Acta mayo 2005

OBRA: MEMORIA DE MIS PUTAS TRISTES
AUTOR: Gabriel García Márquez

PONENTE: Nicolás Zimarro

PRESENTACIÓN

“Gabriel José García Márquez nació en Aracataca (Colombia) en 1928.
Cursó estudios secundarios en San José a partir de 1940 y finalizó su bachillerato en el Colegio Liceo de Zipaquirá, el 12 de diciembre de 1946. Se matriculó en la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional de Cartagena el 25 de febrero de 1947, aunque sin mostrar excesivo interés por los estudios. Su amistad con el médico y escritor Manuel Zapata Olivella le permitió acceder al periodismo. Inmediatamente después del “Bogotazo” (el asesinato del dirigente liberal Jorge Eliécer Gaitán en Bogotá, las posteriores manifestaciones y la brutal represión de las mismas), comenzaron sus colaboraciones en el periódico liberal El Universal, que había sido fundado el mes de marzo de ese mismo año por Domingo López Escauriaz.
Había comenzado su carrera profesional trabajando desde joven para periódicos locales; más tarde residiría en Francia, México y España. En Italia fue alumno del Centro experimental de cinematografía. Durante su estancia en Sucre (donde había acudido por motivos de salud), entró en contacto con el grupo de intelectuales de Barranquilla, entre los que se contaba Ramón Vinyes, ex propietario de una librería que habría de tener una notable influencia en la vida intelectual de los años 1910-20, y a quien se le conocía con el apodo de “el Catalán” -el mismo que aparecerá en las últimas páginas de la obra más célebre del escritor, Cien años de soledad (1967). Desde 1953 colabora en el periódico de Barranquilla El nacional: sus columnas revelan una constante preocupación expresiva y una acendrada vocación de estilo que refleja, como él mismo confesará, la influencia de las greguerías de Ramón Gómez de la Serna. Su carrera de escritor comenzará con una novela breve, que evidencia la fuerte influencia del escritor norteamericano William Faulkner: La hojarasca (1955). La acción transcurre entre 1903 y 1928 (fecha del nacimiento del autor) en Macondo, mítico y legendario pueblo creado por García Márquez.
Tres personajes, representantes de tres generaciones distintas, desatan y cada uno por su cuenta
- un monólogo interior centrado en la muerte de un médico que acaba de suicidarse. En el relato aparece la premonitoria figura de un viejo coronel, y “la hojarasca” es el símbolo de la compañía bananera, elementos ambos que serían retomados por el autor en obras sucesivas.

