Acta septiembre 2005

OBRA: LA PERLA
AUTOR: John Steinbeck

PONENTE: Roberto Sánchez

PRESENTACIÓN

Steinbeck nació en 1902 en Salinas, California, y pasó la mayoría de su vida en el condado de Monterrey, el escenario de muchos de sus libros. Cuando era joven, trabajó de labriego, vaquero, bracero, recolector de fruta y obrero industrial. Transformó estas experiencias en las descripciones de las vidas de sus personajes de la clase obrera. Después de asistir a la universidad de Stanford sin regularidad por seis años, Steinbeck viajó en barco de carga a Nueva York, donde trabajó como periodista antes de volver a California. Aquí, a finales de los años 20, comenzó su carrera literaria, en la que hasta 1940, destacan las siguientes obras:
- “La copa de oro” (1929), Steinbeck narra la vida y las hazañas del famoso pirata galés del siglo XVII Henry Morgan.
- “Las praderas del cielo” (1932), una colección de relatos que describe la vida en una comunidad de granjeros del sur de California. En esta novela aborda por primera vez los temas sociales que caracterizan la mayor parte de su obra.
- “A un dios desconocido” (1933), la historia de un granjero cuyas creencias en el culto de la fertilidad pagano le llevan a sacrificar su propia vida durante una época de terrible sequía.
- “Tortilla Flat” (1935), un relato entre picaresco y romántico sobre los emigrantes mexicanos establecidos en los alrededores de Monterrey (California).
- “Lucha incierta” (1936), la historia de una huelga de recolectores de fruta.
- “De ratones y hombres” (1937), . “La fuerza bruta” (1937), la patética historia de dos braceros itinerantes que luchan por conseguir su propia granja.
- “Las uvas de la ira” (1939, Premio Pulitzer en 1940), el triste relato de una familia procedente de una empobrecida región de Oklahoma que emigra a California durante la depresión económica de los años treinta. Esta controvertida novela, recibida como un conmovedor documento de protesta social, se ha convertido en un clásico de la literatura estadounidense. Fue tan bien recibida con elogio crítico como fue rechazada por su lenguaje grosero y política de izquierda. “Después de haber escrito esta novela, de que hubiera tenido una gran difusión en muchos lugares de los USA, y también quemado en muchos otros, los empleados de la Biblioteca Pública de Salinas, me dijeron que era una suerte que mis padres estuvieran muertos para no tener que sufrir aquella vergüenza”, llegaría a afirmar Steinbeck.

Steinbeck siempre eludió la publicidad, así que viajó a México en 1940, donde filmó “El Pueblo Olvidado”, un documentario sobre las condiciones rurales en ese país. Pasó la segunda guerra mundial como corresponsal para el New York Herald Tribune. Recopiló todos los artículos que escribió sobre este conflicto bélico en “Una vez hubo una guerra”, libro publicado en 1947, año en que hizo una gira por Rusia, en su calidad de reportero del New York Herald Tribune.

A partir de los años 40, los títulos más significativos de su producción literaria son: “La luna se ha puesto” (1942), “Los arrabales de Cannery” (1944), “El ómnibús perdido” (1947), “El invierno de nuestro descontento” (1961), “Viajando con mi perro” (1962) y “Norteamérica y los norteamericanos” (1968).

Steinbeck destaca también como escritor de relatos cortos. Éstos se caracterizan por estar dotados de una gran carga de sentimentalidad y estilo esteticista. Así, por ejemplo, las tres joyas literarias “La perla” (1947) —que filmó el director mexicano Indio Fernández—, “El pony rojo” (uno de los cuatro cuentos de “El valle largo”, 1938) y “Al este del Edén” (1952) que Elia Kazan llevó a la pantalla en 1955.

Murió en Nueva York en 1968.
En 1976 se publicó a título póstumo “Los hechos del Rey Arturo y sus nobles caballeros”, en la que el autor realiza una interpretación moderna de las leyendas artúricas.

Steinbeck describió en su obra la eterna lucha de las gentes que dependen de la tierra para sobrevivir. Convirtió la dignidad de los pobres y los oprimidos en el tema central de su obra. Sus personajes, atrapados en un mundo injusto, siguen siendo seres humanos agradables y heroicos, a pesar de su derrota.

