La tertulia

Se habían convertido en una auténtica institución. Sentados en aquella mesa del fondo, junto al ventanal que daba a la calle principal que desembocaba en la plaza del castillo, pasaban la tarde frente a un café granizado que se derretía invariablemente y una copita de ojén desvaído de la que nunca parecían beber. Sus ojos de mirada acuosa contemplaban el discurrir cansino de las horas a través del cristal de la cafetería, esperando la llegada taciturna del ocaso, anunciado con paseos de verano que olían a bronceador y colonia de lavanda. Con la parsimonia del que ha vivido bastante y ya no tiene prisa, dejaban entonces unas monedas sobre el platillo y se levantaban de la mesa, anunciando su marcha del local con bastones de fresno. Los veía despedirse en la calle, tomando direcciones diferentes mientras intentaba imaginar como serían sus casas llenas de recuerdos anquilosados. Nunca quise seguirles.

Aquel verano de playas incómodas y luz cegadora, encontré refugio en aquella cafetería pretenciosa que aparentaba ser el camarote de un barco varado en los bajos de un edificio de apartamentos, decorada con paredes de maderas barnizadas, ojos de buey cegados y bitácoras procedentes de un desguace del astillero. De vez en cuando me dejaba caer por allí, huyendo de una tarde tediosa que me tentaba con una siesta bañada en sudor. Su excelente café me ayudaba a diluir el sopor de la sobremesa y el delicioso helado de mantecado, saboreado lentamente, endulzaba mi paladar goloso. Al principio no reparé en ellos, aún amodorrado tras una mañana en la playa y una comida demasiado pesada. Cuando mis visitas a la cafetería dejaron de ser una excepción protestada para convertirse en un hábito que mi mujer consentía a cambio de que la dejase ver tranquilamente la telenovela, los descubrí sentados en su rincón mientras repasaban sus vidas. El destino, o más bien la más vulgar casualidad, hizo que tuviera querencia por la mesa situada junto a la suya mientras saboreaba mi café leyendo un periódico que antes había pasado por varias manos. De la misma forma, mis oídos indiscretos comenzaron a prestar atención a sus conversaciones, siempre pausadas y comedidas, al principio con sincera indiferencia y después, según ganaba confianza, con interés a duras penas disimulado.

Poco a poco, la tertulia de los tres ancianos se convirtió en una cita ineludible a la que acudía todas las tardes sin ser invitado. Y cuando hablo de ellos como institución me refiero a este sentido, porque para mi se convirtieron en una compañía a la que me acabé acostumbrando, mientras que para los demás se trataba de una presencia intrascendente que farfullaba en pasado. Mi puntualidad, de vacaciones y sin reloj, nunca conseguía anticiparse a su llegada aunque engullese a toda prisa el gazpacho y las pijotas. Cuando entraba a la cafetería arrastrando mis pies chancleteados los encontraba ocupando cada uno el mismo sitio del día anterior, aguardando sin esperar, hablando entre silencios prolongados. Escondido tras las páginas del diario manoseado, leyendo la misma noticia varias veces y a trompicones, nunca repararon en mi presencia.

- Si es lo que yo os decía – Dijo uno de ellos sin separar sus manos nudosas del mango del bastón sobre el que se apoyaban – Se puede saber como es una persona mirando como lleva los zapatos.

Los ojillos del anciano se posaron como libélulas en los de sus contertulios que asentían ligeramente con la cabeza. Inconscientemente bajé la vista del periódico hacia mis chanclas blanqueadas con salitre.

- Siempre le delatarán – Insistió en su afirmación, levantando el dedo índice de la mano derecha para argumentar su sentencia.

El venerable anciano volvió a posar una mano sobre la otra y la expresión de su rostro bien afeitado parecía esperar la intervención de sus compañeros.

- ¿Pero y si llevan zapatillas deportivas? – Se atrevió a preguntarle el viejo que tenía a su derecha dirigiéndose directamente a él - O lo que es peor, ¿si calza unas de esas horribles sandalias que se llevan ahora?

Durante unos segundos el anciano venerable permaneció imperturbable, tomándose su tiempo antes de contestarle.

