El ganado de Gelón

En los viejos tiempos, la gente sencilla comía lo que podía. Alimentos modestos y sabrosos en la poca cantidad que les permitían sus escasos medios económicos. Por ello, y por realizar trabajos físicos, hombres y mujeres presentaban un físico fibroso y una salud de hierro.

En estos tiempos nuevos, la gente sencilla come lo que quiere. Porquería industrial envasada en plástico de colores llamativos en la cantidad que le permiten sus tragaderas de Gargantúa. Por ello, y por pasarse el día sentados, hombres y mujeres presentan un físico grasiento y una salud de depósito de cadáveres.

Lector, deja de comer la bazofia industrial que te está transformando en un cachalote terrestre y quizás vivas lo suficiente para escuchar las hazañas del más grande héroe que vieron los tiempos.

Tomás, el monaguillo, llegó corriendo a la casa de Casimiro, donde encontró al mozo trabajando en la huerta, con la pereza propia de hacerlo una tarde de verano bajo un cielo de un azul insólito; llamándole, sin resuello:

- ¡Casimiro, Casimiro!.

El héroe levantó la vista de la tierra y, apoyándose en la azada, le dijo:

- ¿Qué pasa Gavilán? ¿Han vuelto las hordas marxistas y se han llevado a Don Euristeo al infierno comunista?

El niño dudó un poco y respondió:

- No, está en la iglesia con Don Quirón que me ha mandado a avisarte... ¿Qué son las hordas marxistas?

Casimiro se rió un poquito y pasó la mano por la cabeza del niño despeinándole y diciendo:

- Para Don Euristeo son como una plaga de caracoles pero más rápidos. ¿Tu crees que les importará que vaya con la ropa de ordeñar?... Seguro que no. Vamos Gavilán y me cuentas como te va la vida.

El hombre y el niño comenzaron a caminar hacia la iglesia charlando animadamente:

- …Y a ti, Tomás, ¿qué te gustaría ser de mayor?.

- Me gustaría ser ayudante del Capitán Trueno…

- ¡Cojones! Debe ser un oficio muy entretenido, pero algo peligroso a veces ¿no?

- Sí, pero mi padre me dice que ese puesto ya lo tiene Crispín y que tengo que buscarme otra cosa para vivir.

- ¡Muy sensato tu padre! Entonces te dedicarás al ganado como todos los del pueblo.

- Me parece que no, por que mi padre dice que es mejor que vaya al instituto y que luego haga un peritaje.

- Sí, señor. Ese es un buen futuro, pero tendrás que estudiar mucho… ¿Cómo vas en la escuela?

- ¡Bien! pero la Formación del Espíritu Nacional se me atraganta un poco.

- ¡Te creo, Gavilán! A mi todavía se me atraganta y lo puedes comprobar si escuchas lo que me va contar Don Euristeo... a propósito ¿dónde están?, que ya llegamos.

- En la sacristía.

Casjmjro y Tomás dieron la vuelta a la iglesia y entraron por una puertita en la parte trasera. Allí se encontraron a Don Quirón y a Don Euristeo, sentados en sendas sillas de mimbre, bajas y un poco desportilladas, frente a un velador en el que había una botella de vino y dos vasitos y discutiendo los asuntos del Valle. Cuando entraron los jóvenes, callaron y Don Quirón se levantó para dar la mano a Casimiro, para acercar, después, otra silla y otro vaso, sirviendo otra ronda para todos.

Los hombres bebieron en silencio y, enseguida, Don Quirón empezó a hablar con el tono que él imaginaba que usaba Castelar en las cortes:

- Casimiro, una vez más, el Valle te necesita. Un nuevo misterio se cierne sobre estas bellas tierras montañesas y sus gentes, que desde la más remota antigüedad han sido el germen de lo que ahora es la reserva espiritual de occidente, guiada con mano firme por ese ejemplo de personas que es el Caudillo...

Casimiro, le dirigió una mirada a Tomás, que refugiado detrás del armario de las casullas, soplaba como si quisiera alejar la galerna de sonidos que salía de la boca del alcalde. Mientras, el párroco buscaba una oportunidad para intervenir en el discurso.

