Acta junio 2005

OBRA: FACTOTUM
AUTOR: Bukowsky, Charles

PONENTE: Emilio Hidalgo

PRESENTACIÓN

Charles Bukowsky nació en Andernach, en Alemania, el 16 de agosto de 1920. A la edad de dos años su familia se trasladó a Los Ángeles, ciudad en la que regularmente residió hasta su muerte, el 9 de marzo de 1994. No disfrutó de una infancia feliz. Por un lado, porque vivió un calvario de vida familiar, en el que los enfrentamientos con su padre (de carácter hosco, autoritario y violento) y las desavenencias con su madre (ésta de carácter débil y pusilánime y sometida a los dictados de su esposo) fueron constantes y algo cotidiano. Y por otro, porque padeció una grave infección de acné, que le dejó cicatrices en la cara para el resto de su vida. Ambas circunstancias marcaron profundamente al joven Bukowsky, que no encontró otra salida que refugiarse en su propia soledad y sumergirse en el universo fantástico de los libros. Así, pasaba largas horas en la biblioteca municipal de Los Ángeles, devorando todo tipo de libros, uno tras otro, aunque ciertamente no hallaba satisfacción en tales lecturas. Sobre todos ellos, Bukowsky destaca uno que, según él mismo reconoce, influyó decisivamente en su concepción de la literatura. Se trata de la novela Pregúntale al polvo de Jon Fante. En cierta ocasión escribió: “Cogía de las estanterías un libro tras otro. ¿Por qué nadie decía nada? ¿Por qué no alzaba nadie la voz por encima de la de los demás?” También escribió: “Pero cierto día cogí un libro, lo abrí, y se produjo un descubrimiento. Pasé unos minutos ojeándolo, y entonces, a semejanza del hombre que ha encontrado oro en los basureros municipales, me llevé el libro a una mesa. Tendría una influencia vitalicia en mis propios libros”. Y también: “Siempre lo digo en las entrevistas, sí. Lo leí cuando tenía unos 18 años y me dije: Éste sí que sabe escribir”.

Nunca fue un buen estudiante. Pasó por la escuela como un alumno mediocre; por el instituto, como un joven problemático; y por la Facultad de Ciencias de la Comunicación, como un universitario fracasado, incapaz de terminar sus estudios de periodismo.

A los 21 años abandonó definitivamente la vivienda familiar, después de protagonizar innumerables disputas con sus padres (algunas extremadamente violentas. Llegó incluso a pegar a su padre), y se lanzó a la calle. sobrevivió en la jungla urbana, como pudo. Trabajó esporádicamente en empleos eventuales, se enzarzó en incontables peleas callejeras y de taberna y bebió y bebió con absoluta desmesura. Durante aproximadamente 10 años experimentó en sus propias carnes la brutal realidad de la aventura de la calle, aventura repleta de extraordinarios avatares que, sin duda alguna, contribuyeron a forjar la leyenda de Henri Chinasky, su alter ego y protagonista en muchas de sus novelas.

En esta época, las décadas de los 40 y los 50, su planteamiento vital se resumía en la mera supervivencia (trabajar con el fin de ganar el dinero justo para pagar una habitación y comprar bebidas alcohólicas, y practicar el sexo siempre que fuera posible)y en la vivencia del presente como inmediatez perentoria, eso sí, ineludiblemente enfangado en la ciénaga de las cloacas de la sociedad y siempre desde la perspectiva del perdedor. Así queda de manifiesto en esta declaración que hizo a propósito de su exención del servicio militar: “En mi caso, no tenía ninguna gana de ir a la guerra (se refiere a la 2ª Guerra Mundial) para salvar mi modo actual de vida o el posible futuro que me esperaba. Yo no tenía libertad. Yo no tenía nada”. Fue durante estos años cuando deambuló por varias ciudades norteamericanas, Nueva York, Miami y Nueva Orleáns, para regresar de nuevo a Los ángeles. En todas ellas llevó la misma mala vida (alcohol y sexo a discreción, apuestas en los hipódromos, broncas por doquier e indigencia), y en todas ellas realizó todo tipo de trabajos, los que no requerían ninguna cualificación y los peores pagados, hasta que finalmente a su vuelta a Los Ángeles se colocó de cartero, trabajo que desempeñó a lo largo de trece años.

