Acta abril 2005

OBRA: LA CIUDAD AMARILLA
AUTOR: Julio Manegat

PONENTE: Jon Rosáenz

PRESENTACIÓN

La propuesta de la lectura de esta novela tiene como uno de sus objetivos principales la rehabilitación de Julio Manegat, de este autor desconocido en el panorama literario actual, hasta el extremo de que su nombre no suena demasiado en nuestros días, ni sus libros se venden en las librerías. Rompamos una lanza en su favor, y reivindiquemos el lugar que le corresponde, por derecho propio, en la historia de la Literatura Contemporánea española, rescatándolo del injusto olvido e inmerecido ostracismo al que ha sido sometido.
Presentación
Luis Ignacio Manegat de Urmeneta (1), hijo de Julio Manegat, periodista y escritor, en los apuntes del libro que está preparando, sobre los personajes ilustres de la familia Manegat, presenta así a su padre:
“Mi padre nació en Barcelona el 4 de enero de 1922. Hijo del periodista y escritor Luis Gonzaga Manegat Jiménez (2), se licenció en Filosofía y Letras y cursó los estudios profesionales de Periodismo. En su dilatada labor como periodista destacan los siguientes aspectos:
Colaborador en El Noticiero Universal desde 1946, y colaborador fijo, como crítico literario desde 1952. Redactor de dicho diario desde enero de 1953, articulista, crítico literario y teatral. Colaboró en numerosos diarios, revistas, emisoras radiofónicas y en Televisión Española.
Tiene más de 150 volúmenes de artículos publicados. Fue director de La Escuela Oficial de Periodismo de Barcelona desde su reinstauración en 1968 hasta su extinción diez años más tarde al crearse la Facultad de Periodismo.
En varias ocasiones ha sido miembro de la junta directiva de la Asociación de la Prensa de Barcelona, de la que durante cuatro años fue vicepresidente primero.
Entre los premios obtenidos destacan:
Premio “AHR” a la labor de crítica literaria, de carácter nacional;
Premio Nacional de Teatro por la labor de crítico teatral;
Premio “Manuel de Montoliu” por la labor de crítica literaria, y
numerosos premios en concursos de artículos, cuya numeración sería muy prolija.
Obras teatrales y literarias: En su labor literaria destacan en teatro una veintena de obras escritas.
Estrenadas las siguientes: El viaje desconocido, Todos los días, El silencio de Dios, Los fantasmas de mi cerebro (en colaboración con el escritor José María Gironella), Quirófano B, Antes, algo, alguien….
En novela, las obras: La ciudad amarilla, La feria vacía, Maíz para otras gallinas, El pan y los peces, Spanish Show, Cerco de sombra, Amado mundo podrido, etc. En narrativa, Historias de los otros y Ellos siguen pasando.
En poesía, Canción en la sangre; en ensayo, La función crítica de la prensa, y en teatro (publicado) Todos los días, El silencio de Dios, y Els nostres dies.
Premios obtenidos por su labor literaria:
“Ciudad de Barcelona”, con la obra La feria vacía;
“Selecciones Lengua Española”, con El pan y los peces;
“Ciudad de Gerona”, con Maíz para otras gallinas;
Nacional de Teatro de la Real Academia Pontificia de Lérida con la obra Antes, algo, alguien…;
Pensionado de Literatura por la Fundación Juan March;
“Hucha de plata” y “Hucha de Oro” por la narración El coleccionista.
Sus novelas La ciudad amarilla e Spanish Show fueron finalistas, a un voto de distancia del ganador, del premio “Planeta”.
Julio Manegat fue durante cinco años secretario del Ateneo de Barcelona; fundador del Premio de la Crítica; miembro del jurado de innumerables concursos literarios y teatrales de carácter nacional; conferenciante en ateneos y cursos culturales de gran parte de España.
Algunos de sus libros han sido traducidos a varios idiomas. Ha prologado diversas obras de autores españoles y extranjeros.
En la actualidad, a sus 83 años sigue escribiendo prácticamente todos los días. Pluma y vieja máquina de escribir...”

