Mesa de tres

Estoy fatigado. He andado mucho ya. Voy a entrar en ese bar, parece agradable, con ese mirador abierto al rio y los azulejos. Me gusta.

Esta mesa está bien, en una esquina abierta al resto del bar como siempre. Me voy a sentar en la silla de cara al salón.

¡Qué curiosa aquella mesa de dos! De espaldas un gordito, con la nuca abultada, rapado al uno, con calcetines dispares y zapatillas extravagantes (o acaso modernas de esas que lucen los famosillos de los programas de horteras y limosneros); el otro, de frente, fibroso, embigotado, moreno tizón, con una cara afilada y atlética de esas que se llevan ahora, lleva una camisa una talla menor torneando una masa pectoral bien trabajada. Beben vino tinto a pequeños sorbitos, pellizcan la copa con dos dedos por el cuello. Casi no hablan, consultan el móvil por separado. Parecen algo más que amigos, de esos que ya no tienen nada que decirse después de varios años de relación. No son para nada jóvenes aunque vistan como tales.

Nada, que ni se miran. Teclean mensajes sin parar -guasapes, me imagino- a otros amigos más interesantes. Ya han abandonado el vino. Se les habrá recalentado, hoy hace calor. Espera, espera…que llega un tercero. ¡Huy qué interesante! Este es más gordito aun que el primero pero menos pretencioso, vaqueros desgastados, un polo anodino y unas deportivas blancas de mercadillo, barba de un par de días, papada brillante, labios finos que se lengüetea con asiduidad y una sonrisa fácil, parece un peluquero. Ha besado a los otros dos, besos mejilleros, castos, y se acerca a la barra apuesto que a renovar la provisión de vino. Acerté. Milagro, llega el peluquero y la conversación comienza a hervir a borbotones. Que interesante. Mierda no oigo nada. Me voy acercar a la barra me pido otra birra y me siento en el banquito de al lado, el que da a la calle, como si fuera a fumar. Mejor aún, me compro un paquete en la maquina y me fumo un cigarro sentado, así no sospecharán.

Aquí se está de maravilla, fresquito y todo. Es una pena que no se oiga mucho mejor que desde dentro. No sé por qué creo que se llama Teo –Teodoro, supongo, ummm, sí, tiene cara de Teodoro- y puede que sea peluquero, creo que he acertado. Seguro que no le da para un local en propiedad y trabaja para otro que le putea, un ogro tacaño y explotador. Esta falto de cariño y creo que el atlético, Mikel podría ser, pretende compensarle. Le he visto ponerle ojitos y adema se ha alegrado mucho al verle. Mikel es camarero, seguro y tuvo un novio en Barcelona de esos que esnifaban popper en la época psicodélica, ese bigote denota un friquismo freddymercuriano por arrobas. Aquí se aburre y seguro que con Teo se atrevería a hacer las maletas hacia horizontes más evolucionados, pero Teo quiere una peluquería propia, ya lo ha hablado muchas veces con Mikel y éste no lo entiende. Una peluquería es de marujas y chonis, le dice perverso. Pero Teo tiene un sueño y no piensa soltarlo, estoy seguro. El de las zapatillas coloristas, Mario, me parece, tiene un estudio de decoración en una zona degradada de la ciudad, decorado en pino y ladrillo que le ha costado un pastón y que no termina de carburar. Ines, su socia es buena pero no llegan clientes. Se cree con talento para el interiorismo, admira a Starck y hasta se cree un poco el continuador nacional de su escuela. Un iluso con quilos de más. No soporta a Mikel, siempre hablando de sí mismo pero le debe varios favores. Le solucionó algunos problemas peliagudos con sus padres, ocultando su condición y haciéndole de tapadera. Le debe fidelidad sino le iban a dar a Mikel y a su egocentrismo. Sí que se está bien aquí, hasta me está entrando una modorra dulce…

Me he debido quedar dormido un ratillo. Me voy a pedir una cerveza, esta ya está caliente. Me voy a sentar dentro en aquella mesa apartada y con buena perspectiva. Mira qué curioso esa mesa con esos dos tipos, ni se dirigen la palabra, tecleando sin parar en sus móviles y sorbiendo a poquitos sus vasos de vino tinto. El que tengo de cara lleva un bigote aplomado, negro zahino y es asiduo al gimnasio. Esa ropa que lleva, juvenil en exceso le marca todo su trabajo de los últimos dos o tres años diría yo. Tiene todo el aspecto de hablar solo de sí mismo. Y el que se sienta de espaldas a mí, ese pícnico, con nuca de lechón y look de polígono y como suda el pobrecito lleva esa camisa fucsia que muda a granate. Resulta que no están solos, ahí llega un tercero rubito, redondo, con ojos soñadores y tremendamente simpático. Les besa y va a pedir más vino, seguro. Qué generoso. Esto se pone interesante, me voy a acercar un poco más, me puedo sentar en aquel banquito que asoma fuera del bar y enciendo un cigarro para evitar sospechas.