Tras varios intentos fallidos, consiguió tomar la palabra:

- En fin, que necesitamos tu ayuda, por un problema que tenemos en el pueblo.

El mozo, aliviado, se ofreció a Don Quirón:

- Ud. pida, que yo haré todo lo que esté en mi mano.

El alcalde asintió complacido:

- ¡Bien!. Confiamos en ti, para resolver este asunto con diligencia puesto que afecta tanto al Movimiento como a la Iglesia, que como sabes son los pilares de nuestra sociedad...

Don Quirón interrumpió al alcalde con amabilidad pero con firmeza.

- Gracias, Euristeo, por recordarnos las magníficas relaciones que existen entre nuestras parroquias pero es tiempo de explicarle a nuestro héroe lo que ocurre…

Y dirigiéndose al joven, continuó:

- … ¿Conoces a Gelón?

- ¿El de la finca de la cuesta? Sí, bueno, no tengo relación con él pero sé que tiene buen ganado charolés. No es muy sociable… ¿por qué?

Don Euristeo tomó de nuevo la palabra, ya centrado en su faceta de funcionario:

- Ya estás al tanto de que, últimamente, hay rumores sobre un brote de solenguana en los valles pasiegos, por lo que la Dirección Provincial del Movimiento ha comenzado una campaña de vacunación antiglosopeda, procediendo al envío de veterinarios a todas las comarcas para la evaluación de la salud de la cabaña vacuna.

Casimiro, asintió con un poquito de desdén:

- Sí, estuvo un lechuguino la semana pasada, revisándome el ganado y ayer vino uno de los números de Merino a pedir el certificado que expidió pero… ¿qué coño sabrán los veterinarios de ganado? Me decía que las vacas se contagian por el agua o el pienso que haya lamido un animal enfermo… cuando todo el mundo sabe que la solenguana le sale al ganado cuando la vaca se encabrona por que la obligas a hacer algo que no quiere… y ¿quién cojones le da pienso al ganado?. Es que te llevan los demonios con esta gente de ciudad que solo ha visto a los animales en los libros.

El alcalde continuó, sin mostrar interés por las opiniones veterinarias dell jpven, poniéndose las gafas de cerca y leyendo en un cuaderno de notas que sacó del bolsillo de la americana.

- A este valle fue enviado D. Fermín Sánchez González, número de colegiado tal, vecino de cual y con carné de Falange, de quien no se han tenido más noticias desde la semana pasada. Tras la correspondiente investigación de la Guardia Civil, se tiene conocimiento de que expidió certificados de salubridad vacuna a todos los ganaderos del Valle salvo a Gelón. Por consiguiente es necesario que vayas a hablar con él y nos informes de aquello que pueda dar luz a este asunto tan oscuro.

- ¿Y no sería mejor que fuera Merino y le diera unas friegas del linimento “antirrojos” de su invención?

- Ya, pero aquí con la iglesia hemos topado…

Contestó Don Euristeo con retranca suficiente para que el cura diera un respingo.

- Euristeo, Euristeo, que te estás volviendo un masonazo. Déjame que se lo explique al chico… El asunto es que Gelón es mi amigo…

- Mejor todavía, ¿por qué no va Ud. y le pregunta?

El párroco calló un momento, buscando las palabras justas:

- Por qué le conozco y sé que no me va a hacer ningún caso. Es necesario que alguien con autoridad le lleve por el buen camino.

- ¡Pues no se hable más! Voy a ver al Gelón y en media hora vuelvo con las noticias del lechuguino y con todo su ganado si es menester.

El mozo se levanto y salió de la sacristía y, cuando ya estaba en el camino, oyó como le gritaba el sacerdote:

- ¡Espera, Espera!

El joven esperó al párroco que llegó, remangándose la sotana, un poco sudoroso:

- Me gustaría acompañarte, por si puedo serte útil, o al menos para comprobar que Gelón está bien.

- Como quiera, pero en estos casos, es mejor que me deje a mi dirigir el asunto… ya sabe… ¿y hace mucho que le conoce?

- Mucho. Nos conocimos en el sitio del Leningrado. Yo, como sabes, estaba en la División Azul y él participaba en el programa Wunderwaffen.