- Es lo mismo – Dijo al final – Si os fijáis bien, las zapatillas o las chanclas pueden delatarle igual que un buen par de zapatos. Si están sucias, llenas de polvo, sin cordones o agujereadas por algún dedo que asoma, esta claro que pertenecen a un impresentable.

Los otros dos viejos asintieron al mismo tiempo mientras yo no me atrevía a constatar como su descripción acertaba plenamente con mi paupérrimo calzado de veraneante. Por un momento me sentí igual que en esos sueños recurrentes en los que nos vemos andando en pijama o calzoncillos en medio de la calle.

Como era habitual, su conversación avanzaba a saltos intermitentes y durante unos minutos ninguno dijo nada, pendientes los tres del mundo que reverberaba al otro lado del ventanal de la cafetería. Para darles tiempo y olvidar mi aspecto cochambroso, caí en mi acostumbrada tentación y pedí al camarero un helado de mantecado

- Sin embargo, tampoco hay que fiarse de unos zapatos demasiado lustrosos.

No tuve que esperar demasiado para seguir disfrutando de mi reprochable curiosidad. El anciano venerable parecía dispuesto a llevar las riendas de una tertulia que a partir de ese momento tomaba un giro inesperado.

- Su brillo artificial suele ocultar unos pies deformes o un calzado viejo maquillado con varias capas de betún. En todos estos años, cada vez que me he encontrado con un hombre que los llevaba así, he terminado descubriendo que escondía algo que no quería que los demás supieran. Y éstos casi siempre son peores que los que calzan unos zapatos viejos o sucios, que al fin y al cabo puede que sean tan sólo unos pobres muertos de hambre.

- Cuanta razón tienes – Dijo suspirando el viejo sentado a su izquierda, curtido por el sol y consumido como una pasa.

- ¿Y si son nuevos?

- No tiene nada que ver – Se apresuró a replicar al que tenía a su derecha – Los zapatos nuevos dignifican a la persona, la hacen sentirse mejor y parecer superior, como si estuviera un escalón por encima de los demás.

Mi helado de mantecado se estaba derritiendo untuoso en la copa de cristal mientras escuchaba aquella conversación sobre filosofía zapateril.

- Como se notan los cuarenta años que estuviste trabajando en la tienda.

- Quieras que no, la experiencia es un grado.

El anciano venerable escuchaba el reconocimiento de sus contertulios con una leve sonrisa dibujada en sus labios finísimos.

- Sólo hay que ver el que se quitó Kruschev para aporrear con él la mesa en la sede de la ONU. O el que tiró un periodista a la cara del George Bush ése. Si os fijáis bien en las imágenes, dicen mucho de la catadura moral de los personajes.

- ¿De Kruschev y George Bush? – Se atrevió a preguntar un tanto perdido el que tenía a su izquierda.

- No, hombre, no. Se refiere a Kruschev y al periodista que le tiró el zapato a Bush, que no te enteras.

Se pudo palpar en el ambiente como la aclaración del viejo de calva con ronchas y gafas de pasta sentado a la derecha no había sentado nada bien a su interlocutor de la izquierda.

- Si ya lo dijo aquel famoso rey – Intervino entonces éste, dispuesto a contraatacar con su erudición - ¡Mi reino! ¡Mi reino por un zapato!

Debo reconocer que a punto estuve de atragantarme con la cucharada de helado derretido que acababa de tomar mientras a duras penas intentaba contener la risa.

- ¡Un caballo! ¡Un caballo!

- ¿Un caballo? ¿Dónde hay un caballo? – Preguntó sorprendido mirando a través del ventanal buscando al equino mencionado por su compañero de la derecha.

- ¡Mi reino por un caballo! ¡Mi reino por un caballo! ¡No era un zapato! – Su rostro congestionado parecía estar a punto de estallar de indignación - ¡Es una frase de Ricardo III!

Aquello empezaba a ponerse interesante. En ese momento me di cuenta que el viejo de las gafas de pasta tenía cierto aspecto de profesor.

- ¡Tú siempre tienes que saber más que nadie!

- ¡Aquí el único zopenco que hay eres tú!

- Vamos, vamos. Haya paz. Haya Paz.

El viejo venerable medió entre ellos para calmarles.