Aquí se está mejor, no se oye gran cosa con el tráfico pero tengo mejor perspectiva. Diría que el simpático se llama Carlos y cría canarios cantores, seguro. Conozco a uno que lo hace y sonríe como él. Ahora les está animando a los otros dos a que acudan a la próxima competición el próximo domingo. El del bigote, Gabi asiente con la cabeza pero no irá, el nunca va. No soporta a Carlos, tan agradable a todo el mundo, tan normal, tan formalito si no fuera porque es el hermano de David, sí, seguro que se llama David, el de la camisa sudada. David le ha dejado un piso por un tiempo a Gabi para que pueda salir adelante y solo tiene que pagar los gastos fijos. David hijo único y huérfano de familia acomodada tiene varios pisos de los que vive. Hace cuatro años que los heredó y sin embargo su vida no ha mejorado, abandonó el piano, engordó, bebe más de la cuenta, no se habla con sus tíos, es lo que tiene las herencias copiosas. Carlos le anima continuamente, le propone viajes, actividades y eso le reduce la ansiedad, la culpabilidad que siente. Sí que se está bien aquí, hasta me está entrando una modorra dulce…

Me he debido quedar dormido un ratillo. Me voy a pedir una cerveza, esta ya está caliente. Me voy a sentar dentro del mirador, en aquella mesa redonda. Qué aburrido esta esto, solo una mesa ocupada con esos dos individuos viendo videos en sus móviles, cada cual atento al suyo y con unas copas de vino tinto abandonadas en la mesa. El que tengo de frente parece un torero, seguro que con culito respingón y todo. Y esa cara que parece Antonio Molina, sí seguro que se llama Toni. Tiene mirada generosa, cálida, verdadera. Casi no pestañea. El que me da la espalda es blanco de piel y de cabellera, tiene orejas pequeñas y muy pegadas a las sienes. Parece apático y desconfiado. ¡Se les une un tercer hombre! Parece el líder de la manada. Se dirige a la barra tras un saludo rutinario a cumplir su misión, pagar la comanda. Esto requiere un mejor encuadre, me voy a sentar en el banco de fuera con la excusa de echarme un cigarro. Se está bien aquí, tan fresquito, tan abandonado, no se oye gran cosa pero se ve magníficamente…

Toni habla poco y asiente con la cabeza y con la mirada a las órdenes de Alex, si seguro que el jefe se llama así. Alex es guardia de seguridad, recién ascendido a coordinador de una gran superficie, seguro. Habla y gesticula como un triunfador pero mueve las manos con inseguridad, de esos que cuando no saben o no pueden saber desdeñan o se burlan. En el fondo un complejo de inferioridad escasamente metabolizado. Toni, le comprende y hasta siente piedad sana por él, sabe que o se le hace caso o se le recomienda un buen psiquiatra con un diván grande y resistente (desde que es jefecillo ha cogido varios kilos). Toni vive aun con sus padres, ancianos pero enteros mental y físicamente. No sabría abandonarles, siente que les quiere. No ha estudiado mas allá del bachiller y trabaja en lo que le va saliendo, dependiente, recadista, telefonista, camarero, animador de verano…No dispone de mucha liquidez y se deja invitar por su amigos de siempre, Alex y Germán, sí seguro que el pálido se llama así. Germán, misántropo por vocación, adora a Toni y no le encuentra defectos, por eso sigue saliendo con los dos. Es muy habilidoso con las manos y se ha montado un negocio por internet para arreglar cualquier cosa y aunque parezca descabellado el asunto le funciona. Lee con obsesión novelas de ciencia ficción y de terror y se pasa noches enteras viendo películas de serie B. Le manda transferencias anónimas a Toni y le busca trabajo en internet. Sí que se está bien aquí, hasta me está entrando una modorra dulce…