En 1961 publicó El coronel no tiene quien le escriba, relato en que aparecen ya los temas recurrentes de la lluvia incesante, el coronel abandonado a una soledad devastadora, a penas si compartida por su mujer, un gallo, el recuerdo de un hijo muerto, la añoranza de batallas pasadas y... la miseria. El estilo lacónico, áspero y breve, produce unos resultados sumamente eficaces. En 1962 reúne algunos de sus cuentos -ocho en total- bajo el título de Los funerales de Mamá Grande, y publica su novela La mala hora.
Pero toda la obra anterior a Cien años de soledad es sólo un acercamiento al proyecto global y mucho más ambicioso que constituirá justamente esa gran novela. En efecto, muchos de los elementos de sus relatos cobran un interés inusitado al ser integrados en Cien años de soledad. En ella, Márquez edifica y da vida al pueblo mítico de Macondo (y la legendaria estirpe de los Buendía): un territorio imaginario donde lo inverosímil y mágico no es menos real que lo cotidiano y lógico; este es el postulado básico de lo que después sería conocido como realismo mágico. Se ha dicho muchas veces que, en el fondo, se trata de una gran saga americana. Macondo podría representar cualquier pueblo, o mejor, toda Hispanoamérica: a través de la narración, asistimos a su fundación, a su desarrollo, a la explotación bananera norteamericana, a las revoluciones, a las contrarrevoluciones... En suma, una síntesis novelada de la historia de las tierras latinoamericanas. En un plano aún más amplio puede verse como una parábola de cualquier civilización, de su nacimiento a su ocaso.
Tras este libro, el autor publicó la que, en sus propias palabras, constituiría su novela preferida: El otoño del patriarca (1975), una historia turbia y cargada de tintes visionarios acerca del absurdo periplo de un dictador solitario y grotesco. Albo más tarde, publicaría los cuentos La increíble historia de la cándida Eréndira y de su abuela desalmada (1977), y Crónica de una muerte anunciada (1981), novela breve basada en un suceso real de amor y venganza que adquiere dimensiones de leyenda, gracias a un desarrollo narrativo de una precisión y una intensidad insuperables. Su siguiente gran obra, El amor en los tiempos del cólera, se publicó en 1987: se trata de una historia de amor que atraviesa los tiempos y las edades, retomando el estilo mítico y maravilloso. Una originalísima y gran novela de amor, que revela un profundo conocimiento del corazón humano. Pero es mucho más que eso, debido a la multitud de episodios que se entretejen con la historia central, y en los que brilla hasta lo increíble la imaginación del autor.
En 1982 le había sido concedido, no menos que merecidamente, el Premio Nobel de Literatura. Una vez concluida su anterior novela vuelve al reportaje con Miguel Littin, clandestino en Chile (1986), escribe un texto teatral, Diatriba de amor para un hombre sentado (1987), y recupera el tema del dictador latinoamericano en El general en su laberinto (1989), e incluso agrupa algunos relatos desperdigados bajo el título Doce cuentos peregrinos (1992). Nuevamente, en sus últimas obras, podemos apreciar la conjunción de la novela amorosa y sentimental con el reportaje: así en Del amor y otros demonios (1994) y Noticia de un secuestro (1997). Ha publicado también libros de crónicas, guiones cinematográficos y varios volúmenes de recopilación de sus artículos periodísticos: Textos costeños, Entre cachacos, Europa y América y Notas de prensa.
Finalmente, ha escrito los sucesivos tomos que constituyen la extensa autobiografía del autor, Vivir para contarla, cuyo ejercicio, según el propio García Márquez constituye, básicamente, una
garantía para mantener “el brazo caliente” entre dos novelas” (1)

En Memoria de mis putas tristes Gabriel García Márquez nos obsequia con una novela corta que prácticamente desarrolla la extensión de un relato, y que está magistralmente escrita. Presenta una prosa limpia, fácil en apariencia, redactada para ser degustada frase a frase, palabra a palabra. En realidad, da la impresión de que Márquez se regocija en la construcción y el diseño de la forma del texto, sin importarle tanto la historia que a través de él se cuenta.

La estructura de la obra es sólida. Como asevera Joaquín Marco, “el montaje del relato no presenta fisuras, los personajes están trazados con fina ironía. ¿Y qué decir de su estilo? Uno no puede sino admirar la precisión léxica, el tratamiento de orfebre de la expresión. (...) ...no hay palabra que sobre. La precisión con la que utiliza el léxico, la modulación de su prosa y sus rasgos chispeantes no tienen parangón. Su prosa sentenciosa y el adjetivo sorprendente son poéticos. No desdeña el barroco y se mece en él con las músicas más dispares, las que escucha, aprecia y aquí menciona” (2), y que en la obra se convierten en una sugerente compañía, en un susurro melódico que completa la sinfonía de este extraordinario y bello texto.

Memoria de mis putas tristes, es una historia de amor ambientada en una casa solariega y el burdel de Rosa Cabarcas. Su personaje principal es un nonagenario solitario y triste. Nunca se ha casado, nunca ha sentido el amor. Toda su vida ha sido un constante trajín sexual en los prostíbulos o en el escenario de su habitación. Caricias, besos y sexo que fueron de pago, siempre de pago.