Su producción literaria, ciertamente polémica y formada con reseñas ambivalentes, le valió el Premio Nóbel en 1962.

Steinbeck entendió que la labor del escritor debía consistir en «sacar a la luz los sueños oscuros y peligrosos de la humanidad con el propósito de mejorarlos”. Por esta razón algunos críticos han menospreciado su obra: lo han caracterizado como defensor de la crítica socialista del capitalismo; o, alternativamente, lo han visto como campeón del individualismo, o como un principiante en la sociobiología, o como naturalista. De todos modos, estas críticas no parece que le afectasen lo más mínimo. Es más, se burlaba irónicamente de ellas. Así, cuando recibió el Nóbel, escribió a un amigo: “Este premio-negocio es diferente de la elección de la Reina Lechuga de Salinas tan sólo en el importe económico”.

Steinbeck parece exhortar a los desposeídos a desafiar al sistema que les niega tanto el sustento como la dignidad, y a la vez impulsarlos a buscar el sentido de asentamiento espiritual que les permita a ellos y a cualquier individuo alcanzar la paz. De ese modo, se produce una paradoja consistente en que, por un lado, nos encontramos ante un autor que denuncia de manera taxativa e inequívoca la injusticia social y económica que padecen los parias de la tierra en la sociedad capitalista; mientras que, por otro, exalta la potencialidad que alberga todo individuo humano de asumir la totalidad de las penas de la humanidad en plenitud, tanto las inherentes a nuestra condición de seres humanos como las derivadas del medio externo natural o social.

En fin, para Steinbeck la literatura sirve no sólo como una llamada al activismo social sino también como una expresión y aprobación del papel de la paradoja en la experiencia humana. «Hay algo que no se puede traducir en un libro,» escribió, «esto, de por sí, es una de las muy pocas magias que hemos creado».

VALORACIÓN

El germen de “La perla” lo encontramos en la obra “El mar de Cortes”, que Steinbeck escribió con Edward Rickett, fruto de su pasión por la biología marina, en la que se relata una historia recogida en la tradición oral de la Baja California. En su novela, Steinbeck mantiene el esquema argumental de la leyenda, pero la dota de una densidad y un trasfondo humano que la convierte en una narración intensa y conmovedora, una auténtica obra maestra, que el director Emilio Fernández llevó a la gran pantalla en 1945.

La historia de Kino el pescador, de su hijo Coyotito y de la perla más hermosa jamás hallada permite a Steinbeck mostrar sus innegables dotes para la descripción de la vida natural y para la exploración de la conducta humana, pero encierra además un entramado de símbolos que permiten leerla como una parábola acerca de la relación del ser humano individual con la sociedad, y también como una historia que refleja las relaciones existentes entre los diferentes grupos sociales, subrayando la situación de privilegio que disfrutan las clases dominantes y la situación de injusticia, sometimiento, discriminación y arbitrariedad que padecen las clases dominadas. El protagonista, Kino, como los de su raza indígena, pertenece a estas últimas. Él representa el espíritu de superación propio de todo individuo humano y el impulso vital que lleva a éste a sentir la necesidad de sacudirse el yugo atávico del sometimiento a los otros por razón de dominio. El detonante, la fuerza motriz que provoca el reencuentro de Kino con su dignidad enajenada y desencadena la dramática lucha que librará para alcanzar el anhelado sueño de la igualdad y la libertad es el descubrimiento de la fabulosa perla. Aunque este sueño nunca llegará a realizarse, y la presunción de una felicidad futura se desvanece cuando la utopía se ahoga en las lágrimas de la impotencia, dando lugar a una épica de la predestinación, en la que prevalecen, por un lado la venganza de la naturaleza ante el expolio de que es objeto, y por otro los ecos de la superstición que recoge la creencia de que “per se” lo seductoramente bello es sujeto de engaño y fatalismo, como queda patente en la mortífera belleza de la perla, que con su luctuoso color negro y con su perfección armónica –expresada en una hipnótica y letal música que llega a los corazones de los seres humanos, inoculando en ellos ponzoña- se convierte en el símbolo por excelencia del mal. El mal, inexorable y trascendente, descarnadamente real e insoslayable, es el ritmo interno de la poesía de la fatalidad, que sólo se interrumpe en algunos momentos fugaces, cuando la voz del narrador irrumpe en esa especie de torrente vertiginoso de emociones que arrastra al lector y revela su inconformismo.