Me he debido quedar dormido un ratillo. Me voy a pedir una cerveza, esta ya está caliente. Me voy a sentar en esta mesa a modo de atalaya discreta. Vaya ya atisbo un objetivo para mi labor, esa mesa de la derecha con esos dos humanos alsacianos de género masculino y numero plural, debe ser esta cerveza de trigo que me produce euforia. Acaso ni se conozcan y comparten mesa por casualidad, ni siquiera se miran, cabeza gacha concentrados ambos en sus artefactos telefónicos, otra vez la cerveza. El flaquito de mirada dura que tengo de frente lleva en su testa unas gafas de sol más caras que todo el mobiliario de este local y en el dedo pulsante luce un anillo de un brillo carísimo, sin mencionar el reloj de pulsera que se asemeja más a esta que a ese. Sin embargo, el gordito de su derecha no lo consigue, más bien lo contrario, desluce todo el atavío que lleva, que por otra parte es de outlet, en perfecta hermandad con un mal olor corporal –estoy seguro- que provoca ese gesto de asco en forma de un eterno labio fruncido. Vaya pareja más…me equivoqué, son trío, acaba de surgir de las profundidades de la asepsia un tercer alsaciano con más sobrepeso que el maloliente y encargado, por lo visto, del avituallamiento, viene con tres nuevos vasos de un vino tinto con trazas de sospechoso. Me extrañaría que el del sello áureo se digne a beber ni un sorbo de ese brebaje. ¡Fíjate! Cierran sus telefonillos, se desabrochan sus cascos y comienzan a hablar animadamente, va a ser que el tercero es animador circense o algo así. Esto merece una estrategia de aproximación planificada. Compro tabaco y salgo a la grada exterior subrepticiamente y pruebo a escuchar que es eso tan interesante de que hablan.

Estoy cerca y además la temperatura es perfecta para estos menesteres. El ruido del tráfago constante de vehículos que pasan por esta calle no permite una escucha adecuada, pero veamos…Raúl, el grueso avituallador, -está claro que cumple con el perfil reconocido a ese nombre- está organizando la noche. Construye con sus manos explicaciones y argumentos que facilitan la comprensión, sobre todo del sudado, Gerardo (encaja a la perfección) que le mira con una mezcla de desconcierto y de asco. Gerardo solo precisa de la aquiescencia de Eduardo, (el guardián, estoy seguro) para asentir a las instrucciones de Raúl que viene de cerrar la vinoteca que montó con las ganancias que le reportó un negocio especulativo con un piso en la playa. Esta noche van a una boîte de esas vintage a recuperar viejos sonidos y bailar de salón. Gerardo no sabe pero, como a Eduardo le ha parecido una gran idea, se ha unido al coro de alabanzas. Raúl tiene las manos laceradas de manejar herramientas y materiales duros, es albañil y trabaja como autónomo en las reformas de baños y cocinas. Sin demasiado éxito últimamente, sobrevive gracias a las chapuzas que Eduardo le pasa. Claro porque Eduardo, como no, es dentista, de los de consulta propia y BMW de importación y por su sillón pasan muchas conciencias con baños mohosos y cocinas indecentes. Escuchar a Raúl a Eduardo le enciende los ojos con un brillo lejanamente maligno, recuerda noches turbias y transpiradas que le producen una nostalgia que desearía recuperar. Hay mucho más historia detrás de estos tres, tendría que seguirles cuando terminen su velada aquí. Sí eso haré, tengo que aguantar esta modorra dulce que me está invadiendo…

Me he debido quedar dormido un ratillo. Me voy a pedir una cerveza, esta ya está caliente. ¡Coño, qué pareja más golosa en aquella mesa cerca de la puerta! ¡Pa mis ojos! Me siento aquí en esta mesita esquinera y a jipiar, jipiando que es gerundio. Esos dos muchachos parecen un matrimonio de esos veteranos en domingo, el oyendo el carrusel y ella atenta a los escaparates. No se hacen ni caso. El estirado ese con esa napia a lo Carmona parece uno de esos que todo lo saben, un listo loscojones, vamos. De esos que te sacan de quicio a la primera vuelta. Con esas cejotas siempre arriba, como si todo lo que oyera fuera una mierda. Y el paticorto es de esos que se arrepienten de no haberse operado de fimosis, un pajillero de crema. Le faltan cojones para hacer lo que le mola, tocar la guitarra en un grupo punki. Se le nota en la jeta, con el moflete siempre en acordeón. Menudos tíos. Anda, no te jode que viene uno gordo para hacer un trío, que modernos. ¡Anda la hostia! Además este sabe parlar el tío y a los demás parece que le mola lo que dice porque dicen que sí con la cabeza y contestan como felices… y además lleva el bote, se trae tres tintos como tres soles. ¡Ole sus cojones! Me pillo un pito de la maquina y me voy al poyo de la puerta a fumar, que les tengo más a tiro. ¡Joder como enrolla este sito, que fresquito y que de todo!

Los putos autobuses no me dejan oír ni un pijo. Pero les marco bien desde aquí. El estirado se llama Luis, como mi primo el de Getafe, seguro, y tiene una academia de esas de inglés, francés y toda la pesca y… (Continuará)

 

¿Qué es la vida? Una ilusión, una sombra, una ficción” (PCB)

 

Joseba Molinero