Las dos armas secretas de Julieta Paredes

Siempre que el muy marrajo se arrimaba a mi continente ardiente y en estado perpetuo de ebullición, a veinte centímetros, a veinte metros o a veinte kilómetros, aunque apenas me mirara y ni siquiera me rozara con el revés de su mano ampulosa la punta más insensible de mi codo, aunque no me hablara ni me repasara descarada o disimuladamente de arriba hacia abajo con parada obligatoria de su pupila verde primero en la curvatura de mi seno y más tarde en el valle del ecuador donde mis dos covachas acechan y destilan magma untuoso, me daba un no sé qué mezcla de angustia, éxtasis, codicia y sopor que, para mi salvación o condenación o las dos pugnando en connivencia desvergonzada por trincarme el alma y empaparme el calzón, se traducía indefectiblemente en hinchazón dolorosa y venturosa de mi pezón derecho y en unas ganas locas de zamparme enterito, al son del primer movimiento del concierto para piano y orquesta No. 1 de Béla Bartók, el juguete que guardaba en mi cómoda, para noches de luna llena y nula compañía, y para lo mismo y tanto las noches de mucho frenesí que eran todas las demás estuviera como estuviera la luna esa con el fin de complementar las artes y escarceos del pájaro que a la sazón me hubiera tocado en gracia, o para sustituirlo si en gracia de discusión el dicho pájaro no tenía ninguna gracia, o para ayudar a sacarlo de mi magín si por desgracia no había pájaro como me sucedía las más de las veces y era preciso recurrir a los buenos oficios de mis muchachones inventados y dotados a manera de compensación de una tranca bien gorda y bien prolija o, a veces, a las maniobras de una que otra muchacha, o dos, inventadas también, una, lánguida y virginal, para avivarme el pezón izquierdo que en mi caso es el más complicado de azuzar y la otra, vampiresa y rotunda, para azuzarla yo y comérmele entera la miel de su tarro, pero, volviendo a mi marrajo, auditor interno de calidad de la entidad para la cual trabajo, qué posma, cuando el interpelado se arrimaba a mi continente ardoroso y en estado perpetuo de fermentación nunca era de noche así que no podía echar mano de mi juguete. Por supuesto que en tratándose de ir al punto y derrochar resolución antes de que el fuego interior provoque estragos, a falta de vibrador buenos son dedos. Sin embargo y para remojar el nido antes de echar mano al recurso de la paja hay que tener presente que a falta de cama bueno no es baño de oficina que vive repleto a toda hora y emana un olorcillo peculiar y asaz desagradable capaz de bajarle la llama incluso a la más cachonda y desparpajada, razón por la cual, pese al escozor tremebundo que se desataba en mi entrepierna cuando Marrajo comenzaba a girar su matraca, a inquirir sobre misión, visión y mapa de riesgos, no me quedaba más remedio que morigerarme mordiéndome los labios y tapándome con el brazo el pezón salido de madre y de sostén no fueran a verlo silbando mis compañeros, ah, jijo, lo que es capaz de horadar una teta briosa. Y yo en esas, soliviantada por el deseo y atemperada por lo impropio del lugar donde el deseo me soliviantaba, y el muy marrajo paseando de acá para allá su fina estampa, a estribor y a babor y a sotavento, mareando con su donaire y su cadencia al componente femenino de mi oficina, a todas, jóvenes y jamonas, saladas y desaladas, y a más de un señor de pelo en pecho, válgame dios, sabrá el mentado si uno de esos señores no guarda en su cómoda un juguete como el mío, a lo mejor uno más grueso para mitigarle la comezón de su única covacha en perpetuo estado de fermentación, qué ordinariez, no todo en el universo del yo con yo es digno de pintura y exaltación. Y no es que marrajo fuera la perfección en pasta aunque pasta tuviera y la llevara bien estampillada a su armadura de lo cual daré noticia cuando llegue el momento, no es que fuera un adonis pero, a qué negarlo, tenía encantos a granel que avasallaban y arrancaban suspiros, su altura de jugador de baloncesto, su voz de barítono de campanillas, cierto aire de inocencia y de complacencia en su manera de caminar, esa sonrisa de cachorrillo entre asustado y asombrado que alumbraba su boca cuando se le preguntaba cualquier cosa, su paso de felino hambriento brillantemente matizado con esa manera suya tan sutil y misteriosa de expresarse. Toda esa mezcla de fulgor y donosura parecía insinuar, revelar, advertir una condición parecida o semejante a... «Si tú supieras… Si conocieras el tesoro que guardo en mis arcas para ti... No te espantes, pequeña, que no te comeré si tú no quieres que te coma. Porque si quieres, si estás dispuesta a dejarte soflamar por los piquetes pujantes de mi daga sibilante y docta, soplaré y soplaré y el pezón de tu teta siniestra insuflaré y, al cabo, derribada la barraca del valle de tu ecuador, devoraré a dentelladas salvajes y peregrinas la miel seductora de tus dos tarros».