Así, lirismo y violencia, ternura y crueldad se mezclan en este libro que conviene releer en estos tiempos donde la canción del mal suena en todos los rincones del planeta, porque en él se ejemplifica, a la manera de los mitos o tragedias clásicas, la imposibilidad de evitar el fatum, el destino adverso que es más poderoso que cualquier intento titánico del hombre por vencerlo. El relato de la desventura del humilde pescador Kino, su mujer Juana, el hijo Coyotito y la perla más hermosa del mundo contiene una amarga crítica de la codicia y rapacidad, sentimientos que llevan a la destrucción, crítica que, por otra parte, expresa la importancia que Steinbeck concede a la dimensión ética de la acción humana. «El hombre debe pensar las cosas bien,» insiste Tom Joad en Las uvas de la ira, «deben tener algún Significado”, o sea, debe regir sus actos de acuerdo al imperativo explícito en el primcipio ético que determina que la acción del individuo humano ha de estar encaminada al logro de la perfección de la humanidad, por lo que la praxis moral ha de fundamentarse en la consideración de todo otro ser humano como un fin en símismo y no como un medio para la satisfacción de algún objetivo particular. Por eso, Steinbeck examina la moralidad y la necesidad en las acciones de los personajes, en el transcurso del periplo que éstos protagonizan en pos de la consecución de sus sueños. En el caso que nos ocupa, El sueño de Kino, el humilde pescador y personaje central de la obra, se proyecta en la ilusión de hacer factible la educación de su hijo y la salvación de su gente, y parece cristalizarse en la superficie de la joya gigantesca que encuentra, como si la perla fuera el lucero mágico que iluminará el sendero hacia un mundo más justo y hacia el fin de siglos de maltratamiento por los colonizadores blancos. Sin embargo, ante la expectativa de una inminente riqueza, irremediablemente aflora la maldad que acechaba latente en la conciencia de la comunidad, del mismo modo que la perla se había ocultado en su ostra en el fondo del mar. “Toda clase de gente empezó a interesarse por Kino —gente con cosas que vender y gente con favores que pedir—. Kino había encontrado la Perla del Mundo. La esencia de la perla se combinó con la esencia de los hombres y de la reacción precipitó un curioso residuo oscuro. Todo el mundo se sintió íntimamente ligado a la perla de Kino, y ésta entró a formar parte de los sueños, las especulaciones, los proyectos, los planes, los frutos, los deseos, las necesidades, las pasiones y los vicios de todos y de cada uno, y sólo una persona quedó al margen: Kino, con lo cual se convirtió en el enemigo común”.

Así, Kino se ve envuelto en las sombras de su propio sueño, y ve como éste se desvanece en las tinieblas de la impotencia. Entonces, recurre a la violencia y mata a cuatro hombres y finalmente a su propio hijo. ¿Qué otras opciones hubiera podido ejercer? Esta pregunta, junto con otras referidas a las relaciones de los seres humanos con la naturaleza, a la necesidad de un vínculo espiritual con ella y con los seres humanos que dote de sentido a la existencia de éstos, y a las consecuencias que se derivan de la transgresión de las leyes que regulan el orden social establecido y la resistencia a la injusticia social conforman el contenido o mensaje de la parábola que nos presenta Steinbeck en “La perla”.

INTERVENCIONES

Carlos Fernández:

El germen de “La perla” lo encontramos en la obra “El mar de Cortes”, que Steinbeck escribió con Edward Rickett, fruto de su pasión por la biología marina, en la que se relata una historia recogida en la tradición oral de la Baja California. En su novela, Steinbeck mantiene el esquema argumental de la leyenda, pero la dota de una densidad y un trasfondo humano que la convierte en una narración intensa y conmovedora, una auténtica obra maestra, que el director Emilio Fernández llevó a la gran pantalla en 1945.

