Apocalipsis de Juan

Apocalipsis de Max Beckmann

...y enjugará las lágrimas de sus ojos, y la muerte no existirá más, ni habrá duelo, ni gritos, ni trabajo, porque todo esto es ya pasado.

 

 

El pequeño cielo de la ventana es perfectamente azul. Entra la enfermera, pequeña, morena, y sus ojos estudian al paciente. Se acerca a él. Toma y palpa su brazo con cuidado e introduce el camino hipodérmico que hace fluir el tranquilizante para calmar el calvario. El catéter del vientre, lentamente supura un rastro sanguinolento de vida, rastro de la operación a tumba abierta...

 

Mi reino no es de este mundo... definitivamente no es de este mundo... – como objetivación clara que da prueba del rastro de mi vida... Aquí yazgo como un hijo huérfano entre la luz y la oscuridad, entre la vida y la muerte, lo bueno y lo malo... la finitud y el tiempo indefinido... bienaventurados, pues, los que mueren en el Señor...

Hubo un hombre enviado por Dios de nombre Juan...

 

Me volví para ver al que hablaba conmigo; y vuelto, vi siete candeleros de oro, y en medio de los candeleros a uno semejante a un hijo de hombre vestido con túnica talar y ceñidos los pechos con un cinturón de oro.

Su cabeza y sus cabellos eran blancos, como la lana blanca, como la nieve; su ojos, como las llamas de fuego; sus pies, semejantes al azófar, incandescente en el horno, y su voz, como la voz de muchas aguas.

 

El anciano me mira y vuelve a repetir su estrofa resonante, admonitoria y necesaria... Lo hace ante mí ahora, de nuevo, y no es por apiadarse porque no me siento vencido ni desgraciado... ni siquiera acabado para este mundo – la materia de mi cuerpo sí profundamente dolorida; sólo sujeto a las ultimas preguntas antes de la caída en el vacío primordial... La atmósfera se repite ahora que estoy acostado en el desierto del Dolor, preparado para mi finisterre, mi más allá definitivo...

En el principio fue el Verbo y sin él no se hubiera hecho nada... En el principio estaba un profeta anunciando la venida de quien nos salva de la angustia y del miedo... nada trivial. Que comienza con las cartas a los ángeles de las iglesias implicadas, aquellas que tenían relaciones problemáticas con Roma, gobernada entonces por Clemente Romano, cabeza mitrada de la congregación inicial en la cristiandad...

Los mensajes quedaban resumidos en las dos últimas – a tal efecto que siento haberlas escrito con mi puño y letra en el retiro de Patmos –, las palabras a los ángeles de Filadelfia y Laodicea; camino recto a la salvación o al desastre.

 

La enfermera nota el sufrimiento y pide permiso para aumentar la dosis al médico que también ha venido a ver los costurones, el rastro líquido que baja por el catéter. Hay una nubecilla que a su paso vigila desde el pequeño cielo en la calle de Santa Rosa al 300, el décimo exilio del enfermo, el definitivo. Una paloma baja y también se posa en el alfeizar, y mira como si conociera al hombre postrado.

 

Resuena su voz con palabras conocidas que a su vez resuenan hacia dentro en una atmósfera lentitud, de luz declinante... y me recuerda la profecía... en un fondo de promisión, de esperanza...

Las cartas a la los ángeles de la iglesia de Filadelfia y la iglesia de Laodicea no son sino el resumen de la advertencia final enviada los presbíteros de las siete iglesias. Un llamamiento a seguir al pie de la letra el espíritu del cuarto evangelio, el testimonio joanino. Que no es otro que el testimonio de los profetas, los ángeles aulladores que profetizaban en aquellas congregaciones y cuyas palabras claras quedan veladas y crean problemas frente a los presbíteros allí establecidos, guardianes del dogma...

Nada temas por lo que tienes que padecer. Mira que el diablo os va arrojar a algunos a la cárcel para que seáis probados, y tendréis una tribulación de diez días. Sé fiel hasta la muerte y te daré la corona de la vida.

 

Al otro día, el paciente no mejora. El doctor entra en la habitación, le toma el pulso y lo siente tranquilo. Descubre el vientre y mira la herida. El anciano de barba blanca, prominente, sedado desde la madrugada, vuelve a murmurar en el duermevela y abre los ojos muy de vez en cuando. Luego llama a la enfermera, la misma del día anterior, para que le limpie la herida.

 

Y habla a los fieles de Laodicea con palabras cristalinas que ellos puedan entender que puedan creer para volver al camino de la palabra. La desdicha material, ay, que pierde a los hombres... Pero en tiempo está en sazón... y nada espera. Al estar varado las palabras recorren mi cielo craneal como vivificando mi vida en sus restos, en sus comienzos.