La década de los 60 fue una época menos convulsa para Bukowsky. La rutina de su trabajo de cartero le aseguraba el mantenimiento de su peculiar “modus vivendi”, a la vez que le proporcionaba una mínima seguridad en el futuro inmediato. Quizá por ello dispuso del tiempo preciso y la inspiración necesaria para dedicarse a la literatura, especialmente a la poesía. En 1966 conoció a su futuro editor, Jon Martín, que fundó la editorial Black Sparrou, con el fin de publicar su obra. Colaboró en la revista OPEN CITY de Los Ángeles. En ella escribió los relatos que más tarde conformarían la obra Escritos de un viejo indecente.

El año 1970 fue crucial en la vida literaria de Bukowsky. Abandonó su trabajo de cartero, y decidió dedicarse de lleno, en cuerpo y alma, a la literatura, vocación que no traicionó hasta el final de sus días.

Este autor, afortunadamente recuperado para la literatura, empezó a escribir cuentos muy joven pero, tras un primer relato publicado por una revista en 1944, abandonó la literatura hasta principios de los años 60, que comenzó a publicar sus primeras obras en editoriales y revistas underground, fundamentalmente poesía. Destacan las antologías de poemas como Crucifijo en una mano muerta (1965) y Los días pasan como caballos salvajes sobre las colinas (1969). Su poesía presenta un estilo muy personal, y se explicita en un realismo lapidario que es exponente de su desencanto existencial. Está plagada de datos autobiográficos, y en ella se contraponen los momentos descarnados y salvajes, por un lado, y los momentos líricos y entrañables, por otro, acompañados en muchas ocasiones de un humor mordaz y corrosivo. Su producción poética es extensa (llegó a escribir 30 poemarios), y con el paso de los años se fue haciendo más directa y sobria, como por ejemplo en El amor es un perro del infierno (1974) o La última noche de la tierra (1992).

Su narrativa es más autobiográfica, si cabe, que su poesía. En ambas desarrolla la misma temática: el alcohol, el sexo, la soledad, la miseria de la civilización occidental y el nihilismo existencial. En 1970 publicó su primera novela Cartero, que iniciaba una serie de seis novelas, todas protagonizadas por Henry Hank Chinaski:
Factotum (1975), Mujeres (1978), La senda del perdedor (1982), Hollywood (1989) y Pulp (1994).

Por otra parte, sus cuentos están reunidos en varios volúmenes: Erecciones, eyaculaciones, exhibiciones, La máquina de follar, Se busca a una mujer, Música de cañerías, Hijo de Satanás y la mencionada Escritos de un viejo indecente.

Jesús G. Yánez (“Bukowski, viaje a las cloacas“) afirma que “Charles Bukowski vivió en el otro lado del sueño americano. El de los perdedores, los vagabundos, las prostitutas, los alcohólicos, la gente sin esperanza y la gente sin futuro. Un mundo en el que no hay lugar para lágrimas de niño llorón ni florituras. Un universo tan cruel como real. Convertido en “Santo Patrón de los escritores que beben o de los bebedores que escriben“ Bukowski se ganó a pulso el título de último escritor maldito del siglo XX. Él es la reencarnación de la escritura sucia, salvaje y hostil. En este caso, tanto la vida como la obra del autor están a la misma altura. Es decir, en la estratosfera...

