Acta julio 2005

OBRA: LA VIDA DE DON QUIJOTE Y SANCHO
AUTOR: Miguel de Unamuno

PONENTE: Miguel San José

PRESENTACIÓN

Miguel de Unamuno nació en Bilbao en 1864. Ya de pequeño le tocó vivir el infortunio de la guerra con el asedio de su ciudad por las tropas carlistas. Realizó sus estudios primarios y de bachillerato en esta ciudad, y se trasladó a la capital de España para continuar su formación. En la Universidad de Madrid se doctoró en Filosofía y Letras. Obtuvo la cátedra de griego en la Universidad de Salamanca en 1891, y diez años después fue nombrado rector de la misma, donde al cabo de trece años es destituido del rectorado por sus continuos ataques a la monarquía de Alfonso XIII, si bien continuó en su cátedra de griego. En 1924 su enfrentamiento con Miguel Primo de Rivera y su dictadura provocó que fuera desterrado a Fuerteventura (Islas Canarias). Escapó de la isla y se refugió en Francia, donde vivió en exilio voluntario hasta el año 1930, año en el que cae el régimen de Primo de Rivera. A su vuelta a Salamanca, entró en la ciudad con un recibimiento apoteósico, que fue signo de la escasa popularidad de la monarquía.
La República instaurada el 14 de abril de 1931, le repone en el cargo de Rector de la Universidad, para quitárselo de nuevo cuando, en julio de 1936, Unamuno firma un llamamiento a los intelectuales europeos para que apoyen la rebelión militar. El gobierno de Franco le repone de nuevo en el cargo (Salamanca queda en la zona franquista). Sin embargo, en el acto de apertura del curso, en el mes de octubre de 1936, Unamuno, desengañado ya, lanza un ataque contra el modo como se lleva la rebelión, el general Millán Astray le responde violentamente y es destituido de nuevo.
Murió en su casa de Salamanca el día 31 de diciembre de 1936.
Su obra es muy extensa y abarca todos los géneros literarios: narrativa, poesía, teatro, articulismo y ensayo.
La producción narrativa de Unamuno, en orden cronológico, es la siguiente:
· Paz en la guerra (1895), obra en la cual utiliza el contexto de la tercera guerra carlista (que conoció en su niñez) para plantear la relación del yo con el mundo, condicionado por el conocimiento de la muerte;
· Amor y pedagogía (1902), que une lo cómico y lo trágico en una reducción a lo absurdo de la sociología positivista;
· Niebla (1914), obra clave de Unamuno, que él caracteriza con el nombre nivola para separarla de la supuesta forma fija de la novela.
· El espejo de la muerte (1913), un libro de cuentos de valor desigual.
· En 1917 escribe Abel Sánchez, donde invierte el tópico bíblico de Caín y Abel para presentar la anatomía de la envidia;
· Tulio Montalbán (1920) es una novela corta sobre el problema íntimo de la derrota de la personalidad verdadera por la imagen pública del mismo hombre.
· También en 1920 se publican tres novelas cortas con un prólogo de gran importancia: Tres novelas ejemplares y un prólogo.
· La última narración extensa es La tía Tula (1921), donde se presenta el, anhelo de maternidad ya esbozado en Amor y pedagogía y en Dos madres.
· Teresa (1924) es un cuadro narrativo que contiene rimas becquerianas, logrando en idea y en realidad la recreación de la amada.
· Cómo se hace una novela (1927) es la autopsia de la novela unamuniana.
· En 1930, Unamuno escribe sus últimas novelas: San Manuel Bueno, mártir y Don Sandalio, jugador de ajedrez.
· En su poesía trata los mismos temas que había desarrollado en los ensayos y novelas: su angustia espiritual y el dolor que provoca el silencio de Dios, el tiempo y la muerte.
Siempre se sintió atraído por los metros tradicionales y, si bien en sus primeras composiciones procura eliminar la rima, más tarde recurre a ella. Entre sus obras poéticas destacan: Poesías (1907), Rosario de sonetos líricos (1911), El Cristo de Velázquez (1920), Andanzas y visiones españolas (1922), Rimas de dentro (1923), Teresa. Rimas de un poeta desconocido (1924), De Fuerteventura a París (1925), Romancero del destierro (1928) y Cancionero (1953).