 

Porque dices : yo soy rico, me he enriquecido, y de nada tengo necesidad, y no sabes que eres un desdichado, un miserable, un indigente, un ciego y un desnudo; te aconsejo que compres de mí oro acrisolado por el fuego, para que te enriquezcas, y vestiduras blancas, para que te vistas y no aparezca la vergüenza de tu desnudez, y colirio para ungir tus ojos, a fin de que veas.

He aquí que estoy a la puerta y llamo; si alguno escucha mi voz y abre la puerta, entraré a él y cenaré con él, y él conmigo.

Aparece la sala del trono enorme infinita y bañada en una luz de penumbra... Se aprecia claramente a los veinticuatro ancianos cada uno en su trono. Todos amables en su lentitud... callados todos y vestidos de blanco. Sus cabezas coronadas de oro. Aguardan las palabras y sobre todo la luz que emana del trono central. La atmósfera luminosa reclama silencio para que los siete lámparas de fuego puedan arder en calma y propalen su espíritu divino...

Mientras observo a los ancianos impasibles en la gran sala puedo ver cómo se manifiestan los cuatro vivientes que rodean el asiento central... Todo es luz en un fondo de vidrio que llama a la tranquilidad... lo diáfano hace replegarse a los pensamientos oscuros. Ellos lo ven todo sin apenas moverse pues están llenos de ojos. Mientras observan santifican al Cordero que ahora no está y tiene que llegar al fondo de este mar...

La visión sobrecoge pero no intranquiliza ...

 

Ví a la derecha del que estaba sentado en el trono un libro escrito por dentro y por fuera, sellado con siete sellos. Vi un ángel poderoso, que pregonaba a grandes voces : ¿Quién será digno de abrir el libro y soltar los sellos?

 

El nieto del anciano enfermo abre de repente la puerta acompañado de dos amigos adolescentes como él. Su cara es triste. Se sienta y lo besa en la mejilla, después le toma la mano. Los dos amigos se sientan, entonces, en unas sillas al otro lado y observan la faz tristemente tranquila de su amigo. Para este momento ya había sido advertido por su abuelo, el hombre que lo había criado desde sus tiernos años, desde su orfandad temprana. Un huérfano criado por otro huérfano.

 

No hágais daño a la tierra, ni al mar, ni a los árboles, hasta que hayamos sellado a los siervos de nuestro Dios en sus frentes.

 

El aire se tiñe de rojo y anuncia un mensaje de los ángeles... Estoy a su lado y apenas me miran pero saben de mi presencia. Comienzan a sonar las siete trompetas una a una con fuerte estampido que toda la tierra llena. Después en un furor de colores deslumbrantes son derramadas las siete copas para demostrar la ira de Dios. El acontecer manifestado en el escrito desfila ante mí con toda suerte de ruidos y detalles. Los colores estaban en mis ojos preparados para el testimonio que está escrito y acaece ahora. Miles y miles de seres están muriendo ante mis ojos con la única excepción de los ciento cuarenta y cuatro mil que tienen la frente marcada... Ellos están esperando sin miedo.

 

La enfermera ha vuelto para ver al enfermo que ya no se mueve ni abre los ojos. Este es el vigésimo primer día de lúcida agonía tras la operación alimentado por suero en un replegamiento que la medicina no puede sino amortiguar con drogas y cuidados. Le da un pequeño cachete en la mejilla para comprobar su consciencia.

- Decí quién sos – le habla al oído la mujer de blanco.

- Juan... Larrea... Celayeta...

- Bien, vos tranquilo…

Es mediodía. La luz velada por algunas nubes daña fuertemente los ojos en la calle. Dentro de la habitación, a cubierto del sol, el anciano enfermo se aquieta. La penumbra es perfecta pues nada se oye. El nieto es llamado en previsión de lo inminente. La enfermera le agarra la mano mientras las lágrimas vencen.

 

Esta visión predilecta, ahora mismo, me permite ver a los dos discípulos caminando hacia el sepulcro.... Juan, el discípulo amado, al ver la piedra removida y los vendajes en el suelo, no entra. Pedro, que viene por detrás, en cambio, sin ningún pudor, traspasa la piedra para ver el sepulcro vacío...

Pedro... Piedra... Roma...

Juan... Paloma... Amor...

El tiempo se escapa... La Jerusalén eterna desciende lentamente desde todo este cielo craneal... llena de luz, de promisión…

 

Se volvió Pedro y vio que seguía detrás el discípulo a quien amaba Jesús, el que en la cena se había recostado en su pecho y le había preguntado: “Señor, ¿quién es el que te ha de entregar?”

Viéndole, pues, Pedro, dijo a Jesús: “Señor ¿y éste qué?”

Jesús le dijo: “Si yo quisiera que permaneciese hasta que yo venga, ¿a ti qué? Tú sígueme.”

 

...Aún más allá....  aún tengo que huir… de mí mismo.......

 

El maestresala