La novela es un canto a la vida, la exaltación del deber de vivir y la necesidad de amar, a pesar de la vejez, la soledad y la tristeza, personificadas en la experiencia vital de un anciano que a sus noventa años siente de nuevo la irrefrenable llamada del sexo, a partir de su extraña relación con una muchacha virgen, a la que acabará amando apasionadamente. Y es el propio protagonista quien narra las incidencias, los pormenores y las circunstancias objetivas y anímicas que concurren en el devenir de los hechos. Así nos relata sus prejuicios, temores, pasiones, sentimientos y vivencias con una naturalidad desbordante y un realismo fehaciente. En el relato destacan sobre todos tres personajes femeninos, además del personaje de Delgadina, la niña objeto del deseo del anciano, que en la trama del libro tiene una presencia absolutamente pasiva. Son: Rosa Cabarcas, la dueña del prostíbulo en donde se encuentran el anciano y la niña, y Damiana y Casilda Armenta, ambas prostitutas y amantes, a su manera, del anciano. Las tres mujeres uegan un papel decisivo en el desarrollo y el desenlace de los acontecimientos. Rosa Cabarcas es la celestina que satisface los deseos del nonagenario, a la vez que una especie de albacea de su testamento – en realidad ambos deciden ser albacea uno del otro, en el caso del fallecimiento de uno de ellos, y determinan que el destinatario de su herencia sea Delgadina-. Damiana es la fiel servidora del anciano, que durante décadas atiende sus necesidades domésticas, al tiempo que sufre en silencio un amor frustrado en origen hacia su dueño. Y Casilda es la amante de siempre, la que durante tantos años ha alquilado su cuerpo al anciano, y que le previene de la magnificencia del sexo con amor, animando al longevo a amar a Delgadina.

VALORACIÓN

En Memoria de mis putas tristes Márquez descubre el velo de las pasiones humanas y lleva a término una interesante prospección de la interioridad del ser humano, ese que busca la factualización plena de su potencialidad en cuanto que ser humano, precisamente intentando vivir la vida, proyectarse en su humanidad y conformar la propia identidad. En este caso, nos ofrece el punto de vista de un anciano acerca del sentido de la existencia y de la condición humana, el cual despliega su interioridad, desgranando sus deseos, frustraciones, miserias y convicciones a lo largo de la narración. Aunque resulta curioso, cuando no desconcertante, que García Márquez nos ponga en situación de una forma tan expeditiva, e impactante, como lo es el hecho de que la historia comience cuando el protagonista principal de la misma cumple 90 años, y pretende celebrarlo con una nueva experiencia amorosa. En la frase inicial de la novela expone esta intención que, por otra parte, resume el propósito fundamental del relato. Dice así: “El año de mis noventa años quise regalarme una noche de amor loco con una adolescente virgen”.
No obstante, cabe considerar la obra también como una metáfora que alude a la felicidad, concretada en los raptos de plenitud liberadora que supone para el anciano protagonista la contemplación de la belleza encarnada en el cuerpo desnudo de Delgadina. No hay pasión carnal en su enamoramiento, sino pasión vital y estética. Y es por esto que el amor que el anciano profesa a la niña no puede ser considerado como extemporáneo ni depravado. Quizá sea extraño o extraordinario y, si se quiere, hasta obsesivo; pero nunca indecente, perverso, aberrante o inverosímil.

Ricardo Fajardo (3) apunta que “Esta búsqueda de un amor loco expone al anciano a la vulnerabilidad, y plantea el ser y no ser de una existencia compleja e impotente. (...) Memoria de mis putas tristes es el drama psicológico de una obsesión, en la que se mezclan la vida y la muerte, la alegría y la tristeza, dejando constancia de que el amor verdadero es el que se ofrece sin esperar a cambio otra cosa que no sea amor”. Bien es cierto que la pasión de vivir prevalece en el espíritu de los personajes, y que la obra parece recrear un mundo en el que el placer resulta ser la única necesidad; pero, en realidad, como señala Ricardo Fajardo (4), “La novela no pretende ser la exploración de un comportamiento hedonista. Es, más bien, un análisis de las relaciones humanas, explicitadas en las relaciones sexuales, cuando en éstas falta el amor y la ética. Así, denuncia cómo el mercado del placer envilece a las personas, y el sufrimiento, la decepción y discriminación de que es objeto la mujer, cuando es valorada como una mercancía sexual”.