El artículo titulado La sombra de un amigo, escrito por Juan Perucho en el periódico La Vanguardia el día 16 de diciembre de 2002, constituye un excelente documento que nos presenta la biografía y la obra de Julio Manegat de un modo ilustrativo y particular. Expone lo siguiente:
”Al salir del cine Verdi seguí calle abajo hasta llegar a una librería de lance, donde revisando sus estantes encontré la novela La ciudad amarilla, de Julio Manegat, editada por Planeta el año 1958. Era una de las pocas novelas de este autor que no conocía. Me parece que fue su primera novela.
Mantengo muy buenas relaciones con Julio Manegat [nacido en Barcelona en 1922]. Me refiero a relaciones humanas, no literarias, pues procedemos de distintos ámbitos ciudadanos de creación. A veces, me lo encuentro por la calle y departimos juntos aspectos de nuestra actual sociedad y de nuestra política. Es lo que se suele hacer.
Nos conocimos en la universidad, donde él cursó la carrera de Filosofía y Letras mientras yo hacía la de Derecho. Compartíamos tertulias en el patio de Lletres con Carmen Laforet, Néstor Luján, Antonio Vilanova y el poeta Salvá Miquel. Era el momento en que velábamos nuestros sueños junto con Julio Garcés, Juan Eduardo Cirlot, Manuel Sagalá y Ramón Eugenio de Goicoechea, estos últimos aglutinados en Barca Nueva, de la Editorial Berenguer, hacia 1943.
Cuando ingresé en el semanario Destino para ejercer la crítica de arte (la sección la titulé Invención y Criterio de las Artes), Julio Manegat ingresó de redactor en El Noticiero Universal y llegó con el tiempo a ser subdirector. Fue comentarista, crítico literario y teatral en el mismo periódico, funciones compartidas con el poeta Enrique Badosa. Escribió, pues, teatro, poesía y, finalmente, novelas. Su actividad ha sido reseñada en Quién es quién de las letras españolas (1969), Diccionario de las Letras Españolas (Revista de Occidente, 1972), Autores de la Literarura Española e Hispano-Americana, de Alianza Editorial (1993).
(...) Se trata, pues de una personalidad de relieve, muy conocida por los lectores y público en general. Sin embargo, me doy cuenta de que su nombre no es demasiado conocido en nuestros días ni aparecen libros suyos. Estos días están dominados por míticas mafias literarias que impiden la libertad editorial y provocan la repugnancia y el desinterés de determinados autores. Esto viene de lejos. Me acuerdo ahora de Melcior Font, poeta catalán extraordinario, olvidado hace años, o no participante, pues no se conoce si no es por sus Nous poemes del Montseny, nº 6 de Quaderns de Poesia (136), y de Gerard Vergés, aristocráticamente apartado del éxito vulgar. En castellano no se mencionan, por ejemplo, determinadas personalidades por razones políticas : Julián Ayesta, Eugenio Montes, Rafael Sánchez-Mazas, Pedro Mourlane-Michelena, etcétera.
¿Le ocurre esto también a Julio Manegat? ¿Por qué? Su literatura está inmersa en la realidad más profunda. Dicen sus editores que los hechos cotidianos están proyectados hasta sus últimas consecuencias y “esto concede una directa universalidad al tema tratado por el autor”. Recuerdo unos versos escritos por Enrique Badosa, su compañero de otros tiempos :
Yo iré olvidando noches y cuartillas
Y tintas de esperanza tan inciertas.
Y en el frío de los espejos rotos,
No volveré a escribir palabras viejas.

¿Quién sabe? Los dioses de Horacio y Virgilio, omnipresentes, soplaban más allá de sus labios hacia las nubes de antaño. La realidad aparecía entonces prístina y actual, más hondamente humana.
Las de este autor son unas novelas ferozmente realistas, pero ha conseguido algo que no es fácil conjugar : el realismo con una dimensión humana y poética palpitante y mágica. Los hechos cotidianos, por otra parte, están proyectados hasta en sus últimas consecuencias y esto concede una directa universalidad al tema tratado desde la calle, desde la sencillez, y alcanza unas profundas y patéticas dimensiones, ya que, tras la anécdota visual, podríamos decir, late una preocupación por temas tan importantes y apasionantes como la intuición de la muerte y el encadenamiento de pequeñas causas que, en un momento, obligan a que un hecho se produzca. Son novelas modernas, tanto en la técnica como en la expresión, y no sólo interesan al lector sino que le hacen vivir en una emocionante tensión desde las primeras páginas hasta su desenlace”.

VALORACIÓN

El tema de La ciudad amarilla es el día de trabajo de un taxista, el 25 de marzo de 1955. La acción se desarrolla en Barcelona, urbe que ese día recorre varias veces de punta a cabo. El taxi aparece muy estrechamente unido a la ciudad, de tal manera que resulta ser un inmejorable escaparate de su auténtica interioridad. Es más, la ciudad misma se descubre y enseña en él de diferentes formas, con cada pasajero que monta en su habitáculo y con cada carrera que realiza por sus calles. El autor retrata la ciudad con tanta fidelidad como es posible. “Así, nos muestra la jornada, el tiempo, el tráfico en las calles, las masas de gente que abarrotan el subsuelo urbano en su ir y venir en el metro, las casas, talleres, locales, clínicas y fábricas. Y con esta multitud de variantes crea finalmente Barcelona, en una materialidad concreta, como un espacio completo, como un caleidoscopio urbano construido con un montón de piezas distintas”. (3) El propio Eulogio, el protagonista principal, al inicio de la novela apunta esta idea: ”Un taxi... es como una ciudad, con la diferencia de que nosotros pasamos por las ciudades y ésta de que yo hablo es una ciudad que se mete dentro del taxi; se puede decir que representa a toda Barcelona”.
A lo largo de la obra, Manegat va presentando a los miembros de la familia del taxista, cada uno en su entorno y con sus preocupaciones diarias, a saber: Mercedes, su mujer, que es una ama de casa que cuida de los suyos; Elena, joven y bella, hija adolescente de Eulogio que trabaja en un taller y tiene una relación sentimental con Vicente, relación que no ha consumado carnalmente; Martín, futbolista frustrado por causa de una lesión, que trabaja en un garaje mecánico y se relaciona fundamentalmente con Luisa (con la que mantiene relaciones sexuales), con Manolo (compañero de trabajo con el que elucubra acerca de Dios), y con “El Nanu” (joven huérfano de madre, sujeto insondable y misterioso, por un lado, y por otro, amigo tierno, cálido y digno de confianza); y finalmente Eugenio, niño que estudia Primaria, y llena su mundo infantil con las vivencias escolares y las fantasías propias de su edad, hechas realidad en sus juegos (guerras entre indios y vaqueros, paseos a lomos de un caballo de plástico, etc...).
Además, cabe reseñar, por su importancia en la trama, otros personajes tangenciales: “El Nanu”, amigo de Martín, que está enamorado de Elena, y representa la libertad, la alegría del que vaga por la ciudad silbando; Ricardo Rovira Rusiñol, un industrial textil que está preocupado por sus preparativos de boda y va en el taxi en el momento del accidente; Félix, chófer de camión, que colisiona con el taxi de Eulogio Bonastre en la última parte del libro.
Este accidente que provoca la muerte de Eulogio Bonastre es el punto de confluencia de todos estos personajes, los cuales se reúnen fatalmente en un encuentro circunstancial y aleatorio, respecto del propio devenir diario de cada uno de ellos, aunque inexorable y esencial para dotar de sentido la amalgama de vidas, situaciones, sentimientos e intereses que representan. Dicho de otra manera: La muerte de Eulogio, en accidente de tráfico, es el paisaje acabado de un puzzle, en el que cada personaje, con su vida propia, su proyecto vital y sus relaciones, cada circunstancia externa (meteorología, densidad de tráfico, afluencia de gente, diseño de las calles, etc...), cada inquietud, cada decisión y cada imprevisto es una pieza independiente y autónoma de dicho puzzle, con entidad e identidad propias, que cobra sentido pleno en el ensamblaje milimétrico y perfecto con las demás piezas que conformarán definitivamente el paisaje, explicitado en este caso en la causalidad inherente al trágico accidente automovilístico y a sus dramáticas consecuencias.
De todos modos, la temática que se desarrolla en la novela no se reduce exclusivamente a esta única cuestión de la circunstancialidad causal de los acontecimientos que concurren en la praxis de los seres humanos. Así, el contenido del libro se sustenta en la presentación de varios temas que mueven a la reflexión del lector. He aquí una relación de los más significativos:

LA AFIRMACIÓN DEL PRESENTE. La acción del relato está escrita predominantemente en presente de indicativo. Los hechos están ocurriendo en el momento, en el preciso instante en que el lector los descubre al leer. El presente, por tanto, se hace próximo, adquiriendo en cierto sentido una impronta de eternidad. La afirmación del instante se resuelve en una mezcla de elementos de realidad y de irrealidad que denota una evidente intencionalidad estética, manifestada en el tono poético de muchos de los pasajes del libro y concretada en la utilización de determinados recursos estilísticos, tales como la repetición de términos y la yuxtaposición de sintagmas que, al contrario de lo que pudiera pensarse, proporcionan al texto una frescura que se traduce en un fluir sin obstáculos de la acción. Es como si el autor pretendiera que la ciudad, las calles, el tráfico y las gentes que habitan la realidad, con su simplicidad y cotidianeidad, se desplieguen en un mundo transido de luz, en un presente esperanzador. Sirva como ejemplo este fragmento:
“Los niños, silenciosos y serios, apenas parecen niños; crecen en unos segundos de ansiedad, como si por ellos pasasen siglos de esperas y de promesas, de pasados y de futuros. Los niños sienten que también, en su interior, la pequeña e inmensa voz de sus corazones salta incontenible y alegre. Los niños, ahora, cuando Montserrat se acerca a la ventana y pone sus dedos sobre el pestillo, piensan que las clases terminarán pronto y que ya están en primavera”.

LA MALDICIÓN BÍBLICA DEL TRABAJO. En la tradición cristiana, la obligación de trabajar es entendida como una fatalidad derivada del pecado original. Esta perentoriedad queda de manifiesto en la interiorización del imperativo “Para vivir, hay que trabajar”, asumido por la cultura occidental. Manegat recoge este principio desde los primeros compases de la novela: “Él, sin saberlo, al vestirse cumplía un rito; el rito del hombre que se prepara para una nueva jornada de trabajo, porque en cada hombre se repite un esfuerzo milenario y oscuro”. El trabajo da sentido a la vida, es el contrapunto del aburrimiento y la insustancialidad propias de la ociosidad y, a veces, del tiempo de descanso. Así lo señala cuando dice: “Olor a cansancio y a trabajo, olor a tardes de domingo con los brazos quietos, sin saber qué hacer con ellos, con aquellas manos que durante una semana luchaban y sudaban acompasadas y rotas, sucias y abiertas, atrevidas y fáciles, para que el domingo todo estuviese bien”. Y tanto es así, que quien menosprecia el trabajo, por entender que es alienante y deshumanizante, por considerarlo la antítesis de la libertad, está condenado a ser una persona asocial, un iluso, un iluminado por luz de luciérnaga, o simplemente un extraño viento que silba al chocar contra la rémora de cualquier compromiso. Manegat personifica esta actitud ante la vida en la figura de “El Nanu”, un personaje rodeado de un halo de misterio, de excentricidad y de sabiduría oracular, esquivo, de apariencia quebradiza y “libre” de toda cadena, que en el fondo no resulta ser más que un pobre diablo. En estos pasajes podemos comprobarlo: “El Nanu” trabajó en una ferretería. Abandonó este trabajo, no sin antes avisar a la mujer de la caja: - Cadena perpetua, nena. Tú no sabes dónde te has metido. Cadena perpetua”. “Silbar. Silbar es vivir. Silbar era meter la vida hacia dentro, y luego sacarla; jugar con el aire arriba y abajo, y luego convertirlo en sonidos, en limpios sonidos que llenaban los labios y el paladar y los dientes”.