Bukowski representó en la literatura el otro lado del sueño americano tal como Tom Waits, por ejemplo, lo ha hecho en la música. Los tosidos quejumbrosos de Waits no difieren mucho del endiablado ritmo que Bukowski impuso a su máquina de escribir. Los temas tampoco. Bares de mala muerte, violencia, habitaciones destartaladas, trabajos de desecho, apuestas, alcohol y sexo en sumo grado. En sus páginas sólo hay lugar para declaraciones de este calibre:
“Siempre he admirado al malo, al forajido, al hijo de puta. No me gustan los buenos chicos de pelo corto, corbata y un buen empleo. Me gustan los hombres desesperados, los hombres con los dientes rotos y el cerebro roto... No me gustan las leyes, la moral, las religiones, las reglas. No me gusta dejarme moldear por la sociedad“.

Este es el ambiente que recoge Bukowsky en la novela Factotum. En esta obra autobiográfica de sus años de juventud, el autor nos describe la vida de su álter ego, Henri Chinasky, peregrinando de empleo en empleo, todos sórdidos, extremos y deshumanizantes, emborrachándose hasta el coma etílico, enfermo de satirismo e intentando consumarse como escritor.

VALORACIÓN

Sorprende el estilo tan claro y directo, a veces incluso brutal, sin margen para la interpretación, del que hace gala Bukowsky en esta obra que, si bien en una primera instancia parece que sólo habla del alcohol, sexo, sordidez, caos y locura, realmente nos presenta una historia autobiográfica que desarrolla de forma magistral los temas de la soledad y la desesperanza del individuo en una sociedad hecha a la medida de los triunfadores y los poderosos. Se trata de una soledad sin posibilidad alguna de solución, que se resuelve en la autodestrucción de los protagonistas, tanto en cuanto éstos están condenados a sobrevivir en las cloacas de las ciudades, en una suerte de predestinación fatal. Nadie triunfa, nadie acaricia el éxito, ni tan siquiera vislumbra la luz al final del túnel oscuro y profundo que es la vida. Todos los personajes son tristes, apagados y carnaza de miseria. El protagonista, Chinasky, es un sujeto que odia el sistema, homofóbico y nihilista, que se refugia en el alcohol y el sexo para olvidar lo intrascendente que es su vida, y que solamente encuentra consuelo en la literatura. Él se conoce bien. Sabe lo que no quiere, y por ello no se deja absorber por el sistema. “Ese soy yo. Lo tomas o lo dejas” llegará a decir a una de sus amantes. Pero, por el contrario, en ningún momento queda de manifiesto lo que quiere, sus anhelos, ilusiones o ambiciones. Esta circunstancia nos puede llevar a definir a Chinasky como un perdedor consumado, derrotado en su propia pusilanimidad. No obstante, sería un error no dar un paso más adelante, y considerar que en el fondo Chinasky es un luchador, eso sí, a su manera; pero un luchador. Él lucha, y lucha mucho, en una guerra que es la suya, en constante liz contra el sistema establecido. Así, cada borrachera es una batalla, cada trabajo perdido una victoria, cada relación sexual un descanso, cada puñetazo una certidumbre, y cada dólar ganado una derrota.

INTERVENCIONES

Nicolás Zimarro:

Es muy difícil catalogar a un autor de las características de Charles Bukowsky, un escritor tan alejado del prototipo de escritor intelectual y sensible, que no pretende en ningún momento la recreación fantástica de historias, esto es, que rehuye escribir ficción; un escritor que se distancia de la novelística psicologista, costumbrista romántica e idealista; un escritor que muestra sin empaques su antipatía al resto de los escritores y su desprecio inconmensurable a sus propios lectores; un escritor, en fin, que sólo busca en la literatura el espacio de libertad necesario para desparramar su ajetreada y convulsa vida en escenas hechas poemas y en episodios convertidos en relatos y novelas. El mismo Bukowsky lo reconoce cuando declara: “He sido maltratado, vejado y encarcelado. He pasado por todo en mi vida, y tengo detrás una larga lista de exmujeres y extrabajos”. En efecto, ésta es la intencionalidad última de su creación literaria: narrar su experiencia vital, su periplo existencial de vagabundo, indigente, alcohólico y obseso sexual. Factotum es precisamente un exponente paradigmático de tal propósito.