- ¡Coño! ¿Qué era eso?

- Significa Armas Maravillosas. Los alemanes se dedicaron a producir todo tipo de armas revolucionarias durante la Segunda Guerra Mundial. Algunas de ellas supusieron un gran salto en el desarrollo tecnológico de la humanidad: como la V2 o el avión a reacción, pero otras fueron un fiasco. En cualquier caso, el partido nazi se preocupó de reclutar a los mejores científicos e ingenieros de la época. Gelón fue uno de ellos.

- ¿Qué me dice? Pero si cuando le veo me dan ganas de darle un duro para que vaya a cenar una sopa de ajo donde la Agustina.

- Si, hijo, si. Era un genio. Cuando acabó el bachillerato, marchó a América a estudiar ingeniería en el Instituto Tecnológico de Appomatox pero, al estallar la Guerra Civil, regresó a España y desembarcó en zona nacional donde le movilizaron como mecánico de aviación. Al cabo de un año y pico, marchó a Alemania con una recomendación del jefe de la Legión Cóndor: Wolgang von Richtoffen.

- ¿El Barón Rojo?

- No, un primo suyo; el Barón Rojo murió en la Primera Guerra Munidal. En fin, este von Richtoffen le recomendó a Walter Dornberger con el que estuvo trabajando Kummersdorf, entre otros proyectos, con el Panzer V que fue a probar a Leningrado; donde hicimos amistad... fíjate que lejos se encontraron dos paisanos del mismo valle.

Después de que en Krasny Bor nos dieran para el pelo, a nosotros nos mandaron a casa, ¡gracias a Dios!, y él volvió a sus proyectos secretos hasta que los americanos desmantelaron todo aquel negocio con la operación Paperclip.

Gelón no se entendió nunca con los yankis y para ellos era un problema ya que no era alemán y no lo podían juzgar en Nuremberg ni por nazi ni por crímenes de guerra ni por nada. Así que apareció un día en la finca de sus padres con un camión lleno de trastos y no ha vuelto a salir del pueblo más allá de Cabezón.

Se dijo hace algún tiempo, que si colaboraba con ODESSA, que si le habían visto con un rubio grande con la cara cortada, que si este rubio era Otto Skorzeny, que si iban a hacer una Legión Carlos V para volver a hacer la guerra con los rusos. ¡Bah! Nada ha hecho el pobre Gelón en estos años más que mirarme con tristeza cuando me le cruzo por el camino.

- ¡Cojones, Don Quirón! ¡Ya tiene cosas que contar!.

- Deja, hijo, deja. Mejor olvidarlo todo. Mira ya llegamos y ahí está Gelón.

Como suele suceder en muchas ocasiones, Gelón no hacía honor a su nombre. Era más bien un viejito, de baja estatura, renegrido, canoso, que vestía a la moda de la época y del lugar: traje de mahón, boina y chirucas. Pasó junto a los dos hombres, sin siquiera mirarles ni dirigirles la palabra, con paso firme hacia el fondo de la finca donde se veían unas cuantas vacas coloradas.

Casimiro le llamó y Gelón se volvió, sin aflojar el paso y les dijo:

- Lo siento, no puedo atenderos ahora. Tengo trabajo.

El cura no pudo reprimir un suspiro de tristeza:

- Ves lo que te decía. Ha pasado delante de mí como si yo fuera un vendedor de enciclopedias. No le notas algo raro.

- Pues ¿qué quiere que le diga?. Tiene la voz como esos altavoces que funcionan mal en las barracas y parece que no es una persona la que habla, pero puede que haya estado dándole al orujo después de comer. Bueno, vamos dentro a echar un vistazo ¿no?

- Pero ¡que dices! Eso es un delito: allanamiento de morada.

- ¡Vamos, vamos! Don Quirón. Que no ha dicho que nos vayamos, solo que no nos puede atender ahora, o sea que podemos esperar y, ¿Ud. cree que le importará que beba un trago del botijo?... ¿A que no?... Pues vamos hasta la cocina y, ¿qué pasa si le entran a Ud. las ganas de hacer del cuerpo?... Seguro que no le importa que pasemos a la cuadra… Vamos, vamos, Señor Cura que no va a cometer pecado.