Ya desde su primer libro, Poesías (1907), se perfilan los temas que van a dominar en la poética unamuniana: el conflicto religioso, la patria y la vida doméstica.

La obra dramática de Unamuno presenta su línea filosófica habitual; de ahí que obtuviera un éxito más bien escaso. Temas como la indagación de la espiritualidad individual, la fe como «mentira vital» y el problema de la doble personalidad son tratados en La esfinge (1898), La verdad (1899) y El otro (1932). Actualiza la tragedia euripídea en Fedra (1918) y traduce la Medea (1933) de Séneca.

Su producción ensayística es la más reconocida y también la más extensa. Destacan las siguientes obras: Sobre cuestiones netamente filosóficas: Tres ensayos (1900), que incluye Adentro (una exhortación a indagar en el fondo del alma individual), Ideocracia (ataque a la razón en favor de la fe) y Fe (una exposición de su noción de fe); Del sentimiento trágico de la vida (1913), que representa una encendida propuesta de análisis de la dialéctica entre fe y razón, enmarcada en la contraposición del anhelo de inmortalidad del ser humano y la lacerante experiencia del dolor y la muerte; La agonía del cristianismo, (1925 en versión francesa y 1931 en versión castellana), que nos acerca al sentido cristiano de la vida, entendido éste como trascendencia o finalidad sobrehumana. Sobre el denominado “problema de España” o “idealismo quijotista”: En torno al casticismo (1895), que es una revisión profunda del problema de la decadencia de España, así como de la propia lengua española, en la que se defiende el reencuentro y la asunción de la auténtica esencia española, en su pureza y originalidad, pero circunscribiéndola al marco de la modernidad europea;“la vida es sueño” (1898), que presenta una crítica de la necesidad de regeneración de la sociedad española que preconizaba en la obra anterior; La vida de Don Quijote y Sancho (1905), que habla sin tapujos del ideal español como el ideal quijotesco; y Sobre la europeización (1906), que es una entusiasta defensa del patriotismo-quijotismo español.

El ensayo La vida de Don Quijote y Sancho es una recreación, o mejor, una reescritura de la universalmente conocida novela de Cervantes. Unamuno siempre negó que lo hubiese escrito a propósito de la conmemoración del tercer centenario de la publicación de El Quijote de Cervantes. Y probablemente sea cierto, como así lo demuestra el hecho de que publicara numerosos artículos relativos al autor, la temática y circunstancias varias de El Quijote antes y posteriormente a la aparición de su Vida de Don Quijote y Sancho, a saber: Ensayo sobre la lectura e interpretación de El Quijote, que es un anticipo de lo que más tarde será su obra principal sobre El Quijote; El sepulcro de Don Quijote (ensayo en el que Unamuno ataca la endeblez de ingenio de Cervantes, destacando la incapacidad de éste para comprender tanto a Quijote como a Sancho, a la vez que subraya el carácter voluntarista y universal de la fe quijotesca), La bienaventuranza de Don Quijote (en donde Unamuno presenta a un Quijote después de muerto, abrazado a Cristo, ambos llorando) Del sentimiento trágico de la vida, El Cristo de Velásquez, Grandes, negros y calvos (artículo que reitera la esencia volitiva de la locura-fe quijotesca), Don Quijote y Bolívar (artículo en el que Unamuno hace una semblanza de ambos personajes), Sobre Don Juan Tenorio el “Prólogo” a la traducción italiana de La vida de Don Quijote y Sancho. “, y finalmente los tres artículos ciertamente contradictorios entre sí Muera El Quijote, ¡Viva Alonso el bueno! y Más sobre El Quijote (en los que defiende que la locura de Don Quijote más que ser expresión de la bondad de Alonso Quijano es una exacerbación de la soberbia de espíritu).