De todas formas, algunos críticos intentan relacionarlo con diversos autores, bien sea por su “malditismo” (con Arthur Rimbaud, Paul Berlaine y Charles Baudelaire), bien por sus obsesiones sexuales (con Walt Whitman), bien por ambas cosas (con William Carlos Wulliams y Henri Miller), bien por su “modus vivendi” (con Allen Ginsberg, Jakc Kerouac, Neal Cassidy, William S. Barrough, Gregory Corso, Lawrence Ferlinghetti, Philip Lamantia y Michael McClure), bien por su realismo “sucio” (con Paul Bowles y Ken Kesei), o bien por propia confesión de Bukowsky (con Celine y Heminway).

Con todo, nadie pone en duda el estilo personalísimo, directo, explosivo y sin concesiones de Bukowsky, que le sirve para presentar una visión caústica de la sociedad en que le tocó vivir así como del propio individuo humano, visión siempre generada bajo los efluvios del alcohol. “Salió de la ducha y vomitó en el retrete; luego volvió a la ducha. Aquel era el problema de ser escritor, ese era el principal problema: tiempo libre, demasiado tiempo libre. Tenías que andar esperando a que se acumulara el material para escribir y mientras esperabas te volvías loco y como te volvías loco bebías, y cuanto más bebías más loco te ponías. La vida del escritor no tenía nada de glorioso, ni la del bebedor”afirma Bukowsky. Y en su caso desgraciadamente esto no es ninguna exageración, porque el alcohol se convirtió, ya desde su adolescencia, en poco menos que la sangre de su cuerpo y en la tinta de su máquina de escribir. “Necesito beber para escribir, escribir para beber. Mi estado de lucidez lo consigo bajo los efectos del alcohol” solía decir.

Efectivamente,”Factotum” es un inmejorable ejemplo de este planteamiento vital y literario. Chinasky (o sea, Bukowsky) vive la vida como la fatalidad de un equilibrio imposible entre la sinceridad y el fingimiento, como una dialéctica absurda entre el consciente y el inconsciente. No es extraño, por tanto, que Bukowsky entienda la literatura como un análisis lúcido y diáfano de la vida, un ejercicio de paroxismo que concluye en la expresión de las vivencias más íntimas en forma de poemas o texto en prosa, algo similar a una crónica de una búsqueda de la verdad en el universo caótico de los sentimientos, que sólo puede realizarse utilizando el caleidoscopio de las emociones, cuyos cristales limpia con alcohol. El alcohol es el catalizador de sus contradicciones, el elixir de la vida eterna; es el líquido elemento donde se diluyen sus anhelos, frustraciones y sufrimientos, que se transforman en la tinta con la que luego los derrama en palabras. Por esta razón, sus líneas son un vómito que hiede a alcohol, y toda la obra es una garrafa desbordada de vino rancio de desventura que vierte resignación y derrota, desparramando lasitud, autoengaño, sueños incumplidos, sapos de mendacidad, soledades enajenadas en párrafos y náusea.

Joseba Molinero:

La novela recoge el modo de vida, la situación socioeconómica y la idiosincrasia de los norteamericanos en las décadas de los 40 y los 50, explicitadas en pasajes puntuales de la vida de los protagonistas. En este sentido, aunque no propiamente, puede ser considerada como costumbrista. En ella Bukowsky nos descubre una sociedad que nada tiene que ver con el milagro americano: un altísimo porcentaje de la población en paro, escasas o nulas perspectivas de futuro, crisis profunda de valores, ausencia de ideales, vagabundeaje e indigencia y consumo discrecional de alcohol extendido a todas las capas sociales. De este modo, escribiría: “¿Ha habido alguna vez algún instante de justicia para los pobres? Toda esa mierda sobre la democracia y las oportunidades con las que nos alimentaban eran sólo para evitar que quemaran los palacios. Claro, de vez en cuando había un tipo que salía del vertedero y lo conseguía. Pero por cada uno que lo conseguía había cientos de miles enterrados en los barrios bajos o en la cárcel, o en el manicomio, o suicidados o drogados o borrachos, y muchos más trabajando por un sueldo de miseria, desperdiciando sus vidas por la mera subsistencia. La esclavitud no ha sido abolida, solamente se ha expandido para incluir a nueve décimas partes de la población. En todas partes ¡santa mierda!” En este contexto, Chinasky, el principal protagonista de la obra, no es sino un desahuciado más en ese basurero de soledad, inmundicia, depravación, hipocresía, insolidaridad y alienamiento que conforman las distintas ciudades que va recorriendo en su huída hacia ninguna parte. No le interesa nada ni nadie; no le subyuga la idea de construir a la construcción del denominado “milagro americano”; no pretende cambiar la sociedad; no anhela la autosuperación; no. Sólo busca la autodestrucción, el olvido de sí mismo. Y en esta caída al vacío, jalonada de alcohol, sexo, incomprensión, soledad y miseria, no halla otra cosa que la derrota más humillante de su propia humanidad.

Roberto Sánchez:

La novela se enmarca dentro de la tradición literaria norteamericana de los últimos treinta años. Habla de la vida de una forma sencilla, sin alambicamientos, sesudos análisis de la psicología de los personajes, recurrencias históricas, justificaciones de las motivaciones de los personajes para actuar de una manera u otra ni disquisiciones filosóficas, y consigue adentrarnos, casi sin que nos percatemos de ello, en el laberíntico mundo de los personajes que protagonizan las diferentes historias que se narran en el libro. La forma de expresión que presenta recuerda al modo de hacer de los pintores impresionistas, que componían sus cuadros partiendo de un montón de pinceladas sueltas e inconexas entre sí, y que vistas desde cerca no parecen tener sentido alguno, pero que contempladas desde la distancia adecuada adquieren una forma plena de luz y de vida. De igual modo, cada uno de los episodios que narra Bukowsky, en sí mismos no tienen un significado más allá del propio episodio, y pueden conducirnos a un equívoco, si no los consideramos en el conjunto de la novela, que es cuando adquieren un sentido total. Algo parecido ocurre cuando Bukowsky disecciona la psicología del
protagonista principal, Chinasky, dando simplemente unas referencias precisas y escuetas a lo largo de toda la obra, que poco a poco van configurando la clase de individuo que es este personaje: un tipo desclasado, marginal (por propia voluntad), que adopta un estilo de vida en el que prima sobre todo su propia libertad, entendida ésta como un distanciamiento del mundo externo, o sea, de la sociedad norteamericana a la que él no quiere pertenecer, como una superación del enajenamiento socioeconómico y como la satisfacción inmediata de los vicios y obsesiones que lo envuelven, lo cual se traduce en soledad, no trabajar más que lo justo para subsistir, beber alcohol y follar. Esta frase pronunciada por Chinasky resume certeramente su caracterización vital: “Mientras bebías, el mundo seguía allí fuera; pero por el momento no te tenía agarrado por la garganta”. Está claro, he aquí toda una filosofía de vida que, en el caso que nos ocupa, se sustancia en la historia de un hombre a la deriva. Una historia más o menos interesante, pero sin duda provocadora, que comienza relatando unos hechos verdaderamente escalofriantes (violencia física en forma de peleas, puñetazos y manporros, una felación brutal y descarnada y la agresión de Chinasky a su padre),continúa con la sucesión de una serie innumerable de situaciones laborales y experiencias sexuales (que no son sino la manifestación externa de esa deriva personal) y termina en una flagrante derrota, en el completo hundimiento en un vacío absoluto, como así se subraya en la última frase del libro (que por cierto es una manera fabulosa de acabarlo): “Y a mí no se me pudo poner dura” (por supuesto, se refiere a...)