Entraron en el portal de la casona, enfoscada de blanco y con balaustrada, como tantas otras, donde encontraron, al fondo el huerto, a la derecha la puerta de la cuadra y a la izquierda la de la vivienda, en la que entraron hasta la cocina, situada justo a la derecha de la entrada, enfrente de unas escaleras de madera que subían a los dormitorios.

La cocina no era demasiado grande, pero tenía espacio suficiente para el fregadero, la cocina de carbón y el fogón en la pared del fondo; un armario en la de la izquierda y una mesa grande, bajo una ventana que daba al huerto, en la derecha. Casimiro se acercó a la mesa mientras Don Quirón lo hizo al fogón.

- Mira, Casimiro, aquí está el botijo.

- Sí, Don Quirón, pero igual mejor que le eche un vistazo a esto.

El joven extendió sobre la mesa un plano que representaba la sección de un soldado en cuyo interior unos hombrecillos lo manejaban como si fuera algún tipo de robot gigante, leyendo las anotaciones del margen:

- Fíjese que curioso, sería esta una de aquellas armas maravillosas: el riesensoldat; pero está tachado y cambiado por heeresameisen. ¿qué querrá decir?

El cura se puso unas gafitas de alambre y dijo con tristeza:

- Riesensoldat se puede traducir como el soldado gigante y heeresameisen como el ejército de las hormigas. Pobre Gelón, creo que está loco.

- Loco no lo sé, pero que le interesan las hormigas seguro. Vea este libro: “Historia de las hormigas. Sus caracteres genéricos, metamorfosis, instintos, costumbres, leyes que las rigen, arquitectura, relaciones sociales, amores, industria, policía, educación, guerras, etc., etc. Obra curiosísima e interesante de la que el hombre puede sacar los más provechosos ejemplos. Escrita en francés por M. Huber y traducida al español por D. M. Fernández Llamazares”…. y hay más: “La lucha contra las hormigas”; “La vida de las hormigas”; “Las maravillas del mundo invisible”…

Mientras el párroco hojeaba los libros y cuadernos, el mozo abrió el armario de la cocina, donde encontró un uniforme alemán, fusiles, pistolas y:

- ¡Un lanzallamas! Desde luego, está de camisa de fuerza y duchas de agua fría… por que este chisme tiene combustible… voy a probarlo.

- ¡Casimiro, por favor!

- ¡Estése tranquilo, pater! Que es solo un minuto.

El joven tomó el lanzallamas y salió al camino, donde comprobó que funcionaba perfectamente y se fijó en Gelón que volvía a la casa con una vaca atada de una cuerda, por lo que regresó a la cocina, dejándolo de nuevo en el armario.

- ¿Para qué querrá Gelón el lanzallamas? No le voy a decir que no conserve el fusil, por que si da una patada a una piedra en este valle, le salen más rifles que cortapichas… pero un arma de este tipo… me parece que su amigo puede estar metido en un buen lío. Vamos a echar un vistazo a la cuadra, antes de que llegue. Le he visto como traía una vaca desde el prado.

Casimiro cogió un farol que estaba colgado junto a la puerta de la cuadra y encendió el cabo de la vela con su ZIPPO y los dos entraron a una habitación recubierta de madera, donde se amontonaban cubos de hojatala, perolas y aperos en un tremendo desorden que tuvieron que rodear para seguir avanzando, cuando el cura lanzó un grito de espanto al pisar algo que crujió de forma escalofriante:

- ¡Santa Madre de Dios! ¡Qué es esto!

El joven acercó el farol al suelo y se retiró asustado:

- ¡Joder! ¡Es un esqueleto humano!

El cura tranquilizó al mozo:

- Calma, Casimiro, que de estos he visto una infinidad y no hacen nada. Échale la luz encima.

Juntos observaron los huesos completamente mondos, sin rastro alguno de carne, ropa o pelo, lo que les hizo estremecerse, a su pesar.

- ¿Cree Ud. que para esto quería el lanzallamas Gelón?

- No lo sé hijo, pero esta es una situación diabólica y tendríamos que llamar a la Guardia Civil.