Pero, con todo, es imposible no contemplar esta obra de Unamuno en el contexto de la conmemoración de los trescientos años de vida de El Quijote, por lo que todos los críticos la enmarcan dentro de las obras que con tal motivo se publicaron en España e Hispanoamérica, obras que ponían de manifiesto las diferentes actitudes de los escritores de la Restauración y de la Generación del 98 ante la obra magna cervantina. A todos ellos les interesa sobre todo resaltar el carácter paradigmático de la misma, por cuanto encierra en sus líneas (al igual que La vida es sueño de Calderón de la Barca y Las moradas de Teresa de Jesús) la esencia y filosofía del pueblo español. Unamuno afirmará al respecto que El Quijote es la expresión del alma heroica de España; Azorín, por su parte, dirá que es nuestro mejor espejo y símbolo; Ortega, que en él está la clave de nuestro destino; y Ramiro de Maeztu, que es la clave de nuestra regeneración y fuerza. No es extraño, por tanto, que todos ellos se acojan de alguna manera al”quijotismo”, porque entienden que es la solución digna a la crisis de identidad que vivió la España de aquel tiempo.

VALORACIÓN

La vida de Don Quijote y Sancho es la propuesta unamuniana a la necesidad imperiosa de una españolización de España, tras el fracasado intento de regeneración de la sociedad e idiosincrasia españolas promovido por los intelectuales de la Restauración y del 98, que se sustentaba fundamentalmente en una europeización de España, esto es, en el plegamiento de las ideologías, organización social, acción política, actuación económica y organigrama cultural españoles a los ideales de modernidad vigentes en Europa. José Antonio Serrano Segura [José Antonio Serrano, en jaserrano.com/unamuno] corrobora esta afirmación, cuando circunscribe este ensayo a la producción unamuniana que trata acerca del “problema de España”: “España yace en la máxima postración de espíritu, todo en sus hombres es bajeza, injusticia, mezquindad, cobardía... Sobre esta decaída humanidad española se hace necesario levantar la “locura” quijotesca: en el poético ejemplar de un ser ficticio (Don Quijote) ve condensado Unamuno el futuro ideal del ser español.

Don Quijote no es un hombre superior o distinguido, ni un hombre representativo; es, por decirlo como en Nietzsche-Zaratustra, el superhombre: Caballero del Amor, de la Fe, de la Gloria, de la Inmortalidad por la Fama y, ante todo, un héroe penetrado por una misteriosa misión a él únicamente reservada, afirmador de la vida eterna por la voluntad de no morir y de «ser más». Don Quijote sólo aceptará la cordura para ponerse en “paz” consigo mismo (la total paz interior sólo está en la muerte), para abandonar la “lucha”; es decir, para morir.

Hemos pretendido ser europeos y modernos sin dejar de ser españoles, y eso, dice ahora Unamuno, no puede ser. Por eso al «¡Muera Don Quijote!» de diez años antes se responde a sí mismo quijotizándose y yendo a buscar el sepulcro de aquél, para resucitarle. Más aún: viendo a Don Quijote ya derrotado y en trance de volver a ser el antes admirado Alonso Quijano el Bueno, que piensa, por un momento, hacerse pastor, exclama: ¡Hacerse pastor! Es también, mi Don Quijote, lo que se le ha ocurrido a tu
pueblo luego que ha vuelto de América derrotado en su encontronazo con el de Robinsón, Ahora habla de dedicarse a cuidar y cultivar su hacienda, a alumbrar pozos y trazar canales para regar sus resecas tierras; ahora habla de política hidráulica”.

