo, tras arrojarse por la ventana de una buhardilla, poniendo así término a una huída salpicada de lances más propios del bodevil que de otro género. Este salto al vacío, y lo que acontece en su transcurso explican el sentido del título de la novela, como así podemos leer en la página 89: “Me impulsé, perdí el equilibrio. Y aún pude oír como la campana de la torre de la iglesia daba las nueve. Y entonces...”

Roberto Sánchez:

Mientras dan las nueve es una novela fantástica, en la que el protagonista vive una situación irreal o surrealista, pero que él asume cono natural, de tal forma que todas sus acciones son perfectamente lógicas teniendo en cuenta este supuesto. Desde esta perspectiva, se comprende que toda la novela esté encaminada a la solución que Perutz nos ofrece al final. Ésta es la única salida posible, el colofón perfecto a una historia fantástica. Historia que refleja la tendencia de Perut a rehuir del optimismo y a proponer personajes que parecen predestinados a no aprender de la muerte o el fracaso. Así, el protagonista Stanislaus Demba, es un absoluto imbécil, el exponente de esa humanidad que tropieza dos veces en la misma piedra y que no acaba de aprender de sus errores (primeramente, en su vida real, se ha tenido que tirar por la ventana de una buhardilla, porque huye de la policía que le persigue por haber robado con la intención de obtener dinero para satisfacer los caprichos de una mujer estúpida que no le ama; y después, en esa especie de segunda oportunidad que le brinda ese segundo de vida onírica, o mejor sería decir de agonía de su cerebro, persiste en su actitud, cometiendo las mismas o peores tonterías). Aunque quizá al final, justo antes de morir, el malogrado Stanislaus Demba dé muestras de que sí ha aprendido que toda su vida (sus dos vidas) ha sido un error, cuando le confiesa a Steffi “Esta mañana, cuando estaba en la buhardilla junto a la ventana,, pensé en ti, Steffi, pensé en ti. Quería verte otra vez. Deseé que estuvieras conmigo cuando yo muriera. Y estás aquí. Y no estoy contento, porque te has arrastrado con mi desgracia. Ahora me gustaría que estuvieras lejos de aquí”.

NOTA: Parte del texto de la contraportada del libro, en la edición de junio de 2005 de la Editorial DESTINO, colección Áncora y Delfín, sencillamente no es de recibo. Preguntas como “¿De qué huye el joven Demba?”, “¿Por qué oculta celosamente sus manos?” o “¿Por qué pueden resultar fatídicas las nueve campanadas?”rompen el encanto de la novela, porque ponen al lector innecesariamente sobreaviso de las circunstancias que constituyen la razón de ser latente de la historia que se narra.