LA MUERTE. Es una constante que aparece a lo largo de toda la obra, bien sea de forma explícita, o bien de modo latente. Es como un ineludible recordatorio que nos previene de las veleidades de la “supervia vitae”. Al principio de la novela, hace acto de presencia con el óbito de un niño de cuatro años, hijo de unos vecinos de la familia Bonastre, los Planell. Después, con la asistencia de Eulogio al velatorio y funeral de un taxista que ha sido asesinado en un descampado. Duda Eulogio en ver o no el cadáver y en acompañar o no al cortejo fúnebre hasta el cementerio. Acaba marchándose. Y, finalmente, la muerte reaparece con la defunción de Eulogio, que da el cierre a la novela.
De todas formas, si bien la realidad de la muerte es una cuestión remanente en la novela, curiosamente el hecho biológico de la misma es minimizado en todo momento. Probablemente, la razón sea que el autor, formado en una tradición de honda inspiración cristiana, quiere presentar, el instante de la muerte como un tiempo crucial, necesario y trascendente, que supone el ingreso del individuo en otro orden de la persona, en una nueva dimensión de humanidad alejada de este mundo rutinario, prosaico y contingente. Por tanto, no es de extrañar que, ligado a este acontecimiento de la muerte, Manegat destaque el concurso de la providencia de Dios, como sujeto omnipresente durante y al final de la vida, para consuelo y bienestar del ser humano común, de los hombres y mujeres mortales sujetos a las determinaciones de su finitud, que se debaten irremisiblemente entre la angustia y la esperanza vital.

LA FELICIDAD. En la obra es definida como “Estar bien”. Estar bien con uno mismo, estar bien con el prójimo, estar bien con Dios.”Estar bien” es entender la vida y la muerte; es amar la vida, amar a los amigos, amar a la familia, amar a los demás; es entender la organización social, las leyes, las normas, entender nuestra naturaleza política; es, en fin, vivir un transcurrir del tiempo en calma afectiva, sosiego sociolaboral y paz espiritual. Manegat lo expresa así: “Estar bien era la palabra dicha con calma, sin mirar al reloj. Estar bien es saber en qué consiste eso de la vida y de la ciudad; saber que la ciudad es una catarata de hombres y mujeres con los que se puede hablar, con los que se debe hablar”.

EL MUNDO INFANTIL. Aparece representado en el personaje de Eugenio, el hijo menor de Eulogio. El pequeño Eugenio, como todos los niños, vive en un universo de fantasía e inocencia, un mundo en el que la vida es sólo vida, en el que la muerte y el dolor son como extraños nubarrones que precipitan angustia en el tiempo y en el ánimo de los mayores; pero que no le afectan a él directamente. A él, que cree que todo es factible: que los días son juegos y risas, que la realidad es mágica y que los caballos, los indios y los vaqueros forman parte de este universo infinito de posibilidades. A él, que nombra las cosas y las personas de acuerdo a las reglas de un lenguaje propio (Eugenio es el propiciador del único vocablo que se sale de la normalidad del vocabulario, cuando se refiere a su profesora utilizando la expresión “señoritamaestra”). A él, que vive embargado por una sensación de intemporalidad, de eternidad. El autor lo expone de esta manera: “Cuando recordaba algo decía “el año pasado” y en aquellas palabras se encerraba todo su concepto del tiempo, de lo que había transcurrido ya, de lo que no era presente porque el presente y el futuro eran una misma cosa llena de posibilidades y risas, de sorpresas y juegos”.

EL SEXO. En la obra, la preocupación por las cuestiones sexuales se formula como una de las constantes determinantes de los españoles de la época, aunque el tema del sexo no sea el tema importante de la misma. Es verdad que aparece como una preocupación de los jóvenes de la familia Bonastre, Elena y Martín, pero en ambos casos la llamada del sexo, se resuelve del mismo modo peculiar: dando rienda suelta a las exigencias del apetito sexual, a la vez que se entabla en sus conciencias una encarnizada lucha interior, mediatizada por el imperativo de los principios de la moralidad católica. El desenlace de sus respectivas aventuras amorosas, no obstante, es bien distinto. Así, Elena es presentada como una mujer joven y atractiva que vive en sus carnes los efectos del natural impulso del sexo, y le urge calmarlos, y se siente empujada “...a dejarse conducir por el torrente de luz, de nuevas y luminosas experiencias en su existencia, en su joven y pujante cuerpo, ya exigiendo vencerse tembloroso en la promesa irremediable de su cumplimiento, de su victoria”. Elena padece el conflicto interno que le crea el afloramiento del apetito sexual, debido al prejuicio moral que emana de los postulados de la ética católica, que sentencia el carácter sucio, degradante y pecaminoso de las relaciones sexuales no encaminadas exclusivamente a la función reproductiva, y más aún si estas relaciones se mantienen fuera del vínculo del matrimonio. Es por eso que ella, atormentada por los problemas de conciencia, decide no pisar la iglesia y proseguir su historia de amor con Vicente, su novio agnóstico. Por el contrario, Martín, que sufre un conflicto parecido al de su hermana, decide romper su relación con Luisa, con la que se citaba únicamente para hacer el amor, y busca refugio espiritual en el regazo de la fe.
Esta lucha interna, derivada de la antinomia apetito sexual-prejuicio moral, justifica gran parte del soliloquio de Félix, el camionero rijoso, que recorre las desastradas carreteras catalanas, en un ir y venir frustrante y tedioso, en un llevar y traer mercancías, sin otra satisfacción personal que la supervivencia. Félix rompe la monotonía de esta vida carente de perspectivas de futuro, si acaso la única que tenía era la del nacimiento inminente de su primer hijo, haciendo alguna que otra parada en los bares de carretera. En ellos, mantenía irregularmente relaciones sexuales con determinadas mujeres, circunstancia que le producía un inevitable cargo de conciencia. Este asunto, junto a la situación de su esposa gestante y la incertidumbre ante el nacimiento de su hijo constituyen los únicos temas que ocupan la mente de este personaje, elemental y primario, que se debate entre la duda y los remordimientos, plasmados en el texto en unos monólogos mentales, al estilo del Ulises de Joyce.