Memoria de mis putas tristes es un homenaje al novelista japonés Yasunari Kawabata (1899-1972), autor de la obra La casa de las bellezas durmientes. No es la primera vez que García Márquez alude a esta novela publicada en 1961, en la que el escritor japonés narra la historia de un anciano que contempla la belleza, y asume un estilo de vida que le permite recobrar la honestidad consigo mismo, cuando la belleza lo embriaga y lo hechiza, hasta el punto que la apreciación de la belleza lo vuelve invencible, distinto y renovado, aunque sienta el sabor de la nostalgia y la tristeza. Joaquín Marco (5) entiende que “las diferencias entre ambas novelas resultan esenciales. En la japonesa, los ricos ancianos que duermen junto a las adolescentes por una noche no pueden tocarlas, dado el rígido reglamento que rige la casa. La contemplación es pasiva y se aleja de cualquier pasión, salvo la reflexión sobre la vejez y la admiración de la belleza de los jóvenes cuerpos. Resulta más próxima al budismo que a la exaltación romántica, caribeña, apasionada”.

Por otra parte, también se pueden establecer nexos entre esta obra y otras novelas de Márquez. Por ejemplo, con “María dos placeres”, cuento incluido en el cuentario Doce cuentos peregrinos, por cuanto el amor es una flor tardía que brota en el corazón de los protagonistas de ambas obras; con El amor en los tiempos del cólera, por cuanto que en ambos libros el autor lleva a cabo un análisis exhaustivo y minucioso de la vejez; y con el cuento “El avión de la bella durmiente”, por la fascinación que ejerce en los protagonistas de ambas obras la contemplación de una niña que duerme, inerme, tierna, rebosando belleza.

Memoria de mis putas tristes es también una reflexión sobre la vejez, podría decirse, parafraseando a Ricardo Fajardo, que “desde una perspectiva mágico real del rejuvenecimiento de la vida humana, apresurada, rutinaria y acosada por el cansancio del trabajo. Es una exaltación de la senilidad desolada, que plantea la problemática de un hombre lleno de años y vivencias que intenta realizar su sueño: contemplar la belleza”. (6)

En esta novela, García Márquez recurre al narrador en primera persona, lo cual no deja de ser sorprendente, por cuanto en su obra de ficción solamente lo había hecho en otras dos ocasiones: en su primera novela, La hojarasca, y en Crónica de una muerte anunciada, si bien en esta última el narrador es testigo de los acontecimientos, y narra la mayor parte de los mismos en tercera persona, al contrario que en Memoria de mis putas tristes, en donde es el mismo protagonista quien narra su historia y, consciente de ello, nos la presenta como sus Memorias.