La historia de Kino el pescador, de su hijo Coyotito y de la perla más hermosa jamás hallada permite a Steinbeck mostrar sus innegables dotes para la descripción de la vida natural y para la exploración de la conducta humana, pero encierra además un entramado de símbolos que permiten leerla como una parábola acerca de la relación del ser humano individual con la sociedad, y también como una historia que refleja las relaciones existentes entre los diferentes grupos sociales, subrayando la situación de privilegio que disfrutan las clases dominantes y la situación de injusticia, sometimiento, discriminación y arbitrariedad que padecen las clases dominadas. El protagonista, Kino, como los de su raza indígena, pertenece a estas últimas. Él representa el espíritu de superación propio de todo individuo humano y el impulso vital que lleva a éste a sentir la necesidad de sacudirse el yugo atávico del sometimiento a los otros por razón de dominio. El detonante, la fuerza motriz que provoca el reencuentro de Kino con su dignidad enajenada y desencadena la dramática lucha que librará para alcanzar el anhelado sueño de la igualdad y la libertad es el descubrimiento de la fabulosa perla. Aunque este sueño nunca llegará a realizarse, y la presunción de una felicidad futura se desvanece cuando la utopía se ahoga en las lágrimas de la impotencia, dando lugar a una épica de la predestinación, en la que prevalecen, por un lado la venganza de la naturaleza ante el expolio de que es objeto, y por otro los ecos de la superstición que recoge la creencia de que “per se” lo seductoramente bello es sujeto de engaño y fatalismo, como queda patente en la mortífera belleza de la perla, que con su luctuoso color negro y con su perfección armónica –expresada en una hipnótica y letal música que llega a los corazones de los seres humanos, inoculando en ellos ponzoña- se convierte en el símbolo por excelencia del mal. El mal, inexorable y trascendente, descarnadamente real e insoslayable, es el ritmo interno de la poesía de la fatalidad, que sólo se interrumpe en algunos momentos fugaces, cuando la voz del narrador irrumpe en esa especie de torrente vertiginoso de emociones que arrastra al lector y revela su inconformismo.
Así, lirismo y violencia, ternura y crueldad se mezclan en este libro que conviene releer en estos tiempos donde la canción del mal suena en todos los rincones del planeta, porque en él se ejemplifica, a la manera de los mitos o tragedias clásicas, la imposibilidad de evitar el fatum, el destino adverso que es más poderoso que cualquier intento titánico del hombre por vencerlo. El relato de la desventura del humilde pescador Kino, su mujer Juana, el hijo Coyotito y la perla más hermosa del mundo contiene una amarga crítica de la codicia y rapacidad, sentimientos que llevan a la destrucción, crítica que, por otra parte, expresa la importancia que Steinbeck concede a la dimensión ética de la acción humana. «El hombre debe pensar las cosas bien,» insiste Tom Joad en Las uvas de la ira, «deben tener algún Significado”, o sea, debe regir sus actos de acuerdo al imperativo explícito en el primcipio ético que determina que la acción del individuo humano ha de estar encaminada al logro de la perfección de la humanidad, por lo que la praxis moral ha de fundamentarse en la consideración de todo otro ser humano como un fin en símismo y no como un medio para la satisfacción de algún objetivo particular. Por eso, Steinbeck examina la moralidad y la necesidad en las acciones de los personajes, en el transcurso del periplo que éstos protagonizan en pos de la consecución de sus sueños. En el caso que nos ocupa, El sueño de Kino, el humilde pescador y personaje central de la obra, se proyecta en la ilusión de hacer factible la educación de su hijo y la salvación de su gente, y parece cristalizarse en la superficie de la joya gigantesca que encuentra, como si la perla fuera el lucero mágico que iluminará el sendero hacia un mundo más justo y hacia el fin de siglos de maltratamiento por los colonizadores blancos. Sin embargo, ante la expectativa de una inminente riqueza, irremediablemente aflora la maldad que acechaba latente en la conciencia de la comunidad, del mismo modo que la perla se había ocultado en su ostra en el fondo del mar. “Toda clase de gente empezó a interesarse por Kino —gente con cosas que vender y gente con favores que pedir—. Kino había encontrado la Perla del Mundo. La esencia de la perla se combinó con la esencia de los hombres y de la reacción precipitó un curioso residuo oscuro. Todo el mundo se sintió íntimamente ligado a la perla de Kino, y ésta entró a formar parte de los sueños, las especulaciones, los proyectos, los planes, los frutos, los deseos, las necesidades, las pasiones y los vicios de todos y de cada uno, y sólo una persona quedó al margen: Kino, con lo cual se convirtió en el enemigo común”.