LA INSTITUCIÓN FAMILIAR. En la novela, se trasluce una concepción cristiana de la familia como universo íntimo de vida de los hombres. Como escuela de vida para caminar por el mundo. Martín, al darse cuenta de que no ha compartido con su padre ninguna conversación acerca de Dios, reflexiona gracias al autor como sigue: “ Martín estaba descubriendo que su familia era una familia de desconocidos y que él lo era para los otros, puesto que ni siquiera había hablado con su padre de algo tan importante”. Incluso se permite apostillar sobre la casa familiar: “ Y las huellas son ternura y abandono; las huellas son ellos mismo dando vida a los objetos, a los muebles, a las ropas, a las puertas y a las baldosas. Todas las habitaciones, ya un poco viejas y gastadas, se han ido llenando y robusteciendo con la vida de ellos”. (p. 166)

LA URBE, MADRE Y DEMONIO, LUGAR DE COBIJO Y DESHUMANIZACIÓN. La ciudad es lugar de encuentro y de oportunidades. Ofrece cobijo y medios para progresar. Pero es también, y sobre todo, el desierto de la incomunicación, la apariencia, la indiferencia, la deshumanización, la pérdida de valores, de fe y de confianza en el espíritu humano. Es el maremágnum en el que las personas naufragan, porque pierden su identidad. En un pasaje de la obra podemos leer esta consideración: “Los tres se creen más hombres porque fueron mineros pero la ciudad también va apoderándose de ellos y comienzan sentirse inseguros, débiles y poseídos de una fuerza llena de vacilaciones y locuras”.

LA LUZ, COMO CLARIDAD Y COMO METÁFORA DE DIOS. El tema de la luz aparece en numerosos pasajes de la novela; pero se hace especialmente presente en los tres interludios poéticos – en letra bastardilla - que se reparten entre dos capítulos: dos de ellos, en el último de la primera parte (páginas 149-174), y el tercero, en un segundo capítulo, que es en el que acaece el accidente fatal. El interludio abre el capítulo y, de forma premonitoria, la luz adquiere el significado de la muerte, Dios, el destino inevitable de Eulogio. El texto es el siguiente: “La luz se ha parado en la tarde y las nubes olvidan la fuerza de sus colores. La luz se aleja de la ciudad y espera ...” La culminación a estas menciones a la luz, sin duda una expresión de Dios, la encontramos en este fragmento que relata la situación anímica de Martín, cuando acude con “El Nanu” a visitar a su padre moribundo, en el que se acrisolan el fulgor amarillento de la ciudad, la idea de Dios y la luz, para reflejar el ingreso en otro orden de la existencia del taxista Eulogio, del hombre que sufre y va abandonar este mundo: “ Y la palabra Dios se hace amarilla y enorme, trepidante y mágica, escondida en el corazón que se oculta y en el borde de la piel que tensan el pensamiento y la proximidad de la mole oscura y rojiza del Hospital Clínico”.

LA FE Y LA PRESENCIA DE DIOS. Éste es un tema capital en la novela. La cuestión, que está latente en todas sus páginas con apuntes directos o indirectos, se plantea de forma clara a través de las reflexiones e interrogantes de Martín, que se pregunta acerca de su propia identidad y acaba haciendo explícita esa preocupación, al compartir sus inquietudes con Manolo, compañero de trabajo en el taller: “Creer en Dios era algo confuso y denso, como un largo paseo junto al mar en la escollera, de noche y solo. ¡ Creer en Dios ¡ Quizá nunca se lo había preguntado a sí mismo y ahora se sentía ante un concepto nuevo, ante un enigma recién hallado”. Más tarde la conversación se resuelve en otra reflexión enigmática: “- ¿Por qué dejaste de creer?
· Es una cosa estúpida, si tu quieres. Pero me sentí vacío, como si hubiese fallado algo muy adentro”. Este ecumenismo humano de la creencia en Dios se repite en este párrafo plagado de imágenes poéticas, que nos recuerda por su contenido (la dualidad fe/razón o fe/duda racional) el mensaje de las palabras de Miguel de Unamuno en sus obras “El sentimiento trágico de la vida” y “La agonía del cristianismo”: “Las manos llenas de grasa y reluciente, espesa y resbaladiza como una palabra, como una pregunta de Manolo. Las manos apretando tornillos y ajustando ejes. Las manos que acariciaban a las muchachas y temblaban, vivas e independientes. Las manos estaban allí hablando de Dios. Y estaban allí brillantes de grasa y de incredulidad y fe”.
· La omnipresencia de Dios se va haciendo cada vez más patente, hasta el punto de factualizarla en las sensaciones de Martín, cuando éste se acerca a una iglesia en su deambular por la ciudad. Le ocurre esto: “Unos niños salieron de improviso, corriendo y bordeando el muro de “Santa María del Mar”, y Martín se apoyó en él, vacilante. El frío de la piedra le produjo como una quemadura en la palma de la mano, que apartó enseguida.¿Dios estará ahí dentro? Bueno, si está ahí dentro, está en todas partes”. De hecho, la presencia de Dios en la obra, en un principio, brota como un riachuelo, para anegar finalmente el contenido de la novela: Martín habla acerca de Dios con su padre, a la hora de la comida; Mercedes, su madre, también reflexiona sobre el particular; la hermana de Martín, Elena, elucubra sobre la conveniencia o no de la práctica religiosa, en forma de trazos dispersos pero efectistas, como tejiendo un discurso de inspiración cristiana; el mismo “Nanu” llegará a decir, en respuesta a una pregunta de martín, referida a si cree o no en Dios: “yo sí. No me gusta hablar de Dios, ¿sabes? Hay cosas que los hombres no podemos, no debemos tocar”; la religiosa que vela las últimas horas de Eulogio está profundamente convencida de que éste verá a Dios en un breve lapso; y, finalmente, el médico que atiende a Eulogio tras su fatal siniestro opta por explicarlo todo, valiéndose del argumento de la voluntad de Dios para justificar la muerte de Eulogio, abandonando el academicismo/cientifismo que se le supone a un profesional de la medicina.