Unamuno es, sin ninguna duda, la conciencia erudita y libre de la España anterior a la Guerra Civil, es el látigo que azota a una sociedad maltrecha y mortecina, golpeándola allí donde más duele -en el orgullo patrio y en el casticismo-, es un torbellino que asola mezquindades y agita los vientos de la libertad de pensamiento. Esta actitud crítica y despiadada hacia la pusilanimidad de la sociedad española, hacia la indolencia de los intelectuales y hacia la hipocresía e incompetencia de la clase política le granjeó la animadversión de no pocos de sus contemporáneos, hasta el extremo de que durante muchos años fue maldito por los políticos y ninguneado por algunos intelectuales. Un ejemplo de sus opiniones incendiarias sobre la sociedad es este homenaje a D. Quijote -que no a Cervantes- en el que, entre enternecedoras y profundas reflexiones sobre los personajes del Quijote, aparecen, aprovechando cada capítulo, declaraciones polémicas sobre:

El nacionalismo: pág. 208 (Capítulo IX de la primera parte: El Vizcaíno).
(...) “Aprended a encarnar vuestro pensamiento en una lengua de cultura, dejando la milenaria de nuestros padres; apeaos de la mula luego y nuestro espíritu, el espíritu de nuestra casta, circundará en esa lengua, en la de D. Quijote, los mundos todos.”

Los intelectuales: pág. 217 (Capítulo XI de la primera parte: Los Cabreros).
(...) “Os saldrán con que no os entienden o entenderán a tuertas lo que digáis, por que no reciben vuestras palabras en silencio interior ni en atención virgen, y por mucho que agudicéis vuestras explicaderas no aguzarán sus entendederas ellos.”

Los comunistas (ahora materialistas): pág. 307 (Capítulo XLV de la primera parte: El Yelmo de Mambrino).
(...) “No faltan menguados que nos estén cantando de continuo el estribillo de que deben dejarse a un lado las cuestiones religiosas, que lo primero es hacerse fuertes y ricos.”

Los pacifistas (de cartón piedra): pág 308 (Capítulo XLV de la primera parte: El Yelmo de Mambrino).
(...) “¡Paz!,¡paz!,¡paz!. Sí, sea, paz, pero sobre el triunfo de la sinceridad, sobre la derrota de la mentira. Paz, pero no una paz de compromiso, no un miserable convenio como el que negocian los políticos, sino paz de comprensión.”

Las mujeres: pág. 337 (Capítulo VI de la segunda parte: Lo que sucedió con su sobrina y su ama).
“No gustan de leer otra cosa para la que tengan que fruncir la atención y rumiar algo leído, les basta noveluchas de diálogo muy cortado o de argumento que suspenda el ánimo por lo terrible, o ya de libricos devotos, tupidos de superlativos acaramelados y desaboridas jaculatorias.”

Los políticos: pág 387 (Capítulo XXVI de la segunda parte: El Titiritero).
(...) “Un retablo hay en la capital de mi patria y la de Don Quijote, donde se representa la libertad de Melisendra o la regeneración de España o la revolución desde arriba, y se mueven allí, en el Parlamento, las figurillas de pasta según les tira de los hilos Maese Pedro.”

La Iglesia: pág 393 (Capítulo XXXI de la segunda parte: Sobre muchas y grandes cosas).
(...) “¡Oh, y cómo dura y persiste y no acaba en nuestra España la ralea de estos graves y sesudos eclesiásticos que quieren que la grandeza de los grandes se mida con la estrechez de los ánimos.”

INTERVENCIONES

Emilio Hidalgo:

Es un libro de lectura imposible, laberíntico e inescrutable.

Jon Rosáenz:

La obra es una clara apología del “quijotismo”, una glorificación del Caballero de la triste figura, que presenta para Unamuno el paradigma de sus inquietudes espirituales, cívicas y morales. Don Quijote, aún siendo un personaje de ficción, está más vivo que muchas personas reales; él es el verdadero protagonista de Del sentimiento trágico de la vida. Unamuno lo utiliza como pretexto para elucubrar acerca de sus problemas espirituales y filosóficos, desde sus presupuestos religiosos e íntima fe, y desde sus propias convicciones morales e ideológicas. Para llevar a cabo este propósito no sólo se apoya en El Quijote, sino que recurre también a textos como La vida de Ignacio de Loyola, La Biblia (El Antiguo Testamento y los distintos Evangelios), Las Lusiadas de Camoe, La vida es sueño de Calderón de la Barca, Las coplas de Jorge Manrique, algunos poemas de Teresa de Jesús, etc.. Y es más, no conforme con utilizar al magnífico personaje de la obra cervantina como excusa para hablar de sí mismo, intenta apoderarse de él, convirtiéndolo en un ser trágico, en el agonista modélico de la tragedia de la vida. Así, La vida de Don Quijote y Sancho es una reflexión sobre la tragedia y la agonía que es la vida para todo individuo humano, tragedia y agonía que Cervantes expuso en su máxima expresión en su obra cumbre, representada en las andanzas de estos dos personajes. Unamuno se ve reflejado en dicha representación: él mismo es un ser atormentado que se debate entre la creencia, la fe y la razón, y que agoniza, que lucha por vivir eternamente en desigual batalla contra la muerte. Ésta es la fatalidad consustancial a la existencia de todo individuo humano, el hombre concreto al que se refiere Unamuno, quien se posiciona, al igual que Kierkegaard, en lo que se ha dado en llamar “Filosofía de la existencia”, que defiende que la realidad radical y esencial del ser humano consiste no en su naturaleza humana sino en su existencia individual. En este sentido, afirma que el ser humano no es “razón pura”, es primordialmente “existente concreto”, individuo dotado de una especificidad cognoscitiva, afectiva, volitiva, sensitiva, corporal, social y cultural. Y, del mismo modo, afirma que la fe es más una desesperada confianza en la potencialidad de la imaginación del ser humano que una virtud que emana de la gracia divina. Es el deseo de prevalencia en el tiempo, el anhelo de inmortalidad que embarga a cada individuo humano, que se explicita en la convicción de que la realidad puede ser producida solamente con quererlo.

Don Quijote es el paradigma de esta fe humanizada: él siente la realidad como la factualidad de un mundo fantástico, y la existencia como la agonía por la superación del sentimiento trágico de la vida. Y esta misma fe insufló de esperanza la agonía unamuniana.

Roberto Sánchez:

Verdaderamente el libro es agónico...

Nicolás Zimarro:

Unamuno nunca escondió su marcado, casi extremo. Egocentrismo. Su nombre era yo y sus apellidos Mi Me Conmigo, su pasión la intimidad, y su obsesión la vida. “¡Yo, yo, yo. Siempre yo!, dirá algún lector. Y ¡quién eres tú? Para el universo, nada. Para mí, todo...Yo, el existente concreto, soy todo para mí, aunque al universo no le interese... El sentido de mi existencia, es decir, lo que yo soy con respecto a mí y al mundo no reside en ningún fin extrínseco, sino en mi realización en mi vida”. (Unamuno, “Del sentimiento trágico de la vida”)

Así, enfermo de narcisismo, siempre sintió la necesidad de mostrar el Ego en todas sus manifestaciones filosóficas, literarias, políticas y vitales. Ego que, según propia intuición, sólo prevalecería en el tiempo, más allá de su muerte física, precisamente perdurando en sus obras. No sorprende, por tanto, que toda su vida sea una descarnada y angustiosa meditación sobre la muerte, una lucha a muerte contra la propia contingencia de la muerte, vivida necesariamente de modo agónico. “¿Quién soy yo?”, se preguntaba, y él mismo respondía: “mi propio agonista”. Y añadía: “La vida, desde su principio hasta su término, es lucha contra la fatalidad de vivir, lucha a muerte, agonía. Las virtudes humanas son tanto más altas cuanto más hondamente arrancan de esta suprema desesperación de la conciencia trágica y agónica del hombre”. (Ob. Cit.)

Ciertamente es este espíritu de lucha sin cuartel contra la muerte el que mueve la pluma de Unamuno. El objetivo es la victoria moral, que se ha de fundamentar, según él, en el convencimiento de que uno mismo es merecedor de la inmortalidad, de modo que la muerte sea sentida como una tremenda injusticia. El mismo talante movió la lanza de Don Quijote y dinamizó toda su actividad caballeresca y su “agonía” vital, siendo así que el hidalgo manchego encontró en la actualización del noble ideal de caballería la superación de la circunstancia fáctica de la muerte.