Jon Rosáenz:

La obra es de fácil lectura, seguramente debido a su sencillez formal, y no demasiado original, salvo por las situaciones esperpénticas que en la misma se reproducen, por lo que página a página se va haciendo más previsible. Carece de profundidad en la trama y en los diálogos, profundidad que sí consigue en el último capítulo (con mucho el más logrado y enjundioso de la novela). Posee un vocabulario vulgar, sin afanes de brillo, que le confieren un carácter monotónico.

Bukowsky narra en esta novela sus vivencias de juventud, que se resumen en la historia de un inadaptado que se autojustifica dando rienda suelta al apetito de sus instintos. Simplemente subsiste, y no necesita dotar de sentido a su vida. Y esta capacidad de vivir sin rumbo es lo que hace interesante al escritor y su personaje, en cuanto el primero se constituye en el narrador de su propia experiencia tras largos años de permanecer en un lacerante desarraigo.

Miguel San José:

La novela es extremadamente ligera y superficial. No dice nada, sólo relata una sucesión de anécdotas más o menos divertidas, más o menos originales, que se amalgaman en el tránsito por la vida del joven Bukowsky. Eso es Todo.

Carlos Fernández:

El libro es principalmente un disparate, sobre todo en sus primeros capítulos, escrito con una prosa no ya vulgar, sino “chusca”, más propia de un adolescente que de un escritor
reconocido. Sin embargo, esta eventualidad es superada con creces por la sinceridad que rezuman sus páginas, lo cual hace que el protagonista de las mismas resulte un personaje absolutamente creíble, al igual que la historia que vive. Henri Chinasky aparece minuciosamente detallado a través de sus acciones, sin necesidad de mayores explicaciones o descripciones de su perfil físico o humano. Así, la crudeza con que el autor relata sus actividades, carente de emociones o valoraciones morales, hacen muy verosímil al personaje, un vagabundo inadaptado, fruto de su propia indolencia, si bien esta verosimilitud se sustenta exclusivamente en la identificación del autor con dicho personaje. Bukowsky asegura que “Es bastante fácil parecer moderno cuando en realidad se es el mayor idiota que jamás haya existido. Ya lo sé yo. He sacado algunos poemas horribles, pero no tan horribles como los que he leído en las revistas. Poseo una honestidad fruto de las putas y los hospitales que no me permite fingir algo que no soy”. Y es verdad, Chinasky muestra un gran desinterés por todo lo que le rodea, si exceptuamos el alcohol y el sexo, por este orden. A lo largo de la narración asistimos a la creciente degradación del personaje , de la que él en su abulia no parece ser consciente. En este aspecto, el relato puede resultar reiterativo, ya que apenas habla de algo distinto a los sucesivos empleos a los que accede y posteriormente pierde y a las continuas borracheras aderezadas con varios encuentros sexuales. El final se precipita cuando Chinasky accede por un día al rol de empleador, al hacerse cargo de la oficina de personal de un hotel, cometido que cumple de forma despiadada y degradante para con los distintos solicitantes de trabajo. El caso es que ese día también se emborracha hasta la locura, y es despedido del hotel. Aquí se consuma su definitiva caída en el abismo. Entonces se encadenan los acontecimientos más terribles, cuyo colofón es su expulsión a golpes de la agencia de trabajadores para la industria. (Este episodio es quizá el único en toda la obra que contiene cierta dimensión moral, puesto que de su contenido se desprende que Chinasky ha sido castigado por su paupérrimo comportamiento con quienes iban en busca de empleo el día que desempeñó el trabajo de empleador en el hotel). El libro termina precisamente cuando Chinasky parece tomar conciencia de su degradación, lo que ocurre cuando no consigue tener una erección en el espectáculo erótico al que asiste, y en el que se había gastado sus últimos centavos. Y lo que ocurre después forma parte de otra historia.