INTERVENCIONES

Emilio Hidalgo:

La estructura formal del libro resulta verdaderamente atractiva y sorprendente, sobre todo si tenemos en cuenta que está escrito hace más de cuarenta años; aunque en la actualidad no parezca novedosa, por cuanto la técnica estilística empleada por Manegat es utilizada hoy en día frecuentemente por los guionistas de cine. Consiste en la presentación de los personajes, uno a uno, por separado, con su situación individual y problemática particular, en capítulos independientes, para reunirlos en un punto común de la línea argumental, de modo que confluyan al final todos ellos en un mismo escenario, en el que cada cual participe de una manera u otra en el dramático desenlace de la obra, y en el que cada uno viva, también a su manera, la tragedia de la muerte de Eulogio, el celador de La ciudad amarilla.
Esta forma de presentar los hechos y de desarrollar el argumento tiene el inconveniente de que el desenlace final resulta previsible, lo cual le puede restar gracia y emoción al relato. No obstante, Manegat solventa la carencia de suspense por cuál será la conclusión de la historia apasionando al lector con la elaboración de un retrato fiel y auténtico de la realidad de los seres humanos, en su más lacerante poquedad, en su patética desnudez, en su ancestral miseria, los seres humanos condenados irremisiblemente a vagar en el tenebroso desierto de los miedos, a padecer el dolor que produce en el espíritu el pinchazo del aguijón de la resignación, y a soportar la quemadura del fuego del egoísmo. Resignación que se refleja en un “dejarse hacer” por las circunstancias, por la vida misma, que atropella a los personajes, a quienes les va modelando, con sus avatares y desgracias, subrepticia e inopinadamente. Y ellos la asumen, conscientes de su lugar en el mundo, convencidos de su miseria, esclavos de una suerte de predestinación. “Cadena perpetua” dice “El Nanu”, que es justamente el único personaje que muestra un propósito de autosuperación y abre la puerta a la esperanza de un futuro mejor. La vida es una encerrona una condena a cadena perpetua, que se cumple con el castigo del trabajo. El trabajo que nos ata al trabajo, a una nómina, que nos enajena, nos distancia de nuestras ilusiones y apetencias, y que nos convierte en títeres del materialismo que se aferran a las cuatro cosas que poseen. Por otra parte, el egoísmo, consustancial a la naturaleza humana, se pone de manifiesto, por un lado, en los pensamientos contradictorios de Eulogio, cuando asiste al velatorio de su amigo y colega Agustín, taxista que es asesinado por un delincuente, que más que llorar la desgracia del infortunado amigo se preocupa por las carreras que aún le faltan por realizar para completar la jornada; y por otro, en la felicidad, sórdida y callada, que Mercedes siente al conocer la desgracia de su amiga, que le confiesa estar padeciendo un calvario por mor de la infidelidad del marido.

 

Joseba Molinero:

La novela, en su comienzo, se acerca al relato de tipo costumbrista, y abre la puerta a un sinfín de posibilidades argumentales, en torno a la historia de la familia Bonastre; pero, finalmente acaba siendo un intento fallido, un ejercicio narrativo bienintencionado, aunque malogrado en su potencialidad discursiva, que culmina con la propuesta de una parábola de sentido católico acerca de la transcendencia del ser humano.
Fallido, porque Manegat no acierta en la construcción de los personajes. Éstos no son creíbles: así, la angustia y ansiedad existencial que experimenta Eulogio están absolutamente injustificadas y fuera de lugar. También lo están las conversaciones entre Martín y Manolo, compañeros de fatigas en el taller mecánico, y los diálogos entre este último y su tío, que elucubran sobre la existencia y presencia de Dios, mientras realizan su trabajo. Y lo mismo ocurre con los soliloquios de Félix, que sirven para desgranar las cuentas del rosario de su conciencia de culpa, o las excentricidades de “El Nanu”, ese personaje extraño, opaco e imposible.
Fallido, porque la vida está ausente en la construcción de los ambientes. Barcelona parece más una ciudad de diseño, que una ciudad con latido interno, con vida. Resulta artificial y fría. Es como si la ciudad fuera una mera suma de calles que se separan o interseccionan, que acercan o alejan, calles que sólo parecen un pretexto para narrar la vida rutinaria de un taxista, pero que no aparecen jalonadas con bares, mercados, estaciones ni con las manifestaciones cotidianas del pálpito urbano.
Y fallido, porque el verdadero propósito del autor, que no es otro que promocionar una parábola ejemplificante de la transcendencia del ser humano y de su condición de creatura divina, se antoja demasiado evidente, tanto que acaba por dilapidar cualquier otra posible tentativa de discurso narrativo. Se trata de la parábola del sacrificio y muerte de un inocente, al parecer predestinado a tal tragedia, que tiene por objetivo la redención de la ciudad, esa Sodoma pecaminosa a la que sólo puede salvar Dios, representado en la luz amarilla que la envuelve cuando se produce la autoinmolación de Eulogio.

 

Roberto Sánchez:

La ciudad amarilla, más que una novela, es un artificio narrativo que no pretende contar propiamente una historia, sino exponer de un modo simuladamente literario las reflexiones del autor, en torno al sexo, la vida, la muerte y Dios. En literatura, las ideas, las opiniones y convicciones se “cuentan”, no se dicen ni explican, por medio de elucubraciones del narrador, o de soliloquios improcedentes o impropios de ciertos personajes. Manegat dice, y dice todo lo que él piensa; quiere transmitir un mensaje, y lo transmite por boca de sus personajes; pero realmente no narra una historia. Es más, el narrador, o sea Manegat, está en todos los personajes, que no son otra cosa que Manegat, o peor aún, son marionetas que actúan y reflexionan conforme a las convicciones de Manegat.