Ciertamente, la figura del narrador-protagonista tiene una importancia crucial, para entender mejor el intento de aproximación a la realidad de los sentimientos de amor y los impulsos sexuales en el mundo de los ancianos. Heriberto Fiorillo, en un ensayo publicado en la revista “Diners”, en el número correspondiente a setiembre de 2004, aprecia que Márquez se acerca, casi hasta acariciarlo, al personaje principal, que no es otro que su abuelo Nicolás. Fiorillo entrevistó a varias personas de las que se mencionan en el libro, en la ciudad colombiana de Barranquilla, escenario urbano en el que se desarrolla la acción de la novela, a pesar de que no se mencione tal ciudad en ningún momento. También tuvo oportunidad de entrevistar a varias prostitutas del burdel “El Molino Rojo” de Barranquilla, al cual acudía García Márquez en su juventud, para escuchar”historias”. Joaquín Marco (7) nos recuerda que “Barranquilla está situada en el estuario del río Magdalena, población próxima a Cartagena de Indias. Allí, Márquez realizó sus primeros escarceos periodísticos, alternó con algunos de sus amigos más fieles, y descubrió la literatura contemporánea”. Y añade: “En el libro, tampoco se precisa el tiempo en el que se desarrolla el relato, aunque bien pudiera ser a comienzos de los años cincuenta. En la página 41 el autor narra sus cuarenta años y la novela finaliza cuando acaba de cumplir los noventa y uno. Sabemos también que el primer lance de amor del narrador en primera persona con una prostituta se produjo poco antes de los doce y en su característico afán de precisión, la muchacha que descubre, a la que llamará Delgadina, cumple sus quince años el día quince de diciembre.
(...) Este narrador que se autocalifica, de forma casi valle-inclanesca, como “feo, tímido y anacrónico”, vive en una amplia casa colonial heredada de sus padres, de la que ha ido vendiendo casi todo, salvo la biblioteca, y asegura con orgullo que “nunca me he acostado con ninguna mujer sin pagarle y a las pocas que no eran del oficio las convencí por la razón o por la fuerza de que recibieran la plata aunque fuera para botarla a la basura”. Anotará en una libreta tales experiencias hasta superar las quinientas y abandonar la desbordante tarea.

Frecuentador de burdeles, estuvo a punto de casarse, pero dejó plantada a la novia el día de la ceremonia. Su afición, además de la lectura, es la música (como la del propio novelista) y se convierte en el crítico musical del periódico, además de columnista del mismo (aprovechará para aludir al censor que vigila, implacable, los textos a pie de redacción) tras haber sido profesor sin ningún interés por la docencia o hacia sus alumnos. La exageración, uno de sus métodos narrativos, se inicia ya con lo que definirá como “glorificación de la vejez” (pág. 13). Contará el paso del tiempo por décadas y, a diferencia de Kawabata, terminará su relato con el apasionamiento de un joven, porque “la edad no es la que uno tiene sino la que uno siente” (pág. 61). En una conversación franca con Casilda Armenta, de la que fue antiguo y repetido cliente, le confiesa: “es que me estoy volviendo viejo, le dije. Ya lo estamos, suspiró ella. Lo que pasa es que uno no lo siente por dentro, pero desde fuera todo el mundo lo ve” (pág. 95). Esta tardía pasión se inicia a través de una celestina, Rosa Cabarcas, que constituye una pieza esencial en el engranaje del relato. Ella buscará a la muchacha que sólo cuenta catorce años, pero el anciano se limitará, en todos los encuentros, a dormir junto a ella, salvo en uno en la que le besará por todo el cuerpo. Su enlace y confidente acabará confesándole que también ella se ha enamorado de él. No intercambian palabra, salvo en una duermevela, cuando le adivinará una voz “plebeya”. Sus exaltadas manifestaciones amorosas se producirán en sus artículos de prensa. Allí escribe cartas de amor que van a ser leídas, incluso, por la radio, convirtiéndole en un personaje aún más popular. No faltará una cierta intriga que permitirá aludir a la corrupción política en la que se vive (un asesinato en el prostíbulo) que le alejará de la joven por unos meses y que le sumirá en la desesperación. Cuando vuelva a encontrarla descubrirá la transformación que se ha producido en su cuerpo. Pero el amor constituirá una exaltación sentimental que adquirirá un tono romántico en sus manifestaciones: “Siempre había entendido que morirse de amor no era más que una licencia poética. Aquella tarde, de regreso a casa otra vez sin el gato y sin ella, comprobé que no sólo era posible morirse, sino que yo mismo, viejo y sin nadie, estaba muriéndome de amor”. Y aún va más lejos cuando afirma: “El sexo es el consuelo que uno tiene cuando no le alcanza el amor” (pág. 70).