Don Quijote representa la concreción del ideal de perfecta humanidad, la personificación del “proto-ser humano” antonomásico. Constituye el arquetipo de la auténtica “agonía” del individuo humano (la lucha por seguir viviendo o el sentimiento trágico de la vida), y Unamuno halla en él la panacea de su afán de inmortalidad. Así que, de forma decidida e inequívoca, se proyecta en él, se busca en él, se siente en él y vive en él. Parece que anhelara ser él, o peor aún, que se identificara plenamente con él. Sólo desde esta perspectiva se explica que Unamuno se lamente con desmedida amargura de que fuera Cervantes quien escribió las aventuras y episodios que constituyen la biografía del caballero andante manchego, y no él, que en justicia y pertinencia era quien debía haberlo hecho, sobre todo teniendo en cuenta la perfecta simbiosis del carácter agónico de la vida de ambos (de Don Quijote y del propio Unamuno). Y, a pesar de que reconozca que Cervantes es el único escritor que podía haber escrito El Quijote, eso sí, gracias a una insólita y genial inspiración pasajera, y de que admita “la infalible autoridad del texto cervantino”, le resulta incómodo y hasta ofensivo que un personaje tan excelso y dechado de virtudes fuera creado por el escritor de Alcalá de Henares. De esta forma, se posiciona en la tesitura de escritores de siglos anteriores, como Tamayo y Vargas y Juan Valera, que definen a Cervantes en términos despectivos, promoviendo la idea de que éste era un “ingenio lego”, desconocedor de las principales ciencias naturales y humanísticas. Pero, a diferencia de éstos, Unamuno se explaya en una crítica feroz del genio cervantino. En su opinión, la inspiración que iluminó la mente de Cervantes, a la hora de escribir su obra magna, fue absolutamente inconsciente, un hecho aislado que no volvió a repetirse. Se trata más bien de una carambola o providencia creativa que de un meritorio fruto de la genialidad de su autor. De esta suerte, la impronta de la paternidad cervantina no determina la magnificencia del texto, la cual se circunscribe más bien a la personalidad del pueblo español de la que él es un simple notario o quién sabe qué para Unamuno, que llegó a afirmar que Cervantes no estaba capacitado para conocer el alma de Don Quijote y que es un típico caso de escritor infinitamente inferior a su obra y a su personaje principal, lo cual queda demostrado en la “endeblez” de genio del resto de sus obras.

¿Cómo puede nadie llegar a pronunciarse de esta manera? ¿Quién es Unamuno para permitirse descalificar a Cervantes poniendo en entredicho su genio creativo, y mucho menos todavía recurriendo a argumentos injustificados que se sustentan exclusivamente en la pura subjetividad? ¿Acaso en el resto de los textos cervantinos no hay infinidad de ejemplos de su maestría y buen hacer literario, el mismo que demuestra de modo sublime en El Quijote?

Las respuestas son sencillas: Unamuno se expresa así movido por una insoslayable animadversión hacia Cervantes, que tiene su origen en una frustración personal cuyas causas hay que buscarlas en el carácter premonitorio del texto cervantino, que anticipa con tres siglos de antelación la propia agonía vital unamuniana, así como la solución a la pérdida de la identidad del pueblo español que sufrió la España de fines del siglo XIX. Unamuno no perdona a Cervantes que escribiera 300 años antes su propia tragedia personal, encarnada en la experiencia vital de Don Quijote, ni que previese de forma tan diáfana la naturaleza del alma española, explicitada ésta al efecto en el noble ideal de la Caballería. él quiso revivir las actitudes quijotescas tanto a nivel particular como a nivel social. Él quiso ser Unamuno, Unamuno por excelencia. Y quiso ser Don Quijote, Quijote en exclusiva. Por eso menosprecia a quien recreó la vida de Don Quijote, es decir, a quien se atrevió a desvelar sin ningún derecho el misterio del sentimiento trágico de su propia vida. Y por eso él rescribe El Quijote, rescribe su íntima agonía en La vida de Don Quijote y Sancho. Ésta es su venganza, y también el más claro exponente de su obsesiva egolatría.

