Misterios felinos (Licantropía clínica)

No sé cuando mi mujer dejó de interesarse por mí. Lo que sí sé, es que, como si se tratase de una enfermedad contagiosa, yo también acabé por desinteresarme.

Supongo que después de sentirme ignorado infinitas veces y rechazado prácticamente cada vez que me acercaba a ella, también acabé yo perdiendo todo interés. Si soy sincero, mi deseo se anuló de tal forma, que ya no se manifestaba ni dentro ni fuera de casa. Las mujeres pasaron a ser sencillamente algo más. Ni siquiera se asomaba esa típica rabia que nace fruto de la  frustración. No sé cómo, pero acabé por acostumbrarme a ese extraño estado en el que la pareja muere y uno acaba siendo sencillamente uncompañero de piso.

Se puede pensar con cierta lógica, que en esta situación, los roces, las malas caras y las broncas se sucederían una tras otra, pero no era así. Cada uno ocupaba su espacio, incluso tenía sus recorridos y su horario, a veces coincidente y a veces no. Había que seguir viviendo y por lo que fuera, éramos capaces de encajar la indiferencia.

Educación, cortesía y total corrección reinaban entre nosotros. Así fue hasta que recogí a la gata.

La gata se convirtió en el único motivo de discusión. Pobre gata. El golpe que había recibido, probablemente atropellada por algún coche, la había dejado sin un trozo de carne en la pata trasera, y casi seguramente coja para siempre. Así que de momento había que sacarla adelante y en eso los dos estábamos de acuerdo, pero luego tendría que deshacerme de ella, volver a dejarla en la calle, o conseguir alguien que la adoptara, aunque esto nunca llegó a suceder.

Pasaron un par de meses y la gata se convirtió en “su gata”. La seguía a todas partes, la buscaba, se frotaba contra sus piernas, dormía encima de ella y ella estaba feliz. Ni se me ocurrió comentarle el hecho de que dado que la gata estaba ya recuperada, era hora de cumplir la segunda parte del trato, que va, tonto de mí. Me dio por pensar que la gata podía convertirse en un enlace entre los dos, un punto de encuentro en el que tal vez pudiese comenzar a recuperarse nuestra perdida relación, así que empecé a cogerla, a acariciarla y a hacerle tonterías, pero cada vez que ella me sorprendía en esta actitud, me la quitaba y se la llevaba, la mayoría de las veces acompañando la acción con frases como:

- Para lo que tú te ocupas de ella.

O esta otra de:

- ¡Quita! Tú no sabes tratarla.

O esta, que es todavía mejor:

- ¡La gata no es un juguete! ¡Te enteras!

No, no me enfadé. Volví a acomodar mi vida a la gata y a su nueva dueña.

Los días volvieron a transcurrir sosegadamente aburridos, yo en mi mundo y ellas dos en el suyo, hasta que un día la gata se puso en celo, y todo cambió.

La gata venía a buscarme según entraba por la puerta, se me subía encima aplastándose contra mí, se quedaba quieta mirándome fijamente, me hacía seductoras posturitas en el sofá, o me maullaba mimosa. Y yo… le hacía caso, por lo menos hasta que la mirada de ella caía sobre nosotros. Entonces me quitaba a la gata y se la llevaba. Pero la gata se escabullía volviendo a mi lado inmediatamente. Yo la apartaba con la intención de evitar conflictos, pero ella volvía sobre mí una y otra vez. Pensé que los celos de mi mujer saltarían por los aires, pero no, sorprendentemente fue capaz de sujetar su rabia.

Estuvimos así durante tres días, al tercer día ocurrió lo más extraño, mi mujer también se puso en celo. No sé, creo que podría decirse que le entraron celos de la gata, de la atención que yo le prestaba. No sé… no lo sé... El caso es que mi mujer empezó a seguirme por toda la casa, me miraba fijamente mientras comíamos con una inquietante y desasosegadora mirada, eso el primer día, el segundo empezó a hacerme posturitas como la gata. Se tumbaba en el sofá de forma absolutamente seductora. Incluso cuando sencillamente se sentaba, o comía, sus modos no eran los normales, era como si todo lo hiciese para mí, para que yo le prestase atención mientras ella no dejaba de mirarme y mirarme.