«Por mí que Marrajo me chupara hasta el hueso de la risa», mascullaba yo entre dientes, y Paulina, Aleja, Miriam, Adriana, Álvaro, Leonardo y otros compañeros de oficina mascullaban más o menos lo mismo sudando, hipando y apretando la entrepierna.

«Suspiren lo que quieran y hagan castillos en el aire con sala de masajes, jacuzzi, salón de los juguetes y barra para bailar el waka-waka que soñar no cuesta nada y mojar calzón tampoco. Mientras ustedes, perdedores incontinentes e impenitentes, hacen uno y otro, mientras imaginan, mojan, despiertan, secan y vuelven a poner los pies sobre la tierra, yo estaré montando, mordiendo, comiendo y estrujando en vivo y en directo al objeto de sus deseos libidinosos. Así será, majaderos, está escrito en el tatuaje que llevo debajo del ombligo. Ese marrajo chulapo que los pone a suspirar, babear y taconear es propiedad privada, tea exclusiva para alumbrar y remozar mis dos socavones», así, con esas palabras altivas e inmodestas discurría Carolina Abreu, la mujer más bonita de nuestra lechigada oficinesca y la más arrojada y la más inteligente. Si no fuera también la más hocicona seguramente yo ya la habría contratado a destajo para que me libara el pezón rebelde. En mis divagaciones fabulosas, huelga decir. En esta orilla real de mi existencia donde pacen aburridoramente las tres dimensiones conocidas, yo sigo siendo a mi pesar una currutaca heterosexual, glacial, pacata y mojigata.

Pero volvamos al meollo del cuento que nos ocupa, al mejor hoyo de nuestro campo de golf, digo, al mejor de los agujeros de entrepierna que adornan nuestra oficina. Carolina Abreu es hermosa, altiva, arrojada y perspicaz. Por tal motivo, lanzarle el pañuelo o recoger el suyo es como desafiar a un rottweiler a ver quién pela más el diente. Nomás fue que la tunanta cantara las cuarenta para que babosa, tras babosa, tras baboso dejaran de resollar, recularan y se retiraran del ruedo, agachando el moño, dejándole el camino libre y rogándole al reloj que apurara su marcha para que se llegara en un pispás la hora de tapar los pájaros, decir hasta mañana y correr derecho a casa cada cual a zamparse enterito su juguete al son del único movimiento del reggaetón de moda. Es por demás, las sutilezas son privilegios de muy pocos.

Pero no todos recogieron velas y pagaron escondederos a peso cuando Carolina hizo saber sus intenciones. Hubo una criatura de aquella lechigada oficinesca, poco babosa y en cambio muy bien bragada, Julieta Paredes, a quien ustedes ya conocen de señas, la misma que acusa problemas para poner a punto el pezón de su teta izquierda, que recogió el pañuelo de la diosa y envalentonada replicó al reto con estas palabras abracadabrantes... «No digo, mujer, que no vayas a montar, morder, etcétera y etcétera. Sólo digo que lo harás después de mí y sobre el pellejo macilento que yo abandone cuando me haya cansado del regodeo. Si es que me canso, chiquilla, si es que me canso».

Y Julieta Paredes desembuchando las consabidas monsergas anejas a los preludios de una guerra sin cuartel con el ánimo de impresionar a su rival y su rival ría y ría en lugar de estremecerse como si las amenazas de ablación que escupía su contraparte fueran meras guasas. Y el resto de la lechigada oficinesca cotillee y cotillee por cuenta de la salida en falso de la fantasmona, monumento a la estulticia y a la memez, una fulana hedionda retacada por dentro con aspaviento y manteca de la ordinaria… «Ah putona sin posibilidades de ejercer y por lo mismo fracasada y frustrada. No deja de tener gracia el que una gordita tan sin gracia rete al sol a demostrar en vivo y en directo cuál de los dos arroja más candela. Pero pagará con sangre su atrevimiento. Carolina se la va a comer viva». «Ay, muchachos. Lamento desilusionarlos. Quien me comerá viva, desde la frente hasta los juanetes no será Carolina sino Marrajo».