Así, Kino se ve envuelto en las sombras de su propio sueño, y ve como éste se desvanece en las tinieblas de la impotencia. Entonces, recurre a la violencia y mata a cuatro hombres y finalmente a su propio hijo. ¿Qué otras opciones hubiera podido ejercer? Esta pregunta, junto con otras referidas a las relaciones de los seres humanos con la naturaleza, a la necesidad de un vínculo espiritual con ella y con los seres humanos que dote de sentido a la existencia de éstos, y a las consecuencias que se derivan de la transgresión de las leyes que regulan el orden social establecido y la resistencia a la injusticia social conforman el contenido o mensaje de la parábola que nos presenta Steinbeck en “La perla”.

Nicolás Zimarro:

La perla es una obra alegórica que fundamentalmente representa la tragedia íntima que vivimos todos los seres humanos, en algunos casos en la lucha diaria por la supervivencia, en otros en la brega por la prosperidad, y muchas veces también en la absurda pelea por la prevalencia sobre los demás. La tragedia tiene su origen en una falacia muy extendida en nuestra sociedad, que no es otra que la de la supeditación de la entidad de las personas a su potencial económico o “status” social. Se trata de una práctica muy común que consiste en considerar a los individuos humanos principalmente sujetos de materialidad y de poder, antes que personas. Es más, incluso se llega a conceder que éstos son más personas cuanto más riqueza poseen o poder ostentan, de modo que implícitamente se admite que las personas gozan de tal entidad no por el hecho de ser personas sino por tener pertenencias. La catalogación de los individuos en personas y “¡vaya usted a saber qué!” se produce a raíz de la total pérdida de valores y del sentido de la existencia que caracteriza al ser humano y a las sociedades modernas, y que se ha dado en llamar “nihilismo”. Esta actitud ante la vida presupone que la única realidad del ser humano es su radical soledad existencial. Estamos solos, desnudos en nuestra individualidad. La sociedad, el supuesto ámbito de las relaciones y la comunicación entre los individuos humanos, es una constelación de soledades, un espacio cerrado de enajenación de nuestras carencias existenciales, algo así como un circo donde abundan los magos de las ideas, los prestidigitadores de los derechos y deberes, los domadores de “salvajes” –llámese inadaptados-, los contorsionistas de la formación –deformación o información-, los funambulistas de la utopía, los equilibristas de los títulos de propiedad y capitales bancarios, los saltimbanquis de la política, los trapecistas de las palomitas y toda suerte de mercaderías y los payasos de la apariencia. El circo nos ofrece una única función ininterrumpida, que nos entretiene, despista, anima, aburre, subyuga, lacera, sobrecoge, solivianta, adocena, obnubila, adormece o mata. Pero nada más. Cada individuo humano permanece cautivo en su soledad, en su vacío existencial, y sólo halla consuelo y satisfacción en la adquisición y posesión de bienes materiales y el ejercicio del poder sobre los otros miembros de la sociedad, en una pretensión de preponderancia y dominio respecto de ellos. Se establece entonces una jerarquización de los individuos humanos en razón de su potencial económico y poderío fáctico, que se resuelve en la distinción entre personas sujeto de derechos y privilegios, esto es, individuos con entidad personal, por un lado, y entre “¡vaya usted a saber qué!”, o sea, individuos con entidad meramente numérica y nominal, por otro. Kino es uno de estos últimos. Y él lo sabe. Por eso, cuando encuentra la perla, se siente poseedor de una riqueza inmensa que le va a permitir emerger del abismo de la supervivencia y posibilitarle la prosperidad y el reconocimiento social. No obstante, se equivoca. Porque la perla, lejos de mediar en la factualización de sus sueños, es la causante de un sinfín de desgracias que constituyen los episodios de la tragedia que viven él y su familia, en una suerte laberíntica de persecuciones, asesinatos y sucesos luctuosos que concluyen en el punto inicial de la trama. Steinbeck simboliza en la perla la maléfica atracción que genera en los seres humanos la obtención del dinero fácil o la riqueza fortuita, a la vez que nos previene de sus nefastas consecuencias, como pueden ser la pretensión de alcanzar el prestigio social y el éxito personal previamente negados de una forma arbitraria por la clase dominante valedora de tales prerrogativas, tal y como le ocurre a Kino, que pierde su bien más querido, su hijo, y ha de devolver la perla al mar. Aunque al final deja también un resquicio a la esperanza, que se concreta en la seguridad de lograr la felicidad no en las victorias en la pelea por la prevalencia social o poder económico, sino en la asunción de la propia dignidad personal, exclusiva e intransferible, que es innegociable en términos de conveniencia o de especulación socioeconómica, como así sucede en la tragedia particular de Kino y su familia, quien halla el único atisbo de felicidad en el reencuentro consigo mismo y en la comunión con su esposa, es decir, en el reconocimiento de la dignidad personal en el amor propio y el amor a los seres queridos.