Esta pasión senil le habrá llevado a manifestarse sin recato no sólo en sus textos periodísticos, sino montando en la bicicleta que le regalará, en plena ciudad y cantando a voz en grito. Hay algo de locura que no debe confundirse con senilidad. En alguna ocasión imaginará a Delgadina junto a él, en su propia casa, mientras descarga un aguacero tropical o está trajinando con los autores latinos que ha salvado. Su dominio del italiano (su madre le enseñó esta lengua) le llevará a traducir a Leopardi. Morir después de los cien años y de amor es el último deseo en esta confesión que es la novela. Su vida no ha sido apasionante, pero la salva, ya en la vejez, el amor tardío”.

INTERVENCIONES

Jon Rosáenz:

El libro trata un tema interesante, que bien pudiera ser una recreación del mito bíblico del rey David, quien al final de sus días, ya muy anciano y mortecino, permanecía postrado en la cama y precisaba de la atención de una niña virgen que le calentaba el lecho, toda vez que su harén de esposas y concubinas había pasado a mejor vida.

En el caso que nos ocupa, las tornas cambian, y es un anciano el que protagoniza una historia de “amor” con una niña a la que cuida y mima en una habitación de un burdel; aunque el asunto que desarrolla resulta inverosímil, tanto en cuanto no parece que sea factible una relación de”amor-pasión” entre un anciano de 90 años y una niña púber. Quizá esto explique el hecho de que los encuentros del anciano con la niña presenten ciertos tintes surrealistas rayanos con el absurdo (la niña es un mero ornamento, el cuerpo físico de una obsesión, que siempre duerme, impersonal e impávida, y que nunca habla; es el objeto excusa de una pasión ambigua y “romántica” nada creíble). Por esta razón, puede decirse que se trata de una novela hasta cierto punto fallida. Es más, como afirma Lucía Echevarría (8), cabe añadir incluso que presenta una relación amorosa de dudosa moralidad, cuando no absolutamente inmoral. Según ésta, García Márquez hace una apología de la explotación laboral infantil (Delgadina trabaja ya a la edad de 14 años, en un trabajo mal pagado y en pésimas condiciones laborales), por una parte; y por otra, una exculpación de la explotación sexual infantil (como queda de manifiesto en las conversaciones que mantienen el sátiro anciano y la alcahueta del prostíbulo donde se reúnen el viejo y la niña). Lucía Echevarría se pregunta qué ocurriría si la relación erótica tuviera como protagonistas
a un periodista nonagenario y a un muchacho, pongamos por ejemplo, marroquí. ¿No resultaría un auténtico escándalo? ¿Se atrevería alguna editorial a publicar el libro?

Miguel San José:

En la novela queda patente la maestría de García Márquez en el arte de la escritura. En ella nos relata la historia de la frustración que siente un anciano que constata la vaciedad de toda una vida sin amor, cuando lo descubre justo en el crepúsculo de sus días. La descripción de los ambientes, la correlación de los acontecimientos, el análisis de la psicología de los personajes y todo lo concerniente a la estructura y forma del texto es una buena muestra del buen hacer narrativo del genio colombiano. Aunque, más que un trabajo realizado a conciencia, con absoluto convencimiento y espíritu creativo, da la impresión de que se trata del cumplimiento de un deber contractual con la Editorial Mondadori, cuyo único objetivo es lograr ser un superventas. Hecho que explica la elección de un tema que tiene un indudable impacto social (la aberrante relación supuestamente amorosa entre un viejo vicioso y una niña víctima de la miseria social y económica),pero que es ciertamente un sin sentido, una historia inverosímil. El resultado final es una novela cumplida y correcta, probablemente la peor de García Márquez. Sólo eso.