Carlos Fernández:

En la sinopsis que aparece en la última página del libro podemos leer que esta obra no está conformada por “la suma de unas historias enlazadas por un denominador común. Nada más lejos de la realidad. Es una novela cerrada en sí misma, basada en temas tan apasionantes como la intuición de la muerte y el encadenamiento de pequeñas causas que, en un momento dado, obligan a que un hecho se produzca. (...) Manegat ha ensayado con este libro la posibilidad de una novela existencial, católica y española”.
Si nos atenemos a estas consideraciones, puede decirse que la novela logra con éxito la plasmación del principio de causalidad necesariamente concurrente en la producción de cualquier hecho, en un relato de historias y vidas cruzadas, cuyo desarrollo propicia el desenlace definitivo. En este sentido, cada historia (si bien más de una de las que se narran aporta muy poco al discurso del relato), cada personaje, cada circunstancia, cada decisión, cada imprevisto resulta determinante para explicar el acontecimiento más importante de la novela, el accidente de tráfico que acaba con la vida de Eulogio.

 

Miguel San José:

La ciudad amarilla es fundamentalmente una novela social. En ella, Manegat pretende reflejar la verdadera España de la posguerra, la España obviada en la España oficial de los Planes de Desarrollo. Esa España radicalmente dividida en ricos y pobres. Ricos, como Ricardo Rovira, joven empresario que combatió en el bando ganador, cuya principal preocupación es la de ultimar los detalles de su boda, y que es el paradigma del español triunfador: correcto, dispuesto al trabajo, católico practicante y hombre de moral estricta y buenas costumbres. Pobres, como la familia del camionero, la familia del taxista y, prácticamente, el resto de los personajes. Pobres que viven en casas que no tienen baño ni, mucho menos, cuentan con agua caliente (sólo disponen de un retrete), y se han de lavar en la fregadera. Pobres, sí: Están presentes los paquetes de “Rumbo”; Eulogio fuma caldo, pero solo de vez en cuando; aparecen patos; el taxi que conduce Eulogio es una cochambre de coche, un “Gordini”; Eulogio trabaja por cuenta ajena; sueña con quedarse con el taxi en propiedad; Martín y Elena, sus hijos, trabajan, uno en un taller mecánico, otra en una fábrica de cartones y cajas; Vicente, el novio de Elena, también es un trabajador, lo mismo que todos los amigos de Martín y Elena. En fin, pobres, incluso de moral, por supuesto desde la perspectiva de la moral católica: como Elena, que se enfunda en un jersey muy ceñido al cuerpo para marcar los pechos; como Martín, que mantiene relaciones sexuales con Luisa, que ni siquiera es su novia; como varios personajes secundarios, que mantienen relaciones sexuales extramatrimoniales; y como los clientes de los prostíbulos y, claro está, las prostitutas que los satisfacen. Pobres, pobres, sin remedio,que no tienen ni opción a soñar, salvo quizá el pequeño Eugenio, que recorre la tierra yerma de la pobreza a lomos de su caballo de plástico.

Nicolás Zimarro:

La lectura de esta obra resulta extraordinariamente emocionante. Los acontecimientos que se relatan, las vivencias que padecen los personajes y las diferentes perspectivas existenciales ante la vida que se plantean en la novela tocan el alma del lector, lo mismo que la audición de una sinfonía, esa experiencia íntima de corcheas, arpegios y acordes hechos sonido, ritmo y melodía encandila al oyente. Y la emoción llega al clímax justamente en el desenlace, en una eclosión de sentimientos compartidos por todos los personajes, ante el hecho definitivo de la muerte. Dolor, tristeza, angustia, impotencia y resignación que son las notas finales de una epopeya, al igual que la coda emotiva y potente de la orquesta que suena es la digna culminación a todo un maravilloso desarrollo musical.

(1) Texto enviado por email, el día 25 de mayo de 05.

(2) Texto enviado por email, el día 25 de mayo de 05.
Luis G. Manegat Giménez (nº061) nació en Barcelona el 13 de diciembre de 1888, fue escritor y periodista.

Luis G. Manegat empezó a publicar sus primeros cuentos en 1912 en “El Noticiero Universal” y en “La Vanguardia”. En 1926 ingresó en la Redacción del diario vespertino y en 1952 fue nombrado Director de “El Noticiero Universal” hasta su jubilación en 1960.
Escribió y publicó una treintena de libros, más de 200 cuentos y varios millares de artículos en la prensa diaria y en revistas.
Fue condecorado con la Cruz de Oficial del Mérito Civil en 1954.
Fue nombrado Periodista de Honor en 1956.

Biografía que escribió mi padre de mi abuelo, en enero de 1996

Desde niño sintió la vocación de las letras y del periodismo.

Luis G. Manegat, siendo ya muy joven ganó el primer concurso de cuentos a los 14 años. Comenzó a colaborar en “La Vanguardia” y en otros diarios y revistas. Sería en 1912 cuando comenzó a escribir en el popular “Ciero”, primer diario de la tarde de España, que gracias al impulso y al talento de su fundador y primer director, obtuvo enseguida el favor de los lectores barceloneses y, posteriormente, del resto de Cataluña y también, en sus mejores tiempos, entre lectores de Madrid.