Joseba Molinero:

Toda obra escrita desde la pasión exige un esfuerzo intelectual que, si es de buena cuna, recompensa y emociona. Ésta que nos ocupa lo consigue en gran medida. Es una obra autobiográfica. Unamuno no pretende indagar lo que Cervantes quiso decirnos al escribir el “Quijote”, sino lo que él piensa y siente sobre esa trascendental obra. El libro es una reflexión profunda y poética inmejorablemente escrita, que expone sus pensamientos más íntimos y obsesivos. Valiéndose de los personajes de Don Quijote y Sancho, medita sobre: España, la vida y el sueño (Calderón de la Barca), la muerte, la inmortalidad, Dios ( término que designa la realidad primigenia y esencial, y que entre otras cosas significa la bondad absoluta, de acuerdo a la concepción cristiana del mundo. Un Dios bueno, pues, con Don Quijote, que desea en sus siervos más pasión y más locura para que alcancen (alcancemos) la inmortalidad a la que todo hombre tiene derecho). Y es que ser inmortal es una de las obsesiones más sentidas de Unamuno. Según él, la agonía que conlleva tal empeño existencial se materializa en Don Quijote, quien trata de alcanzar la inmortalidad a través de la Gloria sustanciada en el amor etéreo, platónico, idílico por Dulcinea, un personaje también etéreo, casi inexistente.

Unamuno en esta obra desprecia a los personajes acompañantes de los dos protagonistas: Sansón Carrasco, El Caballero del Verde Gabán, el cura, los barberos y principalmente a la sobrina, egoísta y manipuladora, en la que quiere representar a todas las mujeres españolas (en una suerte de malabarismo misógino y exagerado). La sobrina de Don Quijote aparece como una de las causas principales por las que éste abandona su locura, su pasión, en definitiva, su inmortalidad.

Unamuno establece una completa reflexión filosófica alrededor de “Yo sé quién soy”, que se traduce como “Yo sé quién quiero ser”. Declaración de intenciones que eleva la voluntad y la actuación a categorías de dogmas que facultan al ser humano para encontrar la ansiada inmortalidad.

Las reflexiones de Unamuno emocionan como emociona el Quijote, la obra más triste jamás escrita, donde la burla a un hombre bueno, Alonso Quijano, duele dentro y escuece el alma. Los principales temas que desarrolla son: La muerte ( “Una vida sin muerte, no sería más que una perpetua muerte”); la fe en la inmortalidad; España (manifiesta su desprecio hacia sus compatriotas - p. 358-, y nos ofrece una visión más concreta del pueblo español en la página 434); las visiones (“El efecto práctico es el único verdadero de la verdad de una visión cualquiera”... “La realidad es una visión que produce obras”); la acción (facere, obrare, no morire) (“Donde veas algo en facha de espera, es que te espera a ti, no lo dudes”); el amor propio, la autoestima; la pobreza/España (“La pobreza es un estado de ánimo que la escasez engendra”); la acción como medio de lucha contra la pobreza (“Eternidad e infinito en cada momento de duración y en cada punto de extensión”); la libertad (“Volver a la niñez, como lugar de la libertad donde sólo la voluntad y la acción reinan. Volver a mamar”); y la fe (“Los mártires hacen la fe”. “Se hace camino al andar”, que diría Machado).

Aunque, definitivamente, la tristeza latente en la obra de Cervantes deviene en patetismo en el trágico momento que describe el final de la agonía de Don Quijote: Éste cae derrotado en aquella ciudad llena de mercaderes, viejo y privado de libertad. Desaparece la pasión y la lujuria y renace Alonso Quijano el Bueno, que busca la vida en la naturaleza y quiere ser pastor, si bien este último intento fracasa, porque Alonso Quijano no puede vivir sin Quijote y su locura. Y, derrotado, lleno de amargura y enfermo de tristeza vuelve a su hogar a morir.