Así comenzó la cruzada más azarosa de mi existencia como mujer. Sometía al pimpollo y sometiéndolo reafirmaba mi auto estima, revalorizaba mi peculio lúbrico en la bolsa de valores de la oficina y de paso me regodeaba zampándome a mordiscos el mejor caramelo de del entorno, o perecía molida por la artillería pesada que lanzarían sin asco sobre mi gordezuela humanidad Paulina, Aleja, Miriam, Adriana, Álvaro, Leonardo y los demás.

 

Como se trata de un capítulo más de la sempiterna lucha entre David y Goliat que se cuenta y se magnifica y se adorna con metáforas rimbombantes y altisonantes sólo cuando David, contra todo pronóstico, saca la pelota del parque, historia resabida y manoseada hasta la obcecación y por lo mismo manida y estragada, no voy a detenerme aquí en cómo fue que fue, de qué artimañas se valió el esperpento para hacer suyo lo que por derecho de pernada le correspondía a la sirena. Basta agregar que cuando la palanca en disputa se inclinaba indefectiblemente a horadar la panocha de Carolina tuve que dejarme de lilailas, sutilezas, añagazas y materia gris y destapar sin ambages mis dos armas secretas. La primera, mi pezón derecho salido de madre y de sostén. La segunda, el magma untuoso que destilan a cántaros mis dos covachas y que, modestia aparte, huele a perfume de jazmín.

Nomás fue que Marrajo viera y oliera mis atributos ocultos para que de inmediato corrigiera el rumbo de su lanza y la pusiera ingente en mi continente para que yo me la clavara como a bien tuviera.

Tampoco repararé en los mohines de sorpresa, esos sí pletóricos de estulticia y memez y retacados por dentro con envidia y pellejo del ordinario, a que se entregaron Paulina, Aleja, Miriam, Adriana, Álvaro, Leonardo y los demás cuando me supieron triunfadora indiscutible y avasallante del desafío y pronta a hincarle el diente a Marrajo auditor adobado con laurel.

Me dio, en cambio, murria y escalofrío al ver a mi rival vencida, descubierta y tendida en el piso. Se veía tan frágil, tan exangüe, tan guapa que casi, casi cambio de parecer y reclamo como trofeo el cáliz de su entrepierna dejando el trofeo propiamente dicho, a Marrajo exultante y munificente, para que se lo manducaran los buitres y los chacales.

Debí proceder de conformidad y dejarme vencer por la tentación. Pero pudieron más en mi caletre la soberbia y los delirios de vendetta y reivindicación que la verdad revelada por la piedad, de tal suerte que abandoné a su suerte las vislumbradas grietas de la luna para ir a solazarme con los rayos del sol… «Hazme caso, nena. Es mejor bueno conocido que cara oculta por conocer», me susurraba sin desmayo mi álter ego heterosexual, glacial, pacato y mojigato. Le hice caso, me dejé llevar por la corriente cual camarón dormido y, qué posma, qué metida de pata. Bueno, también fue culpa de mi yo evidente. Estaba tan envanecida, tan finchada, tan ensoberbecida, tan sin ñatas por cuenta y a cuenta de mi victoria que pasé por alto ciertos detalles anejos a la persona de Marrajo que luego me pasaron factura. Y vaya factura.

Cuando mi presa y yo, tomados de la mano por primera vez, abandonamos la oficina para dirigirnos hacia la suite presidencial del motel más cercano a bambolear la cadera hasta hacer sublimar el tuétano, noté cierto olorcillo desagradable que parecía brotar de un punto indefinido situado entre el pecho y la coronilla de Marrajo, otro, no tan olorcillo, que parecía flotar alrededor de sus pantorrillas y el último, gacho en grado sumo, que parecía provenir de su retaguardia. Digo ‘parecía’ porque en una ciudad tan sucia como nuestra ciudad donde los vapores mortecinos son moneda común, cualquier emanación proveniente de un cubo de basura, por poner un ejemplo, puede ser endilgado injusta e impunemente al calzón de cualquier transeúnte inocente y amigo íntimo del agua, la esponja y el jabón.

En tal sentido, dando cabida a la mentada duda razonable, hice caso omiso al golpeteo que invadía mi nariz y, como mi tajo rezumaba y escocía de lo lindo al presentir la jabalina que se disponía a curarle la desazón, desdeñé a la cordura y me dejé llevar en volandas al tálamo de alquiler a ver si el pájaro cantaba tan bien como auditaba.