Después de muchos años de colaborar en el Ciero entró ya como redactor de plantilla en 1926. En 1939, terminada la guerra civil española, fue nombrado Subdirector, y Director en 1952, cargo que desempeñó hasta 1966, pocos años, pues, antes de su muerte, en junio de 1971.
En 1956 le fue otorgado el título, que muy pocos periodistas han recibido, de Periodista de Honor.
Asimismo, pocos meses antes de su fallecimiento, los periodistas barceloneses le otorgaron el Premio Francisco Peris Mencheta.
Por otra parte fue nombrado Socio de Honor de la Asociación de la Prensa de Barcelona y Socio de Honor de la Asociación de Amigos de la Ciudad.

Estuvo casado con Antonia Pérez y tuvo dos hijos: Alegría y Julio, siendo éste, asimismo, periodista y escritor, como lo es el nieto Luis Ignacio Manegat de Urmeneta. Alegría Manegat fue licenciada en Historia y la única directora del Museo dedicado al escultor Josep Clará.

Puede decirse sin lugar a dudas que, aparte de las imposiciones diarias de la profesión y de su periódico, la obra periodística de Luis G. Manegat Giménez, que también fue director de diversas revistas como la infantil “Alegría”, en la que dibujaba el gran pintor uruguayo Rafael Barradas y que Manegat redactaba con el poeta Juan Gutiérrez Gili, de las revistas, entre otras, “Cristo Rey” y “Mundo Católico”, dirección ésta que, en los primeros meses de la guerra civil española, estuvo a punto de costarle la vida.

La obra periodística de Manegat, como articulista que publicó miles de artículos a lo largo de su vida, se centraba en la fe y esperanza en Dios, en su amadísima Barcelona y en los seres más desheredados y sufrientes. En este sentido, Luis G. Manegat realizó una obra ejemplar, como bien se demuestra en su obra póstuma “Al filo de la vida”, título de una sección que firmaba en “El Noticiero Universal” y que reúne un puñado de artículos de dicha sección. El escritor y editor Tomás Salvador (muerto años después), la noche en que velábamos a mi padre, decidió publicar un libro de artículos de Manegat Giménez. Luis G. Manegat obtuvo la Cruz de la Orden del Mérito Civil por su labor periodística”.

Obras escritas por Luis Gonzaga Manegat

“Aunque los escritores--sigue escribiendo Julio Manegat Pérez--, bien sabemos cómo esclaviza laboralmente la profesión, Luis G. Manegat realizó una seria labor como escritor robándole horas al sueño y a la fiesta. He aquí la simple enumeración de sus obras”:

Novela: Estelas del corazón, Cautiverio de almas (1931), El juglar (su primera novela), Barracas (novela esta de absoluta denuncia social y publicada en 1955), Hoguera de pasión (1944-novela muy extensa de la Barcelona del romanticismo), Kaddur el loco (1947), Luna roja en Marrakech, Niña de plata, ¡Uno más!. Los primeros cuentos se publicaron en Hojas selectas, La Actualidad, La Ilustración Artística y La Ilustración hispanoamericana. Algunas de estas obras están ilustradas por el pintor Segrelles.

Obras de evocación barcelonesa: Hombres y cosas de la vieja Barcelona (1944) y La Barcelona de Cervantes (1964).

Teatro: Cuento de lobos, La isla dorada, Santa María del Mar, Hay fuego en el Rabal, La conversión de Antón Martín.

De divulgación artística: Las iglesias de Toledo, Las iglesias de Sevilla, La Alhambra (en colaboración con el arqueólogo Macario Golferich). Algunas de sus novelas fueron traducidas a varios idiomas. Manegat Giménez también tradujo novelas como La Divina Comedia.

Conferenciante: Como periodista y escritor pronunció numerosas conferencias en centros culturales de Barcelona, Madrid y otras poblaciones españolas.

Reproducción de carátulas de todos sus libros

El Ateneíllo de Hospitalet en los años 1920

“Rafael Barradas, pintor uruguayo antes aludido, -sigue escribiendo Julio Manegat de la biografía de su padre (mi abuelo), -que vivió lo mejor de su vida en España, particularmente en Barcelona, se creó aquí grandes amistades entre las que destacan las del poeta Juan Gutiérrez Gili y la de Luis G. Manegat. Barradas, que vivió pobremente en un pisito de Hospitalet, junto con su mujer, Pilar, (que no se llamaba Pilar, pero que él conoció en un pueblo aragonés cuando, ya tuberculoso, se fue a pie a Madrid) y con su hermana Carmen, creó el llamado Ateneillo de Hospitalet por el que desfilaron las más importantes figuras de los años veinte (1920) hasta que Barradas, en 1928, regresó al Uruguay para morir.

Allí, en el Ateneillo, se reunían los domingos por la mañana o por la tarde y allí figuraron asiduos, además de Gutiérrez Gili y Manegat, García-Lorca, Dalí, Segrelles, Casona, Sebastián Gasch, José María de Sucre, Luis Monteyá, Guillermo Díaz -Plaja, Luis Góngora, Regino Saenz de la Maza, Mario Verdaguer, J.V.Foix, Sebastián Sánchez Juan, Juan Alsamora,...etc.

El Ateneillo fue una llama importante en el arte y en la literatura en la década de los años veinte en Barcelona y no hubo figura que de paso por la Ciudad Condal no fuese al Ateneillo de Barradas. La presencia en él de Manegat era constante dada la fraternal amistad que le unió al pintor y a Gutiérrez Gili”.

Pies fotos óbito Luis G. Manegat
El 15 de junio de 1971 fallecía mi abuelo paterno, Luis G. Manegat Jiménez”.

(por Luis Ignacio Manegat de Urmeneta)

(3) Traducción de texto http://xtec.cat/~jducros/Juli%20Manegat.html