Yo estaba desconcertado, aquello me motivaba y desmotivaba a un tiempo. Al cuarto día, el peor, me pilló con la gata encima. Yo estaba tumbado en la cama, leyendo, y la gata, como siempre, había aprovechado para subírseme. Estaba tan inmerso en la lectura que ni siquiera la noté.. Ella se acercó con una mirada fiera, cogió a su rival y la echó fuera de la habitación. Luego se me acercó y empezó a frotarse y frotarse, a desnudarme y a desnudarse, mientras... mientras ronroneaba. Yo debería de haberme sentido bien, debería de haberme excitado, pero reconozco que el pánico se fue apoderando de mi, algo no iba bien, algo no iba nada bien.

Ella acabó de quitarse la ropa y avanzó hacia mí extrañamente seductora y… y… no sé, no sé describirlo. El caso es que… de repente, me fijé en su ansiosa cara, en como asomaban por su boca dos afilados colmillitos, pero sobre todo… sobre todo vi como se levantaba aquella cola. ¡Mi mujer tenía rabo! No daba crédito a lo que estaba viendo, así que la aparté un poco para poder verlo mejor en el espejo del armario, y mi sorpresa fue que no sólo mi mujer tenía rabo, sino que… que yo era un ratón. ¡Yo era un ratón!, ¡y ella iba a devorarme!

Salté de la cama tan rápido como pude y empecé a correr por toda la habitación con la intención de huir. Por algún motivo la manilla de la puerta estaba atascada y no conseguía abrirla. Justo cuando empezaba a ceder ella se interpuso bloqueando la puerta. Me dijo:

- ¿Pero qué te ocurre? ¿Te has vuelto loco?

Yo retrocedí asustado y acabé acurrucándome en una esquina gimiendo:

- ¡No me comas! ¡No me comas!

Me salto el corazón del pecho cuando me tocó en el hombro.

- Anda ven. Me dijo.

No sé por qué, tal vez fue su voz y el suave tono en que me habló, o la ligera presión de su mano en mi hombro, el caso es que no sentí que tuviese intención de comerme.

- Ven conmigo. Repitió.

La acompañé asustado y reticente, todavía estaba envuelto en una cauta desconfianza.

Ella me acercó al espejo y me dijo muy suave.

- Cariño ¿Qué te ocurre? No entiendo. Parece como si te hubiera dado por pensar que eres un ratón, y tú no eres un ratón. Anda, mírate bien.

Alcé la cabeza y me miré. Vi mis orejas, mis bigotes, mi negro hocico y mis verdes ojos rasgados. Entonces ella me preguntó.

- ¿Por qué piensas que eres un ratón?, si siempre has sido un gato precioso.

Quise despertar. Me pellizqué varias veces. Finalmente me desmayé.

Desde entonces estoy aquí. Dicen que estoy mejorando, yo no estoy tan seguro. Mi doctora, la doctora Sputnik, -Tiene un nombre muy curioso, creo que es rusa, aunque casi no tiene acento- me dice que tengo que volver a confiar en mí, que todo ha derivado fruto de una acumulación de estrés, pero que con descanso y terapia, todo volverá a la normalidad. Me gusta esta doctora, es una siamesa con unos tonos marrones muy suaves y unos ojos vivos y envolventes que te roban el alma con solo mirarte. Yo creo que también le gusto, pero tengo que andarme con ojo, estoy casi seguro de que está enrollada con el enfermero, un birmano gris ceniza, un cachas con muy malas pulgas, tremendamente celoso. Cada vez que estamos solos, él aparece con alguna urgencia y se la lleva. Creo que sabe que nos gustamos.

 

Euloxio Fernández