- Recuerdo que una vez…- Intervino de nuevo cuando los ánimos se apaciguaron, cambiando de conversación para que olvidaran lo sucedido - …En la zapatería de la calle Prim atendí a un señor que quería unos zapatos de mujer que había en el escaparate. Rogelio, que en paz descanse, me dijo que lo atendiese yo. Por aquel entonces era mi encargado y nunca se le quitaba de la boca aquello de que el cliente siempre tenía la razón y había que atenderle en todo lo que pidiera. A mi no me quedaba más remedio que obedecer así que me dirigí a él dispuesto a ayudarle en lo que pudiera necesitar. Aquel joven tendría aproximadamente mi misma edad y parecía tener muy claro lo que quería. Nunca se me olvidará. Eran unos zapatos negros acharolados con un tacón impresionante. Por aquel entonces sólo los compraban señoritas que fumaban, ya sabéis lo que quiero decir.

“¿Qué número?”, le pregunté. “No sé”, respondió, “un treinta y seis, un treinta y siete. Me da igual”. Recuerdo perfectamente que le di un treinta y siete porque era la caja que tenía más a mano. Mi encargado no hacía más que dar vueltas sin quitarle ojo. “¿Quiere que se los envuelva para regalo?”. “No hace falta” me respondió mientras pagaba. “¿Qué quería ese?”, me preguntó Rogelio cuando se hubo marchado de la tienda, como si no lo hubiera visto todo con sus propios ojos. A pesar de su compra y de que no llevaba sombrero, aquel hombre de pelo ensortijado y mirada achispada no me dio mala impresión. Me fijé que llevaba los zapatos cuidados y limpios. No me equivoqué.

Después vino varias veces por la tienda, comprando siempre zapatos de mujer, a cual más provocativo. Cada uno, ya se sabe, tiene sus gustos. Un día un cliente lo reconoció y nos dijo que era Berlanga, un director de cine que había salido en el No-Do por haber ganado un premio. Desde entonces no volvimos a verle. Rogelio dijo que los del cine son gente rara.

- Berlanga, no sé quién es – Dijo de pronto el viejo arrugado, interrumpiendo el relato.

- Sí hombre, sí. El de Bienvenido Mister Marshall – Se apresuró a aclararle su compañero de la derecha, recibiendo por ello una mirada atravesada.

- Por aquel entonces, Felisa y yo todavía éramos novios – El anciano, apoyando su barbilla sobre sus manos posadas en el bastón, retomó el hilo de la historia como si nada hubiera pasado - Un día que paseaba con ella me encontré con el señor Berlanga por la calle. Él me reconoció y me saludó muy amable. “¿Quién era ése?”, me preguntó Felisa un tanto mosca. “El señor Berlanga”, la dije yo. “Se dedica a hacer películas”, aclaré. “Tú y tus amigotes” me respondió al mismo tiempo que me agarraba por el brazo como si no quisiera dejarme escapar.

El relato terminó ahí, extinguiéndose como un fósforo, sin que a sus contertulios pareciera importarles demasiado. Yo me quedé con las ganas de saber más, viendo como las sombras de la tarde daban una tregua al calor fundente de la calle.

- Pues porque tú lo dices, pero yo juraría que la historia hablaba de un zapato y no de un caballo. Por cierto, ya que sabes tanto, ¿a que ese tal Ricardo III era un rey del Imperio Austrohúngaro?

El viejo venerable y el de gafas de pasta con aspecto de profesor ignoraron completamente aquel comentario de su compañero de mesa. Anclada la vista en la misma página del periódico, aferrado a la ridícula expectativa de una continuación imposible, esperé hasta que se marcharon. Cuando pasaron por mi lado, escondí mis pies bajo la mesa.

Al día siguiente, después de comer, me puse unos calcetines blancos de deporte y me calcé unos tenis que habían pasado varios años olvidados en un armario del apartamento. Antes de bajar a la cafetería los estuve limpiando durante un buen rato.

- ¿Pero se puede saber a dónde vas con esas pintas? – Me preguntó mi mujer al verme- Luego te olerán los pies.

En ese momento me acordé de Berlanga y me eché a reír.

 

FIN

 

Madrid, 19 de julio del 2011

José Luis Hernández Garvi