- Cálmese ud., ahora, y esperemos a hablar con Gelón sobre este asunto. No puede tardar en llegar.

Ambos siguieron avanzando, guiados por la débil luz del farol hasta llegar a la cuadra, en la que no había animales pero sí un cierto olor a putrefacción. Enseguida vieron un montón de osamentas de vaca, tan pulidas como los huesos que hallaron en la puerta. Casimiro desplazó el farol en dirección opuesta y lanzó un grito de terror:

- ¡El veterinario! ¡El veterinario y el rubio!

El cura agarró al joven del brazo y se acercaron a la pared, donde estaban colgados los cuerpos deformados de los dos hombres que había identificado el chico y observaron con horror que, a sus pies, se amontonaban los huesos que tendrían que haber estado en su interior. Muertos de miedo, Casimiro y Don Quirón inspeccionaron los cuerpos.

- Te lo juro, Casimiro, que he visto todo tipo de carnicerías en el frente ruso, pero nada parecido a esto. Es como si hubiesen vaciado todas las vísceras y les hubiesen sacado los huesos. ¡Qué locura, Señor! ¿Quién puede haber hecho esto? y ¿por qué?...

- No lo sé, pero Gelón nos va a sacar de dudas ahora mismo, por ahí llega.

Gelón había entrado a la cuadra por la puerta del fondo, atado a la vaca a un argolla de la pared y, dando un par de pasos hacia atrás, se quedó parado, observándola, sin prestar atención a los dos hombres que se acercaban.

De repente, Gelón vomitó una sustancia negra sobre el animal que inmediatamente comenzó a mugir de forma desgarradora.

Casimiro y Don Quirón se quedaron petrificados viendo como el cuerpo de Gelón se deshinchaba como un globo mientras salía de su interior una marabunta de hormigas que devoraron a la res en unos instantes, en medio de un vendaval de sangre y aullidos.

Finalizado su festín, las hormigas se introdujeron por la boca del fláccido cuerpo de Gelón, que yacía en el suelo como un abrigo viejo, hasta darle el volumen que tenía originalmente, la capacidad de incorporarse y alguna otra más por que aquel extraño ser se dio cuenta de la presencia del cura, al que había dejado solo Casimiro.

El cuerpo de Gelón, manejado por las hormigas, se dirigió hasta donde se encontraba Don Quirón quién acertó a decir:

- ¡El heeresameisen, Gelón, creaste el heeresameisen!.

A lo que la criatura contestó, con el eco de un altavoz averiado:

- Lo siento, no puedo atenderos ahora. Tengo trabajo.

Y abrió la boca, de donde empezaron a salir las hormigas soldado hacia su nuevo campo de batalla.

El pobre párroco solo pudo cerrar los ojos y comenzar un padre nuestro antes de sentir un chorro de fuego al lado de su cara y oír la voz de su amigo:

- Colóquese detrás de mí, no le vaya a quemar a Ud.

Casimiro había vuelto con el lanzallamas para acabar con el demoníaco heeresameisen que se consumía en un chisporroteo de un millón de pavesas relucientes y enloquecidas que extendieron el incendio por toda la cuadra.

El mozo sacó a rastras al párroco hasta el camino, volvió hasta el establo donde arrojó el lanzallamas, que al poco rato estalló, extendiendo el fuego por toda la casa, y luego salió hasta el camino donde el cura le esperaba bastante trastornado.

- ¡Bueno! Don Quirón, me parece que tendremos que confesar algún pecadillo el domingo. ¿No le parece que será mejor que digamos que Gelón, el veterinario y el rubio murieron en un pavoroso incendio que se declaró accidentalmente cuando un bidón de gasolina se prendió fuego en la cuadra?

- Sí, hijo, sí. Cualquiera explica la verdad a la Guardia Civil. Nos meterían inmediatamente en el manicomio.

- Pues entonces, voy a recoger el resto del ganado de Gelón para llevárselo a Don Euristeo. Estoy seguro de que querrá finalizar el expediente de vacunación antiglosopeda en el Valle.

 

Mientras Casimiro azuzaba alegremente a las vacas, Don Quirón admiraba aterrorizado como una gigantesca hormiga de humo negro ascendía hacia el cielo.

 

Miguel San José