Una vez en el catre, me tocó morigerar los ímpetus del macho… «Deja, mi amor, que me acicale y que me componga, que me perfume y me ponga cómoda». Al cabo, a fuerza de empujones, mordiscos, ruegos, promesas de ya vuelvo, fiera, no me demoro, logré desasirme de los tentáculos del pulpo y escapé al baño de la habitación de alquiler para acicalarme y ponerme a punto.

Cuando volví al teatro de combate, Marrajo desnudo y con el mazo más tieso que un ruso bailando merengue, ah, jijo, me saqué el premio gordo, un premio más gordo todavía yacía a un lado de la cama, pegado al calzoncillo que mi trofeo se había quitado, un premio repulsivo, pegajoso y asqueroso. Palomino, le llaman unos, nicotina, le llaman otros, rezagos de mierda derivados de un culo mal limpiado.

Ni que decir tiene que la pavesa excremental me arrancó de cuajo el deseo de jinetear. Recuperada mi sensatez, libre de todo sortilegio, asina, cuasi empelota como estaba, cubierta apenas con una camisola semitransparente, huí de allí antes de que vomitara incluso mi primer tetero.

Abajo, en una cafetería contigua al motel de marras, me esperaba la lechigada oficinesca dispuesta a escuchar mi parte de guerra, mi testimonio sobre la cabalgata lujuriosa que acababa de acometer para suspirar, hacer castillos en el aire con sala de masajes, jacuzzi, salón de los juguetes y barra para bailar el waka-waka y, más tarde, en la intimidad de sus catres desvencijados, clavarse su consolador en tajo y ojete del culo o sólo en el ojete, según fuera el caso, que soñar despiertos gracias a las hazañas de los demás no cuesta nada y mojar calzón tampoco.

«¿Por qué huyes?», «¿Marrajo reflexionó a tiempo y decidió dejarte con los crespos hechos y la margarita sin deshojar?», «Se nota, Julietota, que no diste la talla», con esas y otras necedades por el estilo me recibieron mis rivales. Me valió madre, por mí que barruntaran lo que se les viniera en gana. El que quisiera saber la verdad que subiera a mirar el palomino estampillado en la tanga del muy cochino auditor y de vuelta me trajera mi ropa y mi cartera.

«Aprovecha la coyuntura y sube a cobrar tu deuda y los intereses», le sugirieron a Carolina Paulina y Leonardo, y yo que soy de plano misericordiosa con los vencidos en franca lid y que, una vez apaciguadas las agruras que me concitó la contemplación del calzoncillo cagado, recordé de sopetón la murria y el escalofrío que me atravesaron el pecho cuando vi a Carolina vencida, descubierta y tendida en el piso, frágil y exangüe, su cáliz nacarado temblando en la entrepierna, me acerqué al regazo de la preciosa y le susurré en su orejita de terciopelo la verdad del fracaso de mi aventura, con nicotina y vapores mortecinos.

Carolina sonrió al escuchar mi testimonio, agradeció mi deseo desinteresado de ahorrarle un chasco y evitar que se le chamuscaran los pelitos de la nariz y estimó y celebró esa manera mía de contar las cosas.

Cuando la sirena estaba a punto de esfumarse esto es cuando, satisfecha su curiosidad, se marchaba a conquistar nuevos pastos, tuve que dejarme de lilailas, sutilezas, añagazas y materia gris y destapar sin ambages mis dos armas secretas, pezón derecho salido de madre y de camisola y magma untuoso que, modestia aparte, huele a perfume de jazmín.

Ni que decir tiene. Nomás fue que Carolina viera y oliera mis atributos ocultos para que de inmediato su cáliz venturoso comenzara a rezumar y a destilar esencia de vainilla… «Ay, Julietita, sácame de aquí y llévame a tu casa que quiero quemarme en las brasas de tu fogón…».

 

Vaya si se quemó. Y se sigue quemando. Tanto y tantas veces que la muy maja interpreta el concierto para piano y orquesta No. 1 de Béla Bartók mejor que Maurizio Pollini. Tanto y tantas veces que yo ya ni siquiera recuerdo de qué color es el juguete aquel el que yace mohoso y achicopalado en un cajón de mi cómoda. Tanto y tantas veces que, ah, chispiajos, el pezón de mi teta izquierda es ahora más brioso y más impetuoso que su hermano gemelo.

 

José Aristóbulo Ramírez Barrero