Unamuno es consciente de esta circunstancia, pero no por ello se sume en la frustración ni cae en el fatalismo. Y, antes de que Alonso Quijano traspase el umbral de la muerte, encuentra un rayo de luz de vida eterna en la esperanza de Sancho quijotizado, esperanza que proporciona un impulso vital a su propia agonía.

Sirva de homenaje a ambos, y a todos los Quijotes que en el mundo han sido y serán, estos versos de León Felipe:

Por la manchega llanura
se vuelve a ver la figura
de Don Quijote pasar...

Y ahora ociosa y abollada va en el rucio
la armadura,
y va ocioso el caballero, sin peto y sin
espaldar...
va cargado de amargura...
que allá encontró sepultura
su amoroso batallar...
va cargado de amargura...
que allá «quedó su ventura»
en la playa de Barcino, frente al mar...

Por la manchega llanura
se vuelve a ver la figura
de Don Quijote pasar...
va cargado de amargura...
va, vencido, el caballero de retorno a
su lugar.

Cuántas veces, Don Quijote, por esa
misma llanura
en horas de desaliento así te miro
pasar...
y cuántas veces te grito: Hazme un sitio
en tu montura
y llévame a tu lugar;
hazme un sitio en tu montura
caballero derrotado,
hazme un sitio en tu montura
que yo también voy cargado
de amargura
y no puedo batallar.
Ponme a la grupa contigo,
caballero del honor,
ponme a la grupa contigo
y llévame a ser contigo
pastor.

Por la manchega llanura
se vuelve a ver la figura
de Don Quijote pasar...

*Apuntes tomados del libro de Azorín “Las rutas de Don Quijote”, editado por Cátedra.

Carlos Fernández:

“Presumo que leerán estos mis comentarios no pocos curas y barberos manchegos, o que merecían serlo, y hasta llego a sospechar que los más de los que me los lean andarán más cerca que de otra cosa de aquellos cura y barbero y creerán bueno dejarme en los que juzguen mis errores para sacar gusto de mis necedades. Dirán, como si lo oyera, que solo busco y rebusco ingeniosas paradojas para hacerme pasar por original, pero yo solo les digo que, si no ven ni sienten todo lo que de pasión y encendimiento de ánimo y hondas inquietudes y ardorosos anhelos pongo en estos comentarios a la vida de mi señor Don Quijote y de su escudero Sancho y he puesto en otras de mis obras, si no ven ni siente eso, digo, los compadezco con toda la fuerza de mi corazón y los tengo por unos miserables esclavos del sentido común y unos espíritus aparenciales que se pasean entre sombras recitando de coro a las viejas coplas de Calaínos. Y me encomiendo a nuestra señora Dulcinea, que dará al cabo cuenta de ellos y de mí.

En acabando de leer esto se sonreirá también murmurando: ¡Paradojas! ¡Nuevas paradojas! ¡Siempre paradojas!. Pero venid acá, espíritus alcornoqueños, hombres de dura cerviz, venid y decidme, ¿qué entendéis por paradoja y qué queréis decir con eso?. Sospecho que os queda otra dentro, desgraciados rutineros del sentido común. Lo que no queréis es remejer el pozo de vuestro espíritu ni que os lo remajan; lo que rehusáis es zahondar en los hondones del alma. Buscáis la estéril tranquilidad de quien descansa en institutos externos, depositarios de dogmas; os divertís con las necedades de Sancho. Y llamáis paradoja a lo que os cosquillea el ánimo. Estáis perdidos, irremisiblemente perdidos; la haraganería espiritual es vuestra perdición.” (pág. 271 - 272).

¡Cuan duramente me juzga don Miguel, y aún sin conocerme! Porque, lo confieso, la pasión, encendimiento de ánimo, hondas inquietudes y ardorosos anhelos, la he visto en el autor, pero no ha sido capaz de transmitírmela. Este ensayo es muy recomendable para “quijotófilos” entre los que no me cuento. La obra tiene la aridez imprescindible en un tratado de la hondura que pretende y que solo está al alcance de los iniciados.
¡Lástima!