Joseba Molinero:

La perla más que un relato extenso es un cuento popular. Da la impresión de que la obra está escrita no para ser leída, sino para ser contada. Quizá por esto presenta una prosa sencilla, no exenta de una cadencia poética con una constante recurrencia a la naturaleza el mar, las olas, el viento, el agua, etc... están presentes a lo largo de toda la obra), prosa que fluye fácil, a pesar de estar minuciosamente detallada. Cada palabra, cada adjetivo y cada coma está perfectamente definida, en su sitio, en el lugar preciso del texto. Llama la atención, sobre todo, la utilización que Steinbeck hace de la conjunción copulativa “y”, la cual aparece prácticamente después de cada punto y seguido (“Y vino. Y fue”), o no aparece de forma deliberada para reforzar la significación de una frase (“Pero casi siempre borboteaba fría limpia y hermosa”), y también el uso que hace de los adjetivos, que no abundan, pero que son magníficos: a veces estremecedores (“Miró a su superficie y era gris y ulcerosa”), y a veces terribles (“Y la perla era fea y era gris como una excreción maligna”).

La obra puede ser considerada como una leyenda popular que se inscribe dentro de la corriente denominada “Literatura Social”, que critica el estado de marginación, incultura, menosprecio e injusticia en el que viven los pueblos indígenas en el contexto de un capitalismo feroz e inhumano. Pero además desarrolla varios temas de mucho calado: el primero expone el rechazo frontal de todos los miembros de la sociedad a aquel que quiere salirse de su estración social
(los ricos, porque no pueden consentir la alteración o subversión del orden establecido, así el médico que se niega a atender al hijo de Kino por estar convencido de que a los pescadores debían tratarles los veterinarios y no los médicos; los de su misma condición, porque ni entienden ni admiten que uno de los suyos pueda alcanzar el éxito y, por ende, cambiar de “status”, así todos los pescadores que creen que la suerte del hallazgo de la perla es propia de los ricos, p.e., del jefe de los tasadores de perlas, y no de un humilde pescador. Y unos y otros lo castigan); el segundo descubre los peligros que a veces entraña el logro de un gran éxito, que supuestamente parece que nos va a ayudar a solucionar de golpe todos los problemas, así como a satisfacer nuestras ilusiones, éxito que conlleva de un modo inmediato a la alteración de nuestra vida cotidiana y a la pérdida de la pequeña cuota de felicidad que se poseía, pero que al final sólo trae frustración y sufrimiento, motivados por el incumplimiento de las expectativas (el éxito del hallazgo de la perla altera por completo la vida de Kino y Juana; ésta intuye que la perla iba a ser motivo de desgracias, y le pide a Kino que la devuelva al mar por temor a perder el ápice de felicidad que disfrutaban, esa felicidad de las tortillas de maíz a la hora del desayuno. Él no atiende su súplica, y las premoniciones de Juana se hacen realidad); y el tercero se refiere a la angustia que se deriva de la experiencia del fracaso personal de un individuo humano ante la imposibilidad de lograr sus objetivos vitales, en este caso el fracaso de Kino, pero que se presupone a cualquier individuo. Sí, rabia, sensación de fracaso, dolor, impotencia y náusea son los sentimientos que abonan el corazón de Kino, el perdedor de La perla, sentimientos que contagian al lector.