Carlos Fernández:

Memoria de mis putas tristes es una novela eminentemente emotiva, y muy recomendable. Gabriel García Márquez desarrolla en la misma propia y fundamentalmente una idea: la idea de que en determinadas circunstancias, por lo general ante la concurrencia de experiencias traumáticas, afloran los instintos más primarios del ser humano, instintos que normalmente permanecen en modo latente, reprimidos por medio de la educación y la cultura socializadora. De esta manera procede el protagonista de la obra, un anciano que es consciente de que tiene noventa años y de que ya le ronda la muerte, cuando decide pasar una noche de amor loco con una muchacha virgen, lo cual es algo que hasta esa misma noche le había parecido una tentación obscena. Y así lo confirma la alcahueta del prostíbulo, Rosa Cabarcas, quien reconoce que no era la primera vez que le había propuesto a su cliente preferido una noche de sexo con una niña virgen. Éste, al parecer, siempre rechazó la oferta; a pesar de que, como ella afirma, “nunca había creído en la pureza de sus principios”, asegurando que “también la moral es un asunto de tiempo”. Curiosamente, cuando el anciano se libera de la carga de la represión y sucumbe a la tentación, ocurre un hecho inesperado y extraordinario: el hallazgo del amor. Esta eventualidad determina que el anciano no llegue a consumar ninguna relación sexual con la niña que le ofrece en suerte la alcahueta y, por el contrario, obra en él un renacimiento de la alegría de vivir, la recuperación de un renovado optimismo y el descubrimiento del sentido de la vida, que se traducen en la decisión del anciano de “morir de buen amor, en la agonía feliz de cualquier día después de mis cien años”. Este buen amor no es amor carnal, ni tan siquiera amor a una persona (la adolescente virgen), es amor a un ideal de inocencia y pureza. Por eso, el anciano enamorado prefiere ignorar la voz de la muchacha, porque, como asegura en la página 77, “su voz tenía un rastro plebeyo, como si no fuera suya, sino de alguien ajeno que llevaba dentro. Toda sombra de duda desapareció entonces de mi alma. La prefería dormida”. Por eso, asimismo prefiere ignorar su nombre verdadero, y le concede el de “Delgadina”, el nombre de un personaje del romancero español, que fue la infausta hija menor de un rey moro que, al ser requerida de amores por su padre, determinó morir de sed antes de acceder a sus pretensiones, convirtiéndose en un paradigma de la pureza. Y por eso finalmente, en su afán de idealización del sujeto del amor, incluso prefiere ignorar que la muchacha viva y participe de la temporalidad de las cosas reales. Llegará a decir que “me inquietó que fuera tan real para cumplir años” (p. 71).

Con todo, bien sea por compasión, o bien sea por amor, definitivamente triunfa la dignidad de un ser humano que vence su debilidad, desatendiendo al imperativo de los instintos y promocionando la esperanza y la suerte de una vida feliz.

Joseba Molinero:

Memoria de mis putas tristes es un cuento perfectamente escrito, en el que García Márquez expresa con absoluta precisión lo que quiere decir, recreándose con genio inigualable en la lengua castellana. Y lo hace además utilizando un lenguaje rebosante de color y matices al que no le falta ni le sobra ninguna palabra, punto o coma. No hay barroquismos, perífrasis o circunloquios innecesarios. Todo es exactitud léxica y armonía estética. Por lo que el texto más que leerse, se deglute, y las frases y los párrafos que lo componen constituyen un menú degustación literario exquisito cuya lectura-ingesta reconforta el espíritu, un ágape repleto de manjares, de pasajes insólitos y sublimes (como por ejemplo los que presenta en las páginas 22, 40 y 41)que tienen un valor propio no por lo que pretenden describir, sino por cómo lo describen, lo mismo que un postre es fantástico porque nos apasiona la sensación placentera que nos produce el comerlo, y no por el conocimiento expreso de sus ingredientes o la receta de elaboración.