Jon Rosáenz:

La perla resulta una novela verdaderamente sugerente y atractiva. Destaca la belleza y oportunidad de las imágenes que recrea, así, p.e., la metáfora de la música interior que suena en la conciencia de Kino, y que se activa cuando ocurre algo especial, desplegándose en distintas melodías, canción de la familia, canción de la perla posible, canción del mal, etc..., según cual sea el acontecimiento que la ha motivado; o la metáfora de la jerarquía en la escala del orden ecosistemático de las hormigas, en el que las hormigas león –grandes, hermosas y relucientes- se comen a las pequeñas y parduscas hormigas comunes, metáfora que simboliza el orden jerárquico de las sociedades humanas, en donde los poderosos, el pez grande, se comen figuradamente a los débiles, corrientes y desposeídos de la fortuna, los peces chicos. También llama la atención la magistral caracterización psicológica de los personajes, principalmente el de Juana, que es presentada como una persona supersticiosa, sensible, intuitiva, religiosa (con la religiosidad del pueblo llano. “Juana repitió una vieja fórmula para guardarse del peligro, ...un avemaría entre dientes”), y dotada de una insólita fuerza interior que le permite aferrarse a la esperanza aún en las situaciones más desesperadas, de una riqueza espiritual que, si bien la mayor parte del tiempo permanece contenida en estado latente, aflora en los momentos cruciales para apuntalar la masculinidad de Kino con su extraordinaria calidad de mujer, consolidando de esta forma el entente dual masculino-femenino, el equilibrio natural necesario que propiciará la solución al problema generado por la posesión de la perla.

Sin embargo, algunos aspectos de la novela son desconcertantes. Concretamente, uno, el maniqueísmo del que hace gala Steinbeck, que caracteriza al pueblo llano como valedor de un espíritu noble y de cualidades humanas admirables y, por el contrario, representa la clase social dominante mostrando un elenco de personajes grotescos, todos ellos mezquinos, ruines, avaros e indeseables (a los compradores de perlas los llama de un modo tendencioso directa y expresamente “traficantes”) ; y otro, el desafortunado episodio de la muerte de Coyotito, que es inverosímil por su falta de realismo, porque pone de manifiesto los escrúpulos o prejuicios morales del autor, que decide eliminar al niño recurriendo a un disparo accidental en plena noche, en vez de hacerlo por medio de un disparo a bocajarro o algo parecido, como si le espeluznara el horror de la muerte alevosa de un inocente y no se atreviera a reproducirla ni siquiera en la ficción.

Miguel San José:

La perla es un clásico de la literatura universal, un libro de iniciación a la lectura de textos literarios que no deja indiferente a nadie, sea adolescente, joven o adulto, porque emana frescura, provoca irremediablemente una cascada irrefrenable de sentimientos y embuye al lector en el fantástico universo de la ficción literaria. Es cierto que el argumento de la novela no es original: un tesoro (la perla) hallado fortuitamente, la buena suerte inicial de quien lo ha encontrado, la maldición del tesoro, las desgracias que causa la posesión del mismo, etc...; pero ello no es óbice para que la novela sea una obra maestra, lo cual se debe a la destreza de Steinbeck en la descripción de las dramáticas situaciones que viven los protagonistas y en la caracterización psicológica de los personajes, su exquisito tratamiento de los sentimientos humanos y su buen hacer narrativo, que conducen al lector por los recovecos y vericuetos del laberinto de las pasiones humanas, cautivándolo, introduciéndolo en la propia narración y, al final, haciéndolo partícipe del dolor, la frustración y la angustia que genera la inesperada muerte de Coyotito, la víctima propiciatoria de este trágico holocausto, que ya a pasado a engrosar la lista de los personajes inmortales de la literatura.