En otro orden de cosas, en lo que se refiere a la tipificación de los personajes, llama poderosamente la atención que García Márquez presente unos personajes tan fríos e impersonales, casi artificiales, muy alejados del estereotipo de los seres humanos corrientes, con conductas, comportamientos e idiosincrasia muy particulares y excéntricas, que no tienen nada que ver con la gente de la calle, esas personas embargadas por sentimientos más primarios, por necesidades más básicas, como son por ejemplo los protagonistas de los cuentos de Ignacio Aldecoa. Destacan sobre todos dos personajes: Delgadina y su anciano amante. Delgadina es una bella durmiente, una niña que no hace nada, que no dice nada, y que tampoco siente nada, por mucho que la celestina del burdel confiese que ésta corresponde al amor del nonagenario amante. El anciano protagonista de la historia, por su parte, es presentado como una persona bohemia, y hasta cierto punto libertaria, que ha vivido una vida cuajada de pasiones salvajes y extremas, pero que constata el estrepitoso fracaso de toda una existencia consagrada al hedonismo. Este hecho se produce cuando le sale “la hoja roja” del librillo de la vida, como diría D. Eloy, el jubilado protagonista de la obra La Hoja Roja de Miguel Delibes, y comienza a preguntarse qué ha hecho con su vida y cómo ha llegado a la situación en la que se halla. Desgraciadamente no encuentra respuestas a tales interrogantes, y se ha de conformar con la única escapatoria que le queda para huir de su soledad existencial, que no es otra que la contemplación de la belleza de una niña virgen desnuda. Así que, al contrario de lo que pueda parecer, la historia que se narra en este cuento es el relato pormenorizado de la obsesión que sufre un anciano por dotar de sentido a una vida que se le antoja desierta de sentimientos y verdad, y no el relato de una historia de amor. Por todo ello, la hipotética comunión conyugal entre ambos protagonistas, que cerraría el cuento con un final redondo de “y fueron felices, y comieron perdices…”, no parece muy creíble, ni tan siquiera pertinente. Y quizá sea ésta la única cuenta a apuntar en el “Debe” de esta magnífica obra.

Roberto Sánchez:

Gabriel García Márquez nos narra una excelente historia en esta joya literaria. La novela tiene 109 páginas en las que el autor cuenta exactamente todo lo que quiere contar. Es probable que García Márquez originalmente escribiera un libro de 500 o más páginas, pero lo pulió hasta el extremo de cerrarlo en una novela corta. Utiliza un lenguaje muy medido y preciso, caracterizado por la riqueza de su léxico, siempre renovador, brillante y sugerente, en el que podemos encontrar algunos términos en desuso, pero no ningún americanismo o palabra inventada “ad hoc”. He aquí algunas: aguaite, cacumen, camaján, chanza, huelga, encrespado, entuerto, filipichín, prémito, guaricha, jeme, lela, machucante, sabanear, franca, triquiñuela, penadas, yunta, etc…

La estructura de la obra se ajusta adecuadamente a la historia que se pretende relatar, que no es otra que la de la transfiguración de un anciano que supera la frustración de una vida que entiende intranscendente, copando los días que le quedan por vivir de ilusión, proyectos y esperanza. Es un discurrir continuo de recuerdos, pensamientos, sucesos y sentimientos (con toda seguridad autobiográficos o relacionados con las vivencias de familiares y amigos, como lo son todos los que recoge en el fondo de sus novelas, y así lo reconoce en su autobiografía Vivir para contarla) que acaban envolviendo al lector, haciéndole partícipe de la historia, empujándole a vivir dentro de ella. García Márquez va contando, contando y contando, y en ningún momento se entrevé algún punto de ruptura en la narración. Es como el flujo ininterrumpido de un río cuyas aguas van creciendo poco a poco, imperceptiblemente, y que al final terminan cubriendo a quien se introduce en ellas. Al principio, mojándole los pies; luego, rodeándole la cintura, el pecho y el cuello con un abrazo de agua; y definitivamente sumergiéndolo en el fondo fluvial. Esta es la magia que presentan todas las obras del nóbel colombiano, y éste es también el encanto de Memoria de mis putas tristes.

(1) http://www.mundolatino.org/cultura/garciamarquez/ggm1.htm
(2) Joaquín Marco en : http://www.puregibberish.typepad.com/pg/2005/04/memoria demis.html.
(3) Ricardo Fajardo en :
http://www.elateje.com/0412/resenas041202.htm
(4) Ver 3
(5) Ver 2
(6) Ver 3
(7) Ver 2